Cuento corto
0
4.7mil VISITAS
Completado
tiempo de lectura
AA Compartir

Una historia no tan mala

–No puso resistencia. Nada más se quedó esperando.

Asdrúbal me lo repite cada que tiene oportunidad, que así se lo dijo –jamás me resistí, me senté a esperarlos. Yo no dejo de pensar en lo testarudo que resulta cuando me lo platica. Su cara ilusionada como un bebé frente a cualquier cosa que brille. Desde los días de escuela, encuentra la forma de involucrarse con chicas raras, desde aquellas que le escogían la ropa, hasta quienes me sedujeron, como al resto de los amigos, doblegando cualquier fidelidad.

–Cuando Meg tenía menos de un año… la mamá huyó con ella en brazos, huyó del esposo, que era jugador y alcohólico.

Yo le creería poco a Meg. Asdrúbal dice que, de acuerdo a la principal de sus fuentes, es decir Home & Health, esos eventos, como la separación de los padres, marcan a las personas de manera definitiva, y más si son abruptos o violentos, sin importar si fueron experimentados durante una niñez temprana. Me cuenta todo eso como si para él fuera una plática casual, pero en el fondo quiere convencerse a sí mismo de terminar cuanto antes la relación, decirse que es lo mejor que puede hacer. Sin embargo, más más adentro, en el tuétano, lo que hace es justificar su noviazgo. Eso es lo que más me molesta, más que escuchar una y otra vez la misma historia.

–La mamá fue la que le describió la escena: tú tenías un año no menos once o diez sí diez meses y yo sabía que podía matarnos todos los días pensaba en escaparme en que nos fuéramos porque los golpes de tu padre eran cada vez más ensañados más duros ya no sabía yo ni por qué recibía tantos golpes a veces nomás porque no le gustaba cómo olía o porque creía que lo había visto feo esa vez había bebido desde temprano en el hipódromo y llegó a la casa con esa mirada y olía mucho a alcohol ponía unos ojos muy raros cuando estaba borracho como que veía lejos nomás seguro perdieron los pinches caballos se detuvo en la puerta de la recámara y me dijo hace tanto que no te pego una chinga así nada más sin más razones que su voluntad tú estabas dormida en el otro cuarto y despertaste llorando en cuanto terminó de decirlo corrí a donde estabas y como que el que lloraras le dijo espérate tantito porque como que se calmó te abracé y te amarré con una sábana así como rebozo pero luego fue y se puso en la puerta que daba a la calle para que no me fuera y me fui a la cocina o me defiendo o este cabrón nos va a pegar una chinga dije dentro de mí y agarré un cuchillo y me devolví al cuarto para encerrarme pero fue ahí cuando se vino sobre mí entonces quién sabe cómo mijita agarré todo el valor que tenía y le grité ¡hijo de tu puta madre, acércate, acércate cabrón y cuando menos en una pinche pata te lo entierro!

Al narrar cualquier cosa, Asdrúbal echa mano de todos los recursos histriónicos que aprende por televisión, quizá, de hecho, demasiado, porque hace que le crea menos sus historias. Pero debo aceptar que precisamente esta anécdota no me parece tan aburrida, aun cuando la haya escuchado tantas veces. No sé qué parte del cuento es de Meg, qué parte es de su madre, qué le agrega él y qué pertenece a la realidad, si es que una cosa así existe. Siempre llega un momento en que dejo de oír lo que Asdrúbal me cuenta y empiezo a pensar que los acontecimientos no ocurren sino en la cabeza de las personas, que nada pasa hasta que se le observa y se le pone un nombre.

El padre sonrió, te voy a perdonar, le contestó –nomás porque ya me dio sueño, –y se fue a la sala, donde se acostó en un sillón, sin mayores precauciones, confiado, balbuceando de vez en cuando, hasta que cayó rendido. La señora aprovechó, cavilando la posibilidad de matarlo o provocarle algún daño, pero finalmente no lo hizo, no podía evitar sentir aún algo por él, y escapó con Meg y sus ojos miel y su cabello de rizos castaños como una muñeca, según Asdrúbal. En la terminal de autobuses, ya en el camión que las llevaría al pueblo de la abuela, la esposa alcanza a ver a su marido por última vez desde una cortina entreabierta. Él voltea a todos lados, como un perro extraviado, buscándolas, y como si intuyera, de forma intempestiva dirige la mirada a la ventana desde donde es observado. Ella se lanza hacia el respaldo del asiento y cierra la cortina. Jamás volvieron a encontrarse.

–Así que esas transformaciones, vamos a decir entre comillas, a causa de la bebida, no son gran sorpresa, ¿te das cuenta? Mira: padre alcohólico, madre víctima de violencia, infancia afectada, daño del afecto paternal.

–Yo qué sé, Asdrúbal–, le digo, –tú eres el Freud de la colonia Guerrero, –burlándome, pero es imposible jugarle una broma porque aparte de entender poco nunca se ofende. Lo imagino hablando a escondidas con Meg, besándose. Que poca seguridad existe en esos sitios. Y es que crecimos juntos, viene a mi casa luego de un turno de doce horas en la penitenciaría y habla de esta mujer con la que mantiene un romance imposible, quien en adición a todo lo anterior, y esto explica su situación actual, se envolvió en noviazgos repletos de pleitos y escándalos, en particular el último. ¿Pero a quién no le ha pasado?, dice Asdrúbal, y yo le contesto que a mí no, que nunca, así que él la defiende argumentando que todos esos problemas fueron provocados por la bebida y que ella ya no consume y que está muy arrepentida.

