Danzarina muñeca© Seguir historia

kaanbal Mikami Yee

Y así, Ángeles le preguntó a su amado cuál debía ser su próximo baile.


Cuento Sólo para mayores de 18.

#relato #muerte #asesinato #baile
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Danzarina muñeca

Cervantes dice que parezco una muñeca de porcelana.

―No me mires así ―repite siempre después de compararme pues yo le miro de mala gana. Entonces ríe cerrando sus ojos oscuros y, cuando los abre de nuevo, con una sonrisa en sus labios color cereza, continúa: ―Sabes que es verdad, Ángeles. Tu piel, tan clara, suave, frágil e incapaz de sentir mis rudas caricias es como la porcelana. Luego está tu hermoso cabello dorado, como el color del trigo, tan maltratado y enredado por el descuido. Como me gustaría cepillarlo todas las mañanas...

―Cállate, Cervantes.

Jamás he dejado que siga en cuanto dice aquello. Antes me era molesto el hecho de que se refiriera a mí como un objeto coleccionable, pero llegado a un punto cúspide no sólo la sensación de enfado invadía mi cerebro, sino también la de vergüenza.

Cervantes y yo. Ante nuestros cuerpos se interpone una extraña relación.

Nos conocimos un día de intensa lluvia mientras, yo, corría en busca de un lugar seguro para esconderme hará diez años ―cuando tenía quince―, recién logrado el escape del terrible orfanato donde me habían confinado. No me sentía, en ese entonces, con la necesidad de pertenecer a una familia ni adinerada ni pobre; seguía mis estúpidos y egoístas instintos de querer ser libre y sentir sobre la piel el peso de la vida. Para fortuna o desgracia mía, Cervantes me encontró, me trajo a la que hoy en mi casa, tuvo sexo conmigo y me obligó a matar a Caloca.

Sí. Fue cuando le maté que todo comenzó a cobrar un sentido ante todo el caos que nos envolvía.

Mis manos, las cuales sostenían el arma ―un cuchillo―, arremetían una y otra vez ante el ya inerte cuerpo de Caloca. Cervantes se hallaba tan cerca de mí, respiraba en mi oído ―lo sabía pues le escuchaba, no porque sintiera su aliento― y susurró:

―Eres una linda marioneta... No. ―Besó mi cuello, yo no sentí nada.

Su dedo índice se deslizó por la sábana color carmín y lo acercó a mis labios. Tomó mi barbilla en un rápido movimiento, lamí su dedo manchado de sangre fresca, saboreando el dulce sabor metálico.

―Una muñeca de porcelana. Una muñeca danzarina, capaz de interpretar cualquier baile que te pida, ¿no es así?

Iba a decir algo, pero en ese momento desvié la vista a la mesa del cuarto, donde yacía un arma de fuego. Negra, brillante, lista para disparar en cuanto yo me distrajese de mi labor.

Asentí, con el pavor de que si me negaba a sus macabras órdenes pudiera asesinarme. No obstante, comprendí varios meses después que Cervantes, pese a su voz fría y su presencia imponente, era demasiado inútil para hacerlo. Oh, Caloca, no pude sentir pena ni compasión por tu miserable vida. Si tan sólo mi miedo no se hubiera convertido en una patética mezcla de admiración, gratitud y amor hacia la bella silueta de Cervantes, sería yo lo suficientemente capaz de sentir una emoción hacia tu muerte.

―Ángeles.

Miro a Cervantes. Su sonrisa es ahora una que jamás había presenciado, tan extraña, inverosímil, y aun así hermosa, que me incitaba a la terrible acción de querer besarle sin importar que yo no lograra sentir el tacto.

Tiende su mano hacia mí, la estrecho con la mía. Me abalanzo sobre su cuerpo, me sujeta, le beso.

―Tus ojos son tan claros, repletos de una vida artificial, observando todo lo que te rodea. Ángeles, ¿recuerdas el cadáver de Caloca sobre nuestra cama? Sus piernas estaban frías y flojas, al igual que su alma ―Cubre mis ojos, oscuridad. Sólo escucho el tintineo de algo ―. ¿Y recuerdas sus gritos? Rogando perdón, exigiendo clemencia, como si hubiera sido la clase de persona que daba lo que pedía a las demás... Entonces, sus ruegos ya no fueron hacía mí, sino hacia dios. Su estúpido y cruel dios. Oh, Caloca, tan hipócrita.

El sonido era diferente a un tintineo.

―Mi dulce Ángeles, no llores, no llenes tu delicado cuerpo de emociones banales. No me hagas odiarte en mis últimos momentos, por favor. Te amo, Ángeles, te amo.

La pistola dispara. Mi respiración se detiene unos instantes. La mano que cubría mis ojos cae pesadamente y el peso de Cervantes se cierne sobre el mío; le abrazo, mi vista está nublada, sé que lloro, pero no siento la calidez de las lágrimas.

―Cervantes, mi amor, ¿qué tan culpable te sentiste cuando te diste cuenta que manchaste a tu preciada muñeca danzarina? ¿Cómo te sientes ahora, que has muerto manchándola de nuevo?

Cervantes, mi amor, ¿cuál debería ser mi próximo baile?

27 de Junio de 2018 a las 00:13 0 Reporte Insertar 0
Fin

Conoce al autor

Mikami Yee Nací en México, aunque mi nombre pueda decir lo contrario. Escribo por pasión y con pasión sobre fantasías de cómo sería el mundo si el amor existiera. Mis personajes no están siempre felices con el resultado de amar y ser amados, y es lo único que tienen en común conmigo. | Homoerótica.

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