Las negras plumas que brillan entre la bruma. Seguir historia

borja-freire Borja Freire

En este mundo no hay cabida para pusilánimes, cruentas criaturas se cobijan en las sombras, pero el miedo aquí puede ser tu mayor enemigo.


Fantasía Medieval Todo público.

#magia #fantasía #mitología
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Un extraño visitante

«Entre tantos deseos, entre tantos caminos, entre tantos cielos que parecen no conocer fin; entre todas esas altas montañas, no he sabido encontrar un sitio que pudiera llamar hogar.»

En el preludio de este mundo, no había nada a parte del caos reptante que regía en la inmensidad que era la nada,por doquier deambulaba una penumbra más oscura de la que conocemos, tan oscura que es lo que más teme miedo. Pero la penumbra se sentía sola y vacía, y ante ese sentimiento decidió reaccionar errando en la vacuidad cósmica. Sin saberlo, escapaba de si misma.

Mientras la oscuridad escapaba de ella misma surgió el tiempo.

El tiempo y el caos convivían en la oscuridad y fue en esos momentos en los que que se rozaron estos dos y en la intimidad de la penumbra crearon la luz.

Cuando la luz surgió se enamoro en el primer instante de vida de la oscuridad y juró que algún día la abrazaría hasta que el tiempo dejará de cesar. Pero por injusticias de este mundo, nunca podrían compartir un mismo espacio y ambas estarían anhelando eternamente fundirse en un solo ser.

Ambas se cansaron de estar siglos persiguiéndose y comenzaron a lamentarse, y sus lastimeros alaridos originaron el sonido.

Cuando el sonido surgió hubo un estallido en todo el caos penumbroso sobre en el vagabundeaban algunas luces. Fue la mayor explosión que hubo y habrá. Se originó una bruma a raíz de la explosión, una bruma que empezaba a dispersarse en la inmensidad de la oscura inmensidad. El sonido vio la desolación y el mundo en que le tocó vivir y comenzó a emitir la melodía. La mas dulce y armoniosa melodía que nos podamos imaginar, nacida desde el más puro dolor. Esta se mezclo con la bruma creando colores y tonos indescriptibles. La bruma comenzó a brillar, y a esta bruma la melodía del primer sonido que la dotó de vida. De aquí surgió la mayor beatitud imaginada por cualquier artista. Fue este preciso momento el nacimiento de Ionütham, el retoño de la nada y regidor del mundo.

Al nacer observó perplejo los colores en una bruma multicolor, y escuchó la una música de inefables notas. Comprendió que era el vástago del todo y la nada.

Ionüthan alcanzo la comprensión gracias a su omnisciencia que era el ser perfecto e irrepetible. Y a su vez retoño de la muerte,paradójicamente la muerte que regía la nada fue lo que le dio la vida. Comprendió a su pesar, que aunque fuera el ser más poderoso y primigenio de este mundo, era también consciente de que llegaría el fin al propio tiempo. Sucumbiría ante la muerte para volver al origen.

Como un niño asustado, ante la funesta idea de que la muerte le agarraría con su fría y decrépita mano y lo perdería en la inmensidad. Surgió en el un anhelo de desprenderse de ello y su angustia derivó en un alarido de desesperación,tan potente e iracundo fue este alarido cargafl frustración que retumbo todo el mundo y ordenó así el caos.

El mundo comenzó a retumbar como un redoble de tambor, la ira de incomprensión de Ionütham mutó en nubes y una tormenta donde los rayos caían por doquier. Fue así como Ionütham se desprendió del peso de la muerte y alcanzó la inmortalidad. Al liberarse de ese miedo que sentía hacia la muerte, hizo que ese miedo errara sin cesar por el tiempo venidero; y atormentara a todos los seres que estaban por llegar.

A este miedo se le conocería como el mal que atormentaría la vida de muchos y decidiría la historia .

Tuvo así su primer hálito de tranquilidad y respiro de manera apacible, de estos respiros surgió el viento.

En ese preciso instante Ionütham se sintió perdido en la soledad de la tranquilidad. Era consciente que no habría otro ser tan poderoso y con un saber holistico del mundo. Decidió entrar en letargo durante

unidades de tiempo que para la chatedad de nuestras nuestras mentes es incomprensible, y así medito sobre el arribo de nueva vida .

Pero antes de hacerlo decidió concentrar en este mundo todo su poder. Decidió que sería el observador del mundo, y al irse su poder cayó en un punto entre luz y penumbra y al colisionar surgieron los 6 vástagos de Ionutham:Greynius,Loriem,Atagoliath,Tartanus,Firelaum y por último Kur. Kur era el retoño más poderoso y veía todo con otra perspectiva que difería con la sus hermanos. Era un ser con malicia ilimitada, y un sin fin de astucia, en un futuro de esta historia atormentará al mundo desde las más recónditas sombras. Pasaron miles de años de la creación, pero consido que origen de cada historia evoluciona de una manera definitoria. Si naces en un ambiente destructivo, y consigues escapar de él para alcanzar tus objetivos,por poco meritorios que sean, es diferente a criarte en una atmósfera que te allana el camino de los obstáculos. Y esta es una historia en la que ha habido obstáculos desde su nacimiento.

Era el invierno crudo y desolador que había pasado por Villacuervo en las últimas centurias. No obstante, sus habitantes tan trabajadores tenían que salir de sus roñosas y húmedas viviendas al gélido frio, salían a realizar sus duros oficios para ganar un magro sustento que los hacía sobrevivir un día más en este mundo de valientes. Ay, la buena gente de Villacuervo... siempre sumergida en su silencio, desde que nacían eran marcados con el estigma que el frio desgarraba en sus pálidas pieles y en su carácter. Esos fríos corazones de escarcha albergaban benevolencia pese a la triste existencia que se asentaba en este invernal paraje.

