fusi81 Xavier Albert Fusalba

Cedric está listo para marcharse de Meridiem de una vez por todas, pero su plan de huida puede verse frustrado. Nuevas amenazas se ciernen sobre él y sobre la ciudad obligándole a formar una incomoda alianza con viejos conocidos para salir de la posición en la que se encuentra ¿le bastará con eso para salir airoso una vez más?. Acompaña a este astuto ladrón en otra aventura en la peligrosa ciudad de Meridiem, una aventura que podrá cambiarle paras siempre. Obra registrada en www.safecreative.org **** Aviso importante**** Esta historia es solo un borrador, puede estar llena de horrores ortográficos y de sintaxis. Aun así agradeceré cualquier comentario o crítica constructiva que dejéis en ella. Gracias.


Fantasía Medieval No para niños menores de 13.

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Saliendo de la madriguera

Los golpes contra la puerta de madera le despertaron como cada mañana. Buscó a tientas la pequeña linterna de aceite de draco que tenía junto a su catre y la encendió. Se estiró un poco antes de levantarse y se incorporó perezosamente, quedándose sentado para contemplar su habitación.

No miraba nada en especial. Tampoco había mucho que ver. Una mesa que cojeaba frente a una destartalada e incómoda silla. Un juego de cartas desordenado encima de esta, junto a los restos de la cena del día anterior y en el suelo su mochila con sus pertenencias.

Se había llevado los pocos objetos de valor que tenía en casa, no quería dejar nada por si los secuaces de los Ponzoña decidían registrarla. Así alimentaría sus sospechas de que se había ido de la ciudad.

Después miró a la pared de la cueva. Junto al cabecero del catre había varias marcas. Las contó de nuevo, siguiendo lo que se había convertido en un ritual matutino para él. Había veintinueve marcas.

Sacó el cuchillo que tenía bajo la almohada y añadió una más. Treinta.

Por fin se terminaba su cautiverio. Los golpes en la puerta volvieron con más insistencia y por fin se levantó.

— ¡Ya va!— le gritó a la persona que estaba tras la puerta.

Se acercó a la puerta y descorrió el pesado cerrojo de madera que la atrancaba.

El hombre que había en el pasillo le miró con cara de pocos amigos. Era el tipejo bajito con la cara picada de viruela que le había despertado cada mañana.

— Se acabó el plazo— le gruñó acercándole un pequeño saco y un odre de agua.

— Gracias, dile a Aeri que iré en un momento. — Le respondió Cedric.

Un gruñido fue la única respuesta que obtuvo antes de que el hombre se fuera.

Entró y cerró de nuevo dispuesto a desayunar, el día iba a ser intenso así que necesitaría todas sus energías para afrontarlo. Pero si todo salía bien por fin se podría largar de allí.

Abrió el saco y sacó un pedazo de pan bastante duro, un poco de queso, algo de embutido y unos muy plátanos maduros que pronto se abrían echado a perder.

No le hizo ascos a nada, había comido bazofias muchísimo peores. No estaba allí por las comodidades de ese cuchitril, sino por la protección que le podían ofrecer.

Después de desayunar recogió sus cosas y fue hacia el foso. No le había ido mal un baño antes de presentarse ante Aeri. Tenía el pelo aceitoso y descuidado, la barba le había crecido tanto que le picaba y no podía parar de rascarse. Después de pasar un mes encerrado con la única distracción de algún paseo ocasional por las alcantarillas su aspecto no era de lo mejor.

Con pocas cosas con las que distraerse había recorrido esos túneles una infinidad de veces, pero eso le había servido para mantenerse cuerdo encerrado allí abajo. Sabía que había que había una decena de cuevas como la suya en los alrededores.

Se las conocía como “agujeros de rata”, la mayoría estaban llenas de adictos a la raíz del sueño que buscaban un lugar relativamente seguro donde colocarse durante horas y pasar su ensueño narcótico sin que nadie les molestara. Pero normalmente esos “agujeros de rata” solían estar atestados y Cedric había pagado una buena cantidad de monedas para estar allí solo sin que nadie le molestara.

Quería esconderse de los Ponzoña hasta que su barco estuviera listo y ahora que había pasado un mes se había cumplido el plazo que le habían dado en el astillero de la ciudad.

