Huellas Seguir historia

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Juan Sebastian Rivera Ortega


La inocencia de los niños puede ser muy poderosa... inclusive en la muerte


Horror Historias de fantasmas Todo público.

#371 #niños #245
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Huellas

Mi cabeza esta nublada. Escucho un zumbido que no soporto proveniente de lo más profundo de mi cerebro. Es tanto la agitación y la confusión que pierdo el equilibrio; es tanto el peso y el dolor dentro de mi cabeza que pierdo la fuerza en mis piernas; es tanto el ruido que, instintivamente, dirijo mis manos hacia los oídos para taparlos, aunque en realidad el zumbido provenía dentro de mí y no del exterior.

Mi cabeza choca contra la pared en donde me estaba apoyando para no caer, desgraciadamente no funcionó. Todo mi peso recaía sobre esa pared y me desvanecí hasta tocar el suelo.

El zumbido es demasiado fuerte. No pienso. No tengo juicio en estos momentos. No hay tiempo, tan solo se fue, como si no importara. Aprieto mis dientes entre sí con fuerza, hasta el punto de sentir dolor en las muelas, pero no importa ya que comparada con en el dolor de mi cabeza se quedaba muy atrás.

Me dirijo hacia la esquina del cuarto, arrastrándome con las piernas, ya que mis manos están ocupados apretando mi cráneo con la esperanza de reducir el dolor, en vano claro. Llego. Me coloco en posición fetal. Y ahí me quedo.

¡Por Dios! ¡¿Qué está pasando?! Esto… esto no es normal… no es natural. No puedo ver, oír o pensar con claridad. Hiperventilo con tanta fuerza que escupo espuma de mi boca. La desesperación es tal que ya no sólo aprieto contra mi cabeza, sino que empiezo a arañar muy lentamente mis sienes. Mis sentidos se desvanecían y mi existencia se limita, en estos momentos, a esta parte olvidada del mundo y al dolor que sufro. Solo espero a que termine este delirio, este sufrimiento atroz.

Más tarde que temprano, todo empezó a calmarse. El dolor se desvanecía. La neblina negra que veía en mis ojos se disipaba. Poco a poco mis sentidos regresaban y mis pensamientos volvieron a expandirse más allá de mi terrible estado. Un dolor nuevo aparece, más pequeño pero agudo, proveniente de mis sienes; la sangre empieza a escurrirse en pequeños hilos, tan tibia, tan atractiva. Retiro mis dedos llenos de sangre y piel en las uñas. Abandono mi posición fetal para sentarme, empiezo a respirar con más serenidad y dejo de apretar los parpados.

El delirio llego a su fin.

Quede en un estado donde no me movía. Dejaba la sangre fluir desde mi cabeza hasta mi pecho y hombros, para que así la tibia sangre me arrulle. Ya me había recuperado, tanto en lo metal como en lo físico, pero quería permanecer ahí, como el ratón que no quiere dejar su nido ante la amenazante presencia del felino… Pero, si ese es el caso ¿Quién era el que me amenazaba?

Abrí los ojos. En si no miraba nada, tan solo me quede como si estuviera dormido, pero con los ojos abiertos.

En esa mirada perdida, sin rumbo, mis ojos se topan con el suelo del cuarto. Al instante me quede frio, deje de respirar y mi rostro se deformo a una expresión de horror. Había algo ahí.

Huellas.

Negras, pequeñas pero amenazantes huellas, que desprendían un olor a carne quemada, se encontraban rodeándome, todas mirando a una sola dirección… a mí.

Volví a respirar pero con agitación, como si tuviera frio. El todo se limitaba a la existencia de aquellas huellas. Un escalofrió apareció y recorrió todo mi cuerpo, de abajo hacia arriba, erizando mi piel, y mis manos temblaban descontroladamente; no tarde en sentir terror, no miedo… terror, legítimo y único terror. Aquel que te hace sudar frio; aquel que te contagia desesperación e incertidumbre; aquel que acelera tu corazón y tu respiración, dejando tu garganta seca y tus labios agrietados; donde no puedes hacer nada a excepción de quedarte ahí y esperar lo peor. Eso es lo que siento ahora.

No sé qué hacer. Puedo levantarme y salir corriendo de mi casa. Puedo empezar a gritar con todas mis fuerzas hasta que alguien venga a ayudarme. Puedo rezar como un histérico con la esperanza de que Dios me escuche y todo este atormento acabe. Pero simplemente me quedo aquí.

