La reina de las ninfas Seguir historia

oliviaortiz Olivia Ortiz

Giordana Bacchelli es una joven que ha tenido que pasar por muchas carencias debido a la enfermedad de su madre. Tras tener la mujer una caída reiteradamente, Giordana se ve obligada a conseguir un nuevo trabajo con mayor sueldo. Sus pasos pronto la guían hacia Nicole Dubois, una mujer enigmática de alta sociedad. La cual le mostrará a Giordana los más sombríos deseos del ser humano, en una mansión donde no existen límites para los placeres de la vida.



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#romance #adulto #drama #gore
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PRIMERA PARTE: La pérdida de la inocencia

1

Las delicadas manos de aquella joven, recorrían la mesa vacía de un restaurante conocido por muchos aunque nada lujoso, en la ciudad de Génova, Italia.

Su coleta se meneaba al momento que deslizaba el pañuelo azul sobre toda la superficie de madera.

— ¡Giordana! ¡Tienes una llamada! —se escuchó un grito proveniente de la cocina.

La chica suspiró, se llevó el pañuelo hacia el bolsillo de aquel delantal que llevaba sujeto a la cintura, entonces se dio vuelta para caminar.

—Sabes que las llamadas no son permitidas aquí —reprendió un hombre gordo mucho más alto que ella.

El hombre se limpió la frente con el dorso de la mano dejando ver el transpirar de su camisa a cuadros, lo cual claramente denotaba sus axilas sudorosas. Giordana pasó saliva asqueada.

— ¿Sí? —preguntó la chica aferrándose al teléfono nerviosa.

—Señorita Bacchelli, su madre se encuentra en el hospital. Ha tenido una crisis —informó la delgada voz de una mujer.

—Iré enseguida —dijo sin más.

Giordana terminó la llamada y dejó el teléfono en la base que se encontraba adherida a la pared. Volteó en dirección al hombre gordo y sudoroso, entonces habló.

—Necesito un permiso.

— ¿Para salir? No lo creo —negó el sujeto—. Siempre dejas el trabajo y te marchas, no es la primera vez.

—Mi madre está enferma, necesito ir a verla.

—No me importa. Si tú atraviesas la puerta de este lugar te descontaré el día.

—Pero… —se detuvo con la intención de protestar—. Señor, he estado aquí todo el día.

—No me importa en lo más mínimo, tú te vas y no cobrarás el día.

Giordana relamió sus labios y movió las manos desesperada, entonces prosiguió:

—Prometo que mañana devolveré el turno. Por favor mi madre se ha puesto mal.

—Bien, aunque tú sabes… —comenzó, se acercó lentamente hacia la chica y sujetó su mano—. Esto no pasaría si tú aceptarás mi propuesta.

La voz del hombre dejó de escucharse ruda y comenzó por suavizarse en un tono bastante insinuante. Giordana dio un paso atrás, pero su mano la contuvo él.

—No gracias, sólo quiero ir a ver a mi madre.

—Yo puedo llevarte, puedo hacerme cargo de tus necesidades y de tu madre.

—No señor, sólo necesito el permiso de hoy —insistió.

—Giordana, no me gusta tener que rogarte. No te hagas la inocente conmigo, las mujeres como tú saben bien lo que quieren, y yo puedo dártelo.

La chica enfadada frunció el ceño y retiró su mano a mala gana.

—No quiero que vuelva a tocarme nunca más —amenazó.

— ¿Me harás algo? —cuestionó arrinconando a la chica contra la pared—. Eres una jodida muerta de hambre, nadie podría creerte nunca nada.

Los labios de la chica se presionaron con fuerza, mientras sus puños se apretaban emblanqueciendo sus nudillos.

—Señor Tiziano, le busca el chico de los vinos. Necesita de su autorización para dejarlos —interrumpió un joven de cabello cobrizo y ensortijado.

—Merda —dijo entre dientes el sujeto, después susurró a Giordana: —. Está bien, ve a ver tu asquerosa madre, hablaremos mañana.

Tiziano avanzó hacia el joven que tenía enfrente, y con desprecio soltó:

—No te metas donde no te llaman maledetto finocchio.

Tiziano pasó junto al chico no sin antes empujarlo, éste se tambaleó un poco sin caer, Giordana dejó escapar un sopló de alivio al verlo marcharse.

— ¿Qué te ha dicho el cerdo ese? —inquirió el muchacho.

—Lo de siempre.

— ¿Estás bien?

—Sí, gracias Gino —dijo intentando sonreír.

—Maldito cerdo, deberían matarlo y ponerle los cojones en la boca —expresó con desprecio.

—Como sea, debo irme. Mi madre está en el hospital —comentó la joven retirándose el delantal.

—Espero todo esté bien.

—Yo igual —dijo antes de salir del restaurante.

Gino le vio alejarse deprisa, Giordana corrió saliendo del lugar.

Los pies de la chica no se detuvieron hasta llegar a la parada de autobuses, la cual no se encontraba muy lejos del restaurante donde trabajaba como mesera.

—Eh ragazza! ¡Qué buen culo tienes! —gritó con morbo un hombre que limpiaba los cristales de un edificio a pocos metros de allí.

Giordana ignoró tal comentario y continuó esperando el autobús.

— ¡¿A caso no escuchas?! —nuevamente gritó el sujeto.

— ¡Ve a verle el culo a tu madre! —emitió la chica minutos antes de abordar el autobús.

El hombre carcajeó ante tal comentario, mas se contuvo de responder. Giordana para ese momento ya había ocupado el primer asiento vacío del transporte.

Tras llegar al hospital, Giordana Bacchelli bajó del autobús para después atravesar los jardines del lugar hasta llegar a la entrada del gran edificio. Caminó a paso apresurado por los blancos pasillos, se aproximó a recepción y averiguó sin demora alguna:

—Irina Bacchelli, la han traído esta mañana.

—Claro, el doctor Tesio está con ella, en unos minutos sale para hablar con usted —indicó la joven de recepción.

Giordana sin preguntar más se dirigió hacia la sala de espera, tomó asiento en uno de los sillones de piel que con el acondicionar de aire se sentían fríos al tacto.

Paseó la mirada por el lugar, entonces cogió uno de los periódicos que se hallaban en la mesa de centro. Sus dedos recorrieron página por página, saltando secciones que para ella no tenían importancia; parecía estar simplemente calmando sus nervios sin leer absolutamente nada.

Sus pies golpeteaban por ratos el suelo, pues con ello conseguía tranquilizarse un poco. Continuó pasando las hojas del periódico hasta llegar a una donde se narraba un suceso recién ocurrido, Giordana se detuvo y comenzó a leer sin mucho interés:

26 de mayo del 2008

Una joven trastornada asesina a sus padres con un hacha en la comunidad de Springfield, Illinois en USA.

El caso ha despertado expectación, pues sus abogados alegan esquizofrenia, por lo cual esto podría desencadenar una decisión por parte del jurado que exoneraría de este crimen a la joven. La familia Toussaint según investigaciones, eran una familia católica perteneciente a la clase aristócrata…

—Señorita Bacchelli —nombró un hombre vestido impecablemente de blanco.

Posiblemente su edad circulaba entre unos cuarenta y cinco años, quizá más o quizá menos.

Giordana desvió la mirada, dobló el periódico y lo regresó a su sitio. Se levantó del sillón y avanzó hacia él.

—Doctor… —habló la chica.

—Soy el doctor Tesio —señaló con una sonrisa amable.

— ¿Cómo está mi madre? —se apresuró a decir.

—Venga conmigo, necesito hablar con usted —indicó.

La chica caminó tras el médico, ambos se dirigieron hacia un pequeño cubículo donde podía apreciarse, un escritorio de madera con papeles encima y un computador portátil de lado. En un rincón una cafetera con una taza de junto, y tres sillas de estar.

—Tome asiento por favor —indicó el hombre.

Giordana se acomodó frente a él, cruzó las piernas y se inclinó un poco sin perder noción de lo que estaba a punto de escuchar. Se llevó unos dedos a la boca, y comenzó a morderse las uñas lentamente.

Tesio la recorrió con la mirada discretamente, las hermosas piernas de la joven podían mirarse en plenitud, pues estaban descubiertas por aquella falda negra que utilizaba como mesera en aquel restaurante de mala muerte.

