DOMINICK HARPER Seguir historia

George-Little George Little

El autor presenta una magistral dramatización ambientada en la época victoriana. Narra la historia en la forma de un cuento para adultos sobre un niño inglés de nombre Dominick Harper que, tras la muerte de su padre, ha de enfrentarse a un desafío cuando su madre se casa dos años después con un gigante forastero irlandés. Un hombre tosco con un pasado oscuro y tormentoso que lo hace caer de nuevo en el alcohol. La vida de Dominick se verá nuevamente truncada cuando, poco después, su madre contrae una mortal enfermedad y en su lecho de muerte, le aconseja con todo su amor llevar siempre una vida digna ante Dios y los hombres en un mundo lleno de tinieblas. Quedando totalmente huérfano, Dominick tendrá que afrontar la vida con valentía, sobrellevando los maltratos de su padrastro.



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#Capítulo 2
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ESCRITO POR GEORGE LITTLE


                            


DOMINICK HARPER

VIVIR ENTRE LA LUZ Y LAS SOMBRAS  


💀


PRIMERA PARTE  

📖


     

 




Capítulo 1


HOWARD GIBBS




© Esta es la historia de un niño que tenía una mente brillante y un corazón noble. Vivía en la Inglaterra de la época victoriana. Muchos que lo conocían, lo señalaban como una persona con ángel, con un carisma especial: lleno de gracia y encanto. 

El pequeño se llamaba Dominick Harper Doyle, de padre inglés (ya fallecido), y madre irlandesa de extraordinaria belleza.

El niño con apenas nueve años de edad, seguía sorprendiendo a muchos que llegaban a conocerlo. Y una de las razones era porque veían que él siempre mantenía una dulce expresión marcada en su rostro, ya que sus delgados labios se rasgaban hacia arriba, justo en las comisuras, y eso lo hacía parecer como si estuviera constantemente sonriéndole a todo el mundo, e incluso podía decirse que de un modo entrañable. Aunque no se le notaba cuando se le encontraba demasiado triste, pues en tal condición, su mal gesto pesaba como el plomo y desfiguraba aquella permanente sonrisa que alentaba a muchos.

En cuanto a su físico, era realmente hermoso, con ese rostro redondeado que le daba un aire inocente. Y tenía una nariz respingada con gracia; y sus ojos resultaban ser tan brillantes, de color verde grisáceo, el mismo color de los penetrantes ojos de su fallecido padre. Su cabello, resultaba ser de un castaño claro que, bajo los rayos del sol, brillaba como un chelín recién acuñado.

Sin embargo, en el jovencito había dos cosas peculiares en su aspecto, aunque esto no lo hacía menos encantador, a pesar de que algunos pocos dijeran sobre él: «¡Vaya rareza!». El caso es que Dominick tenía el cuello el doble de largo de lo normal. Y lo otro, era que conservaba de manera maravillosa, unas mejillas rojizas que solo los niños más pequeños podían tener de forma temporal, aunque él las tenía extrañamente resaltadas y permanentes (aún a su edad), y que eran tan rojas como las manzanas de finales de otoño.

Aquí es donde la historia habrá de empezar, en que las desgracias en la vida no faltarían para un niño inculcado en lo bueno y temeroso de Dios.

A pesar de todo infortunio, Dominick era como un haz de luz en medio de aquel mundo gris en el que solía vivir.

Una vez más, el niño tendría  que enfrentarse a una gran desdicha en su vida, hecho ocurrido en las primeras horas de la noche del viernes 12 de agosto de 1864, en Birmingham, la segunda ciudad más grande después de Londres.  

Ese día, el jovencito se encontraba esperando afuera de la habitación de su madre, Erinn, la señora de Gibbs, que llevaba poco más de cuatro meses enferma. Por desgracia, su estado de salud había empeorado progresivamente en los últimos días. 