La curiosidad, como si de un instinto se tratase, empezó a querer contar las huellas. Mi mirada empezó a buscar todas las huellas existentes en el cuarto. Entonces me doy cuenta de que no solo hay huellas en el piso, sino también en las paredes y en el techo. El atormento creció pero mi curiosidad no se redujo… quería saber más.

Con voz quebrada y débil empiezo a contar los pares…

1…

2…

3…

4…

5…

22…

No, no, no, no, NO, NO

Esos pequeños malditos hijos de puta. Son ellos… imposible. Hay reglas, hay lógica, hay una realidad donde esto no puede ser. Hay un maldito infierno. Esas putitas no pueden regresar así solamente.

Esto es absurdo, increíble… Estoy loco. Si eso es, estoy enfermo y alucino con mi pasado, con mis terribles pecados, con esos niños. Todo acabara con unas pastillas que me recetará algún doctor inútil e idiota, o me encerraran en un manicomio hasta que me cure por gracia y bondad del supremo. Pero se ven tan reales. Lo que sentí no fue una alucinación, fue tan real que me desgarre la carne de mis sienes.

Tengo que estar seguro, necesito verlos… verlos a todos ellos.

Me levanto con brusquedad y empiezo a correr como un loco (bueno, tal vez ya sea uno). Atravieso las huellas que me obstaculizan mi camino, no me importa si son reales o no, hay cosas más importantes en juego ahora. Cruzo la puerta, me dirijo a la planta baja… tropiezo y empiezo a rodar por las escaleras. Al llegar al suelo me levanto importándome un comino si me rompí o no un hueso. Necesito saber… necesito saber que esto no es real, que esto es solo un mal sueño que he de terminar por mí mismo. Con todo el peso de mi cuerpo me arrojo hacia la puerta del sótano (En California hay muy pocas casas con sótanos), partiendo la puerta en dos, pero aun así no lo suficiente para abrirlo. Con furia y rabia antinatural arranco los pedazos con mis manos para entrar de una puta vez; me astillo con grandes pedazos de madera, me arranco una que otra uña, me empiezo a dar cuenta que me torcí la muñeca derecha por la caída en las escaleras, me corto las palmas de las manos pero nada de ese dolor me detiene. Mis pensamientos estaban determinados en llegar abajo. Finalmente logre destrozar toda la puerta con mis manos.

Bajo los escalones de tres en tres hasta llegar al sótano. Al fin llego a mi parte favorita de la casa. Aquel lugar donde juego con los desafortunados animalillos, mis juguetes, con todo tipo de experimentos: violaciones, mi favorito; asfixia, tanto con diferentes instrumentos como por mis propias manos; probar antiguos método de tortura, la mayoría gracias a la iglesia de la edad media; diseccionar, mutilar y explorar sus diminutos pero agradables cuerpecitos, aun en vida; y un sin fin de atrocidades. Hermosas y satisfactorias atrocidades. Mis atrocidades. Mi arte.

Me dirijo hacia mi pala apoyada en la pared, pero mi velocidad y mi descontrol consiguen solamente tirarla al tratar de agarrarla. Mi malestar y mi odio se incrementan ante tal estupidez, pero aun así intento recogerla. Ya conseguida la imposible tarea, sostengo la pala con fuerza y empiezo a escarbar la tierra suelta donde se encontraba los restos putrefactos y malolientes de los niños. Mientras lo hago, me doy cuenta de que chorros y chorros de sangre salen disparadas de mis sienes por el poderoso latir de mi corazón. ¡Que espectáculo!

Lo hago una y otra vez hasta llegar al fondo. Estoy cansado, dolorido, destrozado y sangro. Creo que me voy a desmayar por la falta de energía, pero eso puede esperar.

Ahora con las manos retiro la tierra sobrante para encontrar los restos. Ha pasado tiempo, no sé cuánto pero sé que ya es tarde, mi noción del tiempo me abandono en casi toda esta travesía. Y llego, al fin, al fondo. Me impresiono por la gran cantidad de tierra que he sacado, casi metro y medio. Al final satisfaciendo mi mortal curiosidad, pero no de la manera que quería.

No hay nada. Ningún torso, brazo, pierna, mano o cabeza de esos bastardos. Se fueron, ahí abajo no había nada… Me dejo caer ente el exuberante dolor y cansancio de todo mi cuerpo. Siento todo tipo de males, solamente no puedo más.

