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Andas cortas las uñas?


El lugar ya no hacia la diferencia. La rutina me había vuelto un ente autómata que solo seguía por inercia los pasos y huellas dejados por otros que, con su andar, dejaron siglos atrás bien marcado el camino del pecado, de la lujuria, del alcohol y con ellos, de los problemas. Para mí era un andar nuevo, pero nada nuevo había en realidad para nadie. Daba lo mismo en cierto punto ir a donde Mustafá, aquel iraquí que migró a tierras lejanas en busca de mejores horizontes huyendo de la barbarie hecha por los americanos en su patria. Con frecuencia hablábamos de lo triste del destino de la nación árabe y de cómo fue saqueada por las transnacionales del petróleo en defensa de la democracia. Era un tipo inteligente, hábil en los negocios y decía que disfrutaba de mi conversación porque conocía de historia y de las luchas milenarias que desde tiempos mesopotámicos se libraban entre el Éufrates y el Tigris. Pero disfrazado de la conversación amena, estaba siempre la oferta de whisky y puros que me convirtieron a su vez en su mejor cliente. Tanto, que velaba porque nadie me molestara, los meseros, en una combinación de camareros y guarda espaldas, velaban porque nada me faltara y, sobre todo, por librarse de cualquier polizonte que, a costa mía, pretendiera instalarse en mi mesa para disfrutar del buen escocés y algo de alimento.

Eran perros carroñeros. Pero igual los había en su versión femenina, y ya bajo los efectos del alcohol, aceptaba que alguna se sentara a la par mía y me contara de su vida, al final, casi siempre el desenlace era el mismo: la crisis económica las golpeaba y necesitaban de una mano amiga: la mía. ¿O he de decir, una billetera amiga? Siempre había una tía canalla que desde Costa Rica las dejaban guindada con al menos 150 dólares que jamás los mandaban, o un curso de inglés que tenían que pagar, de no menos de 100 dólares la mensualidad, o un teléfono celular que por algún motivo no funcionaba en presencia mía. Las excusas mas inverosímiles, las situaciones más estúpidas, los pretextos más imbéciles eran puestos por estas prostitutas disfrazadas de jóvenes universitarias o de muchachas necesitadas. Al pensar en mis hijas, como odiaría que se vieran involucradas en situaciones como esas.

Este era un escenario que se repetía de cantina en cantina, igual donde fuera, solo buscaba un lugar tranquilo donde tomar, tener un rato bohemio conmigo mismo, fumarme un puro y ya. Pero no, llegaban siempre con sus sonrisas falsas luciendo sus calzaduras de plata de quinta. Sus uñas pintadas con esmalte tan barato que uno no sabría si venían de pintar una carrocería de un carro o si era su mejor esfuerzo para mostrarse atractivas. No faltó quien llevara puesto un perfume, si pudiera llamarse así, que provocara nauseas por lo intenso, asqueroso, y de tan poca monta que abruptamente tuve que abandonar el antro para evitar vomitarles en la cara.

Honestamente sentía lástima por algunas de ellas. Vistiendo camisetas con leyendas en ingles denotando su suprema ignorancia en la lengua de Shakespeare. Luciendo frases que no entendían tales como Andy’s Burger big sale on Saturday the 1st. 2006. Y ya estábamos en el 2013… O sus sandalitas en las que penosamente se asomaban unos dedos que dudosamente habrían sido tratados con decencia en los últimos 36 meses. Pies con pellejitos disimulados cruzándolos debajo de la silla para evitar delatar su falta de cuido o quizás para evitar que uno notara que, en la paca, donde seguramente los habían adquirido, solamente tendrían un zapato 36 y el otro 38 y, aun así, los compraban. Tengo el buen habito o mal habito, de fijarme en todo. La verdad no me importa si a usted, querido lector, le molesta que note quizás desde estas líneas las prendas que está usando al leer estas pocas páginas. O si está usando su crema limpiadora favorita en este momento, o si su nariz está saturada de Zepol. Su molestia no es de mi incumbencia.