Había entre estas gentes con almas de hielo una familia, cuyo linaje se decía que ardía como el fuego. Era la familia Freinan. Según las arcaicas leyendas que moran en el aire frio, el primer Freinan conocido, Fronus, fundó este pueblo tras matar un gigante que destrozaba la naturaleza a su paso. Los cuervos del bosque de platino, llamarón a Fronus para que acabará con el gigante, la escaramuza se llevó a cabo donde hoy es Villacuervo, con la ayuda de los cuernos y la bravura que ardía en el corazón de Fronus, el gigante pereció. Sus huesos fueron empleados para la estructura del Bastión de los Freinan, que corona la colina que se levanta entre Villacuervo. Según esta leyenda, Fronus marchó poco después de construir con la ayuda de su gente este formidable bastión, y dejo a los cuervos como guardianes. En la actualidad, esta gran fortaleza, sirve como vivienda para sus descendientes.

Este viejo emplazamiento generaba la idea al verlo que había sido creado en una zona estratégica, la cual era infranqueable. Por sus laberinticos pasillos caminaba un joven que estaba destinado ser el siguiente señor de Villacuervo dado que era el último de su apellido. Se llamaba Benrir Freinan, era un joven que no pasaba la veintena, su altura era desbordante y su inteligencia de lo más aguda, tan aguda era que a los ojos de la mayoría podía parece un idiota más que se deja hundir por la vulgar muchedumbre. Sus ojos eran marrones, eran ojos donde parecía habitar un simún que soplaba con vehemencia. Su carácter era de lo más lacónico, pasaba largas jornadas devorando los libros de sus antepasados. Esos libros que hablaban de tierras allende a estas yertas tierras. Le fascinaban los libros que habían llegado por mediación de ante pasados de tierras meridionales y hablaban de sus bonitos lagos y bosque, de la magia que Ionuthan había otorgado algunos privilegiados. Pero sin duda, lo que más morbo le causaba eran las narraciones de las criaturas de los bosques olvidados, esos bosques en los que muchos se adentran y pocos vuelven, esas tierras salvajes donde inteligencia y fuerza pueden ser enemigas tuyas, donde las sombras ondulan como las olas tormentosas, y en su oscura composición se esconden esas viles criaturas que atacan a cualquier aventurero que osa traspasar el umbral de los bosques oscuros. Su sueño era escapar a las obligaciones que le exigirían en un futuro su apellido, quedaría en su bastión viendo como el frío hacia mella en su corazón, creando un carácter en consonancia con el clima. Sus padres, sin embargo, disfrutaban de una vida cómoda que les brindaba su apellido y las riquezas del pasado que sobrevivían. Solo se preocupaban de la apariencia que tenían hacia el vulgo. No obstante, su madre era muy querida, ella quería ser querida, su piel de marfil y sus buenos modales para con la plebe la hacían muy elogiada entre las comidillas locales de Villacuervo. Pero su padre era el temido Señor Edgardo regente de la villa, era una persona ambiciosa, sin escrúpulos, que solo quería lo que su apetencia le dictaba. No le importaba desollar a alguien si oía en un murmullo su nombre acompañado con un término peyorativo. Era despiadado, pisoteaba a los pobres que vivían bajo el yugo de su tiranía. Era tal su altanería que hasta era repudiado por su único hijo, Benrir.

Uno de esos días donde sol y frío conviven en perfecta armonía, Benrir oteaba el bosque que circundan Villacuervo, desde la colina en la que se asentaba su morada. Tenía una extraña sensación, y era que le parecía que de los arboles venía un murmullo que era de heraldo de un giro en su aborrecible existencia. Sentía como los nervios chocaban en las paredes de sus intestinos. Era inexplicable, pero al cabo de un rato captó que alguien un forastero se acercaba a Villacuervo, pero al cabo de un buen rato observó cómo entraba en el pueblo. Era curioso, por Villacuervo no solían pasar muchos foráneos. Pero había algo más, algo que llamaba la atención de Benrir por completo y era que esta misteriosa persona subía la escalinata que lo conducía al bastón. Cuando estaba a mitad de camino, Benrir se dio de cuenta que era un anciano, tenía una piel tostada lo que denotaba que venía de territorios meridionales. Su complexión era fuerte para tratarse de un anciano, su barba larga y picuda, oscura como el azabache y con alguna que otra cana. Su pelo estaba rapado. Cuando estaba a escasos metros del umbral, Benrir vio que tenía multitud de cicatrices en el rostro. El anciano iba cargado con sacos y el joven se acercó para ofrecerle ayuda.

-Gracias por ayudar a este pobre anciano... - Dijo el anciano con voz trémula y preguntó- ¿Por causalidad vives en esta fortaleza?

- Si, soy hijo del Señor Edgardo de Villacuervo. - Benrir pudo observar que lo que traía en los sacos el anciano pesaba, y vio que su ropa estaba manchada de verdín y barro por lo que dedujo que había caminado por largas jornadas y en circustancias climatológicas adversas.

Pocos son los valientes que caminan solos por esos bosques malditos, en los que la sombra te persigue, y hace sentir al corazón más viejo un niño que juega al escondite con la muerte. El anciano me miraba con curiosidad, había en su mirada un sentimiento de afabilidad que Benrir no comprendía.

-Esto sigue igual, Benrir. - Dijo el anciano, para la sorpresa de Benrir sabía su nombre, sin que el joven lo dijera y el anciano prosiguió- Ya que me sé tu nombre estoy obligado a hacerte saber el mío. Me llamo Rhidall, vengo a implorar al señor del bastión sustentos que sacien la fatiga que me persigue en el duro camino en el que me hayo. Antaño venía con frecuencia por estos bosques, Villacuervo era una parada obligatoria en mis travesías. Dada la amistad que me unía a los de tu casa, tu abuelo me entregó un cuervo, y créeme que no era un cuervo cualquiera.

Ya casi estaban en el umbral de la descolorida fortaleza, carcomida por la humedad y la despiadada lluvia que batía con vehemencia en la fachada en los días más crudos.

-Entonces, ¿Conociste a mi abuelo, el señor Averius? - Preguntó con excitación Benrir.

