El Reino del Bosque y el Mundo Mágico Seguir historia

sergicollado SERGI COLLADO

Desde el comienzo de los tiempos los bosques milenarios han albergado la fuente de la vida y la magia. En cierta época la guerra entre humanos y elfos inundó el bosque de Hiu Ken de sangre y se convirtió en un lugar llamado el bosque maldito. El pueblo colindante de Paolín, desesperado, decidió quemarlo hasta que apareció un mago que detuvo la guerra separando los seres fantásticos en un mundo a través del bosque. Y dividió la magia de este en cuatro partes para que un guardián en cada rincón del mundo reinase asegurando la paz. En los días de ahora, Vince, un joven mago sin oficio tratará de impedir que el bosque vuelva a enloquecer tras el asesinato del actual guardián. Sus pasos se verán condicionados con la aparición de una periodista, una vieja bruja, un espíritu y la rebelión.


Fantasía Épico Todo público.

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La chica y el Bosque

     Había encontrado la postura ideal entre la rugosa madera de un viejo árbol para por fin sumergirse en lo más profundo de sus sueños acompañado del gorjeo y canturreo de los pájaros, el sonido de las hojas movidas por la brisa del bosque y si se concentraba, distinguiría el flujo del arroyo. Quién sabe si tendría el placer de recibir la visita de algún insecto que considerase su cuerpo como una rama más. O la de un cazador con ganas de gresca, pero confiaba en la eficacia de sus carteles que proclamaban: prohibido cazar.

    Vince era uno de ellos, pertenecía a un selecto grupo de seres que vivían en los bosques milenarios repartidos por todo el mundo. A la gente corriente le gustaba pensar que eran dioses a los que había que reverenciar y llevar ofrendas a la entrada de los bosques para evitar catástrofes y tragedias. También estaban los que pensaban que eran peligrosos, malhumorados y huraños, y por último los que dudaban de su existencia. Lo único cierto de las habladurías, que para todos los gustos había, es que ellos existían. Son los llamados guardianes del bosque. Viven por y para proteger lo que más aman, por encima incluso de su condición humana y social, aislados de cualquier contacto, sumergidos en la forma de vida más bella y cambiante, la naturaleza.

Los bosques milenarios se caracterizan por ser únicos y singulares, con miles de años a sus espaldas, algo que los hace poseedores de una inmensa amalgama de vida y magia. En ellos residen miles de especies diferentes de plantas y animales, y que cada día se baten en duelos de supervivencia quedando en pie, no el más fuerte, sino el más hábil. Muchas especias son desconocidas e inimaginables para las personas, así como muchos territorios inexplorados donde poder encontrar increíbles paisajes o rincones en los que la muerte acecha y un sinfín de secretos que atemorizarían a cualquier ser vivo. Desde el inhóspito bosque de Eleatos hasta el frío bosque de Arlyum. En ellos se encuentra, por encima de todo, la fuente de la vida.

Una vieja y casi extinta leyenda contaba que todos los guardianes y bosques están al mismo tiempo bajo el control del sabio guardián. Un ser de fábula capaz de aparecer en cualquier bosque milenario cuando estimara oportuno. Una figura que representa el espíritu viviente del bosque. Nada se conoce de él y en muy pocos libros información se halla. Además del sabio, también vela por los bosques el consejo de Neirum, una institución casi secreta que funciona como enlace entre los humanos y los bosques. Gracias a él se redactó la ley del milenio, la cual abogaba en favor de la conservación de los bosques más antiguos del planeta y de sus guardianes; una vez se reconoció a nivel mundial su importancia a la par que su amenaza silenciosa.

