Fin de ciclo Seguir historia

vbokthersa Valentine Bókthersa

La vida universitaria es hermosa, sin duda, hasta que llega el fin de ciclo. Ese punto de quiebre, lleno de lágrimas, enojos, risas histéricas y todo tipo de emociones, desencadenadas por el estrés. Ángel y Gustavo no son inmunes a este suplicio, por supuesto. Ellos la pasan igual o peor que el resto. @SafeCreative Registro:1807167738895


Cuento No para niños menores de 13.

#Gustavo #ángel #ElSalvador #FindeCiclo #gay #lgbt
Cuento corto
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Fin de ciclo [Capítulo único]

Nota inicial: Este cuento, como Universal Love, está escrito en español salvadoreño. Si notan algunas palabras o frases un tanto extrañas en los diálogos, es porque trato de imitar la forma de hablar salvadoreña. De igual manera, los errores en los mensajes de texto son intencionales.

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Fin de ciclo
By VBokthersa

Guías, informes, exámenes, tareas y más tareas. ¡Estaba realmente hasta el cuello de trabajos! La universidad lo ahogaba, lo sepultaba bajo cientos de páginas, libros, folletos, guías…

Gustavo solo deseaba salir de allí, de su habitación, ir al cibercafé y quedarse toda la tarde con Ángel; pero estaba consciente de que eso era imposible, principalmente porque hacía algunas tareas para ambos. Suspiró pesadamente y tomó su celular, estaba demasiado agobiado como para seguir complicándose con la estúpida guía de matemáticas. Abrió su Messenger y le envió un mensaje a Ángel, sabía que él estaba conectado, siempre lo estaba.

«Que ondas vos? como vas con tu parte?»

Mientras esperaba la respuesta, retomó su lápiz para intentar resolver aquel ejercicio especialmente difícil. Si no lo lograba esta vez, lo dejaría de lado. Aunque por la ansiedad del momento no paraba de revisar el celular, esperando una respuesta que demoró bastante en llegar.

«mal»
«no puedo dcir mucho»
«el ciber esta llenisimo»

Suspiró al recibir aquellos mensajes, dejó el celular a un lado y cerró los ojos un momento, sabía que si iba al cibercafé no lograrían terminar ninguna tarea, y realmente las necesitaban listas para la mañana siguiente, a primera hora.

«Esta bueno, vos hace lo que tengas que hacer»
«Ay nos reunimos en la noche»
«Te venis para terminar lo del programa y copiar la guía»

Dejó el celular a un lado, aún con la red social abierta y se le quedó viendo fijamente a aquel ejercicio indescifrable. De pronto, su mente comenzó a procesarlo todo y como si la misma Urania se hubiera posado en su hombro para susurrarle la respuesta, finalmente supo cómo resolverlo. ¡Sólo tenía que usar la tercera fórmula de la última tabla que le habían dado en clase! Tomó el lápiz y fue indetenible. Ni siquiera notó cuando Ángel respondió con un escueto «ok» desde el cibercafé. Estaba demasiado ocupado sintiéndose a la vez el hombre más idiota y el más inteligente del mundo.

*

El cibercafé cerró casi a las nueve de la noche, mucho más tarde de lo habitual. Era época de exámenes y trabajos finales en su facultad y todo el mundo traía la vida de cabeza. Ángel odiaba especialmente aquellas fechas. En el ciber siempre había más trabajo, personas estresadas yendo y viniendo, exigiendo ser atendidas a la brevedad posible, porque los trabajos eran para ayer y eso que se los dejaron hoy.

Todo el mundo quería bajar información, imprimir, fotocopiar documentos, trabajos, cuadernos… Realmente era una pesadilla para Ángel, quién tenía que padecer los caprichos de todos los clientes en silencio, tratando de comprender sus motivaciones y angustias; las cuales muchas veces no lograba comprender, pues le parecían nimiedades a comparación de sus propios problemas. Aun así, siempre recibía a las personas con su mejor expresión, casi en piloto automático.

Finalmente todo terminó cuando el último cliente se fue corriendo del cibercafé. El chico esperaba que el último microbús que podría llevarlo hasta su pueblo no lo hubiera dejado aún. Para esas alturas, ya pasaban las ocho y media de la noche.