—Bien… —se detuvo el hombre pasando saliva, puesto que su boca había quedado un poco seca.

Giordana levantó el rostro incomoda ante la situación, ya estaba acostumbrada a que los hombres siempre la mirasen de esa forma cuando solía caminar por las calles de Génova, o incluso al abordar autobuses. Sin embargo nunca resultaba agradable que fuese así.

Su rostro era hermoso, estaba enmarcado por unos grandes y brillantes ojos color caramelo, su cabellera castaña casi siempre caía suelta dejando ver unas ligeras ondulaciones (mas en ese momento llevaba una coleta). Su nariz era respingada, mientras sus pómulos resultaban finos, y eso acentuaba más su rostro inocente que la hacía lucir mucho más joven de lo que realmente era.

Sus turgentes pechos se notaban en aquella “V” que se formaba de la blusa a botones que llevaba puesta.

El galeno aclaró su voz, tomó postura y continuó:

—Eh… lo que yo le voy a decir no es muy alentador, la salud de su madre se ha ido deteriorando. Creo que debe considerar su ingreso a un hospital lo más pronto posible, entiendo que su posición económica no es muy buena, yo podría recomendarle incluso algún hospital de bajo costo. Pero es importante que ella esté internada ya.

— ¿Serviría de algo? ¿Se curará? —indagó con temor a la respuesta.

—Lamento tener que decirle que no. Esta es una enfermedad muy agresiva, pero al menos podrá vivir el tiempo que le quede de una manera menos dolorosa.

—Le agradezco la sinceridad. ¿Hoy podré llevarla a casa?

—Sí —asintió—. Le daré unos medicamentos que deberá aplicarle en caso de entrar en crisis. También voy a otorgarle el nombre de un amigo que tengo en un hospital donde podrán atenderla, tendrán consideración con los precios.

—Gracias doctor —pausó con cortesía y después humedeció sus labios—. En realidad no sé qué medicamentos sean o que costo tengan. Hemos pasado por una época muy difícil, pero haré lo posible para que ella esté bien.

—Los medicamentos yo se los otorgaré, no se preocupe. No tendrán costo —.Sonrió.

—Gracias… —dijo con la voz entrecortada.

—Escuche, debe mantener la calma. Es necesario que esté tranquila para poder cuidar de la señora.

—Lo sé —continuó conteniendo el llanto.

Tesio tomó la mano de la joven de manera confortante, mas no pudo evitar recorrer una vez más la figura de ésta.

En su interior pensaba lo incorrecto que era mirar a aquella chica de tal forma, incluso estaba avergonzado de sí mismo. Retiró su mano de la muchacha y se levantó para después extenderle una receta que había prescrito.

—Puede dirigirse a la farmacia, le entregarán los medicamentos —indicó.

Giordana cogió el papel y después se dio vuelta para salir del consultorio, limpió sus ojos antes de que comenzaran a lagrimarle y abandonó el sitio.

Tesio miró la perfección alejarse de su puerta, aquel exuberante trasero lo había hecho enloquecer.

2

Giordana sujetó con fuerza la rugosa mano de aquella mujer postrada sobre la vieja cama del departamento, poco después entregó un vaso con agua a ésta.

—Madre, tienes que ir a un hospital. Nuestra situación es demasiado difícil, mi salario es una maldita miseria. Debo conseguir otro trabajo.

—Mi pequeña Giordi… —habló cansada la mujer—. Yo sé que todo esto es muy difícil para ti, eres un ángel. Has sacrificado tus estudios por mí, pero… temo tanto por ti.

— ¿Por qué madre? —inquirió con desconfianza.

—No sé si tu belleza sea una bendición o una maldición. Tienes que tener mucho cuidado, allá afuera habrán muchos lobos tratando de aprovecharse de ti, mi pequeña.

La frente de Giordana se plegó, suspiró profundamente y siguió:

—Lo sé madre, desgraciadamente los hombres con quienes he trabajo sólo quieren llevarme a la cama. Pero te prometo que se cuidarme, buscaré algo que sea digno.

—Lo sé Giordi —dijo sonriendo sin fuerzas—. Sólo ten cuidado, le pido a Dios que te cuide.

—Todo estará bien madre, no pasará nada. Descuida —aseguró.

—Te amo mi niña.

—Yo también —continuó y se levantó de la cama—. Voy a revisar unas cosas antes de dormir, trata de descansar. Cualquier cosa que necesites me dices.

—Sí, descansa.

Giordana se inclinó a depositar un beso en la frente de su madre, aquella delgada cadenilla que colgaba de su cuello dejó ver el dije del Arcángel San Miguel. La mujer enferma sonrió ante ello; pues claramente recordaba que desde que su padre se lo había dado, Giordana jamás se lo había quitado.

Giordana abandonó la habitación de su madre, cerró la puerta y caminó hacia el único sillón que tenían en la sala, que se compartía al mismo tiempo con el pequeño comedor.

Eran únicamente dos cuartos contando el baño, todo tan pequeño que apenas y daba espacio a su viejo refrigerador que no media más de un metro de altura. Los departamentos estaban tan apretados unos a otros, que fácilmente Giordana podía escuchar a sus vecinos teniendo sexo por las noches; cosa que a veces no la dejaba dormir.

Giordana salió al pequeño balcón que daba vista a toda la ciudad, estando en el cuarto piso no podía quejarse de ello; algo bueno tenía que existir entre tanta miseria.

Se apoyó en el barandal mientras la brisa golpeaba su rostro, la luna parecía estar escondiéndose aquella noche; mientras el cielo desvelaba estrellas por doquier.

— ¿Cómo está tu madre? —escuchó la chica desde el balcón de junto.

—Mejor, fue una crisis —explicó a su amigo de la infancia, vecino y compañero de trabajo, Gino.

—Después de que te marchaste, Tiziano entró en histeria y nos hizo lavar baños a todos.

—Lo lamento —disculpó apenada.

Gino sacudió el cigarrillo que tenía entre los dedos, y se movió de hombros sin darle importancia.

—No te preocupes, ese bastardo es un maldito hijo de puta. Dice que soy homosexual—dijo llevándose el cigarrillo a la boca,

— ¿Y no lo eres? —bromeó arqueando la ceja.

—Sí, pero no me gusta que él lo diga —.Echó a reír.

—Entiendo… —pausó dejando detrás las risas—. Gino, tengo que conseguirme otro trabajo.

— ¿Pasa algo? Es decir, sé que nos pagan una miseria, sufrimos de acoso. Pero fuera de eso… no creo que necesites más para renunciar —soltó y una vez más se rió.

—Mi madre no se encuentra bien de salud, el doctor me ha dicho que debo ingresarla a un hospital cuando antes. No tengo dinero, lo que ganó con Tiziano no me servirá ni para pagar el taxi de ida.

— ¿Qué harás? —.El humo se desprendió de su boca al momento de hablar.

—Buscar algo diferente, sé idiomas. Eso puede ayudar.

—Lo sé, pero no entiendo porque no habías buscado algo así antes.

—Porque todos los trabajos que he tenido siempre terminan volviéndose una mierda, los hombres son unos cerdos —espetó.

—Yo soy hombre y no soy un cerdo.

—La otra clase hombres —bromeó.

—Te entiendo, pero tranquila Giordi, ya encontrarás algo bueno. Eres inteligente, guapa, algo debe aparecer que no se convierta en una mierda.

—Eso espero —dejó salir sin mucha esperanza.

Gino la miró y después se volteó a ver la ciudad, los destellos de los edificios eran tan tenues que apenas conseguían molestar a alguien. Giordana levantó la cabeza hacia el cielo, y lo único que pudo recordar fue a su padre.

—Tengo que admitir que lo único bueno de este asqueroso edificio es la vista —habló Gino.

—Tienes toda la razón. Génova se ve tan grande que me hace pensar que algo debe existir para mí allá afuera.

Giordana entró nuevamente al departamento, cerró la puerta corrediza que llevaba al balcón, y se sentó en el sillón para mirar el periódico de junto. La sección de empleos era eterna, pero los trabajos poco prometedores.