Desde su posición, Vince podía recorrer con la mirada la espesura del bosque, de este a oeste. El bosque de Hiu Ken era uno de los más bellos y floridos, con una vegetación que se extendía por las montañas de Opras, cruzaba el río de Grin y hacia frontera al norte con la ajetreada ciudad de Fervin. Tiempo atrás, el bosque ocupaba una gran e inexacta extensión, más ahora lo seguía siendo. Tan grande era que ni siquiera el actual guardián lo sabía. Uno de sus lugares preferidos era el corazón del bosque, donde los árboles clavaban sus enrevesadas raíces y sus copas impedían ver el cielo, construyendo pasadizos de una muralla vegetal. Allí el musgo lo cubría todo, la humedad era palpitante, y el silencio se interrumpía con las salpicaduras de los peces del estanque. En aquellos terrenos Vince estuvo varias veces, lo recordaba con gran orgullo y como un lugar mágico. El lugar perfecto en el que pensar para conciliar un sueño tranquilo y reparador, pues la jornada había sido larga y ahora tocaba un merecido descanso. Sin quererlo, el recuerdo de la sangre se lo impidió. Abrió los ojos y captó algo inusual. Un olor desagradable y molesto circulaba por el ambiente, era una fragancia delicada pero fuerte a la vez. No era propio del bosque, sino de un ambiente discordante. Tras un preciso olisqueo, Vince logró descifrarlo. Era como el perfume de una mujer. Se recompuso y pensó que alguien se había perdido y estaría dando vueltas en el bosque. Pero era extraño, ¿qué hacía en un bosque una mujer que usaba perfume? Qué remedio, Vince tenía que averiguarlo. Bajó del árbol cuidadosamente y permaneció quieto intentando escuchar pasos en la maleza. En la espesura, a varios metros al noreste se escuchaban unos pasos nerviosos y agitados, pertenecientes a alguien que se había perdido y no sabía adónde ir. Aunque eran alarmantes, a cado paso se producía un pequeño temblor. El joven empezaba a pensar que se trataría de algún animal salvaje bastante ruidoso. Pero, ¿y el perfume? Algo no encajaba. El joven se acercó silenciosamente para pillar a lo que fuese desprevenido, pero justo en ese momento, el temblor empezó a aumentar y se paró de golpe. Vince estaba justo enfrente de aquello. Agachado y escondido entre un matorral, permaneció callado y sin inmutarse durante unos segundos. Hasta que comprendió que un guardián del bosque no tendría miedo de ningún animal, sin importar el tamaño que tuviera. Y así Vince, se levantó mientras unas hojas caían por su cabello y ropa, y miró. No era un animal salvaje, bueno, si era o no salvaje tendría que comprobarlo después, el caso es que era, efectivamente, una fémina. Por su silueta se dio cuenta de que era solo una jovenzuela. Se la veía cansada y agitada. Estaba sin aliento. Llevaba el pelo alborotado y desaliñado, sus ropas eran delicadas o al menos lo parecían, llevaba un vestido corto…de seda, quizás; Vince no entendía muy bien de esas cosas. Sus botas estaban sucias de la maleza, además el barro había salpicado a toda su indumentaria. « Pobre muchacha», pensó Vince.

   —Ah…por fin, alguien.

Tras decir estas escuetas palabras, la joven se desvaneció. Vincent rápidamente la sujetó antes de que su cuerpo cayera al suelo. Intentó reanimarla para que despertara, pero no parecía responder. Vince estaba preocupado, tenía que llevarla al pueblo lo antes posible.

Vio un molinillo de viento que movía sus aspas al compás del aire cerca de la ventana, en el alféizar, algo le llamó la atención. Había una gran cantidad de aparatos que nunca antes había visto. Eran pequeños, de poca altura y algunos tenían extremidades que salían de un eje. Se preguntó para qué servirían. Giró la mirada y vio una estantería repleta de libros muy gastados, a juzgar por algún título que alcanzaba a ver, supuso que trataban de pociones y hierbas. Ahora que lo pensaba, ¿dónde estaba? Se recordaba caminando por el bosque y luego estaba ahí, en esa habitación desconocida. ¿¡Había sido secuestrada!? Se sobresaltó sudorosa. El cuarto no estaba sucio, al contrario, lucía confortante y fresco, nada oscuro y siniestro. Sin embargo, los libros de las pociones y los extraños artilugios la desconcertaban. La ventana estaba abierta así que podía escapar cuando quisiera. En ese instante, la puerta se abrió.

