Los tristes ojos de Victoria Seguir historia

lucamluna Lucas M. Luna

Ignacio esperaba el autobús que lo llevaría devuelta a su casa, cuando fue testigo de una horrible escena que involucraba a Victoria, una hermosa universitaria de ojos azules. Su falta de empatía lo llevó a ignorar tal situación; sin embargo algo en los ojos de aquella mujer hizo que su mente no pueda olvidarla. A partir de allí, su vida cambiará de manera drástica. Sentirá nuevas emociones, tanto buenas como malas, que harán que su mente vea la realidad de otra forma y se cruzará con personas que le harán replantear sus pensamientos.


Drama No para niños menores de 13.

#thriller #muerte #abuso #psicológico #venganza #drama
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Ignacio y el descampado

   Ignacio alzó su mirada. Aún en sus treinta, nunca solía prestarle atención a la gente que lo rodeaba. Ignoraba sus alrededores, evitaba el contacto visual con las demás personas. No le importaban los demás. Solía repetir cosas como "es su problema" dándole la espalda a quien por alguna razón necesitaba asistencia. Aquel comportamiento le valió su familia y sus amistades, pero no sintió pena o soledad cuando se quedó solo, sino tranquilidad. Y esa noche no fue diferente ya que tampoco le importó lo que le sucedía a la muchacha que era arrastrada por dos hombres hacia un descampado. La joven parecía estar inconsciente, pues la punta de sus pies se arrastraban por el suelo y su cabeza colgaba hacia adelante, pero como su cabello negro no dejaba ver su cara, Ignacio concluyó que la mujer había caído presa del alcohol, algo que ya había atestiguado más de una vez.

   «Típico. Una joven borracha con muchachos», se dijo a sí mismo, y volvió su mirada hacia sus zapatos mientras esperaba el autobús en esa parada iluminada por la tenue luz de un foco que amenazaba con fundirse en cualquier momento. Odiaba a la gente que bebía más de la cuenta, al igual que a quienes fumaban. No toleraba a los niños ni tampoco a los ancianos. Su paciencia se agotaba muy rápido cuando las cosas que aborrecía lo afectaban.

   Ignacio ignoró la situación, pero luego de unos minutos comenzaron a escucharse unos gritos femeninos. Esos gritos llamaron un poco su atención causándole algo de curiosidad, por lo que levantó su cabeza y vio cómo la joven trataba, sin éxito, de zafarse de aquellos dos muchachos. A pesar de sus esfuerzos y de sus gritos, la joven fue arrastrada hasta el fondo del descampado, perdiéndose en la oscuridad que los árboles y arbustos brindaban.

   «Si ella tomó mucho, es su problema», se dijo al tiempo en el que los gritos de la joven se transformaban en balbuceos inentendibles.

   Ignacio comenzó a perder la paciencia, pues era raro que el autobús tardase tanto. Eso hacía que su mal humor aumente. Un mal humor que solía tener todos los días luego de su trabajo y el cual no podía evitar. Un mal humor que había estado alimentado por la ira que le produjo el abandono de su esposa y el cual transformaba todas las palabras que le dirigían en amenazas.

   Los balbuceos seguían. Era como escuchar un llanto a lo lejos. Oculto y triste, apagándose de a poco. Ignacio ya no aguantaba más. Quería irse a dormir a su casa. Dejando escapar un ápice de furia, golpeó con su puño el banco en donde se encontraba sentado y resopló. Con una mirada fría y carente de alegría, miró otra vez hacia el descampado, tratando de diferenciar alguna silueta en la oscuridad.

   Y algo salió corriendo torpemente de entre los árboles.

   La joven dio varios pasos torpes y apresurados en dirección a Ignacio, con su ropa algo rota y a medio quitar. Tenía su blusa estirada, dejando a la vista el sostén, y su falda estaba algo subida, dejando a la vista sus medias rotas. Su cara estaba algo hinchada, su nariz estaba roja y desde ella se desprendía un hilo de sangre que se perdía en la comisura de sus labios. Sus cabellos, lacios y sedosos al momento de entrar al descampado, ahora se encontraban alborotados y maltratados, y sus ojos estaban rojizos y llenos de lágrimas; desprendían tristeza y clamaban por ayuda. Esa mirada, tan hermosa y dolorida, penetró en los ojos de Ignacio provocando un sentimiento extraño en su pecho. Pero su orgullo y su frialdad pudieron más.

   Y la joven cayó al suelo de forma violenta. Los dos muchachos no tardaron en alcanzarla y luego volvieron a arrastrarla hacia la parte oscura del descampado. Ignacio entendió que la joven no estaba allí por voluntad propia.

   «Qué habrá hecho —pensó, y la visión de la escena fue interrumpida por un autobús—. Al fin llegó».