Los ojos de Giordana se detuvieron al mirar aquel anuncio en particular, uno donde podía leerse: «SOLICITO DAMA DE COMPAÑÍA. Que tenga buena presencia, que hable inglés, francés e italiano. Excelente salario y comisiones por acompañar a señora de sociedad. Teléfono 010 23911».

Giordana echó un vistazo al reloj que colgada de la pared, eran las ocho en punto de la noche; se aproximó al teléfono y marcó los números recién vistos.

Por unos segundos se escuchó el timbre en el auricular, poco después una voz gruesa masculina del otro lado de la línea.

—Residencia Dubois.

—Sí…sí… —tartajeó un poco—. Hablo por un anuncio que he leído en el periódico

— ¿A qué anuncio se refiere?

—Donde solicitan dama de compañía.

— ¡Ah! —exclamó—. Que bien. ¿Es para usted?

—Sí, eso espero.

— ¿Habla inglés, francés e italiano? —indagó.

—Sí, soy estudiante universitaria.

— ¿Qué tal es su físico? Niña.

—Espero que bien, señor.

—Bien, no soy yo quien le contratará. ¿Cuándo puede presentarse? —siguió hablando en tono altivo.

—En el momento que usted me indique.

—Permítame un minuto —indicó.

El acento francés de una mujer que parecía agradable, se escuchó a lo lejos de la bocina.

— ¿Quién es? Fabrizio —preguntó.

—Es por el anuncio Madame —informó.

—Bien, ahora estoy cansada. Cítalas para mañana a las diez de la mañana.

—Sí señora, se lo haré saber.

—Gracias Fabrizio, que descanses.

La voz del hombre pronto regresó al auricular, Giordana estaba nerviosa aún sin verlo de frente.

— ¿Cuál es su nombre? —continuó la interrogativa.

—Giordana, señor.

— ¿Tiene apellido?

—Bacchelli.

— ¿Y qué edad tiene?

—Veintiún años, señor —.Humedeció sus labios.

—Bien, veremos qué tal sirve para este puesto. Le daré la dirección para que acuda mañana a la diez, ni un minuto más tarde, si no llega a las diez olvídelo —advirtió.

—Allí estaré puntual —afirmó.

La joven cogió un papel y un bolígrafo, el hombre no demoró en dictar una dirección que a su vez ella escribió.

Cuando terminó la llamada, el rostro de Giordana se iluminó con una sonrisa de esperanza, se quedó de pie unos segundos antes de dirigirse a dormir.

La chica se despojó de sus ropas, las dejó caer a un lado del sillón, dejando ver su desnudo cuerpo que asemejaba a una venus. Su piel tersa y apenas bronceada habría hecho rabiar a la mismísima afrodita ante tal belleza, Giordana se cubrió con un largo camisón; y sin más se quedó dormida en el sofá, escuchando la lejanía de los ruidos de la ciudad.

3

Los ojos de Giordana se encontraban clavados hacia la ventana de ese autobús que había tomado aquella mañana; entre sus manos llevaba un trozo de papel, donde había anotado la noche anterior la dirección otorgada por aquel hombre, para convertirse en dama de compañía.

El transporte se encontraba cerca de una zona residencial exclusiva, por lo que tras mirar el reloj de manecillas que llevaba en su delgada mano; pudo percatarse de la hora: «9:10 a.m.».

Sin más espera, Giordana se levantó del asiento y se dirigió rápidamente hacia un pequeño timbre rojo, que se encontraba justo a un lado de la puerta trasera del autobús. Con la palma de la mano derecha presionó ocasionando un tintineó lo suficientemente audible para el chofer. El autobús se detuvo sin más, y Giordana bajó de inmediato.

Tras ella un hombre descendió las escaleras, deslizando una de sus manos que rozó el trasero de la joven. Éste quiso hacerlo parecer accidental, mas Giordana claramente lo había tomado como una falta de respeto.

La chica giró sobre sí para mirar al sujeto, se llevó una mano hacia el final de su vestido para pegarlo más hacia su cuerpo, entonces habló.

— ¿Por qué no intentas tocar el trasero a tu madre?

El hombre la miró de reojo y sonrió con orgullo.

—Lo siento, señorita —respondió con clara hipocresía.

Giordana sin perder tiempo con él, resopló y continuó su camino por las calles de la residencia.

De una pequeña cartera que llevaba consigo, extrajo nuevamente el papelillo donde se encontraba la dirección, echó un vistazo y siguió caminando; mientras a distancia leía las direcciones que se encontraban clavadas en las entradas de aquellas lujosas casas.

Cada una de las casonas se levantaba por encima de todo, eran gigantescas y sumamente hermosas. Ostentosas posiblemente hubiese sido una palabra clave para describirlas.

Los enrejados que rodeaban cada residencia eran altísimos, los céspedes eran tan verdes que brillaban ante la presencia del sol. Los jardines claramente mostraban esplendor y riqueza.

Giordana se veía sumamente pequeña entre aquellas amplias casas, su andar era lento mientras en su rostro la sorpresa se marcaba inevitablemente. Se sentía tan insignificante allí, como una hormiga en medio de la ciudad.

Sus pies se detuvieron ante la presencia de una mansión lo bastante sublime como para considerarse la mejor de las casas en toda Génova.

La boca de la joven quedó entreabierta sin poder creerlo, miró nuevamente la dirección y pudo notar que no había duda que ahí era.

El color rosa pastel, se encontraba llenado cada rincón de las paredes externas de la casa (eso la hacía parecer un castillo de cuento). La alta reja que se levantaba muy por encima de la misma casa, tenía un claro color dorado que la hacía lucir como si estuviese hecha de oro.

Giordana guardó el papel dentro de su pequeña bolsa, pasó saliva nerviosa, se secó las manos con su vestido; y después tocó el interfono que se encontraba fuera de la casa.

— ¿Sí? ¿Quién es? —se escuchó la voz de un hombre (el mismo con el que Giordana había hablado por teléfono)

—Ho… hola… —tartamudeó, se detuvo y raspó su garganta para poder seguir—. Soy Giordana Bacchelli, ayer en la noche hablé por el trabajo. He venido por ello.

—Un momento —dijo el hombre del otro lado de la línea.

La chica respiró profundamente, luego la enorme reja se abrió par a par. Un hombre se aproximó a ella desde lejos. El jardín parecía incluso de mayor tamaño que la casona.

Aquel sujeto se distinguía por ser corpulento y de una estatura lo bastante impresionante (uno noventa y cinco tal vez, quizá llegaba a los dos metros), a Giordana le pareció un gigante.

La joven sintió temor, pero el hombre simplemente se acercó y le saludó con amabilidad.

—Bienvenida señorita. Madame Dubois le espera —indicó.

Giordana continuó mirando al hombre sin poder lograr el habla. Él era tan grande que conseguía asustarla en verdad. Tenía alrededor de cuarenta años; y aunque era atractivo y vestía de traje, sus facciones podían notarse duras, como si en algún momento de su vida hubiese sido boxeador. Sus labios eran gruesos y su nariz achatada. Pero sus manos, eso era lo que más temor daba a Giordana, unas enormes y ásperas manos.

— ¿Señorita? —interrogó elevando las cejas el sujeto.

— ¿Sí? —se escuchó su débil voz.

—Sígame por favor —señaló.

La joven con la cabeza apuntando hacia abajo, le siguió el paso sin demora alguna.

Al llegar a la puerta de madera, el hombre sin tocar siquiera, abrió de un empujón. Giordana no podía evitar sentirse cohibida ante la presencia del sujeto, y ante la ostentosidad del sitio.

Los ojos de la muchacha vislumbraron toda la elegancia de la sala. Muebles finos de madera que probablemente sería caoba o cedro. Espejos de gran tamaño, y lámparas hechas de cristal cortado colgaban en aquel cielo raso.

El suelo estaba cubierto por un alfombrado de color vino; las paredes formadas a madera tallada. El recinto rezumaba elegancia por todos lados, incluso a tal punto de compararse con un castillo.

Dos hermosas jóvenes se hallaban sentadas sobre un sillón de tipo romano. Ambas conversaban algo que para Giordana era poco entendible.

El hombre que le había dirigido se hizo escuchar una vez más.

