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Gaia E.


Matías se despertó con el familiar y poco agradable sonido del despertador, lo apagó con una mano lacia y se sentó en la cama, imponiéndose con gran esfuerzo a los ritmos naturales de su cuerpo.


Drama No para niños menores de 13.

#suicidio #drama
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Epílogo

Matías se despertó con el familiar y poco agradable sonido del despertador, lo apagó con una mano lacia y se sentó en la cama, imponiéndose con gran esfuerzo a los ritmos naturales de su cuerpo.


Permaneció doblado duranto unos minutos, con los codos apoyados en los muslos y la mente en blanco, hasta que reunió fuerzas suficientes para levantarse. Se dirigió hacia el lavabo anexo a su habitación con pasos de robot mal engrasado y la mirada fija, allí alivió su cuerpo de la carga acumulada durante las horas de descanso e intentó lavar de su piel los últimos jirones de fantasía nocturna.


Salió de la habitación sintiéndose ya casi humano y observó la silueta de Isabel, su esposa, marcada en las sabanas, tapada hasta el cuello y abrazando la manta, como le gustaba hacer. Pensó en acercarse y besarla pero no quiso estropear su sueño, en media hora se levantaría, daría de desayunar a los niños y los mandaría al colegio antes de ir a trabajar. Solía quejarse de que esa tarea le pertenecía enteramente a ella y Matías callaba, comprendía el hastío de su mujer, pero él nunca tenía la oportunidad de participar en el ritual matutino de la familia y la infancia de sus hijos se les escapaba entre los dedos, mientras él dejaba de ser esa figura protectora que comprobaba el armario y asustaba a los monstruos que anidaban bajo la cama para convertirse en el viejo espantapájaros que solo aparecía para preguntarles por el colegio a la hora de la cena. Todo porque debía comenzar el día media hora antes que ellos. Y si no se daba prisa llegaría tarde.


Se vistió rápidamente, al fin y al cabo no había mucho donde elegir, y salió de casa 15 minutos antes que de costumbre. Dejó las llaves en el mueble de la entrada.


Normalmente habría cogido el coche que descansaba en el garaje comunitario, pero aquel día decidió llamar un taxi al que espero durante escasos diez minutos en un banco frente a su casa.


Mientras esperaba observó a los pájaros, siempre madrugaban más que él y aún así tenían ánimos para cantar. Si no hubiera sido por esos pequeños animalillos que revoloteaban de árbol en árbol más de un dia no habría sido capaz de encontrar la motivación para salir de casa. Pero eso ellos nunca lo sabrían, seguirían revoloteando completamente ajenos al efecto que causaban sus trinos en el hombre que esperaba sentado en un banco.


El coche blanco enfiló la calle y se detuvo casi frente a él, Matías saludó al taxista y le indicó la dirección de destino. El hombre resultó no poseer la cualidad que suele otorgarse a sus compañeros de profesión y avanzó entre el tráfico escuchando la voz de un locutor de radio que parecía insultantemente enérgico para aquella hora de la mañana.


Las voces de la radio charlaban y reían mientras Matías observaba la ciudad a través de los cristales del automovil blanco y el taxista dividía su atención entra la conducción, el programa de radio que solía disfrutar y la preocupación constante sobre el cancer que consumía a su padre. Dirigía miradas furtivas al móvil que descansaba en el asiento del copiloto, al que un hermana con los ojos cansados había prometido enviar cualquier novedad.


- Ya estamos, serán siete cincuenta, pero lo dejamos en siete -


- Te doy veinte – dijo Matías saliendo del vehículo


- Muy bien – replicó el conductor.


El dinero cambió de manos junto a las habituales epresiones de cortesía y los hombres se olvidaron entre ellos antes incluso de que el automóvil doblara la esquina.


Matías subió lentamente los peldaños que separaban la puerta del edificio de la acera y saludó al guardia de seguridad mientras pensaba en que, en ese preciso momento, Isabel repetía el ritual que él habia llevado a cabo una hora antes. Ignoraba que ella se despertaba a diario con el sonido de su despertador y fingía dormir hasta que su marido salía de casa para después levantarse y disfrutar de un café en absoluto silencio y soledad.


El guardia de seguridad observó como Matías saludaba a la secretaría y se dirigía al ascensor, esperó a que las puertas se cerraran y le guiñó un ojo a la chica tras el escritorio. La política de empresa, que se aplicaba incluso a él pese a ser un trabajador externo, prohibía las relaciones íntimas entre empleados. Por ello precisamente, pensaban ambos en su fuero interno, aquella relación íntima era tan excitante.


