Poética de la Durmiente Latina Seguir historia

magno JOSE ORLANDO MELO NARANJO

RESEÑA POÉTICA DE LA DURMIENTE LATINA Contexto: La pequeña novela titulada “Poética de la durmiente Latina”, es una creación de literatura poética, con amplios tintes históricos, filosóficos, sociológicos y periodísticos, la cual encierra en sí misma un contexto nacional e internacional, como tambien; una exigencia mundial a nivel juvenil y renovador, para ir más allá del capitalismo, comunismo, socialismo, la iglesia o entes eclesiásticos.


Drama Sólo para mayores de 18.
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Drama y Locura

AUTOR: JOSÉ ORLANDO MELO NARANJO

 

Rascándose la cabeza de principio a fin, el sacerdote parecía tener alguna terrible y rara enfermedad de trasmisión sexual, la cual le teñía sus canas color ceniza, si así es, tal como lo escuchan. Puesto que esos principios apostólicos emanados de los bosques dormidos del papa Pio XI, le permitían al religioso gozar de los deseos, las rameras y los bacanales, siempre y cuando no se enteraran del secreto católico los ciudadanos que asistían a su parroquia.


Pero en esta ocasión no le rascaba la cabeza por gozar de los placeres botánicos que ofrecían las prostitutas, tanto a ricos como a pobres, sino que sus pensamientos disputaban fanáticamente como soles de otoño, al considerar si era prudente entrar al mundo del oscuro mausoleo de la política, o por el contrario; seguir embrujando ese ciego abismo de aquella tortura milagrosa, de la iglesia católica que condenaba a sus fieles.


De repente, se levantó de la silla el sacerdote llamado Roger, y comenzó a correr de un lado para otro moviendo sus manos desesperadamente, como si tratara de tejer una telaraña para atrapar el tiempo que convulsionaba entre sus carnes, y le hacía destruir las imágenes de yeso que adoraba por simple conveniencia. Pues la iglesia que representaba, era el relámpago fugaz y oxidado de los bellos paraísos que los terratenientes europeos deshabitaron en Latinoamérica.


Cuando termino de romper las imágenes diabólicas de los santos, que los pintores de antaño no presenciaron, se abrazó del hambre universal, y salió corriendo hacia la calle, en dirección a la casa de Cofla, un joven ingeniero de sistemas que anhelaba ser un médico, y no la marioneta del diluvio universal de la tecnología que domino el siglo XX y XXI. Al llegar allí, tomo aliento y grito: “Mis parpados viejos son más frágiles que el viento, pero puedo desarmar la noche contra tu cara maldito comunista, hijo del diablo y portador de esa espuma sabrosa del mal”.


De repente, una imagen religiosa se estrelló contra la cabeza del sacerdote “Roger”, semejante a los golpes que producen los llantos de la luna, fue así, como el loco anciano entro en razón, no sin antes presenciar la desnudez de su cuero cabelludo, y el roció de la sangre que le bañaba el rostro sucio y polvoriento.

Al mirar de donde había venido tan relampagueante golpe, se sorprendió al identificar que una de sus más devotas seguidoras, lo hubiera herido fuertemente con el paisaje envejecido y arrugado de sus manos cadavéricas. Si así fue, doña Marcela, una anciana que hablaba al azar, golpeaba el alba mediante maldiciones, y amaba a los suyos por encima de los preceptos católicos de corte romano.


Claro está, la escena se fundía, como el bronce que palpita entre las venas del fuego dorado de la noche de invierno, mientras los chismosos, murmuradores, cizañeros, entrometidos y sapos, saltaban sobre aquel acontecimiento comunitario, para intentar socorrer al sacerdote que se consideraba a si mismo, uno de los hechiceros que convertían la identidad de Latinoamérica en nubes del silencio.


Entre tanto, la mujer de Cofla rasgaba las cortinas de la casa con el abismo infernal de sus labios, y las corrientes irritadas de sus ojos que maldecían a diestra y siniestra, pues odiaba la forma de ser y pensar de su esposo. Pero al no lograr contenerse a sí misma, se dejó arrastrar por el mar de la ira y la invencible ternura de una mujer doméstica. Entonces corrió de prisa a la habitación de Cofla y exclamo:


“Deja de usar las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), que tantos maleficios y benéficos han traído sobre la tierra, para que abras la puerta, auxilies al sacerdote, y enfrentes las acusaciones que contra ti hoy se hacen. De lo contrario: el Ejército, la policía o los servicios de inteligencia, clavaran las uñas en el interior de tu alma, te insultaran con los gestos de los mimos, y quizás te destruirán como hicieron con la Unión Patriótica. Porque los satélites de la esperanza consisten en nuestra resignación y humillación”.


Con ojos saltones y el corazón adormecido por el opio de los orientales, alias el Cofla se levantó de prisa, sin pensar si estaba desnudo, o en ropa interior, en calzoncillos o bóxer, y salió corriendo sin considerar el pudor, el que dirán, y lo que se pudiera decir al interior de la comunidad del barrio la Aurora II, ubicado en la localidad de Usme.


Al abrir la puerta de su casa marchita, los chismosos, entrometidos y sapos, términos populares del tan respetado pueblo latino, golpearon sus pechos con fuerte pasión, demencia, celos e irritación que produce la doble moral. Pues Cofla salió desnudo a la calle, si señores y señoras, así fue. Al parecer, el presunto comunista era mucho más moderno que la moral del vaticano, y las cábalas de su antigua brujería apostólica romana.


Entre tanto, el sacerdote “Roger”, un tanto agotado por el desangramiento de su cabeza, trataba de mezclar sus ideas confusas con el vino tinto de su sangre color ceniza. Pero al escuchar el murmullo de la gente grito: “Ignorantes, gentes incultas y tontas, con el perdón de Dios, acaso no saben ustedes que la desnudez es algo tan natural como ir al baño y dejar correr el excremento. Pues aunque el olor es un tanto desagradable como las palabras de los políticos, siempre lo miramos para saber si estamos bien o mal de salud”, y grito: yo también me desnudare.


Al oír esto, las personas que presenciaban la escena, comenzaron a decirse unos a otros, ¿Se habrá vuelto loco el sacerdote, por el golpe que recibió cuando la santísima virgen María cayó sobre su cabeza?, pues a nosotros nos encanta esa fragancia excremental que sale de la boca de nuestros políticos, pero, al padrecito ya no le gusta el olor putrefacto de sus discursos, ¿Será habrá vuelto comunista?


