El Protegido De La Reina Seguir historia

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Duchan Ognjen es un niño esclavo rescatado por la reina Zamara, de quién termina siendo su protegido. Crecerá en el palacio, hasta convertirse en un joven y valiente guerrero, sus enemigos serán muchos y su mayor oponente, es el conde de Vermeulen, pero Ognjen se enamora nada menos que de la hermosa hija de éste.


Aventura Todo público.

#Monarquía #adolescente #histórico
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Salvado de un cruel destino

   Era justo la hora en que más actividad había en el centro de la ciudadela; los carruajes, carretas y aldeanos con sus animales cargados de pertrechos, avanzaban por las terrosas y atestadas callejuelas, los comerciantes se ponían con sus improvisadas tiendas a los costados del camino, haciendo aún más estrecho el paso por ellas, mientras que algunos niños vestidos pobremente corrían jugueteando y perdiéndose entre el populacho. Los lugareños se reunían en la plaza a observar el espectáculo; era común ver extranjeros trayendo novedades desde otras tierras; desde vistosos animales, hasta mágicos productos, pasando por textiles, frutos exóticos y venta de esclavos.

   Dos sirvientes bien vestidos, pasaron altivos empujando al gentío para abrirse paso; venían del castillo del conde Vermeulen. Se dirigían con prontitud a cumplir las ordenes de su señor. Avanzaron hasta una casa de piedra, que estaba a algunas cuadras de la plaza.

   Un hombre ancho y regordete salió a su encuentro, adentro, un fortachón de aspecto agrio los recibió, sentado en una rustica silla de madera, mientras se balanceaba en ella tranquilamente con las piernas sobre un viejo y robusto mesón.

—Venimos por parte del conde Vermeulen. Él necesita otro chico, pronto. ¿Cree que pueda tenerle uno como a los que a él le gustan? —dijo un sirviente acercándosele al hombre y hablándole en voz baja, mientras observaba a los costados como para que nadie más oyera.

—¿Tan rápido? ¿Cuánto le duró esta vez? ¿dos meses? —se jactó.

—¡Eso no es su problema! ¿Puede con el encargo o no? —respondió molesto.

—Por mí mejor; el conde hace crecer mi negocio… —sonrío haciendo una mueca que mostraba sus dientes chuecos y sucios.

—¿Para cuándo? Ya sabe que a él no le gusta esperar.

—Respóndele a tu señor que hoy está de suerte, adquirí hace unos días un lote de gente que viene del otro lado de la montaña. Hay un chico allí que creo que le va a gustar; también hay hembras jóvenes para el servicio, por si le interesa.

—Llévelo al castillo a más tardar mañana; pero despiójelo primero.

—Dile que se lo llevaré hoy. Lo mandaré bañar y estará listo. Nunca le he fallado con mi mercancía; para él solamente lo mejor —replicó haciendo gestos con las manos, ufanándose burlesco.

   Los sirvientes se marcharon y el corpulento y alto hombre de mirada maliciosa se levantó para cumplir con el pedido. Dejó al regordete al cuidado del sitio y partió con rumbo a las barracas, cerca de la puerta oeste de la ciudad.

   Las barracas eran un par de cuartos alargados de barro y piedra, con techos de troncos y piso de tierra, adentro dos hombres custodiaban a por lo menos una docena de personas de distinto género, tamaños, edades y semblantes. Metidos en una especie de jaula hecha de bambú y con los pies atados por unos grilletes de cuerda y madera, estos estaban sentados en el piso, intentando acomodarse lo mejor que podían en aquel incómodo lugar. Un par de hombres de aspecto fuerte, estaban aparte en otra jaula, con ferropeas de hierro y mirada asesina en el rostro.

   A la llegada del fortachón los custodios se mostraron serviles y atentos, haciéndole notar que todo estaba en orden, a lo que aquel les dio una aprobación con la cabeza cruzando un par de frases con ellos, y luego se acercó a la jaula para buscar con la mirada su nueva venta.

   Un muchachito de no más de doce años estaba sentado incómodamente en una esquina, apoyando la espalda en las algo separadas hileras de bambú que conformaban su cárcel. No llevaba más atuendo que un viejo y sucio paño de lino de color tierra que envolvía sus caderas y entrepierna, descalzo y sin más abrigo quedaba expuesta su anatomía de alargadas y delgadas piernas, tronco estrecho y huesudos brazos, mientras su rostro de ojos vivaces y enfadados miraban el piso sin querer resignarse a la suerte que le había tocado.

