Los eternos malditos © [el canto de la calavera I] Seguir historia

marta_cuchelo Marta Cuchelo

¿Puedes oírlo? Son los engranajes que han empezado a moverse. Algo está cambiando en los rincones más recónditos de Skhädell. Puedes sentirlo en el aire, puedes sentirlo en la tensión palpable entre Svetlïa, la nación humana, y Vasiilia, la nación de los vampiros. El Tratado de Paz se ha mantenido en pie durante décadas, ¿pero hasta cuándo logrará mantener a raya el conflicto? Cuando Wendolyn, una humilde campesina, se deje llevar por la venganza... Cuando Elliot, el heredero de los Duques de Wiktoria, vea su destino truncado por una mujer... Cuando William se atreva a salir de las sombras tras las que se ha escondido durante siglos... Entonces, la paz se desmoronará. ¿Quién será el responsable de desencadenar el caos?



Fantasía Épico No para niños menores de 13. © Todos los derechos reservados

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Capítulo 1: venganza

La lluvia caía implacable sobre el cuerpo de Wendolyn mientras Lord Lovelace se levantaba. La contempló desde arriba con una retorcida sonrisa que congelaba la sangre aún más que el agua helada.

Wendy había intentado gritar para pedir auxilio mientras tenía lugar el forcejeo. Pero él se había encargado de arrastrarla a lo más profundo del bosque donde nada ni nadie podría acudir en su ayuda.

La sangre escapaba de las numerosas heridas que cubrían el cuerpo de la chica y se mezclaba con el agua de lluvia tiñendo su piel y su vestido blanco de un rojo deslavado.

Lord Lovelace continuó observándola con esa horrible expresión de saciedad mientras se vestía y recordaba una y otra vez los gritos de la muchacha, su blanca piel mancillada por sus manos mientras el más atroz de los placeres lo recorría. Cuando hubo terminado, desató las muñecas de la desafortunada campesina y, sin dirigirle una sola mirada más a su cuerpo destrozado, dio media vuelta hasta su caballo. Sin vacilar, montó y galopó de vuelta a su castillo, dejando atrás el cadáver de la muchacha.

Pero Wendolyn no estaba muerta, aunque deseaba estarlo. En ese mismo instante vivía un calvario debatiéndose entre la vida y la muerte sin lograr inclinarse hacia ninguna de las dos. ¡Y cuánto deseaba morir!

Tirada bajo la lluvia, rota, como un objeto inservible, fue capaz de contar los minutos preguntándose cuánto más duraría su agonía. Cada gota que caía sobre su cuerpo le recordaba que aún estaba viva, que aún podía sentir dolor. Aquello era muy diferente a lo que esperaba de esa noche, su noche de bodas.

Wendy era solo una campesina de dieciséis años que vivía con sus padres y hermanos en una aldea a los pies del castillo del Barón Lovelace. Ella provenía de una familia extremadamente pobre, pero su destacada belleza le había concedido gran número de pretendientes. Sin embargo ella solo tenía ojos para Philip. Él era hijo del capitán de la pequeña guardia de Lord Lovelace. El capitán había defendido el castillo con gran valor y eficacia por lo cual gozaba de una posición destacada otorgada por su señor. Casándose con su hijo, Wendolyn tenía el futuro asegurado por lo que sus padres no se opusieron en absoluto a su unión.

Wendolyn había atravesado las murallas del castillo en contadas ocasiones, todas ellas tras anunciarse su compromiso con Philip. En ninguna de esas ocasiones se había topado con el barón, salvo hacía cuatro días. Lo recordaba muy bien. Sus padres y ella habían sido invitados por el capitán para almorzar y Lord Lovelace se disponía a abandonar el castillo para una de sus sonadas cacerías. Atravesaba el patio, ya a lomos de su caballo, cuando la vio. ¡Y cómo no verla! Con aquella melena rizada del color del fuego, ese rostro de porcelana con suaves pecas sobre sus mejillas. Lord Lovelace no podía apreciar su figura bajo todas aquellas prendas que la cubrían, pero debía de ser tan perfecta como sus facciones.

