El artista de retratos hablados Seguir historia

geronime Gerónimo Le Goff

«-Haznos un último favor, Nikolay.»


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#mafia
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El artista de retratos hablados

   Nikolay Ivanov apartó con frustración el informe policial que Dmitry, su compañero, había descrito detallada y minuciosamente para facilitarle el trabajo.

   Harto, apartó el expediente con violencia contenida. No podía leer más de lo que su conciencia revelaba.

   Suspiró con pesadumbre, sobándose el rostro como quien busca quitarse el pecado de encima. Luego, miró el reloj. Eran las 2:47AM. Sus compañeros hace mucho que debían de haberse retirado a patrullar por las frías calles de Kazán.

   Cerró la carpeta que mantenía sobre su escritorio, llena de los bosquejos inconclusos que aún no podía concentrarse para terminarlos antes de los juicios de mañana. Puso las manos sobre el mesón con ansiedad, y tan pronto como estiró los brazos se llevó las manos al rostro, moviendo la cabeza de izquierda a derecha. Lo hacía con tan febril vehemencia que terminó por quedarse quieto, estático; Mas su inquietud no le impidió refregarse los ojos hasta ver puntos de colores.

   Pasado un rato, permaneció inmóvil, observando fijamente las manos sobre su regazo. La pisargolla de oro relucía en sus jóvenes manos.

Se levantó decidido.

   Nikolay tomó todas sus notas y dibujos a medio completar sobre el escritorio y se las llevó hasta las gavetas metálicas del rincón, donde las escondió con la vacía esperanza de que se preocuparía de ellas mañana. Sopesó la idea de irse, mas las piernas a penas le respondían. Sudaba frío y la garganta le apretaba. De pronto, la ropa le quedaba chica y la vida grande.

         —Así que ahora eres la niñera de la República, Kolia. Que cosa más irónica—escuchó aquella vibrante y macisa voz detrás suyo—. En fin, aún no terminará tu jornada de hoy.

   Nikolay se giró por instinto, domado.

         —Don Vólkov—dijo con menos seguridad de la que intentó valerse—. Yo ya no soy uno de ustedes.

         —No deberías ser así de ingrato. Los hermanos te estamos esperando con los brazos abiertos. Tu trabajo es importante para nosotros.

     —Las personas podemos llegar a ser importantes, pero eso no nos hará irremplazables. Puede conseguir a otro artista.

   Konstantin Vólkov estudió la imparcial actitud del joven, con las manos en los bolsillos y el mentón en alto.

   El Gran Kostya entrecerró los ojos.

         —En ese caso, haznos un último favor, Nikolay.

         —¿Qué?

         —Mis hombres me han hablado mucho de un nuevo enemigo. Otra de esas moscas muertas que se andan llenando los bolsillos con números imaginarios a costa de nuestra confianza.

         —¿Quiere que lo retrate para usted, Don Vólkov?

        —Tengo que conocer su rostro antes de arrebatárselo—concientizó, y notó cómo un escalofrío recorrió a a su acompañante—. Te aseguro que ésta será la última vez que dibujes para mí, hijo mío.

         —¿Lo promete?

         —Los mentirosos también tenemos palabra.

   Kolia bufó con la histeria reprimida. Lo que afirmaba Konstantin Vólkov era verdad. Aunque él fuera un hombre con más cara que clemencia, con más maldad que misericordia, él jamás le había faltado ni una sola vez, por mísero que fuera.

         —De acuerdo, le creo—dijo con las manos en alto.

   Konstantin Vólkov las miró. Limpias y excentas de compromisos.

   El dibujante se acercó a una de las gavetas metálicas.

   No sé sorprendió al darse cuenta de que habían estado dos hombres más en el cuarto. Los reconoció. Hedeon estaba sentado en el sofá, con una pierna sobre la otra, y el lustrado rifle sobre estás, reposando cual niño sobre el regazo de su padre. Por otro lado estaba Mihail, parado al pie de la puerta cerrada, de brazos cruzados y con la espalda tan recta como el castigo divino. Su presencia era potente y sagaz. Tragó la bilis con pesar. Conocía perfectamente a aquellos hombres. Había trabajado con ellos. Sin embargo, tomó la misma decisión que ellos y los ignoró como si no fueran más que parte de la ornamentación.

   Tomó rápidamente las hojas de papel estraza y el carboncillo. Luego, se dirigió a su escritorio.

   Divagó entre sentarse o no en su acostumbrado puesto pero prefirió, sensatamente, ofrecérselo a Don Vólkov, diciéndole que él podía sentarse en los sofás frente el mesón. Sin embargo, Konstantin Vólkov desistió, y tan protocolarmente que pareció hipocresía de la más pura, lo invitó a que trabajara sin preocuparse por él, quien se quedó parado frente el escritorio, sin mirar nada en particular. Sus ojos, fieros y profundos como las almas con que cargaba, no veían más allá de los garabatos dirigidos que iba haciendo el dibujante.

    Kolia siguió cada una de las indicaciones.

   Pómulos firmes, altos. Geometría facial rectangular. Mejillas delgadas. Cabello negro, espeso y desordenado. Cejas gruesas, pobladas. Ojeras prematuras pero débiles. Labios rectos, secos y delgados. Ojos grandes, párpados caídos, pestañas onduladas.

   Nikolay Ivanov dibujó durante dieciséis minutos sin mayores problemas que el tiempo, totalmente absorto en sus trazos, pues, el dibujante tenía la mano suelta por talento, e incluso, perfeccionada por años de fructífera práctica.

   Cinco minutos más tarde, se centró en los detalles. Embelasado por las esmeradas y puntillosas definiciones de su locutor, se concentró en las características que le cantaban, sin despegar en ningún momento su mirada de la punta del carboncillo.

   Konstantin siguió contándole su nueva inquina, mas Kolia no le prestó atención del todo.

   Cuando por fin acabó, sonrió botando el aire de los tensos pulmones.

   Pero su sonrisa de paz se transformó en horror cuando admiró su propio retrato.

   Nikolay levantó la mirada con espanto y desesperación. Quiso suplicar a la penetrante mirada de Don Konstantin Vólkov, pero de su apretadísima garganta no escapó ni siquiera un gemido de pánico. La pistola que apuntaba firmemente hacia su cabeza lo distraída.

          —Perro es perro aunque cambie de dueño, Nikolay.

   Y con esas palabras, Don Konstantin Vólkov, El Gran Kostya, apretó el gatillo.

18 de Julio de 2018 a las 00:00 0 Reporte Insertar 3
Fin

Conoce al autor

Gerónimo Le Goff Nací como Gabriela Herrera Navarro, pero, yo me di vida como Gerónimo Pierre Le Goff Febvre. Aún así, llamadme Gero, por favor. Me defino como un escritor por limerencia y un lector por necesidad del alma. En fin... ¡Nos leemos pronto! Podéis leerme en Wattpad, Sweek, Inkspired y Litnet. * Instagram: @gero.pierre

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