El superhombre. Por Juan Valera Seguir historia

A
Augusto Salvador


Artículo corto escrito por Juan Valera y Alcalá-Galiano (Cabra, 18 de octubre de 1824-Madrid, 18 de abril de 1905) fue un escritor, diplomático y político español.


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I

Forcitan et majora audens producere tellus
Corumque, Enceladumque feret, magnumque Tiphoea,
Ausuros patrio superos detrudere cœlo,
Convulsumque Ossam nemoroso imponere Olympo.

Fracastorii: De Morbo Gallico.

La vida intelectual me parece que en Francia, más que en nación alguna, está reconcentrada en su capital, París. En Alemania hay muchos centros, como Berlín, Leipzig y Stuttgard, que persisten, a pesar de la unidad política creada por el Imperio. En los Estados Unidos, con no menor actividad, se escriben y se publican libros en Nueva York, en Boston, en Filadelfia o en Chicago. Y en nuestra España, aunque proporcionalmente se escribe menos y se lee mucho menos, la producción literaria no está encerrada en Madrid, sino que se muestra en varias ciudades de provincia, especialmente en Sevilla, Bilbao y Barcelona. Mucho me felicitaría yo de todo esto, aplaudiéndolo, si la manía del regionalismo no lo echase un poquito a perder; pero hoy quiero prescindir del regionalismo y no decir de él una palabra. Diré, sí, que Barcelona compite con Madrid, y aun se adelanta y supera a Madrid en muchos puntos. Y también diré que los madrileños y los que en Madrid habitualmente vivimos, no ignoramos ni desdeñamos, como tal vez hace treinta o cuarenta años, lo que en Barcelona se escribe y se publica, aunque sea en catalán o en francés y no en el idioma castellano, que prevalece desde hace cuatro siglos como idioma nacional, español por excelencia, que se extiende desde California al estrecho de Magallanes, y que se habla y se escribe, no sólo en esta Península y en las islas que son aún sus posesiones, sino también en dieciséis o diecisiete Repúblicas o Estados independientes. Cuando crezcan en todos ellos la población, la prosperidad y la cultura, bien podrá lisonjearse cualquier literato o sabio de mérito, si escribe en castellano, de que contará, naturalmente, con un público de los más numerosos y extendidos que hay sobre la superficie de la tierra.

Entonces, como ahora, todo cuanto se produzca escrito en castellano, vendrá a enriquecer el tesoro literario español, y, si vale algo, será recibido, no con celosa envidia, sino con satisfacción y con júbilo por todo el que se precie de español y sienta en el alma el amor de la patria grande, o sea de la casta.

Lo que es yo, y no me tengo por excepcional ni por raro, lo mismo celebraré la aparición de un buen libro, en verso o en prosa, en Caracas, en Bogotá o en Quito, que en Málaga o en Zaragoza. Niego, pues, ese desdén, esa rivalidad que entreveo que se nos supone, a los que escribimos en Madrid, contra los que escriben en español en otras ciudades, y singularmente en las de Cataluña. ¡Ojalá escribiesen allí cosas tan buenas que, sin excitar nuestra envidia, despertasen en nosotros emulación noble y nos moviesen a escribir con mayor tino, primor e ingenio que en el día!

Como quiera que ello sea, yo de mí puedo decir que cuando sé de un autor nuevo o leo un libro nuevo, en castellano, prescindo para elogiarle de la región en que está escrito o impreso, y le elogio cuanto merece y tal vez proporcionalmente más, según la distancia desde donde el libro viene, causándome por ello impresión más grata y peregrina.

Largo es el anterior preámbulo, pero no está de sobra, para afirmar aquí que, si bien no he leído yo La Muerte y el Diablo y Herejías, de D. Pompeyo Gener, ha sido por descuido y no por malquerencia regional, y que ahora, después de haber leído el flamante libro del mismo autor, titulado Amigos y Maestros, hallo que su autor es digno de consideración detenida y de extraordinario aplauso. Y aunque sea en cifra y resumen, por no tener lugar ni tiempo para más, voy a dar aquí alguna noticia de dicho libro, tratando de realzar las elevadas prendas de pensador ingenioso, de escritor elegante y fácil y de persona docta y discreta, que ha mostrado el autor al componerle.

Para gustar de un autor no es menester coincidir con él en opiniones y creencias, ni mucho menos dejarse convencer por sus razonamientos. A menudo suele sucederme lo contrario, y así me sucede con el libro de D. Pompeyo Gener. Mucho tengo que aplaudir en dicho libro, y muy poco de lo que dice me convence, aunque aplaudo el entusiasmo, el saber y él ingenio con que lo dice. Ténganse por dados mis aplausos, y permítaseme que contradiga yo algunos de los asertos del Sr. Gener, considerándolos completamente erróneos, o bien que ponga reparos y haga observaciones sobre los que hallo conformes a medias con lo verdadero y lo justo.

Amigos y Maestros es una colección de semblanzas o retratos de escritores franceses todos, menos uno, Joaquín María Bartrina. Justo sería el panegírico que hace Gener de este singular ingenio si no quisiera realzarle con odiosas comparaciones, tildando de palabreros, confusos y difusos a los demás poetas de España, y suponiendo que deben la fama de que gozan a que viven en Madrid, y sin duda forman parte de una sociedad de elogios mutuos. Yo no puedo convenir con el Sr. Gener en que España es madrastra y no madre de sus mejores hijos, cuyo mérito no confiesa hasta que los extranjeros le reconocen y proclaman; y que, en cambio, pone por las nubes a medianías y hasta a nulidades intrigantes. No fueron ni son nulidades, ni medianías, Quintana, Gallego, Espronceda, Zorrilla, Hartzenbusch, García Gutiérrez, Tamayo, Querol, Núñez de Arce, Ferrari y no pocos otros, que viven aún, y que no deben su reputación, ni a las alabanzas de los periódicos de Madrid, ni al descubrimiento y a la declaración que hayan hecho de su valer críticos extranjeros.

