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irvtrinidad Irving Trinidad

Conoce el curioso mundo del toro. Ilustración de Israel Arenas.


Cuento Todo público.

#Toro #Zodiaco #Tauro #animales
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El silencio de un titán

   Imagina que estás sobre una gran planicie verde. Es de noche y puedes observar algunos árboles sobre el prado. El manto estrellado de negro y azul cubren aquel lugar junto a una esplendida y brillante luna de abril. 

   Al fondo, montañas tan altas como nevadas sobre sus puntas. Sobre un costado, yace un pequeño lago donde los animales se reúnen para beber e interactúar. Ahí, se pueden ver distintos animales. Águilas, peces, cabras, borregos cimarrones, leones, pero hay uno muy particular: un toro.

   Este toro es más grande que el resto de sus compañeros de prado. Es robusto, imponente. Tiene grandes cuernos con marcas de haber sido usados, o mejor dicho, de haber tenido que hacer un par de embestidas. De todos los animales, tal vez es el toro el más tranquilo de ellos.

   Usualmente, esta bestia no se mete ni interactua con nadie. De vez en cuando se le acercan uno que otro compañero de prado, pero siempre que éste lo permita y una vez que haya guardado la suficiente distancia como para que, el toro, se haya familiarizado y le haya permitido acercarse.

   El toro era callado. Usualmente no hacía ruido ni movimiento alguno. A pesar de tener ese gran cuerpo, era un mar en completa tranquilidad. Aunque juguetearan otros animales cerca, el toro siempre guardaba su distancia y pocas veces, perdía la calma. Si veía que alguien se entrometería en su camino, le sacaba la vuelta. Si veía que había un pleito, solamente se hacía a un lado. El toro no buscaba problemas, el toro vivía en una aparente tranquilidad.

   No obstante, nadie sabía lo que pasaba a dentro de este. La sensibilidad que el toro poseía era impresionante. No era tan sensible como los escorpiones que, listos se encontraba con aguja en cola para picar. La sensibilidad del toro era muy especial. Era capaz de sentir todo, sin embargo, lo sentía para sí mismo, para su interior.

   El toro solía dar largos vistazos hacia el comportamiento de otros animales. No hacía mugidos. Solo observaba a la distancia. 

   Pocas veces se juntaba con otros de su misma especie, pero cuando lo hacía, se podía ver un espectáculo digno de observar. Dos toros era siempre símbolo de algo bueno y algo impresionante de ver. Usualmente, se encontraban pastando juntos. En silencio, desde luego. Pero sus miradas lo decían todo entre ellos. Tenían una comunicación casi telepática, en donde ya sabía todo el uno del otro.

   Pero cuando se enojaban y comenzaba una discusión, no había animal que quisiera quedarse cerca. Ni el león ni el cimarrón eran capaces de soportar el calor del encuentro. Solamente los centauros y otros toros eran capaces de detenerlos.

   Las embestidas que estas criaturas hacían eran debastadoras. Eran capaces de tirar hasta el árbol más grande del prado. Eran capaces de herir a cualquier criatura que se encontrara alrededor, y la ira de su fuerza era capaz de partir grandes piedras en dos. Y cuando esto pasaba, nadie quería estar alrededor.

   Sin embargo era raro que esto pasara. Para que algún otro animal o algún otro toro lo hiciera enojar, debía pasar mucho para que llegara a ese nivel. El toro es tan pacífico, que hasta otras aves se paraban sobre su lomo y este, sin preocupación, dejaba que ellas estuvieran sobre de él.

   Algunas veces solía juntarse con el león y el cimarrón, pues tales cuerpos podían soportar una que otra expresión de jugueteo, y podía a si mismo soportar los estruendosos impactos del cimarrón, así como no dejarse intimidar por el rugido del león.