Repentinamente, el señor del castillo ofreció una de sus salas para la ceremonia, también aportó las viandas para honrar al hijo de su capitán. La familia de Wendy se sintió extremadamente agradecida con su señor y no tardaron en caerle alabanzas.

El casamiento, oficiado en el interior del castillo, dio pie al gran banquete. La música y risas ahogaban el repiquetear de la lluvia fuera de los muros de la fortaleza. Wendolyn no podía ser más feliz y esa noche Philip y ella se entregarían el uno al otro consumando su amor.

Nunca pensó que jamás llegaría a ocupar el lecho con su esposo.

Lord Lovelace se acercó discretamente a los recién casados y le pidió a Philip disfrutar unos minutos de la compañía de su hermosa esposa. El joven asintió, ¿por qué le negaría nada a su señor?

Wendolyn acompañó confiada al hombre fuera de la sala mientras él alababa su belleza, algo a lo que la muchacha estaba más que acostumbrada, tanto que la aburría.

La guió hacia las cuadras y le propuso dar un paseo a caballo. Ella miró por la ventana y si bien la lluvia había disminuido, aún era intensa. Con toda la educación de la que fue capaz declinó la oferta alegando que debía volver junto a su esposo. Y se disponía a hacerlo cuando un trapo cubrió su boca y nariz. Un olor almizclado entró por sus fosas nasales atontando su mente hasta el punto de que ni siquiera se percató de que Lord Lovelace la cargaba en uno de sus caballos y, tras montar él también, salieron a la noche lluviosa internándose en el bosque.

Lord Lovelace la dejó a los pies de un árbol y de inmediato se cernió sobre ella. Había fantaseado con ese momento desde que la vio. Imaginaba una y otra vez cómo sería hundir sus dedos en su blanca y blanda carne, sus piernas, sus pechos, esos labios pequeños y carnosos de color cereza. Y, finalmente, cómo sería poseer todo su cuerpo hasta destruirla, vaciándola por completo, saciándose él por completo. Ahora podría hacerlo, luego se aseguraría de que la muchacha no volviera a salir del bosque…

La lluvia no cesaba y tampoco lo hacía la agonía de la desafortunada Wendy. Sus ojos grises se cerraban lentamente y volvían a abrirse repentinamente, espasmódicamente.

La noche cubría el cielo por completo, pero hacía tiempo que no era capaz de ver nada.

—Miradme —la instó una voz, melodiosa y susurrante, como un sueño. Era una voz fuerte, de hombre, pero Wendolyn no la temía porque no se parecía en nada a la voz áspera y gutural del barón—. Miradme —insistió de nuevo la voz.

La muchacha se esforzaba con verdaderas ganas: quería contemplar el rostro del dueño de esa voz. Finalmente, logró abrir los ojos y enfocar la vista. Sobre ella había un hombre joven rondando la veintena, su rostro, pálido y anguloso, destacaba entre el cabello negro que se fundía con la oscuridad.

A Wendy le ardían los pulmones con cada bocanada de aire helado que tomaba, aún así se esforzó en hablar:

—Ayudadme —susurró con la voz quejumbrosa y quebradiza.

La expresión del joven que la contemplaba permaneció imperturbable cuando preguntó:

—¿Qué deseáis?

En medio del torbellino de dolor y oscuridad en que Wendolyn estaba sumida, la mente de la muchacha se llenó de estupefacción: ¿no era evidente?

Aparentemente no lo era. Volvió a sacar fuerzas de donde ya no había y contestó:

—Venganza —se sorprendió a sí misma al pronunciar esa palabra pero no rectificó: un odio incandescente se había apoderado de su pecho.

—¿Qué estaríais dispuesta a dar a cambio? —. Solo los carnosos labios se movían en aquel rostro de mármol.

—Todo —respondió Wendolyn.

Y ésta parecía ser la palabra que el joven estaba esperando. Delicadamente, pasó sus fuertes brazos por debajo del maltrecho cuerpo de ella y, con la misma suavidad, la alzó en vilo, pegándola a su pecho y protegiéndola de la lluvia. Wendy cerró los ojos y se dejó llevar.

Cuando volvió a abrirlos, la oscuridad se había vuelto aún más impenetrable, pero ya no llovía. Continuaba en brazos del apuesto joven que estaba sentado sobre el suelo y la contemplaba con unos ojos ambarinos, iluminados como los de un felino. Wendolyn quiso alzar su mano y acariciar su rostro, pero sus inexistentes fuerzas no se lo permitieron.

