En tu alma (o en la mía) Seguir historia

naibebarrera Naibe Barrera

«El invierno se acercaba, las gotas de lluvia se abrazaban a la ventana de mi habitación, había algunas que se dejaban caer hacia el suelo después de un tiempo. Me pareció que Lennox hacía lo mismo que esas gotas suicidas. Que al principio fingen quedarse, pero después se dan cuenta de que poco a poco han ido resbalando y cuando quieren reaccionar ya no tienen a lo que agarrarse.»


LGBT+ Todo público.

#romance #relato #juvenil #lgbt #muestratuscolores #gays
Cuento corto
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En tu alma (o en la mía)

La primera vez que lo vi fue en el supermercado. Iba con mi madre pero él iba solo, con una mano apoyada distraídamente en un pequeño carrito de metal mientras sostenía una piruleta de ese rojo pegajoso que dejaba estela en sus labios con la otra. Miraba el precio de los cereales, creo que estaba comparando entre dos cuál era el más barato o tal vez cuál era el que más le apetecía. Lo que tenía claro era que su concentración podría haberme engañado, podría haberme hecho creer que se disponía a hacer la elección más importante de su vida. Su ceño fruncido, sus ojos entrecerrados, su expresión medio meditabunda medio absorta.

No me había dado cuenta de que me había quedado quieto como una piedra al verlo, como si nunca antes hubiese visto a otro ser humano. Y me pareció que así era, nunca antes había visto tanta sencillez mezclada con tanta complejidad, a alguien que hubiese causado que mi corazón se detuviera sin siquiera dirigir una mirada en mi dirección. Diría que me enamoré en ese preciso instante, pero algunos, los que no creen en el amor a primera vista, no me creerían.

Al cabo de un instante que se me antojó eterno, mi madre, al notar mi ausencia, se volvió para mirarme y llamarme por mi nombre.

—Oz —y logró despertarme del ensimismamiento, pero también logró que en ese instante su atención se desviara de las cajas de cereales para dirigirse hacia mí.

Me impactaron los dos ojos más vivos, desinteresados, sinceros, valientes, pasionales, abiertos… abiertos en canal. Era como mirar directamente hacia su corazón. Consiguió que mi boca se secara y no pudiera evitar un parpadeo nervioso. Tenía los ojos de color ámbar. Y yo conocía esos ojos, era el hijo de la Sra. Winfield, quien dirigía el coro de la iglesia del pueblo y también quien me prohibió la entrada a dicha iglesia cuando se enteró de que era gay, se llamaba Lennox y se había quedado mirándome de igual forma que yo lo había estado mirando a él segundos antes.

Y, no sé por qué, pero mi madre siguió caminando dejándome atrás y yo no pude resistir la tentación de acercarme a él, como si él fuera la gravedad que tiraba de mí sin importarle la altura a la que me encontraba. Sin importarle que podía caer desde tan alto que todos mis huesos se romperían y mi corazón dejaría de latir. Aunque, mientras me acercaba, el único pensamiento que quedó en mi mente fue que dejaría de latir después de haber estallado. Y sería una buena muerte.

—Tienes un poco de… —le dije señalándome mi propio labio para referirme al suyo.

Lennox se sacó la piruleta de la boca para llevarse la otra mano a la cara y frotarse el labio con el pulgar. Admito que solo lo hice para verlo tocándose los labios, ya que no podía ser yo el que lo hiciera. Acto seguido me sonrió haciendo que se le formaran unas pequeñas arruguitas a los lados de los ojos y que toda su cara se iluminara con la sonrisa, era una de esas personas que al sonreír contagiaban la felicidad. Era una de las cosas que más me gustaban de él.

—Oz, ¿verdad? —su voz era profunda, casi ronca, a la vez que se asemejaba a una pluma pasando lentamente por tu piel, acariciándote. Me sorprendió que supiera mi apodo y que no me llamara Oswald como hacía su madre, pero supuse que habría oído a mi madre referirse a mí antes.

—Y Lennox —le dije yo en respuesta causando que su sonrisa creciera y que yo tuviera que imitarla.

Quedamos todos los días después de ese, nos sentábamos en la acera del callejón de detrás del supermercado y nos contábamos cosas tontas como que el profesor de matemáticas había tropezado en las escaleras a cuarta hora o que se acercaban las fiestas del pueblo. Él me hablaba de su familia y yo le hablaba de mi madre. Sus historias siempre acababan siendo más tristes que las mías, sus padres eran estrictos y, a mi parecer, incluso ridículos. Siempre que podían justificaban sus decisiones con la religión, como si se creyeran que eran los mismos apóstoles de Jesucristo. Pero era solo una excusa que poner para defender sus ideales y su forma de pensar. La religión jamás odió a nadie, excluyó a nadie, infravaloró, rechazó, hizo sentir mal o maltrató. Ellos fueron los que lo hicieron.

