Atrapada en la noche Seguir historia

miguel Miguel da Unamenos

En la densa negrura, una mujer guerrera es severamente acosada por sus perseguidores, a los que decide hacer frente sin ninguna esperanza. Sin embargo, ninguno de ellos contempla los otros peligros que puedan albergar las tinieblas.


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Atrapada en la noche

Al abrigo de la noche, bajo un cielo repleto de rutilantes estrellas que parecían varadas en la inmensidad del firmamento, una silueta se deslizaba furtiva entre las sombras buscando pasar inadvertida. Se servía del resplandor de los astros para moverse entre la fronda con relativa seguridad evitando en lo posible las zonas donde el follaje gozaba de menos presencia. Trataba así de impedir que sus implacables perseguidores dieran con su paradero. Sin embargo, los estridentes ladridos de unos perros desvanecieron todas sus esperanzas de fuga, que venían siendo escasas desde el principio, como ella misma había intuido. El insoportable peso del desánimo amenazó entonces con oscurecer su coraje, más logró rehacerse con presteza asimilando que habían encontrado su rastro y que apenas disponía de tiempo. Después de todo, su verdadero propósito había sido el de atraerlos facilitando así la huida de otros, cuyo trascendental cometido podria exigir un sacrificio, el suyo. Seria un bajo coste si con ello lograba darles una valiosa ventaja.

Su instinto le instaba a que echase a correr atropelladamente o que probara suerte subiéndose a uno de los muchos árboles que, pese a la oscuridad, sabía debía haber a su alrededor, mas creyó que ambas opciones no le servirían más que para alargar un desolador desenlace que ya no podía eludir. Casi a tientas, la mujer, una joven de extraordinaria belleza, habiendo resuelto aguardar su destino donde mejor pudiese vender cara la piel, buscó y halló un lugar apropiado entre dos viejos olmos que crecían junto a una gran piedra que, al tacto, parecía tener el tamaño de un hombre y la anchura de tres. Estaba de suerte, al menos en eso. Aquella roca le serviría para cubrirse las espaldas, mientras que los árboles le guardarían los flancos. De ese modo, quien quisiera causarle daño habría de abordarla de frente, y ella podría mirarle a los ojos cuando llegase el momento.

Los ladridos se oyeron más de cerca, y las graves voces de unos hombres festejaban que la pieza estuviese próxima.

La mujer, tratando de asumir lo que se le venía encima, echó a un lado su negra capa y desenvainó una larga espada cuyo filo clavó en el suelo al tiempo que se arrodillaba. Angustiada, aferró con ambas manos el cuerpo de la misma y, temblorosa, con la frente apoyada en la cruceta, pidió febrilmente por su alma en una corta pero intensa oración. La luz de las antorchas fue abriéndose paso en la noche hasta que, al fin, el lugar quedó lo suficientemente iluminado, aunque de un modo muy tenue, como para que la muchacha, ataviada con una reluciente cota de mallas que le protegía el torso, el largo de los brazos, y que caía a la altura de sus rodillas, pudo discernir, no sin dificultad, dónde se encontraba. Los perros, de los que logró atisbar sus oscuras siluetas, irrumpieron con gran estrépito en lo que resultó ser un pequeño claro, en el lado opuesto al que ella ocupaba. Se acercaron amenazantes a su presa, mas ésta, lejos de dejarse llevar por el miedo, se puso en pie, empuñando un acero más afilado y devastador que los puntiagudos colmillos con los que pretendían desgarrarla.

La mujer llegó a contar hasta cinco canes, que se movían inquietos tratando de buscar un modo de flanquearla y embestirla desde varios sitios a la vez. Pero los árboles que tenía a los lados emergían de la tierra demasiado juntos de la enorme piedra que guardaba su retaguardia, impidiendo así cualquier aproximación por los flancos. Sólo la posibilidad de que aquellas fieras hallasen un modo de trepar por la gran roca y que, en consecuencia, pudiesen caerle encima, la angustiaba, mas después de ver cómo la rodeaban sin resultados le hizo comprender que no tendrían más alternativa que atacarla de frente si querían derribarla, cosa que tratarían de hacer en cualquier momento, no le cabía duda.