Entre la rutina diaria de limpieza y cuidado de las computadoras se le fue el tiempo y cerró la puerta del cibercafé, por fuera y con doble llave, a cinco minutos de las nueve. Aún tenía oportunidad de tomar un bus a casa de Gustavo. Suspiró, cansado, y caminó con los hombros caídos bajo el peso de su mochila. Estaba frustrado, pues en toda la tarde no había logrado escribir ni una sola línea de su código, lo cual significaba desvelarse toda la noche hasta terminar el programa.

Llegó a la parada de buses, la cual ya estaba prácticamente desierta, y rebuscó algunas monedas en el bolsillo de su pantalón. Al encontrarlas colocó su mano bajo la pálida luz del farol y las contó una a una, aunque bueno, solo eran tres.

—Mierda —masculló al encontrarse frente a dieciséis centavos, cantidad nada lejana a los veinticinco que creía poseer y más cercana aún a los veinte que necesitaba, pero lastimosamente insuficiente.

Apretó el puño, molesto consigo mismo por no haber revisado antes, y cerró los ojos durante unos segundos. Suspiró, resignado, antes de retomar su marcha hacia la casa de Gustavo. Aquel lugar solo quedaba a pocas calles de la universidad, pero él se sentía tan cansado que con cada paso parecía arrastrar el peso del mundo.

Una cuadra antes de entrar a la colonia de su amigo, su celular comenzó a sonar; tardó varios segundos en reaccionar al sonido, hasta que finalmente contestó sin ver quién le llamaba.

—Aló —saludó, desganado.

Ángel, ¿dónde estás? —preguntó Gustavo.

—Por el estadio, voy para tu casa —bostezó—, no pude avanzar ni mierda con lo del programa, ¿cómo vas vos con la guía?

Ya casi termino, ¿ya comiste?

—Ni hambre tengo, pero no te preocupés, ya voy a llegar —cortó. No tenía ganas ni siquiera de hablar por teléfono.

Suspiró. Cerró los ojos un instante. Se ajustó la mochila a los hombros y volvió a caminar. Arrastraba los pies como si llevara días tratando de cruzar el desierto. Intentó pensar en algunas cosas, pero no pudo. Solamente deseaba llegar a una cama y dormir hasta el próximo año.

*

Dejó de lado sus cosas y miró el celular. Ya pasaba de las nueve de la noche y Ángel no daba señales de vida. La guía estaba casi terminada, únicamente faltaban unos tres ejercicios que resolver. Se estiró y luego marcó al celular de Ángel.

Aló —escuchó del otro lado de la línea y no le gustó para nada ese tono desganado.

—Ángel, ¿dónde estás? —pese a que lo intentó, no pudo evitar sonar preocupado.

En el estadio, voy para tu casa… No pude avanzar ni mierda con lo del programa, ¿cómo vas vos con la guía?

—Ya casi termino, ¿ya comiste? —esa simple pregunta transmitió toda la angustia que sentía.

Ni hambre tengo, pero no te preocupés, ya voy a llegar.

—Yo no estoy preocupado, bueno, sí, pero es que ya es bien noche… ¿Ángel? ¿Ángel?... —miró su celular, la llamada había terminado—. Por la gran puta, Ángel —masculló—, ojalá que vengás en bus y no caminando, cerote.

Tomó su chaqueta y se la colocó. Mientras salía de su habitación pasó por la de su madre, quién se encontraba peleando con la computadora. Estaba harta de que el Excel no la dejara poner los porcentajes correctos en el cuadro de notas de sus alumnos.

—Mamá, ya vengo —avisó.

—¿Y a dónde vas a estas horas? ¡Me dijiste que estabas muy ocupado como para ayudarme con las notas!

—Solo voy a ir a encontrar a Ángel, ya regreso.

—Ay Tavito... está bueno, pues, pero sólo esperalo a la entrada del pasaje, que dicen que andan asustando.

—Sí, no te preocupés.

Aquellas palabras se escucharon ahogadas, gracias al portazo con el que cerró Gustavo. Su madre suspiró. No sabía qué iba a hacer con ese niño y su novio-que-no-era-su-novio. Aunque por lo pronto, lo único que podía hacer era la cena. Seguramente Ángel tampoco había comido nada, quizá ni siquiera para el almuerzo. Se levantó y fue a calentar la comida. Sólo estaba esperando que terminara el ciclo para cobrarle a su hijo todos esos desplantes, obligándolo a ayudarla con la computadora y a que se ocupara del aseo general de la casa y también de cocinar. Que ella no era su sirvienta para andar haciendo siempre todas esas babosadas.