Pronto podría irse de Meridiem, solo le quedaba ir a buscar el barco y recoger a Arienne. La muchacha norteña se había negado en redondo a esconderse en ese agujero con él. Aun así, estaba en un lugar que a los Ponzoña no se les ocurriría mirar.

Siguió por los túneles que conectaban con el alcantarillado y llegó hasta el foso. El lugar estaba tranquilo a esas horas de la mañana, aún no había combates y la mayoría de parroquianos seguramente estaban de resaca por la juerga de la noche anterior.

Un enano ataviado con un delantal limpiaba la barra distraídamente, mientras el hombre con la cara picada de viruela tomaba un trago frente a él. Cuando le vio llegar se levantó y le indicó que le siguiera hacia una de las salidas de la cueva. Allí unas cortinas ocultaban un pequeño túnel que conducía a una sala anexa. Era una cueva artificial excavada por la mano del hombre. Aunque no era tan grande como el foso también tenía un tamaño considerable.

Lo primero que vio Cedric fueron montones de cajas y barriles, seguramente comida y bebida para los parroquianos que venían a ver los combates del foso. Junto a estas una mesa iluminada por un pequeño farolillo de aceite de draco, donde tres corpulentos hombres jugaban a las cartas, a lo que parecía una variante de príncipe, dama y rey. Hablaban un idioma que sonaba hosco para el oído de Cedric, sin duda un dialecto de las islas del invierno. Eran la guardia personal de la reina del foso, los tres osos.

Cuando les vieron entrar los tres hombretones se giraron para analizarles, uno de ellos se dirigió al hombre con la cara marcada de viruela.

— ¿Hay algún problema?— preguntó el mercenario con un marcado acento de las islas.

— Tranquilo Lars, este chico viene a pagar su estancia.

El hombretón le dijo algo a sus dos compañeros en su idioma y estos asintieron de mala gana. Acto seguido se levantaron y acompañaron a Cedric a ver a la reina del foso.

Se dirigieron al fondo de la cueva donde se levantaba una estructura de madera creando una doble altura a unas tres varas y media del suelo.

La construcción parecía bastante nueva y sólida, estaba hecha a conciencia para durar muchos años. Después de subir unos pocos escalones de madera llegaron a la parte superior, donde les esperaba Aeri la reina del foso.

La mujer estaba recostada en un gran diván de terciopelo azul, junto a otra chica morena de pelo rizado. Las dos estaban fumando distraídamente de una gran pipa de agua situada al lado del diván.

El suelo de madera estaba tapizado de alfombras, cubiertas por grandes almohadones multicolor y del techo y las paredes colgaban pequeños cortinajes de delicada seda, que daban un aspecto mullido y vaporoso al lugar. El escaso mobiliario estaba dispuesto alrededor de una enorme mesa circular de bronce, repleta de cuencos con frutas y bebida.

Parecía que Aeri había decorado ese lugar para encontrarse como en Nimbia, su ciudad natal.

Cuando les vio acercarse susurró algo al oído de la muchacha morena y está se levantó y se fue. La chica llevaba un sencillo vestido de corte Nimbio con la espalda descubierta y una falda con un corte lateral de dejaba entrever su pierna derecha.

— Por favor no te quedes de pie— les dijo Aeri con voz melosa mientras les señalaba los cojines situados alrededor de la mesa.

La mujer tenía una voz cálida y amable que se acentuaba con su suave y melodioso acento natal. Era muy atractiva, de rasgos delicados y piel de color oliva. Su cabello oscuro como la noche le caía por los hombros y la espalda, enmarcando su rostro y resaltando su intensa mirada de almendrados y brillantes ojos ambarinos.

Al sentarse a la mesa Cedric pudo notar su exótico perfume que sobresalía por encima del aroma de tabaco de pipa. Los mercenarios se quedaron a cierta distancia de ellos vigilando dispuestos a intervenir si su señora se lo ordenaba.

A pesar de belleza de su anfitriona y de la comodidad del lugar Cedric tenía prisa por salir de allí y reunirse con Arienne. También tenía que ir al astillero a recoger su nuevo barco, pero como ya había descubierto un mes atrás los tratos con esa mujer se hacían al estilo de Nimbia, así que tardaría un rato.