—Tome asiento por favor —pausó señalando un lugar junto a las demás—. La señora les atenderá en unos momentos.

Una grácil sonrisa se dibujó en el rostro de Giordana, quien a gritos parecía pedirle a aquel hombre que no le dejará sola con ambas chicas.

—Hola… —saludó una joven rubia, quien lo único que hacía era mirar a Giordana de arriba abajo.

—Hola —respondió nerviosa.

— ¿Has venido por el trabajo? —cuestionó, como si su tono se asemejara a una sutil burla.

—Así es —acortó desviando la mirada.

—Nosotras también —respondió la otra muchacha de cabello negro (parecía ser más amable).

—Veamos quien lo obtiene, ¿no? —soltó la rubia altivamente.

Giordana la apreció por un instante, para sus adentros pensó que no tendría oportunidad alguna ante ellas. Estaban mejor vestidas, y maquilladas por un salón de belleza que seguramente habían visitado previo a la entrevista.

La rubia era bellísima, Giordana había pensado en aquellas modelos utilizadas para los anuncios de Dior. La otra no era menos guapa, simplemente parecía menos engreída y mucho más sociable; su sonrisa era hermosa, como si representara alguna marca de pasta para dientes.

Giordana endureció la mandíbula y miró cautamente su vestido, era blanco y llevaba con ella muchos años (años que claramente se veían reflejados en la tela). El suéter color celeste que cubría sus estrechos brazos se notaba algo desgastado. Sus zapatos eran sencillos, los mismos que utilizaba como mesera (pues le eran cómodos).

La chica suspiró y se encogió de hombros. Pronto una de las puertas se abrió para dar paso a una mujer, que sin más tomó la atención ante las tres jovenzuelas.

Era una dama que llevaba unos cuarenta años encima, madura y con un atractivo innegable. Media alrededor de 1.70, puesto que era ligeramente más baja que Giordana, quien con sus 1.73 dejaba siempre a la vista su estilizada figura. El cabello de la mujer prendía como el fuego, sus ojos lapislázuli devoraban todo a su paso; su tez era tan blanca que podía compararse a la limpia nieve de su jardín en épocas de invierno. Se veía que ella vivía única y exclusivamente para cuidar de su belleza.

Sus labios estaban perfectamente pintados de un color rojo intenso, sus mejillas ruborizadas acentuando sus finos pómulos, sus ojos se oscurecían por su maquillaje (pero eso hacía su mirada seductora y radiante).

Un vestido de seda caía a lo largo de su esbelto cuerpo. Giordana había pensado en que todas las joyas que la mujer llevaba consigo, servirían para conseguir una nueva casa y pagarle el hospital a su madre, incluso para vivir tranquilamente un largo tiempo.

—Niñas, me da gusto que hayan venido —se hizo presente la delicada y quizás estudiada voz de aquella encantadora mujer—. Las entrevistaré a todas, decidiré quien se quedará después de ello.

La dama se dio vuelta, acto seguido hizo un mando hacia el hombre que había llevado a Giordana a ese lugar.

—Fabrizio —llamó—. Ofréceles algo de beber, deja pasar una por una, por favor.

El enorme hombre, con su 1.98 de estatura, se comportaba ante la mujer, como un cachorrito dócil y servicial; dio un paso adelante mientras la mujer regresaba a una de las habitaciones.

—Bien señoritas, la primera en llegar ha sido… ¿Giovannetti? —continuó mientras se refería a la rubia.

—Sí —dijo levantándose.

—Adelante.

La muchacha a paso elegante y con la frente en alto, caminó a la habitación en la cual minutos antes la dama Dubois había ingresado.

—Seguramente la contratarán… —susurró Giordana.

La chica de cabello negro simplemente ignoró lo dicho.

Fabrizio no demoró más de diez minutos en regresar con un azafate y dos vasos encima, junto a una jarra con jugo de naranja fresco. Enseguida llevó los vasos frente a las chicas, y acto seguido vertió la bebida dentro de cada uno.

No bien Giordana acababa de dar un pequeño sorbo al jugo, cuando la rubia salió de la habitación y caminó rumbo a ellas.

—No sé porque siguen esperando. Creo que el puesto ya está dando —.Sonrió con soberbia.

Fabrizio la observó con desaprobación, mas se ahorró los comentarios y simplemente la acompañó hasta la salida. Por otra parte la morena se levantó y entró a la habitación, que minutos antes había abandonado su compañera.

Giordana miró sus pies, estaba angustiada y con poca expectativa incluso antes de intentar con la entrevista.

— ¿Está nerviosa, señorita? —interrogó Fabrizio.

—Algo… —dudó—. No sé si tenga oportunidad ante ellas.

El hombre emitió una risa muy discreta que hizo enrojecer a Giordana.

— ¿Es posible que usted dude de su belleza?

Con las mejillas aún más enrojecidas, la joven dijo con timidez:

—No sé si eso sea suficiente.

—Le diré con todo respeto, que su belleza sobrepasa por mucho a las demás. Si su preparación es la mitad de lo bella que es usted, no habrá duda de que el puesto sea suyo.

Giordana le regaló una sonrisa inocente. Las palabras de aquel hombre eran halagadoras, algo que poco estaba acostumbrada a escuchar; pues la mayoría solían ser barbajanes y no caballeros.

—Gracias señor.

—Fabrizio —corrigió—. Puede decirme con toda confianza por mi nombre.

—Muchas gracias.

La puerta tras de ellos se abrió interrumpiendo la conversación, la joven morena abandonó la residencia con la mirada desolada, pues sospechaba que no se quedaría allí.

—Usted sigue —señaló Fabrizio dando paso a Giordana.

La joven se levantó estrujándose las manos, frente a esa casa, a ese hombre y a esa dama; ella era una mariposa con las alas tan frágiles para ser destruidas allí mismo.

Las piernas le temblaban pero todavía la sostenían. Abrió la puerta y entró con cierto temor que no podía terminar de sacudirse.

La habitación no era en absoluto pequeña, tampoco carecía de los lujos del salón principal. Tantos libros imposibles de contar, se encontraban dentro las repisas de cuatros grandes libreros.

La hermosa mujer de cabello rojo, sostenía entre sus dedos una larga boquilla, de la cual en el extremo un cigarrillo se consumía. Sobre su bello escritorio de madera fina, reposaba un cenicero de plata, que tenía una forma que Giordana no pudo dejar pasar por desaparecido. Era el cuerpo de una mujer recostada con las piernas abiertas, cuya vagina enorme, servía como receptáculo de las cenizas del cigarrillo. A un lado pudo contemplar una fina cigarrera de color dorado, la cual Giordana dedujo que era de oro puro (veinticuatro quilates quizá).

Pasó su vista por las paredes, el tapiz era distinguido, y las pinturas colgando sólo mostraban parejas en diversas posiciones sexuales. Giordana no pudo hacer otra cosa más que sonrojarse.

La señora Dubois sonrió ante la timidez de la joven, lo gozaba en el fondo. De su boca se desprendió el humo con tal finura que parecía danzar en el aire. Entonces habló.

—Adelante niña, no tengas miedo. Sólo son pinturas, ¿no te gustan?

—No soy muy conocedora de este tipo de arte, señora —respondió cohibida.

—Vamos, si te quedas aprenderás —alentó—. Pero siéntate niña, estás temblando. No te comeré viva —.Carcajeó de tal forma que pareció cantar como una diosa.

—Claro —continuó la chica y avanzó al interior de la habitación.

Giordana se acomodó frente a Dubois, y con las manos sudorosas sujetó la tela de su vestido.

— ¿Qué edad tienes? —interrogó.

—Veintiún años, señora.

—Eres tan sólo una chiquilla apenas. Pero no me digas señora, llámame Nicole —expuso con amabilidad.

—Nicole… —repitió.

—Eso es, así iremos rompiendo un poco el hielo. ¿Hablas inglés?

—Sí —asintió.

— ¿Y francés?

—También, tengo un título en lenguas.

El corazón de Giordana se golpeaba fuerte contra su pecho, la sangre bombeaba con más fuerza, y las manos las sentía tiesas y heladas.

— ¿Te gustaría trabajar conmigo?

—Sí, eso espero.

—Tendrás que acostumbrarte a algunas cosas —advirtió.