*

Ángel seguía su tortuoso camino. Hasta le parecía que con cada paso agonizaba. Bostezó por enésima vez en la noche y miró hacia el suelo, tratando de no tropezarse con nada. Iba en un trozo del camino muy oscuro. Al lado del andén había unos árboles ornamentales como de dos metros o más, muy tupidos y al lado de las casas, algunos locales comerciales ya cerrados.

Se detuvo un segundo, tratando de diferenciar si lo que había pisado era pupú de perro o simplemente una bolsa de mango con alguashte. Mientras lo hacía, sintió una fuerte mano que se cerraba en su brazo. Volvió la vista hacia el hombre que lo sujetaba, pero en primera instancia, sólo notó una enorme sonrisa que le causó un escalofrío. Un carro pasó iluminándolo levemente, del otro lado de la calle, y gracias a ello, pudo reconocer el rostro de Gustavo.

Expulsó todo el aire que había retenido, al creer que lo iban a asaltar y se abrazó al cuello de su amigo-casi-novio, dejándole caer todo su peso. Estaba tan cansado que lo único que deseaba era dormir. Gustavo lo sostuvo con firmeza y le estrujó una nalga con su mano izquierda, mientras que con la derecha, le acarició el cabello.

—Maje, me asustaste —el reclamo de Ángel sonaba bastante infantil.

—Y vos me tenías con el Jesús en la boca, cerote.

Ángel reunió fuerzas para separarse de Gustavo y le quitó la mano que lo tocaba de manera tan indecente. Él le sonrió, acarició suavemente su rostro con la mano derecha y después le dio un beso muy corto en los labios, apenas un roce.

—Dejate de mariconadas, cerote. Yo sueño tengo.

—Sabés que no puedo dejarme de mariconadas. Si maricón soy y ni modo, no puedo hacer nada contra eso.

Gustavo volvió a besar los labios de Ángel. Él lo recibió, dejándose llevar un poco. La calle seguía oscura y sola. Gustavo se separó escasamente; Ángel le lamió los labios y sus bocas se volvieron a juntar. Poco a poco, el beso se fue volviendo más dominante de parte de Ángel. Su cansancio iba pasando a segundo plano. Sus ganas de besar y acorralar a su amigo con derechos eran superiores a ello. Lo colocó contra la pared y siguió comiéndole la boca hasta que sintió las luces de un auto iluminarlos por completo.

En ese instante, Ángel entró en pánico. Su temor a ser descubierto en una situación homosexual le subió la adrenalina y se separó violentamente de Gustavo. Ambos estaban un tanto agitados, incluso habían comenzado a excitarse. Gustavo estaba un poco descolocado.

—¡Pendejo! ¡Te dije que te dejaras de mariconadas! ¡Cerote! ¡Que nos van a ver!

Los gritos hicieron sentir bastante mal a Gustavo. Suspiró y negó con la cabeza. Abrazó a Ángel, con la intención de disculparse, pero antes de que pudiera decir nada, el chico del cibercafé se separó nuevamente de forma brusca y se acomodó la mochila en sus hombros.

—¡Que no maje! ¡Que nos van a ver y van a creer que somos culeros los dos!

Gustavo se había mantenido bastante calmado hasta el momento, pero esas palabras lo enfurecieron en seguida. Todo el estrés que había estado acumulando se le fue de pronto a la cabeza y explotó.

—¿Y a mí qué putas me importa? ¿No es verdad, pues? ¡Aceptalo, cerote! ¡Los dos somos culeros! ¡Aceptalo! —le gritó. En el silencio de la noche, su voz resonaba por toda la cuadra.

—¡No te importará a vos, porque a leguas se te nota lo maricón que sos! ¡Pero yo soy diferente! ¡Yo no soy culero como vos, dejá de estarme difamando! ¡A mí me gustan las mujeres!

Esa fue la gota que derramó el vaso. Gustavo se dio media vuelta y le dedicó una mirada dolida a Ángel. ¿Cómo se atrevía? ¿Hasta dónde podía llegar su cinismo? Claro que sabía que a Ángel le gustaban las mujeres también, pero bien que le pedía sexo todas las semanas. No importaba las novias que tuviera, al único que no cambiaba era a él, seguramente porque era el único pendejo que le daba como quería.

