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Monedas

      Cuando era apenas un niño, donde la inocencia es la calificación máxima dentro de las cualidades humanas. No es que un niño no pueda hacer `maldades´ o cometer injusticias, solamente es la célula de la sociedad menos contaminada. Desde antes de salir por el canal hacia la luz (y sombras) del mundo, el prenatal se contamina con su entorno, su madre deposita en él esperanzas y buenos augurios que cargados de amor siguen patrones que se originan en épocas y lugares, con sus costumbres y creencias. Así el niño nace con su dependencia física e ignorancia total, sacando el hecho de que la casi pureza absoluta del pequeño le otorga un poder especial incomprendido para los adultos, que los ven como frágiles almas en desarrollo sin comprender su propia y personal fragilidad ya madura.

      Cuando era apenas un niño me regalaban monedas, círculos dorados y plateados de metal con símbolos que hacían ruidos raros al golpearlos unos con otros. Cuando ayudaba un poco me regalaban una moneda; y ocasionalmente me daban otra; y siempre precedido por el mensaje: guardalas, ahorrá, juntalas, etc. Pero yo no sabía que eran el bastión fundamental del sistema moderno, que juntando una buena cantidad podría adquirir cualquier bien o servicio en oferta del planeta, yo no sabía que los caramelos y chupetines se intercambiaban por esos pedazos de metal. Yo creía que lo que había en los almacenes y kioscos era para el `pueblo´, para las personas, si una tenía hambre o carencias simplemente tenía que acudir allí para saciarse con lo que necesitare. Uno no entiende por qué mamá trabaja y no puede estar con uno, por qué papá se va tantas horas y vuelve sin humor ni para comer, por qué la gente está tan atenta a esa otra gente que habla como si fuera un robot diciendo las verdades más grandes e indignantes, hablando de política y economía usando palabras un tanto más ajenas que tutú, babau, meme, pepé, papa... Jugar, reír, amigo, escuela. Porque el mundo no es tan chico como parece, ni tan joven.

      Cuando iba acompañado por mi madre al almacén de a la vuelta de casa siempre hacía un berrinche para conseguir ese llamativo chocolate o esas gomitas tan adictivas. A veces no había un peso para gastos extras, más allá de los impuestos y fijos de vivir en una ciudad usando un auto, bebiendo de las aguas provinciales y teniendo corriente. Por ese entonces teníamos 3 canales de televisión, ni hablar de internet o teléfonos celulares pues no existían, por lo menos allí. El llegar a fin de mes íntegro era una hazaña olvidada en el tiempo. Peleas y amarguras de una vida llena de vacío, con luces que desde algún recóndito lugar en el espacio interior y en el cielo iluminaban pequeños momentos fugazes de entera felicidad. Así se sucedían los días, aprendiendo un poco cada día, a veces de golpe y a veces cosas ínfimas en utilidad para con el ideal desarrollo de una persona que socialmente es útil, culta y de bien.

      Un día vi algo que me molestó demasiado. Mi madre haciendo las compras por menores de provisiones hogareñas le entregaba un billete a la almacenera de a la vuelta, uno de esos de mucho valor. Esta quedándoselo, le entrega dos pequeñas y pobres monedas a cambio. Llevando una de las bolsitas con las compras, para ayudar a mi madre, pensaba en silencio: mi madre trabaja todo el día por ese billete y esa descarada mujer detrás del mostrador, mostrándose tan fraternal y sonriente, se lo quita. No podía ser que mi madre fuera así de ciega. Si mi mamá era una guerrera de mil batallas, pudiente en todo, fuerte y delicada a su vez, hermosa e inteligente, tan sagaz y brillante. ¿Cómo podría ser tan ingenua? Esos fugaces pensamientos se derritieron como helado al sol mientras caminaba los 70 metros hacia el hogar.

      Siempre he tenido pensamientos un tanto extraños, extrañamente geniales. Una de mis ideas magníficas fue la de llenar un antiguo desagüe de lluvia en desuso hasta el tope con los inservibles círculos metálicos. Cada vez que recibía una moneda la atesoraba en un bolsillo que, a veces, tenía clavos, clips, piedras, muñequitos, autos, tornillos y tuercas, para cuando tuviera la oportunidad depositarla allí. Un caño que asomaba por la terraza en forma rara, a 40 centímetros sobre mi cabeza, ni idea de hacia donde iba. Las veces que al treparme miraba en su interior, la oscuridad lo velaba al medio metro de distancia. Era una incognita saber a donde llegaba tal conducto. Me dispuse a llenarlo dedicándome fielmente a través del tiempo a esa tarea.

      Y los días se sucedieron, uno tras otro.

      Una tarde calurosa estaba pasando el tiempo haciendo planes y desarrollándolos de inmediato. Es que pasada la edad del "¿por qué?", esa de hacer diez veces consecutivas la misma pregunta sobre el mismo tema después de recibir una respuesta, que ramificada y, dependiendo el humor del receptor de tan basta pregunta, divagando en las contestaciones para poder cerrar la idea a una criatura ignorante y pura. Ese día de sol y alta temperatura estaba jugando con maderas y suciedad, cuando de pronto un chispa se encendió en mi cerebro. Vi en mi cabeza imagenes y sonidos, la transacción del bien monetario por el bien de consumo, vi cómo las cosas se intercambiaban por dinero, vi a la almacenera de a la vuelta trabajando su negocio, vi miles de imágenes de movimiento de plata y comentarios y explicaciones de ese tal don dinero. Entendí el poder de ese hasta ahora inservible pedazo de metal. La tristeza me invadió, cuántas horas perdidas, cuántos dulces podría haber disfrutado. Corrí con lágrimas en los ojos a donde mi familia estaba y grité, sabiendo en el fondo la respuesta:

- ¡¿Y mis monedas?!

14 de Abril de 2018 a las 00:09 0 Reporte Insertar 0
Fin

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