Más de alguna osada dama, siendo generoso al aplicar el adjetivo calificativo, en un arranque de empatía forzada y pretendiendo generar algún tipo de vínculo emocional, se atrevía a llamarme amor. El efecto era todo lo contrario, me parecía un atrevimiento. ¿Cómo un ser tan ignorante y de intenciones tan interesadas podría atreverse a tratar de ganar algo de afecto en mi llamándome de esa manera? Casi de inmediato sabía yo que luego de abusar de esa noble palabra, vendría algún pedido, un paquete de cigarros, alguna recarguita de minutos de tiempo aire de su compañía celular, o la aceptación de que alguna segunda amiga pretendía unirse a la mesa y que era súper buena gente. A como dije…carroñeras prostituidas.

Pero no todo era culpa de ellas, en ocasiones hasta las extrañaba. Momentos de euforia y alegría excesiva donde me sentía generoso y hasta magnánimo, no sin verlas con desdén, pero necesitando de esa compañía barata a la que pudiera manipular y comprar por licor, permitiéndoles que se aprovecharan de mi ventaja económica de entonces. Eso era un ciclo, un vaivén mortal. Picos de desprecio con enojo, y ganas de estar solo, y picos de alegría, pero despreciándolas igual, pero con ganas de estar acompañado.

El antro de Mustafá se convirtió en mi favorito, era el único lugar donde podría disfrutar de mis puros estelianos. Un lugar de paredes altas, con colores acrílicos como decoración, rojo sangre, amarillo ocre, azul marino con una iluminación propia para los bohemios, el salón, muy a pesar de sus bien altas paredes se llenaba de humo, de olor a cerveza y cigarros. La altura del local favorecía el eco de las carcajadas vulgares que algún exaltado ya ebrio liberara, o peor aún, el volumen de las conversaciones estúpidas que sostenían se multiplicaba en volumen producto de la altura. No se confunda conmigo querido lector, al llamarlos vulgares solo pretendo darles el lugar decente que se merecen. Buseros maleducados, descorteses, taxistas con el cerebro seco por conducir más de 8 horas al día, al final, su vulgaridad era solo producto de la madre naturaleza o simplemente víctimas de las circunstancias.

El Mustafá tenía la cortesía de complacer mis gustos musicales con buen Jazz de mi propia elección, después de todo cada sentada mía podría costarme 100 dólares. Ese gesto amable forzosamente desaparecía una vez que la chusma empezaba a llegar con cascos de motocicletas en los codos, hediondos a sudor, camisetas que en algún momento fueron blancas, pero hoy lucían cremas, curtidas por el uso o quizás por lo comprometido de la faena del día, tipos gordos luciendo una franela de algún equipo de futbol español, ufanándose de ser amantes del deporte sin que se pudiera notar por ningún lado donde tendrían su disciplina de atletas. Usualmente llegaban en grupos de cuatro o si acaso, una pareja. He de decir que tener una motocicleta no ha de ser bueno, las parejas que llegaban con los caballeros eran más gordas que las abultadas barrigas de sus consortes. Señoras repugnantemente pintadas, más que un antro a veces me sentí en una función en vivo de una película de Fellini. Las pantorrillas de las señoras eran como ver a Popeye en faldas. Solo que, de un color horneado, pasado, axilas con cabellos excesivos y visibles sin el más mínimo pudor, y aun cuando eran mujeres y venían en moto, asumo suficientemente ventiladas por la velocidad del vehículo, traían siempre sudor en su bigote y una toallita de mano, utilizada para múltiples fines y para secar diversos rincones de sus adiposos cuerpos, rápidamente trataba de salvar la situación y quitarle el brillo grasiento que maquillaban sus nativos rostros.

Esa rutina alcohólica, de vicios y falsas compañías empezó a cobrar su precio, no solo económico, sino también en mi vida matrimonial. Maritza hacia un máximo esfuerzo por no cortarme las pelotas, cada vez que llegaba a la casa con aliento alcohólico, o inevitablemente contaminado del barato olor a mujeres de a peso, apenas sosteniéndome de pie o apenas tratando de guardar un mínimo de cordura. Era momento de parar. Pero algo en mí me dominaba, el vaivén de estar extremadamente alegre, o triste o enojado era una ruleta rusa. Con finales insospechados.