—¡Sí! ¡Yo soy maricón, y qué? ¡Al menos yo soy honesto y no ando como vos, jugando al gran macho y acostándome con mujeres de la edad de mi mamá, para después venir a rogarle a mi amigo que me rompa el culo, como vos!

La discusión subió a otro nivel ante esas palabras. Ángel sólo quería que Gustavo se callara. Se negaba a escuchar la verdad. No quería admitir que tenía razón en cada una de sus palabras, así que, como buen macho que no puede aceptar la realidad, decidió golpearlo. Le lanzó un puñetazo directo al rostro de su amigo.

—¡Vos no sos nadie para hablarme así, cerote maricón!

Gustavo cayó al suelo, sosteniéndose la nariz. Sentía como si se la hubieran roto, pero se revisó y no le salía sangre. Al menos no le salía sangre. Mierda. Nunca se esperó que Ángel lo golpeara así. ¿Eso calificaba como violencia intrafamiliar, como crimen de odio o simplemente como un pleito entre amigos, entre hombres? ¡Nunca antes lo había golpeado de esa forma! Se levantó, acariciándose la nariz. No quería que eso llegara a más, así que sin decir nada y con los ojos llorosos, comenzó a caminar rápido y en silencio hacia su casa.

Ángel reparó entonces en lo que había hecho. Se quedó mirando su puño y luego bajó la vista. Le había pegado a Gustavo, al único amigo vivo que siempre lo apoyaba de manera incondicional, a su mejor amigo, al hombre que había comenzado a amar... ¡Y todo porque no podía aceptarse! Se fue caminando detrás de él. Volvía a sentir todo el peso del mundo encima y además, ahora se sentía culpable.

—Hey, Tavo, ‘perame, disculpame por favor, mirá que yo no quería hacerlo. ¡Es que es el estrés! Perdón.

Lo rogó durante todo el camino, aunque apenas eran unas cuadras. Gustavo no miró atrás, pero tampoco dejó afuera de su casa a Ángel. Después de todo, lo necesitaba para terminar la tarea; él era el bueno para la programación de consola. A Gustavo le iba más trabajar con el diseño de procesos y con la apariencia de la GUI, que con la funcionabilidad y las conexiones a bases de datos, en las aplicaciones de escritorio. A decir verdad, su punto fuerte era el diseño web. Era lo que más le gustaba. Pero mientras siguiera en la carrera, tenía que cumplir con las tareas y por eso hacía equipo siempre con Ángel. Porque le gustara o no, hasta en eso se complementaban perfectamente.

Gustavo entró a su casa. Su madre volvió a su habitación, pero había dejado dos platos servidos en el comedor. Era una cena bastante típica, por decirlo así. Consistía en frijoles fritos con crema y un huevo para cada uno, pan francés y café. Gustavo tomó su plato y se sentó en el extremo contrario de la mesa. Su mamá les había dejado la comida junta. Ángel tomó su plato también y se sentó junto a él de todas formas. Gustavo bufó y negó con la cabeza, pero no hizo nada más para apartarlo. Tampoco le dirigió la palabra en absoluto.

Ángel no soportaba esa ley del hielo que le había impuesto el otro chico. Entre bocado y bocado, comenzó a tocarlo por debajo de la mesa. Gustavo trató de apartarse, incómodo, pues seguía bastante molesto. Sin embargo, aquel acoso no terminó sino hasta que la madre de Gustavo entró en la cocina. Se les quedó viendo, suspicaz, pero no dijo nada. Fue por una botella con agua a la refrigeradora y volvió tranquilamente a su habitación. Su hijo aprovechó la intervención para zafarse de la mesa y comenzar a recoger los platos. Le valió gorro que Ángel aún fuera a la mitad de su comida, igual le quitó el plato para lavarlo. Ángel suspiró y tras Gustavo para ayudarle con los trastos, pero él no lo dejó. Terminó de lavar y se fue directo a su habitación.

Ángel nuevamente lo siguió, tratando de disculparse. Odiaba ese ambiente tan pesado. Incluso, ya estando solos en la habitación, volvió a hacer algunos avances. Trató de besar a Gustavo, pero solamente se llevó una cachetada bien puesta.