— ¿Cómo qué?

—No te asustes. Te acostumbrarás a reuniones, serás mi secretaria, mi confidente, y por lo tanto deberás estar disponible cuando te necesite. Supongo que tienes el tiempo, ¿no?

Giordana pensó en su madre, eso rompió la esperanza de conseguir el trabajo, pues aquel era el único inconveniente.

—Hay una cosa… —dijo la chica.

—Dime.

—Mi madre, yo me hago cargo de ella.

— ¿Qué sucede con tu madre?

—Ella está enferma.

— ¿Vives sólo con ella? —averiguó.

—Sí.

— ¿Y tú padre?

—Él… —pausó, humedeció sus labios y siguió—. Murió cuando yo tenía seis años.

— ¿Tienes hermanos?

—No señora, no tengo —.Bajó la mirada de nuevo.

—Niña llámame Nicole, no es tan difícil —nuevamente pidió, aunque en ese momento con cierta molestia.

—Perdón, Nicole.

La mirada de Dubois enserió, nuevamente detalló de pies a cabeza a Giordana; aspiró de la boquilla y dijo:

—Con lo que te pagaré podrás contratar a alguien que cuide de tu madre. Quiero confiar en que si te doy el trabajo, podrás estar disponible para mí siempre. Si estás dispuesta a ello, el puesto será tuyo.

Los ojos de Giordana se abrieron de golpe, no podía creerse lo que había escuchado. Sonrió repentinamente, entonces preguntó con rapidez:

— ¿Cuánto me pagará?

Una risa ruidosa brotó de la garganta de Madame Dubois, Giordana le miró confundida.

—No te preocupes por lo que te pagaré, déjame eso a mí. Te aseguro que nunca en tu vida ganarías lo que conmigo, confórmate con saber que tendrás suficiente dinero para vivir como una princesa. Pero tienes que aceptar quedarte y servirme.

Giordana pasó saliva, Madame movió su cigarrillo y dejó caer las cenizas dentro la vagina de plata.

— ¿Cuál será mi trabajo?

—Ya te he dicho, acompañarme. Soy una mujer de sociedad, y me gustan las fiestas. Tú habrás de atender a todos mis invitados, hombres y mujeres de clase aristócrata.

—Estoy dispuesta a ello —afirmó.

—Bien niña, entonces el puesto es todo tuyo.

— ¿En verdad? —preguntó incrédula.

—Claro, ya te he dicho que sí.

— ¿Puedo preguntar algo?

—Adelante —concedió.

—Las otras chicas que entraron antes… eran hermosas… ¿Por qué no sé quedaron?

— ¿Quién? ¿La rubia? ­—.Elevó las cejas.

—Sí, esa misma.

—Corazón, aquí sólo hay una reina, y soy yo. La rubia sólo era una zorra, y de esas te puedo decir que las conozco muy bien.

—Bien… —dejó salir en bajo.

—Te quiero aquí mañana a la misma hora que hoy. Me gusta la puntualidad, detesto que me hagan esperar.

—No lo haré Nicole.

—De acuerdo —dijo acariciando un mechón de su cabello—. Ahora espérame afuera, ya estás trabajando para mí.

—Muchas gracias —expresó con emoción.

—De nada, ahora sal por favor. Ya tendrás tiempo de agradecerme.

Giordana se levantó de la silla con una felicidad que le invadía por completo, pensó en tantas cosas que por fin podría hacer; entre las cuales era cuidar mejor de la salud de su madre.

La joven abandonó la habitación, a su vez Fabrizio se aproximó a ella.

—Se ha quedado señorita, creo que trabajaremos juntos. Me alegro por usted, Madame Dubois es una gran persona.

—Sí lo creo, es maravillosa —opinó con una amplia sonrisa.

Una campanilla se hizo escuchar dejando de lado la conversación.

—Me llaman —indicó Fabrizio a la chica.

El hombre se introdujo a la habitación que Giordana había dejado. Todavía no podía creérselo, miraba extasiada todo el lugar; pues allí trabajaría, no podía pedir más.

— ¿Giordana? ¿Ese es su nombre? —inquirió Fabrizio mientras regresaba con ella.

—Sí, así es.

—Bien señorita Giordana. Acompáñeme —señaló.

— ¿A dónde? —indagó.

—La llevaré en el vehículo de la señora.

— ¿A dónde vamos?

—No estará pensando presentarse así a trabajar, ¿verdad?

—No entiendo —negó mirándose a sí misma.

—Con esos trapos —puntualizó con un gesto huraño.

—Bueno… no sé… tengo algunos mejores —comentó avergonzada.

—Le diré esto una sola vez, espero lo entienda. A partir de ahora trabaja con Madame Dubois, y a ella no le acompañan sirvientas.

El comentario despectivo golpeó de lleno a Giordana, incluso le hizo sentir por dentro algo ardiendo sin poder defenderse.

—No pensé que me vería como una sirvienta.

—Sinceramente así luce.

— ¿Y entonces? No entiendo.

—Le compraremos ropa, ahora vámonos —dijo sin más.

4

— ¿Entonces te llevaron de compras y todo esto compraron? —interrogó con sorpresa Gino, mientras se encontraba sentado en el sillón husmeando dentro las bolsas de Giordana.

—Sí. Apenas he empezado y ya tengo todo esto, Madame Dubois es una persona muy dadivosa —comentó la joven con una sonrisa y un vestido rojo entre sus manos.

—Vaya que has tenido suerte… —pausó, dejó de lado las bolsas y encendió un cigarrillo —.Yo no dejaría ese trabajo nunca.

—Parece demasiado perfecto para ser real —meditó con un rastro de temor.

—Seguro la mujer es de esas millonarias solitarias, es típico que busquen damas de compañía, no tiene nada de raro —.Aspiró el cigarrillo y soltó el humo.

—Sólo quiero ayudar a mi madre, este trabajo parece prometedor. Las medicinas para el lupus son tan costosas.

—Lo sé Giordi. ¿Vas a cambiarte ya?

— ¡Sí! Tienes razón, se hará tarde —exclamó con preocupación.

La chica se metió al baño que se encontraba a pocos metros de la sala, lugar donde Gino le esperaba, y donde ella solía dormir todas las noche.

Gino continuó fumando de su cigarrillo, el olor a tabaco lentamente impregnó parte de la habitación, aunque la puerta que daba al balcón se encontraba abierta.

Giordana no demoró mucho, se observó ante el espejo tras quedarse entre las telas del vestido rojo que caía suavemente cubriendo su cuerpo. Le encajaba con perfección, marcaba sus curvas con elegancia, y dejaba al descubierto sus frágiles hombros.

La chica sonrió con vanidad, se aproximó al espejo y delineó sus labios con un tenue color salmón; después abandonó el baño.

— ¿Y entonces? —preguntó a su amigo.

—Por Dios… —apenas fue capaz de decir.

Retiró el cigarrillo de su boca y la miró extasiado.

—Es una pena que sea gay —bromeó.

La chica sonrió con gracia, entonces dijo:

— ¿Es bueno para el primer día de trabajo?

—Sí quieres conseguir un marido millonario seguramente funciona.

—Gracias —expresó con una risa—. Fabrizio debe estar por llegar.

La chica se colocó unas zapatillas que recién había terminado de sacar de la caja. Se las acomodó estando de pie, justo al momento que tomaba su bolso.

— ¿Quién es Fabrizio?

—El chofer y empleado de Madame Dubois.

— ¿Vendrá por ti?

—A la señora le gusta la puntualidad —explicó.

—Ya veo.

—Bien, debo irme.

—Suerte.

Se aproximó al chico y besó su mejilla, éste con un ademán terminó por despedirse de ella, mientras ésta abandonaba el departamento.

Giordana bajó las escaleras hasta llegar a la puerta principal de los edificios. Fabrizio ya se encontraba esperándola fuera de la lujosa y flamante limosina negra, la cual contrastaba con el resto del lugar, dejando por lo tanto sorprendidos a algunos vecinos de la zona.

—Buenos días —se escuchó la voz de la joven.

