Trampa de Almas Seguir historia

alanismt16 Alanis M.T.

‘’No se puede confiar en nada ni nadie, sin importar que tus ojos lo vean, que tu cuerpo lo sienta o que tu alma lo anhele, el ser humano ha sido creado para ser tentado con facilidad extrema’’ Solían decir. Y quizás yo debí prestar más atención. Pues habríame de dar cuenta de la veracidad de aquellas palabras, de la manera más horrenda.


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#horror #paranormal #fantasía #almas #tentación #Trampa #Encierro
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Trampa de Almas

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Caminaba un sábado por las húmedas calles de una gris y nublada ciudad, una tarde calurosa de verano. Alegre andaba, brincando sobre los hoyos con agua encharcada, provocados por el reciente huracán.

Jugando con la grecas del suelo adoquinado, miraba hacia abajo sin prestarle la menor atención, al camino frente a mí, entorpeciendo de vez en cuando, el apremiado andar de las personas a mi alrededor. Pero por supuesto, quién habría de fijarse en una chiquilla como yo, que a pesar de poseer el tesoro de la juventud, carecía del privilegio que otorga el poder en la actualidad, la riqueza material. No obstante, ¿qué era la juventud en realidad? ¿Qué privilegio concedía la niñez, que todos los adultos evocaban con nostalgia y melancolía? En mi sincera opinión… ¡Nada! ¿Por qué habría de gustarme ser joven? Si la pobreza me impedía cada paso, todo deseo, ¿Por qué habría de gustarme ser joven? Si por la corta edad se sobreentiende la inexperiencia, se subestima a la persona, se ignoran sus ideas.

No obstante, yo continuaba poniéndole buena cara a todo lo que me sucediese; con ropa andrajosa y un par de zapatos desgatados, era ya costumbre mía, salir de casa cada fin de semana, a pasear por las calurosas calles, como única forma de distracción.

Las pocas personas que se aventuraban a dejar sus hogares en fin de semana, caminaban veloces por las avenidas y bulevares, con pasos presurosos, se dirigían de sus casas a sus destinos y así mismo, de vuelta. Pues se rumoreaba que en los últimos años, aquella ciudad había sido ‘’maldecida’’.

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Ciertamente aquel rumor, no era más que un mito ideado en base a los recientes reportajes, por las ociosas amas de casa, que secundado por hombres holgazanes, erraba de boca en boca y oído a oído, deformándose a través del viaje, dando como resultado, el cotilleo actual más popular de la sobrepoblada ciudad.

Un par de días después, de la evanescencia de un joven adolescente de humilde familia, cuyo nombre era tan peculiar que difícil de olvidar: Zigor, las desapariciones provocadas por la supuesta ‘’maldición’’ comenzaron. Hombres y mujeres de toda edad, parecían esfumarse sin más de la faz del planeta, absorbidas por una dimensión desconocida, tragadas por la tierra o reclamadas por el universo, quizás… nadie lo sabía con certeza.

Sin embargo, yo, una joven a un paso de convertirse en adulta, había sido ilusionada con la fantasía de tener una gran y ostentosa fiesta, como las jóvenes prósperas, hijas de adineradas familias, solían acostumbrar en tan importante cambio de edad. Así, merodeaba con una ruta específica en visita de un objetivo fijo, la boutique de vestidos más bella que jamás había visto.

A pesar de que muchachas como yo, acostumbraban usar vestidos de colores brillantes y llamativos, yo tenía una arcana obsesión por el blanco y el azul pastel. Tanto, que la reducida cantidad de amigas que me puedo permitir a presumir, criticaban mis gustos de crueles maneras, clasificándome de «Anticuada, aburrida y extraña».

Empero, sin divagar demasiado de mi relato principal, aquella tórrida tarde sabatina, me dirigí como siempre solía, a la boutique.


