Lehman Brothers Blues (El Juego) Seguir historia

J
Juan Manuel Pizzorno


Los amigos entran al bar, la gente allí presente se voltea para mirarlos, son el grupo más numeroso hasta ahora. Rápidamente se ubican en la mesa central, llamativamente más iluminada que el resto, como si el bar los designara el alma de la fiesta. El diabólico espectáculo será inigualable, los presentes quedarán atónitos.


Suspenso/Misterio Todo público.

#horror #terror #accion #juego #amigos #sangre #noche #dinero #fiesta #bar #sabado #muerto #animal #245 #perder #viernes #ganar #adiccion #banco
Cuento corto
0
4979 VISITAS
Completado
tiempo de lectura
AA Compartir

Lehman Brothers Blues


Los amigos entran al bar, la gente allí presente se voltea para mirarlos, son el grupo más numeroso hasta ahora. Se ubican en una mesa en el centro del lugar, dos se dirigen a la barra, el resto, chicos y chicas, conversan y ríen.


Se aproxima la medianoche, mientras los dos amigos vuelven de la barra con cervezas en las manos, el Mayday Bar adquiere su identidad. Se detiene la música de ambiente y se desata un Rock And Roll rápido, sucio, agresivo. La gente en el bar sonríe con satisfacción, comienza la noche, el público habitual del bar, “El May”, obtiene lo que quiere.


La música revive cualquier conversación estancada, habilita cualquier comportamiento, quema todas las etapas a transitar antes de que las parejas hablen de lo que realmente quieren hablar, no hay lugar a análisis, ataca directamente a los sentidos, no le importa lo que pensás, pertenece a cualquiera, no al que la pueda comprar.


Muros de ladrillo, mesas rústicas y hierro predominan en la decoración del bar, en la barra se lucen un centenar de botellas y el logo del May, un avión en caída libre, titila rítmicamente en luces de neón.


Sobre la barra dos jóvenes con campera de cuero hablan sobre la grabación de un álbum, empleados, obreros y estudiantes que cada siete días se transforman en estrellas under y le devuelven a la música su verdadera esencia. En una esquina, un pequeño grupo intelectuales habla sobre teorías del arte, pasarán la noche cómodamente alejados de cualquier contacto con el sexo opuesto. Cerca de la ventana, se halla un grupo de chicas adolescentes. Una llora y se abalanza sobre su amiga que entre risas aleja el celular de la chica, “No te voy a dejar que lo llames” le dice. La mayor del grupo mira al barman y asegura riendo “Tomó un daikiri nada más”. Surge así, una energía primaveral capaz de florecer en cualquier época del año, la del sábado a la noche.


Y en el centro de la escena, entre pooles, estrellas under y lentes de sol de medianoche, los amigos conversan y beben en la mesa más iluminada del bar, como si este los designara el alma de la fiesta, como si supiera que será una noche única, todos los presentes quedarán atónitos.


Uno de los amigos, que poco ha participado de la conversación, se muestra algo distante, contemplando con una mirada casi hipnotizada una pantalla sin volumen que poco protagonismo tiene en la noche del sábado. El sujeto lleva una campera negra abierta, debajo un remera blanca y un jean azul. Mira de reojo la conversación, mide las palabras, como esperando el momento oportuno para intervenir. Completan la mesa los dos amigos que fueron a la barra, Diego y Julián, una chica de pelo ondulado que lleva un ajustado vestido negro, una chica pelirroja que no ha dejado de fumar desde que entró al bar y un muchacho de camisa blanca.

El rock and roll ha sido reemplazado por un blues más suave, la conversación ha llegado a un punto donde todos se han puesto al día pero la música y el alcohol invita a confesiones, a recordar anécdotas, noches salvajes, historias de ex. Diego se voltea y dirige la mirada al sujeto de campera negra, lo incita a formar parte de la conversación, el sujeto da respuestas cortas, concisas. Sonríe confiadamente, como quien lleva un as en la manga, cambia de posición en su silla y encara al grupo, la fría pantalla de la tv pasa a un segundo plano, los riffs pentatónicos del blues se vuelven más intensos, el sujeto tiene ahora la atención de sus amigos, propone un juego.


El juego es sencillo, tiene pocas reglas, los turnos son cortos, rápidos, impredecibles. La satisfacción es inmediata, su dinámica es adictiva. Unos pocos miembros del grupo acceden rápidamente, los demás deciden jugar mostrando desinterés.