El abuso del alcohol y la mala comida, el sobrepeso y tantas cosas más me llevaron a visitar a un doctor. Un tipo raro, pequeño, me recordaba más bien a un chilote o a una pelota de pozol. El tipo era blanco, pero solo por alguna falla de pigmentación, no por la herencia genética de llevar un mínimo de sangre aria en sus venas. El cansancio del fulano era imposible de ocultar. Sin mirarme a los ojos me preguntó mi nombre y lo escribió en una computadora de esas que dan las promociones de Claro sí te portas bien, nada digno de tener. Y así sin volver a verme, siguió preguntándome detalles de mi salud sin dejar de escribir. A este nivel no sabía si el maldito galeno estaba chateando con alguien o si en realidad anotaba mi miserable historia médica. Yo, adelantándome a los acontecimientos, casi con temor le extendí en un sobre una serie de exámenes que, a iniciativa propia en algunos y otros por la recomendación de Charlie, mi sobrino que entonces cursaba sus últimos días como estudiante de medicina, decidí hacerlos y adelantar el proceso y con eso ahorrarme los 30 dólares extras que el tipo me cobraría por decirme: tienes que hacerte unos exámenes, volvé cuando los tengas.

Al pasarle el sobre, fue casi como una escena de soborno, de esas que salen en las películas cuando un oficial de policía recibe un sobre abultado en un restaurante de desayunos, lloviendo afuera, comiendo pancakes, salchichas, mantequilla y miel, pasándolos con un mal café y atendidos por una mesera que siempre se llaman Maggie. Y la escena fue casi así, el tipo movió los ojos, de izquierda a derecha, sin levantar la cabeza, sospechoso, sin decir una palabra, los tomó, los saco con el cuidado que tiene un oficial del FBI ante la sospecha de una correspondencia con Ántrax, y ahí luego de leerlos, ví como sus pupilas se empezaron a dilatar y ahí, en ese momento tuve la fortuna de que el cabrón finalmente se dignara a levantar la cabeza y me volviera a ver para decirme lo que ya sabía: Estas gordo! ¡No te estas cuidando! ¿Que son estos resultados?? – casi gritó el tipo. En ese momento hubiera preferido que siguiera con la cabeza agachada, sus ojos color miel eran enormes, sus dientes tenían una extraña separación casi perfecta del diámetro de un palillo de dientes y a su edad, el acné aún era visible. La boca del tipo brillaba por exceso de saliva. En ese punto tenía dudas ya de estar ante el médico correcto y casi salgo huyendo. Pero le dí el beneficio de la duda y siguió con su sermón del porqué era mejor ser delgado que gordo. En realidad, el tipo tenía razón. En ese momento era yo la suma de vicios, alcohol, comida y desvelo para sumar un total de 275 libras de bacanal.

Luego de su retahíla, el hombre volvió a agachar la mirada. Me ordeno que me quitara la camisa y la camisola y empezó la auscultación de rigor, para concluir que tenía arritmia, hepatomegalia, triglicéridos en cantidades industriales, colesterol suficiente para llenar y repartir en un barrio de prole y mil cosas más. Me dio la receta pertinente y me dijo que volviera en mes y medio. Promesa que cumplí al pie de la letra. La disciplina no ha sido nunca un problema para mí.

Al llegar estaba dos libras más delgado, o menos gordo. Orgulloso por mi modesto logro me presenté de nuevo a su consultorio. La rutina fue la misma, no volvió a verme, se repitió la escena del sobre con los exámenes y la dilatación de sus ojos de comadreja. La puteada fue intensa esta vez por no haber bajado lo suficiente. Me sentí como se debió sentir Rosendo Álvarez cuando no dio el peso para la pelea ante El Finito Lopez y perdió su cinturón de campeón. Horrible. Luego de que el tipo se secara el sudor producido por la exaltación de la puteada que me dio, procedió a sentarse, a respirar hondo y a recuperar la calma. Por un momento sentí que llegaríamos a los golpes o que intentaría golpearme con el modelo de fémur patrocinado por Roche que tenía en su escritorio, pero se contuvo y no lo hizo. Ahí supe que tenía que poner más ahínco y bajar más de peso. Cuando el tipo finalmente se relajó, empezó a hablarme de Dios, de la Biblia y de la dieta que Jesús hacía a base de pan, vino y vegetales por lo cual no era gordo. Cumplir con la meta del vino, para mí no era ningún reto. Me es difícil imaginarme a un Jesús de 275 libras clavado en una cruz, con una panza enorme colgándole. No habría clavo que resistiera semejante carga, ni romanos suficientes para erguirlo en el Gólgota. Ciertamente el Dr. Rodrigo tenía un punto a su favor. Aprovechándose de mi lado espiritual procedí a tomar un tanto en serio la dieta. Ya casi al salir, y como sacando del baúl de los recuerdos un pensamiento que llevaba, le mencioné un diagnóstico de un fallecido médico que tuve y que resultó ser de gran provecho para Rodrigo. Le comenté que el fallecido galeno sospechaba que sufría aparente depresión y que era provocada por la tiroides. Al mencionar eso, su terrorífica sonrisa de Chucky, el muñeco diabólico, volvió a aflorar y sus ojos se dilataron nuevamente, pero esta vez no provocado por la furia, sino por felicidad. Fué como cuando un náufrago divisa un barco en el horizonte y este responde sonando a lo lejos el claxon al vapor ante sus desesperadas señales de auxilio. Ahí me di cuenta que el buen doctor andaba más perdido que chorizo en ensalada de frutas. No tenía ni idea de que diagnosticarme. Le mencioné de mi contínuo y abusado uso de cierto medicamento y de una recomendación de tiroidril y el tipo se puso feliz y cínicamente me dijo: ¡Dimos en el clavo!