Roger – Gritando: Ya basta, bestias de Usme, no más chismes, y de repente se quitó la ropa: quedando desnudo ante esa mirada hambrienta del carnaval salvaje, de los entrometidos que lo grababan con sus celulares para subirlo a las redes sociales.


Entonces los más conservadores decían: Que locura, que es esto, nuestro sacerdote saldrá por Facebook, WhatsApp, You Tube, y los noticieros amarillistas de los canales privados de televisión, que horror, nuestra fe terminara pisoteada por esas hadas campesinas del cielo primaveral. Sin embargo, como luchan los ciegos navegantes por consolar a la muerte, mientras se hunden sus naves, doña Marcela, salió al paso de la tortuga, y tomando una de las tablas que se usan para picar los alimentos, la estrello contra la espalda de su nieto, y jalando del cabello al sacerdote, les dijo:


“Ustedes, se entran ya, yo no permitiré que la niebla de los justos sea juzgada por personas como ustedes, que vergüenza que estén desnudos en horas de la mañana señores, es menester que su horrible desnudez; pueda relucir como el bronce del antaño, cuando sea de noche, y no hallan fieles católicos que carcoman sus carnes, cual hambrientos caníbales de las amazonas ancestrales”.


Una vez que se encontraban sometidos por las sabias palabras de doña Marcela, entraron y cerraron la puerta de la casa. Al ingresar al fiero hogar, de corte amoroso, pobre, desposeído, y potente luz de resistencia social, desde que nació la madre manantial de Chile, por boca de Neruda, los cubrió la vergüenza, el pudor y la moral católica.


Por ello, Roger el sacerdote corrió hacia el baño para cubrir sus vergüenzas, tras él, salió Cofla, pero al cerrarse la vieja puerta de madera carcomida por el gorgojo y la polilla, además de ser adornada por las mariposas de color amarillo de nuestro premio nobel, el ingeniero de sistemas golpeaba su cabeza contra la puerta, al compás de la música que su esposa escuchaba al fondo de la casa. Entre tanto, el padre de rodillas contra el piso del baño, gritaba: hijo, hijo, me estas volviendo loco, déjame beber vino en el infierno, y luego saldré.


No padre, exclamo Cofla, yo no quiero atormentarlo, golpeo mi cabeza porque estoy arrepentido, en realidad quiero confesarme. ¡Qué dices hijo!, por Dios, no tengo mis atuendos celestiales para escucharte, perdonarte y bendecirte.


Cofla - padre no interesa, la ropa no hace al Monge, ¿No es así?, tienes razón hijo mío, contesto el sacerdote, confiesa pues tus pecados. Entonces Cofla comenzó a expresar lo que tenía guardado, en el secreto de las voces cicatrizantes que pagaban arriendo, renta o vivienda en su alma.


Claro está, solo se registró su última confesión, a saber: “Señor sacerdote, en realidad no comulgo con el comunismo como usted asegura, mucho menos con el capitalismo. Porque los comunistas en pos de la pretendida libertad, sacrifican la vida de los civiles como lo hace la memoria del cáncer, cuando esta habita la miseria movediza de los cuerpos humanos. Entre tanto, el capitalismo destruye a sus obreros, mediante el espiral de aquellos caracoles del miedo soñado, que aumenta el temor de los pueblos a morir de hambre, en medio de los frondosos bosques de nuestra durmiente latina. Cuando no, el sistema económico los extermina como se hace con las moscas, las ratas o los animales que nos causan repulsión”.


Así pues, confesiones iban y venían, estrellándose como meteoritos contra la cabeza del sacerdote, el cual comenzaba a tejer nuevamente las telarañas sociales de la esquizofrenia. De repente: comenzó a romper las cosas que habían al interior del baño, y no logrando refrenar sus pasiones, grito: Hijo mío tienes razón, falsamente te había acusado, de repente empujo con tanta fuerza la débil puerta, que esta se hizo pedazos, mientras hacía caer como un péndulo, al joven ingeniero de sistemas, denominado; alias el Cofla.


Por ello, semejante a las hojas verdes que se mueven a través del sol, el sacerdote Roger salió corriendo en medio de aquella casa lunática, hasta que logro encontrar una sábana para cubrir su cuerpo, entonces como la noche que se consume entre la injustas condenas del tiempo, salió corriendo velozmente por la calle, tratando de llegar a su parroquia. Con tan mala suerte que la policía le salió al encuentro, por ser un exhibicionista, comunista y loco, pues los chismosos del barrio ya habían pasado el reporte de los hechos, a las autoridades.


Por otra parte, mientras el silencio de la nada, quemaba las entrañas de los presentes al interior de la casa y fuera de ella, alias el Cofla comenzaba a volver en sí, puesto que el sacerdote empujo con tanta fuerza la puerta, que lo hizo caer, perder la conciencia, y atropellar ferozmente su propia sombra.


Finalmente, cuando logro reconocer lo real de lo irreal, se incorporó nuevamente sobre sus pies, e intento salir en busca del sacerdote para cobrarle mediante el arrepentimiento de los verdugos, el atentado que ejerció en contra de su integridad física. Pero en aquel momento no le fue posible, pues doña Marcela se paró enfrente de la puerta y le dijo: Antes de que salgas te voy hacer una recomendación y una pregunta, a lo que Cofla respondió, claro que sí abuela, como usted mande.


Doña Marcela - En primer lugar, necesito que hables con tu esposa Andrea, para que no tengamos que escuchar nuevamente sus cantaletas, pues esa vieja loca parece el mismísimo demonio, y desde luego; que no quiero acabar con todo los santos de la casa, al tener que estrellarlos contra su cabeza. En segundo lugar, contéstame algo, ¿Crees en Dios? – Cofla: Abuela, claro que creo en él, pero no a la manera de esa iglesia católica que ha servido como puente entre el infierno y la tierra, pues siempre ha manipulado a los pueblos de Latinoamérica.


