El abecedario de Otto Seguir historia

gabriel-orellana1533594265 Gabriel Orellana

Otto es un hombre que ha tenido muy pocas relaciones en su vida, pero se siente motivado a lograr una hazaña: conseguir cierta cantidad de mujeres impesada en un año, gracias a una apuesta muy singular con tres amigos de testigo, quienes estarán a la expectativa de lo que le pase a Otto. Esto generará una serie de episodios que bien podrían servir a Otto para cumplir su apuesta o para jugarle en contra.


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#amor #amigos #sexo #apuesta
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La apuesta en el garage

Puesto el dinero, hecha la apuesta. Seiscientos dólares sobre el paño verde de la mesa de billar, marcando distancia de las bolas en medio del ya ocaso juego sabatino por la noche, esperaban ser recogidos mientras Otto celebraba con apretón de manos el gran reto que, al cabo de un año (es decir al final del 13 de enero del 2019), tenía que cumplir. Y aún encontrándose entre risas y apretones desafiantes, y ánimos escépticos – nadie lo creía capaz de lograrlo – estaba ya planeando una estrategia que pudiera llevarlo a ganar la gran apuesta. Atrás quedaban aquellas apuestitas sobre la liga, o sobre levantarse o no a la flaquita rica y rubia del bar, o sobre tirarse por enésima vez a la ex despechada. Otto estaba dispuesto a llegar más lejos que cualquier hombrecillo galán y rompe corazones pues, no era solo el dinero lo que lo movía, sino el deseo de lo aparentemente imposible: una hazaña viril y digna de todo reconocimiento masculino.

-Hecho – dijo con una mirada fija en la bola número 9, la ansiada bola que decretaba el fin de todo juego de billar, y con la expresión de quien está a punto de lanzarse de un precipicio en paracaídas.

– ¡Sí, sí la hago conchasumare! – sentenció eufórico, como dándose ánimos mientras tomaba el dinero de la mesa y colocándola luego en una cajita de lata sobre la cual se había puesto de una forma muy improvisada la palabra “apuestas” con plumón indeleble (aunque la desaparecida letra “e” parecía contradecir la característica principal del mismo). Cerró con llave la cajita y dejó encargada la misma con el más responsable del grupo, su pata del alma por antonomasia, Guido.

El juego no había terminado, pero sin decirlo habían determinado que era momento para seguir tomando y sentarse a conversar con morbo sobre la apuesta contra Otto. No era para menos. Después de 2 años de reunirse cada sábado ininterrumpidamente, salvo cuando el “pelao” Martínez se casó y todos tuvieron que dejar la religiosa reunión en jeans y polos sueltos, las chelas de lata, los tacos y las bolas de colores por un esmoquin, champagne en copa, y bailes con las más rucas de las amigas de la novia, en el club de los apostadores (un club de cinco miembros, hoy cuatro ante la "pérdida" del "pelao" Martinez) ) se había concertado por fin una apuesta digna del dinero y atención de aquellos solteros con causa.

-Ya Ottito, dinos, ¿cómo carajos lo vas a hacer? – dijo Guido, levantando la barbilla mientras levantaba el brazo para beber un poco de la lata de Pilsen.

Años atrás esa pregunta hubiera sido muy complicada de responder. No era muy común en Otto ser muy seguro al momento de abordar chicas. Siempre se escondía detrás de amigas pidiéndoles ayuda para poder conocer a nuevas chicas. Y aún así no lo conseguía. Sus amigas terminaban por odiarlo al cagarla siempre con el cuento de “siempre me ha ido mal en el amor”, lo cual y en parte era cierto pero a ninguna de las mujeres con quienes se encontraba le gustaba escuchar la historia de sufrimiento de un hombre. Ellas querían acción, goce, diversión, pero Otto siempre caía en la muletilla larga y odiosa para buscar dar lástima y generar una conexión emocional-carnal con una mujer. Hasta que, finalmente, sus amigas decidieron no ayudarle más y lo dejaron bailar solo en medio de la pista. Bailó mal al inicio pero el sentido de supervivencia o, mejor dicho, la desesperación por conseguir sexo gratuita y consentidamente lo llevaron a desarrollar nuevos métodos de abordaje a fin de especializarse el arte de la dicción y de la conversación egocéntrica y empática.