- ¿Si lo conocí? Éramos grandes amigos, yo siempre lo socorría en esos tiempos de necesidad donde las amistades se desvanecen. Oh, tu abuelo blandía su martillo como ningún otro hombre, era el terror en el campo de batalla, su cuervo albino me lo dio como muestra del afecto que había entre ambos. Ya tendremos tiempo para contarnos esto, ¿No crees? Ahora condúceme hasta tu padre, Benrir- pidió cortésmente Rhidall.

Para Rhidall el bastión seguía estando igual que en sus anteriores visitas. Aunque ahora parecía que tenía una lobreguez que antaño no apreciaba, pese al buen tiempo que hacia ese día. Quizás esa oscuridad se debía a que no estaba a su mando alguien quien tuviera fuego corriendo por sus venas, alguien carente de espíritu como era Edgardo. Lo que seguía talmente como en tiempos pretéritos eran los cuervos en su tejado apiñados oteando el níveo horizonte, ellos eran los verdaderos guardianes del bastión que se le eleva en Villacuervo. Benrir condujo al extraño anciano a su padre guiándolo en los laberinticos pasillos. Las paredes estaban repletas de telas de araña en cada esquina. Una vez llegaron al salón donde solía descansar Edgardo, la añosa persona le saludó con afecto. Pero el padre de Benrir no reconoció al anciano, y mostró una actitud arrogante y ademanes violento. A lo que el anciano replicó.

- Acaso, ¿niegas brindar ayuda a un íntimo amigo de tu padre? ¡Te conozco desde que eras un niño que se comía sus sucios mocos! Con esa actitud tan pretenciosa estás tiznando el apellido Freinan- Exclamó el anciano.

Había unos cuantos guardias, que estaban tras el asiento del reí que rieron al escuchar al viejo, pero en el acto recuperaron su intimidante semblante y miraron de hito en hito a los ojos del decrepito viejo. Edgardo parecía furioso, pero miraba fijamente al anciano, estudiando cada milímetro de su rostro, y sus facciones.

- Rhidall, si eres tú, pensé que las larvas de la locura se habían alimentado de tu mollera y te habían hecho caminar sin rumbo en la vastedad de este mundo, y veo que se siguen alimentando de lo poco que te queda en esa cabeza, por como osas hablar al señor de Villacuervo- Dijo Edgardo furioso, con esa altanería que solo alcanza la gente de su alcurnia.

El anciano rio con vehemencia. Edgardo estaba recordando, que ese viejo chiflado era el hechicero del difunto Averius, ''Hechicero'' Le hacía gracia, como si la magia existiera y si eso no fuera lo bastante absurdo, le parecía de incrédulos creer que alguien fuera capaz de dominarla. La última vez que había visto Edgardo a Rhidall, este apenas tenía los siete años cumplido. Recordaba que se había ido despidiéndose con gran cariño. Averius, el padre de Edgardo le había entregado un cuervo albino en la gran despedida.

- Vengo a cumplir la voluntad de tu padre, pues es mi empresa entregar a tu hijo la herencia de Averius a tu único retoño.

- ¿Cómo? ¿De qué herencia estás hablando, viejo chiflado? Todas sus posesiones pasaron a mí- Dijo con gran petulancia el enojado Edgardo.

- Tu padre jamás confiaría sus bienes más preciados en alguien que cree que la magia es una chifladura, que poco conocías a tu venerado padre, y que poco te pareces a él. – Replicó el anciano mientras miraba con un gran desprecio en su mirada los nerviosos ojos de Edgardo. - Tu padre eludió darte todo eso, porque eras su hijo, y te conocía mejor nadie, aunque no lo creas. El sabía que en tu corazón habitaba una perversión indómita. Cuando murió, cuando Benrir apenas era un niño, me dijo que le diera a tu hijo, sus dos queridos bienes. Pues no veía en él un simple nieto o un simple heredero, veía la llama del apellido Freinan en sus ojos. Cosa de la que tu careces, Edgardo. Y tras verlo cuando el muchacho se ofreció cortésmente a ayudarme con mi carga, pude corroborar lo que decía tu difunto padre. Pues ahora sé, tras mirar los ojos de Benrir porque tu padre me dio el beneplácito con obsequiarle con sus reliquias.

Edgardo, estaba realmente colerizado, miraba al antiguo hechicero de Villacuervo con un odio inenarrable, y apretaba los puños con todas sus fuerzas. Se respiraba, tras las palabras del anciano hechicero, una calma, una de esas calmas que anuncian una próxima catástrofe. Y así sucedió.

-¡Guardias, apresar a ese hechicero del tres al cuarto!- Gritó Edgardo - Osas venir a mi morada, y osas ensuciar el nombre de mi padre con sus mentiras. Pero tu osadía la pagarás con sangre y lágrimas, Rhidall. Créeme, tus simples trucos de ''Magia'' No van salvarte del castigo y humillación que voy a propinarte.

El anciano hechicero rio con vehemencia, su carcajada inundaba el salón. Edgardo fue poseído por la cólera y la ira, y desenvaino una espada que tenía en su atuendo y arremetió contra el anciano. Pero para sorpresa de Edgardo y su mujer, de los guardias y de Benrir, aconteció algo totalmente inesperado. El cuerpo del anciano pareció llenarse del vigor de un héroe mítico, su cuerpo vomitaba un aura purpura. Y clamaba unas palabras melódicas, con una voz gutural de la que no había dado muestras que podía emular. Obviamente se trataba de un hechizo. La espada que empuñaba Edgardo en dirección al cuerpo de Rhidall, quedo al rojo vivo cuando rozó el aura purpura. La hoja ahora se derretía y el acero goteaba, cayendo en el suelo. La empuñadura se derritió en la mano de Edgardo, que cayó. Postrándose de rodillas, no cesaba de llorar y gritar por el dolor que le había provocado que se fundiera la empuñadura en su mano.

- Con mano férrea has gobernado este arcaico pueblo. Recoges lo que has sembrado, ahora el metal se solidificará en tu mano, te entrego la libertad de intentar gobernar el dolor que esto producirá en ti. – Dijo el mago.