Entonces al dejar galopar las sombras de los caballos que nacieron en los campos elíseos, cuando Cofla culmino su respuesta, doña Marcela lo miro con ira, mientras pasaba la amarga saliva que produjo la cicuta que acabo con la vida de Sócrates, y empuñando las manos, dijo: Pareces un abogado suicida y homicida, que no logra comprender el incesto de los dioses, pero al fin y al cabo crees en Dios que es lo que me interesa mi niño pequeño. Y antes de irse a su habitación, saco las vestiduras que el sacerdote había dejado tiradas en la calle, y le dijo que se las regalaba, como el recuerdo, de un día en el que la luna y el sol, habían hecho sus apuestas por reivindicar a los poetas olvidados de Colombia.


Entre tanto, la nada, el terror, la oscuridad, y las imágenes trágicas se apoderaban de la mente del sacerdote Roger, el cual se hallaba al interior de una patrulla de policía que lo paseaba por toda la ciudad de Bogotá, mientras se discutía si lo conducían a la estación, lo desaparecían, lo arrojaban al fondo de un rio después de haberlo atado de pies y manos, entre otros tantos procedimientos de carácter ilegal, que podrían alcanzar la legalidad, siempre y cuando se tratara de un artista, periodista, comunista, o pensador critico de Latinoamérica durmiente.


Hasta que finalmente, un agente de policía cuyo nombre era Coco, dijo: “Mientras los vampiros beben licor en vez de sangre, y atrapan a sus víctimas durante el máximo resplandor de los días solares, podríamos consumir aquel menguante sombrío y alucinante de la sangre joven, y matar a todos aquellos que pintan graffitis para olvidar los fríos labios de nuestra pobreza nacional, para luego entonces acusarlos de criminales, y decir que sus muertes fueron el resultado de una venganza pasional, o alguna mentira social, que los canales privados de televisión puedan ayudarnos a vender, pues en Colombia, este tipo de cosas son fáciles.


Estoy de acuerdo respondió Alexander, un policía influyente al interior de la patrulla, Por ello, prefiero que llevemos a este anciano a un sanatorio mental, un manicomio o establecimiento para locos, de este modo los psiquiatras podrán seguir enamorados de la locura, al tratar de volver dementes, a quienes tienen un pequeño rasgo de lucidez, y que nos les conviene dejar brillar, para seguir ganando dinero.


De repente, se escucharon algunas voces que entonaban alegremente: Si, Si, nos parece una excelente idea, mientras escupían saliva a diestra y siniestra, eran los gritos de dos borrachos que estaban detenidos por buscapleitos. Entonces, como nadie confisco la palabra, ni la hizo presa de la objeción, Coco tomo su arma de dotación, y desmayo de un golpe al pobre anciano, el cual se desborono entre las flores del exilio, cuando el viento se las traga de un bocado. Así, divagando en su inconsciente, preguntaba: ¿Que será de Cofla, el infeliz al que acuse injustamente de comunista?


Pues bien, excelente pregunta, al seguir la recomendación de doña Marcela, aquel ingeniero de sistemas que odiaba ser una marioneta de las empresas, tomaba aliento para enfrentar a su esposa Andrea, una archivista de profesión, que se creía rica siendo muy pobre, porque tenía un apartamento y un carro que pagaba por cuotas, mientras ella habitualmente: aguantaba hambre como un perro amarrado, pues ella aparentaba ser alguien, un eslabón del sistema depredador y salvaje.


Sin embargo, después de un suspiro y apretar las nalgas, el trasero, la cola o como ustedes le quieran llamar, se condujo Cofla con sus huesos a cuestas, mientras lamia su alma para consolarla de una posible cantaleta, o los regaños fastidiosos de tipo materno. Al llegar a la habitación de la mujer pitillo, un apodo que Orlando un amigo de Cofla le había colocado, porque él creía que ella era una mujer plástica por afuera, y bastante hueca por dentro, Andrea le bajo al equipo en el cual escuchaba música, se movió como un espermatozoide que lucha por ser humano, y comenzó a propinarle o pegarle cachetadas, rasguños y mordiscos a su esposo.


Paliza, golpiza, o lección que lo desmayo nuevamente, mientras le gritaba: Eres una mujercita o eres un hombre para que también me golpees, dale, pégame, pégame, y quedamos empatados para olvidar que esto sucedió. Pasados unos minutos, Cofla comenzó a volver en sí, recobro la conciencia, se levantó con ira, alzo el colchón de la cama vieja que tenían, y saco una de las tablas para vengarse, pero de repente sintió lastima por Andrea, pues la vio de rodillas contra el rincón de la habitación, mientras chupaba toda la sangre que le había sacado cuando lo agredió.


Entonces para evitar un nuevo holocausto, los mordiscos del cocodrilo y la belleza nupcial de la convicta, prefirió salir de la habitación, tomar las vestiduras del sacerdote y colocárselas como si fueran suyas, a fin de consagrarse al servicio del pueblo, y así, alejarse para siempre de su esposa, cuando las flores desconfiadas vigilaran por las ventanas de esas casas pobres y miserables, del barrio marginado que las políticas públicas hundieron para siempre.


Por su parte, el sacerdote despertó cuando las correas de la camilla le estancaron con agresividad la sangre, pues parecían ferrocarriles que le quemaban la piel mugrosa, arrugada y flácida, que se escurría entre aquellas rendijas de la vida sombría que aumentaba su locura. Si, así fue, parecía ver su vida en un espejo que lo cubría con la conciencia muerta de aquellos verdugos, esos que hicieron de la inquisición su fuente de ganancia. Luego su pecho comenzó a palpitar con velocidad, su carne se resistía a ser la víctima de un sueño sacrificial, porque sus ojos sangraban de rencor y dolor, al cuestionarse: cómo era posible que el modelo social e histórico que siempre había defendido, le causara tanto dolor, muerte gradual y resignación. Sin embargo, parecía mejor que caer en manos de las dictaduras chavistas, o populistas de América latina, que regalan las mismas torturas, en pos de la pretendida libertad.


Afortunadamente, le soltaron las correas de la camilla para que pudiera divagar en su nueva habitación, no sin antes enviarle a mundo semejante al de la heroína, el cual causa placer, alegría, euforia y adrenalina, para luego conducir al humano, hasta su propio odio, la frustración, depresión, nostalgia, y el sin sentido del valor que posee algunas veces la vida, cuando esta última se hiere a sí misma a través del suicidio.


Luego entonces, cuando el efecto había menguando un poco, el sacerdote movió sus parpados siniestros, para ver a través de la lejanía, aquellas rejas que serían una tortura para su alma. Sin embargo, camino hasta ellas, para quebrantarse en llanto, romper el silencio de la soledad, y sentir que él se consolaba así mismo. Por fortuna, logro visualizar un hermoso jardín, en el cual divagaban las personas en busca de su propia locura, reglas y sueños que les pertenecían solo a ellos, allí donde cada quien era consigo mismo.


