Historia de la Gran Guerra. Seguir historia

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Anyelina Brito


Cuando la Inferís no era más que un mundo recién nacido, apenas desarrollándose y viviendo las cruentas adaptaciones de sus hijos a su impredecible ambiente. En medio del Orden apenas establecido, inicia una chispa de rebelión ante lo impuesto por los Dioses, una chispa que pronto provocara un incendio capaz de acabar con todo lo conseguido y traer el Caos nuevamente a destruir todo a su paso.


Fantasía No para niños menores de 13.

#Crudeza #accion #385 #341
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Inicio: La Gran Hambruna.

Lo peor era el invierno.

La dificultad de sobrevivir en las condiciones desprotegidas de un mundo que apenas se formaba, era ya bastante como para encima agregar que una sola estación retase cada vida con menor posibilidad de adaptación a los cambios que traía. Pocas veces en Inferís[1] se había sentido la cruel mordida de la estación invernal, pero estas fueron suficientes como para que se reconociera su incipiente llegada y los seres de su centro pudieran prepararse.

Por supuesto, no todos lidiaban igual con los cambios en las capas de la tierra, más aún cuando, en su constante ajuste, esta variaba las regiones donde el frío asolaba destructoramente. Dado el corto periodo de su existencia, Inferís aún no contaba con el conocimiento para hacer la carga más amena a sus hijos, por lo que no eran pocos los perdidos durante las épocas heladas.

Cada especie tenía una manera diferente de adaptarse a estos cambios, poniendo a la raza humana por debajo, y debido a esto surgió la división entre los Naturae[2] en dos facciones: Los Fera y los Ferus.

Pronto fueron subiendo sobre la raza más joven entre todo Inferís, y los inviernos se convirtieron en los tiempos más temidos por los humanos. Estos se encontraban desprovistos de defensas naturales contra las adversidades que la Madre enviaba contra sus hijos, por lo que sus números eran cada vez más bajos en comparación a la población Naturae. Pocas eran las aldeas que pasaban las 40 familias y menos aun las que se encontraban cerca de las Tierras Heladas[3], siendo estas las más peligrosas al caer el manto nevado que tanto era evitado, incluso, ante algunos de los Ferus más temidos. Y era justo en esta tierra donde las luchas eran las peores, muchas vidas humanas eran perdidas en búsqueda del sustento faltante en las aldeas, encontrando su fin debido a las bajas temperaturas o atrapado en medio de una caza Naturae.

La población humana comenzó a llevar un nivel de reducción y repoblación inevitable que dirigió a un ciclo de sufrimiento entre aquellos que no conseguían como alimentar a sus familias, muchas de estas desapareciendo al no ser capaces de sobrevivir al invierno. Varios buscaron la forma de trasladarse a las Tierras Plateadas, en donde los asentamientos tenían menos dificultades y sus hermanos los recibirían cálidamente. Pero todo esto fue en vano.

Según el Gran Balance, los humanos debían de salir adelante solos y conquistar su limitado territorio para demostrar su derecho de permanencia en Inferís. Pero la Gran Madre no quería tener que atestiguar como otra raza se extinguía sin oportunidad de haberse desarrollado en el mundo y decidió, al contrario de otras ocasiones, que impulsaría a los Fera sobre la protección de esta raza. Esta decisión tomo dificultades en la frágil paz entre los Fera y Ferus, siendo que los últimos se desentendían de las ligaduras con otras razas y los primeros obedecían fervientemente a la Gran Madre. Fue el acuerdo tomado por el Sŭvet-Naturae[4] que la protección dada por los Fera durase tanto como la temporada cálida y terminara con la primera nevada.

Teniendo esta protección, se les permitió a los humanos mantenerse en un nuevo balance con sus condiciones de vida. Se apresuraron a mover las nuevas partidas de caza para conseguir abastecerse y empezaron las preparaciones de los campos de cultivo, con el fin de poder sustentar las aldeas antes de la llegada del invierno. Los almacenes en desuso fueron llenados, los jóvenes entrenados para la caza y las mujeres consiguieron pieles para confeccionar la ropa faltante.

La humanidad nunca había visto tanta prosperidad como durante ese verano y otoño.

Pero la realidad del periodo impuesto pronto llego junto con la caída de la nieve, dejando desamparados a los protegidos de los Fera e iniciando con lo que sería el enfrentamiento de la reciente prosperidad humana con la fría tempestad. Los Ferus nunca se sintieron atados al acuerdo, pero su temor ante el Patris Natura era más grande que su desprecio por la inferior raza, por lo que respetaron la Paz Cálida durante el tiempo que duró y

esperaron hasta que cayó la protección para tomar acción. Y vaya que la tomaron.

Es dicho ocasionalmente que cuando se consigue algo luego de un estado de miseria constante, se lucha con mayor intensidad para no perderlo. En este caso, al llegar el invierno los humanos se mostraron reticentes a perder todo lo que trabajaron durante los tiempos cálidos, probando que nada detendría su creciente posibilidad de supervivencia. Pero poco podrían hacer para evitar su perdida contra los Naturae, siendo marcadas las Tierras Heladas como la más sustanciosa para la caza y dejando en peligro aquellos humanos con sus aldeas en ese territorio.

Y es justamente en las Tierras Heladas donde los humanos residían, irónicamente, en mayor número que en otros territorios seguros. Y la gran diferencia de fuerzas y habilidades era mucha como para no notar como la raza humana no fue tan afortunada en la bendición de los Dioses. O al menos estos eran los pensamientos del joven Karan, el residente de la familia más antigua en dichas tierras, quien se encontraba en medio del concilio para determinar las acciones a tomar para pasar el invierno. Medidas que, tristemente, todos sabían que fracasarían contra sus rivales Naturae.

