Epifanía sucia Seguir historia

vertigo_voragine Vértigo Vorágine

Relato breve sobre una confusa revelación a la que accede un pequeño niño en circunstancias igualmente cotidianas como surrealistas.


Cuento Todo público. © Sí

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Cuento corto
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Epifanía sucia

Tendría unos siete u ocho años. Y Luis un año más. Sí, seguramente; cursábamos primero de primaria. Lo sé. Íbamos acompañados de nuestras respectivas madres; Luis (con el que actualmente llevo más de 18 años de amistad) y yo. Era víspera de navidad y en una reunión los padres acordaron hacer una colecta para comprar juguetes a todos los niños del salón. De alguna forma nos dejaron acompañarlas ese día al centro, cosa que era completamente inusual: siempre decían que era un lugar sucio y peligroso.


Esperamos en el paradero no mucho tiempo un bus para la Av. Abancay; era un camión enormísimo de color ámbar y con chasís agrietado, a lo mejor es más grande en mi memoria de lo que realmente fue. No recuerdo muy bien, quizás al subir había tanta gente que madre no se dio cuenta…en cierto momento ella estaba en la parte de atrás junto a la mamá de mi amigo y nosotros buscamos asiento más adelante.


No había ninguno y duramos largo rato parados estúpidamente entre las piernas de una multitud sudorosa. De pronto un par de personas se pusieron de pie y nosotros aprovechamos. Eran dos asientos rojos igual de demacrados que el bus pero no contiguos sino en diferentes filas. Mi amigo se sentó en el de atrás. En aquella época no me fijaba bien en las cosas o personas, tampoco era un psicótico empedernido que busca miradas lapidarias en cualquier ser, sin embargo, cuando me percaté del aspecto de mi compañero de asiento me estremecí un poco: era un tipo sesentón, de barba abundante y gris al igual que su cabello, un poco gordo y de ropas harapientas, remendadas; también grises. Custodiaba una mirada sombría con expresión nada cándida y más bien tirando a vil. No sé por qué al verlo me lo figuraba como un dios malo.


Me dirigió la palabra muy erráticamente; por momentos balbuceaba. Pero algunas cosas entendí. Me dijo que muy rara vez salía a la calle, que la gente se mofaba de él y le escupía, también me comentó algo sobre que el sol era una maldición de Enlil, una burla o algo así y que los humanos somos como girasoles: ciegos, pero débiles al mínimo fulgor.


En cierto momento me pidió que por favor tocara la superficie del asiento de adelante; lo hice.

— ¿Qué sientes?

—Frío.

— ¡Qué más!

—No sé, es de metal.

—Eres un poco ciego.


No entendí lo de “ciego” en ese momento. Me preguntó si iba al colegio. En cuanto le conteste “sí” me dijo que dudara de todo y todos. Por alguna razón se me vino a la mente la imagen de un grupo de niñitos cojudos sembrando una semillita en una macetita, tita. Cuando le pregunte ¿Por qué ciego? me dijo que también dudara de lo que me dice mi piel, mis ojos ¡Todos los sentidos! ¿Conoces los sentidos? ¿Te han enseñado? ¡Sí! El algodón, el acero ¡Bah! Lo mismo…


—El águila puede ver más colores y aun así no accede a la verdad. Pero yo no soy ciego ¡Puedo leerte! ¡Tú eres un malaj!

— ¿Cómo lo sabe? — pregunté, aunque no tuviera ni puta idea de lo que era un malaj.

—Porque lo veo en tus ojos vidriosos, en tu miedo, en el balanceo de tu pierna izquierda, en tu mirada absorta y cómo me devela que ves todo como si fueses un bebé. Ciego y cojudo. Además yo también soy un malaj.


Intenté decir algo audaz pero sólo pude tartamudear. Quizás si lo cuestiono…

— ¿Y de dónde eres tú?

—Mosquita te crees, soy un enviado de Elohi…de di...-supe quería decir dios, lo había escuchado en boca de predicadores charlatanes, pero por alguna razón balbuceaba y tartamudeaba al tratar de mencionarlo; no podía. Hasta que desistió y simplemente dijo: Deux.


Inundado en pánico sólo atiné a asentir con la cabeza a aquel señor andrajoso que me seguía hablando de cosas que no entendía: los colores, el odio, el amor, los juicios, dogmas, máquinas imposibles, la materia que parece no destruirse pero ¡sí!…el dolor ¡Ilusiones…de..de…de ilusos! ¡Sensorial!


Cuando estuvimos a punto de llegar vi que mi amigo Luis se paró y avanzaba al igual que madre y su amiga. Quise hacer lo mismo pero al momento de erguirme el tipo me cogió del brazo con una fuerza descomunal. Traté de zafarme pero era inútil; intenté gritar pero me detuvo la vergüenza.


— ¡Por qué es malo conmigo! — plañía más con miedo que con ira y quizás con una expresión patética en el rostro.

—Las cosas en este mundo no son tan simples de definir como: bueno o malo. ¡Y ahora tú…me vas a acompañar en la cárcel!


Sentí que la sangre se me subía a la cabeza y creí desmayar. Me imaginé una vida de esclavitud entre convictos pagando las condenas de sus crímenes.


En el momento que terminó su sentencia me soltó instantáneamente. Salí corriendo y bajé tan rápido como pude. Desde el paradero, de la mano de mi madre, subí la mirada mientras el bus arrancaba; él me observaba a través del vidrio con ira.


Sólo recién empiezo a entender a qué cárcel se refería.

6 de Mayo de 2018 a las 18:09 0 Reporte Insertar 1
Fin

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Vértigo Vorágine Soy un erizo. A veces un clavicorde, a veces una cimitarra, a veces la herrumbre de tu monótona vida y a veces...por flojera, o desidia: elijo no ser.

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