De repente, una voz muy dulce, melodiosa y armónica, germino entre los muros de la noche desnuda, que fue víctima de los poetas que abusaban de su cuerpo místico y astral, para luego entonces, dar la bienvenida a Isabella, la psicóloga del lugar.


Ella, como las doncellas de la noche, surgió entre los hermosos bosques con sus ojos celestes y cabello rubio, porque parecía como si el fuego del infinito universo, y los océanos de la tierra se hubieran unido sexualmente, y de ellos hubiera nacido ella. Su boca rojiza como las rosas, su piel como las cordilleras, sus cabellos como fuertes caballos indomables se mecían por su cintura, pues al parecer no dejaban de danzar todas estas imágenes en la mente del sacerdote.


Por ello, él se cuestionaba a sí mismo, si estaba muerto, si era ella era un Ángel o simplemente un espejismo de su mente, pero desde luego que no, si, era ella, Isabella, una hermosa psicóloga, mujer de virtudes insospechadas, una rama de olivo fresco, un ser divino y muy voluptuoso. Sin embargo, las dudas terminaron, cuando Isabella le dijo: “Señor Roger, mucho gusto, mi nombre es Madeleine Isabella, le doy la bienvenida, tratare de orientarle en todo su proceso de rehabilitación, pero de usted depende que podamos ofrecerle una salida rápida, según los avances que presente”.


El mirándola, como quien cae por la fuerza de la gravedad contra los maremotos del sol, se preguntaba así mismo, él porque a sus sesenta años se había enamorado a primera vista, cuando su cuerpo ya reclamaba la muerte, cuando sus brazos ya no eran fuertes, mucho menos, el vigor para satisfacer a una mujer que se hallaba en toda su plenitud, pues al parecer la psicóloga tenia treinta años de edad.


El sacerdote se acercó hasta las rejillas de la puerta y le respondió: “Señorita, muchas gracias por su amable recibimiento, como puede observar, no estoy loco, solo soy un sacerdote que está purgando sus penas en este pequeño trozo de infierno, pero sea Dios benevolente para darme fuerzas”.


Ella contesto: “Señor Roger, yo sé que usted es un sacerdote, que siempre lucho para que los civiles pobres y adoradores, de la peste del partido Liberal y Conservador, se mataran entre sí, pero descuide, después hablaremos, y se fue.


Mientras tanto, en otro lugar geográfico del espacio-tiempo, Cofla caminaba vestido de sacerdote hacia la casa de John Jairo Melo Naranjo, otro joven soñador, poeta de vocación, virtuoso y melancólico por esa profesión que ejercía, Porque al igual que Andrea, él también era archivista, trabajo mal pago, renumerado y mancillado por las esferas administrativas del poder técnico.


Curiosamente, durante todo el camino las personas habían llamado a Cofla, mi señor padre, señor sacerdote, bendiciones su reverencia, etc. Suceso que género en él, una confianza excesiva, una especie de clasismo social, y esa separación de su proyecto inicial, de guiar sabiamente al pueblo durmiente de Latinoamérica.

Finalmente, al llegar al aposento del joven poeta, una casa humilde, sencilla, pero amorosa por el cariño que este le ofrecía a su esposa, Cofla logro visualizar la figura del poeta Homero y Neruda, los cuales bebían vino negro entre las albas de la aurora boreal, cuando el soñador escribía poemas en sus tiempos libres.

Después de mirar que el joven había terminado de escribir sus cuentos, narrativas y novelas 

ocultas o anónimas, Cofla golpeo tres veces con autoridad la puerta, porque así podría espantar a los espíritus, demonios o bestias del inframundo que hubieran ingresado al hogar. Al instante, corrió John para abrir la puerta, y mirando al nuevo sacerdote, dijo: “Buenos días señor, con todo respeto, le recuerdo que en este hogar no comulgamos con su fe, pero desde luego es usted bienvenido, siempre y cuando no sea para compartirme sus ritos, pues creo en el Dios invisible”.


Entonces, Cofla comenzó a burlarse como un esquizofrénico que ha logrado caminar entre el fuego y la era ancestral, esa que producen nuestros animales del amazonas, cuando son invocados por los chamanes, en medio de las danzas, ritos y cultos a la madre tierra. Por ello, el poeta logro reconocerlo, no sin antes decirse así mismo, ¿Porque mi compañero viste con los talismanes de la vaga erudición, de los muertos religiosos que probaron el sabor del sueño eterno?


Pero no logrando contenerse por más tiempo, exclamo, ¡Cofla, pedazo de pendejo, pareces un loco, no seas tonto, que hace un ateo vestido de sacerdote! - A lo cual contesto el nuevo sacerdote, amigo mío, tratando de ganar votos para los políticos corruptos de nuestra nación, que por cierto son casi todos. No mentiras, tratando de alejarme de Andrea, y de usurpar el lugar del sacerdote Roger, para saber que trama la inquisición latina.


Valla, ahora si te reconozco, sigue y te tomas un tinto, café o té. Ya al interior del hogar de la gran poética viviente, Cofla se sentó cómodamente mientras le traían una bebida caliente, así fue como se inició la conversación, mientras el ocaso amarrillo, dejaba correr a los tigres del glaciar, que los laureles trazaban al compás de ese reloj hogareño.


Luego entonces, durante los primeros trozos de tiempo, John le dijo a Cofla: A todas estas, no es que quiera amargarte el día, pero esta mañana mientras escribía una de mis novelas olvidadas por haber nacido pobre, vivir en la tierra de nadie o el lugar del olvido, recibí un correo de Andrea su esposa, en el cual, ella me insultaba, además de amenazarme: que me acusaría de trabajar en unos proyectos que atentaban contra el Estado.


Algo que desde luego me pareció desagradable, porque si yo escribiera para reclamar sobre los derechos civiles, tratando de que nuestros ciudadanos tuvieran acceso a la educación y a la salud gratuita, sería un subversivo, pero no es así, yo solo escribo metáforas espirituales. Por otra parte, no me interesa esa política mezquina, elitista y corrupta, que ha cubierto de gran dolor y tragedia, los ojos melancólicos de nuestros amados hermanos. Prefiero escribir sobre cosas mucho más hermosas.