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Posando ambas manos sobre el frío cristal del reluciente y atractivo aparador, me deleité por milésima vez, con la efímera belleza de los vestidos del escaparate. Hermosas olas de tela blanca entremezclándose armónicamente con el encaje del corsé y las mangas, decorando el maniquí, para transformarlo aún más vistoso, con un collar de hipnóticas perlas blancas. El más perfecto vestido de boda, que a pesar de estar yo muy lejos de tal posibilidad, era mi anhelo más grande, no el compromiso, sino la belleza y delicadeza que en tan sólo una pieza de tela, se lograba conferir.

Así, embelesada por una idea improbable y lejana, me vi obligada a regresar a casa, escuchando en mi mente, las repetitivas palabras de mi padre discutir con mi madre, respecto a mi deseo: ‘’No podemos permitírnoslo’’ ‘’No habrás de llenarle la cabeza con más ilusiones y mentiras, mujer’’

Ignorando el sonido que mitigaba la ilusionada naturaleza de mi alma, caminé de vuelta a casa. Mas por alguna indescriptible razón, hube de continuar por un camino distinto al que solía seguir. Quizás mi espontánea decisión, debiérase a que no tenía la menor intención de regresar a casa, para sumergirme en la desdichada pobreza de mi realidad. Así que seguí por senderos que entre más amplios, más solitarios.

El viento abrazaba calles y edificios con delicadas y tibias palmas, las grises nubes cubrían el cielo vespertino por completo como un manto mullido, y los pequeños charcos en el suelo, reflejaban como cristalinos espejos, el interior de cada persona que se atreviese a mirar, a través de ellos.

Andaba con la mirada perdida hasta que algo captó mi especial atención.


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En la desembocadura a un angosto callejón, que de no haber sido por los dos hombres fuera de aquella gigantesca puerta, habría pasado completamente por inadvertido a mi curiosidad.

Por el simple deseo de saber quiénes eran y qué hacían ahí, fue que me acerqué sigilosa a la entrada del pasadizo. Asomándome cautelosa tras la esquina de una abandonada casa, pude ver a dos hombres de gran estatura, facciones marcadas por expresiones severas, trajes idénticos: uniformes de gruesa e incómoda tela color gris oscuro, enormes y pesadas botas negras y gigantescas armas sostenidas por los guardias, con ambos brazos.

Curiosa, me propuse a avanzar un poco más, cuando observé un suceso que quizás, debió valerme de advertencia, sin embargo en aquel momento yo no medía las consecuencias y aun, a pesar de haberlo hecho, segura estaba, de que no me hubiese parecido el menor problema.

Madeleine, una antigua amiga quien me aventajaba por 3 años, y quien poseía de una personalidad fría y descorazonada desde que su madre había fallecido, se acercó a los guardias por el lado contrario, no obstante, no lograría llegar muy lejos pues los hombres que a simple vista, semejaban ser estatuas por su actitud severa y petrificada, le apuntaron con sus armas, antes de que siquiera pudiese acercarse a un par de metros de la puerta.

Madeleine cuestionó con impresionante templanza, a pesar de la situación en la que se encontraba, por qué ellos no habrían de permitirle cruzar. Los guardias, reacios a contestar, afirmaron el agarre de sus armas como única respuesta a mi atrevida y temeraria amiga; finalmente, ella se vio obligada a retirarse con la intriga de saber, qué había más allá, de las monumentales puertas de metal.


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Temiendo un poco, que conmigo ellos no se fuesen a recatar y que sin pensarlo dos veces, como a Madeleine habían dado la oportunidad, me fuesen a disparar al menor instinto de mi avistamiento, me retiré de mi escondite y me encaminé de nuevo por la ancha y desolada calle, cuando algo me detuvo por segunda vez.

El sonido chirriante de las puertas colosales atrajo mi atención de nuevo, completamente atraída por la curiosidad del enigmático lugar, me asomé una vez más. Encontrándome con la oportunidad perfecta para entrar.

Los guardias habían prescindido de su puesto de vigilia dejando ambas puertas abiertas, por completo desprotegidas.

