El hijo del gato Seguir historia

louisernandes Louiser Nandes

El hijo del gato es un cuento que aborda la crítica hacia la realidad del individuo como constructo social.


Cuento Todo público.

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Cuento corto
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I


Camilo era un gato normal, de día se la pasaba dormido y echado sobre su cama que se encontraba en la sala, junto a la ventana que daba a la calle. Todos los días esperaba a su dueño que siempre llegaba de la escuela a servirle un tazón de leche hervida. Pero ese día, Camilo no quiso comer. Se le veía angustiado, taciturno. El niño y sus padres pensaron que podría estar enfermo y lo dejaron dormir sin ser molestado. A la mañana siguiente se podía observar en Camilo una actitud extraña y a veces de ir caminando lentamente, en el pasto de la entrada se dejaba tirar panza arriba como si estuviera envenenado, hasta parecía que le estaba creciendo algo dentro. Ya casi no tomaba su leche y si esperaba a su dueño solo era para mirarle llegar.

—Mamá, Mamá. ¿No será que Camilo está embarazado? —preguntaba el niño en su inocencia, mientras que sus padres por adentro se guardaban las carcajadas— es que le crujen las tripas, yo creo que va a tener bebés.

Ante tal situación el niño se propuso a dárselas de enfermero y a sus padres les resultaba muy cómico verlo pasear de la sala a la cocina con una bata de doctor mas larga que el propio infante. Medicamentos, pastillas y más pastillas; que al gato no le hacían tanta gracia, ya que todo lo vomitaba en su camino. Pasaban los días y Camilo llegaba al grado de ya no mover ni los ojos, cosa que a los padres les preocupaba discretamente para no alertar al niño por la muerte de Camilo. Esa misma tarde planearon contarle una anécdota sobre el cielo de los gatos y como es que Camilo tenía que llegar ahí, siendo más una artimaña para alejarlo mientras que el padre encontraba la manera de deshacerse del animal y resolver el problema.

Camilo descansaba casi moribundo en su camita junto a la ventana, y de la cocina surgió el llamado de una madre incómoda ante la idea de romper la ilusión del niño por conservar su mascota.

—¡Martín! ¿Puedes venir?

—Dime Mamá.

—Queremos que sepas que Camilo —dijo su madre mientras al fondo la interrumpían los maullidos desgarradores del gato.

—¿Va a tener bebés?

—No Martín, Camilo es un gato y no puede tener bebés —le dijo directamente como un trueno, y así de la misma forma se escuchó el grito de su marido que provenía de la sala.

—¡Marina! ¡Marina!

Madre e hijo acudieron corriendo para que al llegar todos se quedaran en silencio ante la imagen de un gato muerto y un bebé recién nacido que se movía entre sus patas.

—¿Pero qué es esto Marina? —preguntó aquel hombre asustado y con las manos ensangrentadas.

—No sé —respondió la mujer.

—Es el hijo del gato —contestó el niño.

De entre la sangre lo levantaron los brazos que ante el instinto materno de aquella mujer que lo miraba asombrada, no pudieron evitar sentir cariño.

—Es un niño —dijo ella.

—Lo sé Marina, eso lo sé. Pero que está haciendo aquí —dijo el hombre.

—Lo tuvo el gato —dijo el niño.

Camilo, que debía llevar el nombre de su padre por ser el primogénito; era un niño normal. De día se la pasaba dormido y echado sobre su cama, pero a diferencia de los demás niños, Camilo era el hijo del gato. Por las noches se dedicaba a deambular por las azoteas, tomaba su leche caliente y hasta llegó a escucharse el rumor de que un día se cayó de un sexto piso, pero cayó parado. El doctor decía que Camilo estaba en perfectas condiciones a pesar de la forma en que había nacido. Pero Camilo no se sentía normal; era salvaje y travieso, en la escuela los niños murmuraban a sus espaldas, algunos asombrados por sus conductas y otros en forma de burla por ser distinto. Las personas con las que vivía, a las que Camilo se refería como sus dueños, le trataban como a su padre; con mimos tontos, poca comida y un buen hogar. La mayoría del tiempo era invisible para sus dueños, como una sombra que pasa en la obscuridad de la noche. Extrañaba a su padre a pesar de nunca haberle conocido realmente, y de él, solo tenía esa mancha en su cuello, la misma que caracterizaba a su padre como un gato bonachón para sus dueños, solo que el gato tenia la mancha en la panza.

Un día cansado de todo y de todas las personas que lo rodeaban, Camilo y su instinto gatuno decidieron escaparse para internarse en el bosque, al fin y al cabo él ya tendría mas de sesenta y dos años de gato y nunca se le dio ser domesticado. Había luna llena como le gustaba y el pico de la montaña no se miraba tan lejos, así que arrancó camino.

Para comer bastaba con cortar moritas que se colgaban de los arbustos y para dormir cualquier rama era buena. El viento soplaba tranquilo y las copas de los arboles casi alcanzaban el cielo como queriendo robarle su azul nocturno de iluminadas estrellas. En pocas palabras, Camilo era feliz siendo un gato salvaje, mientras en su casa volteaban la cuadra de cabeza para encontrarlo. Carteles por aquí y por allá, una foto de Camilo y sus señas particulares de las cuales se leía más o menos así; «Me perdí, ayúdame a llegar a mi casa, me llamo Camilo, soy blanco y tengo una mancha de gato en el cuello».

Una prole de personas armadas con fuego se internaban en el bosque, otras marchaban ante las calles de las ciudades mas próximas con esperanzas para encontrarlo. Nunca se había visto tanta unión por parte del pueblo. Eran tantos carteles que resultaba imposible que pasara desapercibida su desaparición. Y así fue.

Evangelina que vivía a las afueras de la ciudad quedó sorprendida cuando encontró la foto de aquel niño que se encontraba perdido, e inmediatamente se dirigió hasta el pueblo donde se rumoraba la desaparición de un joven que según las lenguas había nacido de un gato. Al llegar, toda respuesta a su pregunta sonaba salida de un cuento; «Nació de un gato, come ratones, un día se cayó de un sexto piso y cayó parado, es salvaje, es nocturno, es una bestia». Dirigida por sus impulsos más que por la razón, una antorcha y sus agallas bastaron para internarse en el bosque, Pues tenía que encontrarlo. Fueron ocho largas horas de caminata entre ramas y troncos secos, los ruidos eran callados pero atemorizantes, «hubiera traído agua» pensó Evangelina, pero siguió caminando. No se veía nada que no fueran ramas y ramas, y de entre las ramas al mover una, dilucidó la llama de lo que pareciera ser una fogata debajo de un árbol que sostenía a un niño. Se acercó sin hacer ruidos, lo miró a la cara, parecía exhausto y yacía dormido. En ese preciso momento lo había encontrado. Evangelina se sentó en un tronco junto a la fogata y comenzó a llorar desatadamente, a tal grado que Camilo se despertó y no hizo más que bajar a verle.

—¿Qué tiene señora? —preguntó Camilo intrigado.

—Hace muchos años cuando di a luz, un hombre robó a mi hijo y nunca supe dónde se había ocultado —dijo Evangelina mientras tocaba la mancha de gato en el cuello de Camilo. Y Camilo como de costumbre, le ronroneó en la mano.

4 de Mayo de 2018 a las 14:27 0 Reporte Insertar 2
Fin

Conoce al autor

Louiser Nandes Nacido el 22 de junio de 1992 En Guadalajara, Jalisco. México.

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