Crea el Sr. Gener que Bartrina no vale más en el concepto que se forma de él, después de leída su semblanza, que en el concepto que de Bartrina teníamos formado antes de dicha lectura. Tal vez sea más claro el primer concepto. Yo, al menos, no puedo conciliar que Bartrina se parezca al mismo tiempo al sencillo, elegante, sincero y clásico Leopardi y al afectadísimo, falso y extravagante Baudelaire. En el único predicamento en que pueden entrar a la vez los tres poetas, es en el de ser los tres incrédulos, enfermizos, tristes y desesperados. En todo lo demás se diferencian muchísimo. Y, si hemos de hablar con franqueza, así Baudelaire como Bartrina se quedan muy por bajo a infinita distancia de Leopardi, uno de los más admirables poetas líricos que ha habido en Europa en el siglo presente, tan glorioso y fecundo en este género de poesía.

Las demás semblanzas, según dejé ya apuntado, son todas de escritores franceses, y yo no puedo menos de alegrarme de que la crítica juiciosa se emplee en ellos y los dé a conocer en España. Celebro asimismo el apasionado afecto y la generosidad con que el Sr. Gener los colma de alabanzas. Yo convengo y he convenido siempre en que Francia posee amena y riquísima literatura, y en que es fecunda y dichosa madre de originales y elegantes escritores, cuyas obras son acaso las más leídas y celebradas en los países extraños, por donde el pensamiento y el idioma y hasta el sentir de los franceses se imponen y predominan entre los otros pueblos. Pero esta hegemonía de Francia en letras y en artes, no sólo da a Francia entre los extranjeros fundadísimo crédito, sino también prestigio deslumbrador, que los solicita y estimula a la admiración más ciega, a los encomios más hiperbólicos y muy a menudo a la desmañada imitación de lo peor, originando modas en lo que se escribe y en lo que se piensa, como las hay en lo que se viste y en el menaje de las casas. Contra esto importa precaverse y estar sobre aviso. De aquí que tal vez los personajes que el Sr. Gener retrata en su libro queden tasados en su justo valer si rebajamos siquiera una tercera parte de las alabanzas que el Sr. Gener les prodiga. Debe además decirse que todos ellos están bien estudiados, tienen el conveniente parecido en el retrato y éste es una bella pintura que califica de atinado observador y de hábil artista a quien acertó a trazarla.

En general, todavía tengo yo que poner otro reparo a las semblanzas del Sr. Gener, o más bien aconsejar a los lectores que se aperciban contra ellas de cierta cautela, más indispensable a los españoles que a los hombres de otros países.

En España, ya sea por nuestra natural condición, ya sea porque escribiendo para el público o siendo artista se llama menos la atención y se adquiere menos dinero y menos gloria que en otros países y, por consiguiente, hay poco incentivo para dedicarse con constancia a lo que llaman en francés la pose, la verdad es que entre nosotros la pose apenas se estila o se usa, y cuando se usa o se estila es de un modo superficial y efímero y no con la honda tenacidad y persistencia que suelen tener en ella los escritores y los artistas franceses. Digo esto a fin de advertir que no debemos tomar con seriedad la pose mencionada, y a fin de censurar al Sr. Gener, aunque muy blanda y amistosamente, de que a veces toma dicha pose muy por lo serio. Válganos para muestra muchas cosas que refiere de Sarah Bernard, aunque en este caso es disculpa y aun plena justificación la galantería. La simpática y encantadora actriz posee en toda su persona vencedor y misterioso atractivo; con él y por él seduce y hechiza, como si fuera más hermosa que la Venus de Milo; se viste con lujo, esmero y gracia admirables, y su voz es argentina y simpática y tiene matices, inflexiones y tonos propios para expresar toda pasión y todo sentimiento: la ternura amorosa, los celos, la soberbia y la ira. Su andar, sus gestos, las posiciones que toma y los movimientos que hace, todo está magistralmente estudiado y ejecutado con inspiración y destreza. En suma, para elogiar a Sarah Bernard, yo me conformo, o más bien me complazco, en ser eco del Sr. Gener o de quien más la elogie. En lo único que no soy eco y en lo único que resulta la disonancia es en lo que me parece afectada ponderación; algo que veo en mi espíritu como trasladado a la vida real desde lo sofístico y aparente del teatro. ¿Cómo he de creer yo con formalidad y sin risa que para representar bien a la emperatriz Teodora, mujer de Justiniano, necesita Sarah Bernard leer a Procopio en griego, atracarse de Pandectas hasta el extremo de desencuadernar el volumen que las contiene y hacer otros mil estudios profundos y enrevesados para enterarse de cosas que probablemente la misma emperatriz jamás supo? Chistes, rarezas y exquisiteces por el estilo hay en los escritores y en los artistas de todas las nacionalidades, pero en los franceses se notan más a menudo. El blanco, al que con esto dirigen la mira, es a pasmar y atolondrar a los burgueses, mostrándose en vida, costumbres y hábitos, muy apartados de lo usual, muy inauditos y tan fuera del camino trillado, hasta en los casos y accidentes más ordinarios y repetidos, que vienen a aparecer, no como seres humanos, sino como monstruos o criaturas de distinta y superior especie. Asimismo procuran inculcar en la mente del vulgo un concepto fantástico de las enormes dificultades de su arte, suponiendo que para vencerlas son menester requisitos muy singulares, por donde, en ocasiones, el escritor o el artista que así quiere señalarse, incurre en pueril pedantería o en charlatanismo a la Dulcamara. Si Sarah Bernard asegura que para hacer bien el papel de la emperatriz Teodora se atiborra de crónicas en griego, se traga el Digesto y hace de él una buena digestión, y hasta interviene en el tejer de las telas con que han de hacerle los trajes procurando que sean tejidos según el estilo y manera con que en la edad de Narsetes y de Belisario solía tejerse, yo doy por cierto que Sarah Bernard embroma a la gente a quienes semejantes cuidados y esmeradas faenas refiere. Al hablar de todo ello, debería empezar su discurso como el gracioso doctor de la ópera, exclamando: ¡udite o rustici!