Sigilosa como un gato, tan delicada como una pluma arrastrada por el viento, me adentré al angosto callejón, con las yemas de los dedos de mi mano izquierda, delineaba el gigantesco muro grecado de cantera, sintiendo la adrenalina correr por mi cuerpo, sabiendo que estaba a punto de hacer algo que quizás no debía haber hecho.

Cuando llegué a la entrada me asomé cuidadosa; por dentro, el lugar era aún más grande de lo que hubiere podido imaginar, en el área principal, un enorme patio de paredes y suelos por completo de piedra grisácea, acabada por el sol, el agua y el viento, ennegrecida por el polvo y la suciedad de las botas de los guardias, encharcado en ciertas áreas por la reciente tormenta, un patio delimitado en sus cuatro lados por crasos muros de impresionante altura, que en la cima se adornaban con oxidados y enroscados alambres de púas, y malla electrificada.


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Pasando la explanada principal, una planicie de delgados pero altos edificios desperdigados por doquier, se extendía quizás hasta el límite opuesto de insólito lugar.

De haber sido yo más conocedora, de haberme quizás, interesado más por la vida real que por la fantasía, que siempre me absorbía en los momentos de dolor y melancolía, habría jurado que aquel extraño lugar, era una prisión. Pues a simple vista, los edificios con tan desgastado aspecto, los muros gigantescos que protegían lo que había dentro y los guardias merodeando de lado a lado, daban la perfecta impresión de ser una penitenciaría, sin embargo, lo que me desviaba de mi teoría se debía a que no sólo nadie estaba enterado de ese lugar, jamás nadie había mencionado o escuchado informes sobre una nueva prisión en la ciudad y en todo caso, dado los trágicos sucesos que habían provocado el rumor de ‘’la maldición’’ ¿no habrían hecho algo ya, estos hombres que semejaban ser soldados? ¿No habrían apresado al culpable con la rapidez y facilidad que les otorga su actividad?

Y aun así, las desapariciones continuaban siendo la orden del día.

Así pues, viendo que nadie reparaba en mi presencia mientras me asomaba pícara, fuera de las puertas, me aventuré a dar mi primer paso dentro del lugar.

Caminando con la cabeza gacha, la mirada en el suelo y los brazos lo más cerca posible de mi cuerpo, avancé un par de metros dentro.

Hombres que semejaban ser clones de uno mismo, andaban ridículamente erguidos, merodeando el perímetro del espacio abierto, con sus uniformes pulcros, el mismo peinado estricto y recatado, y su arma sostenida por ambos brazos, lista y dispuesta a disparar al menor inconveniente que se presentase.


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Debo admitir, que a la mitad de mi temeraria aventura, ya habíame acobardado y pensado más de un par de veces en regresar, pero había ya llegado muy lejos para desertar ¿no era así? Por algo había decidido tomar otro camino de vuelta a casa ¿cierto?

Empero, el miedo que al principio me forzaba a caminar como un ave herida, se fue esfumando gradualmente, conforme yo me percataba de que los guardias no advertían mi presencia, o al menos si lo hacían, no le prestaban la menor importancia.

Pronto retomé mi confianza, sabiendo que ellos no harían nada para evitar que yo continuase mi travesía prohibida; y así, de igual manera en que había salido de casa esa mañana, saltaba y jugueteaba por toda la explanada, divirtiéndome con los charcos de agua de lluvia, caminando sin ‘’pisar las líneas’’. Hasta que me encontré a la altura de la entrada, del área de edificios. Entonces me detuve de nuevo. Raro era, que semejaba haber un invisible límite infranqueable para los guardias de la explanada, hacia esa precisa área, pues caminaban de aquí a allá, siguiendo el perímetro del lugar, saliendo y entrando, o simplemente estáticos, pero ninguno osaba cruzar la línea.