Howard Gibbs, a quien a sus espaldas la gente llamaba el gigante irlandés y que tenía un aspecto áspero, era el padrastro de Dominick;  y no tenía más de un minuto que había entrado con una taza de té con un derivado de flor de opio procedente de china, que se decía que era eficaz para el dolor y que seguramente, ayudaría a su moribunda esposa en el momento más difícil para ella. 

La joven mujer estaba tendida en su lecho de muerte, frágil y muy delgada, con un semblante que mostraba tristeza y cansancio a causa de su penosa enfermedad.

Consciente de estar cerca de su último aliento, Erin no temía a la muerte, más bien, su inquietud era el destino que pudiera deparar a su único y amado hijo ante un padrastro alcohólico de conducta impredecible.  

Howard, con su rizada y larga cabellera negra y descuidada, tan negro como el ébano, y con una barba sin afeitar por días: se acercó a ella.

 La mujer le dijo con una voz lánguida y pausada:

—Howard... ya te lo había dicho..., ¿por qué te muestras renuente en traerme esa taza de té? Sabes muy bien que no lo beberé.  

El angustiado esposo con un par de ojos marrones oscuros, clavaron en ella su intensa mirada.

—Te ayudará mucho para el dolor y te hará dormir. Créeme que el efecto será muy rápido. Lograrás descansar —le aseguró Howard a dicha objeción.  

—No es que dude de que el té no cumplirá el efecto deseado..., sé que lo hará —había admitido ella de que aquello le traería algo de alivio. No obstante, Erinn estaba algo sorprendida respecto al opio que su marido le había conseguido para prepararle aquella taza de té que estaba en la pequeña mesa junto a la cama; es por eso que añadió—: Y mira que te has empeñado en conseguir lo que necesitabas para mí.

Su esposo no tardó en responderle:

—Sí, porque lo necesitas. El té de opio es amargo, pero lo suavicé con un poco de miel.

—¿Cómo fue que lo conseguiste y has sabido prepararlo adecuadamente?  —preguntó ella, esforzándose por hablar con todo su empeño como podía.  

—Un herbolario chino de nombre Yong Weng me lo vendió y explicó... Deberías beberlo. 

Pero la mujer, con un timbre de voz que aún sonaba clara, replicó con determinación:

—No quiero. Podré soportar el dolor tanto como sea posible sin estar drogada... Solo deseo estar consciente hasta mi último aliento.   

Ante esta negativa, de todas formas él cogió la taza de té y se lo acercó a los labios secos y agrietados de su mujer con el fin de disuadirla.

En respuesta, Erinn hizo un gesto de rechazo con la cabeza.

—Al menos, intenta beber unos sorbos, me duele verte sufrir de esta manera —insistió él con un aire de resignación sombría.

—No insistas más, por favor. ¿Cuántas veces tengo que decirte que no quiero? —exclamó ella al mirarlo. Luego de aquellas palabras, ella entrecerró los ojos; su frente estaba algo sudorosa por la agitación.

El señor Gibbs, que estaba sentado en una vieja silla de madera junto a la cama, tenía una profunda desesperanza de verla de nuevo con buena salud. Desalentado, dejó la taza de té en la mesita; enseguida tomó un paño limpio y lo empapó en agua en una cubeta de madera y lo escurrió; empezó por refrescarle el rostro. 

—Estoy desesperado. ¿Qué más podría hacer por ti para socavar tu sufrimiento? Es difícil entender tu negación —dijo él, después de haber intentado de aliviarle el terrible dolor con aquella bebida que resultaba ser bendita para muchos dolientes moribundos.

La mujer entreabrió los ojos y le miró de nuevo.

—Olvida ya mi sufrimiento, porque pronto podré salir de esto con la muerte... Por ahora, solo deseo recordarte una vez más lo que te dije hace dos días, porque siento con más fuerza mí agonía, de que este será mi último día de vida.

El hombre, cuya edad oscilaba sobre los treinta siete años, arrugó su frente con impotencia de no poder hacer nada para evitar que la muerte no se la arrebatase para siempre.  