—Vuestra alma es el precio a pagar para llevar a cabo la venganza que ansiáis, ¿estáis dispuesta?

Wendy se sintió desfallecer cuando asintió lentamente, tras lo cual sus ojos se cerraron. Apenas un instante después sintió una intensa punzada de dolor en su cuello y luego una succión. La muchacha abrió la boca para gritar, pero ningún sonido salió de sus labios.

Un extraño y agradable sopor se apropió de su mente y su cuerpo elevándola en una nube.

A medida que el joven bebía más y más sangre, la debilidad se extendía con mayor rapidez hasta, finalmente, alcanzar sus extremidades. Sin embargo, esa agradable sensación que la embriagaba siguió acompañándola confundiéndola acerca de lo que percibía.

Apenas se percató de que el hombre retiraba su boca de su cuello níveo, pero sí sintió cómo la sensación placentera desaparecía tan repentinamente como había llegado.

Entonces unas manos frías pero suaves mantuvieron su boca abierta mientras un líquido denso y caliente atravesaba sus labios hasta introducirse en su garganta. Wendolyn reaccionó y paladeó su sabor con la lengua: sangre.

Quiso resistirse, quiso escupirla, pero las manos firmes del joven mantuvieron su mandíbula abierta mientras continuaba vertiendo ese líquido carmín. Y, a medida que transcurrían los segundos, Wendy dejó de resistirse: disfrutaba su textura y sabor. Tanto lo disfrutaba que, cuando el joven retiró su muñeca sangrante, ella se aferró con dedos trémulos a su mano intentando retenerla sobre su boca, mas su fuerza era tan nimia que él la apartó de un suave tirón.

Wendolyn ya no tuvo tiempo para reclamar la sangre: una extraña sensación, como de algo serpenteando por sus venas, la invadió. El pánico ocupó su mente mientras imaginaba alargadas culebras serpenteando por su torrente sanguíneo. Su avance fue acompañado de un frío tan helado que quemaba.

Wendy estaba débil, pero no tanto como para no gritar: ¿no había sufrido ya suficiente?

Continuó gritando, suplicando ayuda, pero el joven se limitó a contemplarla, sin mover ni un músculo, mientras ella se retorcía en el suelo de la cueva donde se habían refugiado de la lluvia.

Aquel diminuto infierno duró apenas unos minutos. Entonces, su corazón se aceleró, como si supiera que la muerte se avecinaba, su vista se nubló y solo podía ver el color rojo de la sangre mientras aullaba.

Pero fue capaz de escuchar perfectamente cómo el joven se ponía en pie. Su voz susurrante como una capa de terciopelo se abrió paso entre el color rojo:

—Cuando hayáis culminado vuestra venganza venid a buscarme, os estaré esperando.

Antes de desaparecer en la oscuridad de la noche, se quitó la capa negra que lo cubría y se la echó por encima a la muchacha que no dejaba de retorcerse.

Wendy quedó sola y abandonada en medio de la oscuridad por segunda vez esa noche. Entonces un dolor repentino atravesó su corazón y éste se detuvo.

***

Wendy abrió los ojos despacio, muy despacio, al mismo tiempo que su vista se aclaraba.

Estaba sola en la misma caverna donde había sido abandonada por aquel extraño individuo.

Se levantó del todo y sintió la tierra húmeda con sus pies descalzos como nunca antes: cada grano de arena, cada piedrecita y cada gota de agua, eso era lo que sentía. Su tacto era mucho más agudo que antes. Hacía frío pero no la incomodaba, a pesar de ello, tomó la capa en la que había estado envuelta.

Estiró sus brazos y contempló, asombrada, como no había ni rastro de las terribles heridas que lord Lovelace le había causado. Wendolyn sentía su cuerpo fuerte y estaba segura de que haría todo lo que deseara. No le importaba realmente cómo había sucedido, en su mente solo había espacio para una idea: venganza.

La muchacha se arropó bien con la capa, ya que su vestido de novia había quedado hecho jirones, y caminó hacia la boca de la cueva.