Con mi espíritu roto y con el terror de vuelta a mi ser, escalo con lentitud la tierra para llagar a la superficie y, de alguna forma, estaba esperando con encontrarme algo terrorífico al llegar arriba. Al llegar me topo con las huellas que me acompañaban, todo este tiempo, con su tétrica compañía. Llegaron desde mi cuarto hasta el sótano para apreciar el terrible espectáculo donde yo era el protagonista. El terror me consume desde dentro, pero ya no quiero hacer nada… no puedo hacer nada.

Observo, con horror pero con una anormal tranquilidad, como una de las 22 huellas, la más cercana y la más pequeña, se aproximaban hacia mí. Paso por paso.

Mi castigo ha llegado. Mis actos pecaminosos y atroces llegaron a su fin. Ellos regresaron, de algún modo, para vengarse de aquel que termino con sus inocentes y apenas empezadas vidas. Yo les quite todo: su amor, su familia, su futuro, su inocencia… ahora les toca a ellos. Los infantes han de cometer los mismos actos que yo les hice. Solo espero que después de todo el delirio, de todo el sufrimiento, no me encuentre no solo con sus huellas sino con ellos, frente a frente.

Los pares más pequeños de detienen. Al ocurrir esto los demás lo siguen, aproximándose hacia mí, formando un semicírculo que me encerraba en el borde del hoyo. El terror era tal en mí que me orine en los pantalones y empecé a llorar. Me rendí. Me deje caer sobre la tierra debajo de mí, hincándome, implorando con sollozos y desesperación, no a Dios, a los niños, que me perdonaran, que me dejaran vivir. La única respuesta que obtuve, después de un rato, mientras repetía las mismas suplicas, fue demoniaca.

Escucho, como un lejano recuerdo, proveniente de las huellas, risitas infantiles que llenan el eterno silencio. Poco a poco las risas se convertían en risotadas que tenían como objetivo mofarse de mí; esas risas ya no pertenecían a niños sino a monstruos. Me tapo los odios con fuerza y empiezo a gemir, para después gritar con toda mi fuerza, desgarrándome la garganta; pero mis gritos eran tapados por las demoniacas risotadas.

La tierra tiembla, la madera de las escaleras cruje y los tubos de metal alrededor se contraen, todo en casa se movía, como en un temblor. Las bombillas de luz del sótano explotan una por una, dejando como último el que me ilumina. La oscuridad del cuarto era enorme, pero era una oscuridad diferente, como si fuera eterna, más no era completa ya que entraba un poco de luz por donde antes se encontraba la puerta de arriba, ahora destruida; la luz blanca del día roza con los escalones y chocaba con suavidad en el piso, como una imagen celestial.

Conjunto a las carcajadas, de manera sutil pero paulatina, un zumbido empezó a aparecer en el ambiente, proveniente de afuera. Era el mismo zumbido que escuchaba cuando estaba sufriendo allá arriba, pero ahora más viva, más cerca; su sonido era pesado y carnoso, pero siempre imparable. Se acerca…

La única fuente de luz que me protegía de la ceguera total, lo único que no me dejaba a la merced de aquellas ilimitadas sombras, fue opacada por una colosal sombra en forma de mosca, más grande que la entrada del sótano. Su eterno zumbido me torturaba. Ante el delirio una sensación suave, ya familiar, salía por todas partes. Empecé a sangrar por los oídos, producto del monstruoso zumbido; por los ojos lloraba sangre por la interminable agonía que sufría; y sudaba sangre, por la gran ansiedad, estrés y debilidad que he sufrido por todo este día… mi último día.

Ya ente el dolor; ya ante la agonía; ya ante la luz que se extinguía; ya ante la demoniaca presencia de la bestia; ya ante las negras huellas, pierdo mi valor de vivir, deseo que acabe este horrible episodio. Quiero morir. No más. Y por fin la oscuridad venció a la luz, la sombra devoró el fulgor, al fin la bestia destruyo mi única protección. Y cuando la sombra tapo por completo la luz…

Un mortal silencio fue lo único que quedo. Las risas, el zumbido, la casa cayendo a pedazos, todo el ruido se extinguió. Tan solo se puede escuchar mis sollozos y mi agitada respiración. No me tranquilizo, sé que este el desenlace de la historia, esta maldita historia. O tal vez esto jamás acabe…

“No acabará”

Una voz femenina, infantil, me susurra en el oído. Después de aquellas suave y dulces palabras, solo había dolor… dolor… dolor… dolor… dolor… dolor.

19 de Mayo de 2018 a las 03:23 1 Reporte Insertar 0
Fin

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Valentino - Valentino -
Tétrico, realmente tétrico
19 de Mayo de 2018 a las 16:38
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