Caminé observadora, mirando el lugar que cada vez parecía más una prisión, lo ilógico era, que nadie en la ciudad estaba enterado de aquel lugar, que los guardias habíanme permitido entrar sin objeción alguna, pero que así mismo a Madeleine estuvieron a punto de disparar por siquiera querer indagar. ¿Qué era entonces ese lugar? ¿Quiénes eran esas personas? ¿Por qué se encontraba situado aquel sitio en el área más desolada de la ciudad, una parte que el mundo había olvidado por completo?

Fisgoneaba cada edificio mientras los cuestionamientos se arremolinaban en mi cabeza, ruidosos e inútiles, dudas que quizás jamás tendrían respuesta.

Cuando en una de aquellas edificaciones ruinosas, de cantera mohosa y sucia, divisé algo descomunal, algo bastante extraño, algo que definitivamente no concordaba con nada del resto del área.


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Una mujer. A lo lejos se distinguía una joven, bella y perfecta mujer de tersa piel, ojos tan azules como el cielo de primavera, cabello tan brillante como el sol, vestida con el más hermoso y peculiar vestido que jamás antes había visto. Tela azul cielo de seda, botones, encaje y decorados de llamativo blanco, tan impecable era su apariencia y tan inmóvil se mantenía, que por un momento llegué a pensar, que era una preciosa muñeca de peculiaridad antigua, en lugar de una persona real.

Pero estaba tras los barrotes de una gruesa y pesada reja, encarcelada, aprisionada.

No sólo me había llamado mucho la atención, el hecho de que usaba un vestido que había sido causa de mis mayores deseos, de discusiones entre mis padres, de envidia hacia mis amigas quienes si tenían esa posibilidad, sino que semejaba ser una mujer de la realeza, incluso su rostro tenía evidentemente las facciones de una mujer de antaño, noble, aristócrata. Mas incluso, había sido encarcelada en aquel horroroso lugar, custodiada por un millar de amargados, severos e inflexibles guardias que sin problema habíanme permitido entrar.

Más raro fue, que a medida que me acercaba a ella, la expresión de su rostro parecía cambiar, sus delicadas facciones mostraban angustia y temor. Cada vez que la distancia entre nosotras se acortaba, su apariencia se transformaba, más delgada, demacrada, temerosa, sucia; cuando me encontraba a tan sólo un par de metros de distancia de ella, noté que sus brazos y rostro estaban llenos de heridas y cortadas, algunas ya cicatrizando, otras aun sangrando.


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Reconozco, que la única y principal razón por la que continúe acercándome a ella en primera instancia, se debió a que había sido ‘’hechizada’’ por la belleza efímera de la joven, que lucía tan bella con ese precioso vestido, justamente la apariencia que mi vida entera, había anhelado tener. Pero en realidad, continué mi camino cuando comencé a ver todas esas desagradables marcas en su piel, ¡Pobre mujer! pensé.

Cuando llegué hasta ella, manteniendo una corta distancia entra ambas, pude observar que su rostro tenía verdaderamente, un cierto parecido con mi apariencia, sin embargo, ella era mayor, más fuerte, más sabía, más bella. Ella era todo lo que yo siempre había aspirado a ser.

Y cuando me encontraba a tan sólo un par de pasos de distancia, ella se acercó y se sostuvo de los barrotes, mas continuaba con la cabeza gacha, la mirada en el suelo. Ya no me permitía ver sus ojos. Quizás tenía miedo, quizás estaba avergonzada, no lo sé, pero eso sólo hacía que yo tuviese más curiosidad.

– ¿Quién eres? – pregunté.

–Ayúdame. – respondió aun con la mirada en el suelo y la garganta seca.

– ¿Por qué te han encerrado aquí? – insistí.

– ¡Ayudame! Por favor. – Exclamo, esta vez tirándose al suelo y sacando sus brazos por completo fuera de los barrotes, arañando el suelo como si quisiese alcanzarme.

–No puedo, no sé cómo. Lo siento.

–Te daré lo que quieras, por favor, sólo tienes que acercarte. – persistió.