—Que no, pendejo. Tenemos que terminar esta mierda ya —le había dicho—. Así que mejor apurate, ponete a trabajar en el código. Todos esos botones no van a funcionar solos. Tienen que funcionar como dice el diagrama —le tiró sus anotaciones a la cara.

Ángel bufó. Ya no dijo nada más el resto de la noche. Tomó los papeles, los acomodó y se dedicó a terminar la aplicación. Seguía bastante cansado, aunque la montaña de emociones que había experimentado lograron mantenerlo despierto hasta más o menos las dos de la mañana. Al verlo, Gustavo hizo una mueca, negó con la cabeza y lo cargó, para colocarlo sobre la cama, en una esquina.

Cuando dormía, le parecía sumamente hermoso, aún con esas ojeras que traía por desvelarse tanto en esa temporada. Le acarició el rostro y le dio un besito corto en los labios. A veces le gustaría dejar de amarlo. No soportaba que viviera metido en el clóset cuando él mismo nunca había tenido uno. Le dolía tener que fingir que sólo eran amigos y mucho más, verlo cambiar de novias como de pantalones. Le acomodó su largo cabello negro y luego volvió a la tarea.

No estaba seguro de que todo funcionara como debía, pero de todas formas envió el proyecto por el aula virtual a eso de las cinco de la mañana. La hora límite era a las seis, hora a la que también tendría que levantarse para poder llegar a su examen final de matemáticas a las seis cuarenta y cinco. Era una fortuna vivir cerca de la universidad. Al menos podría dormir una hora.

*

Los chicos dormían. Gustavo abrazaba a Ángel, como si lo hiciera con un osito de peluche. En realidad, no eran conscientes de nada de lo que sucedía a su alrededor. Ni siquiera de la mujer que los observaba, suspirando al notarlos tan acaramelados entre sueños. A ella le hubiera gustado más que su hijo fuera heterosexual, pero desde pequeño había expresado su gusto por los hombres y aunque al principio trató de negarlo, confundiéndolo con inocencia infantil, poco a poco comenzó a aceptarlo.

—Gustavo —le movió el hombro—. Ya son las seis y cuarto.

El joven solamente se revolvió en la cama y tomó su sábana para cubrirse la cara, protestando entre sueños.

—Nada de “mmm... mmm...” —le quitó la sábana—. Ya se te está haciendo tarde y a mí también. Me tengo que ir a la escuela. Levantate o te echo agua.

En realidad, el que se despertó fue Ángel. Se sentó sobre la cama, desconcertado y mirando hacia los lados, hasta que enfocó a la mujer.

—¿Umm? Buenos días... —murmuró, restregándose los ojos.

—Buenos días, Ángel. Hay despertás a Gustavo. Que no vaya a llegar tarde a ese parcial, porque como deje matemáticas otra vez, se las va a ver conmigo —lo sentenció—. Yo ya me tengo que ir. Salú.

Ángel la vio salir y siguió confundido unos segundos más, hasta que el tacuacín[1] de su cerebro comenzó a correr y le iluminó el foco.

—¡Mierda! ¡Maje, ya es bien tarde! ¡Despertate que tenemos parcial!

Movió a Gustavo un poco, pero al no obtener respuesta, se levantó de la cama y comenzó a desvestirse para bañarse. En el proceso, terminó enredado en su amigo y lo hizo caer de la cama.

—¡Puta, cerote! —gritó el otro—. Anoche me pegaste y ahora me botaste. Te voy a ir a chillar a Ciudad Varón[2] —dijo eso último como una broma.

—Ya pendejo, ya, mejor vamos a bañarnos que mirá, ya van a ser las seis y media y ya casi entramos.

Esas palabras parecieron activar a Gustavo. No tardó en desvestirse también y se fue corriendo al baño, tomando de la mano a Ángel para bañarse juntos. A decir verdad, le encantaba mirarlo desnudo y no perdía oportunidad para ello.

Se bañaron lo más rápido que pudieron y se cambiaron a la velocidad de la luz, antes de salir corriendo para tomar el bus hacia la universidad. Llegaron un poco tarde y, aunque ya habían entregado las papeletas y dado las instrucciones, todavía no había salido nadie, así que estaban a tiempo de realizar la prueba y, al menos, intentaron responderla.

