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Caída libre

Y no soy valiente
porque al final,
acabo sentada en aquel borde
esperando el empujón que llevo dentro,
pero que se queda atorado entre las ganas y el miedo.
Stand by, Laura C. Martínez.


Año 3001 de nuestra era, el mundo ha pasado por la mayor revolución que jamás se ha visto: la revolución de las mujeres.


Corría el año 2047 cuando la primera mujer negra fue elegida presidenta del gobierno, pero esta victoria no sería el desencadenante de la revolución, sino más bien su asesinato.

A la mañana siguiente del gran día, la recién electa Kaiyi Nyeusi se dispuso a desfilar por las calles de la capital, acompañada de sus colegas de partido y sus conciudadanos, acercándose al pueblo, su pueblo, y transmitiendo el mensaje de esperanza que tanto ansiaba la nación.

Todo marchaba según lo planificado, incluso miembros de los sectores más conservadores se veían conformes, incluso los fascistas parecían haber desaparecido por un día.

Fue a la mitad de la avenida principal donde sucedió, Kaiyi encabezaba la marcha hombro con hombro con su madre y sus conciudadanos. Caminando como iguales hacia un futuro mejor, cuando, sin previo aviso, una bala atravesó el pecho de Kaiyi, agujereando su corazón de un lado a otro. No había nada que hacer.

El asesinato se atribuyó inmediatamente a los diferentes grupos fascistas, quienes claramente negaron tal acusación y comenzaron a culparse unos a otros, y mientras esto ocurría, las calles comenzaron a ser tomadas. Tomadas por mujeres; mujeres de toda clase, raza, religión, orientación sexual, identidades, normativas o neurodivergentes, con cualquier tipo de cuerpo, de todas las generaciones... Todas se unieron para manifestar el miedo que ya no tenían, la fuerza que Kaiyi Nyeusi les había dado, la valentía liberada que durante tantos años habían encerrado en sus corazones y que más que nunca ansiaban la libertad que tanto anhelaban, el sueño que Kaiyi les prometió y les arrebataron de las manos como quien le quita un dulce a un niño pequeño.

Mujeres gritando, mujeres luchando, mujeres tomando el poder... Hubo muertes, claro que las hubo, pero después de aquello lo raro no era ver feministas, sino ver machistas.

Las leyes cambiaron, la educación cambió, el modo de vida cambió... Todo había empezado de cero. En ningún momento se proclamó un sistema que pusiese a las mujeres por encima, o se inculcaron ideas hembristas que incitasen al odio, la opresión y la vejación a los hombres.

Simplemente se consiguió lo que desde hacía tantos años se había buscado: la libertad de las mujeres, obteniendo, en consecuencia, la igualdad.

Pero a pesar de que esta idea que parecía utópica llegase a algo real, no faltaban quienes aún defendían y reclamaban la vuelta del anterior sistema.


   —No voy a hacerlo —se negó Miz Nawmon con las manos sobre el escritorio de cristal. Miz era una joven militante del partido que tenía la presidencia, En Pie, y diría que su vida era normal y tranquila si no fuese porque fue secuestrada por la oposición cuando iba a la universidad.

Gregory Momeh agarró del pelo a la mujer, que hizo una mueca de dolor, y se acercó a su rostro tanto que podía contar sus pecas.

   —Vas a hacerle una visita a esa negra de mierda, la vas a mirar a los ojos y vas a matarla antes de que sus vecinos sepan su nombre siquiera.

Momeh era el líder de la oposición, aunque representaba a una minoría de la población, sus ideas estaban basadas en los ideales del pasado milenio: el hombre tiene el poder, la sumisión de la mujer, supremacía blanca, heteronormatividad... Vamos, que era un fascista. Pero aquellas ideas no encajaban ya en el mundo, incluso eran remotas y aisladas, y eso le corroía.

A pesar de que sólo había dos partidos políticos, en ningún momento se dio un bipartidismo como el de comienzos del siglo XX. Los partidos no se turnaban, era la población la que votaba, la que decidía quién le representaba.

Como se supone que ha de ser una democracia.

   —¿Por qué matarla? ¿Por qué no hacer que cambie de opinión?

   —Estúpida y sentimental niña. —La tiró al suelo, pero se levantó al instante y analizó la estancia en busca de una salida. —No puede haber cabos sueltos, no puede fallar nada.

Se ajustó los gemelos de sus muñecas con la mirada en algún punto del rostro de Miz y sonrió con el triunfo en la mirada.

   —¿Y si me niego? —Miz le miró sin poder reprimir una mueca de asco.

Momeh la agarró del brazo y la llevó prácticamente a rastras a la militante por un pasillo, hasta posicionarse frente a un cristal que mostraba una estancia a oscuras. El hombre soltó de forma brusca a Miz, empujándola contra la lámina.

   —Iluminadla.

La bombilla que pendía del techo se encendió dejando ver una habitación sin muebles y de paredes de hormigón desnudo, donde dos mujeres estaban de rodillas y con la cabeza gacha. Eran la madre y la hermana de Miz.

   —Entrad.