   Se llevaba muy bien con el cangrejo, el escorpión y el pez, aunque con este último usualmente medía mucho su interactuar. Sin embargo, con los otros dos tenía una relación bastante peculiar. Si por algo eran temidos tales criaturas, eran porque solían ser incisivos y hasta ponzoñosos cuando se enojaran. Pero algo tenía el toro que se había vuelto inmune a tales daños. Y de tanto juntarse a ellos, ya ni los piquetes y las atrapadas por las pinzas del cangrejo le hacían nada. Un par de rasguños, pero nada que no pudiera soportar.

   El toro no seguía a nadie; se seguía a sí mismo. Parecía que sabía exactamente a donde ir, o al menos, a donde no ir. A quien a veces solía seguir tan solo unos pasos, eran a su primo el centauro. Ambos se tenían admiración y respeto, pues sabían bien que solo entre los de su especie podían entenderse como ningún otro. 

   El centauro era una criatura bastante fascinante para el toro, pues mientras el toro tenía una fuerza y una estabilidad impresionante, el centauro era capaz de ver más allá con su visión y su entrega, algo que al toro a veces le costaba. Por eso se seguían, por eso se apreciaban.

   Algunas veces podías ver al toro mirar las estrellas. Y sobre sus ojos negros, se reflejaban aquellos puntos brillosos del cielo, y sus ojos se cubrían de un ligero cristal que reflejaba luz, y añoranza.

   ¿Qué tanto recordaba el toro?, ¿qué tanto recordaba que se quedaba mirando por largas horas el cielo estrellado? Ciertamente, era algo que impresionaba a casi todos los animales. ¿Qué pensará el toro?, decían algunos. ¿qué pensará que siempre se detiene a ver aquél cúmulo de estrellas?, ¿su hogar?, ¿su pareja?, ¿campos mejores? Nadie nunca lo sabía.

El toro era un animal selectivo: no se juntaba con cualquiera. Había otros tres con quienes, ciertamente no podía coincidir tanto, pues vivían demasiado en la mente y en las ideas como para poder entenderlos. 

   Pero no pienses que el toro era un animal antipático: no, todo lo contrario. De vez en cuando lo podías ver ayudando a otros si es que veía que ellos no podían por su cuenta propia: Empujaba a la cabra loca; era soporte para otro toro; le daba estabilidad al cangrejo; se interponía entre los gemelos cuando sus discusiones se elevaban de nivel; le ayudaba con la seguridad al León; acompañaba a la Virgen en sus colectas y a mover cosas; protegía al conejo de otros; le dejaba al Escorpión picarle para ayudarle a sacar su veneno que termina por hacerle daño a sí mismo a la larga; le daba soporte al centauro; le ayudaba a medir su fuerza al cimarrón; movía grandes cosas para el humano y; regresaba al estanque a los peces cuando se salían del estanque.

   Era raro que se le viera al toro con una pareja. Pero cuando este encontraba una, era una de las que más duraban. Especialmente con otros toros, entre escorpiones, cimarrones y uno que otro cangrejo. Estos animales, encontraban en el toro una buena pareja con quien ser ellos mismos, pues podían ser peligrosos para los demás por su gran y enorme pasión y efusividad. Justo ahí estaba el toro para ellos. 

   El toro, podía decirse, era de los animales más leales y de los más empáticos de todos. Era capaz de dejar que sobre de él, algunos midieran su fuerza o descargaran su ira. El toro se autosacrificaba para poder ser un apoyo y sostén para otros. Podía versele sobre su cuerpo, cicatrices y heridas que con el tiempo hacían que se vieran bien sobre él. No había, en todo el prado, animal con más heridas sobre el cuerpo que las que el toro poseía. Ciertamente, gran parte de ellas era por cargar los problemas de otros.

   Libre de celos, miedos o preocupaciones, el toro era capaz de responder en la pronta ayuda de cualquiera cuando estos se quedaran pasmados. No importa si su vida se viera en peligro, la paz que perturbe al otro era algo que, ciertamente, no podía tolerar. Le molestaba mucho al toro ver injusticias y cuando veía una hecha con dolo, era capaz de arremeter violentamente hasta dejar en el suelo la amenaza o el peligro.