Él estaba enamorado. Ella no. No de él.


Matías cerró la puerta de su despacho ajenoal flirteo ocurrido a sus espaldas. Se quitó la chaqueta, se sentó en su silla y dejó pasar unos minutos.


Mientras tanto, en su casa, Isabel se percataba brevemente de que su marido había olvidado las llaves, pero ese pensamiento quedaba enmascarado por un grito infanil que requería toda su atención


Matías se preguntaba distraídamente porque nunca escuchaba los pájaros en su trabajo cuando tocaron a su puerta. Era Ana, su compañera, con un café en un vaso de plástico, como cada mañana. Muchos en el edificio pensaban que Ana y Matías tenían una aventura. Lo cierto es que existía la chispa de un amor platónico no confesado que nunca se consumaría, pero que creaba entre ellos una complicidad que convertía su rutina del café en uno de los mejores momentos del día para ambos. Aunque solo hablaran de trabajo.


Hablaron de trabajo. Ella le notó triste y apagado, pero no dijo nada. Él notó que llevaba más maquillaje de lo habitual, pero no dijo nada.


La presencía de Ana se desvanecío con el último sorbo de café y Matías se enfrascó en la rutina diaria, hablo con muchas personas, sonrío muchas veces y no volvió a entrar en su cuerpo hasta la hora de la comida. Su móvil sonó mientras escuchaba y participaba ocasionalmente en una acalorada discusión sobre política entre dos compañeros.


“Te has dejado las llaves” un mensaje de Isabel.


“Me abrirás cuando vuelva, no?” contestó con preocupación fingida.


“A lo mejor te cobro entrada” bromeó ella.


Matías sonrió y volvió a la comida con sus compañeros, que hablaban de los beneficios de cerrar las fronteras. Estuvo de acuerdo.


La tarde pasó como un sueño, no le dio tiempo a terminar y decidió quedarse un rato más, como se había hecho costumbre desde que le ascendieron. Ana pasó a despedirse a la hora correcta. Asomó la cabeza por la puerta y soltó un jovial “hasta mañana” mientras en su fuero interno desaprobaba la costumbre de Matías de hacer horas extra a diario y la achacaba a unos vagamente esperanzadores problemas conyugales.


Una hora más tarde la puerta del despacho volvió a abrirse.

- Ya me imaginaba yo que aún no te habrías ido – dijo su jefe con un deje de orgullo en la voz – ven, te invito a una copa, vamos a salir Fernando y yo -


Fernando era el Director General, el jefe de su jefe. Y Matías fue. Y se río de chistes que no le hicieron gracia e hizo comentarios desagradables que su mujer no aprobaría. Y bebió más de lo que debía, pero menos de lo que dio a entender. Y se enteró de secretos que jamás se comentaban en los despachos. Y dejó una impresión en su jefe y el jefe de su jefe que quedaría en su memoria y saldría a relucir en la siguiente reunión extraoficial


Ya casi al final del día, matías llamó a otro taxi y dio una dirección diferente a la de su casa. El taxista le sonrió a través del espejo e hizo un comentario sutil que fue respondido con un gruñido ahogado. El taxista tenía muchos trayectos diferentes hasta ese destino, elegió el más largo mientras su cliente, con los ojos cerrados y la mente nublada por el alcohol, apenas se percataba de que el coche estaba en marcha. Era un hombre honrado, solo paseaba a los que se lo podían permitir, tenía un hijo que quería ir a la universidad.


- Quince euros – sentenció un rato después.


Matías ni siquiera escuchó la cifra, le dio la tarjeta y salio del vehículo con la esperanza de que el aire fresco le despejara un poco, pero era pronto todavía y ni había aire ni era fresco. Se enfadó.


- Gracias, señor. – dijo el taxista con excesiva educación


Otro gruñido.


Matías entró en el club mientras el alcohol en su cuerpo alcanzaba su punto álgido. El gorila de la puerta le saludó con una inclinación de cabeza y le abrió la segunda puerta, que dio paso a un mundo de murmullos y voces amables, hombres con traje y mujeres sin él.


A medida que avanzaba hacia la barra Matías sentía como el peso del mundo desaparecía de sus hombros. Cuando se sentó en el taburete tapizado, apenas recordaba las tribulaciones diarias. Preguntó por Tulipán. Siempre preguntaba por Tulipán.