Digo mago, porque eso es lo que realmente era el anciano, que era tomado por un simple hechicero. Y como tal, supo guardarse una carta bajo la manga, una carta mágica. Después de la demostración de poder que había realizado Edgardo emitía alaridos que dejaban mostrar un dolor que haría estremecerse hasta al mismísimo demonio. Estaba de rodillas gimoteando como un niño que conoce el terror que infunde la muerte. Era Edgardo, ahora ante los ojos de los presentes un niño aterrado que se había escondido tras una máscara de terror y el mago se la había quitado mostrando su verdadero ser, una persona con dolor.

-Créeme, Edgardo. Venía aquí con buenas intenciones a cumplir el último anhelo de tu padre- Dijo Rhidall, mientras caminaba hacía el dolorido que estaba postrado de rodillas. - Tu padre me entregó a Gindrakos, su fiel cuervo blanco en nuestra despedida como sé que bien recuerdas, no fue un simple obsequio. No, fue el intermediario en nuestra comunicación, pues tu padre antes de morir me contaba que tú, Edgardo eras una persona fría que traería la amargura a Villacuervo, que eras un cobarde y ahora he podido comprobarlo por mí mismo. Pero el bueno de Averius tenía una esperanza, y era Benrir.

El mago estaba ante Edgardo, que estaba de rodillas siguiendo llorando por su indómito dolor. Rhidall, tenía un semblante de lo más solemne, posó su mano derecha en la frente del padre de Benrir. Y el aura violeta que había salido con anterioridad de él cubría a ambos. Los azules ojos que tenía Rhidall ahora habían tornado a un color violáceo. Los guardias estaban pasmados, sin saber lo que hacer y en que creer. Un ventoso torbellino purpura se alzaba entre las sombras del salón iluminando cada recoveco. El dolor de Edgardo parecía irse en esta mágica estampa que había ante los presentes que se hallaban en el salón.

- ¡He apaciguado tu dolor para que escuches y reflexiones sobre lo que tengo que decirte! - Exclamó el mago con vehemencia. - Eres la vergüenza de tu venerable linaje, por el amor de Ionuthan, eres hijo de Averius y en tus venas corre la sangre de Fronus. En ti se plantó la semilla de la lujuria, y tu voluntad de sublevar a todo lo que se pone por delante, ¡Tiznas el apellido Freinan! No he impedido tu trato con esta pobre gente que habita Villacuervo, por respeto a tu difunto padre. Pero no voy a dejar que encierres a Benrir en una obnubilación que lo aísle del honor y reputación que tienen los Freinan, ¿Me oyes? Mi empresa era traer las reliquias de Fronus aquí, esa es la empresa que me encomendó tu padre, y a través del cuervo albino me dejó bien claro. He venido aquí, desde las tierras meridionales, cruzando bosques y desiertos ásperos, donde criaturas sombrías me han seguido y atacado, con el propósito de cumplir la última voluntad de t padre y lo que me llevo a cambió es ver que su hijo a destrozado toda buena usanza y hacer vivir a los pobres hombres y su hijo bajo un yugo de terror. ¡Pagarás por llamarme viejo loco! Y también, pagarás por la mala vida que has dado a esta pobre gente.

Rhidall, clavó sus uñas en el cráneo de Edgardo desgarrando el tejido cutáneo. Y pareció como que toda su aura se concentró en sus manos y se vertió en los cortes que le hizo Rhidall a Edgardo. Edgardo palideció, y gritó tanto que su grito podría llegar a las estancias divinas de este mundo. El mago, se alejó el cuerpo que no cesaba de convulsionar y retorcerse. Y se acercó a Benrir con el semblante más afable. Benrir estaba asustado tenía miedo de Rhidall.

-Joven, no te asustes. Solo he trasmutado el dolor que tu padre ha ocasionado durante todo este tiempo, puede decirse que le he dado de probar un poco de su veneno. - El mago agarró con delicadeza y ternura la cabeza del joven y le dijo. - Eres la viva imagen de Averius, quiero darte lo que te pertenece, pero también quiero ofrecerte que vengas conmigo y cumplas los sueños que has leído durante tanto tiempo en tu biblioteca. Tienes la oportunidad de quedarte aquí, siendo un buen señor para con Villacuervo o venirte conmigo y ser héroe de tantas canciones, o hundirte conmigo en la mísera penuria. Si vienes conmigo conocerás el pasado de tu casa y honrarás a Fronus Freinan. Lo dejo a tu albedrio.

-aj, no vayas con el... Quédate, por favor- Gimió entrecortadamente el padre que seguía gritando de dolor.

Benrir miró a ambos, y abrazo a su padre y luego a su madre.

- Me voy con Rhidall, creo que es lo que hubiese querido mi abuelo. No valdría para tener vuestra mísera vida que espera inundar el mayor de los vacíos con simples riquezas. Volveré aquí para ser señor de Villacuervo, cuando sepa que es ser un señor de verdad.

- ¡No, no vuelvas, Benrir! Ya no eres mi hijo. Vete con ese viejo chalado y pudriros en los sórdidos excrementos que hallareis en los senderos. - Exclamó Edgardo, mientras su mujer lloraba desconsoladamente por la pérdida de su hijo. Pero un ataque de cólera le hizo olvidar su profundo dolor. Y clamó. - ¡Guardias, vuestra empresa es obedecer mis mandatos, y ahora os obligo, a que deis muerte a ese vulgar hechizero! No os os dejéis amedentrar por sus magros poderes.

Los guardias, dubitativos, se acercaron paulatinamente, tanteando al anciano. Benrir se escondía tras el mago. Y Rhidall dijo con una solemne tranquilidad.

-Creéis que podéis atacarme e impedir mi huida, pero desconocéis los limites de mi poder. Tengo la capacidad de leer en lo más profundo de vuestros corazones, y podría desgarras los frágiles tejidos de vuestros sentimientos y materializar los miedos más recónditos que se agazapan en vuestras magras molleras.