El título del libro del Sr. Gener lleva implícita la justificación contra todo lo que pudiera decirse acerca del mérito relativo de los personajes cuyos retratos literarios ha hecho. No los ha hecho porque dichos personajes sean los más egregios, sino porque han sido o porque son amigos y maestros suyos. Aun así, yo debo convenir y convengo en que se da la dichosa coincidencia de que sean casi todos los unidos al Sr. Gener por lazos de amistad, autores de primera nota en Francia, descollando en aquella nación tan rica en ingenios entre los más famosos y aplaudidos. Tales son Bourget, Richepín, Taine, Renán, Littré, Claudio Bernard, Flaubert, Pablo de Saint-Víctor y Víctor Hugo.

Aunque yo no he leído ni estudiado detenidamente todo cuanto dichos autores han escrito, conozco de ellos lo bastante para tributarles el más rendido homenaje de mi admiración, poniendo sobre todos a Renán como prosista, y a Víctor Hugo como poeta.

A veces he censurado yo en Víctor Hugo no pocas extravagancias, pomposidades y relumbrones falsos y de mal gusto, pero, a pesar de estos defectos, que yo noto para que no se me acuse de idolatría, siempre me he complacido en reconocer y confesar que por lo fecundo e impetuoso de su abundante vena, por su maravillosa fantasía y por su destreza magistral en el manejo de la lengua, del metro y de la rima, Víctor Hugo es, si no el primero, uno de los mayores líricos y épicos de nuestro siglo, rico en poetas más acaso que ningún otro de los siglos pasados. Dentro del período que abarca la vida de Víctor Hugo conviene no olvidar que en las naciones cultas de Europa, en alguna de América y en la misma Francia, el autor de los Cantos del crepúsculo ha tenido rivales que, si por la fecundidad no le vencen, tal vez por la calidad y excelencia, pureza y perfección de determinado número de obras, se le anteponen y le eclipsan. Así, por ejemplo, Manzoni y Leopardi en Italia, y aun en nuestra pobre y hoy desdeñada España el glorioso cantor de la imprenta y del levantamiento de las provincias españolas.

Como quiera que ello sea, y con el debido y más profundo respeto a los personajes literarios y científicos que el Sr. Gener retrata, declaro que no llego a advertir en ellos la estupenda magnitud y la superioridad descomunal que me induzcan a presentir, a columbrar y hasta a profetizar el próximo advenimiento de una raza o casta de hombres muy por encima de los que en el día visten y calzan y andan por esas plazas, calles y campos.

A mi ver, ha habido bastantes épocas en la Historia en que la profecía de ese advenimiento pudo estar más fundada. Tomemos, por ejemplo, los cien años que van de 1480 a 1580. En seguida se ofrecen a nuestra memoria Colón, Vasco de Gama, Magallanes, Vives, Suárez, Victoria y Domingo de Soto, Ignacio de Loyola y Lutero, Rafael y Miguel Ángel, Ariosto, Camoens y Shakespeare, Galileo, Baccon y Copérnico, y otro centenar de varones extraordinarios, en toda clase de obras propias del ingenio y del entendimiento humanos y para todos los gustos, creencias y doctrinas. Comparados con los personajes que acabamos de citar, los del presente siglo, yo al menos lo entiendo así, se quedan tamañitos. Admirable y rico es el fruto que han dado los segundos, pero vale más y tiene superior importancia el fruto que dieron los primeros. Los modernos idiomas, balbucientes e imperfectos aún en la Edad Media, se desenvuelven con pasmoso florecimiento y producen obras maestras en varias literaturas; se agranda y llega a ser casi cabal, en la mente humana, el concepto del universo visible; se conocen por experiencia las cosas materiales de la tierra y del cielo; renace la antigüedad clásica, y al renacer, y al ser imitada, el prurito de la imitación engendra nueva y original poesía, divinas creaciones artísticas, flamantes sistemas filosóficos y hábiles métodos de observación y de estudio para interrogar a la naturaleza y al espíritu humano y arrancarles sus más hondos secretos. En parangón de lo que hizo el siglo XVI, resulta inferior la obra de nuestro siglo, aunque no olvidemos ni dejemos de incluir en ella ciencias que pueden llamarse nuevas, tan importantes como la Química y la Filología comparativa, y descubrimientos tan ingeniosos y útiles como los del vapor para fuerza motriz, la fotografía, el telégrafo eléctrico, el teléfono y el fonógrafo. Todo esto vale e importa muchísimo, pero importa y vale muy poco cuando se compara al transfigurado renacimiento del mundo antiguo y al descubrimiento del nuevo mundo. Y si entonces no se creyó que iba a surgir de enmedio de la triunfante humanidad un ser exquisito y perfecto a quien llamásemos el superhombre, menos razón hay de creerlo ahora porque Renán escriba la novela sentimental titulada Vida de Jesús, porque haya ferrocarriles y alumbrado eléctrico, y porque se inventen las máquinas de coser y las bicicletas.

Si yo me dejase dominar por mi fervorosa filantropía y por mi amor a todo progreso, me dejaría convencer por los argumentos que el Sr. Gener aduce, y creería, como él, que está próxima la aparición del superhombre; pero, aunque soy progresista, no lo soy tanto, y aunque quisiera creer lo que el Sr. Gener cree, acuden a mi espíritu multitud de dudas que me lo impiden, harto a pesar mío. Voy a poner aquí algunas de estas dudas según se me vayan ocurriendo. Y voy, además, a presentar varias enmiendas o modificaciones a la doctrina sobre la humanidad ascendente, tal como el Sr. Gener la profesa, a fin de que, si al cabo nos dejamos convencer y la aceptamos, sea modificada o enmendada, según a mí me parece más razonable y equitativo.