Salió al bosque y la luz de la luna que lograba colarse entre las espesas ramas le dio a su piel un brillo perlado y antinatural.

— Y ahora me cobraré mi venganza— anunció con tan solo la luna y las estrellas por testigo—. Disfrutad de los minutos que os restan de vida, oh, milord Lovelace.

Con impaciencia se internó en la espesura presa de una voluntad que jamás había poseído antes: estaba segura de lograr su propósito no importaba quién se interpusiera en su camino, nada podría detenerla hasta que hubiera matado a ese hombre.

Aceleró el paso hasta que se convirtió en una rápida carrera. Sus pies pasaron por encima del lugar en el que Lord Lovelace la había abandonado, ya no había rastro de su sangre: la lluvia se había llevado toda posible prueba de la atrocidad que se había llevado a cabo sobre la tierra mojada.

Siguió corriendo esquIvándo troncos y raíces, las ramas arañaban su blanca piel pero ella no sentía apenas dolor. Finalmente se detuvo frente a las murallas que rodeaban la fortaleza. Críticamente observó la imponente altura del muro pero eso no la desanimó. Estiró y contrajo las manos y comenzó a hincar las uñas y dedos entre las juntas de las piedras. Aprovechó también algunos salientes para agarrarse y poco a poco fue ascendiendo. La capa negra ayudó a ocultar su figura de la vista de los soldados y tan sigilosa como un felino alcanzó las almenas.

Tomando impulso se agarró a un saliente y saltó al otro lado del muro. La caída duró apenas unos segundos. Las plantas de sus pies amortiguaron el golpe y sus rodillas se doblaron eficazmente. La muchacha se incorporó de nuevo encantada mientras observaba la ciudadela desde detrás de unos matorrales.

Oculta, recorrió las ventanas del castillo en busca de los aposentos del Barón Lovelace que sin duda debían estar en la torre del homenaje. Además no le importaba ir echando abajo cada puerta una a una hasta dar con él, ¡y pobre de aquél que intentara impedirle el paso!

Se las apañó para pasar entre los guardias al abrigo de las sombras. Se escabulló por las cocinas, vacías a esas horas de la noche, y pronto se encontró en el interior del castillo.

Ascendió y ascendió por varios tramos de escaleras en espiral hasta detenerse en la puerta de roble que custodiaba los aposentos del barón Lovelace. Era una noche tranquila y no había guardias puesto que su señor confiaba en que antes de llegar tan lejos, cualquier invasión sería contenida en la muralla de su castillo.

Wendy empujó con ambas manos y logró abrir una puerta que, estaba segura, no habría sido capaz de mover antes.

Y ahí estaba él, profundamente dormido en su cama. Wendolyn rechinó los dientes. Avanzó varios pasos para observarlo de cerca. Clavó las uñas en la madera de roble de los postes de la cama. Seguramente a Lord Lovelace no le habría resultado nada difícil conciliar el sueño a pesar del crimen que había cometido hacía unas horas o días, no estaba segura. Como si violar y asesinar a una muchacha el día de su boda fuera pan de cada día.

La mirada de la joven se deslizó por la elaborada colcha y se detuvo incrédula ante el descubrimiento de otro cuerpo bajo las mantas: una joven desnuda y también dormida. Y en ese instante, Wendy perdió la cabeza. Saltó sobre la cama y agarró a Lord Lovelace del pelo lanzándolo casi al otro extremo de la habitación.

La chica en la cama despertó bruscamente y, tras unos segundos de estupefacción, gritó. Pero Wendolyn reaccionó con rapidez y le tapó la boca:

—Calla —siseó —. Será mejor que corras, no sé lo que puedo hacerte si estás aquí.

Cuando la soltó, la joven saltó de la cama arrastrando la sábana con ella y salió de los aposentos.

Al fin Wendy y ese monstruo estaban solos. Ella caminó hacia Lord Lovelace que había logrado incorporarse y la contemplaba pálido. La muchacha sonrió torcidamente ante esa expresión de horror.

—Parece que hayáis visto un fantasma, milord —dijo caminando lentamente hacia él —. Solo soy yo, Wendolyn Thatcher, la campesina de la que abusasteis y abandonasteis para que muriera.