—No pienses en eso, amor. Y tampoco deberías hablar en esta condición —le dijo él con la incertidumbre reflejada en su rostro. 

—¿Y entonces tener que morir poco a poco en silencio? —objetó ella con voz neutra—. No..., yo quiero decir tantas cosas... a ti y a mi hijo, antes que la hermosa luz de la vida se aparte de mí.

—Entiendo —dijo él de manera compasiva.

Y se produjo un corto silencio en ella, después de hacer una profunda respiración. Ante esto, Howard arqueó ligeramente las cejas al observar el gesto cansado de su esposa. 

—¿Qué sucede, cariño? —preguntó su esposo algo alarmado, pues la veía más agitada—. Será mejor que descanses un poco —sugirió.

—No... debo hablar amor —dijo de pronto.

—Esta bien, hazlo, pero no digas muchas palabras —pidió él.

—Solo deseo hacerte recordar algunas cosas, asegurarme de lo que en verdad hay en tu corazón —dijo Erinn.

—Que más podrías ver en mi corazón, sino que mis buenas intenciones de hacer lo que me has pedido —dijo el hombre en una actitud que parecía estar dispuesto.

Después de haber escuchado aquello, Erinn le miró profundamente, y luego reflejó una débil expresión de cariño en su pálido rostro hacia él. 

—Solo déjame hablar, amor —pidió ella.

Howard aprobó con una inclinación de cabeza e hizo a un lado el paño húmedo.

—¿Qué quieres que recuerde? Estoy escuchándote, amor —dijo él con voz cálida cuando se inclinó hacia ella lentamente y le acarició con delicadeza su rostro. 

—Howard, ¿en verdad cuidarás de mi hijo?, ¿podrás sostener tu juramento de que no lo maltratarás? —inquirió ella, en un tono de angustia que empezó a emerger, mirándolo fijamente a los ojos.

El hombre la observó por unos segundos, con un leve atisbo de perplejidad.  

—Sí, claro, cuidaré muy bien de él, pues te he jurado que no lo maltrataría —respondió él—. Pero ¿por qué tienes que preguntármelo más de una vez? Ya te di mi palabra de que así sería.

—Le ruego a Dios que no olvides tu promesa, Dominick es un buen niño, y no merece sufrir más de lo que ya ha sufrido. ¿Puedes comprender eso?

—Lo entiendo. Esta vez intentaré tratarlo como si fuera un hijo de mi propia sangre. 

Erinn siguió moviendo sus labios pausadamente cuando le habló ahora con la voz más dulce y de tal forma que clava directo al corazón. 

—Espero que puedas cumplir con tu palabra..., estoy esperanzada de que así sea. Deseo que  Dominick pueda vivir en paz contigo y sea feliz. Es un buen nino que no merece sufrir.

—Así será, amor —afirmó su esposo—, no dudes de mi palabra.

Al haberlo escuchado,  una vez mas ella le miró con esa profundidad y cariño.

—Si estás siendo sincero conmigo, podrás hacer que mi corazón se sienta en paz —dijo Erinn aún con esa dulzura en su voz y al tiempo que ponía su mano sobre la mejilla de su esposo de manera suave, con afecto y ternura; al final, ella pudo sonreírle con levedad.

Entre tanto, Howard tuvo una reacción de temblor en la comisura de su boca entre aquellos labios gruesos, y sus ojos estaban tan abatidos que empezaron a brillarle; son los profundos sentimientos que le embargaron el alma cuando la escuchó con esa gran ilusión. 

—¿Qué es lo que te sucede? —le preguntó ella en un tono de voz tranquilizador. Estaba extrañada—. Anda, dime algo.

 Sucedió que el corazón del hombre se había doblegado, sintiéndose culpable, ya que el remordimiento empezó por atormentarlo, porque sus palabras no fueron con el corazón. Pensó que lo menos que podía hacer ante los últimos momentos de vida de su mujer, era simplemente ser sincero. Sería la forma correcta de aliviar un poco su conciencia que ya pesaba sobre él de manera abrumadora. 