En primer lugar, yo me alegraría de que el ascenso del género humano a género superhumano fuese general o total, aunque en la superhumanidad futura hubiese también, como en la humanidad presente, y en la debida proproporción, ineptos y aptos, torpes y hábiles, y tontos y discretos, etc.

En el día, Inglaterra, Francia y Alemania, y tal vez alguna otra nación, no ha de negarse que nos llevan la delantera en este correr disparatado, en que vamos todos, en el hipódromo de la Historia, aproximándonos ya a la meta; y sería caso lamentable y necio que por llegar antes a dicha meta los pueblos del Norte, viniesen de súbito a convertirse en superhombres, teniendo nosotros, por ir ahora tan rezagados, no ya que adelantar, sino que retroceder hacia la animalidad o hacia la especie inferior de que hemos salido, acabando por ser, con relación al recién aparecido superhombre, lo que hoy es el mono con relación a nosotros. Con esto no me conformo a pesar de todos los discursos del Sr. Gener y a pesar de mi acendrado progresismo.

Se me dirá que el que yo me conforme o el que no me conforme no es del caso. Lo que conviene dilucidar es que el caso sea o que no sea.

Meditemos sobre su posibilidad.

Empezaré por un distingo. Si por progreso se entiende el acumulado capital de observaciones, estudios, sistemas y descubrimientos que las generaciones pasadas nos han ido legando, que nosotros conservamos y que sin duda acrecentamos y mejoramos, yo creo en el progreso a pie juntillas. El más obscuro bachiller del día sabe más gramática que Homero; el más humilde catedrático de Instituto sabe más Historia que Herodoto; y de las cosas naturales, de sus afinidades, composiciones, descomposición y cambios, sabe más que Hipócrates cualquier adocenado farmacéutico de aldea. Yo no niego esto. Lo que niego es que ese cúmulo, que esa ingente cantidad de doctrina, que ese esfuerzo y trabajo del espíritu de la humanidad, durante tres mil años, haya logrado infundirse en ese mismo espíritu por tal arte que se haya hecho consustancial con él, dándole valer y potencia superiores a los que antes tenía. Cierto que Homero, Herodoto e Hipócrates eran menos instruidos que Víctor Hugo, Taine, Renán y Claudio Bernard, pero, a mi ver, valían muchísimo más que ellos. Por donde yo infiero que el tal progreso substancial y personal, por cuya virtud ha de aparecer pronto el superhombre sobre la faz de nuestro planeta, no ha dado paso alguno desde hace por lo menos cerca de treinta siglos. ¿Cómo he de poner yo en duda que Hegel sabía más química, astronomía, zoología, mecánica, historia, etc., que el propio Aristóteles? Y sin embargo, con ser Hegel tan original y poderoso pensador, y con tener una tan fecunda y constructora fantasía y un vigor tan sublime para sintetizarlo todo armónicamente, combinando lo real y lo ideal y encerrándolo dentro de su idea, que eternamente se desenvuelve, todavía me parece Hegel pequeño cuando acerco la imagen que de él concibo a la imagen colosal con que se representa en mi mente el prodigioso maestro del magno Alejandro.

No iré yo hasta el contrario extremo del señor Gener, ni afirmaré que los hombres han degenerado. Me limito a presentar aquí, sin intentar resolverla, una contradicción que asalta mi espíritu. Yo quiero creer, y creo, que los hombres de hoy no valen, en el fondo, en lo esencial y por naturaleza, ni más ni menos que los de cualquier otro siglo; que por la educación y por la cultura, por lo que han heredado de sus mayores, por el tesoro que han reunido durante siglos, y sobre el cual se levantan como sobre un pedestal, los pensadores y escritores modernos valen más que los antiguos; que en determinado sentido, por la divulgación de los conocimientos, hay en el día más gente que valga. Y que en el día, no ya Napoleón I, sino el más torpe de los generales, derrotaría al hijo de Filipo desbaratando sus falanges con dos o tres cañones Krupp; el ateísta coronel Ingersol probaría a Moisés su ignorancia en química, en astronomía y en geología, y que toda la ciencia que había estudiado en los colegios sacerdotales de Egipto, no valía un pitoche al lado de la adquirida por él en las escuelas de Boston; y que el último maestro de escuela dejaría absortos y turulatos a Hesiodo, y tal vez al propio Píndaro, si se ponía a explicarles que los nombres son masculinos, femeninos y neutros, que pueden estar o están en nominativo, en acusativo, en dativo o en otro caso, y otras mil verdades científicas por el estilo, de las que es casi evidente que ni Hesiodo ni Píndaro se habían percatado. Pero aquí surge la contradicción. De esa misma ignorancia, de esa falta de educación, digámoslo así, y de ese cortísimo saber de los antiguos, nacen en nuestra mente el pasmo y la admiración que nos infunden sus obras. Mas que fruto de la reflexión y del estudio, nos parecen inspiradas, reveladas y divinas. No vemos en ellas el esfuerzo laborioso, ni la ciencia que de antemano se adquirió en el aula, o que se toma de repente y de prestado en un diccionario, o en cualquier otro librote, sino vemos la espontánea y fresca lozanía del propio ingenio, radiante de luz interior, a par que maravillosamente ilustrado por el numen.

El Sr. Gener traza un breve compendio de filosofía de la Historia, a fin de probar que se acercan los tiempos en que ha de aparecer el superhombre; pero, en muchos puntos, encuentro yo falsa su filosofía, y en ninguno la prueba de que dicha aparición esté cercana. Por el contrario, en varios párrafos del último capítulo de su libro, donde expone su doctrina, pinta con tan negros colores la sociedad del día, que si nos allanásemos hasta creerle, aseguraríamos que el género humano, en vez de adelantar moralmente, ha degenerado o se ha pervertido.

