6.50 Seguir historia

hvillavicencio David Villavicencio

Pobreza o Mediocridad....¡?


Cuento No para niños menores de 13. © David Villavicencio

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6,50

   Son 6,50 caballero" fue la frase que fue masticada sin piedad por los dientes amarillentos de la cajera más anacrónica del mundo a la humanidad de Carlos Rojas, que ni siquiera estaba en ese lugar indagando el importe de una bebida que en realidad tenía un cierto sabor a excremento, si no solo por pedir un simple vaso de agua, pero sin querer saberlo se dio por enterado de la realidad (si la realidad esa cosa que a veces te golpea en los testículos cuando menos te lo esperas) y la realidad decía aquel momento que era tan mediocre como para no poder adquirir una botella de líquido pudre riñones, Carlos sintió rabia, apretó el puño y saco de la chistera la sonrisa más hipócrita que pudo encontrar y entre dientes le dijo a la cajera "Maldita perra" haciéndolo parecer un muy educado "Muchas Gracias" dio media vuelta y salió del negocio más miserable que de costumbre.

Carlos ya desde hacía un buen tiempo ni se preocupaba por saber los precios de esos productos los cuales ya no se podía costear; era como una especie de mecanismo para sobrellevar su miseria, muy pronto, solo llego a saber cuánto costaba los mendrugos de pan de la panadería comunitaria y los cigarrillos detallados que se les vendían a los pobres a la esquina de esa misma panadería, eso sí, no podían faltar esos cigarrillos de nombres inverosímiles que lo sacaban decía el de un “mundo de mierda”, Carlos desde que salió apresurado de aquel negocio no dejaba de pensar en aquella frase, que se le había apelmazado en el laberinto de sus pensamientos desde que la cajera se lo dijo con tanta finura fingida, "Como diablos eso va a costar 6,50" "es un abuso de esos empresarios" "quien carajos paga 6,50 por eso" divagaba Carlos en su mente mientras caminaba por esa ciudad de mentira donde millones de personas caminaban al compás de un ritmo que solo los llevaba a sobrevivir, al calor del mediodía Carlos se dio cuenta de que la sed de la mañana comenzaba a hacerse sentir en su garganta y se dio por enterado que desde que salió del negocio solo había estado divagando sobre la frase y el precio del producto sintió un poco de curiosidad por saber que si acaso los cigarrillos que compraba aumentaban 6,50 los dejaría de comprar y se respondió rápidamente el mismo sabiendo que aunque aumentaran a 1 millón, el encontraría la manera de obtener su preciada nicotina para llenarse los pulmones de niebla toxica. En medio de todo eso caminando con la cabeza metida en otra parte llego a la encrucijada más concurrida de la ciudad y los demás empezaban a sentirse hartados de su caminar aletargado, hasta que una señora lo devolvió al mundo real empujando y murmurando entre dientes "Mongólico", Carlos lo sintió y evito responderle y viendo hacia al frente observo de reojo una cajetilla de cigarrillos nueva, echada en medio de la intersección de la calle, sin ningún tipo de daño visible aquello parecía como un regalo de parte de Dios para él, después de eso le valía nada que aquella botella de líquido costara 6,50, no le importaba que la cajera estúpida le respondiera con el precio de algo que no podía comprar a su petición de un simple vaso de agua, solo importaba esa perfecta caja de cigarrillos plantada en el medio de la calle.

La sed de Carlos desapareció en un instante y la ansiedad estúpida por tener aquellos cigarrillos aumento de forma desaforada, sin pensarlo dos veces se abalanzo sobre lo que creyó que era un regalo de Dios, (Su nicotina sagrada) y la bulliciosa ciudad, que nunca se tomaba un minuto para escuchar alguna de las millones de historias que transitaban por sus calles de mugre, se silenció para escuchar el derrape de las ruedas de un destartalado LADA que hacía sonar su claxon como una especie de forma de evitar la muerte sin éxito, lo último que pude ver Carlos fue como se desvanecía la visión de una caja de cigarrillos sin usar delante de sus manos mientras su cráneo se volvía un rompecabezas de porquería en el pavimento ardiente de las 12 del mediodía. Después de algunos minutos cuando ya el beso de la muerte le empezaba a recorrer los laterales de su cuello un moribundo Carlos pudo sentir unas manos gélidas revisando el interior de sus bolsillos y como si fuera un eco desarticulado que proviniera de miles de kilómetros escucho la voz del dueño de aquellas manos lamentándose "El pobre diablo solo tiene 6.50".

15 de Agosto de 2018 a las 00:32 0 Reporte Insertar 3
Fin

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David Villavicencio "Los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez." Gabriel Garcia Marquez.

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