 —Ah, vaya… ya estás despierta, ¿cómo estás? Mira lo que te he preparado…

Al ver que no había peligro a primera instancia, contestó tímidamente.

  —Ah, eh… gracias señora. ¿Me podría decir cómo he llegado aquí? 

  —Mi hijo te encontró vagando por el bosque, y te trajo hasta aquí. Imagino que estarás algo confundida, pero dime, ¿cuál es tu nombre?

  —Así que fue eso…Abbie. Ese es mi nombre.

 —Muy bien Abbie. No te preocupes, puedes quedarte mientras te recuperas y darte un baño, por supuesto.

Era la primera vez que le insinuaban que necesitaba bañarse. Se puso roja de la vergüenza.

—Lo encontrarás en la segunda puerta a la izquierda del pasillo.

Abbie no pudo decir nada más y la señora salió del cuarto. Se levantó y se miró al espejo que había en la cómoda. No podía creer lo que estaba viendo. Estaba espantosa como poco. Horrible. Su pelo estaba arruinado y su ropa desquebrajada. Además de pegajosa y sucia por el sudor. Se sintió peor aún. ¿Qué demonios le había pasado?... Ah, sí, ese terrible bosque que la sacó de sus casillas y que por momentos pensó que nunca saldría de ese infierno. Por el momento, decidió comer lo que la amable señora le había preparado, porque además, estaba hambrienta.

Cuando terminó, agradeció quitarse la mugrosa ropa que llevaba y aceptar la hospitalidad. No podía dejar que ese imprevisto arruinara sus planes. El jabón y el vapor de agua la hicieron sentir como en casa. Al salir del baño se percató de que tendría que usar una ropa demasiado vintage. « ¿De verdad no tiene algo más…cómo decirlo?, ¿normal?» —pensó. Si antes no podía verla nadie, ahora tal vez menos. Con un suave respingo dio un paso al frente y bajó las escaleras que la condujeron a una sala.

—Te queda espléndido, ¿sabes? Era de mi juventud, qué buenos recuerdos me trae.

—Muchas gracias señora. No sabe cuánto se lo agradezco.

—Oh, por favor, no hay de qué. Aunque fue mi hijo Vince quien te encontró. Y puedes llamarme Margarett.

—Ah eso… ¿Y para cuándo tendré lista mi ropa, Margarett? —preguntó Abbie siendo lo más cauta posible.

—¿Tu ropa? Dirás mejor lo que ha quedado de ella. Ni siquiera sé si servirá para trapos.

—¡Pero eso no puede ser! ¿Y qué hago yo ahora?

Parecía que la joven no lo había entendido bien.

—No te preocupes, puedes quedarte la que llevas. Por cierto, tengo que preguntarte, ¿Que hacías en el bosque? ¿Te habías perdido? ¿A dónde te dirigías?

—Vengo de la ciudad de Fervin por un asunto de trabajo relacionado con el bosque de Hiu Ken. La verdad es que atravesarlo… fue más difícil de lo que creía. Me dijeron que solo estaba a día y medio. Me encuentro en Paolín, ¿no es así?

—Sí, estas en el pueblo de Paolín.

—Bien, es bueno saberlo.

Un silencio incómodo sopló la sala y la chica solo podía mirar con inquietud los muebles.

—Vamos, siéntate, ¿te apetece tomar algo?

—Sí, encantada.

La tarde pasó rápidamente entre habladurías y la noche cubrió con su oscuro manto el cielo. Abbie había pasado toda la tarde en casa de Margarett. Estaba muy cansada como para trabajar en su investigación, por lo que mañana por la mañana comenzaría con sus indagaciones, siempre y cuando consiguiera cambiarse de ropa. No sabía cuánto tiempo le llevaría el trabajo, y si de verdad conseguiría algo, dado que averiguar sobre la autenticidad de los guardianes del bosque…no era algo precisamente fácil. Jamás habría imaginado que dormiría en la misma cama que uno de ellos.