Ay, ay, ay, con dolor dijo Cofla, en que momento enrede mi vida, en esos caprichos luciferinos de Andrea, por ahora: tratare de golpear las sombras de sus recuerdos, y ahogar sus miradas en lo profundo del desierto, para poder romper aquel cristal de la memoria, que me hace anhelar la flor platónica, que ella me ofrece en la cama.


De repente, se escuchó el galopar de unas llaves, el horror de unos espejos, el tono grave de una voz, ¿Quién será?, se preguntó el viejo sacerdote, ¿Sera ella?, cuando la puerta se abrió, su alma exclamo: No, no, es la figura de un infeliz que se cree enfermero, pero que a la vez no me genera confianza, parece ser malo, decía en lo profundo de su ser, pues un malo reconoce a otro malo.


Entonces como quien observa vagar a las rosas del desierto, o silenciar el temblor de la tierra, cuando las victimas yacen bajo los escombros, el individuo se acercó al anciano y le dijo: “Señor, por favor pruebe bocado, este infierno puede acabar con su vida en cuestión de días, si usted no come o bebe algo, recuerde que estoy para ayudarlo, pues desde luego, que alguien le debe pagar una mensualidad muy alta por estar aquí, de lo contrario; nuestro Estado lo dejaría morir de hambre en las calles, o simplemente desahuciado frente a la puerta de un hospital, hasta que los trámites burocráticos permitieran comprobar que alguien puede pagar la deuda”. ¿No es así mi querido anciano?

Roger – Si, así es, pues en la ciudad de Bogotá, esta pobre pretendida capital de la modernidad y el albor de la civilización, la fortuna se burla de los humanos, mientras el crepúsculo de la luna, es torturado por la indiferente corrupción de aquellos a los que denominamos “Los padres de la patria”. Por ello, las mujeres pobres dan a luz a sus hijos en los baños de los hospitales, los moribundos viajan en las ambulancias de un lugar para otro, a fin de que el servicio de salud, pueda cobrar una suma de dinero mucho más alta, sin importar la vida o la multiplicación de la muerte. Por otra parte, usted esta equivocado, no pago dinero y nadie paga por mí, estoy en este lugar por caridad o por un castigo del cielo.


En ese momento el enfermero llamando Cedeño, sonrió amablemente, y de repente le propino un golpe en la boca al anciano, de tal manera que se la reventó. Y luego se dirigió hasta la puerta y le dijo: “Lo golpeo a usted, por ser un subversivo y pensar así, también, porque no voy a trabajar gratis para nadie”. Y se fue.

Entre tanto, el sacerdote se revolcaba por el dolor, a su vez trataba de limpiar su boca con la sabana que le cubría su cuerpo desnudo, la cual quedo manchada por sangre, injusticia e impotencia, pues la penumbra golpeaba su pecho, y el jardín se tornaba melancólico, porque la lluvia destrozaba como fichas de ajedrez, aquellos relámpagos de la noche sombría que experimentaba el sanatorio mental.


Después de treinta minutos de ese dolor, desesperación, reflexión y tortura, el cielo de color ceniza, dejo de estar arrugado por esos misterios del infinito universo, al abrirse paso a los rebaños maternos de las estrellas mansas, coquetas y bellas. Para que el sacerdote Roger tomara aliento, caminara, y cogiera la bandeja de los alimentos para no morir de hambre, pues en cierto sentido, Cedeño parecía tener razón.


Al terminar de comer con las manos, tomo parte de la bebida que le habían traído, y la derramo sobre sus dedos para poder limpiarlos, luego los seco con la sabana vieja y sucia que se había robado. Fue así como empujo su cuerpo cansado hasta la cama miserable que le habían asignado, y sin decir o hacer nada, se fundió en el sueño profundo de las sirenas que tejían collares para sus ojos, tratando de llevarlo hacia la muerte, pero aun las alas de su espíritu no eran maduras para dejarlo partir.


Por ello, mientras el tiempo derrochaba sus energías como un adolescente, viajaba e intentaba atrapar el universo entre sus manos, la mañana llego y con ella, la directora del centro de reclusión para enfermos mentales. Su nombre era Alejandra, la cual le solicito al enfermero que le abriera la puerta de la habitación del sacerdote, al ingresar lo vio profundo, semidesnudo, agotado y petrificado, entonces tratando de ser fuerte, no pudo contener el llanto, pero recordando quien era o que cargo ocupaba, solicito que le trajeran ropas decentes al decrepito hombre, le consiguieran crema o pasta para los dientes, jabón, y unos cuantos libros para que pudiera estrangular el tiempo. Además de pedir un informe acerca de las condiciones en las que llego, para saber si alguien lo había golpeado.


En esos instantes, desapareció el ay, ay, ay, de Cofla, pues alguien tocaba a la puerta con desesperación, al parecer lo venían persiguiendo los bandidos del barrio, pues se multiplicaban como las flores del mal, ante la indiferencia de las autoridades que solo trabajaban para los ricos, pero al fin al cabo, policías a los que John Melo respetaba por actuar en ocasiones de una forma honesta y leal. Entonces, como quien tiene el corazón entre las manos y el tiempo encerrado en un cofre de cristal, John corrió y sin preguntar abrió de prisa, al mirar, vio a una bella joven que temblaba, sudaba y casi no podía hablar, ¿Qué le sucede? La vienen persiguiendo? Ella respondió: No, no señor, gracias por preocuparse, solo necesito que por favor llame a Cofla, pues vi cuando el entro a esta casa, desde luego que sí, ya lo llamo contesto el joven poeta.


En ese instante salió Cofla, quien escuchaba esa corta conversación sin hacer ruido, dígame para que soy bueno, ella aterrorizada y airada al verlo con las vestiduras del sacerdote, se le acercó y le dijo: “No me interesan sus propósitos perversos, solo me interesa contarle algo, mi tía vio: cuando nuestro sacerdote salió corriendo de su casa semidesnudo, y en la esquina de la misma cuadra, de repente una patrulla de policía que pasaba cerca, lo detuvo y se lo llevo, posiblemente ya no esté vivo”. ¿Entiende usted mi desesperación?


