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luisavzquezvle12751 Luisa Vázquez

Una mujer, una playa, un atardecer de principios de otoño. Soledad y silencio solo roto por el ruido acompasado del mar de color plateado. La brisa, que empezaba a ser fresca, se empapaba con la humedad marina.


Drama Todo público.

#eternidad #245 #amor
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La playa

Una mujer, una playa, un atardecer de principios de otoño. Soledad y silencio solo roto por el ruido acompasado del mar de color plateado. La brisa, que empezaba a ser fresca, se empapaba con la humedad marina.

La figura, envuelta en una chaqueta de lana que por su corte y tamaño parecía de hombre, permanecía de pie en la orilla observando con ojos evocadores el sol que se retiraba tras las olas. El pelo alborotado por el aire juguetón, los pies descalzos acariciados por las frías aguas. Las lágrimas que inundaban sus mejillas, el dolor de su mirada y la postura encogida eran la imagen del desamparo.

Él estaba allí, siempre lo estaría; nadando hacia el horizonte con la potencia de la brazada de sus largas extremidades. La muerte le había concedido el privilegio de ser eternamente joven y bello.

Diez interminables veranos llevaba soportando el dolor de su pérdida. Una década que se volvió oscura sin la luz de sus ojos y, sumida en la oscuridad, anhelaba el roce de su piel.

Recordaba con absoluta claridad la primera vez que lo vio; allí en aquella misma playa.

Ella tenía 15 años y el 16. Era una adolescente impresionable cuyas hormonas empezaban a alborotarse y la imagen de aquel Adonis rubio con su tabla de surf bajo el brazo hizo que creyera que los sueños podían hacerse realidad.

Ella todavía conservaba las trenzas y el aparato bucal y su cuerpo, aún inmaduro, la hacían sentirse insegura. Tampoco ayudaba la atención constante que las otras chicas más mayores dedicaban al muchacho, así que, aquel año se limitó a admirarlo de lejos, atreviéndose solo a imaginar lo que sería sentirse rodeada por sus brazos.

Pasó todo el año pensando en él, observándose en el espejo con la esperanza de verse convertida en mujer.

Cuando llegó la hora de volver a la zona vacacional se miró por última vez.

La imagen que se reflejaba en él le mostró como sus trenzas habían desaparecido para dar paso a una melena salvaje y ondulada que le llegaba a la cintura.

Sus ojos verdes, chispeantes de alegría, iluminaban un rostro moteado de pecas que le conferían el privilegio de la eterna juventud.

El sacrificio del aparato bucal la había compensado con una hilera de dientes blancos, que destacaban entre unos labios turgentes adornados por una sonrisa perenne. Su cuerpo pequeño, pero bien proporcionado, disfrutaba de unas curvas de vértigo, de un vientre liso. Ocultas por la ropa, se insinuaban dos colinas tersas coronadas de corolas rosadas.

Casi le costó reconocerse. No quedaba ni un resquicio de la niña del verano anterior. Sintió crecer en su interior una seguridad desconocida que hizo aumentar sus ganas de volver a aquella playa y abordar, sin vergüenza ya, al muchacho de sus sueños.

Escogió el bikini con el que se sentía más atractiva y salió llena de esperanza. La escena que vio al llegar era la misma que el año anterior con una sutil diferencia, en seguida se percató de la mirada de admiración que su amor le dirigió. Pero ella no se acercó, extendió la toalla alejada del grupo de jóvenes que reían y, sobre todo, del muchacho y su corte de admiradoras.

Pasó la mañana aparentemente indiferente a todo lo que se desarrollaba a su alrededor. Tomando el sol, nadando, leyendo…pero con su corazón en modo de espera. Él vendría, estaba segura.

Llegada la hora de volver a casa, recogió sus cosas con lentitud. La decepción iba ganando terreno en su interior. La escena que había soñado tantas noches parecía que se negaba a producirse. De repente una sombra invadió su campo de visión; miró hacía arriba y allí estaba él. Una sonrisa atractiva adornaba su cara mientras le preguntaba su nombre.

