Un cuento de fiestas patrias Seguir historia

pacd1985 PIERO CACERES DIAZ

Don Jerónimo, sobrino de una exitosa migrante a la capital, lleva una vida de éxito y despreocupación por lo que sucede mas allá de sus propios bolsillos. La avaricia que al inicio gobierna su vida, se ve convertida en compasión luego de una experiencia que lo marcará para siempre. Adaptado de "Un cuento de Navidad" de Charles Dickens, "Un cuento de fiestas patrias" busca rescatar la esencia del famoso relato y reflejarla a través de una realidad peruana. Algunos dirían que una realidad repetida en muchos países caracterizados por la desigualdad y la injusticia.


Cuento Todo público.

#peru #dickens #conversion #avaricia #compasion
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Las tres visitas

Cuando don Jerónimo Callañaupa Tupac Yupanqui decía que no, era no. Los que lo conocían de cerca, si pudiese decirse que alguna persona tuviera cercanía con aquel señor, decían que verle significaba malograrse el día. Es casi un mito urbano que una vez se le vio esbozar una sonrisa, aunque dicen que sucedió el día en que murió su tía Hermenegilda Callañaupa de la Vega, también conocida como la reina del calzado.

El día en que falleció doña Hermenegilda, su queridísimo sobrino recibió como herencia el vasto imperio que ella misma había forjado desde muy joven, cuando llegó a la capital con unos pocos intis que traía en el bolsillo y una ilusión del tamaño del nevado más alto. Era el año 1954, en pleno ochenio de Odría, un periodo de cierta estabilidad económica y de “hechos y no palabras”. Las dificultades siempre estuvieron a la orden del día, aunque Hermenegilda, la joven que llegó a la capital a cumplir un sueño, no se daría por vencida y lograría construir el gran imperio que dejaría al final de sus días a su adorado sobrino.

La historia de don Jerónimo es casi un misterio. Pocos conocen donde pasó toda su niñez, aunque se sabe que fue en algún lugar de Londres, donde estudió en un colegio internado y pasó gran parte de su juventud también. Sus estudios de posgrado los realizó en Imperial College London Business School y obtuvo su grado de MBA en la Universidad de Stanford, en California. Luego de ello, su vida se volvió el trabajo y el dinero su motivación favorita. Trabajó en las consultoras más reconocidas de Boston y Nueva York; y no había día que no dedicara algunas horas a revisar el valor de sus acciones en las bolsas de valores de Wall Street y de Londres.

Era ya el año 1986 cuando doña Hermenegilda tuvo su primera visita al hospital. Los médicos no supieron diagnosticar la enfermedad que la aquejaba, aunque algunos años después finalmente se supo que aquellos episodios que la alejaban de la oficina por varios días se debían a una enfermedad degenerativa llamada Parkinson. Doña Hermenegilda mantenía la fortaleza que tanto la caracterizaba, aunque no era un secreto que no podría seguir muchos años más al frente de su imperio.

En aquel entonces, Jerónimo, a sus treinta años, era Director en Mckinsey, una de las cuatro consultoras de negocios más importantes del mundo. También era miembro de tres directorios y socio mayoritario en una cadena de restaurantes con presencia en quince estados. A su corta edad, había amasado una fortuna envidiada por cualquiera; y aun así, su vestimenta diaria no pasaba de haberle costado $50 en una tienda de remates. Su amor por el dinero superaba su amor propio. El día en que se enteró del diagnóstico de la enfermedad de su tía, no dudó en dejar todo por volar a Lima y acompañarla. Si había algo que Jerónimo quería más que el dinero, era su tía, doña Hermenegilda, quien se volvió como una madre para él luego del fatídico accidente que terminó con la vida de sus padres.

Desde que Jerónimo vio a su tía al llegar a Lima, supo que no volvería a irse y que la ayudaría en adelante a dirigir sus negocios. La enfermedad de doña Hermenegilda ya estaba en una etapa avanzada y a duras penas le permitía acercarse un par de días al mes a su oficina a ver cómo iban las cosas. Afortunadamente, todos en la empresa la adoraban y su lealtad hacia ella fue lo que mantuvo a la empresa como líder en el mercado, incluso en aquellos años cuando doña Hermenegilda no podía ocuparse más que de mantenerse en pie.