Claro que sí, entiendo que los criminales son tratados y protegidos por las autoridades como si fueran los dioses del Monte Olimpo, entre tanto, quienes son personas de bien, son atropellados por esas fuerzas maquiavélicas del injusto proceder nacional. Pero descuide, el sacerdote es de los suyos, no le harán daño, el sistema ama y protege a los suyos. Ella replico: ¡No crea, el mal se destruye así mismo, los malos nunca podrán ser amigos de verdad, y entre ellos, solo juega el interés, pues dime cuánto dinero tienes y te diré cuanto vales, no es así! Si posiblemente tengas razón contesto Cofla. Sin embargo, después de este corto relato, ella salió corriendo y a tres cuadras se desplomo cayendo muerta, si señores así fue, era una joven enferma del corazón desde su infancia.


Ya con la puerta cerrada, Cofla le expreso a John. M, que le prestara el teléfono para realizar una llamada de alta prioridad, claro que si joven, dijo el poeta, ve a la sala y utilízalo el tiempo que quieras mientras yo me baño, al igual nos cobran una tarifa fija. Entonces el joven ingeniero tomo su celular, e investigo por internet, el número telefónico de la parroquia, y al llamar le contesto una joven muy trabajadora, juiciosa e ingenua, pues la vida no le había enseñado aun, que el fuego azul marino calcinaba la falta de experiencia.


Ella pregunto, ¿Buenos días, con quien tengo el gusto?, Y Cofla le respondió; con el párroco que remplazara al señor Roger por unos días, mientras a él, le realizan unos exámenes médicos de rutina. Muy buenos días su santidad, mi nombre es Valentina, dígame en que le puedo servir, entonces aquel astuto felino, palpando la ingenuidad materializada que le comunicaba la fragancia del mundo criminal, le dijo: Necesito que por favor arregle la oficina, también que no realice llamadas de confirmación, porque soy muy celoso en estos casos, y prefiero confidencialidad, porque no quiero alarmar a la comunidad acerca del estado de salud en el cual se encuentra el padre “Roger”. Ella respondió, no se preocupe que así lo hare. Pues el sacerdote tenía SIDA.


Al colgar el teléfono, Cofla le pidió ropa prestada a John para irse prontamente, a lo que el poeta accedió, porque pensaba que el joven había entrado en razón, entonces llevándose las vestiduras eclesiásticas en una bolsa negra de plástico, se despidió de su amigo, para buscar de tienda en tienda y en lugares exclusivos de la ciudad, una peluca y una barba falsa que cambiara radicalmente su imagen.


Una que vez que llego al lugar correcto, compro la peluca y la barba, y luego se vistió de sacerdote allí mismo. Claro está, para los dueños del establecimiento, él se dirigía a una fiesta de disfraces. Entonces como quien navega con el agua de la lluvia, se bebe por sorbos la primavera, ahoga la cólera entre el fuego, y se precipita entre los ojos de medusa, antes de ser decapitada por ese semidiós Perseo, Cofla comenzó a petrificar su plan, sin importarle la suerte de Roger.


Al instante se escuchó el teléfono, y al contestar una voz que le decía: “Jefe, ya se cumplió su orden, al anciano se le han entregado diversos implementos de aseo, ropa nueva y unos cuantos libros que escogió la psicóloga Madeleine Isabella, además del informe que me solicito”. Gracias respondió ella, y por favor no tarde en traérmelo, pues quiero conocer en qué estado llego el noble anciano. Al colgar el teléfono, quedo satisfecha por la buena obra que había hecho con un pobre desventurado.


Finalmente, el informe llego a la oficina, entonces la directora Alejandra lo tomo entre sus bellas manos, y lo coloco sobre sus ojos como si fuera un racimo de uvas, luego lo exprimió de tal manera, que se lo bebió en dos copas de trigo, lo suspiro entre sus dedos, y luego se desvaneció entre los secretos de su espuma, al considerar que contaba con unos trabajadores o seres desalmados, a los que el sistema económico parecía haberles colocado el sello de Satán.


Por ello, cuando ella, ya se disponía a sacar de la institución o despedir al culpable, el ritmo cotidiano del sanatorio mental se interrumpió, de tal modo que la luna se volvió cruel, y el sol, un niño tímido que se escondía detrás de las faldas del tiempo, cuyos problemas eran la esquizofrenia y soberbia. Dado que, una alarma de incendio, agito el mundo de los locos o cuerdos, pues bien, se había descubierto que el culpable del maltrato a la vejez, había sido hallado muerto al clavarse un cuchillo en el cuello.


Al llegar las autoridades al lugar de los hechos; recogieron el cuerpo frio, terrorífico y muy pesado del enfermero Cedeño, también observaron las huellas de unos pies, que marcaban aquellos caminos demenciales; de la sangre dispersa sobre el techo de la institución, por ello, todos se preguntaban: ¿Quién habría podido caminar en el techo y pegar huellas de sangre contra el techo? Una respuesta que al parecer llegó, al encontrarse el cuerpo de otro enfermero, al que le habían amputado los pies y manos.


Sin embargo, después de algunas entrevistas de rigor policial, recolección de pruebas mediante la toma general de fotografías, grabación de videos y selección de objetos contundentes, la escena del crimen, quedo muy mancillada por la teoría que sostiene: “Todos son sospechosos, hasta que se demuestre lo contrario”.


Entre tanto, el trigo desnudo, y la manzana de la gran discordia, se besaban entre si apasionadamente, cada vez que los unos a los otros, se culpaban de esa barbarie moderna, que las películas de Hollywood habían diseñado en las mentes, de aquellos incautos que generaban los crímenes más atroces de la humanidad.


Claro está, ese día pasaba mientras la arena y el sol palpitaban de calor, la luna y las estrellas se cortejaban, al compás de unas carrosas que navegaban por unos dulces manantiales de madreselva. Así, llegada la noche, con la sombra que le devoraba las entrañas y le carcomía los huesos, Madeleine Isabella, se condujo hasta la habitación del sacerdote Roger, pues al parecer, solo ella, sabía que él era un gran eslabón del sistema eclesiástico.


Al sentir su fragancia, este anciano rabo verde, morboso, asolapado y disimulador, la miro con falsa ternura, y por medio de las rejas de la ventana, grito: “Que buscas bella joven, en que te podría ser útil, este rosal abierto a la sinceridad, y la confesión de aquellos que cargados de pecados van en busca de la paz”. Ella respondió: “Mi noble anciano, no creo en tu religión, ni en las imágenes de yeso que se rompen si alguien las tira, más el personal que trabaja para nuestra institución, si, y por ello, te ruego amablemente, que por favor hagas una oración o una breve misa. Porque de este modo, todos sabrán que eres sacerdote, y quizás así te respetaran más.


