La espiral Seguir historia

G
Gaia E.


Las siguientes páginas narran los acontecimientos que me llevaron a cometer el terrible crimen del que pronto tendréis noticias. Mi única intención es que se conozca la verdad, que no soy un monstruo, si no una víctima de algún poder más allá de mi entendimiento. Sé que no puedo esperar vuestro perdón pero aún así os lo imploro, pues sé que si un solo alma me otorga la absolución, la mía podrá salvarse.


Horror Todo público.

#muerte #locura #terror
2
5059 VISITAS
Completado
tiempo de lectura
AA Compartir

La espiral - Parte 1

Estaba bloqueada.

Debo explicar que la escritura siempre ha jugado un papel importante en mi vida. Cuando sentía que la oscuridad me consumía no acudía a un amigo ni elicitaba una catarsis por medio de la música o el cine. No, yo escribía. Desnudaba mi alma mediante las palabras, trasladando al papel la ira, la culpa, la tristeza... todos aquellos sentimientos que no era capaz de manejar por mí misma. Los congelaba en el tiempo, encerrándolos entre las páginas que les servían de mortaja. Pero no confundas esta explicación con arrogancia, sé que hay muchos que, como yo, recurren a este método para lidiar con sus demonios, es por eso que tengo la esperanza de encontrar en otros el perdón que no soy capaz de concederme a mí misma.

No es que llevara un registro exhaustivo de los acontecimientos de mi día a día, se trataba más bien de anotaciones irregulares separadas en el tiempo que se producían cuando sentía dentro de mí la llamada del cuaderno. Es por eso que no puedo decir cuando sucedió exactamente. No sé si lo desencadenó algún evento que no soy capaz de determinar, si fue la consecuencia final de un cúmulo de acontecimientos que llevaban tiempo en marcha o simplemente la edad. Tampoco importa. Lo principal es que un día que no se distingue de cualquier otro, después de una época estresante que requería de una sangría emocional, me senté frente a una hoja en blanco y, al colocar el bolígrafo sobre ella, nada.

Nada.

Ni una frase. Ni una palabra. Solo un punto de tinta negra que manchaba el papel sin propósito alguno.

Fue algo nuevo para mí, normalmente las palabras me salían a borbotones casi sin esperar invitación, a veces tan rápido que ni siquiera podía descifrar el significado de mis propios garabatos. Aún así sentía que había dentro de mí mucho que vomitar, así que traté de forzarme escribiendo una frase cualquiera que con suerte diera paso al torrente que esperaba y deseaba, pero cuando me obligué a deslizar el bolígrafo sobre el papel no obtuve más que una sucesión de letras sin significado alguno seguida de un frustrante bloqueo mental.

Resignada, lo achaqué al cansancio y me fui a dormir dejando el cuaderno abierto sobre la mesa de la cocina con la intención de que me saludara al día siguiente. Pero tampoco al levantarme fui capaz de vencer la barrera mental que me sitiaba, ni esa tarde, ni la mañana siguiente, ni la otra. Cuando varias semanas después las páginas estuvieron repletas de frases inconexas e insustanciales tuve que enfrentarme a la terrible verdad: había perdido la capacidad para escribir.

Al contrario de lo que pueda desprenderse de la lectura estas páginas, soy una persona racional y no suelo tentar mi mente con fantasías. Asumí con sencillez que, aunque todos mis instintos gritasen lo contrario, no tenía la necesidad de desahogarme. Así que durante unas cuantas semanas llevé una vida normal, dentro de lo que cabe. Cierto es que sentía crecer dentro de mí un vacío estremecedor y mis pesadillas se hicieron más frecuentes y vívidas, pero esto no es nada más que lo habitual para un ciudadano del siglo XXI, me decía, sin duda la inmensa presión a la que estamos sometidos en una sociedad que se congratula de ser la más avanzada que jamás ha existido estaba pasándome factura ¿y quién soy yo para desafiar el orden establecido con mi insustanciales problemas? Me repetía constantemente.

Seguí interpretando aquella ficción hasta una noche en la que, como venía siendo habitual, mi sueño se vio interrumpido por una pesadilla. Con la respiración aún agitada por el terror recién experimentado arranqué el cuaderno del cajón donde solía esconderlo y me senté frente a él con violencia. Ese fue el momento, sí, ese exactamente fue el momento en el que entre en pánico porque, pese a que la ansiedad de las últimas semanas ardía en mi pecho como un tizón y el recuerdo de la última pesadilla aún me quemaba las retinas, fui incapaz de describir mi situación, fui incapaz de desahogar mis sentimientos sobre el papel, solo pude regurgitar una frase insustancial, totalmente vacía de contenido y torpe en forma y expresión.