No atinó a contestar al principio, después de esperarlo toda la mañana su aparición repentina la había cogido por sorpresa. Cuando se percató de que el seguía esperando su respuesta, se sintió ridícula y contestó atropelladamente:

- Hola, me llamo Teresa. Encantada. ¿Y tú?

- Marcos, dijo sentándose a su lado. ¿Es la primera vez que vienes? No te había visto antes por aquí.

Ese verano se convirtieron en inseparables. La muchacha vivía en una nube. La realidad era aún más perfecta, si cabe, que el mejor de sus sueños.

Llegó el final de las vacaciones y la separación fue dolorosa. Habitaban en ciudades muy distantes entre si, sabían que no se verían en mucho tiempo y la opción de las llamadas telefónicas no era suficiente. Necesitaban la proximidad, el contacto físico constante.

El año pasó lento. Para ella, intentar acabar el curso con buenas notas, como era habitual, fue un trabajo arduo. En sus largas charlas nocturnas él le decía lo mismo.

Afortunadamente llegó el momento tan deseado del reencuentro. Sus cuerpos se encontraron con la desesperación de la añoranza. Inconscientes, no notaban que sus manos se buscaban, sus labios se fundían y sus cuerpos se pegaban. Lo único real para ellos eran sus miradas encendidas por el fuego de una pasión en la que se consumían con complacencia.

A partir de aquí estuvieron tan seguros como de la muerte de que jamás serían capaces de separarse.

Los padres de Teresa no quisieron ni oír hablar de aquel enamoramiento juvenil. Debían volver a casa. Ella tenía que acabar sus estudios y labrarse un futuro. Si su amor era tan grande, sobreviviría a la distancia y el tiempo. Y, una vez llegados a una edad más madura, si seguían sintiendo lo mismo, no se opondrían a una relación seria.

La muchacha lloró amargamente, dejó de hablar a sus padres, incluso inicio un conato de huelga de hambre. Pero ellos fueron inflexibles, ni por un momento se dejaron intimidar por el chantaje emocional.

El día de la despedida, el alma de los adolescentes se quebró. Cuando Teresa se giró para mirar a Marcos por última vez, la visión del chico envuelto por la luz del sol que se ponía, le dio un efecto tan fantasmal que una funesta premonición atenazó de angustia el pecho de la niña.

Pasados tres meses, al iniciar sus estudios en la Universidad, Teresa se sumergió en la rutina. El ambiente familiar era frio como el hielo y ella procuraba estar todo el tiempo posible fuera de casa.

Una madrugada sonó su móvil. El miedo la ahogó incluso antes de despertar. Su corazón le decía que algo horrible había pasado.

- ¿Teresa? – oyó una voz en la lejanía – soy la madre de Marcos. Encontré tu número en su teléfono. ¡Te ama tanto que no podía negarle su último deseo! Se muere y quiere verte.

La chica salió de casa sin ser vista, cogió un autobús. A media mañana llamaba a la puerta de la casa de Marcos. Su madre le abrió, pálida y con los ojos enrojecidos e hinchados por el llanto. La abrazo fuerte sin hablar. Al cabo de un momento la hizo pasar y la invitó a sentarse en el sofá del salón.

- ¿Te apetece tomar algo? – le preguntó – pareces destemplada.

- Salí en cuanto usted me llamó. Llevo viajando toda la noche. Contestó Teresa.

- Entonces una buena taza de café caliente te irá bien. Rosalía, traiga la cafetera y dos tazas, por favor. Dijo dirigiéndose a la sirvienta.

Teresa la miraba ansiosa. Cuando se quedaron solas, preguntó.

- ¿Qué le ha pasado a Marcos?

