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Non Omnis Moriar

Estaba todo en silencio. Por largo tiempo estaba solo yo y nadie más…

La puerta. La puerta crujía. Sabía muy bien que era la puerta porque yo conocía el crujido de la madera, tan suave pero resonante.

La puerta. La puerta se abría. Yo lo escuchaba ¿Lo soñaba? Tan lentamente la puerta… tan lento que incluso la manecilla del reloj era más rápida que el movimiento de la puerta. Lo sabía, lo sentía.

El olor. El olor era muy profundo. Sangre. Era sangre. Ese sabor a metal en el aire, tan característico de la sangre pero mil veces más fuerte. Rojo. Un color que llama la atención y da señal de peligro. Irónico que la sangre también sea roja. Ya no era un sueño, era la realidad, la horrible realidad.

Su respiración. La escuché demasiado fuerte. Era como la respiración de un hombre muy grande y con los pulmones más potentes que he escuchado.

Me equivoqué, no era una respiración, eran dos, eran tres, eran cuatro, y así siguió…

Demasiado ruido. Demasiado ruido, era tanta que incluso se hubiera escuchado afuera. Era tan potente que estaba dejándome sordo. Quería gritar. Juro que quería gritar. Pero no podía, era como si no pudiera pensar más allá de esas respiraciones, de esa puerta abriéndose poco a poco mientras yo seguía inmóvil y de ese olor a metal tan fuerte que me ahogaba. Me estaba torturando.

Paró. Silencio. Las respiraciones no se escuchaban. Pero seguía ahí. Yo lo sabía, lo sentía.

Uno, dos, tres chasquidos escuché. Una, dos, tres… y otra vez… Una, dos, tres. Lento, pero fuerte. ¿Un silbido? Si un silbido ¿Por qué silba? ¿Acaso se está divirtiendo de mi dolor? No era ya solo el producto de unos labios y de una mano, sino de millares. El ruido era penetrante, insoportable, me sangraban los oídos. Intenté taparme los oídos pero aún así no paraba de escuchar a esa monstruosa combinación de alaridos, chasquidos y silbidos.

No lo soporte más. Grité, grité tan fuerte como pude. Tan fuerte grite que incluso por momentos sentí que se desgarraría mi garganta. Pero no pare. Tan pronto paraba de gritar inhalaba todo el aire que podía y empezaba de nuevo. No me importaba si eso venia hacia mí, ya no me importaba más, ya no más, YA NO MÁS…

Paró.

Silencio. Solo silencio. No más reparaciones agitadas, silbidos o chasquidos por decenas. No más olor a sangre. No más crujidos. No más atormento. Solo yo y nadie más…

Pero algo. Algo horrible sentía en mi pecho, como un cuchillo apretando contra mi tórax, tratando de entrar hacia mi corazón, su objetivo. Deje de respirar, no podía, no sabía lo que pasaba. Mi corazón palpitaba con tanta fuerza que podía sentir la presión de la sangre en mis sienes, en mis manos y en mi cuello. Me ardía la garganta y el estómago. Sudaba como nunca antes, como si me hubieran tirado una cubeta de agua en mí. Ese sudor tan frío en todo mi cuerpo.

De repente lo supe. Me miraba. Eso me miraba. No dejaba de mirarme, lo disfrutaba, le excitaba mi dolor.

Me volteaba en mi cama. Lo quería ver. Quería ver que era aquello que me atormentaba. Eso que sonreía al verme sudar y jadear como un animal herido de muerte, muriendo poco a poco sin nada más que hacer. Mientras lo hacía sentí la necesidad de vomitar. Vomitar sangre.

Iba a morir, eso era seguro. Solo quiero verlo. Ver eso...

No lo vi. Estaba oscuro. La puerta a medio abrir. No había nada, solo yo y nadie más… Una sonrisa y nada más. 

19 de Mayo de 2018 a las 02:57 0 Reporte Insertar 1
Fin

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