La culpa principal de degeneración tan lastimosa es, según el Sr. Gener, la errónea creencia de que todos los hombres somos iguales. Para el Sr. Gener nada más absurdo que la igualdad. A mi ver, el Sr. Gener tiene razón, si se entiende la igualdad de cierto modo; pero de ese cierto modo nadie entendió jamás la igualdad, ni ahora ni nunca, por donde el señor Gener crea él mismo un fantasma o estafermo para tener el gusto de derribarle con las lanzadas de su crítica.

El Cristianismo, según el Sr. Gener, vino a proclamar la igualdad de los hombres en la abyección y en la miseria, y la Revolución francesa y sus ideas, enseñaron y sostuvieron la misma igualdad, aunque nivelando a los hombres todos, por lo alto, y considerándolos igualmente capaces.

La acusación contra el Cristianismo me parece tan infundada como la acusación contra las ideas revolucionarias en este punto. Nadie que esté en su juicio, por fervoroso cristiano o por tremendo revolucionario que sea, ha desconocido jamás la desigualdad de los hombres, ni ha dejado de advertir las diferencias que hay entre ellos, porque unos son bajos y altos otros; débiles unos, y otros fuertes; algunos listos, y torpes muchísimos; y en lo tocante a inteligencia, agilidad y natural disposición para diversos oficios, artes y menesteres, se dan y se darán siempre escalas de muchísimos grados.

La igualdad que el Cristianismo y la Revolución coinciden en reconocer, está por bajo, o mejor dicho, está antes que toda doctrina religiosa o filosófica: es la igualdad radical y esencial de la naturaleza humana, con los derechos y deberes que de ella nacen y que en ella se fundan, con tal evidencia, que basta el sentido común para que la reconozcamos, si bien importa que la religión la consagre y que las leyes, revolucionarias o no, la sostengan y amparen contra la violencia y la injusticia. Igualdad tan justa no se comprende que pueda ser destruida por la doctrina de la humanidad ascendente, que el Sr. Gener sostiene con tanto entusiasmo.

En el modo de entender la igualdad cristiana, el Sr. Gener, obcecado por la pasión antireligiosa, incurre en varios errores. Ni en el cielo ni en la tierra, ni en la vida presente ni en la futura, reconoce el Cristianismo que el necio y el sabio, y menos aún el santo y el vicioso, sean iguales, a no ser radical y esencialmente. Y entonces, esta igualdad no está fundada en la vileza y en el menosprecio del propio ser humano, sino en el altísimo concepto que hace formar de él el Cristianismo, enseñándonos que toda alma de hombre es imagen y semejanza de Dios, que debe aspirar a ser perfecta como Dios mismo y que es de Dios tan amada que se sacrificó por redimirla, y tan estimada, que quiso unirse con ella y hasta con el cuerpo mortal donde ella se encierra. Sin duda que el alma fervorosamente cristiana, cuando se dirige a Dios en sus rezos y hablas interiores, se pone muy humilde, se califica de indigna, de pecadora, de perversa, de todo lo malo y ruin que pueda imaginarse; pero de sobra se comprende que esto lo dice y lo confiesa el alma cuando se compara con un ideal supremo de perfección, de rectitud, de bondad y de hermosura, término altísimo de todas sus aspiraciones y blanco inasequible de sus miras y anhelos. Cuando esta misma alma cristiana, no por los actos virtuosos que ha realizado, porque esto sería faltar a la modestia, sino por la capacidad que en sí siente y por el noble destino para el que Dios la crió, se contempla y examina a sí propia, en vez de ser bajo el concepto en que se tiene, es tan sublime concepto, que no se le aventaja el de ninguna criatura de las que ve o puede ver, ni de las que imagina o finge, ni de las que por fe o revelación conoce. El alma de la más cuitada criatura humana puede elevarse, cuando no por inteligencia, por amor, hasta el Ser divino; puede subir al cielo y sentarse, como se sentó Francisco de Así, en el trono en que se sentaba Lucifer antes de su caída. Arrepiéntase, pues, el Sr. Gener de su declamación contra la igualdad cristiana fundada en lo miserables que somos. Si lo dicho es confesión de ruindad y de real menosprecio de sí mismo, venga Dios y lo vea, como vulgarmente se dice. La igualdad, por consiguiente, se da en el Cristianismo en potencia: en la potencia infinita que tenemos todos de ser llamados hijos de Dios y herederos inmortales de su reino y de su gloria. Y lo que es en acto, como la igualdad sería absurda, desigualdad es lo que hay, ya que unos son réprobos y santos otros; unos justos y otros pecadores, y unos monaguillos y sacristanes y otros Abades mitrados, Arzobispos y hasta Papas.

Sobre la igualdad democrática, que también condena el Sr. Gener, declamando contra ella suponiéndola rémora del progreso, harto llano es hacer defensa parecida.

La igualdad democrática, racional y discretamente entendida, no está en el ser actuado, sino en el poder llegar a ser y en que ese poder no se ahogue ni se limite merced a privilegios odiosos. En este sentido, la igualdad democrática es justa y razonable en teoría, y no sirven para invalidarla los abusos y males que pueden nacer de ella. ¿De qué no pueden nacer males y abusos?