- Aún no ha llegado cariño, tendrás que esperar un poco ¿te pongo algo? -


- Café – suspiró Matías


La camarera se sorprendió por la petición pero no hizo ningún comentario, nunca hacía ningún comentario, el silencio era parte de su trabajo y aunque al principio los secretos le quemaban en los labios y la curiosidad por aquellos hombres, que no eran exactamente como ella había imaginado, parecía inextinguible, con el tiempo se calmó y comenzó a ver los clientes como una sucesión de rostros anónimos entre los cuales pocos destacaban. Había aprendido que si les llamaba cariño y se colocaba bien el escote le daban más propinas, también a salir lo menos posible de la barra. Con eso y el ingreso a final de mes, le bastaba.


Colocó un café en la bara, recogió su propina y se dirigió al siguiente cliente.


Matías tomó su bebida en pequeños sorbos mientras se dejaba cautivar por el espectáculo que tenía lugar en un pequeño escenario colocado en el centro del local. En él una mujer exhibía unas envidiables dotes para el baile en barra en las que nadie reparaba. Así, el calor del café pasó a su cuerpo y cuando Tulipán le susurró un sensual hola en el oído tuvo que controlarse para no cogerla en brazos como si fuesen unos recién casados.

***


Cuando notó que era el momento, Tulipán se apartó de Matías y se sentó en la cama, con otros clientes solía irse o simplemente esperaba órdenes, pero sabía que él no la vvisitaba solo por su cuerpo y se tomó una licencia que para ella era única: encendió un cigarro y se asomó a la ventana, que daba a un feo descampado sin nada que observar excepto las lejanas luces de la ciudad.


Consumió la mitad del cigarrilo antes de que Matías rompiese el silencio.


- Si tuviese dinero, te pondría un piso -


Ella sonrío y bajó la cabeza.


- Siempre me dices lo mismo y yo siempre te digo.. -


- ...que no lo querrías -


En lugar de responder, Tulipán dio otra calada al pitillo.


- ¿Cómo te llamas? - preguntó Matías


- Tulipán -


- De verdad -


- ¿Cambiaría algo si me llamaría María o Juana? Me conoces desde hace tiempo y sabes que aquí soy Tulipán -


- Solo me gustaría saberlo -


La mujer dio otra calada al cigarro que le iluminó brevemente el rostro y permaneció en silencio. Matías no la miraba, si no que mantenía los ojos vidriosos fijos en la almohada. Muchos hombres se sentían culpables después del acto, culpables por su novia, por su esposa, por la mujer que yacía junto a ellos y de la que no sabían nada. Tulipán dejó pasar el tiempo mientras bloqueba férreamente los sentimientos que le causaba aquel trabajo. Cada día se decía que sería el último, que buscaría otra forma de ganarse la vida, algo a plena luz del día, de lo que pudiera sentirse orgullosa. Pero el mundo es un lugar cruel para una mujer sin currículum y cada día volvía al club y dejaba que su nombre tomara el mando, intentando no preguntarse que pasaría cuando fuese demasiado mayor y fuera él quien la dejara.


El cigarro se consumió en una última ansiosa calada que quemó el filtro y se dejó sentir en los dedos femeninos. Tulipán se acercó sensualmente a la cama y besó en la mejilla a Matías antes de salir, intentando dejar una impresión que le hiciera volver. Él sintió que aquello era algo más que un negocio, ella sabía que no era así.


El hombre se vistió con lentitud y abandonñó la habitación, que pronto sería ocupada por otra pareja de desconocidos que seguirían siéndolo al abandonarla. Salió del club y respiró el aire de la noche, tomándose un momento para guardar a Tulipán en la parte posterior de su cerebro, donde su mujer no pudiese adivinarla. Al desbloquear la pantalla del teléfono para llamar al tercer y último taxi del día vio en la pantalla de notificaciones los mensajes que Isabel le había enviado, torció el gesto al darse cuenta que había olvidado decirle que no llegaría a cenar, pero no contestó, ni siquiera entró en la aplicación, solo marcó aquel habitual número y esperó pacientemente su transporte.


El gorila le observaba desde la puerta, le habían ordenado expresamente que no permitiese a ningún cliente esperar en la entrada, pero, pese a no saber su nombre, conocía a Matías y sabía que solo pasaría unos minutos en la acera, hasta que llegase su taxi. En su trabajo era tan importante saber cuando actuar como cuando no hacerlo y él se enorgullecía de haber detenido más altercados con su mente que con sus músculos, aunque no podía hacer a nadie partícipe de esa satisfacción personal. Cuando comenzó a trabajar en el club, preocupado por lo que pudiera pensar su novia, había mentido a todo el mundo, diciendo que cuidaba un solar en construcción, pensando en dejar ese trabajo poco respetable a sus ojos en cuanto tuviera la oportunidad. De eso hacía ya dos años y la mentira había crecido tanto que no sabía como librarse de ella y le pesaba sobre los hombros.