—Ese. —Apuntó el hombre con maléfica sonrisa, mientras los custodios abrían la puerta de reja para sacarlo—. Báñenlo y póngale otra ropa.

—No hay más ropa, señor Thork —dijeron con temor mirándose el uno al otro.

—¡Tsk! Da igual, entonces que siga usando la misma —ordenó, chasqueando la boca fastidiado.

   Thork se quedó en la puerta y los hombres entraron a la jaula, mientras los demás esclavos se encogían sobre sí mismos con temor, aquellos avanzaron hasta tomar al chico por los brazos y arrastrarlo fuera, el niño se resistió un poco con la mirada colérica, pero sabía que era peor si forcejeaba, por lo que finalmente se dejó sacar de allí mansamente, y fue llevado a la otra barraca para ser aseado.

—¡Límpienlo bien, que es para el conde! —les gritó a sus hombres y estos se carcajearon de buena gana dándose una mirada de burlona complicidad entre ellos.

   Los dos hombres liberaron los pies del muchacho y desvistiéndolo comenzaron a refregarlo con un trapo mojado para luego meterlo y sumergirlo en una vieja tinaja de madera llena de agua fría. El chico empezó a tiritar por el cambio de temperatura al estar en el agua, aunque agradecía el poder sentirse limpio una vez más, así fuera con la brusquedad de aquellos tipos que lo refregaban y lo hundían y lo sacaban como si él fuera un trapo.

—Vas a ir donde el conde, mocito —dijo uno de ellos, sujetándolo por un brazo con fuerza, mientras friccionaba su espalda con rudeza, sonriendo despectivamente.

—Vamos a ver cuanto le duras a ese —agregó el otro—. Los rompe fácilmente, el último se fue hace un par de meses, pobre, espero que seas más resistente —continuó diciendo y ambos se carcajearon maliciosos.

—Ya lleva una docena como tú en menos de ocho años. Serás carne para las ratas muy pronto… —se mofó el otro mientras seguían riendo.

—¿Porqué? ¿Qué les hace? —quiso saber el niño, hablando mal el idioma y con un acento extranjero, en tanto soportaba el rudo baño que le daban.

—¡Huy! Vaya, nos entiendes —se río uno con sorpresa al ver que conocía su lenguaje.

—¡Dile, dile! Qué sepa a donde va a ir a parar —seguían divirtiéndose a costa del chico.

—Digamos que el conde tiene gustos particulares y secretos —rió—. Se come a los niños como tú, saborea sus delicadas carnes hasta que ya no puedan ofrecerle ningún tipo de placer, entonces sólo los elimina como despojos; de ellos no quedan ni las sobras. —le contó con tono de misterio, para asustarlo, mientras seguía riendo oscuramente.

—¿Comérselos? ¿De verdad? ¿Me cocinarán como a un animal? —preguntó asustado y los dos hombres se largaron a reír como locos.

—No. No te comerá de esa forma —dijo el otro—, quiere decir que te convertirás en su meretriz hasta que no quede nada de ti.

—¿Meretriz? Pero no soy una mujer… —gimió angustiado de pronto.

—¡Ah! Este no entiende, es muy inocente o muy tonto —dijo uno a su compañero mientras sacaba al chico del agua y lo restregaba con un trozo de tela vieja para secarlo.

—Pongámoslo así; tú serás su agujero para que él haga contigo lo que se le dé la gana; tu trasero será de él por los pocos meses que desde hoy le va a quedar a tu mísera vida —respondió con sorna y se puso a reír socarronamente.

—¡No quiero eso! ¿No hay forma que me libre de él? Puedo trabajar en lo que sea, pero no quiero ser eso… por favor —balbuceó sintiéndose aterrado, al comprender bien finalmente todo lo que le estaban diciendo.

   Los hombres terminaron de vestirlo nuevamente con su viejo paño de lino, el que sólo sacudieron un poco para que soltara el polvo, y amarrando esta vez sus manos con una cuerda lo llevaron fuera donde una carreta estaba ya esperando.

—¡Súbelo! ¡Apúrate! Que ya se hace tarde para la entrega; mira que quiero tener hoy la paga por este esclavo —gritó Thork a uno de sus hombres, y este acomodó con esfuerzo al muchacho sobre la carreta, pues este se retorcía entre suplicas en su idioma para evitar ser trasladado, luego lo ató fuertemente a un costado del transporte.