– ¿Lo que yo quiera? ¿Y cómo podrías darme tú lo que yo quiera si estás encerrada ahí?

– ¿Te gusta mi vestido, no es así? – dijo regresando sus manos a la reja.

–Ss… sí – siseé, enfocándome de nuevo, únicamente en su vestido.

– ¿Ves las perlas en mi cuello? – preguntó, agachando la cabeza para que pudiese ver la gargantilla colgando de su cuello.

–Mm-hmm. – asentí.

–Son tuyas, si me ayudas. Podrás tener todo lo que quieras, estas perlas valen más de lo que seas capaz de contar… Sólo tienes que acercarte y ayudarme.


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No contesté, me quedé un par de minutos más mirándola, observando mí alrededor algo nerviosa, sin embargo, tentada por su oferta. Como ella vio que yo no respondía ni me movía de mi lugar, de nuevo se tiró al suelo y gimiendo como un animal herido, pidiendo ayuda con la voz rasposa, arañaba fuertemente el suelo tratando de alcanzarme con sus brazos mallugados y llenos de cortadas sangrantes.

Cuando avancé, hasta encontrarme a tan sólo unos centímetros de la celda. Me agaché y puse ambas manos sobre el suelo, ladeando la cabeza, deseando que me mirara. Entonces, la toqué, posé mi mano izquierda sobre su brazo, y ella velozmente, me tomó con ambas manos de las muñecas, fue entonces cuando finalmente levantó la cara, atravesándome ambos ojos con su mirada.

Después, todo se desvaneció. En un instante, todo mí alrededor se había tornado negro.

Cuando desperté, evidentemente, ella había cumplido su palabra, las perlas blancas colgaban ahora de mi cuello, el brillante y hermoso vestido contorneaba mi cuerpo, era mío, todo mío.

Pero ella ya no estaba en la celda, ya no estaba aprisionada.

De pronto, comencé a sentir ardor y picazón en la cara y los brazos, cuando me miré, mi corazón se detuvo de un frio golpe, mi cabeza punzaba, ardiente como lava, mis brazos estaban llenos de cortadas, la sangre se derramaba de ellas, ensuciando mi vestimenta, cuando miré a mí alrededor, finalmente advertí.

¡Era yo!

La prisionera, era yo.

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Pero no solo eso, repentinamente la piel de mis manos comenzó a arrugarse, mis dedos se encogieron como horribles garras de animal, mi cabello comenzó a caerse y tornarse grisáceo, mis ojos desenfocaron su entorno, y mantener mi espalda erguida no fue posible nunca más, mi columna se curvo obligándome a jorobarme, mis rodillas perdieron fuerza y elasticidad.

Me tiré al suelo, incapaz de mantenerme en pie, sentía que la respiración se me cortaba, que mi propia saliva y lengua me atragantaban, incapaz soy de describir el desesperante temor que sentí, creyéndolo una plaga, una especie de ‘enfermedad’ me revolqué en el agua encharcada, esperando ingenuamente que todo aquello desapareciese.

Pero evidentemente, no fue así.


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‘’Deseas siempre lo que no te pertenece y para conseguirlo sigues caminos errados sin darte cuenta, disfruta del mayor deseo de tu vida, que desde el día de hoy, te concierne eternamente’’.

Encauzada por la riqueza y la belleza que siempre había deseado, había sido fácilmente tentada; hechizada por lo improbable, la ambición de lo inalcanzable. Había caído en un encierro imperecedero.

El espejo de los deseos errados, reflejo distorsionado de la verdad.

La Trampa de almas. 

17 de Mayo de 2018 a las 05:39 1 Reporte Insertar 3
Fin

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Alanis M.T. ''No soy lo que escribo, soy lo que tu sientes al leerme'' (Libros, Mundos infinitos ∞ )

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El Poeta Oscuro El Poeta Oscuro
Sublime, una historia muy pero que muy buena, escrita y ejecutada a mi parecer a la perfección. Mi enhorabuena.
18 de Julio de 2018 a las 10:39
~

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