Los perros, agolpándose los cinco frente a ella por no haber encontrar otras vías, no cesaban de gruñir y ladrar, amenazantes. La cada vez más cercana presencia de sus amos, como hacían indicar las voces de éstos, parecía envalentonarlos, llevándolos a atosigar más de cerca a la mujer. Ésta, lejos de soltar estocadas sin ton ni son, se limitó a mantenerse en guardia haciendo gala de una extraordinaria disciplina. Nunca había pretendido causar daño a animal alguno, pero no se dejaría arrancar las entrañas por una jauría, entrenada desde su destete para dar muerte a toda cosa viviente que cayese en sus fauces, por así desearlo sus crueles amos.

De súbito, uno de los perros, probablemente el jefe de la manada, se abalanzó con inusitada rabia sobre ella. La muchacha sintió entonces cómo se le aceleraba el corazón. Había dedicado toda su vida a la oración y al combate. Contaba con una dilatada experiencia en ambas cosas pese a su juventud. Todo ello le sirvió para ver una oportunidad donde cualquier otro se habría sentido perdido. Se apartó levemente en el momento adecuado y, con una velocidad inusual, descargó un terrible golpe sobre la cabeza del furioso animal, que cayó a sus pies con gran estrépito. Tras él, iniciaron su asalto otros dos miembros de la manada, que rompieron a correr tan sólo un instante después de que lo hubiese hecho el primero. Al llegar impetuosamente al estrechamiento donde les aguardaba su objetivo, ambos se entorpecieron mutuamente, teniendo además que salvar el reciente obstáculo que suponía el cuerpo agonizante de su compañero abatido. Pese a todo, la mujer no tuvo tiempo de prepararse, y uno de aquellos perros logró hacer presa en uno de sus antebrazos, protegido hasta la misma muñeca por la larga manga de su cota de mallas. El otro había resbalado, pero se rehizo con brío y mordió furibundo la parte baja de la pierna derecha, donde encontró la tibia. Viéndose atrapada, la joven sintió cómo el miedo y el dolor la recorrían de un extremo a otro. El peso y la fuerza de sus asaltantes le hizo retroceder. Habría caído al suelo de no ser por la enorme roca que tenía a su espalda; sin ella, la pelea, aunque brutal, se habría desarrollado de un modo muy distinto. Resuelta a prevalecer, la mujer apretó los dientes y reunió todas las fuerzas de que disponía, concentrándolas  en el brazo que le quedaba libre, que  era el que sostenía la espada. En un difícil movimiento, que ejecutó con gran maestría, introdujo la punta del arma en el abdomen del perro que mordía su antebrazo, rajando un trecho de la carne hacia abajo y torciendo la hoja antes de extraerla, con intención de hacer que la herida fuese mortal. El animal aulló de dolor, soltando su presa al instante y alejándose de allí hasta que, un par de metros más allá, terminó por desplomarse con las entrañas asomando. Acto seguido, la indómita guerrera centró su atención en el que le dentellaba la pierna. Empuñó el arma con ambas manos, apuntando hacia la fiera, y la acompañó en un vertiginoso descenso que acabó con el can siendo traspasado por el frío acero, lo que hizo que el animal muriese en el acto. Los dos perros que restaban, que no habían parado de aullar y ladrar en todo ese tiempo, amagaron con atacar en varias ocasiones, mas dudaron en todas ellas. Aquella presa se había mostrado inalcanzable, y habrían huido de no ser por el fuerte vínculo que les unía a sus amos, basado en un sentimiento que poco tenía que ver con el amor. En ese momento hicieron acto de presencia dos hombres de aspecto inquietante. Uno de ellos portaba una antorcha, empuñando ambos hachas amenazantes. La escena con la que se encontraron no era precisamente la que esperaban ver, y un atisbo de incertidumbre asomó a sus incrédulos ojos. Pronto se les unieron otros, reaccionando de un modo similar.