—¡Ya está señor, listo para que se lo lleve! —le respondió saltando de la carreta de un brinco, mientras se sacudía las manos. Thork tomó las riendas del caballo y comenzó a avanzar llevando al chico hacia el castillo que estaba afuera de la ciudad.

   Luego de más de una hora de avanzar por un empinado camino que subía por una montaña, llegó hasta la bifurcación que dividía el camino en dos; uno en dirección a los terrenos del conde y el otro al palacio de verano de la reina Zamara. Thork intentó avanzar un poco más con la carreta, pero unos guardias lo detuvieron, pues más adelante se había creado todo un revuelo a causa de la partida de la Reina. Había carruajes, guardias a pie y a caballo, y los escoltas con sus estandartes, pero la comitiva no avanzaba, a razón de que el carruaje de la reina había sufrido la avería de una rueda, la que con temor y diligencia intentaban reparar en el lugar.

—¡Rayos! —gruñó Thork—. Esto le va a costar la cabeza a alguien —agregó hablando para sí mismo y riendo luego por lo bajo, al ver todo el alboroto que tenían los sirvientes de la reina— ¿para qué harán tanto escandalo y tremenda comitiva si la ciudad está apenas a una hora de aquí? Estos ricos como siempre ostentando su poder… pero qué divertido que le haya pasado justo esto a ella —se río disimuladamente, mientras observaba sentado en la carreta.

—¡Déjeme ir! ¡Suélteme! —gritaba a su vez el chico desde la parte de atrás.

—¡Calla de una vez ¡ ¡Ya me estás impacientando con la quejadera! —le espetó el hombre aburrido de haber venido oyendo la cantaleta del chiquillo durante gran parte del trayecto.

   El tiempo pasaba y aún estaban allí esperando, cuando vio acercarse por el otro camino un carruaje negro de briosos caballos. Era el conde. Thork pensó en si era adecuado o no intentar acercarse en ese momento por el tema de la venta.

—¿Qué es lo que ocurre? —preguntó el conde a un guardia, bajándose del carruaje.

—Tuvimos un problema con el transporte de la reina, señor.

—¿Y… está todo bien? —preguntó algo dudoso.

—Sí señor, por suerte aún no llegaba al paso del desfiladero.

—¡Oh, qué alivio! —respondió con fingida voz—. Es bueno saber que nuestra reina está a salvo.

—Pronto reiniciaremos la marcha —le informó.

—Yo tengo algo de prisa, así es que agradeceré si es así. —contestó escondiendo su enojo.

   El guardia se retiró y el conde intentó avanzar hacia el carruaje de la reina, entonces thork le alcanzó para hablarle.

—Conde de Vermeulen. ¡Espere un momento, por favor!

—Usted. ¿Qué hace aquí?

—Iba en dirección a sus terrenos. Llevo su encargo —dijo la ultima frase en tono bajo.

—¡Oh! El encargo —musitó emocionado y los ojos le brillaron oscuramente—  ¿Dónde lo tiene?

—En la carreta ¡Le encantará! —aseguró.

—¡Bueno, aprovechemos el tiempo! Vamos a ver qué mercancía me trajiste ahora.

Thork sonrío y con una tosca reverencia le guío en dirección a su carreta.

El conde sujetó la cabeza del chico por sus rubios cabellos y observó sus facciones, sus ojos verdes tornasolados y revisó además su dentadura, para asegurarse que estuviera completa.

—No está nada mal —susurró pasándose la lengua por los labios mientras miraba al chico con lascivia.

—Cómo dice mi amigo extranjero: ¡Salaqiba! —contestó thork sonriente.

—Hace años que no tengo un nórdico. Me gusta. Bájalo de la carreta, quiero mirarlo bien.

   Thork bajó al muchacho y el conde le tomó por la mandíbula con sus afilados y fuertes dedos recorriendo además todo su cuerpo con la mirada.

—¡Serás un hermoso bocado! Ni te imaginas cómo será tu existencia de aquí en adelante —le dijo al chico sonriendo con malicia, pero este estaba rígido y reprimiendo las lágrimas.

   El conde llamó a su sirviente que se había quedado en el carruaje, y le ordenó que llevara al chico a su transporte. El niño forcejeó, y gritó, pero nadie le hizo caso.