Claro que sí respondió Roger, con gusto lo hare porque tú lo pides, no porque ese infeliz haya recibido su merecido, pues al parecer, abuso tanto o poco de los muchos, que fue víctima de sus propios inventos, y me alegra: que ahora este en el infierno, como también me gustaría que estuviera Cofla, eso decía mientras rascaba su frente.


Pero que más infierno para Cofla, que tener que bajarse de un taxi e ingresar hasta la oficina de Roger, a usurpar una religión que vendió su fe a los reyes de la tierra, a sus políticas de Estado, y sentimientos demoniacos.


Así fue, como este nuevo sacerdote hacia presencia por primera vez en su parroquia, además de contar con la complicidad de la ingenua secretaria, la cual lo admiraba por su vigor, su juventud, y devoción por las causas espirituales de los amos y señores de la satánica inquisición.


Luego, al sentarse en la silla de la oficina suspiro, se burló y le pidió un tinto a la joven secretaria, después le solicito: que se marchara a su puesto de trabajo, para él poder seleccionar alguna información, que le sirviera a fin de remplazar adecuadamente a su colega. Al sentir que nadie lo interrumpiría, saco una vieja pipa de porcelana, un cuarto de marihuana, y comenzó a drogarse; mientras él buscaba por toda la oficina, documentos que le permitieran conocer la situación real de la durmiente latina.


Cuando el efecto del cannabis le había menguado: comenzó a leer exhaustivamente los documentos, hasta que por fin, hallo uno que decía: “Acciones estratégicas para aumentar la poética de la durmiente latina, y la barbarie de una nación denominada la tierra de nadie”. Sin embargo, solo pudo leer algunos de los puntos clave, porque las páginas habían sido quemadas por Roger en un arranque de ira, psicosis o locura. En fin, estas decían así:


1. Establecer algunos gobiernos populistas en toda Latinoamérica, que sean del movimiento de la izquierda, socialistas, y capaces de amar al pueblo, al tomar decisiones que favorezcan a las masas, aun cuando mucho tiempo después, se sumerjan en la miseria, la quiebra económica y el desabastecimiento.

2. Apoyar gobiernos de extrema derecha para violentar los Derechos Humanos y las libertades constitucionales, para luego crear: la figura universal de los héroes que representan la solución a los conflictos bélicos de tipo interno y externo.

3. Hacer de la educación en Latinoamérica un negocio lucrativo, cuya base sean los modelos universitarios de la enseñanza europea y norteamericana; a fin de formar una raza de loros que hablen, piensen y reproduzcan nuestros intereses, además de negarles el ofrecimiento de los honores y causa a sus compatriotas latinos, o cualquier tipo de mérito académico, por ser pueblos inferiores.

4. Conseguir que la durmiente latina regale sus recursos naturales y energéticos, para permitirles acceder a la tecnología y el conocimiento extranjero.

Para la tierra de nadie, las acciones estratégicas estaban diseñadas así:


1. Regalar licencias energéticas y ambientales a las multinacionales, por medio de políticos cuyo dios, es el dinero y la corrupción.

2. Desestabilizar cualquier intento de una Bogotá más humana, para mantener la línea del poder hereditario.

3. Llenar las cárceles de más delincuentes, negarles toda educación, y soltarles tres meses después de ser capturados, para lograr regar como una epidemia, la barbarie, el dolor y la tragedia, a fin de formar sociedades monstruosas, que no tengan más opción que vivir de lleno en el total subdesarrollo, y la dependencia extranjera.


Después de leer estas cuantas verdades, Cofla cayó de rodillas, y comenzó a llorar mientras se daba golpes contra el pecho, y él se decía así mismo: “Yo sabía que los gobiernos de izquierda y derecha son lo mismo, que el mundo había sido engañado, puesto que tanto los unos como los otros, son la ideología política del dios poder, dios riqueza, dios materialidad, fama y popularidad. Pero yo, me negaba a creerlo, hasta que lo he comprobado en los recintos demoniacos de ese dios católico, que estaba de acuerdo con este tipo de barbaries desde los tiempos de Roma”.


De repente, las voces de una bruja y un sacerdote satánico, dijeron a través de las corrientes de aire: “Así es ingenua creatura, que esperabas de la humanidad”.


Sin embargo, al terminar de rascarse su frente, el sacerdote “Roger” levanto sus ojos al volver en sí, mientras el imperio diminuto de las armas destruía, la poca moral que aún le quedaba en su alma masacrada, por el dolor ajeno de sus grandes injusticias. Luego observo que él estaba solo, y que unos cuervos de la noche, y los siervos del dios Satán, le habían traído unas nuevas vestiduras eclesiásticas.


Luego de algunos minutos, llegaron dos enfermeros para conducir al sacerdote hasta una vieja capilla, la cual ya nadie usaba, pues estaba carcomida por las polillas, el gorgojo, y las flores del mal que habían crecido a través del tiempo. Entre tanto, por el camino, los enfermeros le preguntaban a Roger, quien le había traído sus vestiduras católicas, pero sin recibir respuesta convincente, el anciano tomo en sus manos un crucifijo, lo beso y lo levanto hacia el cielo, luego les dijo. “Mi dios hace que todas las cosas sean posibles”. Si, si, loco anciano, si tú lo dices, respondieron sus guías, entre burlas y chanzas.


Finalmente, al llegar al lugar esperado; todos los enfermos de las diversas patologías mentales, estaban sentados con las manos entre las piernas, por orden de la directora Alejandra, la cual aun creía en dicha fe, aun cuando esta se desboronaba todos los días ante la indiferencia de su melancólico corazón.


Por otra parte, la única ventaja fue, que los psiquiatras enfermos del alma, y ansias por enloquecer el mundo, mantenían dopados a estos participantes de la gran misa en honor al dios eclesiástico. Por ello, parecían no representar peligro para los pocos enfermeros que tenía de planta ese sanatorio mental, mucho menos, para Madeleine Isabella, pues ella estaba adentro de una cabina blindada que tenía vidrios de máxima seguridad, la cual se usaba de vez en cuando para casos de emergencia. Entonces, como quien busca el signo del amor y la pasión en muchas mujeres, Roger comenzó la misa en nombre de todos los santos, sus demonios, huestes y señores.