Fabrizio se dio vuelta a mirarla, estaba impresionante; ella era hermosa y de eso no quedaba duda. Era un ángel que incitaba a pecar, una dama elegante y pura, que tenía el porte en las venas sin necesidad de haber nacido en una cuna hecha de oro; su lugar era ese y lo mostraba con tan sólo hacer presencia.

—Buenos días señorita… —habló con dificultad, pasó saliva y se dirigió hacia la puerta trasera para abrirla después.

Giordana abordó el vehículo con timidez, tanta ostentosidad no terminaba de hacerla sentir cómoda. Podía sentir la emoción vibrando por todo su cuerpo, aunque esta fuese eclipsada por momentos de temor.

—Se ve usted muy hermosa, señorita —opinó con educación Fabrizio.

—Gracias —expresó con cierto rubor.

El hombre le regaló una sonrisa sincera, después cerró la puerta y subió al vehículo para luego tomar dirección a la mansión Dubois.

La chica se acomodó junto a la ventana, vio la zona departamental a lo lejos, como si poco a poco fuese dejando esa vida tras de ella. No quería sentirse de tal forma, pero comenzaba tener cierta vergüenza de sus orígenes, odiaba esa sensación; y se detestaba a sí misma por ello.

— ¿Tienes mucho tiempo trabajando con Madame Dubois? —inquirió al hombre, quien no retiraba la vista del frente.

—Cerca de diez años. Ella es una gran mujer, le debo tanto —comentó al momento que daba vuelta al volante.

—Me parece una mujer maravillosa, veo que te tiene mucha confianza.

—Algún día le contaré la historia. Mientras tanto he de decirle que a Madame Dubois le gusta la responsabilidad y la lealtad hacia su persona, si usted rompe alguna de esas reglas; no quedará mucho por hacer. Ella es muy estricta en cuando a eso, pero si usted sigue las normas, ella sabrá recompensarle generosamente.

Giordana bajó la mirada, miró sus manos que se sentían frías al tacto; entonces prosiguió a hablar.

—Gracias Fabrizio, gracias por los consejos.

Antes de escuchar respuesta alguna, Fabrizio aparcó el vehículo ante la mansión Dubois. Cerca se encontraba una fuente, la cual se ubicaba a unos costados de la entrada. Giordana no hizo otra cosa más que mirarla, ese lugar no dejaba de sorprenderle.

Fabrizio caminó hacia la puerta de joven, extendió su mano para abrirle, mas ella se apresuró a hacerlo. El hombre la miró con reproche, y ante tal acción reprendió:

—Debe dejar que yo abra la puerta, no es correcto que usted lo haga.

—Lo lamento —dijo apenada la joven.

—Vayamos adentro, Madame Dubois estará lista en unos minutos.

— ¿A dónde iremos? —preguntó.

La puerta principal se abrió y Fabrizio respondió:

—No lo sé aún, eso será decisión de la señora.

—Bien —asintió.

Fabrizio continuó el camino, mientras Giordana se quedaba en la sala principal esperando a Dubois.

—Colette, por favor ofrezca algo a la señorita —ordenó a una de las jóvenes empleadas.

La chica de coleta dorada se aproximó a Giordana, con una mirada de subordinación preguntó:

— ¿Qué desea de beber?

—Agua está bien —señaló la joven.

Colette se alejó rumbo a la cocina, Giordana continuó curioseando el lugar.

Las pinturas eran lo más atractivo y extraño que había visto en su vida; estaba tan denotada la sexualidad en ese lugar que era imposible dejarlo pasar por desapercibido.

Cada cuadro se volvía más erótico que el anterior, algunos causaban escalofríos a la chica; pero tenía que acostumbrarse a ello, por momentos pensaba que esa sensación terminaría por dejarle en paz.

—Vaya, vaya… —soltó Madame Dubois al instante que bajaba las escaleras.

Giordana inclinó la cabeza cohibida, la mujer sonrió con malicia; conocía ese tipo de miradas, le causaba tanta gracia la ingenuidad, ella se alimentaba de ello.

—En verdad que no me equivoqué al escogerte niña —enunció.

—Buenos días, Madame.

—Tu belleza es tan inocente, pero me gusta que sea así. Eres muy hermosa.

—No sé qué decirle, es un honor que usted lo diga.

—Date vuelta, quiero apreciar lo que llevas puesto —indicó mientras movía una de sus manos con gentileza.

Giordana giró sobre sí, las ondulaciones de su cabello se movieron desprendiendo el aroma exquisito de aquel perfume, que Fabrizio había escogido especialmente para ella. Con ciertos nervios sujetaba la medalla del Arcángel San Miguel, necesitaba pensar donde colocar sus manos.

— ¿Qué eso que llevas en la muñeca? —indicó Madame ante el reloj que prendía de la mano de Giordana.

— ¿Qué cosa señora? —preguntó confundida.

La mujer observó con molestia el objeto, se aproximó a la joven, y sin decir nada le quitó el viejo reloj.

—Fabrizio, por favor ven —llamó Dubois.

Giordana se quedó inmóvil, simplemente miraba su antiguo reloj con la cintilla color pastel.

—Que horrible es esta cosa. Es una baratija, mi dama de compañía no puede pasear con esto puesto, ¿entiendes?

Sin poder hablar, la chica simplemente movió la cabeza.

—Deshazte de esto Fabrizio —dijo pinzando de la cintilla del reloj, con el dedo índice y pulgar, su rostro de desagrado apenas podía expresar el asco ante el objeto—. ¡Por Dios! Fabrizio se suponía que tenías que llevarla de compras, y encontrarle algo propio para llevar. Brazaletes, anillos… no tiene pendientes. Aunque la ropa está bastante bien.

—Lo siento Madame —disculpó.

—A veces pareciera que no usas mucho la cabeza.

Fabrizio se incomodó ante tal comentario, Giordana pasó saliva con miedo. Todavía no se hacía a la idea de que aquella mujer fuese hermosa y de igual forma demasiado exigente, e incluso frívola.

—Bien, vámonos ya. Tenemos que comprarte algunas cosas, y después iremos a comer.

—Sí señora —respondieron al unísono Fabrizio y Giordana, ambos se sonrieron mientras Madame Dubois simplemente los miraba.

La limosina recorrió las calles de Génova, Fabrizio movía el volante de tal manera que el vehículo se presentaba ante la sociedad como algo realmente majestuoso.

Madame Dubois con su elegancia sólo formaba parte de ello, y Giordana tenía que aprender a ser parte de aquel mundo.

—Quiero ir a Boutique Mountblac, necesitamos urgentemente un reloj para esta niña —señaló Dubois sin dejar de leer los mensajes de su móvil.

— ¿A… a dónde? —tartamudeó incrédula.

—Una joyería de lujo, allí encontraremos un reloj para ti.

—Madame… yo… yo no sé si deba gastar tanto en mí —externó nerviosa.

—Tonterías, niña eres mi compañía, no puedes estar dando lástima.

La mirada altiva de la mujer intimidaba a la chica, pero no podía hacer otra cosa más que ver y callarse.

—Hemos llegado, Madame —indicó Fabrizio aparcando el vehículo.

Dubois esperó a que Fabrizio le abriese la puerta, descendió de la limosina y tras ella Giordana bajó.

—Después de esto iremos a comer —remarcó la mujer, luego se colocó unas gafas oscuras.

Ambas ingresaron a la tienda. Giordana abrió los ojos en grande tras ver los relojes que se encontraban tras los cristales de aquellos elegantes mostradores. En su vida había visto precios tan elevados, el sólo pensarlo estaba mareándola.

—Escoge el que más te guste, seguramente tienes buenos gustos, al menos eso espero —dijo la mujer.

Sus labios rojos capturaban cada palabra y la acariciaban al salir de su boca. Giordana la admiraba aún sin conocerla del todo.

—Gracias Madame, en verdad no sé cómo agradecerle.

—Sólo haz tu trabajo, con eso me conformo —tajó enseguida.

La muchacha asintió, y emocionada recorrió mostrador por mostrador. Los relojes eran de diversas formas, colores y materiales; no tenía ni la más remota idea de que escoger.

— ¡Madame Dubois! Bienvenue! —expresó la mujer de la tienda, quien con los brazos extendidos recibió a Nicole con alegría.

—Gracias Alessia, es un placer estar aquí.