- Mi hijo está enfermo hace mucho tiempo. Le detectaron una leucemia cuando contaba solo ocho años. Lleva la mitad de su corta vida luchando contra esa maldita enfermedad. Lo hemos intentado todo, trasplantes, quimioterapia, tratamientos experimentales… han funcionado durante un tiempo, pero luego han vuelto las recaídas, cada vez peores. Esta vez su oncólogo nos ha informado que el organismo de mi hijo ya no soporta más tratamientos, que ha llegado el final. Me pidió verte por última vez y yo no puedo negarle irse de este mundo mirando tu cara que es lo que más ama.

Había vuelto a llorar desconsoladamente. Teresa se sentó a su lado, la rodeó con sus brazos, mezcló sus lagrimas con las de ella.

Al cabo de un rato, cuando se hubieron calmado, la madre de Marcos la acompañó a la habitación donde, el chico, pasaba sus postreras horas.

Era un cuarto espacioso y alegre, donde a través de unos amplios ventanales entraba la luz y se veía el jardín.

La cama, vestida con ropa inmaculadamente blanca contenía un cuerpo que a Teresa le costó reconocer. La figura escultural del muchacho se había consumido hasta no ser más que un montón de hueso apenas cubiertos por una piel tan pálida que no se distinguía de las sabanas.

- Marcos – le llamó su madre – mira quien ha venido a verte.

Él hizo un esfuerzo sobrehumano para abrir los ojos, que, rodeados de círculos negros, ocupaban la mayor parte de su consumido rostro.

Milagrosamente, una sonrisa iluminó su expresión al ver a Teresa.

- ¡Mi amor! – dijo con un hilo de voz – te estaba esperando.

Ella se acercó y, amorosamente, rodeó como pudo el maltratado cuerpo. Le llenó de besos y le susurró al oído palabras de consuelo. La expresión de Marcos se volvió serena, una paz alegre se instaló en su cara. Y así, dos horas después, abandonó este mundo.

Gran parte de Teresa partió con él. Siguió con su vida, que remedio, pero todo le sabía amargo. Nada conseguía atraer su interés. Acabó la carrera, se independizó, consiguió un buen trabajo, como sus padres querían, y nunca más volvió a hablar con ellos.

Como una especie de peregrinación, volvía constantemente a aquella playa. Hablaba con él, le contaba sus cosas, le pedía consejo, le decía que lo amaba como el primer día.

Y aquel atardecer de principios de otoño, cuando habían pasado ya diez años desde que él se fue, le vio aparecer de nuevo surgiendo de las plomizas aguas.

Al principio creyó que era su imaginación, pero él avanzó hasta llegar a su altura y la salpicó con el agua que goteaba de su pelo. La miró con aquella expresión de amor que tanto echaba de menos y le habló:

- Teresa, tú eres para mí la pasión infinita, me uní a ti desde el primer día que te conocí. Eres y serás mi mujer para siempre. Pero yo estoy muerto y tú viva. Tienes que seguir adelante sin mí. Disfruta de lo que el destino te tenga preparado. Ama y se amada. Y recuerda que yo te esperaré cuando, ya de viejita, vengas a reunirte conmigo para poder disfrutar de nuestra historia juntos, esa que nos arrebataron cuando acababa de nacer.

Se inclinó y la besó ligeramente en los labios. La humedad de su saliva perduró sobre ellos un tiempo.

El aire frio la hizo volver de su ensoñación con un estremecimiento. Con voz ronca se dirigió al horizonte:

- Adiós, mi amor. Hasta pronto.

No volvió a la playa. Vivió una vida feliz. Se casó, tuvo un marido que la quiso mucho y al que ella adoró. Se rodeó de hijos y nietos.

Una noche, en la oscuridad de su habitación, vio una sombra que se acercaba a su cama. La cara perfecta y eternamente joven de Marcos invadió su visión.

Alargando una mano, la invitó:

- Vamos Teresa, es hora de que estemos juntos otra vez.

Y se alejaron hacia el amanecer, hacia aquella playa donde habitarían felices para siempre.

8 de Agosto de 2018 a las 09:54 0 Reporte Insertar 1
Fin

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