Esta vez se sentía muy confiado de sí mismo, pero también era muy discreto respecto de sus técnicas de seducción y muy celoso de sus conquistas. Así que solo se limitó a decir, erguido y altanero:

- Ya verán, estimados amigos. Solo esperen un año y ustedes mismos verán. 

La apuesta era muy simple de explicar dentro de lo complejo que podía resultar cumplir. Otto, un hombre obsesivo por los récord Guinness (de los cuales él siempre resaltaba con un dedo índice hacia arriba al hombre antorcha Josef Toetdtling como una proeza digna del aplauso) había preguntado a sus amigos si apostarían 150 dólares a que él podría acostarse con 26 chicas en un año, pero con la particularidad de que los nombres de cada chica empezaran con una letra diferente del abecedario. El unísono de su club no podría ser otro que -¡Estás bien huevón!. Sin embargo, esto no hizo más que motivar más a Otto a plantearles entonces que apostarán en contra de él. A lo que se unieron todos a otro unísono -Ahh pero ¡Claro!.

-Yo propongo que, para comprobar que se ha cumplido la apuesta, Otto comparta en el grupo de whatsapp una foto de la flaca en su cama – comentó la “bala” Gallegos (reconocido por su increíble proeza de alcanzar a un travesti charapo que a toda velocidad intentaba llevarse su billetera en la Avenida Petit Thouars) mientras extinguía parte del cigarro mentolado en el cenicero.

-UFf claro, pero calatita– sugirió Calín expulsando una carcajada con una mirada digna de cualquiera que se imagina dos tetas en frente. Ningún tema podía salvarse sin la mañosería del hombre más piropero del barrio, no se le escapaba ninguna mujer con falda, ni con escote. Pero solo para piropearlas, ya que de ahí no pasaba.

-Yo pienso que con una captura del whatsapp que corrobore que pasó algo más que un beso, pueden darse por servidos – replicó Otto, apagando la ilusión del público ante una posible prueba gráfica de 26 mujeres en su temible álbum digital del celular inteligente. Aun así, a todos les pareció justo y todos asintieron con resignación.

- Eso y por lo menos una foto de ti y la flaca juntos para ver que no se repita la muchacha pues. – acotó Guido mientras sacaba una bola uno de los bolsillos de la esquina de la mesa.

-Vale, estoy de acuerdo – sentenció Otto dando un par de golpecitos con el puño a la mesa.

Todos bebieron finalmente de sus latas casi por calentarse hasta terminarlas y cerrar así la sesión de esa noche. Con la apuesta desatada, la asamblea se había llegado a su fin en aquel garaje de la calle Huamachuco en Jesús María, acondicionado para los sábados de billar, lleno de estantes clavados a la pared y que tenían toda clase de implementos sin usar como taladros, juegos de mesa, latas de pintura, cajas de herramientas empolvadas y pedazos de madera de algún mueble en desuso. Sin embargo, lo que siempre estaba reluciente para esas noches eran el porta-tacos empotrado a la pared gris y la mesa de billar al centro. Obviamente, la inversión de todo el club de los apostadores no podía sucumbir ante el pase del tiempo. Esa inversión había surgido luego de tres años de ahorros, evitando el par de chelas de más de cada fin de semana, alguna relación tormentosa y de grosera inversión, o algún viajecito al exterior. Esa mesa era el ancla de su amistad, de su conexión como hombres independientes, aventureros y afortunados en todo (salvo en el amor). Luego, alrededor de esa mesa, y en ese garaje principalmente habían pasado esos dos últimos años y como si la rutina los empezara asustar, semejante apuesta les daba un brote de esperanza para reactivar el fervor de esas asambleas, en las que últimamente el silencio intervenía por largos minutos hasta que alguien, fastidiado mencionaba alguna noticia intrascendente sobre el futbol o la corrupción del país.