—El placer es nuestro Madame, sabe que aquí es bien recibida siempre.

—Hoy he traído compañía —explayó, entonces llamó a Giordana.

Sin demora alguna la muchacha se aproximó a ambas mujeres, dejando de lado su distracción, sonrió y extendió la mano con educación.

—Ella es Giordana Bacchelli, será mi asistente personal.

—Excelente, una mujer tan ocupada como usted seguro necesita un personal bastante eficiente.

— ¡Oh! —exclamó como un canto al oído—. Ella es sumamente eficiente. Inteligente, guapa, domina tres idiomas; eso para mí es suficiente.

—Claro que sí. Un gusto Giordana —expresó Alessia con una ceja arqueada y algo desconfiada.

Muchas hubiesen matado por tener la posición de Giordana en aquel momento.

—Hoy queremos algo especial. Un reloj para ella —dijo tomando la mano de Giordana—. Debe ajustar a la perfección, que sea sutil, pero sin escatimar en gastos por favor.

La pequeña muñeca de Giordana cabía justamente en la mano de Nicole Dubois. Alessia fingió una sonrisa ante la chica, y no pasó mucho tiempo para que se alejara en busca de los relojes más selectos de la tienda.

—Estoy nerviosa… —externó la joven.

—No tienes porque, estás haciendo muy bien tu trabajo —comentó Madame sin mirar a la chica.

Giordana sintió extrañeza ante tal respuesta, pues la idea de ella era que aún no hacía algo considerable.

— Acércate Giordana, déjame mostrarte estos relojes. Seguramente alguno te gustará —habló Alessia.

Giordana se acercó hasta el mostrador, mientras Madame Dubois la esperaba a lo lejos, no sin antes indicar a Giordana con un sólo movimiento de cabeza que podía ir.

—Fabrizio —nombró al hombre que se posicionaba a su lado—. ¿Qué te parece la chica? —-.Observó a Giordana.

—Parece buena persona.

— ¿Dónde vive? —continuó.

—En unos departamentos no muy gratos de ver —.Rió en bajo.

— ¿Tiene novio?

—No Madame, parece ser que no.

— ¿Crees que sea virgen? —.Humedeció sus labios sin perder el rojo intenso de éstos.

—No lo sé Madame, podría ser. Usted sabe que yo no apostaría a eso.

—Sí claro, yo sé que es difícil encontrar alguna en estos tiempos. Tiene una candidez que me gusta.

—Es algo tímida… —hizo una pausa, y a lo lejos notó la fresca sonrisa de Giordana mientras se probaba los relojes—. ¿La llevará con el resto de las muchachas?

—Claro que no Fabrizio, ¿por qué me has tomado? Ella será mi dama de compañía. Las demás tienen otro tipo de trabajo.

—Sólo era una duda Madame.

La mujer sonrió ampliamente sin dejar de mirar a la chica.

—Madame, que deleite verla por aquí —se escuchó a las espaldas de la mujer.

—Don Bastiano, ¡vaya sorpresa! —.Se dio vuelta.

Aquel hombre circulaba entre unos posibles sesenta años, era poco más bajo que Fabrizio. Tenía una mirada maliciosa y una sonrisa suspicaz; los pliegos de su frente se movían cada que él hablaba. A su lado le escoltaban dos hombres de estatura intimidante.

— ¿Cómo se porta el muchacho? —dijo en referencia a Fabrizio.

—Bien, es un buen hombre —afirmó la mujer.

—Excelente —aprobó con una hipocresía muy marcada.

Fabrizio mostró su incomodidad ante la presencia del sujeto, no podía ocultarla ni un poco; sin esperar demás se apartó unos metros de Madame Dubois y Don Bastiano.

—Pórtate bien muchacho —comentó Don Bastiano con los ojos entrecerrados.

—Madame, ¿qué le parece este reloj? Es una de las piezas más hermosas que tenemos en la Boutique —expuso Alessia.

Madame observó detalladamente el brazalete que ya se hallaba puesto en Giordana, ante aquello Don Bastiano se aproximó a ambas, y recorrió con los ojos a la hermosa muchacha.

—Cara mia! Pui cosa bella! —expresó en alto Bastiano—. ¿Cuál es su nombre señorita?

—Grazie! Mi nombre es Giordana Bacchelli —presentó la chica.

—Es mi asistente —completó Nicole Dubois con una sonrisa complacida.

—Un placer conocerle señorita —dijo Bastiano extendiendo la mano para tomar la de Giordana, y próximamente besarla con gentileza.

—El placer es mío señor —comentó un poco apenada.

—Vaya que sabe escogerlas, Madame —susurró Don Bastiano a la mujer—. Pronto me verá en su casa.

—Serás bienvenido amigo mío.

—Bien, debo irme. Tengo unos asuntos que ver, nos veremos Madame… —.Prosiguió a besarle la mejilla—. Nos veremos mi querida Giordana —finalizó besando una vez más su mano.

Aunque para Giordana resultó más incómodo que la primera vez, de cierta forma le era poco agradable que el hombre la mirase de tal manera.

Madame vio al hombre partir, en sus ojos podía notarse un fusco resentimiento hacia él que se ocultaba en su astuta sonrisa.

— ¿Quién es ese hombre? —preguntó en voz baja Giordana.

Fabrizio meditó sus palabras con mucho cuidado.

—Algún día lo sabrá señorita, mientras tanto yo prefiero que se mantenga al margen.

— ¿No te agrada? —dijo con seriedad.

—Tenga cuidado con él, no es una buena persona. Usted es muy inocente aún, no tiene malicia. Él se alimenta de eso; de la ingenuidad.

—Es amigo de Madame por lo que veo.

—No creo que sean precisamente amigos, simplemente comparten intereses parecidos.

Giordana observó a Madame mientras se acercaba hacia ellos, mantuvo la frente en alto sin dejar de mirar a Fabrizio por momentos, mientras el ambiente se tornaba tenso alrededor de ellos.

5

Giordana paseó la mirada por todo el librero, a sus espaldas se encontraba Madame Dubois cogiendo uno de los tantos libros que se hallaban ahí mismo.

—Espero te guste, es uno de mis preferidos —comentó la mujer mientras entregaba el libro a la joven.

—El pirata por Harold Robbins… —pronunció Giordana—. Gracias Madame —.Sonrió.

—De nada. Supongo que te gusta leer, ¿no?

—Claro que sí.

—Bien, aprovecha el tiempo. Voy a tomarme una siesta, ve a descansar al jardín.

—Claro Madame, gracias —externó.

Nicole Dubois salió del estudio y se dirigió a su habitación, Giordana fascinada salió con el libro abrazado.

No paso mucho tiempo para que sus pasos la dirigieran al jardín, tenía que admitirlo, ese lugar era encantador pero a su vez parecía guardar muchos secretos; tenía un misterio que por algún motivo provocaba en la chica una curiosidad insaciable.

Giordana avanzó lentamente por los alrededores de la mansión, a la distancia podía ver las rejas cerras, y uno que otro jardinero regando los rosales. A su paso la saludaban con una sonrisa, mientras la chica con educación respondía.

— ¿A dónde va señorita Giordana? —interrogó Fabrizio una vez tras de ella.

—Madame ha dicho que quiere tomarse una siesta, me dio permiso de conocer los jardines de la casa —explicó.

—Entiendo señorita —dijo con una sonrisa—. Le dejo seguir, sólo tenga cuidado. La casa es tan grande que podría perderse.

—Tendré cuidado —comentó conteniéndose de reír; pues el trato de Fabrizio le pareció por un momento demasiado protector.

—Bien, estaré en la sala por si me necesita —avisó.

—Gracias Fabrizio, estaré bien —continuó antes de marcharse.

La chica siguió caminando con el libro pegado al regazo, por momentos se distraía mirando la mansión a lo lejos, como si pudiese sostenerla entre su dedo índice y pulgar.

Sus pasos pronto la dirigieron rumbo a un pequeño laberinto que se encontraba perfectamente cuidado, y que no abarcaba más allá de lo necesario. Incluso los setos no eran tan altos, pues apenas llegaban poco arriba de la estatura de Giordana; quien con sólo ponerse de puntillas podía ver por encima de éstos.