Matías montó en el taxi e indicó la dirección de un hotel, el conductor resolló todo el camino pese a estar sentado desde hacía horas, incomodando a su pasajero. La grasa se había ido acumulando discretamente hasta que un día se miró al espejo y no reconoció en él al muchacho que con veinte años había heredado el taxi de su abuelo. Esa misma noche tendría un infarto, del que se recuperaría, pero no cambiaría su estilo de vida y moriría tres años más tarde cuando su fatigado corazón no pudiera soportar el sobresalto que le causaría un accidente menor del que él sería la única víctima.


Matías volvió a pagar con tarjeta y entró en el hotel, había reservado la habitación la noche anterior y se dirigió hacia ella saludando a la cansada recepcionista con una inclinación de cabeza. La mujer le reconoció y le devolvió el saludo, no recordaba a todos los clientes que pasaban por su mesa, pero algo en los ojos de aquel hombre le había llamado la atención, se preguntó que podría haber sido durante unos minutos, hasta que el siguiente cliente la sacó de sus cavilaciones.


El ascensor subió hasta el cuarto piso de los siete que tenía aquel edificio, el pasillo silencioso decorado de manera clásica le recordó a Matías a una película de terror que le había impresionado en su juventud y sintió el cosquilleo del miedo acariciándole la espalda mientras abría la puerta de su habitación. La sensación desapareció una vez dentro, haciéndole sonreir.


Se sentó en la cama y meditó durante unos minutos, reexaminando su decisión. Rememoró el día, el último que se había dado. Se había prometido que si algo sucedía de manera diferente abandonaría sus planes, pero no pudo encontrar en él el menor atisbo de cambio. Suspiró y pensó en llorar, creyendo que sería lo adecuado, pero las lágrimas no acudieron a sus ojos. Resignado, abrió el armario y vio en él la vieja escopeta de caza de su padre, había tenido la esperanza de que no se encontrase allí, de que la persona encargada de la limpieza la hubiese descubierto y llamado a las autoridades o se la hubiese quedado para sí, pero todo estaba exactamente como lo había dejado el día anterior, cuando había planeado cuidadosamente su última acción.


La tomó con cuidado y se sentó en la cama. Recordó aquellos tiempos casi felices en que su padre le llevaba de caza, en los que casi podían olvidarse de la enfermedad que cosumía el cuerpo de su madre. Nunca le gustó cazar pero fingía para contentarle a él y para alejarse de aquella casa a la que no podía llamar hogar. Se encontraba ya casado y tenía su primer hijo cuando su padre no pudo soportarlo más y acabó con su vida. Cuidó de su madre durante un tiempo hasta que la enfermedad fue más fuerte que ella y murió en el hospital, desahuciada tiempo atrás de un cuerpo que aún se mantenía con vida.


Matías abrió el cajón de la mesita y sacó de él la carta que había tardado meses en escribir. Al principio había tratado de justificar sus actos, de explicarle a su mujer y a sus hijos que estarían mejor sin él, de expresar en palabras el intenso dolor que le acompañaba a todas horas del día desde la muerte de su padre y del que, por más que lo intentaba, no podía librarse. Pero por mucho que escribía y reescribía nunca le parecía suficiente, imaginaba a Isabel leyendo la carta entre lágrimas y se sentía culpable, postergaba su decisión unos meses más, unos meses miserables en los que lloraba en la ducha tratando que nadie supiese lo que pasaba por su mente.


Intentó hablar de ello algunas veces, algunas noches de intimidad cuando los niños dormían en el cuarto y se separaba de su esposa temblando todavía, pero ella siempre cambiaba de tema o le decía que no debía hablarse de esas cosas. Y él lo había dejado, porque lo último que deseaba era hacerle daño. A veces deseaba pedirle a gritos la ayuda que necesitaba, pero nunca era el momento adecuado, pensaba también en acudir a un profesional, pero el miedo le atenazaba y deshechaba la idea. A menudo le tentaba la idea de hablar con Tulipán, con Ana, con cualquiera, pero ¿qué podían hacer ellas? Y los días se sucedían mientras la oscuridad de su interior creía hasta devorar el último hálito de esperanza, hasta que se convenció a si mismo de que no existía ninguna solución y sus seres queridos estarían mejor sin él, hasta que la perspectiva de vivir un día más le pareció aún más espantosa que el vacío que esperaba encontrar después, pues nunca había creído en el más allá.