Después de unos segundos de silencio, Howard empezó a hablar sin mucha firmeza en sus palabras:

—Lucharé por cambiar, Erinn... Si es que... —El hombre de repente detuvo sus palabras  y bajó la mirada; sus manos se pusieron temblorosas y tensas.

 Erinn empezó a inquietarse.

—Termina lo que tengas que decirme, quiero escucharlo —pidió ella con ansiedad, a la vez que intentaba mantener un tono tranquilo.  

Howard, desesperanzado, tuvo que elevar la mirada hacia Erinn para decir su verdad con toda la pena del mundo.

—Si es que puedo lograrlo... Tal vez pueda hacerlo  —soltó él vacilante.

Erinn frunció el entrecejo, perpleja. La expresión dubitativa de su esposo y de aquellas palabras inciertas, bastó para que ella empezara a dudar con bastante seriedad; por tanto, su rostro se ensombreció con preocupación.

—¿Has dicho «tal vez»?,  ¿fue eso lo que escuché? —dijo ella con evidente decepción.

El rostro de Howard denotó perplejidad y los surcos de su frente se le marcaron aún más. Fue evidente para el hombre alcohólico, que ella estaba inquieta por el futuro incierto de su hijastro que pronto estaría totalmente en sus manos.

—Sí, eso dije. Reconozco que no me será fácil, pero intentaré cumplir con tu mayor deseo —contestó él en un tono atormentado. Y pasó los dedos suavemente por la mejilla de su mujer para tranquilizarla, cuando dijo—: No debí ser tan sincero contigo para no preocuparte. 

—Pues ahora presiento con mucha fuerza que no lo harás. Siempre has querido cambiar para bien, pero nunca lo has logrado... ni conmigo, ni con mi hijo —exclamó ella, con un tono sumamente amargo y sombrío.

—No puedes asegurarlo, Erinn, no me des por perdido. Esta vez las cosas podrían cambiar para bien, como tú quieres que sea. Así que no puedes decirme eso con toda certeza —fue la inmediata respuesta del hombre.  

—Sí puedo decirlo, Howard. Ahora te noto inseguro y se me hace difícil creer que esta vez tendrás determinación para hacerlo con buena voluntad. —Sus ojos se humedecieron al borde de las lágrimas, y agregó con lamento—: ¿Qué será de mi pobre Dominick cuando ya no esté con él? Me duele tener que morir preocupada.

Howard súbitamente se consternó. Tomó apresuradamente la mano de Erinn con cariño, y acercó su cara a la de ella, tanto que, Erinn pudo sentir el aire de la respiración de tal hombre.

—No digas eso, amor. No me hagas sentir peor de lo que ya me siento a causa de tu maldita enfermedad —exclamó él con amargura; y enseguida pegó su frente a la de ella con delicadeza, cerrando con fuerza sus ojos, y añadió con dulzura—: Solo desearía tanto que sanaras, no me gustaría perderte. No puedo imaginar mi vida sin ti.     

Erinn Gibbs intentó serenarse. 

—Estoy segura de que moriré pronto —dijo ella sin rodeos —. Si de verdad me amas, espero que cumplas con tu palabra y que cuides de Dominick, mi único hijo; que lo hagas tan bien como si fuese tu propio hijo. Debes dejar de lastimar a mi pequeña criatura con tus malas palabras.

Howard Gibbs reaccionó, despegándose de ella, y la miró entristecido.

—¿Por qué insistes en hablarme de esa manera? ¿Quieres torturarme? 

—No, no es esa mi intención. Solo hablo con firmeza para que no olvides tu juramento. Y si no logras cambiar realmente para contigo mismo, al menos deseo que a él nunca más lo maltrates.

Howard Gibbs no pudo pronunciar en ese instante palabra alguna. Solo se limitó a mirarla con aire pensativo, mostrando evidente incertidumbre en su expresión.

