Alas que no vuelan Seguir historia

drunklycanthrope Alibel Rodriguez

Cor rescata a un pegaso herido, otra criatura encadenada igual que él para huir hacia la libertad.


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#fantasía #pegaso #caballo #esclavo
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Cor

Cor ya estaba harto de tanto caminar. Los pies le apretaban en las botas de piel, las suelas se resbalaban de las rocas húmedas, así que tenía que tantear las piedras secas o llenas de musgo. Hacía calor, pero el descubrirse la piel era fatal, los mosquitos abundaban y transmitían enfermedades que su cuerpo no hubiera podido soportar. Se aferraba a ramas caídas, troncos o piedras por las cuales iba caminando, y en turnos, escalando. Sentía el sudor correr por su espalda, por su frente, su pecho, sus axilas.

Se juró a sí mismo no volver a intentar atravesar una selva. Nunca jamás.

Apartó una hoja del tamaño de un perro, pero ésta se regresó y le golpeó en las mejillas, haciéndole cerrar los ojos.

-¡Cornelius! -oyó a sus espaldas.

"Oh, mierda"

Cor escaló la colina con más rapidez, de piedras blancas y milagrosamente firmes por donde crecían minúsculas flores amarillas. Subió la mirada, y vio un manojo de pelos blancos enredados en una rama. Golpe de suerte. Arrancó la rama y se la metió en el bolsillo. Arriba en la colina no pudo apreciar el paisaje, una cascada, árboles... tenía que correr.

Avanzaba y avanzaba sin contar ¿Cuatro, cinco kilómetros? Aminoró el paso al fin, se posó en el tronco de un árbol. Ya no había charcos, el terreno tan irregular, seguía aumentando y el río no se había acrecentado hacia allí. Los árboles seguían siendo igual de imponentes y salvajes, pero crecían más separados el uno del otro. Cor sacó del bolsillo el trozo de cabello.
"No debes estar lejos... te puedo alcanzar, y lo haré."

Los pegasos eran animales increíblemente difíciles de cazar, pero Cor tenía dos ventajas; la primera, es que el pegaso al que daba caza tenía un ala rota, y la segunda, tenía un silbato.

Sopló con delicadeza el aparatito de plata colgado en su cuello. Un sonido vibrante, armónico e hipnotizante lo rodeó, la sensación era agradable, relajante y adictiva, dio un paso al frente y la nota subió de tono. Ésa era la dirección correcta. Cor se guardó el silbato bajo su camisa, tomó una vara del suelo y siguió caminando.

Cuando el sol comenzó a ocultarse, Cor estaba cansado como nunca antes lo había estado en su vida, tenía picaduras de mosquitos en las mejillas, los pies hinchados, las piernas palpitantes y el estómago adolorido por sólo haber comido bayas y frutas pequeñas todo el día. Al menos, ya no hacía calor. Decidió no encender una fogata para no llamar la atención de animales salvajes, subió a una rama y se durmió enseguida, bajo el cielo estrellado sin luna, la brisa fresca que le acariciaba el rostro, y sonidos de insectos y animales pequeños por doquier.

Despertó, descargó junto a un árbol y tomó agua de su cuero. Agua ya caliente y con un sabor extraño, pero agua al fin y al cabo. Su estómago se quejó, pero Cor no podía pararse a cazar. Cuando terminara su cometido, lo haría.

La sombra de las hojas y ramas lo cubrían del sol, había pequeños pájaros cantando sobre su cabeza, por unas dos o tres horas su paisaje parecía siempre el mismo; árboles de todas las edades sobresaliendo de un mar de hojas y semillas pardas, puntos de sol que esquivaban las ramas superiores y llegaban al suelo y unas pocas huellas, invisibles para el ojo inexperto y más bien difíciles de encontrar para alguien como Cor. Pero sabía que iba por buen camino. Finalmente algo en su paisaje cambió, sonrió al encontrar huellas mucho más recientes, de hacía pocas horas, una hebra de cabellos blancos a la altura de su cintura, y un manchón de sangre en un árbol.

Cor dejó de sonreír, repasó las huellas alrededor y recreó la escena en su cabeza.

El caballo alado andaba a paso cansado, mordisqueaba algunas hierbas aquí y allá. Acostumbrado a volar, no se dio cuenta que había un depredador cerca, que saltó hacia él, se posó en las patas traseras y lastimó al caballo, tal vez con una zarpa afilada y poderosa.

El caballo se tambaleó, se alzó en sus patas traseras también. El depredador cayó, una coz en su pecho o costado, rodó un poco, se levantó nuevamente a atacar... y huyó. El caballo abrió sus enormes alas y terminó asustándolo, o eso pensó Cor. No sabía qué tan miedosos podrían ser los grandes felinos.

Sopló nuevamente el silbato, una nota aguda le indicó que iba por buen camino, y más que la nota, un ruido frente a él. ¡El pegaso! Le vio una pata antes que saliera trotando lejos. Lo persiguió, usando las fuerzas que le quedaban, la respiración se aceleró, sus piernas se quejaron pero respondieron, sentía el corazón latiendo con fuerza en el pecho, y todo eso no importaba ya, porque podía ver al animal.

Era simplemente magnífico. Un equino blanco con motas rojas en las patas, con las alas plegadas, la melena larga y con algunas hojas enmarañadas en ella.

-¡Oras!
El pegaso al verlo tan cerca se asustó, pero no podía aumentar el paso, estaba herido.
Cor le lanzó una soga y lo atrapó del cuello, el equino se rindió, entendiendo que si huía no lo podrían curar. El chico le aplicó una solución verdosa en la herida del costado, y se montó en su lomo. La bestia estaba incómoda, pero no tenía cómo derribar a su jinete, sin fuerzas, herida y sin alas poco podía hacer. Cor la obligó a seguir caminando.
-Sé que me entiendes. Los pegasos son inteligentes, y tú, Oras, lograste escapar... casi con éxito. Ahora yo te llevaré lejos, no te voy a encerrar a ninguna parte, de veras. Yo también necesito escapar, de algún modo.
Cor se giró, y con cierto horror vio a otra persona bajando por la suave colina por la que él había llegado.