El juego no tiene cartas ni dados, los amigos son los jugadores y, a la vez, el tablero, no hay equipos, están solos, es eliminatorio, es competitivo, es destructivo. Reina cierto desconcierto entre los participantes, el sujeto se detiene explicar algunos puntos claves mientras la partida se desarrolla, el juego se vuelve fácil de comprender, fácil de dominar y de ejecutar. Termina el primer turno, algunos sacaron ventaja, no hay ganador definido.


Comienzan de nuevo, los movimientos que se daban con algo de duda ahora se dan con seguridad, los más rápidos aprovechan el estancamiento de aquellos que aún no miden la distancia del péndulo que oscila sobre su cabeza. El juego no da segundas oportunidades, requiere personalidad. Termina el segundo turno, hay un eliminado.


Los amigos se miran sonrientes, visiblemente entusiasmados, los que en un principio se mostraban desinteresados ahora reclaman un nuevo turno, los ganadores se regocijan en su victoria y creen haber descubierto la estrategia ganadora, el juego es un éxito.


El sujeto de campera negra sonríe por la popularidad de su propuesta, comienzan a preparar el tercer turno al tiempo que dice “En este juego, a los eliminados se los llama Muertos”. El muchacho de camisa blanca está muerto, como es de esperar, no tiene la menor idea de lo que ha sucedido.


Comienza un nuevo turno, los jugadores avanzan despiadados pero cautelosos, saben que precipitarse inconscientemente los llevaría directo al precipicio. Miradas cómplices recorren un sector de la mesa, la chica del vestido negro avanza, Diego y Julián se miran expectantes, como depredadores acechando a su presa, la chica cae en la trampa. Los dos amigos ríen y se chocan las manos, han ganado este turno. Ella se indigna, argumenta que no pueden jugar en equipo, el sujeto de campera negra sonríe, todo está permitido. La chica, frustrada, se aleja unos pasos de la mesa, la estafaron, está muerta.


Los dos ganadores experimentan un éxtasis único, los jugadores se vuelven completamente parte del juego, y el juego se vuelve parte de ellos. Ahora todos saben que Diego y Julián juegan juntos. Aquellos que pasan cerca de la mesa intentan descifrar de qué va el juego. Una mesera, apoyada en la barra, mira atentamente la partida. Termina el tercer turno.


El cuarto turno comienza con una extraña calma, como las primeras gotas de lluvia antes de la tormenta, nadie se atreve a hacer movimientos arriesgados, el equipo de los dos chicos juega coherentemente, han perdido el factor sorpresa eliminando a la chica del vestido, comienzan a pensar que deberían haberlo hecho eliminando a otro. La pelirroja se atreve sobre el final del turno, el sujeto de campera negra se alarma, hay algo que no vio. La pelirroja continúa en su avance. Termina el turno. No hay eliminados pero el sujeto ha sido sorprendido, ya no hay margen de error, sabe que está a un paso de abandonar la mesa de los jugadores. A pocos pasos, desde la mesa de los muertos lo miran y le ofrecen burlonamente una bebida, la chica del vestido luce una extraña sonrisa demencial.


El equipo de Diego y Julián no ha mostrado algún progreso, están estancados, la pelirroja se posiciona ahora como una jugadora sólida. El juego es impredecible, es indescifrable, es una incógnita. Termina el cuarto turno, no hay muertos.


Comienza un nuevo turno, una pequeña multitud se ha formado alrededor de la mesa, meseras, el barman, los jóvenes de campera de cuero, se transforman en público, como audiencia de coliseo viendo gladiadores destruyéndose los unos a los otros. El juego es adictivo, es irrenunciable, la euforia instantánea de la victoria es equiparable a cualquier narcótico, similar a una enfermedad, similar a ganar dinero. Las miradas sobrevuelan el mantel de cuero y los amigos se acribillan con ellas.


El juego está rodeado de fantasmas, aquellos más expertos no pasan por alto la expresión de un jugador cuando ve uno, Diego acaba de verlo. Una grieta se abre en el bar mostrando un milagroso impulso, necesario para mantenerse en competencia, una música hipnótica que solo Diego puede oír. El juego invita constantemente a la traición, fantasma que, inexorablemente, llega un punto de la partida en que se hace presente, toca el hombro de su víctima con su fría mano, toma su bebida, su lugar y lo condena al olvido.


Termina el quinto turno, Julián está muerto, su amigo lo mató. El público sonríe y algunos aplauden la atrevida jugada. La víctima no dice nada, la más mínima traición basta para desatar la verdadera naturaleza de las personas, mira a Diego con un odio demoníaco, este le devuelve una fría sonrisa. “Estás muerto”, le susurra.


Julián abandona la mesa, golpea las puertas del bar y desaparece de la vista, se escuchan gritos desde la calle, el freno brusco de un auto, insultos. La gente de seguridad, completamente ausentes, en trance, cautivados por el juego, han olvidado ya su tarea.