La más clara manifestación de la igualdad democrática es el sufragio universal. No refutaré yo los mil argumentos que contra él se hacen: los aceptaré como fundados; pero, sobre todos esos argumentos, hay una razón poderosa que los invalida y destruye. Sin duda que en una asociación de hombres para determinada empresa, a cuyo buen éxito concurren unos con el capital, otros con la inteligencia, otros con su habilidad, pericia y destreza en tal o cual arte u oficio, y otros sólo con el rudo trabajo de sus manos, el sufragio universal por igual sería absurdo, así como también lo sería el igual reparto de las ganancias y provechos. Pero la sociedad política, la ciudad o el Estado, es asociación de muy distinta índole y propósito. Su principal fin es amparar a los hombres en el libre ejercicio de sus derechos, reprimir toda violencia que los merme y no poner la menor traba a la actividad benéfica de cada individuo. En esto no cabe la menor desigualdad entre los asociados. Casi estoy por decir, o sin casi lo digo, que el jornalero que gana dos o tres pesetas al día tiene el mismo derecho, y acaso mayor interés, que el capitalista que goza tres mil duros de renta diarios, en que el Gobierno sea bueno, atinado y juicioso. Porque si el Gobierno lo hace mal y sobreviene la ruina, lo probable es que el Capitalista salve gran parte de su fortuna y siga gozando de ella, o en la propia patria semiarruinada, o en país extraño, donde acaso tenga fondos o bienes, mientras que el jornalero se morirá de hambre si se hunde la industria que le daba trabajo y jornal; y mientras más castizo sea él, y mientras más propio y peculiar de su patria sea el oficio que ejerza, mayor será su miseria y su desesperanza, pues no es llano ni cómodo emigrar a tierra extraña, sobre todo con familia, en busca de trabajo y sustento. En vista, pues, de la anterior consideración, yo tengo por evidente que el pobre ganapán, el obscuro y desvalido destripaterrones, está por lo menos tan interesado como el Fúcar o el Creso, en la prosperidad y buena gobernación de la república. Para el rico es esto negocio de mayor o menor comodidad y de más o menos exquisitos goces, y para el pobre puede ser negocio de vida o muerte, de no poder ganar las dos o tres pesetas que antes ganaba, y de tener que recurrir a la mendicidad o a la poca eficaz beneficencia pública en la tierra cuya riqueza fomentó con su trabajo, y por cuya integridad y por cuya honra tal vez derramó su sangre.

Entiéndase que, por amor a la verdad y a la equidad, y no para adulación o lisonja del vulgo plebeyo, me atrevo a afirmar lo que afirmo, en contra de la flamante y curiosa aristocracia cuyas doctrinas sostiene el señor Gener, y que se funda o cree fundarse en la egregia cultura de aquella pequeña parte de nuestro linaje, que, a lo que parece, es humanidad ascendente y se acerca ya a formar núcleo o grupo de superhombres.

La flamante aristocracia, o dígase la superhumanidad, no quiere el Sr. Gener que surja por revolución, sino por evolución, siguiendo el camino del progreso, que sin dada llevamos ahora; pero si no seguimos el buen camino y nos hemos extraviado, no se comprende de qué suerte hemos de llegar al superhumanismo por más evoluciones que se hagan. Mala traza tienen de entronizarse los superhombres, si hemos de juzgar fiel la pintura que hace el señor Gener de la sociedad presente: «Los más astutos, dice, escalando el poder directamente, o con la protección de las leyes, amparándose del dinero, se han impuesto, y las sociedades hoy gimen en una esclavitud mil veces peor que la antigua. Una piratería mercantil, un feudalismo industrial han venido a afligir a la humana especie con unos Gobiernos de nulidad, juguete de la bancocracia, que protegen sólo a los ineptos adherentes y dificultan el desarrollo de todas las verdaderas fuentes de vida. El prosaísmo ha tronado en soberano (sic): los valores han caído en poder de los malvados. Hoy día, en general, riqueza es sinónimo de nulidad moral, de egoísmo y de mediocridad perfecta; a lo más significa refinada astucia; en suma, una cualidad criminal punible.»

Si tan feos rasgos son exactos, si es así la sociedad presente, o bien no vamos por el camino del progreso, o bien hemos caído, con el carro que nos conduce, en un barranco o atolladero de todos los diablos. No veo, pues, que estén cerca el advenimiento y el triunfo del superhombre, ya que, según el Sr. Gener, son una caterva de majaderos, criminales y bellacos los que triunfan, se encaraman y lo gobiernan todo, mientras que los superhombres andan por ahí desperdigados, con poquísimo dinero, sin poder y sin influjo, y tal vez haciendo observaciones y experiencias, y escribiendo librotes que casi nadie lee. ¿Y cómo ha de leerlos nadie cuando la sociedad gime hoy, según el Sr. Gener, en la peor de las esclavitudes bajo el yugo infamante de esos tíos ordinarios y de esos ricachos vulgares y pícaros, que, según nos cuenta, nos mandan y nos oprimen? Si por virtud de la evolución hemos de salir de tan horrible estado, la aurora superhumana, en vez de estar cerca, está lejísima; tardará millones de años en amanecer. Ahora comprendo lo que leí tiempo ha en cierto libro de Sociología, que me hizo honda impresión y que no he olvidado nunca: «La humanidad, dice el referido libro, considerada en su vida colectiva, no ha nacido aún.» Tratando luego de cuando nacerá, y después de larga investigación y de cálculos sutiles, pronostica que nacerá dentro de catorce mil y quinientos años sobre poco más o menos. Y si la humanidad colectiva anda tan reacia en nacer, yo recelo que la superhumanidad triunfante siga en gestación doble tiempo, y sólo salga a luz, no ya dentro de ciento cuarenta siglos, sino dentro de trescientos, si para entonces no ha tenido nuestro planeta algún mal encuentro o tropiezo en la amplitud del éter por donde voltea y va valsando, o si no le falta agua porque se combine la que hay con sustancias sólidas, o si no se enfría y apaga su fuego interior, o si, a fuerza de rodar, no acaba por agujerearse y por tomar forma de buñuelo o de anillo, como el de Saturno.