Pero la insensatez obró por parte de los guardias de Rhidall, y desenvainaron sus espadas. Y rodearon a Rhidall. Y este volvió a amortajarse en su violácea aurea. Y las ventas de la habitación de la fortaleza se abrieron. Rhidall comenzó a silbar con vehemencia. Y el ya mencionado cuervo albino, Gindrakos, entró volando rodeado de un séquito de cuervos. Todos arremetieron contra los guardias y Edgardo, Rhidall y Benrir aprovecharon la confusión de la envestida de las volátiles criaturas, y huyeron corriendo. Al salir, de los muros de Villacuervo, Rhidall explicó a Benrir que no atacó a los guardias destruyéndolos porque no obraban a su albedrio, sino que eran los títeres de unas manos cortadas, que se cortaron quitando las espinosas zarzas de un camino perdido en la abundancia.

Y el joven Benrir, salió de Villacuervo. Saliendo de la jaula donde estaba preso sin saberlo desde que nació. No sabía a donde iría, si iba a morir pronto o vivir aventuras. Pero eso no importaba porque Benrir se sentía libre por primera vez en su vida.

Capitulo 2

Benrir veía de lejos Villacuervo, estaba caminando en los bosques que rodeaban su antiguo pueblo. No sabía si estaba triste o contento, simplemente tenía una sensación de sosiego, lo inesperado mostraría sus mejores galas ante él, de eso no cabe duda. Rhidall caminaba junto a Benrir. El bosque era un océano verde en el que estaban sumergidos ahora, Benrir desde su vieja morada siempre pensaba que estaría cargado de vegetación, como un bosque primaveral. Pero no sabía que una vez dentro de este bosque caminaría bajo un techo de nudosas y enmarañadas ramas que no deja traslucir los débiles rayos de un sol invernal. A Benrir le comenzaba a causar gran fascinación Rhidall, porque en el bosque parecía ser parte del susodicho bosque. Sus ojos parecían conocer cada raíz, cada brizna de hierba, era realmente excepcional a la par de curioso. Estuvieron tras salir de Villacuervo un largo tiempo en silencio, el que quebró el silencio fue Rhidall.

-Benrir, tienes la oportunidad de echar un último vistazo a Villacuervo, casualmente lo último que verás es el bastión que has habitado durante estos años. Pero que las añoranzas no te consuman, los cuervos que eran tus únicos compañeros fieles de vivienda nos seguirán, estoy muy seguro. Pues esos cuervos, son más listos que muchos hombre y elfos, querido Benrir.

Benrir miró por última vez mientras caminaba marcha atrás, lo que decía el mago era cierto. Se veía esa vetusta fortaleza que coronaba Villacuervo, ahora parecía que la hierba que tapizaba el bosque lo iba engullendo paulatinamente.

-Rhidall, antes ¿Qué es lo que has hecho? Me sorprendió mucho, y hasta aterrado, a decir verdad.

. Solo ha sido una demostración, tu malévolo padre merece saber de lo que es capaz un simple hechicero. - Dijo Rhidall que reía con fuerza. – Tu padre quería las reliquias de Fronus, solo por egoísmo. Ahora que lo pienso no te las he dado.

-Pues no- Interrumpió Benrir. Y añadió- Sé quién fue Fronus. Pero... ¿Qué son sus reliquias?

El mago lo miro con una seriedad muy grande, deteniéndose en el camino.

-Te explicaré todo cuando hagamos un alto, benrir. Pues es posible que seres sombríos estén siguiéndonos. Son espías de una fuerza maligna que es menester que acabes conociendo, pero ya te hablaré de todo esto cuando lo crea conveniente, ¿De acuerdo?

-Bueno... Me incomoda lo que me estás diciendo, ¿No podría dar la vuelta? Creo que no estoy seguro de ir contigo después de lo que acabas de decir... De hecho, no sé ni porqué he ido contigo ni sé a dónde nos encaminamos. Todo ha sucedido muy rápido.

- Benrir, te suplicó que estés tranquilo. No solo he venido, a darle una lección al canalla de tu padre. He venido porque corres peligro. Villacuervo estaba rodeado de sombras sedientas de tu sangre. Antes te dicho que podías quedarte y ser un buen señor, porque ví en tu mirada que accederías a venir conmigo. Créeme, allí no solo estarás tu en peligro, sino que tu madre y la pobre gente.

Estuvieron atravesando el bosque hasta que el sol declino y la oscuridad comenzaba abrazarlos con sus soporíferos brazos, los reflejos platinos de la luna se vertían entre las ramas, esos flamantes fulgores que doman a cualquier bestia. Benrir se encontraba cansado por lo que pidió a Rhidall de buscar un sitio donde dormir. Rhidall, no lo pensó mucho, la primera planicie que encontró libre de raíces y piedras afiladas la uso como un campamento. El joven estaba asustado en medio de esa densa oscuridad que parecía tener viva propia. Tenía a Rhidall al lado, y no lo veía, no veía ni la mano cuando la ponía a centímetros de sus pupilas. Imploró a Rhidall que encendiera una hoguera, pero mago no se mostró muy convencido con esta idea. Tras muchas imploraciones y suplicas acabó accediendo a los ruegos de su joven amigo. Tras esto, Benrir volvió a tener la oportunidad de ver una muestra de la mágica destreza de Rhidall. El mago apiló unos cuantos palos que estaban diseminados por donde estaban, Rhidall parecía ver como una lechuza en la oscuridad, los depositó frente a Benrir y con su mano derecha provocó en la madera una fogata. Benrir se sentía tranquilo al estar a la vera del fuego. Esa noche pese a todo durmió plácidamente, tuvo sueño de lo más tranquilo, pero cuando se despertó al rayar el alba se llenó de consternación pues no había estos del mago, había desaparecido. Benrir cayó prosternado, su imaginación no cesaba de evocar tristes sucesos como que el mago lo había dejado desamparado en ese bosque, o que una vil criatura lo arrastró a las tinieblas de la noche. El pobre e infeliz Benrir, tampoco sabía regresar a Villacuervo, pues en el bosque había infinidad de caminos y pocas referencias naturales que a él le sirviesen de orientación. Decidió esperar, no paso mucho rato cuando Rhidall apareció de súbito entre la frondosa maleza del bosque.