—Yo no… —logró tartamudear el hombre.

—¿Qué? —lo interrumpió la muchacha acercándose a él —. ¿Vos no me violasteis? ¿Acaso no me golpeasteis con fuerza hasta que no fui capaz de moverme? ¿No me dejasteis abandonada en ese bosque para que muriera y los animales se comieran mi cuerpo para que nadie encontrara mi cadáver?

Wendolyn continuó acercándose y Lovelace retrocedió hasta que su espalda chocó contra la fría pared de piedra.

—¡Respondedme! —le ordenó acercándose tanto al señor del castillo que podía ver las gotas de sudor bajar por su frente y su rostro drenándose de sangre mientras lo acorralaba —. Sabéis a qué he venido, ¿verdad? —susurró con un tono meloso que jamás había empleado.

Lord Lovelace negó repetidamente con su cabeza mientras los temblores se apoderaban de su cuerpo; Wendy lo observaba con deleite al tiempo que se preguntaba cómo era posible que un hombre tan débil, tan insignificante y tan miserable hubiera sido capaz alguna vez infundirle tanto terror y de hacerle tanto daño.

—O-os lo su-suplico —balbuceó contemplando a aquella muchacha que se erguía ante él con ese rostro inhumanamente bello a la par que aterrador.

—Ahorraos la saliva, barón: nada ni nadie os salvará de morir esta noche. Pero antes —sonrió con crueldad, una crueldad impropia de Wendolyn, que siempre había sido una muchacha amable y dulce.

Ocurrió tan rápido que el dolor se esparció como veneno por el brazo izquierdo de Lord Lovelace cuando Wendy lo golpeó con toda su fuerza que, aparentemente, era mucha más de la que hubiera podido imaginar. La muchacha oyó los huesos quebrarse y astillarse como si se tratara de madera. Los fragmentos se hincaron en el músculo y la sangre brotó.

El alarido del hombre fue tal que retumbó por sus aposentos, salió de ellos y viajó por los corredores de piedra.

Wendolyn sonrió y clavó sus uñas en el cuello de Lovelace mientras apretaba con fuerza sin perder de vista los ojos llorosos del hombre.

Ella había planeado continuar con la tortura hasta que suplicara por su muerte, luego hubiera continuado causándole dolor hasta que, finalmente, en un acto de piedad, hubiera acabado con su mísera existencia.

Pero esa noche nada salió como Wendy había planeado.

La muchacha sintió dos pinchazos agudos en su labio inferior al mismo tiempo que su vista se nublaba al contemplar la sangre manar del cuerpo maltrecho del barón. Antes siquiera de percatarse del embriagador aroma que ésta emanaba, Wendolyn ya se había inclinado sobre su cuello clavando con fuerza sus prominentes caninos. Realizados los agujeros, sacó sus colmillos de la carne y con ansia pegó su boca a ese manantial de sangre buscando saciar una sed de la que hacía unos segundos no era consciente.

Paladeó el líquido en su lengua y sus papilas gustativas estallaron ante ese néctar carmesí. Su cuerpo se llenó de frenesí a medida que succionaba la vida de Lord Lovelace que había dejado de tener nombre y rostro, ya ni siquiera su venganza importaba: solo había sed.

El señor del castillo hacía rato que había muerto desangrado y Wendolyn hubiera continuado bebiendo hasta dejarlo completamente seco si un grupo de soldados, alertados por la mujer que Wendy había dejado escapar, no hubiera irrumpido en los aposentos.

Cinco soldados frenaron en seco al toparse con semejante sangría. Wendy separó su boca del cuerpo de Lord Lovelace y éste cayó al suelo. Entonces la muchacha lo miró con auténtica sorpresa y se llevó los dedos a la boca. Cuando los bajó de nuevo, estaban teñidos de rojo.

Entonces un grito de dolor escapó de su boca cuando una flecha se clavó en su vientre. Wendolyn levantó la vista a tiempo de esquivar otras tres flechas.

— ¡Es una vampiresa!— exclamó uno—. ¡Las flechas no la mataran!

“¿Vampiresa?— se preguntó Wendy—. ¡No lo soy!”