Haciendo un esfuerzo por no reventarle la quijada de un puñetazo ante tanto cinismo, dado que el diagnostico se lo dí yo mismo, el tipo me dijo que lo de la tiroides él podría verlo, pero que tomaría años en curarse. De hecho, hizo un pronóstico fatídico para mí: si no me cuidaba, yo moriría entre abril y mayo del 2016. Era octubre del 2015. Salí aterrorizado, casi con lágrimas en los ojos producto de semejante noticia y llegué a la casa directo al inodoro. Mis esfínteres no resistieron una noticia de tal envergadura. Pero el cabrón del Dr. Rodrigo mencionó que la depresión debería ser tratada por una especialista, una psiquiatra en la que el confiaba y que me remitiría para tratar el mal. La doctora Rogelia Carranza. No volví a visitar al terrible doctor. El tipo me dió el número telefónico de la doctora Carranza y me urgió que hiciera una cita y así mismo procedí, con la obediencia de un pequines amaestrado ante la orden de hacer el muertito. Y así vi que una cosa, lleva a la otra.

Con desgano fui a buscar a la doctora guiado por la dirección que el doctor Rodrigo escribió en un post-it amarillo cortesía de laboratorios Pfizer, pero se me dijo que la mujer en cuestión ya no laboraba ahí. En cierto momento me sentí aliviado por tener la excusa perfecta para no buscar ni visitar a ningún loquero, pero entonces decidí marcar al teléfono y ahí atendió una voz con exceso de amabilidad, casi como las mujeres que venden productos Movistar en sus labores de telemarketing.

La doctora Carranza accedió a darme una cita para un sábado de noviembre, a las 3 de la tarde.

Luego de confirmar su número y que hablaba con la persona correcta, guarde el dato e inevitablemente vi su perfil de WhatsApp: tenía una cita del salmo 23 que rezaba Jehová es mi pastor, nada me faltara, con un fondo de esos que tienen una Biblia abierta iluminada por una candelita. Siempre me pregunté porqué las imágenes religiosas son representadas así. ¿Pensaran que en las casas de los feligreses no hay luz? Quién sabe. La cita religiosa del salmo de David lejos de tranquilizarme, me dio miedo y pensé que era quizás del clan de fanáticos religiosos del Doctor Rodrigo. Llegué a preguntarme si él era paciente de ella o si compartían grupos de oración, o que si la doctora era una de esas señoras que ya no se afeitan las pantorrillas y usan unas gabachas que forzosamente entran en sus cuerpos cavernosos sin que estos parezcan necesariamente moldes de jarrones de barro.