Prescindamos ahora de los mencionados reparos; quitemos valor a los argumentos que el mismo Sr. Gener suministra contra el progreso rápido y contra la persuasión de que estamos ya cerca de la meta. Y en este supuesto, cavilo yo y me inclino a creer que el resultado del dichoso movimiento progresivo, en vez de ser la aparición del superhombre, será el allanamiento y nivelación de la raza humana, la igualdad aborrecida por el Sr. Gener, y si no la imposibilidad, la dificultad mayor cada día de que nadie sobresalga y descuelle.

Como no habrá tiranos crueles e intolerantes, nadie podrá ganar la palma del martirio. Cada uno podrá predicar y difundir la doctrina que se le antoje, a sus anchas y sin peligro alguno. La supresión de los castigos largos y dolorosos impedirá que alguien se distinga por su resistente energía para sufrirlos: los Régulos y los Príncipes Constantes no podrán reaparecer. Extinguida la pobreza, la caridad, el generoso donativo y las más bellas obras de misericordia no llegarán a ejercerse y se olvidarán o quedarán atrofiadas en el alma. Si la paz perpetua se realiza y las guerras se acaban, adiós virtudes bélicas, grandes capitanes y héroes valerosos. Descubierto y averiguado lo que queda aún por descubrir y por averiguar, todos seremos sabios y no habrá peregrina invención que realce a un mortal con un centímetro de altura sobre los demás mortales. Agotados y manoseados ya todos los asuntos épicos, líricos y dramáticos, probados todos los sentimientos, y empleados para expresarlos los más naturales, sencillos y propios primores de estilo, los prosistas y los poetas tendrán que repetir lo que ya se ha dicho, y ser plagiarios o imitadores, exponiéndose por el prurito de ser originales, a caer en las mayores extravagancias y ridiculeces: a ser decadentes, delicuescentes, impresionistas, simbolistas y naturalistas. Con los escultores ocurrirá lo propio, cuando pretendan superar por nuevos senderos a Fidias y a Praxíteles. Y los pintores, si ambicionaran ser entre sus contemporáneos príncipes o reyes de su arte, como ya lo fueron en otra edad Rafael, Velázquez y Rembrandt, caerían en los amaneramientos más disparatados. En suma: la igualdad nacida del progreso y de la difusión de la cultura, nos acosará a todos, y el que no quiera someterse a ella, sino elevarse y lucir sobre sus semejantes, llegará a volverse loco y pondrá en cuanto haga el triste sello de su locura.

Por dicha o por desgracia, este término del progreso está remotísimo aún y quizás no llegue nunca. Ya sabemos que la completa igualdad es imposible. Sólo queremos dar a entender que un adelanto indefinido en la marcha del linaje humano, no puede llevarle sino a la aproximación de la igualdad, y no a que unos individuos desciendan del grado en que hoy se hallan, y a que se conviertan en superhombres los individuos más selectos.

La civilización, al compás que crece, propende a nivelar a los civilizados. Y esto en todo y para todos. El macedón Alejandro es cien veces mayor y más transcendente por sus actos que Napoleón I. En el día no se concibe la posibilidad del caso estupendo y único de una ciudad como Roma, que llega a enseñorearse de más de la mitad del mundo entonces conocido. Hoy no se explican las rápidas conquistas de los muslimes y la difusión del Imperio del Islam, desde la India y las fronteras de la China hasta más allá por el Norte de los Pirineos, y por el Occidente hasta las olas del Océano, donde entró Ocba a caballo y la cimitarra en la diestra para dominarlas en nombre del profeta Mahoma. Ni menos se concibe cómo Cortés, Pizarro y Jiménez de Quesada, cada uno con un puñado de aventureros, penetraron hasta el corazón de las más incógnitas regiones, derribando y apoderándose de Imperios populosos y ricos. Hoy, por el contrario, los medios que se emplean son enormes; la acción, desmayada y lenta; los resultados, mezquinos. Más de 200.000 soldados y centenares de millones de duros, no bastan para domeñar a unos cuantos negros y mulatos rebeldes. Sin duda, la civilización niveladora e igualitaria de que hemos hablado tiene de esto la culpa.

El desdoble del linaje humano en porción de superhombres y en porción de menos que hombres o de hombres decaídos, que es una de las fases de la profecía disyuntiva del señor Gener, no da indicios de que llegue a realizarse. Y lo que es yo me alegro en lugar de sentirlo. Me dolería en extremo quedarme entre los individuos de la humanidad decaída: y también me dolería, porque soy filantrópico, cariñoso y bueno, aunque me esté mal el decirlo, encumbrarme y darme tono entre los seres superhumanos, dejando a tanto cuitadillo prójimo mío cayendo lastimosamente y degenerando hacia la animalidad primitiva.

Caso muy diferente será, y satisfactorio para todos, si la otra faz de la profecía es la que se cumple: esto es, si todo el linaje humano, sin excepción, se convierte en superhumano. Quiera Dios que así sea. De su bondad infinita esto, y más si cabe, puede esperarse, aunque el Sr. Gener no lo profetice.

Lo que es yo quiero esperarlo, lo espero y desisto de hacer nuevas observaciones y de presentar otras dificultades y dudas, porque entonces sería mi artículo el cuento de nunca acabar; pero, a fin de determinar mi esperanza, fijándola, arraigándola, cimentándola y no dejándola en el aire para que el aire se la lleve, voy a poner aquí las principales conclusiones que yo saco de todo, ora sean favorables, ora adversas a la tesis del Sr. Gener y a su doctrina del superhombre.

