Inexorable I - La Secta del Bosque Alto Seguir historia

L
Leandro Retta


Luego de décadas de destrucción masiva global, el único centro urbano conocido parece ser la devastada ciudad de Bahía Blanca. Al vencer al británico invasor, las diferencias intestinas entre las distintas milicias argentinas recrudecen, volviendo inminente una guerra civil, mientras una sospechosa secta siembra el terror en la población. En esta novela coral post apocalíptica, la narración se centra en la populosa Resistencia Socialista Limeña, compuesta por inmigrantes, prostitutas, transexuales, canabineros, feministas, borrachos, homosexuales y otras minorías marginadas por los otros bandos, aglutinados bajo la égida del General Manuel Lima, un carismático caudillo que sus partidarios consideran un genio militar y, sus detractores, un fascista paranoide. Inexorable.com.ar


Post-apocalíptico Sólo para mayores de 18.

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El Comienzo

CAPITULO UNO

I

Caterín Altamiranda, nacida y criada en la guerra, fue sorprendida por una ansiedad que creyó no poder disimular. A lo lejos, tres kilómetros o más, se veían luces de antorchas y candiles, moviéndose al ritmo del galope de la Brigada de Frontera del Círculo Argentino de Bordeu. El resto, merced a las nubes que cubrían la luna y las estrellas, era pura oscuridad.

Según las órdenes, ella tenía que esperar el último control del día debajo de la torre de vigilancia, conocida por todos como el Molino de Alférez San Martín, por lo que se puso la mullida campera de colores refractarios y descendió por una escalera caracol, emparchada hasta lo imprudente. Junto a la puerta, se miró en el espejo regalado (un lujo para alguien de su círculo), para que se pusiera linda para Carlo. Se corrió el largo pelo castaño de su cara, para dejar al descubierto sus ojos, dispuestos a todo, y la cicatriz que le hicieron sus patrones, para poder nomenclarla con una sola mirada.

Arriba, en la cima de la atalaya, el techo y la salamandra aminoraban las heladas del invierno de los campos aledaños a Bahía Blanca. Por la llanura, el frío corría sin demasiados reparos, por lo que la nariz de Caterín comenzó a moquear, casi en simultáneo con su salida, minutos antes de la llegada de los chimangos.

El marrón de los uniformes de la policía rural de Bordeu les granjeó este apodo entre los docilizados rurales del Cuarto Círculo, aunque nadie los llamaba así delante de ellos a menos que quisiera tener problemas y, en sus pocos meses de estadía en las tierras de la cruz y el rebenque, la pequeña Altamiranda no había conocido a nadie que quisiera problemas con la Brigada de Frontera.

La rutina era que el jefe de unidad intercambie con cada puesto de vigilancia, por menor que fuera, sendos reportes, advertencias y sugerencias sobre lo que habían observado desde el último control. Después se saludarían y no se volverían a ver hasta que asomen las primeras luces del alba. El clima, por suerte, también promovía un trámite veloz. Después de semanas con los campos cuarteados por el sol y por el viento, las nubes casi negras habían deambulado por el cielo desde la tarde, al son del pampero. Cerca del atardecer, ya todo estaba oscuro, esperanzando a patrones y docilizados con ser más que cuatro gotas locas.

Caterín Altamiranda ya había repasado mentalmente sus palabras una docena de veces. «Ninguna novedad, señor. Ni humanos, ni perros, ni otros animales». Era importante aclararlo porque, si no, le sacudirían con la lista de animales que el Círculo Argentino de Bordeu consideraba una amenaza y ella sabía que, para no levantar sospechas en el chimango en jefe, lo mejor era acortar el diálogo lo más posible.

Después, los policías fronterizos del CAB seguirían las habituales advertencias de la unidad. Algún zorro que se les escapó, una manada de perros que oyeron en tal lado o, de vez en cuando, algún humano hambriento, desesperadamente convencido de que era menos peligroso robarle un ternero al Círculo Argentino de Bordeu que a la Resistencia Socialista Limeña. «Estaré atenta, señor», sería la respuesta de Altamiranda en cualquier caso. Finalmente, se saludarían (era importante que no se olvidará del «señor» al momento de saludar) y ella se quedaría sola para prepararse para los dos hombres que esperaba esa noche.

Por desgracia, cuando la unidad estuvo lo suficientemente cerca, Altamiranda distinguió al Tigre. Así le decían todos. Así figuraba escrito en su uniforme y en los documentos oficiales. Así lo nombraba Caterín, cuando hablaba de él con otros docilizados. Tigre. Su pelo, teñido de un amarillo que no existía en la naturaleza, parecía un faro que llamaba la atención. Y, como con un faro, había que prestarle atención, pero evitar chocárselo.


En la siguiente entrega, la Traición de Molteni.


Entregas martes y sábados, en Inkspired y en mi blog personal. En inexorable.com.ar, la versión completa en EPUB y PDF.



21 de Julio de 2018 a las 00:00 2 Reporte Insertar 3
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Yonathan Cortes Yonathan Cortes
Muy detallado y gran ortografía, genial. Te sigo.
28 de Octubre de 2018 a las 07:00

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