Antes de empezar Aeri le ofreció un poco de comida, le sirvió un vaso de vino y fumaron un poco de la pipa de agua hablando de trivialidades, después la reina del foso empezó a tantearle.

— Tengo que reconocer que no has sido un huésped común— le confesó Aeri divertida— no estoy acostumbrada a tener gente tan selecta en mis pequeños “agujeros de rata”.

— ¿A qué te refieres? — preguntó él.

— He oído que los Ponzoña han puesto precio a tu cabeza y a la de tus amigos.

Cedric se puso tenso al oír eso, no era del todo inesperado, pero tampoco le gustaban esas noticias.

— Por su puesto he respetado mi parte del trato— continuó Aeri— y he sido lo más discreta posible con tu ubicación. Los Ponzoña y yo no tenemos demasiada buena relación como ya sabes.

Él le dedicó una leve sonrisa, que se amplió al ver la cara de satisfacción de Aeri al haber podio molestar a los Ponzoña. Cedric había usado una de las reglas más viejas de su oficio, escóndete de tu enemigo bajo la protección de sus enemigos.

— Te doy esta información como muestra de amistad, las calles de Meridiem se han vuelto un poco más peligrosas ahora que nuestro amigo Piedrafría ya no está en el negocio— le dijo Aeri dedicándole una mirada felina.

Parecía que Aeri estaba bien enterada de lo que le había sucedido al enano. Por el tono que estaba usando con Cedric podría ser que quisiera ofrecerle un lugar en su organización, pero Cedric cambió de tema rápidamente, no le interesaba la oferta y quería zanjar esa conversación para irse de una vez.

— Estoy seguro que el enano sabrá apañárselas, ha estado en situaciones difíciles otra vez, además su desaparición puede ser una oportunidad para ampliar un negocio emergente como el tuyo. — Esta vez él le dedico una mirada cargada de intención— Y por lo que respecta a mí pienso irme bien lejos de aquí en cuanto pueda.

Esto último lo dijo acercándole una pequeña bolsa de cuero que contenía el resto del pago por la estancia en su agujero.

Aeri la cogió y contó el contenido, satisfecha por el pago le sonrió.

— Muy bien Cedric, ha sido un placer hacer negocios contigo— le dijo acercándole la mano para estrechársela— que los vientos guíen tu viaje.

Él encajó su mano y se la estrechó antes de despedirse. Ahora tenía que ir a por su barco. Pero antes le pidió un último favor.

— ¿Conoces algún lugar donde podría darme un baño antes de salir?— preguntó a Aeri.

— Pregunta fuera, al enano que hay en la barra— le sonrió ella— te podrá indicar alguno de mis locales.

Cedric se despidió de nuevo y antes de irse del foso habló con el enano, que gustosamente le indicó uno de los túneles que le llevaría a un almacén cerca del distrito del puerto.

El destartalado edifico comunicaba por una puerta interior con una posada, donde las demandas de Cedric fueron atendidas por el solícito dueño y su esposa que calentaron agua para que pudiera bañarse y afeitarse su andrajosa barba. Estuvo tentado de quedarse en remojo un buen rato, pero no tenía tiempo que perder. Así que se apresuró en lavarse, pagó al dueño y salió a la calle.

Hacía un sol de justicia y la luz le hirió en los ojos, tardo unos minutos en acostumbrarse de nuevo a su resplandor. La cálida temperatura primaveral contrastaba con el frescor al que se había acostumbrado durante ese mes en las alcantarillas y sumada a la humedad de los pantanos hizo que en poco rato ya estuviera sudando de nuevo.

Se caló su sombrero de ala ancha para ocultar un poco el rostro y se dirigió a toda prisa al distrito del puerto.

Las calles del puerto estaban atestadas de ruido y de gente. Los carros con mercancías traqueteaban por encima de los adoquines y mendigos y rateros asaltaban a los transeúntes para pedir algunas monedas o afanar algo los carros antes de que sus conductores se dieran cuenta. Alguno marineros recién llegados a puerto o aún borrachos de la noche anterior negociaban con las prostitutas que se les acercaban para ofrecer sus servicios.