-¡Esa hija de puta me alcanzó! -se dirigió al caballo - ¡Oras! ¡Si deseas ser libre, tienes que correr! Esa mujer tiene un bonito juego de collares de acero, uno para mí y otro para ti. ¡Haznos libres!
Oras se giró un poco mientras trotaba, y al ver la mujer un efecto casi mágico había surtido efecto. Comenzó a correr con mucha más velocidad. Cor se aferraba a su cuello como podía, y se iban alejando cada vez más y más de la carcelera.
La mujer por su parte maldecía con cada paso que daba, soltó su bolso y se dejó en las manos un látigo que tenía la propiedad de llegar a donde ella quisiera, casi... aún estaba demasiado lejos, su señor la castigaría si regresaba con las manos vacías. Corrió con todas sus fuerzas, y notó una oportunidad, desenfundó el látigo, que era negro, con piedras rojas incrustadas y lo ondeó hacia las patas traseras del animal.
El látigo se estiró y estiró, y cuando estuvo a punto de cerrarse, el pegaso desplegó las alas y se elevó, escapando de las tiras de cuero dolorosas y crueles.
Cor no se lo podía creer. Tenía más miedo del que nunca había sentido en su vida, temblaba y estaba a punto de echarse a llorar, sentía que en cualquier momento se caería y se partiría la cabeza, pero también estaba locamente feliz. Las alas se desplegaron junto a sus piernas y lo rozaron con suavidad, eran extrañas, una mezcla entre cabellos y plumas blancas, pero indudablemente hermosas.
-¡Pensaba que no podías volar!

Oras planeó unos metros y siguió alejándose de la carcelera, que estaba demasiado exhausta por haber cargado con 10 kilos de hierro en la espalda mientras los perseguía.

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Un año después

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-Cornelius Stabbis. Entrenador, acróbata... mercenario a veces. ¿En qué te puedo ayudar? -dijopresentándose el joven de barba corta, con buenas ropas recién lavadas y botas de piel de cocodrilo, recibiendo el apretón de manos de otro hombre mucho mayor que él, que lo miraba nervioso, mientras le daba un sobre.
-Ahm bueno... primero y más importante, este asunto debe tratarse con la más alta discreción. Ni siquiera le puedo decir el nombre de mi cliente, pero pagaremos bien, muy bien, aquí están los detalles. Deberá ser mañana por la noche. Es indispensable, es la única oportunidad.
-Viejo, no sé quién te recomendó, pero los asuntos que yo trato nunca se dan con discreción. -Se acomodó en su silla de madera y tela, la mesita que los separaba a ambos estaba adornada con un cuenco de bonitas frutas coloridas, la sala tenía ventanas de madera hermosamente talladas a mano y permanecían abiertas a un patio de piedras marrones y amarillas, donde un pegaso totalmente manso era alimentado con manzanas amarillas por una mujer embarazada.
El viejo también miraba el pegaso.
-Entiendo que... los pegasos son llamativos, y éste particularmente, por sus manchas, es fácil de rastrear pero...

-Pero nada, todo se puede hacer, sólo necesito que arregles para mí un buen establecimiento lejos para poder acomodarme después de entregarte lo que necesitas, a mi nombre, con, digamos, tres sacos de oro y plata para estar cómodo, ya sabes... a los pegaso les gusta comer cosas frescas y procedentes del sur, no esas pasas resecas que ustedes llaman uvas.

Después de acordar los detalles del robo, Cor le dio la mano al viejo, algo malhumorado al tener que pagar más oro del que consideraba necesario, y finalmente bajó las escaleras de la colina. Cor salió al patio comiéndose una mandarina, y acarició al corcel en el cuello.

-Oras, hemos hecho muchas cosas juntos, y me has llevado a muchos lugares. Voy a compensártelo ¿Quieres? Te llevaré al nido, a donde se dice que hay cientos de pegasos... podrás tener tu propia familia, como yo ¿qué dices?
El caballo lo empujó cariñosamente con la cabeza, pidiendo más cariño.
-Tú me ayudaste a construir mi vida, yo te soltaré al fin, en este último viaje que haremos juntos. Ya lo he decidido. Te extrañaré.

Cor lo acarició en el hocico y las crines, sonriendo y recordando los favores que Oras le había hecho en todo el transcurso de ese año.

-Pero quiero verte libre, tan libre como yo soy ahora, viejo amigo. Y todo comenzará a partir de mañana.

Lo dijo con cierta melancolía, mirando a la ciudad bajo él. Era un ladrón, un mercenario respetado, el dueño del mundo. Y todo gracias a que Oras se había escapado con un ala rota de su anterior dueño.  

7 de Abril de 2018 a las 15:13 2 Reporte Insertar 1
Fin

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Alibel Rodriguez Arquitecto. Escritora e ilustradora no profesional. Me gusta crear historias, personajes y lugares. Me gustan las arañas de patas muy largas y tener las uñas cortas. No me gusta el comunismo, las vainitas ni bailar.

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María Thomas María Thomas
¡Qué buena historia! y muy bien contada. Casi que sentí que escapaba con ellos de ese bosque. Felicitaciones. :)
4 de Noviembre de 2018 a las 16:08

  • Alibel Rodriguez Alibel Rodriguez
    <3 <3 ¡Qué bueno que te gusteeeeeee! 6 de Noviembre de 2018 a las 08:27
~