   Eso si: era muy testarudo. Sin embargo, eso era lo que le daba su fuerza y su paciencia. Había caminos que no podía a travesar, y aunque los otros animales se lo decían, al toro nada le importaba pues sabía que él solo podía. Algunas veces era realmente porque podía ver cosas que otros no, sus cicatrices no habían sido hechas en vano. Otras veces solamente se probaba a sí mismo para ver su capacidad de resistencia, fuerza y determinación, cuando veía que estaba quebrado o no encontraba objetivo.

   Cuando el toro era herido de gravedad, este solía separarse del resto. Era tan noble que se alejaba lo más posible para que nadie pudiera verlo ni ayudarlo, y si tuviera algún arranque de dolor, miedo o desesperación, a nadie pudiera lastimar. Era de esos autocompasivos, sin embargo, no necesitaba de nadie para curarse. De vez en cuando permitía que otros le ayudaran, no porque no pudiera, sino porque les ayudaba a que ellos tuvieran determinación en ellos mismos. Les ayudaba el toro a los otros a creer en ellos mismos al dejarlos curarlo. El toro sabía, desde luego, que solo requería tiempo y soledad, sin embargo, si veía insistencia alguna de alguien quien consideraba valía la pena dejarse ayudar, lo hacía.

   Enamorado, el toro era una cosa distinta. Era como si su fuerza y su energía se potenciaran por diez. Era más fuerte, más grande, más imponente. No había cosa que no pudiera conseguir para quien hubiera ganádose su atención y su paciencia. Sin embargo, todos siempre se preguntaban: ¿era el toro quien le ayudaba a su pareja o era su pareja la que le ayudaba al toro? Todos sabían del buen y gran corazón que el toro poseía, y sabían de algunos que se aprovechaban de este. Sin embargo, quien se metiera con aquel animal o con su pareja, debían esperar todo del toro, hasta su ira y su furia desproporcionada y su fidelidad y lealtad inquebrantable e incuestionable, aún y así se hubieran equivocado sus cercanos. 

   De fuertes y determinados principios, el toro no violaba ni turbaba jamás la soledad ni el trabajo de otros. Los dejaba pues hacer lo que ellos quisiera, y si por alguna razón tenían que trabajar en equipo, el toro dejaba que otros tomaran la batuta. Al fin y al cabo, el toro tenía otras cosas más importantes en mente de que ocuparse, o ayudar a la cohesión del equipo. Si, el toro era un macho beta, que fácilmente podía convertirse en uno alfa.

   A pesar de todo, todos apreciaban al toro. Eran pocos quienes lo detestaban y, ciertamente, era porque quisieran tener alguna de las bellas cualidades de este. Fortaleza, determinación, tranquilidad. Era una curiosa pintura la que podías ver, al tener frente a ti una bestia tan grande como el toro con una tranquilidad tan superior como la del mar. 

   Y lo cierto era, que aunque pudiera no agitar el mundo exterior, siempre había un universo interior siendo agitado en él. Su corazón, era tan grande como su naturaleza. Su físico, desde luego, no era lo que más resaltaba ni lo más grande de él: era su firmeza, su entrega, su voluntad, su paciencia, su espíritu y corazón que ardían. Su grandeza, desde luego, no era física: era interior.

¿Qué pensaba cuando miraba al cielo? Se preguntaban los demás animales. ¿Qué pensará cuando se refleja la luna o las estrellas sobre sus ojos? Solo él, su mente y su corazón sabían lo que en su interior crecía, lo que en su interior se alimentaba.



30 de Abril de 2018 a las 06:19 0 Reporte Insertar 1
Fin

Conoce al autor

Irving Trinidad De nacionalidad mexicana, me considero más un trotamundos. Conocer, viajar, senderismo y seguir el camino de la vía lactea es mi pasión; escribir, filosofar y charlar, es el producto de mi tránsito por esta corta y sutil vida.

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