   Sin más, aquel hombre abordó el autobús, casi vacío debido a la hora. Ya no debía seguir atestiguando tan aberrante escena. Se sintió aliviado pero aún poseía ese sentimiento raro en su pecho. La imagen de esos ojos parecía haberse plasmado en su cabeza, pues jamás en su vida había visto unos ojos como ésos. Tal belleza poseían esos ojos que casi le quitaron el mal humor con el que siempre cargaba, como si se tratase de una enfermedad crónica. Llevaba su molestia reprimida hace tiempo sintiendo que en cualquier momento podría explotar pero que hoy, aunque fuese solo por un momento, se redujo hasta volverse casi imperceptible. Se había olvidado incluso de las duras palabras de su esposa las cuales siempre volvían a su cabeza a atormentarlo.

   "Me cansé de tus órdenes y de tus quejas. No soy ninguna subordinada tuya. Soy... o mejor dicho, era tu mujer. Ahora me voy, pues, para lo único que sirves es para arruinarme la vida".

   Esas habían sido las últimas palabras que su mujer pronunció antes de cerrar la puerta con fuerza para no regresar jamás. Se sentía traicionado y engañado. La ira lo había invadido. Aquel día pateó cosas, tiró al suelo platos y rompió vasos de cristal. Y al final, sin sentirse ni siquiera un poco culpable, trató de llamarla por teléfono sin éxito. Terminó destruyendo aquel celular. Ya ni siquiera tenía ganas de seguir viviendo.

   Pasaron dos días y aún recordaba lo que había visto durante esa noche. Eso mismo le pareció raro, pues nunca solía prestarle atención a nada. No le importaba mucho lo que sucedía a sus alrededores. Ignoraba a los vagabundos como así también a los inválidos o a los que solo querían saber la hora. Pero por alguna razón los ojos de aquella joven seguían en su mente. «¿Qué habrá sido de esa muchacha?», se preguntó.

   Estaba por almorzar antes de ir al trabajo y las noticias decían lo de siempre: guerra en medio oriente, robos, choques... Era como ver un capítulo repetido de alguna serie de televisión. Hasta que la noticia de la desaparición de alguien llamó su atención. Una joven de nombre Victoria había desaparecido de su casa luego de ir a una fiesta con unos amigos.

   «Cuándo aprenderán; una joven que desaparece después de una fiesta. Seguro se fue con algún macho».

   Pero su mente se puso en blanco cuando la foto de la joven desaparecida coincidía con el rostro que había visto durante esa noche. «Esos ojos». El retrato de la joven en la televisión tenía unos ojos azules penetrantes, tan azules como el mar. Ojos que alguna vez ignoró por completo, dejándolos a su suerte. A esos ojos los acompañaban una cabellera negra sedosa, y unos labios pequeños y carnosos. Los pómulos rojizos de aquella mujer contrastaban con el blanco de su piel.

   Y sintiéndose exaltado, apagó la televisión. Nunca había experimentado algo así. Fuese lo que fuese, ese algo invadía su pecho por segunda vez. Repetía en su mente, casi como queriendo convencerse a sí mismo: «No tiene nada que ver conmigo», hasta que sus pensamientos quedaron en blanco.

   Y se forzó, como todos los días, a ir al trabajo. Era un día excelente, con pequeñas nubes ornamentando el cielo. La calle estaba llena de transeúntes que iban y venían, probablemente con más ánimo. Pero a él no le importaba. Sus días eran siempre grises, no importa si llovía o si no había ni siquiera una nube en el cielo, le daba igual. Ese día entraron al local un inusual número de jóvenes, como suele pasar durante los días de descuentos. Pronto llegaría el invierno, así que muchas buscaban calzado para la temporada antes de que los precios se incrementen. Las jóvenes, alegres y joviales, le hicieron recordar por alguna razón a la muchacha del descampado. «No tiene nada que ver conmigo», repetía. Y, mientras pronunciaba su mantra, sintió la mano de uno de sus compañeros de trabajo en el hombro.

   —Vamos, la clienta está esperando.

   Ignacio se había quedado contemplando a una joven de larga y negra cabellera mientras en el mostrador una robusta mujer rubia con cabello enrulado esperaba a finalizar una compra.

   —Perdón —dijo el joven, y luego le cobró a la mujer el par de zapatos que había comprado.

   Una vez que la mujer se fue, vio a la joven sentada en el sillón de espera. Estaba mirando un zapato de taco alto de un color azul intenso. Un azul que le recordaba los tristes ojos de Victoria.

   —¿Qué necesita?

   —Estaba mirando estos zapatos azules. Quisiera probármelos.

   —¿Cuál es su talle?

   —29.

   El joven fue, entonces, hasta el depósito y desde uno de los estantes extrajo un par de zapatos iguales. Y, cuando se los iba a llevar, la escuchó hablar con otra joven. Se detuvo y trató de perderse en los sonidos del local para no oír su conversación, pero le fue imposible. Parecía que por hoy no iba a olvidar a Victoria.

   —Dicen que tenía ojos azules —dijo la mujer junto a la clienta—, pero que nadie la vio. Buscan testigos y, mirando las fotos de la chica, esos ojos no pueden de ninguna manera pasar desapercibidos.

   —Pobre —se lamentó la clienta—, espero que aparezca. Dicen que es muy buena en la facultad y que tiene las mejores notas. Estudia derecho. Es la hija de una de las clientas de mi mamá.