Debo ser honesta, no fue exactamente pánico. Creo que “psicosis” sería un término más adecuado. Las palabras empezaron a bailar ante mis ojos, sus líneas se confundían hasta formar siluetas grotescas que me señalaban y se reían de mí. Pasé las páginas en rápida sucesión con la intención de escapar de aquellas visiones, pero solo conseguí sufrir una terrible humillación tras otra cuando mis propias letras se burlaron de mi angustia y se regodearon en su propia crueldad. En aquel estado de enajenación un pensamiento se abrió camino hasta la superficie de mi mente ofreciéndome una forma de poner fin a los delirios: debía quemar el cuaderno. Quizá pensé que estaba imbuido con algún terrible hechizo que solo el fuego podía purificar o quizá solo quería librarme de aquellas alucinaciones que me asustaban tanto por su comportamiento como por su mera existencia. No lo sé, los eventos de aquella noche se entremezclan con las pesadillas que inspiraron después y no logro recordar con claridad. Sé que quemé el cuaderno, pues la mañana siguiente encontré lo que quedaba de él carbonizado en el fregadero, ofreciendo una patética imagen que inspiró en mí un sentimiento de victoria en la batalla contra la locura que había librado la noche anterior.

Desgraciadamente el fuego pudo haber purificado el papel, pero no hizo lo mismo con mi alma. Ahora sé que aquel episodio de psicosis nunca llegó a abandonarme del todo y marcó el momento en que mi vida comenzó su temprano anochecer. Si hay algo que me reconcome y de lo que me arrepiento es no haber sido capaz de reunir el valor para ir al hospital y ser sincera con mi médico, quizá él me hubiese ayudado, quizá un profesional podría haber evitado todo esto... pero soy una cobarde, temía que me encerraran, convertirme en una decepción para mi familia y amigos, no quería ser señalada como aquella que, pese a tenerlo todo, había sucumbido a su propia debilidad. En mi mente se agolpaban los recuerdos mezclados con situaciones futuras que imaginaba tan reales como ellos, todas las veces en las que alguien había comentado con condescendencia como éste o aquel amigo de la infancia había caído en desgracia, como éste o aquel familiar se encontraba sumido en su propia amargura, incapaz de valorar las maravillas que la vida le ofrecía. Me imaginaba siendo el blanco de tales comentarios, convertida en un objeto de lástima y torpemente camuflado desprecio.

Me aterraba el fatídico momento en el que, a solas en la oscuridad de mi habitación, quedaba a merced de mis propios pensamientos sin ninguna distracción que apartase mi maltratada mente de la constante tortura a la que ella misma se sometía. Intentaba evitarlo pasando las noches delante de la pantalla del ordenador, navegando por lugares que ni siquiera recuerdo hasta que el sueño me vencía y era capaz de descansar unas horas en la misma mesa, pero aún así era acosada por pesadillas terriblemente lúcidas que me despertaban de forma abrupta antes de que saliese el sol. Y mis días no eran mejores: me encontraba agotada, incluso dejé de conducir después de estar a punto de provocar un accidente por culpa de la falta de sueño, intenté ir al trabajo en transporte público pero me quedaba dormida en los asientos y despertaba agitada en medio de alguna pesadilla o, casi peor, perdía mi parada. Mi única alternativa fueron los taxis, antes no podía permitírmelos, pero ya que había dejado de salir y comía mucho menos apenas noté diferencia en lo económico.

Sí, algunas personas lo notaron, mis compañeros de trabajo, mis amigos, mi familia. Era difícil que alguien que me conociese pasase por alto lo que estaba ocurriendo. A todos les conté un cuento. En el trabajo dije que era un problema familiar, a mis amigos que era un problema de trabajo y a mi familia, bueno, lo cierto es que dejé de visitarles harta de tantos “duermes poco” y “tienes que comer más”. A veces el amor puede pesar más que el odio.

Supongo que lo que terminó de desquiciarme es que comenzara a caérseme el pelo. Siempre había estado muy orgullosa de mi larga y oscura melena, la cuidaba con mimo incluso en mi actual condición. Por ello cuando empecé a quedarme con puñados de cabello entre los dedos y en el peine, rogué a Dios y a todos los demonios que me dijeran lo que tenía que hacer para poder volver a escribir. Había comprado otros cuadernos, pero nada había servido, solo esas malditas frases vacías que se repetían una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.