*

El resto de la semana siguió de locos. El estrés alcanzó su punto máximo el viernes, cuando tuvieron que entregar la investigación final de Física. Ese día fue realmente explosivo y desembocó en una pelea entre Ángel y su instructor de la materia, por unas cuantas centésimas. Por fortuna, las cosas no pasaron a mayores y nadie terminó expulsado de la universidad.

Para el sábado ya había mucho menos estrés, sin embargo, aún estaban con la ansiedad a tope, pues esperaban la entrega de notas finales para el lunes. El que más sufría era Gustavo, que no sabía si dejaría alguna materia, pues en varias necesitaba más de seis para pasar y dudaba haber alcanzado esa nota en todas las materias.

Para el lunes, ya todas las notas estaban en el expediente en línea. Todas, excepto una, la de Programación, irónicamente. El catedrático que les impartía la materia era un máster con las computadoras, pero al parecer, simplemente no podía con el expediente de la universidad. Así que fueron hasta el Departamento de Ingeniería y Arquitectura y se quedaron viendo un papel garabateado con la pésima caligrafía del ingeniero de Programación. En la parte superior de la hoja, decía un escueto «Examen de suficiencia». Y más abajo, el tan temido «Hernández Morales, Gustavo David», que ninguno de ellos deseaba ver.

—Ahhh... ¡Mierda! ¡El estrés sigue!

Gustavo estuvo a punto de arrancarse el cabello al ver su nombre en la lista. Estaba harto del fin de ciclo. Quería vacaciones y las quería ya. Dudaba mucho soportarlo otra semana más, jugársela y quizá reprobar.

—Pues sí, pero míralo por el lado amable, al menos no la dejaste.

Ángel ya estaba bastante relajado. Había aprobado todas sus materias, pese a las varias peleas en las que se había metido en esos días y se sentía prácticamente de vacaciones.

—Pero puta, yo no quiero ir al comple.

—No vayás, así la dejás de un solo y ya, te desaparece el estrés —se rio de la desgracia de su amigo.

—Ajá, para vos es bien fácil decirlo, pendejo, como no sos vos al que van a castigar si la dejás, va.

—Ufff, gracias a Dios ya no tengo quién me castigue, maje. Suficiente me castigó la vida con haberme hecho toparme con vos.

Gustavo se enojó y le dio un zape a su amigo. ¡Si él era lo mejor que le había pasado en la vida! Hasta lo alimentaba, ¿qué más quería? Ángel se rio un poco ante el zape y le dio unas palmaditas en la espalda a Gustavo, diciéndole que eran pajas, que sí se sentía feliz de haberlo conocido, porque pese a todo, era su mejor amigo. Incluso se ofreció a ayudarlo a estudiar todos los días. Sin duda ya se sentía liberado.

Caminaron hacia la salida del edificio y volvieron a sus casas. Tal y como Ángel lo había prometido, le ayudó a estudiar a su amigo. Sin embargo, no había día de Dios en el que en la ejecución de los códigos no le saltaran miles de errores. Ángel no se explicaba cómo demonios se las arreglaba Gustavo para arruinar esos códigos.

Finalmente, el día del examen Gustavo reprobó. Fue un suceso frustrante y también se quedó sin dinero todo el mes de vacaciones. Ángel también lo resintió, por supuesto, pues Gustavo era quien siempre le invitaba a muchas cosas, pero bien, esas eran cosas que sucedían en la universidad. A veces se reprobaban materias, era parte del ciclo de la vida. Sin embargo, pese al castigo, sus cortas vacaciones les supieron a gloria. Después de todo, habían logrado sobrevivir a otro fin de ciclo... más o menos enteros.



[1] Tacuazín: es un roedor, un tipo de hurón. En todas las historias, el que les hace funcionar el cerebro es un hámster, pero los tacuacines son más geniales.

[2] Este es un chiste interno. En El Salvador existe una entidad llamada “Ciudad Mujer”, que apoya precisamente, a mujeres en situación de violencia o peligro en general. Después de una campaña política, quedó el chiste de “Ciudad Varón”, como una propuesta ficticia, en contraposición al proyecto “Ciudad Mujer”.

22 de Julio de 2018 a las 03:28 0 Reporte Insertar 0
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