—Dime... ¿Por qué te has quedado callado?  —preguntó ella.

Pero él no respondió, solo cerró los ojos y arrugó su  rostro, frustrado por la inconstancia en sus caminos..., tanto que se sintió angustiado, temiendo no poder cumplir, pues su corazón siempre lo traicionaba cuando sus terribles nervios lo dominaban, y la ansiedad siempre le impregnaba en su alma tormentosa... Y cuando eso sucedía, siempre empezaba a embriagarse hasta perder el control de sí mismo. 

Tras considerable esfuerzo, Erinn consiguió alzar y extender la mano para sujetarle el brazo.

Ante aquel acto, Howard Gibbs reaccionó y reabrió los ojos, con sus largas y pobladas pestañas negras; miró cómo la mano de ella le sujetaba con fuerza.

—Solo basta con que dejes en paz a mi hijo, ¿acaso eso sería algo imposible para ti? —exclamó ella, con un atisbo de desesperación en su voz.

El hombre, que aún mantenía la mirada fija sobre la mano de Erinn que sostenía su antebrazo, sintió una tortura interior por aquellas palabras.

—Howard... mírame y escúchame atentamente,  que mi vida pronto se apagará con la muerte —le dijo ella con evidente ansiedad cuando trató de levantar un poco la cabeza y hablar con más fuerza y claridad. 

Él actuó con rapidez y entornó la mirada hacia la mujer; expectante ante lo que pudiera decirle ella a continuación.  

—Por favor..., solo hazme creer que así será —dijo la mujer con tono suave cuando captó su atención.

—Sí, sí, lo haré, lo haré, pero ya basta Erinn, no te esfuerces más por hablar así. Estás agitada y muy débil —respondió él de inmediato a la constante inquietud de su mujer.

—Gracias... por decirlo. —Ella dejó caer la cabeza sobre la almohada, y su rostro adquirió una expresión de profunda calma y serenidad—. Por favor, ve y llama a mi hijo, y déjame a solas con él; cierra la puerta cuando entre.

Howard Gibbs le dedicó una mirada compasiva.

—Está bien, cariño. Pero no te esfuerces por hablar mucho con él; mantente tranquila.

—Espera..., aún no te vayas —le detuvo ella en un murmullo apagado.

El hombre se giró hacia ella y observó expectante los ojos de color avellana de su mujer.

—Antes de irte, habrás de sellar tu promesa con un beso en mi frente —propuso Erinn—. Lo he pensado ahora y sé muy bien, que con este buen gesto que te pido, nunca podrás olvidar lo que me prometiste.

—Te daré ese beso tal como deseas si eso te tranquiliza —respondió él con prontitud.

Entonces, Howard se acercó y se inclinó hacia ella para darle un beso solemne y tierno.

—Te amo, Erinn... Perdóname, por favor, por todo el daño que te he causado —dijo con la voz más acariciadora, pasándole una mano sobre el cabello castaño claro con delicadeza.  

—Ya te he perdonado. Ahora, puedes irte en paz —dijo ella con voz cálida.

Sin más que decir, Howard se retiraba de la habitación. Y pasó por la entrada agachando la cabeza para no tropezar con el marco de la puerta por su gran altura.

Dominick vio salir a su temido padrastro: El hombre que no cambiaba de cara por esos rasgos toscos que siempre lo hacían parecer enfadado. El niño quedó sorprendido al verlo, cuando tal hombre trataba de ahogar su llanto; sin embargo, el irlandés no pudo contener las lágrimas. Era la primera vez que Dominick veía a Howard lamentarse de esa triste manera.

 

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SafeCreative / Código de Registro: 5607184231967  (Fecha de registro: 17 de Enero 2014.)

Copyright © Mayo 2015. Todos los derechos reservados.

Fecha de presentación de la obra en Inkspired: Miércoles 22 de Julio 2015 

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22 de Julio de 2015 a las 23:56 0 Reporte Insertar 8
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