—¡Esa zorra está matando a nuestros perros! —exclamó alguien, con una mezcla de sorpresa e indignación en la voz.

La mujer afianzó los pies en la tierra. Luego, trazó con la espada una raya en el suelo, ante sus pies, en un claro gesto desafiante que daba a entender que estaba dispuesta a morir matando.

Las llamas que prendían las teas se agitaron inquietas al son de una repentina brisa, haciendo que las alargadas sombras de los presentes adoptasen formas lúgubres que llamaban al espanto. En ocasiones, alguien hacia un gesto, y la espectral figura que brotaba de sus pies se deformaba de tal modo que no eran pocos quienes, de soslayo, miraban para comprobar  que no se trataba de nada fuera de lo común. Los dos hombres que llegaron primero, más afectados que el resto por ser quienes adiestraran a los cánidos, estaban más que decididos a dejarse ir sobre la mujer, a la que con gran placer harían pagar con creces su osadía de poner fin a una obra que les había llevado años. Ésta empezaba a sentir los  devastadores efectos causados por las poderosas fauces del animal que le mordiera la pierna, habiéndole hecho jirones el pantalón; sus colmillos habían profundizado en la carne, causándole un daño considerable. Por contra, el brazo izquierdo, que gozaba de la protección de la armadura, tan sólo estaba dolorido.

Un grito de odio incontenible estalló en la noche. Los cuidadores, alzando las hachas y adoptando sus rostros un gesto abominable, se lanzaron atropelladamente contra la mujer. Los perros, excitados por la reacción de éstos, ladraron airados y acompañaron a sus amos a la carrera. No obstante, la distancia a recorrer era demasiado corta, por lo que siempre fueron a la saga.

La joven vio acercarse a sus enemigos azuzados por una ira irracional. Sus bruscos movimientos le hicieron suponer que no eran experimentados luchadores, pero debía andarse con ojo. Detuvo sin dificultad un primer intento de golpearla, lleno de fuerza pero escaso en habilidad. Su espada segó a continuación el aire, encontrando a medio camino el cuello del individuo, del que brotó tal cantidad de sangre que acabó bañando el rostro de su asesina. El otro, no percatándose de lo que pasaba a su lado, descargó su hacha desde la derecha, logrando alcanzar a la guerrera en un costado. Ésta gritó de dolor, mas lejos de verse perdida desplazó rápidamente su brazo izquierdo, sujetando al tiempo la mano de su agresor antes de que éste pudiese volver a atacarla. Sin perder un instante, con la diestra, que seguía empuñando la espada, atravesó la garganta del infeliz, con tal fuerza que la hoja asomó por la nuca. El moribundo logró mantenerse en vilo un dramático momento, después, cayó hacia atrás con gran estrépito, desproveyendo a la mujer de su arma.

Todos, alrededor de una veintena, quedaron absortos, a excepción de los perros, que seguían ladrando y gruñendo. Esta vez sí, parecía que acabarían arrojándose sobre la guerrera  ahora que estaba desarmada. Sin embargo, algo les debió llegar a través del aire que les hizo desviar su atención e inquietarse sobremanera, lo que la joven, pese a la sorpresa, aprovechó para recuperar la espada, no sin dificultades, y volver a ponerse en guardia. Perdía sangre, y sabía que era cuestión de tiempo que las fuerzas la abandonasen.

—¿Sólo ella? ¿Dónde está el resto? ¿Y qué le pasa a los perros? ¿Por qué no atacan de una vez? —preguntó alguien con voz insegura.

—Parece que tienen miedo—respondió otro.