El último novio de Meg era un tipo llamado Malato, juez del tribunal de justicia. El pobre señor, que era mayor que ella por diez años, recibía reclamos interminables de cosas imposibles de solucionar cuando la señorita bebía. Ser insultado era lo mínimo. Pese a ello, Asdrúbal cree que Meg lo amaba y que le dolía muchísimo tratarlo así, pero que le resultaba inevitable. Se prometió muchas veces no humillarlo frente a todos de nuevo, no lanzarle tragos encima ni ventilar anécdotas vergonzosas, pues, hasta eso, amanecía, al menos algunas veces, con un remordimiento tal que luego el problema era sacarla de la depresión, porque se quería suicidar y no sé qué, hasta que recibía la absolución del juez.

Lo que sí es un hecho es que no era posible resistir demasiado tal cantidad de insultos. Por eso, al recogerla una de tantas en un bar donde se reunió con compañeros de oficina de la policía local, le pidió que durmieran juntos –¿Y para qué, si ni sabes coger?–, le respondió gritando en la puerta de la taberna, mientras el coro de risas de los cadeneros lo ofendía doblemente y a ella la animaba, –eres un puñetero. Vamos, pero nomás porque ya tengo sueño y me quedó lejos la casa. Le dije a estos cabrones que fuéramos a otro puto lugar, pero no, aquí les gusta, y alégale a un policía.

Según Asdrúbal, aquellos minutos retumbaban todavía en la cabeza de Meg, atormentándola. Además de gracias, parece que Malato no pronunció frase alguna, a pesar de que en el coche y hasta llegar a casa las injurias en su contra no pararon. Una vez ahí, después de abrir el portón automático de la cochera y estacionarse tomando cuidado y distancia, bajó callado y abrió la puerta del copiloto. En la sala, le pidió esperar para adecuar la recámara. Se escucharon algunos ruidos en el fondo de la casa, y luego regresó empuñando un cinturón, y sin mediar palabras, sin la menor advertencia, la golpeó. No emitió sonidos y no falló uno solo de los envíos, marcándola desde la cara hasta los pies. Los últimos tres golpes de hebilla dejaron cicatrices permanentes, pero para ese momento parecía azotar un cuerpo quebrantado, así que no obtuvo ya la respuesta de dolor que esperaba, y tras maldecir fue a lavarse la cara. Luego de ver el espejo por un largo rato, sin encontrarse él, se fue a dormir.

Pero Meg no estaba inconsciente, resistía en un estado de contención, con la rabia entre los dientes y la mirada apuntando lejos, más allá de las cosas. En su cabeza se repetía la historia de su madre. Estaba amaneciendo cuando con dificultad logró ponerse de pie. Vio en el espejo del baño sus ojos, horas antes ahí mismo estuvo Malato y también trató de encontrarse sin éxito. Fue a la cocina, tomó un cuchillo y contempló brevemente a aquel hombre. Debía terminar lo que empezó su madre. Susurró en cuenta regresiva –tres, dos…– y le dejó caer una puñalada en medio de las piernas: Malato abre los ojos y la boca de un solo golpe al tiempo que se lleva las manos a la herida, busca aire para gritar pero el dolor no se lo permite y una mancha de sangre crece por las sábanas verdes como petróleo crudo, cuajándose en olor a sal y tierra, mientras Meg ve aquello con una expresión más de gozo que de alarma, empuñando el arma. Sin decir nada vuelve la cocina, lava el cuchillo y deja el lugar, cuando los alaridos a Malato empiezan a despertar a los vecinos.

Aunque penosamente, hay que decirlo, el tipo sobrevivió. Bien por él. La denuncia, obviamente, no se hizo esperar, como tampoco duró mucho el secreto. El caso fue conocido a nivel nacional por una filtración a los periódicos. La sentencia de Meg, quien no acudió a ningún citatorio para defenderse, fue de cinco años en prisión. La atraparon en su casa, sus propios compañeros de trabajo, y la encerraron luego de confesarse culpable. Sabía que llegarían esa noche, una amiga del departamento le dijo la hora y la fecha, así que se preparó. Cuando los policías tocaron a su puerta, esperaba sentada bebiendo una copa de vino.

No veo manera de que Asdrúbal salga beneficiado con este encuentro, se lo muestro cada vez que me visita, pero asegura que alguien dedicado a la literatura invariablemente cree estar frente al drama. –No exageres, Broncio–, termina diciendo, mientras me repito en silencio que trataré de evitar el tema para la próxima, porque a fin de cuentas él hará lo que quiera y, honestamente, cuánto tiempo pueden durar juntos. Reconozco de nuevo que, después de todo, este embrollo no es tan mala historia para un relato, pero no quiero que Asdrúbal se entere porque entonces tendría razón y va a recordarlo cada que pueda. Eso sí, no dejo de mencionarle que cuando Meg salga de prisión no podrá entrar en mi casa, y él sonríe siempre de la misma manera y se despide con la mano inmóvil, levantándola y estirando sus cinco dedos flacos.

31 de Mayo de 2018 a las 23:46 0 Reporte Insertar Seguir historia
0
Fin

Conoce al autor

Comenta algo

Publica!
No hay comentarios aún. ¡Conviértete en el primero en decir algo!
~