   La comitiva de la reina volvió a ponerse en marcha y el conde se apresuró para ir a presentar sus respetos antes que partieran. La reina se asomó por la ventanilla para aceptar su saludo, pero cuando lo hizo escuchó los gritos del niño que suplicaba al sirviente que lo soltase.

—¿Qué es ese escándalo? ¿qué sucede? —replicó la reina.

—Es sólo un esclavo nuevo, majestad —respondió incómodo el conde— lo haré callar ahora mismo.

   El conde le hizo una seña a su sirviente y éste con nerviosismo dejó caer la fusta con que guiaba al caballo sobre la espalda del niño, y el muchacho se quejó aún más fuerte, pero hábil alcanzó a coger el extremo del látigo, y tiró de él provocando que el sirviente cayera pesadamente el suelo, aprovechando así el momento para escapar.

   No alcanzó a correr apenas, cuando un guardia de la reina lo cogió entre sus brazos. El chico se retorcía aún con las manos atadas, gritando improperios en su idioma.

   El conde avanzó hasta el pequeño para darle una bofetada y recuperarlo de las manos del guardia. El niño al verlo trató de pedir ayuda a su nuevo captor.

—¡No quiero ir con él! ¡Suéltenme! ¡No quiero ser su meretriz! —rogó entre sollozos y forcejeos en el idioma de ellos.

—¡Calla, infeliz! —dijo nervioso el conde.

   Lo quitó de las manos del otro para zamarrearlo con enojo.

—¿Qué ha dicho este muchacho? —preguntó la reina de improviso, parada tras el conde.

—Majestad… —balbuceó sorprendido— ¿Para qué se ha molestado venir hasta acá por este inútil esclavo?

—¿Es verdad lo que él dice Vermeulen? —lo interrogó ella.

—Yo…

—Yo también le oí mi señora —afirmó el guardia.

   La reina soltó al chico de las manos del conde y lo apartó un par de pasos.

—¿Puedes repetir lo que dijiste? —preguntó con amabilidad.

—Yo no quiero ser… su meretriz… —susurró asustado— ¡Por favor; sálveme! —le pidió sin saber a quién se dirigía con dos lágrimas bajando por sus mejillas.

   La reina le sonrío y volvió a dirigirse al conde.

—¿Entonces los comentarios son ciertos, Vermeulen?

—¿Qué? ¿Acaso vale más la palabra de un mugroso esclavo extranjero que la mía? —se quejó echando chispas por los ojos.

—Cuida tu tono conde, y no olvides a quién te diriges.

—Estoy un poco exaltado mi reina, me disculpo. —E hizo una reverencia, maldiciendo por dentro.

—¿En verdad te es importante este esclavo?

—No, que va; acaban de ofrecérmelo, pero es sólo un inútil niño más —mintió con descaro, para ocultar su deseo.

—Ah. Entonces no te molestará que me lo quede… ¿Verdad?

—¿Majestad? Usted… el chico… —balbuceó sin poder contradecir a la reina.

—Ya dijiste que un esclavo inútil no te sirve, puede que yo le encuentre alguna tarea acorde a su edad —continuó seria y tajante, a sabiendas que el conde estaba a punto de explotar de ira.

—Como diga. Si le place, el muchacho es todo suyo —volvió a hacer una reverencia agitando su mano, mientras se tragaba la rabia.

   La reina le entregó el niño al guardia que lo capturara, y le pidió que cuidase del muchacho hasta que llegaran a la ciudad, regresando a su carruaje para que finalmente avanzara la comitiva. Este lo obligó a caminar hasta su caballo, en donde lo montó en su grupa, para luego subir él.

   El conde sintiendo que la sangre le hervía en las venas, montó su carruaje y decidió regresar a sus terrenos, pues no tenía humor para avanzar junto a la escolta. Pero se juró que la reina tendría que pagar tarde o temprano por todos sus agravios, mas el primero en ser castigado sería el estúpido vendedor de esclavos.

13 de Julio de 2018 a las 01:45 2 Reporte Insertar 4
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PI Gonzalez PI Gonzalez
wow! me encantó. ¿Ya amo a la reina! ¡ Sigue así! Saludos desde México.
20 de Julio de 2018 a las 20:24

  • Alejandra Alejandra Alejandra Alejandra
    ¡Qué bueno saber que te ha gustado! ¡Muchas gracias! 22 de Julio de 2018 a las 22:30
~

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