Al final la carta se había convertido en una breve disculpa y una nota de aliento para los que dejaba atrás. Sentía que no era suficiente, pero sabía que nunca sería suficiente. Colocó el papel doblado sobre la mesita y el teléfono sobre él, alineándolo con cuidado con los bordes de madera. Se quitó la chaqueta y la colocó cuidadosamente a los pies de la cama, después se sentó en el borde y apoyó la escopeta en su frente. El corazón le latía rápidamente, pese a desear la muerte no podía evitar sentir el terror que todos sus instintos emitían como protesta. Pero también nacía en él una inmensa paz y un dejo de alegría que le sorprendía enormemente. Sus últimos pensamientos fueron de compasión hacia la persona que le encontraría.


Un fuerte sonido perturbó el hotel. Algunos huéspedes, inmersos en lo más profundo del sueño, no se despertaron inmediatamente, si no que fueron advertidos por la policía que desalojó el edificio temiendo un ataque terrorista. Registraron las habitaciones hasta que encontraron la fuente del ruido. La cabeza del hombre prácticamente había desaparecido y sus restos se habían esparcido por la cama. Algunos uniformados sintieron lástima, otros ira, otros una profunda repugnancia, la mayoría bloquearon todo sentimiento y se limitaron a hacer su trabajo, levemente molestos por haber sido movilizados debido a una falsa alarma. Las sirenas de policía se apagaron cuando la noticia se extendió a todas las unidades y la mayoria de los coches abandonaron silenciosamente el lugar, dejando que fuesen los paramédicos quienes tomaran el control de la situación.


Dos horas más tarde la única evidencia de lo ocurrido que quedaba en el hotel eran los restos de lo que Matías había sido en una habitación que permanecería cerrada por un largo tiempo.



EPÍLOGO DEL EPÍLOGO


Cuando Isabel recibió una llamada del hospital, una mezcla de culpabilidad y preocupación explotó en su pecho. Culpabilidad por la ira que había sentido al no tener noticias de su marido durante la mayor parte de la noche, preocupación por razones obvias. No duró mucho. La noticia la arrasó como un huracán, llevándose cualquier sentimiento y dejándola completamente en blanco. Colgó el teléfono después de llevar a cabo automáticamente las típicas muestras de cortesía y se sentó en la mesa de la cocina, con la mirada desenfocada fija en la naranja que había estado pelando. Tardó un tiempo en ser capaz de formular un pensamiento y el primero fue para su madre, de pronto la necesitó de una manera que no había sentido desde que era una niña. Le preocupaba que fuera tarde, pero creyó que ella lo entendería. La mujer despertó con el tono del teléfono fijo y supo inmediatamente que algo iba mal, cuando su hija le contó lo ocurrido sus instintos se activaron con una fuerza que nunca había conocido.


Dejó que su madre se ocupara de los trámites necesarios para el entierro, agradecida como solo una hija puede estarlo. Tardó un tiempo en reaccionar y se derrumbó cuando vio el ataúd cerrado en el tanatorio. Años de ayuda psicológica curaron sus heridas y pudo volver a encontrar la felicidad.


Los hijos de Matías crecieron sin su padre y le llevaron siempre como una sombra en la espalda, pero no repitieron sus errores, conscientes del riesgo que entrañaba para ellos tener antecedentes de suicidio en la familia.


Ana lloró amargamente y nunca se recuperó del todo. Pasó años preguntándose qué podía haber sido, volcando su frustración en su marido, al que no amaba desde hacía mucho tiempo. Cuando finalmente se divorció renunció a encontrar el amor, limitándose a encuentros casuales con amigos que le proporcionaban lo que su cuerpo necesitaba.


Tulipán vio en las noticias el desalojo del hotel, pero nunca supo que se debía a Matías, pues los telediarios nunca pronunciaron su nombre. Creyó que había dejado de visitarla, como tantos habían hecho antes y aunque le resultó extraño decidió no pensar en ello. Finalmente quedó embarazada y tras abortar decidió cambiar por fin de vida, sin importar lo duro que fuera.



6 de Abril de 2018 a las 23:42 0 Reporte Insertar 1
Fin

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