Vince había dejado de ser un mago sin oficio del que la gente se burlaba y no le tomaba en serio, pese a que alguna vez aparecía alguien para recordárselo. Se había convertido en alguien respetado y venerado. El rompía con todos los estereotipos de los guardianes. No era viejo, ni arisco, ni huidizo, ni inexistente, ni sobre todo, un ser de otro mundo. Al contrario, se dejaba ver por todo el mundo y atendía de buena fé las preocupaciones de la gente cuando paseaba por el pueblo para comprar ingredientes para sus artefactos. Pronto demostraría que estaba haciendo un buen trabajo y que estaba a la altura. Tenía encomendada una misión muy importante que debía cumplir. El trabajo de un guardián consistía en asegurar la prosperidad del bosque a través de las flores de Shivet. Esto era algo que solo ocurría cuando un guardián perecía.

Esa noche llegó ansioso por comer la deliciosa comida de su madre, aunque sabía que estaría solo. A esa hora ya su madre estaría en la cama y en la mesa solo habría un plato a la luz de una vela. Al terminar de comer subió a su habitación para echar una cabezada en su blando y esponjoso colchón, cuando al abrir la puerta distinguió un bulto en la cama. « Será posible, ¿aún sigue aquí? ».

Bajó de nuevo las escaleras y se extendió en el sofá. « Bueno, pues otra noche aquí, tampoco se está tan mal».

Mucho antes del amanecer, Vince salió de la casa y se dirigió como era habitual a su bosque. Otra cosa que le diferenciaba de los demás guardianes es que él seguía manteniendo contacto con otras personas. Había intentado vivir aislado en el bosque pero siempre acababa regresando. No podía dejar de ver a su familia y a sus conocidos más cercanos. Una parte de él aún no estaba preparada. Era consciente de que algún día tendría que dar ese paso y que no habría vuelta atrás. Pero hasta entonces su mente lo dejaba para un día muy lejano.

La primavera estaba llegando a su clímax y además de aparecer los signos de las flores de Shivet, las partes de magia del bosque, también tendría lugar la mayor fiesta de las plantas. Un acontecimiento muy importante para los guardianes, pues sus bosques se llenaban de colores, aromas e insectos que se encargarían de transportar los granos de polen, produciéndose así la polinización. De esta surgirían miles de frutos y semillas que germinarían en vida y riqueza para el ecosistema. Vince trataría de cuidar cada hábitat de forma que la cantidad de vectores polinizadores y plantas fuese la adecuada. Cualquier desequilibrio influiría en la supervivencia de ambas partes. Ese día se encargaría de las plantas somníferas. Tenía que procurar que las esporas estuvieran bajo control, de lo contrario serían capaces de dormir a todo el pueblo como ocurrió un señalado día hace una veintena de años y que el pueblo recordaba haber dormido más de la cuenta.

Mientras, Abbie se despertaba y desayunaba tranquilamente. Observaba a través de la ventana los tejados de las casas y se fijó en que salían humos de diferente color de las chimeneas debido a que se usaba magia, formando un paisaje realmente bonito. Incluso había nubes de color. En la ciudad no se veía nada como aquello debido a las leyes medioambientales. Preguntó a Margarett sobre su hijo ya que aún no le había visto para agradecerle el gesto que tuvo con ella al auxiliarla. A lo que respondió que trabajaba mucho y no sabía exactamente cuándo volvería. Abbie intentaba pensar sobre qué sería de ella a partir de ahora, cuando cayó en la cuenta de que estaba viviendo con una pueblerina que justamente le podía contestar a las preguntas que tenía guardadas sobre cómo era vivir al lado de un bosque de cientos o miles de años. ¿Habría alguna leyenda? ¿Fantasmas, tal vez? Se moría de ganas de saber cosas sobre los guardianes. Si lo lograba, conseguiría un gran artículo. Le interesaba mucho saber lo que opinaba la gente. Abbie era escritora y cuando escuchó sobre la figura de los guardianes del bosque y sus rarezas, no se lo pensó, cogió su mochila y se adentró al bosque. Era un tema que la mayoría de la gente desconocía o pensaba que se trataba de simples cuentos. Sin embargo, había una institución y una ley que decían todo lo contrario. Definitivamente era un tema del que investigar. Abbie bajó a la sala y habló:

—Oye Margarett, ¿es cierto que en este pueblo vive un guardián del bosque?