Cuando Jerónimo, don Jerónimo para todos en la empresa, llegó a tomar el lugar de su tía, todos tenían la atención pegada en él. De él se conocía poco, aunque su tía siempre buscaba la oportunidad de hablar de lo bueno que era su sobrino y de lo hábil que era para los negocios. Claro, la bondad de su sobrino sería inexistente si no fuera por el inmenso cariño que tenía por su tía. Ese fue tal vez el último año en que se percibió algo de alegría en los pasillos de aquella empresa.

Los años posteriores fueron muy prósperos para el negocio, se abrieron nuevas sucursales en provincia, se implementó una planta de producción más moderna y se quintuplicaron las ventas con respecto al inicio de la gestión de don Jerónimo. Habían pasado apenas cinco años de que tomara las riendas y ya era nombrado “CEO del año” por la revista Tiempo. Las cosas no pudieron caminar mejor para la empresa ni peor para la salud de doña Hermenegilda. Ese año, ella murió.

A partir de ese momento, el dinero se volvió nuevamente el centro de la vida de don Jerónimo. El cariño que tenía por su tía ya no estaba más para mantener ese mínimo de calidez en el trato que tenía con otras personas. Se convirtió en el gerente general más tirano que uno pudiera imaginarse. Si no fuera porque la empresa pudiera ser multada, hubiera eliminado hasta los mínimos beneficios que por ley corresponden a los trabajadores; además de dejar de darles el paquete de galletas y el frugos por navidad. Las cosas fueron de mal en peor. Todas las sucursales cerraron por la alta rotación del personal y las altas pérdidas que se generaban.

Cuando Felicia, la leal secretaria que acompañó a doña Hermenegilda sus últimos cinco años en la empresa, se jubiló; don Jerónimo decidió no pagarle los beneficios por sus años de servicio amparándose en unas mañas legales que no dieran cabida a reclamos o a alguna acción legal de la parte perjudicada. Ese año también salió a la luz que por alrededor de dos años se había dejado de hacer los depósitos a los fondos de pensiones de los trabajadores como parte de un “programa de reducción de costos”. Ya no había nada que no se pudiera esperar de este despiadado ser que alguna vez tuvo tanto cariño por su tía.

Fue en el año 2041, en vísperas de fiestas patrias, cuando don Jerónimo tuvo una experiencia que jamás olvidaría y que cambiaría el rumbo de su vida y de las personas que lo “rodeaban”. Era una noche fría, en la casa de La Planicie que había heredado de doña Hermenegilda, cuando tuvo la visita de tres personas que jamás hubiese esperado ver aquel día.

La primera de ellas fue de su abogado, don Carlos Rincón de la Mancha, un reconocido letrado que había servido a su tía y que, por la lealtad que le tuvo, acompañó a don Jerónimo durante su macabra gestión. Don Carlos venía algo emocionado y a la vez cansado dada su muy avanzada edad. Fue extraño para don Jerónimo recibirlo dado que todas las gestiones legales ya solo las hacía con los abogados del bufete de Don Carlos, a quien no había visto por varios años. La razón de la visita fue más extraña aún para don Jerónimo. El anciano abogado lo visitaba para cumplir con una misión que le encomendó la mismísima doña Hermenegilda, entregar una carta a su sobrino en la víspera de fiestas patrias de dicho año.

Mayor fue la sorpresa de don Jerónimo al ver que la carta estaba escrita por él mismo, cincuenta y siete años atrás, cuando a sus diez años de edad se la envió a su tía por el día de las madres. En ella; además de saludarla, le decía lo mucho que la admiraba y cuánto quería ser como ella cuando dirigiera su propia empresa. No es de extrañar que desde corta edad, aquel niño sentía entusiasmo por los negocios y que mantuviese correspondencia regularmente con su tía, quien le contaba algunos detalles de cómo dirigía su empresa. Luego de leer la carta no pudo articular más palabras que las necesarias para invitar a salir de su vivienda al anciano abogado.

Eran ya las nueve de la noche cuando recibió otra de las inesperadas visitas. Se trataba de Walter Ordoñez, su contador y confidente en las maliciosas acciones cuyo único propósito era ahorrar unas cuantas monedas a don Jerónimo. Walter, algo temeroso por posiblemente incomodar a su jefe, se decidió a decirle lo que había tenido intención de hacer desde ya hacía varios días. El pobre contador no pudo más con su propia conciencia y consideró buena idea decirle a su jefe algo que le había contado el abogado encargado del caso de Felicia. Este abogado le había dicho a Walter que no había forma de dejar de pagar los beneficios a Felicia sin que ella tuviera la oportunidad de tomar acciones legales que pudieran llevar a la empresa a la quiebra. Era claro para este abogado que la pobre secretaria, protegida por el Ministerio de Trabajo, tenía muchas posibilidades de llevar a don Jerónimo a la perdición. Entre risas, el abogado le mencionó a Walter que la secretaria era tan ingenua que prefería perder una considerable indemnización a perjudicar al querido sobrino de quien fue la mejor jefa que alguna vez tuvo. Al oír esto, don Jerónimo agradeció a Walter por la visita, quien se fue gratamente sorprendido al no haber recibido en sus quince años de servicio un agradecimiento de parte de su jefe.