A causa de eso, cada día me sorprendía más que él siguiera apareciendo por la entrada de ese callejón, con su habitual sonrisa y la calidez de su mirada ámbar. Durante aquellos días pensé que no le tenía miedo a nada y que podría enfrentarse a quien fuera que se interpusiera en su camino para conseguir sus objetivos.

La primera vez que lo besé fue una semana después. Lennox me estaba hablando pero recuerdo que no pude aguantarme más tiempo, y él no opuso resistencia. Sus manos tomaron mi cara, mis manos se aferraron a sus hombros. Mis pensamientos se nublaron, demasiado abrumados por la nube de sentimientos que los eclipsaron. Lennox sabía principalmente a libertad. Después, también tenía matices de esperanza, ilusión e inocencia. Y a partir de ese beso, ya no podíamos dejar de volver a por más, como un adicto a por su dosis. Durante aquellos días que creía que durarían eternamente, Lennox me devolvió la inspiración para escribir, pero eso sí, solo quería escribir sobre él. La textura de su cabello entre mis manos, la firmeza de su cuerpo bajo el mío, la familiaridad de sus labios resbalando por mis labios, como si fuera lo que estaba destinado a pasar desde que nuestras almas empezaron a existir.

Nos convertimos en una sola persona durante semanas. Se podría decir que empecé a acostumbrarme, y acabé lamentándolo. Porque Lennox empezó a arrepentirse de mí tan rápido como anteriormente había empezado a enamorarse. Al principio parecía luchar contra ello, luchar contra la contradicción que vivía dentro de su cabeza, constantemente sacando pros y contras de lo nuestro. Había millones de pros, pero la lista de contras tenía el nombre de su familia.

Y aunque mi esperanza no se desinflara por muchos rayos de indecisión que traspasaran por sus ojos mientras me miraba desde el otro lado de la cama, sabía que el momento iba a llegar tarde o temprano. Y llegó temprano, porque no habría existido un tarde, si me lo hubiera dicho diez años después aún me habría parecido muy pronto.

—No puedo seguir con esto —el invierno se acercaba, las gotas de lluvia se abrazaban a la ventana de mi habitación, había algunas que se dejaban caer hacia el suelo después de un tiempo. Me pareció que Lennox hacía lo mismo que esas gotas suicidas. Que al principio fingen quedarse, pero después se dan cuenta de que poco a poco han ido resbalando y cuando quieren reaccionar ya no tienen a lo que agarrarse. — No puedo dejar que siga creciendo, porque entonces lo perderé todo, lo entiendes, ¿verdad? Entiendes que no puedo perderlo todo.

Yo ya lo había perdido todo. Había perdido mi imagen de él, junto con todas las expectativas, yo creía que era valiente, que luchaba por lo que merecía la pena y esto… esto era lo que más había merecido la pena en toda mi vida. Sabía que en la suya pasaba lo mismo. Pero iba a dejar que el autobús pasara de largo en medio del desierto, después de años sin beber una gota de agua, el primer autobús y el último en mucho tiempo, hasta que estuviera preparado. La decepción parecía trepar hacia arriba por mi estómago intentando llegar a mi corazón aunque estuviera dejándolo todo en carne viva por el camino.

Me aparecí en la puerta de la iglesia a la mañana siguiente, negándome a que esto acabara así. Lennox salió solo minutos después y me condujo al árbol gigante que había en la acera de enfrente, nos escondimos allí detrás, por si a su madre o a alguien más del pueblo le daba por salir y vernos. A mí no me importaba, pero Lennox parecía que era en todo lo que pensaba.

—¿Y si nos pillan? —repetía una y otra vez, en cuanto nuestros labios se calmaban y nos tocaba abrir los ojos para enfrentar al mundo.

—Déjalos intentarlo.

—¿Y si lo hacen? —insistió. Suspiré, lo miré y justo cuando me devolvió la mirada fue cuando lo supe. Podrían pillarnos, podrían intentar separarnos, decirnos que lo que hacíamos estaba mal, podrían querer que fuéramos distintos, rezar, juzgarnos… y aun así alguno de los dos encontraría el camino de vuelta al otro, estaba seguro.

—Si lo hacen, tendremos que irnos juntos.

—Irnos juntos… porque van a echarnos.

—Ojalá no fuera así, pero van a echarnos. Ellos creen que están por encima de nosotros, pero nosotros sabemos que sus creencias están muy por debajo de las nuestras. Tú y yo sabemos que amar es amar, y no importa si nos amamos entre nosotros o amamos a alguien del género opuesto, lo importante es que es el mejor sentimiento que he probado y nadie, nunca, podrá convencerme de que esto que siento es incorrecto. Y ojalá pudiéramos hacer que entiendan lo que sentimos, pero no lo hacen.