Una puerta se abrió en la izquierda de la sala, de la que salieron dos hombres de negro. Cada uno se posicionó detrás de cada mujer y sacó una pistola, colocándola en la nuca.

   —¡No! —Miz golpeó el cristal hasta hacerse daño, pero nadie al otro lado la oía. Con los puños apretados se dio la vuelta y se abalanzó sobre Momeh, logrando asestarle un par de puñetazos antes de que sus guardaespaldas la apartaran.

   —La próxima vez que me toques me bañarás con la lengua, mujer. —Momeh escupió con asco y soberbia a Miz.

Otro hombre con traje se acercó a Miz por detrás y alrededor de su cintura colocó una riñonera. Mientras, un segundo hombre trajeado le colocaba a la fuerza un anillo en el dedo índice que, literalmente, se clavó en él gracias a unos nanodientes.

El anillo era plateado y tenía una piedra azul, además seguía la forma del dedo con una estructura que imitaba las articulaciones, haciendo posible la movilidad, y que culminaba en punta, como si fuera una garra.

   —Te estaría tocando de nuevo. —Miz se burló, haciendo que Gregory se pusiese rojo de rabia y la volviese a agarrar del pelo, llevándola a rastras hasta el borde de una plataforma. — ¡¿Por qué quieres acabar con este sistema?!

A pesar de que no tenía posibilidades de hacer cambiar el parecer de Gregory, Miz no quería rendirse sin dialogar, sin intentar que aquel hombre entrase en razón.

   —¡Mira a tu alrededor! No hay libertades, no hay posibilidades para los hombres. Estamos obligados a asentir y callar, a callar y asentir. —Gregory hiperbolizó la situación que se vivía, probablemente la mejor de la historia de la humanidad, y miró al frente, observando los edificios desde aquella plataforma en el rascacielos de su partido.— Si os violan es nuestra culpa, si morís a manos de vuestro marido también nuestra culpa... ¿Y eso de que las bolleras adopten? ¿Y los maricones? ¿Y los travelos?... Puaj ¿Y por qué nadie habla de cómo es posible que un negro llegue a la presidencia? Es todo tan turbio y está tan corrompido... —Gregory habló firme, creyéndose cada palabra que salía de su boca.— Habéis corrompido un sistema que estaba bien tal y como era, con su jerarquía y sus estatus sociales. Sólo la gente decente ascendía, sólo los aptos de naturaleza llegaban a algo, por eso los negros se morían de hambre en África, por eso los maricones no adoptaban y por eso las mujeres no llegabais a nada en la vida, porque no sois aptas, no sois nada. Y ahora... Si te tuviera así agarrada en mitad de la calle no tardarían en aparecer más como tú a tildarme de misógino y no dudarían en lincharme, y cómo no, mandarme a la cárcel, ¿es que nadie piensa en nuestras necesidades?

   —Nos merecemos la libertad y los derechos que hemos obtenido. —a Miz se le hizo un nudo en el estómago. Había leído de cómo era el mundo antes, había visto fotografías, leído artículos, titulares e incluso había visto programas de televisión, muchos de ellos retransmitidos en horario infantil.

Había conocido, de forma indirecta, la balanza trucada que, ocurriese lo que ocurriese, siempre favorecía a los mismos.

   —Hemos cogido un mundo podrido al borde de la muerte y le hemos devuelto la vida, hemos construido una nueva sociedad basada en el respeto a través de nuevos y más justos valores y hemos sacado adelante el mundo. Eso hemos hecho. En ningún momento os hemos asesinado por ser hombres, ni os hemos reducido el sueldo con respecto al de las mujeres u os hemos prohibido adoptar o siquiera trabajar. El único privilegio que ya no tenéis y que os hace iguales al resto de la población, es el de tener la cadena que somete al resto del mundo, simplemente porque ya no existe.

Momeh soltó algo de aire por la nariz, mostrando su rabia.

   —¿¡Y quién eres tú para decidir si mato a alguien o no!? ¿¡Quién te da derecho a condenarme por limpiar el mundo!? —Momeh habló con tanta fuerza que algunas gotas de saliva fueron a parar al rostro de Miz.

   —¿¡Limpiar el mundo!? —Miz se zafó de su agarre y se puso a su altura con el rostro lleno de ira— ¡La gente como tú es la que ha de desaparecer! Siempre con esa superioridad cuando sois iguales al resto.

Momeh cerró los ojos y se dio la vuelta dándole la espalda a Miz. El hombre dio unos pasos alejándose de ella y giró levemente la cabeza.

   —Tienes razón—murmuró, Miz le miró con el ceño fruncido y la desconfianza rebosando de su ser.—, todos merecemos los mismos derechos, debemos vivir en diversidad y aceptarnos los unos a los otros.—Momeh volvió a ponerse cara a cara con Miz con un semblante serio, aunque sus labios no tardaron en dibujar una leve sonrisa—Aunque no todos sepamos volar.

A pesar de lo obvia que era su traición, Miz se sorprendió cuando Gregory le dio una patada en el pecho, lanzándola al vacío, siendo su macabro rostro lo último que vio antes de abandonar su era. 

19 de Mayo de 2018 a las 18:11 0 Reporte Insertar 0
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