El ser humano, tal como hoy existe y tal como ha existido siempre desde que tenemos noticia de él por la Historia, dista infinito de Dios, para quien en Dios cree, o de la razón impersonal o de la super alma, como la llama Emerson, para los descreídos. En los tres o cuatro mil años que conocemos de historia, debiera advertirse que por sus pasos contados vamos acortando esta distancia. Yo, sin embargo, lo advierto poco. Todos los inventos, adelantos y mejoras que el hombre ha hecho, me parecen, si de acortar esta distancia se trata, como la cantidad de agua que un niño sacase del mar con una escudilla para dejarle en seco. La mejora y el progreso, además, (pues no he de negar que los ha habido), vienen de fuera y se sobreponen y no se adhieren a nuestro íntimo ser, engrandecido él mismo y mejorado. Aunque ya lo he dicho, repito ahora que, en mi sentir, Alejandro vale más que Napoleón y Aristóteles más que Hegel, Píndaro o Isaías más que Víctor Hugo, y Fidias y Praxíteles más que Canova y Thorvaldsen. En todo esto hay negación de progreso. El superhombre era más superhombre hace dos mil o tres mil años que en el día. La distancia, con ser infinita, que de la inteligencia soberana le tiene separado, puede salvarse en cualquier época, por favor del cielo, por rapto de amor divino, por galardón precioso concedido a una singular persona y que nada tiene que ver con el progreso. Lo que es como serie de grados que nos acerque a la perfección, no se ve el camino que nos conduzca al punto en que la superhumanidad aparezca. Ni casi con otros seres de diversa casta que el hombre acierto yo a poner jalones en dicho camino. Casi estoy por afirmar que, en lo radical y substancial, entre Dios y el hombre, no se descubre excelencia intermedia. Después de Dios, se diría que el hombre es lo más elevado que hoy se concibe y que se ha concebido siempre. Todos los seres con apariencias de superiores a nosotros, se nos someten y se ponen a nuestro servicio. Por medio de conjuros evocamos a los demonios; por medio de exorcismos los arrojamos de donde no conviene que estén; las sílfides y las ondinas se mueren de amor por nosotros; los dioses y las diosas de todas las religiones suelen prendarse de los mortales y casarse con ellos; los genios acuden a valernos, a protegernos y a inspirarnos poesía, prosa y otros primores; las hadas tejen ricas telas, fabrican brillantes joyas y favorecen a las princesas y hasta a las fregatrices; los ángeles son nuestra custodia y vienen a nosotros como embajadores y aun como mandaderos; y los arcángeles, ya son paraninfos, ya a modo de escuderos y guías que en nuestros viajes nos acompañan. ¿A ver, pregunto yo, si es lícito pedir o esperar más, después de alcanzar o de haber alcanzado todo lo dicho?

En otras mejoras, que pudiéramos lograr con el tiempo, noto yo que surge en seguida la contradicción. Pongamos por caso que se generalizase entre los hombres el ser tan hermosos como el Apolo de Belvedere, y entre las mujeres el ser tan guapas y bien formadas como la Venus de Milo o la Calípiga, y al punto los elegantes y aristócratas hallarían vulgar y ordinario el ser así, y para distinguirse ya se deformarían el cráneo, comprimiéndole o llenándole de burujones, ya incurrirían en otras empecatadas extravagancias. Y pongamos también por caso que al fin se arregla tan hábilmente el organismo de la sociedad, que el vicio siempre es castigado y la virtud premiada siempre. Pues en mi sentir, no podría ocurrir nada peor. Entonces sí que la virtud no sería sino un nombre. Los cucos y los galopines, movidos por la segura recompensa, serían los más virtuosos; y cuando alguien, desdeñando el propio interés, se entregase a los vicios más feos y perpetrase crímenes de marca mayor, nos inclinaríamos a creer, o bien que estaba loco, y que por consiguiente era irresponsable, o bien que era una criatura de condición elevadísima, cuyas pasiones briosas y sublimes le impulsaban a desprenderse del vulgar egoísmo y a salirse fuera de la pauta común en que todos nos habríamos encerrado.

En resolución, y para no cansar más, diré que no columbro por parte alguna el advenimiento del superhombre, sin que sobrevengan a la vez contradicciones irresolubles. Posible es, no obstante, que el superhombre sobrevenga. Pero, ¿quién me asegura que sea mejor moralmente que el hombre de ahora, y que no sea, con más saber y poder, desmandado y perverso? Fracastoro, en los versos que me sirven de epígrafe, considera posible el advenimiento de una casta de superhombres; pero no serán buenos, sino que serán descomedidos y feroces gigantes que no dejarán títere con cabeza, que se levantarán contra Dios, y tratarán de arrojarle del cielo, y que de nosotros harán sus víctimas y sus esclavos. Ya Swedenborg, cuando estuvo en el planeta Venus, vio y trató a los hombres de allí, y por lo que nos cuenta de ellos, y por lo apurado que entre ellos estuvo, podemos calcular lo mucho que padeceríamos y el inmenso infortunio que vendría sobre nosotros si una casta semejante, tan engreída, soberbia y poderosa, apareciese en este globo terráqueo en que habitamos.

Concluyo, pues, (y no porque se me acaban las razones, sino porque se me acaba la paciencia y porque temo que la de los lectores se acabe también), que lo más acertado y prudente es no desear ni esperar que el superhombre sobrevenga, y contentarnos con ser hombres regulares y como se han usado siempre, si bien enriquecidos, cada vez más, con invenciones ingeniosas, como la ya conseguida del alumbrado eléctrico, y como las que, sin duda se conseguirán, de dar dirección a los globos, sacar en las fotografías los colores de la cámara obscura, y quién sabe si llegar a alimentarnos con extractos y alambicadas quintas esencias, sin esta grosera alimentación de ahora, por la cual, al cabo del año, engulle cada hombre un montón de substancias, centenares de veces más pesado y voluminoso que todo su cuerpo. En fin, mucho, muchísimo se puede inventar y mejorar aún antes de que llegue el momento en que la aparición del superhombre se nos venga encima. Lo que es de las habilidades de Sarah Bernard y de los ingeniosos escritos de Juan Richepín, aunque yo los celebro porque me deleitan y me encantan, no me atrevo a inferir que dicha aparición esté próxima.



1 de Junio de 2018 a las 01:43 0 Reporte Insertar 0
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