La pregunta puso nerviosa a la señora, que se encontraba tejiendo, y se detuvo repentinamente.

—La gente habla mucho, tú lo debes de saber muy bien por tu profesión.

—Necesito saber si es cierto o no, de eso depende mi investigación. Seres que viven en el bosque contemplando a lo lejos todo lo que en él ocurre…y ¿qué me dices de la ley del milenio? Todo el mundo debe saber qué o quiénes son.

—Lo que buscas está en el bosque. Ve y compruébalo tú misma. Yo no puedo ayudarte. A veces, lo que está oculto es porque así debe ser.

Abbie no pareció quedar satisfecha. La experiencia le decía que no todo el mundo tenía que pensar como ella. Así que lo aceptó. Pero no se rendiría. Abbie volvió a agradecer a Margarett toda su hospitalidad y en cuanto al vestido, le prometió que se lo devolvería. Tras esto, la joven cogió de nuevo su mochila y salió en busca de respuestas.

Paolín era un pueblo muy tranquilo y corriente. Abbie apreciaba la calma que había en el ambiente. Nada comparable con el acelerado tránsito de la ciudad de Fervin. Se respiraba un aire limpio y fresco muy agradable. El terreno era escarpado y como consiguiente, era fácil tropezarse. Había casas muy rústicas que integraban un pequeño establo y gallinero. Se fijó en que algunas casas estaban integradas en la tierra. Recordó haber leído sobre las ventajas ambientales de vivir en cuevas. Observó que había pendientes hacia arriba y otras hacia abajo, muy pronunciadas, que funcionaban igualmente como calles. « Esto parece un laberinto», pensó algo molesta. Debía encontrar primero una boutique para comprar ropa más acorde a sus gustos y después, reservar habitación en una posada. En la boutique se decantó por prendas sencillas y eligió unas botas cómodas que le permitieran adentrarse en el bosque. Tanto en la boutique como en la posada preguntó acerca de los guardianes y obtuvo información que le resultó bastante dudosa. Al parecer, el guardián se paseaba a menudo por el mercado del pueblo y mantenía una relación coloquial con los vecinos. Y no sólo eso, un joven aseguró que se pasaba todo el día en la copa de los árboles durmiendo. Una anciana le indicó que el guardián del bosque la ayudó con los dolores que padecía en la espinilla. Todo estaba tomando un tono muy surrealista e inverosímil. Abbie no sabía cómo tomárselo, si reír o llorar. La imagen que ella quería proyectar de un guardián del bosque no era ni de lejos la que estaba encontrando. Pero no se rendiría. Aún tenía fe de encontrar pistas de que aquel ser era más especial, más superior. Siguió ahondando camino y consiguió más datos, incluso un nombre, Vince. Abbie no se percató de que el nombre del hijo de Margarett y el que le habían dado era el mismo. A lo largo de la mañana obtuvo muchas y variadas opiniones del supuesto guardián. Visto que más de una coincidían, decidió seguir la hipótesis que relacionaba al guardián con un hombre de carne y hueso. Después de comer en un restaurante, Abbie decidió asomarse por las cercanías del bosque. Siguió un pequeño sendero que le llevó tal y como le habían contado, a un altar con pequeños obsequios que se alzaba en la entrada del bosque para conmemorar al guardián. Era un lugar sagrado y de tradición en el que la gente rezaba y pedía prosperidad para la tierra. Abbie se acercó y cruzó sus manos. Hizo una reverencia y pidió al auténtico guardián, llegar a la verdad. Tras aquello, se adentró en el bosque por segunda vez. 

26 de Junio de 2018 a las 09:59 1 Reporte Insertar 2
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22 de Enero de 2019 a las 04:57
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