-Querido compañero, he ido a buscarte un buen desayuno. Hoy quiero avanzar con más premura. He tomado la determinación de que avanzemos esta jornada sin descanso... Pues quiero salir de este bosque que me priva de descanso. Y buscar un sitio más tranquilo para dormir pues no concilio el sueño, la pasada noche la pasé en estado de vigilia velándote. - Confesó Rhidall, quien mostraba un aspecto muy cansado.

- Como quieras, Rhidal. Eres tú el que me guía en este camino a tierras desconocidas. Dejo que encamines mis pasos. - Dijo Benrir.

Durante tres mañanas se repitió la misma escena, en la que Benrir se despertaba asustado y se encontraba solo en la inmensidad del bosque. En esos momentos meditaba sobre el giro que había dado la rueda la fortuna en su vida. No sabía si era el sendero que les quedaba por delante o los paradigmas que había dejado sin resolver Rhidall, pero Benrir cada vez que veía al mago aparecer entre la herbosa frondosidad del bosque sentía que había una fuerte comunión entre ambos, una amistad inefable que venía de tiempo que ni siquiera Benrir recordaba por su inexistencia. Así fueron tres alboradas más en las que Benrir se despertaba, como triste como un niño que aún era perdido en una nudosa inmensidad. En estas tres mañanas Rhidall siempre se acercaba con el desayuno, secaba las lágrimas que afluían en los ojos tristes de Benrir. Fue así, como la cuarta noche tras un día entero caminando sin descanso, durmió de la misma manera que las anteriores veces. Rhidall generó con su fuego una nueva fogata, Benrir dormía apaciblemente. Pero esta vez, el joven despertó en medio de la negritud nocturna por una pesadilla que había azotado su descanso. Reinaba un silencio en la noche, un silencio intranquilo que a veces era quebrado por el alarido de los árboles, o el crujir de las hojas que hollaba un animal que efectuaba la caza en la noche. Benrir, se sentía más solo que nunca, es duro para cualquier alma verse envuelto por las tinieblas, y más duro aún, que tu única compañía sea la soledad. El joven no sabía si clamar el nombre de su anciano amigo, por si alguna criatura que mora en las sombras de la noche lo atacará sin piedad. Pero su intranquilidad fue en aumento al escuchar como la quietud que reinaba en los lindes improvisado emplazamiento en el que hicieron alto para dormir, un efluvio de sonidos terríficos. Benrir estaba imbuido de que era un ulular de lobos rabiosos que se acercaban hacía el, parecían unos cuantos. Cada vez estaba más cerca. Pero de pronto el alarido que emanaba de esas afiladas fauces calló, y la quietud nocturna volvió y Benrir pesé a su intranquilidad durmió, y esta vez hasta el mediodía. Cuando despertó, las brasas de la fogata estaban siendo utilizabas para cocinar un mamífero parecido a lo que nosotros conocemos como una liebre. Y Rhidall estaba sentado ante la fogata, con unos ojos serios. Benrir se despertó muy cansado y dudaba si lo que había acontecido de madrugada era pesadilla muy vivaz, o si, por el contrario, se trataba de la dura realidad. Decidió contarle la experiencia a Rhidall, este cambio su típico semblante apacible por uno reflexivo.

-Verás, Benrir... Mi único deber ahora es protegerte, y debo tener una mayor circunspección para contigo. El verdadero motivo por el que estos días no estaba a tu lado cuando despertabas es porque estoy velando por tu seguridad, hay criaturas que nos acechan en la penumbra. ¿Por qué? aún no lo tengo del todo claro, pero sé quién es la mano que les ordena perseguirnos. No se han atrevido por el momento lo suficiente, deben saber cuan es mi poder, y aún no saben cómo acercarse a ti sorteándome. Ese es el verdadero motivo...Pero la pasada noche, las sentí a escasos metros, por lo que no dudé usar mi viejo bastón en aras de tu protección. Mi fuego, hizo huir a las alimañas despavoridas, espoleadas por la cólera que bastón desprendía en forma de violáceo fuego.

- Rhidall, lo que saco en claro de todo esto, es que somos el pasto de unas bestias que nos rodean paulatinamente- Se sinceró Benrir.

- Bajo mi amparo no tienes motivo por el cual preocuparte, querido amigo.

El mago intentaba apaciguar la mente de Benrir, pero el joven veía bajo las pobladas cejas duda en Rhidall.

-Nos quedan dos jornadas para salir del bosque, no debes temerlo pues tu gente es donde buscaba su alimentación.

- Soy consciente de ello, Rhidall. Pero salían en grandes grupos pues temían ciertas leyendas sombrías; que ahora estoy a punto de vivir por como veo que están tornando los sucesos.

La voz de Benrir se quebró, el mago no instó en dar más conversación el joven pues él, necesitaba el tiempo para perderse en las reflexiones de cómo actuar ante el cambio de los acontecimientos. Caminaron toda la jornada, a la caída de la tarde se hallaban bajo una umbrática montaña que se erguía entre el frondoso caudal verde. No obstante, la sombra que vertía la montaña, oscurecía el campo de visión de ambos caminantes. Un murmullo danzaba entre las briznas del bosque, un murmullo que era heraldo de algo funesto que se estaba gestando lejos de los bosques. Rhidall como en las anteriores noches, cogió unas ramas secas, hojas mustias y piñas para enceder un fuego. El fuego crepitaba, y los abrigaba de tenebrosidad y del frio de la incertidumbre, pues el uno y el otro, esquivaban continuamente de las zarpas de la somnolencia. El mago estaba alerta, escudriñando la opacidad, sus penetrantes ojos parecían desnudar las sombras. Bernir no conseguía pegar ojo, y cada vez que Rhidall intentaba marchar a vigilar los alrededores, Benrir imploraba que no lo hiciese. Pasada la media noche, el amodorramiento preludiaba a aparecer en los ojos de entrambos. Benrir sucumbió ante el sopor, durante unas horas, pero una pesadilla lo despertó. Veía Benrir como los rayos de un nuevo día, eran acompañados por una canción entonada por Rhidall que rompía el sosiego de las primeras horas. Estaba ahí, sin que supiera que Benrir lo escuchaba sumido en la maitinada.