   —Sus ojos… parecen de cristal.

   La tarde se le hizo larga debido a la gran carga de clientes que el local había recibido, cosa que ponía nervioso a sus colegas quienes, al sentirse presionado por su jefe, solían descargarse con él. "Vamos, busca rápido lo que los clientes quieren, o el jefe se va a enterar" decía uno sobre la vez cuando una de las clientas hizo un berrinche por un talle mal entregado. Resoplando obedecía para no causar ningún problema, tragándose todo tipo de resentimiento. «No me quiero enojar. No quiero golpear a nadie» se decía a sí mismo, sin embargo, él sabía que era un cobarde que no se animaba a defender sus posturas. Un cobarde que sólo podía mirar cómo abusaban a una mujer sin siquiera intentar intervenir. Esa cobardía lo llenaba de desprecio hacia los demás. Siempre vivía a la defensiva, rechazando todas las muestras de afecto que recibía. Un hombre tan cobarde que incluso había pensado, durante más de una ocasión, en pegarle a quien fuera su mujer.

   Al salir del trabajo volvió a la misma parada donde había atestiguado el hecho. Un lugar algo alejado de la zona céntrica, pero que le permitía volver a su casa cómodamente. En los alrededores había algunas fábricas cuyos grandes terrenos creaban un ambiente de abandono y soledad y justo en frente de la parada estaba el olvidado descampado. Un lugar en cuyo fondo, lleno de arbustos y árboles, se perdía la luz del día.

   «Todo está tranquilo».

   Durante los días siguientes, Ignacio trató de normalizar su vida. Quería quitar de su cabeza las amenazas pululantes de su ex esposa y quería olvidar a la joven del descampado, pero lo segundo le resultaba casi imposible. La muchacha era noticia en todas las cadenas de televisión y de radio. Su desaparición era un tema muy caliente, pues no se sabía absolutamente nada de ella. Los medios informaban que los familiares buscaban testigos con desesperación.

   «¿Por qué no la dejan tranquila? Seguro está con alguno de sus novios», pensaba el joven.

   Hasta que, en una de sus vueltas a casa desde el trabajo, vio algo inusual en el descampado desde la parada del autobús. La zona estaba rodeada de patrulleros y todo el terreno donde se ubicaba el descampado estaba demilitado por cintas policiales que decían "NO PASAR". Trató de averiguar de qué se trataba aquel suceso, pero las luces azules y rojas de los patrulleros entorpecieron su vista. Entrecerró sus ojos y, entre esas luces brillantes, logró distinguir una silueta. Trató de enfocar su visión, y notó que la silueta era de una mujer cuyo ropaje era el mismo que utilizó la joven del descampado. Se acercó unos metros para ver mejor, para distinguir las facciones de aquella persona. Al final, concluyó que esa joven era Victoria quien, a su vez, parecía estar mirándolo a él.

   «La encontraron, al fin».

   Una cálida sensación de alivio invadió su pecho pues, por alguna razón, estaba preocupado por ella. Quizás había sido la constante presencia de la imagen de la joven en los medios de comunicación lo que hizo que germine esa preocupación en su interior, o quizás fueron esos ojos color azul profundo; no lo sabía muy bien. Ahora el caso de Victoria dejaría de ser relevante para la sociedad. Primero los noticieros informarían de su aparición, seguido por testimonios de la familia y los amigos, y luego, de a poco, la noticia iría olvidándose. La desaparición de la joven sería solo un mal recuerdo de otoño que pronto estaría enterrado en lo más profundo del pensamiento colectivo de la gente, dando lugar a otras preocupaciones. Ahora Victoria podría seguir su carrera para convertirse en una abogada, «La abogada de los ojos azules», pensó, sonriendo.

   Y en esa noche estrellada el joven soñó con Victoria. Aquella mujer había causado un gran impacto en su vida. Aunque no quería admitirlo, estaba preocupado por lo que le podría haber sucedido a la futura abogada. En el sueño la veía flamante, con su traje, caminando por las escalinatas de tribunales lista para su trabajo. Era como una ventana al futuro.

   Y se despertó con un sentimiento de calidez en su pecho. Un sentimiento que no había sentido desde sus veinte. Estaba feliz. Quizás el trabajo durante esta jornada sea algo para disfrutar. Quizás podría cambiar su forma de ser por lo menos durante un día. Quizás podía encontrarse de casualidad con Victoria.

   Se lavó los dientes, la cara, se dio una ducha y se dispuso a desayunar, siempre pensando en la joven de los ojos azules. No podía olvidar esos ojos que en aquel momento estaban tristes y llorando. Ahora, esos ojos estarían radiantes, felices e incluso de un azul mucho más intenso y brillante.

   «Me gustaría conocerla».

   Y con una sonrisa en su rostro encendió la televisión. Tenía la esperanza de ver a la joven en los noticieros. Quería apreciar su belleza, su cabello, sus ojos profundos. Quería ver sus labios sonreír. Quería verla viva.

   Pero Victoria había muerto.

11 de Septiembre de 2018 a las 09:32 0 Reporte Insertar 0
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