Karan no solo estaba resentido con los Dioses por su obvia deferencia entre las razas, sino que estaba también preocupado por como su aldea sobreviviría ese invierno. Muchos se habían perdido ya en años anteriores, Karan se estremecía solo de recordar la angustia, la espera y, finalmente, la perdida al no volver a ver a sus seres queridos quienes buscaban desesperadamente alimento para una familia pequeña. La impotencia de esos momentos solo aumentaba más su deseo de actuar para evitar que siguieran perdiéndose vidas por el simple hecho de querer vivir. Pero Karan no era tan impulsivo y tenía suficiente razonamiento para ver que no podía lanzarse sin pensar a, lo que era seguramente, un suicidio seguro.

- Tengo demasiado que decir, hermanos, y tan poco que comentar favorablemente sobre nuestra situación, que lamento la melancólica nota que adornará esta reunión. –resonó la voz del líder principal con las palabras tan temidas y, al mismo tiempo, esperadas por los allí congregados. - El verano nos ha concedido un gran aporte para este invierno, pero las reservas no duraran por siempre y la caza es la única manera de abastecernos ahora que los cultivos están cubiertos por la nieve. Sé que hemos tenido suerte en las ultimas partidas, pero la Madre nos había brindado su protección, ahora, sin embargo, los Fera están exentos de su parte del pacto por lo que debemos andar con cuidado.

Como siempre, su voz era autoritaria como el mismo día en que fue denominado líder de su gente, si acaso algo más grave con el paso de los años, y su preocupación por el clan seguía intacta. Sus palabras no hicieron sino aumentar la aprensión ya general ante la perspectiva de verse nuevamente enterrados en la miseria de sus primeros tiempos, esparciendo la ansiedad entre la audiencia que llenaba el gran salón del Consejo.

Karan escuchaba igualmente preocupado, no realmente por él, no, sus pensamientos estaban en su gente y en cómo podrían pasar este invierno. Su sangre era la más antigua en correr por esos territorios y, a pesar de que el liderazgo le correspondía a otro clan y no al suyo, él se sentía responsable por cada habitante de su pueblo que corría un potencial peligro al estar sin la protección de los Fera. Esa condición aumentaba el número bastante, en su opinión.

Durante el tiempo en que su padre vivió, este le enseño a Karan sobre la importancia de su tierra y como los Dioses confiaban en el Gran Balance, la gran fuerza que reinaba Inferís y cuidaba de que el Caos no desestabilizara el Orden entre los seres; para que el mundo siguiera su curso. Personalmente, todo le parecía un cuento para justificar el egoísmo de los Dioses al mostrar preferencia en los Naturae cuando los humanos eran una raza ya desproporcionada en comparación con sus predecesores.

Si existiera un verdadero balance, pensaba Karan con humor sombrío, no fuera tan inclinado a satisfacer el apetito Naturae por la carne humana. Claro que, de ser todo en el Orden, los humanos tampoco deberían consumir a los Naturae no dotados como su alimento.

El ambiente de temor era algo que Karan ya podía sentir al caminar por la aldea, la gente se encontraba al borde del pánico y los preparativos para la seguridad eran hechos frenéticamente. Estaban aún peor que en años anteriores y la nieve aun no cubría completamente el suelo. Un suspiro cansado dejo sus labios sin permiso, su humor empeoraba cada vez más desde que su hermano fue perdido en la última cacería invernal. Era tan joven y, sin embargo, con mayor carácter que la mayoría de los que lo acompañaban, hacía pensar a Karan que su padre hubiera estado orgulloso de ver a su hijo liderando la partida, aunque nunca vivió para contar la proeza. Su infancia, como la de casi cada infante en su territorio, fue marcada por el sentido de supervivencia y el deber de proveer para los miembros de la tribu.

Algo normal y que compartían muchos clanes humanos a lo largo de Inferís, era que durante los primeros siglos su necesidad de estar unidos había destacado como lo que pudo mantenerlos con vida. Al ser grupos grandes podían prestar una mejor defensa a los más débiles y la seguridad aumentaba en las partidas de caza, lo que también aumentaba su excito.

Los niños de las Tierras Heladas eran instruidos a temprana edad, que tener frío en la sangre era la única manera de evitar que este te matase por fuera. Los enseñaban a ser duros y con carácter para que nada los tomara desprevenidos, todos eran conscientes del peligro de su hogar aun cuando era todo lo que conocían. Pero el precio era la inocencia que alguna vez se pudo haber tenido, para poder endurecer su corazón y hacer de cada uno útil para la cadena que formaba la seguridad de su gente.

Pero al ver como los niños amarraban sacos de comida y ayudaban a llevar los carros, solo hizo que Karan pensara que esa no era vida. Temer todo el tiempo de una simple estación que, sin embargo, era mortal para su especie, solo podía verse como una burla de los Dioses a los seres "inferiores". Este pensamiento causo que una ira largamente contenida le hiciera apretar los puños. La respuesta se veía clara ante sus ojos.

Era tiempo de cambiar.


[1] Mundo Terrenal, traducido del latín para referirse a la Tierra.

[2] Reino Natural, traducido del latín para referirse a todos los pertenecientes a éste.

[3] Hemisferio conocido hoy día como Norte.

[4] Concilio compuesto por los representantes de cada especie Naturae, orientado a mantener el Gran Orden.


 

6 de Abril de 2018 a las 11:53 0 Reporte Insertar 0
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