Apenas estaba empezando la movida nocturna y cada quien ya tenía sus compromisos pactados. La “bala” Gallegos con el baby shower con su hermana Gladys, al cual por sentido de solidaridad ninguno pensaba ir ya que hace solo un año había sido novia de Guido y fue ella quien lo dejó por un abogado con futuro con quien trabajaba en el estudio de su padre. Guido a esas alturas ya lo había superado, pero también servía como excusa para evitar jueguitos estúpidos y ver alegrías ajenas que solo provocaban nauseas y hasta envida. La “bala” en cambio, estaba entusiasmado con la llegada del sobrino y había preparado todo para su llegada: la cuna, juguetes, ropa, y hasta una camisetita de Alianza Lima, para cuando tuviera la suficiente edad para decidir (o para ser obligado) a llevar con activismo los colores blanquiazules.

Por su parte, Calín tenía un plan que le había resultado con una azafata veinteañera de uno de esos casinos de la Avenida Aviación, quién según él le dio la suerte de ganar mil soles y a quien le prometió invitarla a cenar a la Rosa Náutica si ganaba. De hecho, qué mujer se iba a negar a semejante partido (es dueño de un pequeño restaurante en La Victoria), o semejante cena, o semejante personaje, que a pesar de tener el miembro siempre dispuesto a atrincherarse en cualquier orificio juvenil, resultaba muy carismático y divertido para la mayoría de las mujeres.

Otto es el dueño de la casa, heredada hace tres años de su padre fallecido por un cáncer al páncreas, pero que incluso antes de su muerte ya había dejado de existir para él pues lo abandonó cuando era niño y solo apareció en el epílogo de su existencia, sobre una cama de la clínica Ricardo Palma agonizando y encargándole entre sollozos una casa en la que en un futuro podría vivir si alguna vez se casaba y formaba una familia. En ese entonces Otto tenía 27 años y ya tenía 8 años de residente en Lima y vivía solo en una habitación en San Isidro lo suficientemente amplia para tener una cama y un mueble donde guardar la poca ropa que tenía. En un primer momento Otto no quiso aceptar la casa, pues le suponía posicionarse en una zona de perdón y de aceptación de apoyo por parte de un pseudo padre que había sido incapaz de lidiar con su adolescencia y juventud, un padre que se perdió por causa de mujeres aprovechadas pero que al menos pudo conseguir una vivienda acomodada gracias a sus buenos años como compositor para cantantes de música criolla.

-¿Por qué no vamos al Jaya y me cuentas cómo piensas hacer para lograrlo? – Dijo Guido luego de despedir a Calín y a Gallegos.

- Vamos, pero no te contaré ni un carajo – contestó Otto mientras dejaba el taco sobre la mesa de billar, junto a las pelotas aprisionadas en el triángulo de plástico.

Guido es amigo de Otto desde que tenían diecinueve años, ambos vivieron en Tingo María hasta cumplir la mayoría de edad, pero se conocieron recién en Lima, cuando en la fiesta de Jazmín (conocida por su cercanía con los hombres más populares de la universidad, por no decir amoríos) jugaron una y otra vez a voltear los vasos en fila para luego tomar un shot de tequila. Ambos fueron los líderes de cada equipo y cuando Otto finalmente venció al equipo de Guido, brindaron cuales caballeros ebrios con un último shot de tequila adulterada con alguna otra bebida. Desde ese momento se vieron en las fiestas de la universidad donde, invitados o no, terminaban siendo los más aplaudidos por la concurrencia, hasta que se embriagaban y tenían que sacarlos por la fuerza. Sin embargo, nunca protagonizaron algún hecho bochornoso, salvo cuando Otto se peleó con un brabucón que no soportó que Otto intentara sacar a bailar a su novia de rodillas y besándole torpemente la mano. -Eres un gilipollas hijo de puta- le decía Guido mientras lo jaloneaba para evitar que le partieran la cara. Al día siguiente de cada juerga Otto nunca recordaba sus chispas de seductor de antaño, pero balbuceante. -Sobrio no te atreves ni a decir hola, huevón- solía recriminarle Guido cada vez que recordaban una de esas anécdotas.