De repente, sus ojos se llenaron de sangre, las ventanas se hicieron trizas, el fuego le cubrió el cuerpo, y algunas legiones salieron de su voz, las cuales decían: “Oh almas incrédulas, por las llaves enoquianas, os conjuro para que sirváis a mis deseos, nada os impide para que me sigáis y quememos juntos la parroquia, en la cual servía por interés, para ello, destruid todo lo que halléis a vuestro paso”.


Inmediatamente, los dementes se levantaron como si fuesen ángeles de la noche, y golpearon a los enfermeros, rompieron los muebles del lugar y armaron cruces, luego entonces: crucificaron a los enfermeros en memoria del lenguaje enoquiano. Algo que no pudieron hacer con la directora Alejandra, pues esta corrió hasta la cabina, entro y se amparó contra el pecho de Madeleine.


Después Roger llamo a la parroquia, y le pregunto a Valentina como marchaban las cosas, a lo que ella respondió; que mejor de lo que esperaban los feligreses, pues el sacerdote Juan, era un excelente ministro. Entonces el comprendió que se trataba de Cofla, pues el espíritu inmundo se lo susurro al oído.


Finalmente, aquel sacerdote Roger salió a la calle acompañado de aquellos cuerdos o locos, dementes o sabios, con tan buena suerte, que hallo estacionado el bus de una funeraria, que tenía en la parte de atrás, varios litros de gasolina de contrabando que habían sido traídos de la república bolivariana, unos cuantos fósforos y cigarrillos.


Así pues, intento encender el bus al manipular los cables del sistema eléctrico, con la fortuna o la desgracia, de haberlo logrado después de varios intentos.


Ya en camino hacia la parroquia, la ansiedad le hacía sudar las manos, el pecho y la frente, pero no era suficiente para lograr detenerlo en su intento por quemar la iglesia, y matar a ese joven ingeniero de sistemas que lo había metido en tantos problemas. Por ello, aceleraba a fondo, pues la noche parecía llegar a su fin.


Entre tanto, Cofla caminaba por la iglesia totalmente desconsolado, y parecía un alma en pena, pues ya no se hallaba así mismo en esta vida. De repente por cosas del destino, se cruzó Valentina por su camino, pues ella quería informarle de la llamada de Roger, sin embargo, antes de contarle, le pregunto si le pasaba algo, a lo cual él respondió: “Creo que sí, al parecer he perdido la fe, pues no hay más camino que la humillación y la resignación, porque he descubierto: que el mundo es la mentira más grande que nunca jamás alguien haya sido capaz de crear”.


Entonces, por algo contrario a la situación real de los hechos, Valentina al no conocer el por qué este supuesto sacerdote estaba así, ella le dijo: “No eres el único, yo me desilusione hace algunos meses, cuando descubrí que las iglesias evangélicas más grandes de Colombia y que operan en Bogotá, son unas empresas de la fe, lugares de manipulación para el engaño de las almas incautas, la venta de siembras, pactos, semillas, y todo lo que en nombre del dios dinero puedan vender. Pero gracias al cielo conocí a una dama que se llamaba Madeleine Isabella, la cual me enseñó a creer en el Dios invisible, en un evangelio reformado, el cual se halla lejos de la manipulación conductista de la psicología y el marketing organizacional, y heme aquí; trabajando tranquila, y con paz en mi corazón.”


Por ello, el ateo, no logrando contener el llanto, le dijo con dolor y aflicción: “Me haces recordar a un buen amigo, su nombre es John, un poeta que no ha logrado salir de la pobreza, porque en la tierra de nadie los escritores se mueren de hambre, pero al fin y al cabo, él vive tranquilo con la mendicidad que ofrece el Estado colombiano a sus más grandes pensadores”. Después la abrazó y le confeso: “Cuanto hubiera deseado conocer una mujer con tus cualidades, sin odios y vacíos, no como aquella que dejo en mi tantas cicatrices”.


Pero lo que tiene un principio, tiene un fin. Dado que, los vidrios de la iglesia se comenzaron a romper por las piedras que venían de la calle.


Mientras una voz luciferina gritaba a las cuatro de la mañana, joven aun, arderas en el infierno, pues mis aliados te quemaran vivo, abre pues las puertas para no tener que hacerlo por la fuerza. Por ello, Cofla comprendió que había llegado su hora, y gritando le respondió al anciano: “Puedes venir a matarme, viejo infeliz, instrumento del mal, aliento de leviatán, cuando quieras puedes entrar”. Entonces el anciano dio la orden, así los hombres y mujeres que con él habían venido desde aquel sanatorio mental, comenzaron a empujar las puertas que se balanceaban como débiles péndulos de la física cuántica.


Finalmente, Valentina volvió en sí, y le dijo a Cofla, que subiera al segundo piso de la iglesia y huyera por los tejados, que ella trataría de hacer entrar en razón al anciano. El cual le dijo que no iría sin ella, por ende, salieron corriendo de prisa hasta llegar al tejado, así pues comenzaron a caminar suavemente para no quebrar esas tejas de barro y matarse al caer. De repente cuando los jóvenes miraban por donde saltar para escapar de los malignos que los querían quemar vivos, una daga atravesó la espalda de Cofla, y este cayo de rodillas, mientras miraba a Valentina con lágrimas en sus ojos, y así tratando de respirar, le dijo a esta bella mujer: “Gracias por brindarme los consejos más nobles, buenos y samaritanos que jamás haya podido escuchar, pues he aprendido a tener fe, ahora quiero morir para ver ese mundo en el cual crees, y que pertenece a Cristo”.


Entre tanto, el anciano se burlaba encendido en ira, alegría y locura, mientras gritaba fuerte, te pude matar, también lo hare con esta zorra, al dirigirse hacia ella, Madeleine Isabella le grito: “Suelta esa arma, la policía te apunta, pues yo declare que tu habías matado a los enfermeros”. Sin embargo, el creyendo que era un broma, se abalanzo contra Valentina, pero antes de poder herirla, las balas atravesaron su pecho.


Así pues, la noche se desvaneció, mientras los embrujos de las tinieblas, cubrían de sueño profundo, los ojos de la durmiente latina y la tierra de nadie.

18 de Mayo de 2018 a las 01:16 0 Reporte Insertar 0
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