MI REFLEJO EN EL ESPEJO Seguir historia

u15252912241525291224 Ricky Rincón

Mi nombre es Mariana Parra y tengo diecinueve años. Mi vida nunca ha sido la aventura emocionante que hubiera deseado que fuera. Yo tengo un defecto o más bien una debilidad...". Con este preambulo inicia la historia de una joven quien atormentada por sus demonios internos vive constantemente en aflicción interna. Pero, en un momento de flaqueza, todo para ella cambiará


Drama Todo público.
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CAPÍTULO I : MI NOMBRE

Mi nombre es Mariana Parra y tengo diecinueve años.

Mi vida nunca ha sido la aventura emocionante que hubiera deseado que fuera. Yo tengo un defecto o más bien una debilidad: mi madre lo define como “genes de familia”; mi mejor amiga lo llama constantemente exceso de belleza (aunque sé que lo dice para hacerme sentir mejor). Cualquiera que fuese el caso, yo difería de ambas, ya que para mí no es nada grato el ser una fofa, obesa, principalmente porque los chicos más guapos y encantadores de la Facultad de Derecho no voltean a verme. Y claro, como habrían de hacerlo, si para todos ellos yo era tan sexy como un oso panda.

Sí, debería suicidarme de una vez por todas y terminar con esta constante aflicción interna.

Pero, quizás en este momento no lo haga, puesto que Cristina me acaba de susurrar con sigilo que Sergio Marcano, el chico más hermoso de la facultad, ha incursionado en la cafetería.

Mis cavilaciones se disiparon momentáneamente a la mención de su nombre.

—Pero, no te gustará con quien está acompañado, amiga—añadió Cristina con expresión cautelosa.

Yo no necesitaba girar mi cabeza para saber quién estaba a su lado. Me imaginaba desde ya a esa chica superficial rodeando sugestivamente sus hombros. Esa rubia oxigenada, voluptuosa, alta, esbelta, perfecta; todo lo que yo desearía ser, aunque fuese por una sola vez en mi vida.

—Ni me lo digas—le repuse en tono amargo.

Miré a hurtadillas a mi costado derecho y allí se había sentado en una de las mesas del extremo izquierdo el guapo de Sergio. Él, con sus perfectos rizos dorados, sus enormes brazos, su espalda estrecha y prominente altura, y esa aura de ángel que siempre emanaba de su cálido semblante. Pero para mi desgracia, en compañía de aquella rubia peli teñida (era el sobrenombre que le había puesto en honor a aquel recordado personaje de la telenovela colombiana Yo soy Betty la fea), quien a mi opinión personal no le merecía. “¡Qué afortunada era Virginia!” —pensé fortuitamente con recelo.

—Amiga, no deberías seguir ilusionada con ese chico—me dijo Cristina con cautela—. Él jamás podría fijarse en chicas como tú, y como yo.

Cristina estaba sentada frente a mí y en ese instante le fulminé con la mirada. Más bien, deseaba gritarle a su cara lo que estaba pensando de ella en esos segundos: “¡Cierra tu gran bocota, Cristina Castro! Nadie ha pedido tu opinión al respecto”. Y es que odiaba cuando ella se ponía en plan de sermonearme con ese asunto en particular. Para los sermones, tenía a mi madre.

—Sí. Claro. Porque soy una gorda, fofa, ¿no es así, Cristina? Un chico tan guapo como Sergio jamás se fijaría en una chica grasienta como yo—dije en tono incisivo, hasta para mí misma.

—No quise decir eso, amiga—se disculpó, encogiéndose de hombros.

—Por supuesto que no, Cristina—le repliqué con ironía—. No lo quisiste decir explícitamente, pero lo trataste de insinuar. Como de costumbre.

—Mariana, no tienes por qué reaccionar a la defensiva conmigo por un simple y espontáneo comentario. Además, solo trataba de consolarte, como siempre lo he hecho—argumentó nuevamente en su defensa.

— ¿Y crees que ese comentario incisivo que acabas de hacerme me consolará? Claro, tú no tienes de que preocuparte. ¡Mírate! Estás delgada y sin una libra de más. Siempre habrá ropa de tu talla en alguna tienda departamental y algunos chicos estarán deseosos de salir contigo, aunque fuese por desquite.

—Siempre con los mismos lamentos Mariana Parra. ¿Cuándo te darás cuenta que la belleza exterior no es lo más importante en esta vida? Lo que llevamos dentro de nosotros es lo que realmente tiene relevancia en nuestras vidas. ¡Deshazte de todas esas frivolidades! Aprende a quererte un poco más.

—Genial, Cristina—dije en tono sarcástico—. Ahora viene tu postura de: “compadezcámonos de la gorda Mariana, pobre de ella (intenté imitar su tono de voz nasal)”. Eso es lo que siempre piensas de mí, ¿no? —le miré con desdén.

— ¿Sabes una cosa, Mariana? ¡Me largo de aquí! Estás muy insoportable la mañana de hoy—ella frunció su ceño de molestia—. Jamás me imaginé que tu habitual mal humor mañanero se fuese a prolongar por más tiempo. Cuando apacigües tus ánimos y logres pensar coherentemente, me buscas, ¿de acuerdo? Al fin y al cabo yo seré siempre tu tonta y sumisa amiga quien soportará y perdonará con gran hazaña todas tus majaderías.