Luego de un par de meses de haberse mudado a la casa, cuando Otto ya se había acostumbrado a vivir ahí, Guido le contó que ya no podía seguir rentando la habitación porque sus padres ya no querían mandarle dinero y el sueldo de cajero no le era suficiente. En seguida Otto le ofreció quedarse hasta que pueda estabilizar su situación. Sin embargo, esa estabilidad llegó, pero ninguno se atrevió a sacar a relucir la difícil conversación de dejar al amigo o de botarlo. Simplemente habían legado a un acuerdo tácito de quedarse hasta que la muerte o alguna mujer (que podría ser peor, pensaban) los separe.

Acostumbraban siempre a ir al Jaya, un bar donde podían tomar cerveza artesanal y donde podían escuchar los mejores discos de The Beatles, Rolling Stones, Led Zepelling, Queen, entre otros y conversar hasta que cerraran el local. Les quedaba justo al frente de su casa, y se sentía para ellos como una extensión de esa casa de una sola planta.

-La tienes bien jodida tío. ¿Tú desde cuándo has sido tan rápido con las flacas? – preguntó con mofa Guido para luego absorber un poco del vaso de chela que tenía en la mano.

-Desde hoy, no es tan difícil. Ya alguna vez una flaca cayó conmigo en la primera cita.

-Ni cagando, aquí las flacas no son tan rápidas como en Tingo. A menos que te busques alguna que sea de allá. Pero no puedes salir de Lima, reglas son reglas – una de las reglas de la apuesta era que no podía salir de Lima hacia alguna ciudad donde pudiera a conseguir chicas de forma fácil, y tampoco podrían ser putas. -De todas formas es imposible saber el nombre verdadero de ellas, así que no contaría- había dicho Calín, con sabia experiencia en el tema.

-Lo sé huevón. Pero déjame, tengo un año para eso. Son 26 flacas para 12 meses. Puta mare, hubiera dicho dos años ¿No? Qué imbécil. Pero ¡Ya! Ya está hecho

-Jajaja eres un idiota, el trago te ha afectado seguro

-Estoy bien, no me malogres el día que desde ahora tengo que empezar

-¡Uy! ¡Desde ahora! Está bien jodido, en este bar solo veo puras viejas de cincuenta – dijo mientras lanzaba unas carcajadas. Otto apenas sonrió y preguntó con sarcasmo

-¿Habían reglas de edad?

-Putamare tú sí que estás bien imbécil ¿No? ¡Cómo te vas a meter con una vieja! ¡Qué asco huevón! No te creo – Guido gritó, aunque por la música del local nadie pudo escucharlo, al mismo tiempo empezaba a mostrar una cara de aberración mientras imaginaba a alguna de esas señoras en pleno acto sexual. No pudo evitar tragar más alcohol.

-Tienes razón, quizás si no llego en los últimos meses podría intentarlo, pero por ahora me enfocaré en chicas que me gusten un poco al menos -aseguró Otto para el alivio de Guido que de inmediato dejó de fantasear con viejas regordetas.

-Pero el problema es que tú tienes que gustarle a ella – le planteó con burla

- Eso no es problema- dijo Otto como si no hubiera entendido la broma de Guido -Tengo mis mañas tío – dijo sonriendo mientras se disponía a tomar un poco más de cerveza, cuando de pronto notó a una mujer de espaldas hacia el esperando en la barra. Solo podía distinguir el cabello lacio y el culo bien formado y una cintura curvilínea. Parecía llevar un delantal.

-Es una mesera, huevón. Ni cagando te va a hacer caso – dijo Guido, pero Otto ya se disponía a ponerse de pie para ir en busca de aquella mujer que estaba en la barra esperando la entrega de uno de los pocos pedidos que pudiera tener.

7 de Agosto de 2018 a las 01:34 1 Reporte Insertar 2
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Gin Les Gin Les
Hola, soy Gin, embajadora de Inskpired. He pasado a revisar tu historia como parte del programa de verificación con el propósito de ayudarles a presentar un trabajo de calidad a los lectores y que de esa manera logren alcanzar mayor cantidad de lecturas. Antes de verificarla es necesario que corrijas algunas faltas de ortografía y puntuación en tu obra, una vez hecho esto comenta este mensaje y pasaré de nuevo a revisar para ponerla en verificada. Espero poder ayudarte en caso de que tengas alguna duda. ¡Saludos!
31 de Octubre de 2018 a las 23:12
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