Y bien, finalmente llego el día de la cita con la doctora, me alisté y sin mayor entusiasmo me dirigí a su consultorio. Iba con el mismo escepticismo que un buen parroquiano tiene al asistir por primera vez a una de esas congregaciones religiosas del estafador Cash Luna, y con la mirada que podría hacerle sin convencimiento alguno de que de la nada habla en lenguas sin saber siquiera diferenciar un diccionario de un recetario de cocina. Me estacioné en medio de un bus de escuela utilizado para el transporte de los nativos de las comunidades aledañas, era un Blue Bird amarillo aún, matrícula CZ211 y un viejo Hyundai Excel gris al que ya no le alcanzaba la dignidad como para lucir su placa. Casi con temor le pregunte a un transeúnte y le dije: Buen hombre, disculpe, ¿dónde es el consultorio de la doctora Carranza? Y éste sin inmutarse apenas hizo un ademan con desgano señalando el lugar con un movimiento de cabeza, utilizando la barbilla como dedo índice, mientras con hambre seguía disfrutando de un trozo de sandía con las manos llenas de grasa o aceite quemado SW50. Llamé a la puerta carente de algún rótulo que anunciara que ahí se prestaban los servicios de un médico y menos aún, del nombre de la buena galena. Alguien adentro respondió con un grito casi ahogado: ¡Ya vooooy! – dijo. Y nuevamente la imagen de la señora gorda con su gabacha apretada, vistiendo en el fondo un atuendo de esos floreados y zapatos estilo Celia Cruz vino a mi mente, con un peinado enrollado su pelo negro semicanoso con una peineta de plástico barato simulando ser buen carey.

Pero no fue así. Cuan equivocado estaba. Casi con desilusión abrió la puerta un pequeño ser, una mujer pequeña, de ojos aparentemente negros, vivaces, mirada fija y sonriendo me dijo, ¿don Leonel? ¡Pase adelante por favor! Es la secretaria, pensé. O la hija de la doctora gorda, me dije. No. Ninguna de las anteriores. Era la mismísima doctora Carranza en persona. Con mi ego ofendido entré con incredulidad pensando, ¿esta niña es la que me atenderá y curará mis males del coco? Y procedí a sentarme en un sofá más duro de lo que esperaba, ella se sentó en una silla abuelita que parecía estar diseñada a la medida para su talla. Nadie más podría haber cabido en ella. Vestía unos jeans ajustados, zapatos de plataforma de esos que tienen mecate al rededor del tacón, una blusa desmangada y un perfume que luchaba por identificar, pero me fue imposible, pero me alegré porque finalmente volví a sentir un perfume de verdad, no de esos azistin con creolina mezclados con canela y algo de alcohol que las mujeres baratas usan.

Inmediatamente empezó a preguntarme sin despegarme la mirada, casi sin parpadear, con los ojos grandes y una sonrisa que transmitía confianza, detalles personales que no vienen al caso describir, pero poco a poco la consulta que esperaba yo fuera de unos minutos, se extendió por más de una hora que honestamente no sentí. Su diagnóstico fue duro y sin vacilar: Usted tiene trastorno de la personalidad, me dijo la pequeñuela mujer sin inmutarse del trauma que eso me estaba causando. Pero ella con la paciencia que solo un monje tibetano puede tener, me empezó a explicar todos los detalles del trastorno, de lo fácil de tratar si se tenía disciplina y hasta de las ventajas que tenía esa enfermedad ya que éramos según sus palabras: productivos, aunque altivos. En realidad soy un tipo sencillo. Al final de la consulta me sentí casi feliz de tener ese mal. No sabía si había estado ante una psiquiatra o ante una vendedora de carros, pero salí contento y empezamos a probar drogas para que el vaivén emocional cesara. Acordamos que regresaría en un mes. En diciembre.

Para mi sorpresa la fulana, considerada por mí en ese momento aún y con esos calificativos ante la falta de afecto, estuvo pendiente de mí y de mis progresos en el ajuste de los fármacos. Me llamaba o me texteaba. Pero, de cualquier manera, la muchachita estaba ahí pendiente. Más tarde me daría cuenta que en realidad no era tan joven, solamente tenía la virtud que tienen los chinos, de aparentar decenas de años menos a los que en realidad tiene. Pero aun así tampoco la calificaría de contemporánea mía. Eso sería un abuso a su dignidad y a su abultado orgullo.

Cuando finalmente llegó la segunda cita, optó por tomar distancia, y en vez de sentarse cerca de mí en su diminuta silla abuelita hecha a su medida, se sentó en un sofá frente a dónde estaba yo. Pero entonces ya la consulta no se trataba de mí, yo igual la miraba fijamente y en algún momento surgió el tema de la necesidad de ejercitarse físicamente en aras de procurar mejoría en mí. Baje por un instante la mirada y le vi su barriguita que tapo inmediatamente con un cojín y se aferró a el en un vano intento por evitar que me volviera a fijar en eso o quizás para que esa parte de ella obtuviera un mínimo de privacidad.