Cristina se levantó de su asiento y batiendo hacia un costado su larga melena azabache, se marchó, dejándome sola en la mesa. Sin embargo, no permanecí solitaria por mucho tiempo, ya que Gabriel Lander, el chico más nerd y enjuto de la facultad se disponía a levantarse de su mesa con pretensiones de acercarse hacia mí. “¡Genial!” —pensé con ironía.

— ¿Puedo seen-tarme contigo, Mariana? —me preguntó con timidez Gabriel.

Yo le asentí con desgana y en silencio.

Gabriel se sentó frente a mí, sin más nada que decir. A momentos éste me ocultaba la mirada como si le intimidase mi presencia. Yo observaba su oleoso cutis con algunos barros y espinillas, su oscuro cabello engomado y peinado con raya al costado derecho y esas anticuadas gafas circulares al muy estilo de Harry Potter, prometiéndome a mí misma que jamás me fijaría en un chico parecido a él en toda mi vida.

— ¿Le ocurría aal-go a Cristina? Mee paa-reció que see marchó aal-goo moo-lesta contigo—me dijo.

Y por si el infortunio no fuese poco: el chico era tartamudo. ¡Qué prospecto de hombre!

—Tuvimos una pequeña diferencia. Eso fue todo—le contesté con despreocupación.

—Buu-eno—me repuso, bajando súbitamente su cabeza.

Me volví a mi costado derecho una vez más. Ahora noté que Sergio reía encantadoramente en compañía de su selecto grupo de amigos—tan petulantes y superficiales como lo era su prometida—conformado por Dylan Sáenz, el bromista, quien decía un mal chiste y todos debían reírse del mismo aunque no lo quisieran; Sasha Barichelli, la irresistible y mejor amiga de Virginia, quien disfrutaba siendo la doncella de la facultad a quien todos sus estudiantes masculinos soñaban con estar entre sus sábanas blancas, y Milo Ferrer, el embaucador, ese chico a quien ninguna chica tonta y sumisa desearía encontrarse bajo sus pantalones, a no ser que quisiera ser la comidilla de toda la facultad. Todos ellos eran mejor conocidos como “Los Denominadores” y lograr su aprobación y acceso a su círculo era tan difícil como visitar al Papa en El Vaticano.

Virginia se percató de mi fortuita observación, entonces, rodeó aún más los hombros de Sergio como si estuviese marcando su territorio, y seguidamente me fulminó los ojos. Si las miradas matasen, ella ya se hubiese convertido en una intencional y vengativa asesina.

Me volví rápidamente hacia mi acompañante, un poco intimidada por cierto, de la absurda aversión que esa chica sentía por mí.

—Vee-o que no tienes nada de coo-mer en tu mee-sa—señaló Gabriel, rompiendo nuestro silencio—. ¿No coo-merás algo? Yo poo-dría invitarte un refresco y un paa-necillo, si así loo dee-seas.

¿Intentado ser amable de nuevo conmigo? ¿Es que acaso no comprendía que mi comportamiento distante hacia él solo podría significar una sola cosa? ¡Me repudias, Gabriel! Ese perdedor había resultado ser bastante persistente desde el día en que por desgracia le conocí.

—No tengo apetito, gracias—le confesé en tono amargo.

Justo en el instante en que se giraba hacia su costado izquierdo, resoplé disimuladamente. Realmente ansiaba dentro de mí levantarme de mi asiento y acabar con aquellos monótonos y vergonzosos segundos a su lado. Por fortuna, observé vagamente mi reloj de pulsera y advertí que faltaban solo diez minutos para el inicio de mi próxima clase. “Gracias a dios”

—Lo siento, Gabriel, pero debo marcharme ahora mismo. Tengo una clase en poco tiempo—le informé, sin el más mínimo remordimiento de dejarle.

Me ajusté la mochila de lona a mis hombros y sujetando el ejemplar del libro Filosofía del Derecho Público (perteneciente a la biblioteca de la facultad), me coloqué de pie. En la faz de Gabriel vislumbré una leve decepción por mi partida.

—Bueno, quee tee vaa-ya bien—dijo con voz débil.

—Gracias—contesté un poco displicente.

Caminé hacia la salida y evité girarme a mi costado derecho para observar al grupo de “Los Denominadores”.

Halé sutilmente la puerta de cristal y suspiré para mí misma al escuchar el murmullo de su aterciopelada voz. Sergio.

                        CONTINUARÁ...CAPÍTULO 2: MI PROBLEMA

2 de Mayo de 2018 a las 20:13 2 Reporte Insertar 1
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Ssol Agostiinaa Ssol Agostiinaa
Me gusto muchísimo ! continuala !!
5 de Mayo de 2018 a las 21:20

  • Ricky Rincón Ricky Rincón
    Muchisimas gracias por tu apreciación!!! Este mi{ercoles 9 de mayo publicaré el segundo capítulo. Proximamente publicaré otra historia. Espero tambien te guste. Saludos desde Venezuela. 7 de Mayo de 2018 a las 08:09
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