No sé a quien alcanzó mi plegaria, no sé si realmente llegó a algún lugar o fue mi propia desesperación la que produjo un cambio en mi subconsciente, pero, sea como sea, se produjo una, por así decirlo, sugerencia. No, no tuve una alucinación ni escuché voces, creo que en ese caso habría sido sencillo dilucidar que el problema estaba en mi cerebro. Fueron los sueños, las pesadillas mejor dicho, las que empezaron a comunicarse conmigo. Normalmente eran de lo más habitual: monstruos que me perseguían y acababan con mi vida o la de alguien a quien amaba, lugares estrechos de los que no podía escapar, situaciones angustiantes de todo tipo en general. No es que no me afectaran, pero empezaba a acostumbrarme a ellas.

La primera pista la tomé como un signo de mi inminente mejoría (oh, la esperanza es terca). Soñaba que era perseguida por un demonio con claras intenciones cuando, en medio del pánico y el interminable acoso, noté como un sentimiento frío se esparcía por mi cuerpo eliminando todo signo de angustia o temor. Con decisión, me di la vuelta y me enfrenté al monstruo. Era un sueño, así que no tuve más que tomar su arma y golpearle con ella hasta que su cabeza se convirtió en un amasijo de carne y huesos. Desperté con el corazón agitado y un sentimiento de victoria en la garganta, me sentía tan bien que me acosté en mi cama y, por primera vez en meses, dormí sin sueños el resto de la noche.

Pero, como la amabilidad del traficante que te regala una dosis de la droga altamente adictiva de turno, aquello no duró mucho. La noche siguiente intenté volver a la normalidad durmiendo en mi habitación, pero las pesadillas fueron peores que nunca y apenas habían pasado dos horas cuando tuve que volver al resguardo del ordenador al que tanto le debía. Los sueños empeoraron durante toda la semana y empecé a ver calvas entre mis cabellos. En aquella época lloraba mucho, apenas conseguía mantener el tipo en el trabajo y para mis amigos y mi familia era ya un fantasma. Se preocuparon por mí una temporada pero al final hasta el más allegado se cansa de recibir evasivas, después de todo ellos tienen sus propios problemas ¿qué más podría pedirles?

El segundo sueño fue diferente, no comenzó como una pesadilla normal, al menos no como una donde yo era la víctima. Me encontraba esperando en un callejón oscuro, apenas visible entre las sombras, sin saber lo que aguardaba hasta que lo vi: un indigente que se tambaleaba hacia mí con los ojos velados por el alcohol. Le observé con paciencia mientras se internaba en la callejuela y fui tras él tratando de no hacer ruido. Supongo que no hace falta explicar lo que sucedió a continuación, el arma homicida fue un cuchillo de cocina, la sangre salpicó por todas partes: las paredes, el suelo, mi ropa, mi rostro... pero eso no fue lo terrorífico, lo que realmente me asustó fue la sensación de paz que me embargó tras cometer aquel acto horrible. Desperté, no jadeando como cada noche, si no gradualmente, con la misma sensación de paz que me había embargado en aquel callejón onírico. Ese sueño me permitío dormir durante dos noches en mi propia cama.

Quizá una persona que no se encontrara en mi situación se habría preocupado por aquel potencial asesino que su subconsciente revelaba, quizá lo hubiese tomado como una curiosidad de la mente. Para mí el mensaje estaba claro: si quería dormir, tenía que matar. Por favor, ten presente todo lo que he descrito, me encontraba en un estado mental alterado y habría hecho cualquier cosa por dormir una noche, en aquel momento ya ni siquiera recordaba que todo empezó por no ser capaz de escribir, solo quería descansar. Antes de juzgarme te animo a ponerte en mis zapatos: prueba a pasar dos días sin dormir y dime cómo te sientes. Imagina que después de esos dos días, cuando intentas dormir, en lugar de un sueño reparador te encuentras ante interminables pesadillas. E imagina que llevas meses viviendo esa situación completamente solo, sin nadie que se preocupe lo suficiente por ti como para obligarte a visitar un médico ¿no habrías hecho lo mismo que yo?


13 de Abril de 2018 a las 00:00 0 Reporte Insertar 1
Leer el siguiente capítulo La espira - Parte 2

Comenta algo

Publica!
No hay comentarios aún. ¡Conviértete en el primero en decir algo!
~

¿Estás disfrutando la lectura?

¡Hey! Todavía hay 4 otros capítulos en esta historia.
Para seguir leyendo, por favor regístrate o inicia sesión. ¡Gratis!

Ingresa con Facebook Ingresa con Twitter

o usa la forma tradicional de iniciar sesión