Para entonces y en las citas siguientes ya había mejoría notoria en mi salud y entonces esperaba casi con ansias que el mes pasara para poder llegar y platicar con ella. En cierta cita, se puso de pie para despedirme y pude tenerla a unos centímetros de mí. En un arranque de atrevimiento y violentando la relación médico paciente, me atreví a decirle que lindo pelo tenia y que bonita andaba. El piropo, aunque inapropiado, no fue rechazado, sino tuvo una aceptación con una gran sonrisa, ojos brillantes y un movimiento de cabeza que agito su hermosa cabellera en una suerte de flirteo no declarado. Y ahí, en ese momento sentí cierta tensión sexual.

En una de las citas, la doctora me dijo que tenía interés en estudiar más y especializarse en sexología, el tema parecía interesarle y ahí dentro de mi corroído cerebro, vi una ventana, una oportunidad en la que quizás habría alguna afinidad que ahora ya descaradamente buscaba yo. Ese día, y a propósito de la plática, me recomendó un libro, Los vaivenes del amor. Con cortesía fingí interés y le dije que, por supuesto lo leería, más no sabía que con solo el titulo lo descarté de inmediato y solo quedo en un gesto hipócrita mío para no ser demasiado rudo y decirle que el librito en cuestión jamás seria ni siquiera hojeado. Ella parecía feliz y emocionada con sus consejos sobre educación sexual y buenas practicas, pero ya para entonces yo no la miraba solo como a la diminuta doctora, sino como a una mujer cargada de muchísimas feromonas.

Algo en ella me daba ganas de cosas sucias e indescriptibles. He de decir, que uno debe tener cuidado cuando le pide a una dama, sexo sucio. Una vez lo hice, y en el 69 se me tiró un pedo. La dama en cuestión aún anda en muletas como consecuencia de su inmundicia. Por supuesto que había que mantener un mínimo de galantería y solamente me atrevía a saludarla por chats, en busca de un acercamiento y un vínculo que poco a poco empezaba a dar frutos.

La semana santa vino y con ella las sopas. Aproveche el apetito antojadizo de la doctora para invitarla con mucho respeto, y con la caballerosidad usual de la que puedo jactarme y por la que siempre fui reconocido, a un almuerzo. Una sopa de rosquillas de queso propia de la temporada. Sus excusas casi infantiles lejos de ahuyentarme, me daban risa por lo precario de sus argumentos. Coincidentemente ante cada invitación, cambiaba su foto de perfil de WhatsApp y ponía fotos caricaturescas de su familia, su esposo, hijas, o todos juntos en un afán de divulgar su solidez matrimonial. Yo, ya viejo e inmune al respeto del santo sacramento matrimonial, decidí una vez más que me valía un saco lleno de penes erectos si estaba casada o no. El dilema de la decisión me tomo medio segundo. La mujer me encantaba y me decidí lanzar a la pileta llena de cocodrilos. Lo peor que podría pasar era que me corriera, que le dijera a su marido y que éste en un arranque de celos, sacara una pistola 9mm Walter Baretta y me llenara de plomo. Un escenario que me valió de nuevo otro saco con igual contenido que el anterior.

La suerte pareció sonreírme una vez que me la tope en una tienda y cuando la saludé de sorpresa, puso los ojos del tamaño de los del gato con botas de schreck, asustada, le di la mano y estaba helada. Yo de ingenuo pensé que mi porte de chompipe navideño le había bajado los grados a su termómetro corporal, más adelante me daría cuenta que era un mamífero de sangre fría, eternamente helada e inmune a ciertas emociones. Pero, su mirada y forma en que reacciono me envalentonó y me dije: ésta pequeñuela necesita del músculo del amor, del apéndice viril, del machetito de hule, etc. Y así me lo propuse.