Mientras, por otro lado, los estibadores se afanaban en descargar y cargar barcos a toda prisa mientras sus capataces les gritaban ordenes desde el muelle. Algunos barcos de pesca ya arribaban a puerto con las primeras capturas del día y enjambres de gaviotas revoloteaban a su alrededor intentando robar algún pescado a los distraídos marineros.

Cedric se dirigió hacia el edificio del astillero de la ciudad. Había gastado casi todo su dinero para pagar la construcción de su barco, añadiendo una generosa propina para el oficial del astillero para que priorizara el encargo y se pusiera manos a la obra de inmediato.

El hombre le había garantizado que en un mes su barco estaría listo para partir.

El astillero era un hervidero de actividad. Todos y cada uno de los hombres que trabajaban allí estaba ocupado en uno u otro quehacer. Incluso el oficial del edificio que se encontraba sentado frente a su mesa parecía ocupado repasando concienzudamente los planos de una nave en construcción.

— ¡Vaya, mira lo que nos ha traído la marea! — exclamo el hombre al ver a Cedric— ya creía que no ibas a aparecer.

Cedric extrañado por el comentario se acercó a él para que le indicara donde podía recoger su barco. Antes de que pudieran intercambiar una palabra el hombre se acercó a la pared y abrió una pequeña portezuela de acero incrustada en el muro, de la que sacó dos bolsas de cuero.

— Aquí está todo— dijo dejando las bolsas sobre la mesa y añadiendo en tono confidencial— incluso el pequeño pago extra que me diste para acelerar la construcción de tu encargo.

— ¿Qué es esto? — preguntó Cedric sin entender nada.

— Tu dinero. Puedes contarlo está todo— respondió el oficial acercándole las bolsas— aunque la próxima vez ven antes a recogerlo, no tendría que haberlo guardado durante tanto tiempo. Si llegas a tardar más la militia podría haberlo requisado, esto no es la casa de la moneda— le explicó.

Cedric no entendía nada, él había pagado por un barco y le estaba devolviendo su dinero. Se empezó a enfadar, había contado con que su barco estaría listo y ahora sus planes se estaban yendo a pique.

— ¡Te pague para tener mi barco listo! — grito Cedric golpeando la mesa con el puño. — Y añadí una cantidad más que generosa para ti.

— Shhh… no alces tanto la voz por favor— pidió el oficial levantando las manos.

El hombre un tanto regordete estaba empezando a sudar. La situación con Cedric le estaba poniendo nervioso.

— La militia ha requisado los astilleros para fabricar nuevos barcos y reparar la flota— añadió el hombre— han detenido toda la producción de barcos civiles, ni con todo el oro del mundo podrías haber construido tu barco, estamos en guerra.

Estamos en guerra. La noticia cogió a Cedric totalmente por sorpresa, tanto que se quedó un instante en silencio.

— ¿Cómo? — consiguió decir por fin.

— Joder chicho ¿no te has enterado? ¿dónde coño te has metido este tiempo? — le reprocho el oficial. — La emperatriz Victoria ha declarado la guerra a todos los herejes que no siguen la fe de Ardan y ha decidido empezar por Meridiem. Victoria “la santa” la llaman, la muy puta…

El hombre siguió despotricando sobre Victoria y los ardanitas pero Cedric ya no le escuchaba. Se había sumido en sus propios pensamientos.

La autoproclamada emperatriz Victoria había renombrado su reino, el reino de Bestadia, con el nombre de auténtico imperio Delita, también había trasladado la capital del reino a la costa, a una ciudad que había llamado Nuevo Delian.

Y la iglesia ardanita la habían ratificado como emperatriz y última descendiente de los antiguos emperadores, santificándola y nombrándola guardiana de la fe.

Y ahora había declarado la guerra a Meridiem.

Cedric finalmente cogió a regañadientes el dinero después de evaluar sus opciones. Era imposible que consiguiera que construyeran su barco en los astilleros o en cualquier otro lugar. Tenía que buscar un plan alternativo. Pero antes tenía que ir a hablar con Arienne, la norteña tenía que irse con él y no tenían medio de transporte.

