Cuento corto
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– ¡Agh! –O algo parecido exclamaba Martín, sentándose en su la cama inmediatamente después de despertar. El sol de la ventana le pegaba en los ojos y el reloj de su celular marcaba las 8:00 am. Tenía ganas de orinar.

Tendió los pies a un costado de su cama y busco a tientas, con los mismos, el par de zapatos que se había quitado apenas hace 6 horas. Desvelado, cansado y un poco triste por la reunión de ayer, recordado el aniversario luctuoso de su abuelo, quien murió de tétanos. Y es que a pesar de que la tecnología y la ciencia médica esta tan avanzada, lo cierto es que esta muerte tiene una razón sumamente alarmante.

El señor y casi toda su familia había padecido una condición médica delicada con relación a las enfermedades o infecciones de este tipo. Tales como tétanos, rabia, gonorrea, etcétera; las cuales afectaban de inmediato al desdichado que le afectase.

Un día, al pincharse con un clavo saliente de una puerta en un hotel económico en el pie, fue encontrado muerto: algo terrible para la familia, quien lo veía tan sano y lleno de vida a sus 60 años.

Todo esto lo sabía perfectamente Martín, por lo que nunca, ni en su propia casa, andaba descalzo. Se puso a medias sus zapatos en los pies desnudos y anduvo así, pisando la parte de atrás de su calzado hasta llegar al baño. Ahí, sintió un cosquilleo en sus dedos del pie derecho, pero no le dio importancia.

Regreso a su cama, dispuesto a dormir otro tanto en lo que mamá y papá regresaban de la reunión familiar en el departamento de abajo. Siendo domingo, no había que preocuparse por la escuela primaria, pues a pesar de sus apenas ocho años, era bastante entregado a estudiar.

Sentándose en la cama y despojándose de sus zapatos, se recostó y tumbo la mirada hacia el horizonte, contrario a la ventana. Exactamente por donde había venido.

Empezaba a sentir los ojos más y más pesados cuando vio, por el rabillo del ojo, como una cosa negra e imitante a un gusano se balanceaba burlona por el aire. Cuando volteo al lugar por donde salía esta cosa, se dio cuenta que no flotaba, estaba sostenida por su zapato y que, más que un gusano, parecía un plástico.

Niño, pero no tonto, Martín sabía lo que era; pero como si fuera una confirmación de la vida al niño, del zapato broto un ser pequeño, peludo, sumamente oscuro y con ocho patas y un gran aguijón. El pequeño arácnido salió del zapato y se dirigió a un hoyo a lado de la puerta; hoyo que jamás había notado Martín.

Sentía un gran temor y un gran alivio, pues había tenido una gran suerte de que “eso” no le picara ni nada, pero antes de empezar a llorar de la felicidad, sintió una pulsación terrible en el dedo gordo del pie derecho. Sabía que estaba pasando, así mismo, su pierna quedaba adormecida. Estaba paralizado por el temor y retorciéndose del dolor, en posición fetal; sacando fuerzas de Dios sabrá donde, grito en un hilo de voz que casi nadie habría podido percibir.

Era como si jamás hubiera sido tan consiente de su circulación como ahora, que sentía como si algún liquido espeso y caliente, casi desgarrándolo desde adentro, recorriera sus venas de la pierna hacía arriba.

Apenas podía mantenerse cuerdo y calmando su hiperventilación cuando noto un pequeño rasguño en uno de los dedos de su pie derecho, exactamente donde había sentido cosquillas.

Intento gritar nuevamente, pero esta vez no salió absolutamente nada, su garganta estaba cerrada.

Martín cerró los ojos y apretaba los puños. Luego, la inconsciencia. 

18 de Abril de 2018 a las 03:28 0 Reporte Insertar 0
Fin

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