Como parte de las cortesías hacia ella, opte por lo clásico: flores. Flores a montones, no la media docena que ofende, sino muchas flores. Rosas rojas. Jamás sabré si mi obsequio le habrá sorprendido tanto a como dijo, o si le desencadeno una sinusitis porque en la tarde que la ví, tenía la nariz roja, los ojos pequeños como los de Pablo Mármol y lagrimeo copioso. Luego de permitirme llevarla a su casa con todo y florero y dejando los kleenex a un lado, vi que, en éste punto, las conversaciones con ella ya habían sobrepasado los límites profesionales y los temas eran variados. De hecho, la comunicación se volvió fluida cada vez más al punto de contarme la desventura de su matrimonio. Una ironía del destino siendo que ella daba el servicio de terapias de parejas, pero así es la vida. Hasta al mejor mecánico se le puede joder el carro. Y su carro matrimonial no aceptaba refacciones. El marido, Remberto, un nombre casi de figura de Plaza Sésamo, algo casi como Grenaldo del Cabello, no le prestaba la atención que esa dinamita sexual necesitaba. En realidad, la doctora era excelente persona, eso es dejando a un lado mis erecciones mentales y mis deseos fantasiosos más viles y ruines. En definitiva, era sumamente agradable. Yo que no estoy acostumbrado a platicas prolongadas, rápidamente me acostumbre a las de ella puesto que era un ser sumamente inteligente, de buena conversación, buen sentido del humor y sumamente amable. En sí, alguien muy diferente a las cerdas con las que, por algún estúpido motivo, pensaba que podrían acompañarme en una mesa de tragos con sus pláticas vacías y carentes del mas mínimo gusto. La doctora sobrepasaba todo eso. Era otro nivel. Finalmente había encontrado a alguien a quien yo no podía subestimar.

Finalmente se acabaron los preámbulos y la mujer se apresto a las acciones. La ranura del deseo, la alcancía del amor me sería prestada! Luego de poca planeación procedimos a escaparnos a un lugar discreto dentro de su pueblo natal. Me sentí intimidado, era el primer encuentro… me sentí como un pre púber al travesear por primera vez su choricito del placer en busca de su primera masturbación. Estaba helado, cagado si me permiten la expresión. ¡La mujer estaba igual, nerviosa, y lo supe porque no paraba de hablar, hablaba de todo! ¡De los precios de las papas, del mercado nuevo, de pacientes que tenía, en fin, de todo! Luego supe que eso en ella era un ritual. Una forma subconsciente de pedir que algo le llenara la boca para que se callara. Y yo tenía el instrumento adecuado para acallarla.

Mi desempeño en el campo de batalla fue deplorable, vergonzoso. ¡La mujer dio un salto como una desaforada, se clavó mi escuálido miembro y me aplico la desnucadora! Empezó a moverse como Beyonce ha de hacerlo en la intimidad, con un juego de caderas delicioso pero que a la vez me forzaba a luchar por rescatar un mínimo de dignidad y a moverme ante la dificultad de sus embestidas púbicas. Luego sin mediar palabras me vi con las patas arriba y se lanzó como un somalí se le tira a un filete y me hizo algo jamás vivido por mí. Hasta un degenerado como yo tiene sus límites. La loquera, estaba loca. La muy diacachimba, ya loca porque gritaba que iba a terminar, de repente, pum! se metió mi chocolata en su cheto y en medio de su locura, zaz!!! me metió el dedo en el cheto a mi!!! y la maje feliz gritó: "IGUALDAD DE CONDICIONES!!!" y yo sintiendome violado, no paré, por pura casualidad terminamos juntos, debo aclarar que la metida de dedo no tuvo nada que ver con el orgasmo simultáneo.

Ya habíamos tenido encuentros sexuales en la incomodidad de su Volkswagen del 82, pero lo que hizo ese día me marcó para siempre. Luego la miraba venir ya no con lujuria, sino con miedo…aquel diminuto ser se transformaba en una bestia salvaje cuando hacia lo suyo. ¡Era como Doctor Jekyll y Míster Hyde! Dos personas distintas, una era casi virginal, y la otra era la representación de la lujuria y de la represión sexual a la que fue sometida por el inútil de Remberto.

Ahora tenemos ya tiempo de vernos en ese plano, yo siempre me opongo a esa lamentable práctica con la que ella alcanza el orgasmo y que siempre por casualidad logra que terminemos juntos. Ahora ya nadie habla de consultas, solo nos ponemos de acuerdo cuando saldremos y timidamente le pregunto: andas cortas las uñas?

FIN


27 de Julio de 2018 a las 07:23 0 Reporte Insertar 0
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