—¡Al diablo con los malditos chuchos! Echémonos sobre ella y venguemos a nuestros caídos. Se me ocurren mil cosas que hacerle antes de descuartizarla. Hay quien afirma que estas doncellas armadas son vírgenes. Será hermoso verla sufrir mientras la disfrutamos. Ya tendremos tiempo de buscar a quienes iban con ella. No deben andar lejos —dijo un tercero con  siniestro entusiasmo.

Fueron muchos los que recibieron de buen grado aquella propuesta, pues la mujer, aun herida y ataviada con ropajes de guerra, les resultaba sumamente bella.

Los hombres avanzaron despacio, estrechando el cerco sobre su objetivo, hasta que llegó un momento en que no tendrían más remedio que atacar, lo que suponía exponerse a recibir una estocada que podría significar la muerte. Nadie se atrevió pese a que resultaba evidente de que la joven empezaba a acusar el esfuerzo. Ésta no pasó por alto el extraño comportamiento de los perros, que correteaban nerviosamente en todas direcciones mientras ladraban angustiados. ¿A qué se debería tal cosa?, llegó a preguntarse extrañada. En uno de esos vaivenes, uno de los animales embistió accidentalmente a uno de aquellos sombríos bárbaros, haciéndole caer con brusquedad. Algunos, sintiéndose victoriosos, rieron despreocupados, mientras que otros se limitaron a gruñir. Sólo uno, puede que el más reflexivo, fijó la vista en los canes, que ahora retrocedían gimiendo lastimosamente sin perder de vista lo que fuera que hubiese a espaldas de los hombres. El individuo se volvió instintivamente, no logrando ver nada en un principio, mas acabó reparando en que la noche era más oscura si cabe en esa dirección que en el resto de los ángulos.

Aquella densa negrura parecía extenderse sobre las mismas sombras, asemejándolas entonces a las tinieblas que habitan las insondables profundidades de abismos terribles que sólo asoman en las más horribles pesadillas.

Los perros se volvieron de nuevo hacia uno y otro lado sin parar de ladrar angustiados, y tanto el hombre que se había girado como la mujer guerrera entendieron que lo que trataban de hacer los aterrados animales era huir con gran desesperación.

El sujeto, ayudándose de una antorcha, examinó con cautela la creciente opacidad tratando de hallar una respuesta a tan siniestro suceso, para asombro suyo, acertó a atisbar cómo la negrura seguía avanzando, tanto a los extremos como hacia él.

—¡Muchachos! —gritó alarmado—. ¡Muchachos!

Pero ninguno hizo caso de su llamada, estando como estaban centrados en la acorralada espadachin.

La voz del hombre calló súbitamente. Y los perros, tan alterados hasta ese momento, dejaron de sentirse. La extrañeza se adueñó de algunos, apenas más sensibles que el resto, mas a nadie escapó el horror que asomó a los ojos de la mujer que atosigaban, cuyo rostro era presa de un estupor de cuya veracidad nadie dudó. Muchos llegaron a sentir un gran sobrecogimiento, y todos, sin excepción, se volvieron a mirar, siendo incapaces de encontrar otra cosa que no fuese  una densa oscuridad.

La joven no daba crédito a lo que acababa de presenciar; diríase que aquel desgraciado había sido tragado por la misma noche. Un manto de impenetrable negrura cubría ahora el lugar que éste ocupase. Tampoco quedó ni rastro de la tea que portaba, cuya llama murió ahogada por la profunda inmensidad de lo oscuro. ¿Y los perros? ¿Qué habría sido de ellos?

De repente, unas voces sibilantes se alzaron desde el silencio. Provenían de todas partes y susurraban palabras extrañas que nadie pudo comprender. Los hombres, aterrados, se apretaron en torno a la mujer, a la que daban la espalda, olvidándola, expectantes a lo que pudiera acontecerles desde las profundas sombras que los acechaban. En otras circunstancias, ésta bien podría haber matado a tantos como pudiera, pero aquello de lo que había sido testigo superaba de largo cualquier cosa para la que fuese instruida, y no pudo más que observar impotente cuanto sucedía ante ella.