<< Es así, como apareces, como te vas en cada alborada,

Es así como, en los platinos reflejos puedo hallar una mirada,

A ella le preguntaba dónde estabas, pero nunca contestaba.

Nos veremos en la imperecedera campiña,

Mojaremos nuestros labios con esa rica vid, de la mejor viña.

Es así, como apareces, como te vas en cada alborada,

Es así, como en los platinos reflejos puedo hallar una mirada.

A esa mirada preguntaba dónde estabas, pero nunca contestaba.

Fuiste tú, quien corrió tras los flamantes fulgores.

Para irte la desconocida oscuridad que dormita detrás del horizonte.

Eran tus pupilas de un color que han buscado incesantemente todos los pintores.

Y son tus cenizas, que vuelan entre las briznas de cada monte>>

Benrir, al escuchar esto se sentía muy mal. No sabía si era una canción popular de cualquier pueblo que habita en la vastedad del mundo, o una canción que escribió un dolor que abate contra un corazón, que vaga hacía la desesperación. Fuera lo que fuese, Benrir deicidio hacerse el dormido. Había algo que motivaba mucho a Benrir que al mediodía del siguiente día ya no estarían en ese extenso bosque lleno de peligros. Caminaron, otra jornada zigzagueando por el bosque sin encontrar vestigios de otros seres. Pero esa tarde ambos estaban más animados, hablaban más y más de temas personales. Rhidall le contaba innumerables anécdotas acerca del mundo. Benrir, por el contrario, le hablaba de los libros que había leído toda su niñez. Preguntaba con insaciable curiosidad sobre los dragones que volaban, y con su vuelo empujaban las tormentas, sobre trasgos y panteras blancas. También preguntaba por los gigantes que arrasaban con montañas; y sobretodo, preguntaba por Atagoliath y sus vástagos, . Siempre le habían fascinado...

-Sabes realmente acerca de las criaturas que han alimentado durante centurias nuestra literatura, pero Benrir hay criaturas, demonios que envolverían en mantos de dolores a un gigante. Pero nadie osa escribir sobre ellas por el miedo que infunden. Como con Atagoliath, se cree que pereció en la última batalla contra sus hermanos. Pero ahora, ellos se hallan en las estancias imperecederas. Y sus oscuros hijos rondan los bosques, los ríos y las montañas sedientos de sangre. Son despiadados y jamás dudan en matar. - Contó esto el mago con una perceptible intranquilidad.

-¿Las has visto?- Preguntó ansiosamente el joven.

- Las cicatrices que ves en mi rostro, joven amigo, son artificio de la ferocidad con la que atacan. Por cierto, he de entregarte tu herencia. Con todo el alboroto he olvidado dártelas.

El mago sacó una espada, al desenvainaba Benrir se cegó con su rutilancia, estaba afilada.

-Era la espada de Averius, ha estado en tu familia desde el principio de ella, Se llama Drenadoradesangre. No absorbe la sangre, pero parece que tiene cierta inclinación a la hora de cortar a su rival. Con ella Fronus desmenuzó al gran gigante que vagaba destrozando todo a su paso, justo en el bosque en el que nos encontramos.

-Buah... Es increíble, muchas gracias

Y el mago sacó algo más del saco algo más del saco y era un pequeño reloj de arena.

- Sigo sin entender porque llamaba a esto reliquia, en cualquier caso ahora es tuyo. - Dijo mientras quitaba algo más- Aquí está, la daga, ella ha dado muchos reinos algunos guerreros y llevado al destierro a muchos reyes.

Benrir se quedó embobado por la empuñadura, parecía estar hecha con la piel de una serpiente, acariciaba las escamas y el remate de la empuñadura era una esfera de un mineral desconocido centellante, que irradiaba una pequeña luz de tonalidad azul añil.

Tenía pensado dártelas al salir de aquí, pero posiblemente esta noche tengas que defenderte de las criaturas que nos atormentan en las horas de sueño. Y me hacen pasar cada noche velando tu seguridad. Pero esos seres demoniacos saben que es nuestra última noche aquí, y no dudaran en atacar con todo.

Así, como en cada día los rayos del sol fueron escapando de la negritud. Por las grietas del techo del bosque ya no se filtraba ninguna luz. La noche se había posado sobre el bosque. Los arboles parecían hablar entre sí, contándose arcanos antiguos como la muerte. La hoguera esta noche no abrigaba el miedoso corazón de Benrir, ni la compañía del mago parecía darle fuerzas. Un frio gélido comenzaba a entumecer sus cuerpos, era un frio cortante, un frio que entraba en las entrañas para desgarrarlas. Y sin previo aviso, rompiendo los tres días fríos en los que no había vestigios de una próxima lluvia. Una lluvia torrencial cayó sobre ellos, con una fuerza impetuosa. Estaban a oscuras, sin fogata, bajo un diluvio de proporciones colosales, ceñidos por las tinieblas. Rhidall abrazó al joven.

-Benrir, desenvaina la espada. Esto no es una simple borrasca, forma parte del armamento del enemigo. Con ella espera desviar la atención de nuestros sentidos. Intenta acongojarnos. Si piensa que la oscuridad y la lluvia pueden asustar a un mago que porta la llama imperecedera, esos vástagos de la perversidad se equivocan. - Gritó con irritación Rhidall – No dejes que tu corazón se mengue, querido Benrir. Pues en tus venas trota la sangre Fronus.