El juego está en una nueva etapa, la de sobrevivir a cualquier precio, no hay amigos, hay complots, todas las sociedades se reducen a traicionar o ser traicionado, el único impulso que surge es el de mantenerse con vida. Se desarrolla rápido, no hay lugar a distracciones. El lugar que ocuparon los amigos cuando llegaron al bar, llamativamente más iluminado que el resto, como si de un escenario se tratara, cobra sentido. Meseras, barman, seguridad, estrellas de rock amateur, jóvenes de campera de cuero, intelectuales, borrachos de madrugada, adolescentes despechadas, hoy son todos testigos de un espectáculo extraordinario. El juego, el alcohol, y viejo blues del Mayday Bar, ofrecen un espectáculo único.


La partida es intensa, las ineludibles emociones que atraviesan la mente de los jugadores se transmiten al público. Todos involucrados, quieran o no, en el juego.


Algo le ocurre a la pelirroja, el ruido del sábado a la noche se enmudece a su alrededor, las luces reducen su intensidad, la música se ralentiza y se distorsiona, alguien ha llegado al bar, alguien que sin pedir permiso ni rendirle cuentas a encargados de seguridad se hizo presente, se adueñó de la barra y ahora, desde la distancia, observa y espera.


Un frío le recorre la espalda pero ella no se alarma, intercambia una mirada con el recién llegado, sabe que está de su lado, tiene delante suyo una oportunidad, el miedo invade su mente. La partida continúa, el público se muestra impaciente, el silencio entreteje las miradas, las manos sudorosas de los jugadores empiezan a temblar, la pelirroja avanza con un movimiento imposible de esquivar. Se hace un silencio en el bar, el desconcierto invade la escena, de forma inexplicable el sujeto de campera negra está muerto, víctima de la chica de pelo rojo.


El sujeto respira violentamente, repasa en su mente los últimos movimientos. ¿En qué falló? ¿Qué no vio? Quiere gritar, se levanta de la mesa y se dirige lentamente a la salida del bar. La chica sonríe confiadamente, Diego la mira confundido, el público aún descifra lo que acaba de suceder.


El sujeto de campera negra detiene su marcha súbitamente, voltea hacia su asesina, su expresión encierra un odio animal, primitivo, un dique en el punto de quiebre. El rostro de la pelirroja se transforma en un cuadro de horror.


“¡Hizo trampa!” Grita el sujeto. El público se espanta, el recién llegado en la barra lanza una carcajada, la multitud se abalanza sobre la chica, ella rompe una botella contra la mesa y se agazapa como una fiera acorralada, mira a la barra, el hombre se desvaneció pero su risa aún resuena en el bar.


El sujeto de campera negra alcanza a tomar por el cuello a la pelirroja decidido a estrangularla. Gente del público intenta detenerlo. “¡Mátenla!” gritan otros. Ya no hay amigos, ni empleados, son todos jugadores.


El volumen de la música aumenta, vibran los vidrios, el blues, los gritos y el pánico, se transforman en una sola canción. La chica, presa del pánico, intenta defenderse del linchamiento, grita y araña a sus verdugos, el sujeto de campera negra no retrocede, la quiere muerta.


Entre el tumulto y el espanto, la música suena mejor que nunca. El juego no termina, se escabulle entre la multitud y abandona el bar con la calma de quien es dueño del tiempo. Se trepa al viento y se dispersa en tibia noche primaveral, surfeando las vertiginosas luces urbanas, diseminado por los bares de Buenos Aires.


La canción se acerca al final, coros femeninos tensionan armónicamente, la negra voz del cantante lanza el último grito, hombres someten al sujeto de campera negra, la pelirroja yace tendida en el teñido piso de madera, botellas rotas, sangre y alcohol completan la cuidada estética del Mayday Bar. Las adolescentes lloran desconsoladamente, el público se mira desconcertado, se acusan los unos a los otros. La banda ejecuta el último Turnaround del viejo blues, la fría pantalla de la TV anuncia la quiebra de Lehman Brothers.


Siempre hay una última vez para todo, aplausos y platillos mientras los vientos se desvanecen en la canción clásica del Mayday Bar, el guitarrista toma la Strato y culmina así, un final inolvidable. 

12 de Junio de 2018 a las 14:23 0 Reporte Insertar 0
Fin

Conoce al autor

Juan Manuel Pizzorno Take a walk on the wild side ♫. '97.

Comenta algo

Publica!
No hay comentarios aún. ¡Conviértete en el primero en decir algo!
~