Pero la verdad iba poco a poco pesando más. Wendolyn entró en pánico, no sabía qué hacer, solo podía esquivar los ataques. Retrocedió hasta que chocó contra el alféizar de la ventana. De reojo se asomó: estaba alto, pero no tan alto. Miró una vez más a los guardias y de nuevo se asomó por la ventana. Una flecha que le pasó rozando la cabeza terminó de disiparle las dudas. La joven tomó impulso y saltó.

Cayó varias varas hasta poder agarrarse a uno de los relieves del muro. Aguantó un gemido de dolor al abrirse la palma con la que se había agarrado. Pero mantuvo la calma, respiró hondo y observó a su alrededor.

Al fin divisó el poyete de otra ventana algo más abajo. Balanceó su cuerpo y se soltó. Sintió el vacío bajo sus pies unos segundos antes de que sus manos se agarraran de nuevo. Esperó a tranquilizarse y giró la cabeza para la distancia que restaba hasta el suelo. Sonrió satisfecha: podía soltarse.

Dirigió la mirada hacia la ventana de los aposentos de Lord Lovelace pero los guardias ya se habían retirado. Sin embargo le llegaban ruidos del ajetreo en el castillo y pronto le sería imposible escapar. Se mordió el labio y de nuevo degustó el sabor de la sangre, en esta ocasión la suya propia. No tenía tiempo para detenerse a pensar en lo que acababa de suceder, no podía siquiera pensar, solo actuar.

Soltó los dedos de su agarre y tras unos segundos de caída, sus pies se hundieron en el suelo embarrado.

Cubierta por completo con la capa negra, se movió entre los matorrales para ocultarse de la vista de los soldados que comenzaban a desfilar por la fortaleza en su busca. Caminó agazapada hasta llegar a la entrada del castillo: un gran portón de madera y una enorme reja de hierro se interponían en su camino. Desde las sombras observó las almenas ahora repletas de guardias: no creía poder escalar el muro sin que la divisaran. Miró de nuevo la entrada donde había tres guardias armados con escopetas y espadas.

Se encogió contra el tronco de un árbol. El pánico la dominaba y no se veía capaz de moverse. Tardó cerca de un minuto en serenarse y volvió a inclinarse para observar la salida. Uno de los guardias se había adelantado mientras los otros dos mantenían su posición a cada lado del portón.

Wendolyn se pegó a la pared y confundiéndose con la oscuridad fue aproximándose lentamente al soldado que tenía más cerca y se ocultó tras un saliente de la muralla. Esperó a que pasara un grupo de soldados y saltó sobre el guardia que no tuvo tiempo de reaccionar antes de que ella lo estampara contra el muro con una fuerza sobrehumana. Wendy no sabía si lo había matado pero no se detuvo a comprobarlo. Se agachó rápidamente para coger la escopeta y apretó el gatillo tal y como había visto hacer a varios soldados durante sus visitas a la fortaleza. Otro guardia cayó al suelo muerto y el tercero, que aún estaba con vida, abrió la boca para alertar a sus compañeros. Más rápido de lo que se había movido jamás, la vampiresa lo golpeó en el rostro con la culata del arma.

Wendolyn tiró al suelo la escopeta que ahora le estorbaba y tensó los músculos para retirar la viga que atrancaba la puerta. Soltó un gritito de sorpresa al ver lo poco que le había pesado y rápidamente tiró de las argollas para abrir.

Como había supuesto, la reja de hierro estaba bajada y el conjunto de poleas para elevarla estaba a pocos pasos de distancia de su posición. Corrió hacia allí pero entonces escuchó gritos y pasos apresurados. Alzó la vista y comprobó con horror que los soldados en lo alto de la muralla la habían descubierto y habían alertado al resto. Desesperada agarró la manivela de la polea principal y comenzó a girarla con facilidad. Pero entonces una bala se incrustó en su hombro arrancándole un grito de dolor

Wendy continuó girando con una sola mano y cuando la verja se había elevado lo suficiente saltó hacia la salida. Puesto que no había atrancado las poleas, la reja descendió rápidamente pero, tal y como ella había calculado, pudo colarse bajo ella y salir ilesa mientras que los guardias que la perseguían chocaron contra el frío metal.