Al cerrar la puerta, don Jerónimo no pudo evitar mirar la inscripción que habría puesto su querida tía varias décadas atrás: “Kunanqa kusisqam kani”, que significa “hoy estoy feliz”. Esto lo sabía muy bien don Jerónimo ya que se trataba de una frase con la que terminaban muchas de las cartas que recibía de parte de su tía. En ese momento no pudo evitar notar lo distinta que era su vida con respecto a la de su tía, la persona que más admiraba en el mundo. La dureza de su corazón cedió un poco ante los recuerdos de su tía y los sueños que tenía de niño por acompañarla en sus negocios cuando fuera grande.

Cuando don Jerónimo terminó de recordar aquellas cosas que había prácticamente borrado de su mente hasta aquel momento, se dispuso a ir a dormir. Mientras caminaba a su recámara no podía evitar pensar en cómo habrían sido los días de su tía en aquella casa. En cómo era tan querida por todos y en cómo logró mantener la alegría cada día, a pesar de los problemas y de su enfermedad. Ya eran las once de la noche cuando llegó la última visita, se trataba de Felicia, quien alguna vez fue la secretaria de su tía y a quien él había tratado tan mal algunas semanas atrás. Felicia no pudo contener las lágrimas al ver a don Jerónimo. Algo claramente estaba mal, aunque no pudo articular palabras hasta luego de algunos minutos Finalmente pudo contar a don Jerónimo el problema por el que estaba atravesando.

Felicia era una señora de setenta y seis años de edad, viuda y con un nieto que sufría una grave enfermedad al corazón. Tristemente, su única hija había fallecido al dar a luz y Felicia tuvo que asumir la crianza del pequeño. Hasta el momento, su pensión y ahorros fueron suficiente para costear la medicina de su nieto y correr con otros gastos de su casa. Durante los últimos meses, el muchacho empezó a tener episodios de arritmia que preocupaban a los médicos con respecto al estado de su corazón. Una semana atrás le dijeron que el corazón no duraría mucho más tiempo y que era necesario un trasplante. En ese momento, don Jerónimo no pudo más con su conciencia. Hasta el corazón más duro no podría evitar reblandecerse ante el llanto de una mujer en tal punto de desesperación. Felicia, sin reparos le dijo que ante esa situación ya no dudaba en tomar acciones legales para obtener la indemnización y los beneficios que le fueron negados, aunque ya su nieto no tenía tiempo y no sobreviviría lo que durara dicho proceso.

Cuando Felicia terminó de secarse las lágrimas, recibió sorprendida un cheque de manos de don Jerónimo por la suma total de los beneficios que le correspondía recibir. Era el monto exacto, ni más ni menos; y es que a don Jerónimo no se le escapaba ni un céntimo cuando de dinero se trataba. Felicia no pudo evitar mantener una evidente tristeza. La operación de su nieto costaba $ 150,000 y sus beneficios no llegaban a los S/ 60,000. Cuando finalmente se animó a responder las insistentes preguntas que don Jerónimo le hacía respecto a porqué seguía triste, este le giró otro cheque por el monto faltante para que pueda pagar la operación de su hijo. La alegría no cabía en ella, esta vez con lágrimas de felicidad y con una gran gratitud hacia su benefactor. Don Jerónimo no hizo más que abrazarla y desearle lo mejor.

Siendo la una de la madrugada, don Jerónimo finalmente pudo dirigirse a su dormitorio para dormir. Cuando estaba dispuesto a hacerlo, recordó las últimas palabras que le dijo su tía: “hoy se feliz por mí”. Esa noche, don Jerónimo tuvo tres visitas que cambiaron su vida. A partir de ese día, todo cambió para bien.

23 de Agosto de 2018 a las 14:08 2 Reporte Insertar 1
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PIERO CACERES DIAZ Sincero, sensible, perseverante y con un profundo sentido del deber. Actualmente estudiante doctoral e iniciando mi carrera académica. Explorando nuevas posibilidades en la literatura.

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