El mago golpeó con su cayado la superficie en la que estábamos. Y un aura cubierta nos cubrió a los dos. Benrir no sentía frio bajo el yugo la égida del mago. La luminiscencia mostraba todo lo que se encontraba en su alrededor y ahí estaban, Las sombras del bosque parecían crecer, las criaturas los estaban rodeando para iniciar su ataque. Y se mostraron ante sus ojos, eran lobos. Pero no lobos ordinarios, duplicaban su tamaño físico, Sus ojos irradiaban una luz furiosa, y sus fauces chorreaban espuma de una tonalidad escarlata; eran blancos como la nieve, pero cada uno de ellos tenía un estigma rojo en su pelo. Eran unos siete, Benrir lloraba como un niño ante ellos, ante la furia que los poseía, era consciente de que no tendrían piedad para con ellos. Cada vez se acercaban más y más mostrando sus afilados dientes. Parecía un trágico fínale en el preludio de su viaje. Pero lo que más inquietaba a Benrir, es que cuando apenas estaban ciñéndose en torno al aura de Rhidall, que dudaban cruzarla. Sintió una presencia, de una entidad desconocida, que rebosaba maldad y los espoleaba a atacar, Los lobos se decidieron atacar encolerizados, abatieron contra los dos. Benrir daba espadazos a tientas Benrir fue capaz de golpear a uno desmembrando la cabeza de su cuerpo, pero mientras atacaba uno le mordió el tobillo y tiró del, haciéndole caer de bruces contra el pedregoso suelo. Benrir antes de perderse en la inconsciencia solo recuerda la cálida sangre burbujeando alrededor de su cabeza y una voz que parecía callar toda la escaramuza, y un destello violeta en el que se adentró para entrar en su mundo onírico. Cuando despertó vio al mago sentado frente a un fuego magullado, y los lobos tostados diseminados por el suelo.

-Benrir, temí que te perdería. Pero hice un bálsamo que te apliqué en la herida con hierbas que están cerca de aquí y dejaste de sangrar. Toda la culpa es mía, he obrado tarde, vacilé en atacar.

-Me duele todo, Rhidall... Creo que no paso de hoy, ¿Por qué has dudado? Sé que sacaste tus poderes para atacarles, pues lo último que recuerdo es tu luz violácea entrando en el rabillo de mis parpados. - Dijo Benrir con debilidad.

-Hay un motivo, antaño esos lobos eran amigos míos, ¿sabías? Siempre me guiaban cuando venía a visitar a Averius, eran buenos pues dejaban acariciar y jugueteaban conmigo. Pero un mal los ha hecho arremeter contra mí, en sus ojos ardía una vileza que no alcanzaría a comprender ningún animal. Estaban poseídos por esa sombra que está reptando por la vastedad del mundo y envenado todo lo que toca.

Por primera vez desde que salieron de Villacuervo, sintieron que no había que no se dejaban llevar por ese caudal de nerviosismo que los llevaba cada noche al borde del colapso. Benrir estaba débil por el golpe, aun así, pudo dormir apaciblemente y sin interrupción. Cuando despertó pudo ver como centelleaba cada hoja, cada brizna de hierba, bajo los fulgores solares matutinos. El bosque estaba dotado a esas horas vespertinas de una belleza inefable, que no podía ser tiznada por ninguna oscuridad. Esta vez, Rhidall estaba sentado ante Benrir sonriendo, Había unas brasas que calentaban unos pequeños mamíferos que estas regiones se conocen como sillkers, era un manjar para cualquier caminante que se veía asolado por el hambre en el transcurso de su cometido. Rhidall parecía estar muy contento, silbaba una alegre melodía, mientras Benrir engullía su desayuno cual ganso. Ambos eran conscientes que saldrían de esa jaula, y se abrirían paso entre esos grilletes musgosos. A Benrir, le motivaba, el hecho de volver a ver el cándido cielo y las rutilantes estrellas que sirven de guías a las nubes que vagan por la negritud de la noche. Estaba ansioso por salir de ese techo de hojas y ramas que no dejaba traslucir los rayos.

-Al mediodía, calculo que estaremos saliendo del bosque y nos encontraremos con el camino que lleva a casa de Uinirium, el rey de los hombres. Pues antes de salir de aquí he de contarte el propósito que escondía para venir a buscarte desde tanta distancia que me separaba de ti. Has de saber, que me enfrentado a toda clase de criaturas durante el camino, pero por el bien de los hombres ha de ser así. Pues de lo contrario, las alas de la muerte volarían sobre vosotros, dejando caer desde la altura inalcanzable sus parásitos devoradores de vida, y dejando en los tiempos venideros a la raza de los hombres como una simple especulación, una simple cuestión ¿Existieron realmente los hombres? Y es mi cometido hacer que eso cambie, y que vosotros no seáis motas de polvo que arrastrará el viento sobre las infinitas llanuras de lo desconocido.

- ¿Y qué pinto yo en todo esto? No soy más que una simple persona, que disfruta de sus libros y se sumerge en ellos, y sueña con hacer esas aventuras. Y sueño todo eso, porque soy un cobarde, y en esta triste realidad soy consciente que no podría llevar nada a cabo. - Benrir suspiró fuertemente – Rhidall, he venido contigo hasta aquí, no llevo una semana fuera de Villacuervo, pero mi corazón mengua a cada paso. No entiendo porqué has venido a buscarme, ni que has visto en mí.

- Tu abuelo, está convencido que eres la encarnación de la profecía que dijo Fronus antes morir: <<La luz que se encuentre a sí misma, encontrará el camino entre las tinieblas que lleve a mi venganza>> Fue lo último que se sabe que dijo Fronus antes de ser encerrado en la nada imperecedera por Tárkaloth.

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1 de Junio de 2018 a las 13:39 5 Reporte Insertar 3
Fin

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Lihuen Lihuen
Leí hasta el segundo capítulo y me ha encantado, en especial el comienzo de esta magnífica historia. Tienes una poder narrativo impresionante, muy poético y fluido. Me capturaron las escenas del origen, como todo surge en cadena es maravilloso. Una sugerencia, el hecho de poner toda la historia en un solo capítulo hace la lectura muy larga, quizá quedaría mejor que la dividieras en partes diferentes. Cuando la termine volveré a comentar.
17 de Junio de 2019 a las 18:46

  • Borja Freire Borja Freire
    Estoy de acuerdo, con la sugerencia. Estoy intentando acabarla ahora mismo. muchas gracias 18 de Junio de 2019 a las 04:00
Elena Siles Bernal Elena Siles Bernal
Me ha encantado :D
12 de Julio de 2018 a las 06:07
Elena Siles Bernal Elena Siles Bernal
Me ha encantado :D
12 de Julio de 2018 a las 06:06
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