—Oz…

—No puedes alejarte —lo corté antes de que terminara la frase, porque sabía lo que venía.

—Es mi familia.

—¿Lo es?

Me miró, en sus ojos batallándose sus contradictorios sentimientos, como siempre, así que cerré los ojos para no tener que presenciar quién ganaba, porque sabía que sus sentimientos hacia mí tenían las de perder. Pero en cuanto mis ojos cayeron cerrados, sentí sus labios presionando los míos y sus manos posarse en mis mejillas. Y allí, eso, la mascarilla de oxígeno que me mantenía con vida como un soplo de aire que hacía que mis pulsaciones se dispararan con adrenalina.

Y aun así sabía que este beso iba a matarme. Y lo hizo.

Cuando se alejó, su mirada me gritaba ayuda y cuando siguió alejándose y me dio la espalda lo que más quería era ir tras él y pedirle que viniera conmigo, pero sabía que no sería suficiente.

Apreté los labios en un desesperado intento de retener su último beso pero ya se había evaporado, ahora todo lo que quedaba era vacío, promesas rotas y mi corazón que sangraba a la vez que latía de forma dispar como si su otra mitad se hubiese desprendido y hubiera caminado lejos para no volver.

La última vez que lo vi fue esa misma noche, minutos antes de dejar el pueblo. Cuando salieron las estrellas llamé suavemente a su ventana con la mochila colgando del hombro derecho y las llaves del coche colgando de la mano izquierda. Mi madre me esperaba sentada en el asiento del copiloto en la oscuridad y en silencio para no alertar de nuestra presencia a la Sra. Winfield. Lennox abrió la ventana y me ayudó a subir hasta su habitación. Se rascó la barbilla intentando que las lágrimas no escaparan de la prisión de sus pestañas mientras yo le contaba sobre el nuevo trabajo de mi madre y el nuevo instituto al que iría. Se lo dije con una sonrisa porque sobre todo no quería llevarme un último mal recuerdo, pero supe que iba a estar lejos de serlo cuando me percaté de su mirada ansiosa, desesperada, como si le acabaran de arrancar un trozo de sí mismo y estuviera dispuesto a recuperarlo a besos.

No sería porque no lo intentamos. Lo intentamos con ganas, con fuerza, con rabia, con lágrimas, con todo lo que nos quedaba. Pero fue inútil y los dos habíamos sido conscientes de ello desde el principio. Desde que lo vi por primera vez empujando el carrito.

La última vez que lo besé fue de nuevo desde fuera de su ventana. Fue el beso más suave que nunca me había dado Lennox, con él prometiéndome cosas que no entendía cómo era capaz de prometer viendo nuestra situación, que no entendía cómo sería capaz de cumplir pero en aquel momento no me importó que fuesen promesas vacías porque las necesitaba para así tener algo a lo que agarrarme y así ser capaz de alejarme, y luego nos miramos a los ojos por lo que parecieron horas y horas. En silencio. Con expresiones similares. Sabiendo lo que estaba por venir pero sin querer pronunciarlo en voz alta.

—Oz… —suspiró al final, sin tener ni idea de qué decir, así que le sonreí con la misma sonrisa que el primer día para que se le contagiara.

—No te preocupes, pase lo que pase, siempre viviremos en tu alma.

Y en los días que la suya no tuviera fuerzas, viviríamos en la mía, pensé.

26 de Marzo de 2018 a las 21:26 4 Reporte Insertar 9
Fin

Conoce al autor

Naibe Barrera ¡Hola! Mi nombre es Naibe y mis dos grandes pasiones son leer y escribir. Actualmente tengo cinco libros escritos (uno de ellos disponible en la plataforma de wattpad, los demás en proceso de reescritura o en busca de una editorial que les de amor) y estoy trabajando en un nuevo proyecto que tengo muchísimas ganas de enseñar al mundo, quizás lo haga aquí :) Podéis encontrarme también en instagram: http://instagram.com/naibelum

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SF Sandra Ferreiro
Me ha llegado al corazón, en serio, entre una narración tan bonita y una historia atrapante que se desarrolla sin interrupciones hasta el final, que parece que se desliza suavemente entre los sentimientos de Oz, me ha encantado. Besos!!
12 de Mayo de 2018 a las 05:34

  • Naibe Barrera Naibe Barrera
    Jo, gracias, de verdad, me emociono❤❤ 12 de Mayo de 2018 a las 06:00
Aitana Casanueva Aitana Casanueva
Me ha gustado mucho el relato, es realmente precioso.
1 de Abril de 2018 a las 11:49

  • Naibe Barrera Naibe Barrera
    Muchísimas gracias, me alegro un montón que te haya gustado ❤ 3 de Abril de 2018 a las 08:08
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