Más que preocupado se metió en uno de los callejones laterales del edificio intentando elaborar un nuevo plan para escapar de la ciudad. Estaba tan preocupado por la situación que no prestó atención a los tres tipejos que le seguían hasta que no estuvieron a unos pocos pasos de él.

El sonido de una espada desenvainándose saco a Cedric de sus cavilaciones, uno de los hombres se abalanzó sobre su espalda dispuesto a ensartarle con su espada. Pero Cedric pudo reaccionar a tiempo, se dio la vuelta mientras desenvainaba, esquivando la estocada y golpeó con la empuñadura de su arma la cara del tipejo.

Sus compañeros también fueron a por él, pero Cedric evito enzarzarse en un combate contra ellos. Eran demasiados y estaban bien armados así que echó a correr.

Ya estaba a punto de llegar a la salida del callejón cuando otros dos tipejos doblaron la esquina y desenvainaron las espadas para cortarle el paso. Cinco hombres en total, «de esta no voy a salir», pensó. Paró en seco para buscar otra salida, pero no había escapatoria. Los tipejos que le perseguían ya estaban de nuevo sobre él, fintó al primero y lanzó un barrido a los otros dos para intentar mantenerlos a distancia, pero pronto se vio rodeado por cinco espadas.

— Tengo dinero, os lo puedo dar— intentó negociar desesperado.

Los cinco asesinos se limitaron a reír.

— Los Ponzoña nos pagan suficientemente bien— dijo uno de sus asaltantes con tono jocoso— además cuando estés muerto ya te lo quitaremos.

Un instante después fueron a por él. Esquivó al primero de sus atacantes, paró las estocadas de otros dos, pero eran demasiados y entonces de repente uno de ellos se desplomó con un grito de dolor, tenía cuchillo clavado en su espalda. Casi al momento cayó sobre otro una figura encapuchada que le cercenó el cuello al instante.

Parecía que no estaba solo en esa trifulca, o quizá fuera otro asesino que quería eliminar la competencia antes de acabar con él, fuera como fuera pensaba aprovechar cualquier ventaja que se le presentara para salir de esa. Ahora que solo quedaban en pie tres de sus atacantes la pelea se había equilibrado un poco, dos de los asesinos se enzarzaron con el misterioso encapuchado y el que quedaba fue a por Cedric.

Aunque Cedric era bastante buen espadachín su rival no era nada malo, intercambiaron golpes sin parar intentando encontrar un hueco en la defensa de su atacante, pero parecía que cada uno de sus ataques tenía una rápida respuesta. Mientras el encapuchado había acabado con uno de sus rivales usando dos dagas que esgrimía con precisión letal. Con tres agiles movimientos se habían situado a poca distancia de él, apartando su espada y apuñalándolo en el abdomen. Su otro rival intentó acabar con él atacándole por la espalda, pero con un rápido movimiento giró sobre su víctima escudándose con su cuerpo haciendo que la espada de su oponente quedara atrapada en el cuerpo de su difunto compañero. Una vez este estuvo indefenso y a poca distancia seccionó su cuello de un solo tajo.

El último de los asesinos que aún estaba enzarzado con Cedric decidió que la recompensa no era lo suficientemente alta como para seguir arriesgando su vida y después de fintar una estocada de Cedric y ganar un poco de distancia huyó tan rápido como pudo del combate.

Ahora solo quedaban el encapuchado y Cedric en el callejón, en el suelo los cadáveres de cuatro de sus asaltantes y un gran charco de sangre.

Cedric intentó evaluar sus posibilidades, pero eran más bien pocas, ese tipejo era realmente letal. Se había desechó de cuatro hombres en un santiamén mientras a él ni siquiera había acabado con uno de sus atacantes.

Se quedaron mirando un instante uno frente al otro en silencio con las armas en las manos, hasta que su misterioso salvador decidió revelar su rostro. Al quitarse la capucha una muchacha de melena morena apareció.

— Lucía— dijo con una sonrisa de júbilo en los labios.

Ella le devolvió la sonrisa.

— ¿Es que te querías ir sin despedirte? — contestó la muchacha burlona.

18 de Abril de 2018 a las 16:18 0 Reporte Insertar Seguir historia
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