Uno a uno, la oscuridad fue tragándoselos a todos, apagando las antorchas y ahogando a su paso los gritos de pavor que proferían sus víctimas.

La mujer, tal como hiciera al oír los ladridos de los perros por primera vez, volvió a arrodillarse. Angustiada, apoyó la punta de su espada en el suelo y pegó la frente a la cruceta. Entonces empezó a orar con voz trémula. Entre los cadáveres yacentes a sus pies pudo ver la antorcha que acarreaba uno de los hombres a los que diera muerte. Aunque hubiese querido cerrar los ojos, no pudo evitar posarlos en el pequeño fuego que prendía en la madera. Suplicó a los dioses que éste no se apagase. La noche, aquella siniestra noche inmisericorde, lo seguía devorando todo a su alrededor.

—¡Reza por mi alma! —le suplicó desolado el último de los hombres antes de desvanecerse entre enloquecedores alaridos de pavor.

Estaba sola.

Los tenebrosos susurros se acrecentaron, quizás conspirando contra ella. Aterrada como nunca antes lo había estado, la joven rezó febrilmente, repitiendo incesantemente la misma oración con voz queda a la vez que agitada. Su sensación de desamparo se tornó insoportable. Los temblores recorrían su cuerpo, atenazado. Apenas sentía ya el dolor de sus heridas, tal era su espanto.

De pronto, los susurros callaron y tuvo la horrible sensación de ser observada desde todas partes por ojos maliciosos. El filo de la espada resplandeció por efecto del fuego. Contemplarla le hizo pensar que, quizás, los dioses a quienes rezaba le enviaban de ese modo su bendición. Fuese o no así, aferró la empuñadura con ambas manos y buscó en su interior las fuerzas necesarias para quebrar el miedo y ponerse en pie una última vez. Sin embargo, su voluntad se resistía a responderle. Al fin, movida por un brío nacido de la desesperación más absoluta, comenzó a proferir gritos de guerra, demasiado tímidos al principio, pero que fueron ganando en rabia y contundencia, lo que, pese al desasosiego, renovó su ánimo, que acabó retornando a ella del mismo modo que un volcán escupe las llamas que alberga en su interior.

Sin dejar de dar alaridos, brotando lágrimas de sus ojos, pues se sabía perdida, la mujer guerrera logró ponerse en pie y lanzó firmes estocadas a diestro y siniestro, no encontrando más que vacío y aquella terrible opacidad que lo iba envolviendo todo de un modo inexorable.

Súbitamente, la luz se extinguió. Los gritos cesaron.

22 de Marzo de 2018 a las 21:40 4 Reporte Insertar 4
Fin

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Miguel da Unamenos Soy siervo de mi incomprendida entendedera, de la que emerge todo lo malo y lo bueno que habita en mis fantasías y que siempre pugnan, sin éxito, por imponerse el uno al otro. No todo lo que pienso queda escrito, y puede que tampoco piense todo lo que escriba.

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Flavia M. Flavia M.
Me gustó mucho. Escribes muy bien
20 de Agosto de 2018 a las 12:55

  • Miguel da Unamenos Miguel da Unamenos
    Gracias por tu comentario. Llevo unos meses en los que apenas escribo por circunstancias personales. Una vez quede atrás este penoso periodo que atravieso, espero volver y continuar haciendo lo que más me gusta, que es escribir. Un saludo. 25 de Agosto de 2018 a las 01:59
  • Flavia M. Flavia M.
    ¡oh! entiendo, también tuve unos años difíciles y me costó mucho escribir, recién ahora estoy volviendo a conectarme con eso. Lo mejor es tomarse el tiempo necesario y naturalmente se van a ir dando cosas mejores. Un saludo para ti también. 25 de Agosto de 2018 a las 17:34
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