Sin mirar atrás, Wendolyn echó a correr por el camino empedrado y se desvió en cuanto pudo para perderse en el bosque donde les sería mucho más difícil seguirla. Continuó abriéndose paso entre la vegetación. Su vista se adaptaba perfectamente a la oscuridad pero se daba cuenta de que empezaba a clarear. La luz pálida e invernal del sol se colaba entre las copas de los árboles. Debía buscar un lugar donde esconderse, tal vez la cueva serviría. No estaba segura de cómo pero de algún modo sabía a dónde dirigir sus pasos.

Repentinamente sintió una fuerte quemazón en la mano izquierda. Cuando bajó la vista soltó un jadeo de dolor. Su piel estaba en carne viva y el olor a carne quemada fue perfectamente apreciable.

Sin saber qué le ocurría comenzó a correr sin darse cuenta de que abandonaba la espesura y por tanto su piel estaba más expuesta al sol. Pronto sintió todo su cuerpo arder y comenzó a gritar. Intentó cubrirse con la capa negra pero ésta también se prendió cuando el fuego de sus manos pasó a la tela.

Entonces sintió que flotaba por unos segundos al tiempo que escuchaba el galopar de un caballo. Alguien intentaba apagar las llamas ahogándolas con trapos. Mientras continuaban dirigiéndose al interior del bosque. Unas manos firmes la empujaron del caballo y entonces el fuego desapareció.

Wendolyn abrió los ojos y se encontró en el interior de una pequeña laguna de aguas verdosas. Retiró las hojas y el verdín que se le habían quedado adheridos a la piel y descubrió que ésta estaba lisa, si bien más rosácea que antes y aún la sentía caliente.

—¿Podéis salir, milady? —preguntó una voz grave y algo ronca. Ella alzó la cabeza y descubrió a un hombre en la mitad de la veintena que agarraba con firmeza las bridas de un caballo marrón—. Estáis a salvo —insistió al ver su desconfianza—, pero debemos salir de aquí antes de que los soldados os encuentren—. Wendy se había olvidado casi por completo de ellos.

—Pero el fuego… —murmuró y el hombre sonrió ligeramente.

—Era solo el sol. Tapaos con esto y montad, cerca hay un carruaje esperándoos.

Lentamente Wendolyn salió del agua y caminó hasta el hombre que retiró la vista con un leve carraspeo mientras le tendía otra capa muy parecida a la que se había quemado. La muchacha bajo la vista y descubrió que estaba desnuda salvo por jirones chamuscados que poco ocultaban su cuerpo. Rápidamente tomó la prenda y se envolvió en ella. Le llegaba hasta los pies, incluso arrastraba un poco, y era de terciopelo azul. También se puso la capucha y de un salto subió al caballo. El hombre comenzó a caminar guiando al animal entre los árboles.

Después de un par de minutos, llegaron hasta un claro donde había un carruaje completamente negro, con cortinas tupidas del mismo color. Wendy se volvió hacia el hombre que asintió. Bien envuelta en la capa, sin que sobresaliera nada de piel, caminó hasta el carruaje. Cuando solo un palmo la separaba de las cortinas, la portezuela se abrió y una mano blanca la agarró arrastrándola al interior y cerrando rápidamente.

27 de Agosto de 2018 a las 16:55 8 Reporte Insertar 5
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George Little George Little
Eres tremendamente arrolladora con tu narrativa, te llevas casi el 10 como una escritora de primer nivel.
6 de Octubre de 2018 a las 05:23
George Little George Little
Eres tremendamente arrolladora con tu narrativa, te llevas casi el 10 como una escritora de primer nivel.
6 de Octubre de 2018 a las 05:22

  • Marta Cuchelo Marta Cuchelo
    Wow! Muchas gracias por tu comentario! Me encanta y me alegra mucho que te guste! 13 de Octubre de 2018 a las 09:49
Katerina Az. Katerina Az.
¡Excelente inicio! Ya me enamoré de la historia
25 de Septiembre de 2018 a las 11:54

  • Marta Cuchelo Marta Cuchelo
    Gracias! Me alegra mucho que te guste! Le puse mucho empeño 25 de Septiembre de 2018 a las 15:47
Naky Hawk Naky Hawk
♡♡♡
28 de Agosto de 2018 a las 14:46

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