Poco a poco se introdujo en el laberinto, por momentos se topaba una que otra estatua con forma angelical y dejando a la vista su desnudez, estaban hechas de piedra claro era; incluso algo tétricas a pesar del cuidado que se veía en ellas.

Giordana se detuvo a contemplar una en especial, era la de una mujer desnuda sentada con una mano tocándose en la entrepierna, su expresión era como la de quien tiene un orgasmo. Los labios de la chica se entreabrieron como si no terminara de creerlo, el sexo nunca le había asustado; aunque verlo por todos lados no era del todo cómodo.

El laberinto llegó a su fin, Giordana se dio vuelta para observarlo una vez más. Cada detalle parecía ser importante en ese lugar.

Unas risas y parloteos la hicieron salir de su zona de confort, era la primera vez que veía más personas además de las que se encontraban trabajando en la casa, eso claramente incluía a Fabrizio.

A sus pies rodó una pelota de voleibol, de esas que ella tenía años sin ver; justamente desde que había abandonado el preparatorio para iniciar una licenciatura, la cual no había terminado por falta de dinero.

Giordana se inclinó para coger el objeto, una sombra le cubrió el sol; y ante ella se perfiló la figura de un joven.

Los ojos de la muchacha recorrieron al chico, las piernas de éste eran musculosas, pero al llegar más arriba no pudo evitar ruborizarse y terminar por ampliar su visión. El miembro viril del joven estaba expuesto, eso no hizo más que ocasionar una holeada de calor en el rostro de Giordana, quien de inmediato enrojeció sin poder evitarlo.

El abdomen del joven se encontraba perfectamente marcado, sus brazos se notaban fuertes (tanto como para romper algo con tan sólo abrazarlo), sus pectorales eran algo que Giordana no había podido evitar mirar con detenimiento. 1.80 era la estatura perfecta para un Dios, y él la tenía. El rostro de aquella hermosa criatura sólo terminaba de acentuar su belleza humana; sus ojos eran negros y aviesos, se enmarcaban por unas gruesas cejas bien cuidadas, sus labios eran delgados y mostraban una sonrisa encantadora que sutilmente se hacía presente. Sus cabellos caían mojados sobre su frente, eran oscuros (tanto o más que sus ojos), su piel era blanca y no parecía tener ninguna imperfección (era como si toda su vida hubiese estado oculto del sol, del polvo, y de cualquier cosa que pudiera irritarle).

—Ciao! —habló el chico.

Mas Giordana no respondió, simplemente se fue levantando con la pelota entre las manos. Las piernas le temblaban, su frente perlaba y sus ojos no sabían para donde apuntar.

— ¿Me la das? —dijo extendiendo las manos.

— ¿Qué cosa? —preguntó nerviosa.

El muchacho rió con malicia, para después responder.

—La pelota.

— ¡Oh! ¡Claro! —exclamó con dificultad.

El joven la sujetó, sus dedos rozaron intencionalmente con la mano de Giordana, lo que enseguida la hizo retroceder.

— ¿Quién eres? —preguntó con curiosidad.

—Giordana —indicó temblando.

—Hola Giordana, mi nombre es Pietro. Es un gusto conocerte —dijo con cortesía.

—Igu… igual… igualmente —tartajeó.

— ¿Eres nueva? —inquirió.

—Supongo… creo que sí… llevo tres días aquí —logró decir entre tartamudeos.

Pietro mantenía una sonrisa que cada vez era más evidente, pues los nervios de Giordana sólo conseguían causarle gracia.

—No te había visto —siguió hablando, como si el hecho de estar desnudo importase poco.

—Soy… soy… eh… —aclaró—. Ayudo a Madame Dubois —siguió sin mirarle del todo.

— ¡Ah! —lanzó—. Eres otra de las chicas.

— ¿Otra? —.Plegó la frente.

—Sí, eres una más de las chicas de Madame Dubois.

—No entiendo.

—Ya veo, aún no te han explicado. De cualquier forma no importa, ya te habrán de decir. ¿Quieres unirte al juego?

— ¿Qué juego? —indagó confusa.

—Estamos en la piscina, mira hacia allá.

La mano de Pietro llevó a Giordana a visualizar a los jóvenes dentro la piscina. Todos estabas completamente desnudos, tanto hombres como mujeres; parecían dioses disfrutando del agua, ninguna imperfección podía verse entre ellos, eran sumamente hermosos; y no existía pudor alguno para presumir sus cuerpos.

—Dios… —musitó la joven.

— ¡Pietro! ¡La pelota! —llamó a lo lejos una joven de aspecto asiático.

—Creo que te llaman —habló Giordana.

—No importa, ¿te gustaría venir? —ofreció tomándole la mano.

El corazón de la muchacha se estrelló contra las paredes de su pecho, el roce con la piel del chico lograba ponerla más nerviosa de lo que ya estaba; algo sumamente incómodo y penoso.

—No… por ahora no —negó de inmediato y apartando la mano sin más.

—No voy a morderte Giordana —bromeó y caminó lentamente hasta llegar a sus espaldas—. No por ahora —susurró al oído de ésta.

Giordana se apartó de él, le miró con desconfianza y se contuvo de hablar. Incluso se había sentido ofendida por lo escuchado.

—No sé qué clase de persona crees que soy —soltó indignada.

—Madame nunca se equivoca, eres sumamente hermosa —continuó, llevó su mano a la mejilla de la chica, quien simplemente le vio deslizarla por su cabello.

—Señorita Giordana —.Hizo acto de presencia Fabrizio.

—Allí viene el cancerbero… —comentó en tono despectivo el chico—. Creo que te busca.

Giordana enarcó las cejas y se alejó de Pietro, éste le sonrió con complicidad.

—Aléjate de ella —amenazó enseguida Fabrizio.

— ¡Vamos tío! No estamos haciendo nada malo —respondió con insolencia.

—No quiero problemas contigo niño. Sólo aléjate.

—Bien —asintió mordiendo sus labios, mientras movía las manos a los lados como si se desentendiera de todo—. Te veo después, Giordana —finalizó guiñándole el ojo, para luego darse vuelta y regresar con sus amigos a la piscina.

— ¿Quiénes son? —preguntó enseguida la chica.

—No se acerque a ninguno —advirtió Fabrizio con seriedad.

— ¿Por qué?

—Ya lo verá después, sólo manténgase lejos. Usted no es de esa clase.

Giordana soltó una risa falsa y una mirada de enfado se clavó en Fabrizio.

—Lo siento, no pretendo pertenecer a la clase de nadie —replicó cruzándose de brazos.

—No me refiero a eso señorita. Lo que quiero decir es que usted es una joven decente, ellos… —pausó.

— ¿Ellos no? —cuestionó.

—Será mejor marcharnos, Madame Dubois me ha pedido llevarle a su casa. Mañana habrá una fiesta por la tarde, ella necesita descansar. Ya tendrá tiempo de conocer a los demás muchachos.

—Bien —dijo resignada.

Giordana se introdujo al laberinto y tras ella Fabrizio le siguió, a lo lejos Pietro les miró mientras reía a carcajada y luego se sumergía dentro la piscina. Era un joven que para tener dieciocho años estaba demasiado lejos de la palabra inocencia, eso no tenía cabida en él, sabía más que cualquier otro hombre.

6

—Quiero presentarte a unas personitas muy especiales para mí —habló Madame Dubois.

Giordana le seguía el paso, mientras entre sus manos sostenía una tabla con clip y unas hojas en blanco adheridas a ésta.

—Claro Madame —respondió la chica con gentileza.

Ambas caminaron por los alrededores del jardín, tras ellas avanzaba Fabrizio sin perderles un segundo de vista.

A muy poca distancia, podía verse un grupo de jóvenes jugando futbol americano; a un costado se encontraban las chicas, quienes gritaban a cada momento con emoción ante el juego.

Tras visualizarlos enteramente, Giordana enrojeció de inmediato, pues reconocía a todos; los había visto completamente desnudos en aquella piscina tras el laberinto.

Los jóvenes dejaron de lanzar el balón, cuando Madame se aproximó acompañada de Fabrizio y Giordana.

—Buenos días mis niños —saludó la mujer con una sonrisa.

—Buenos días Madame —respondieron casi al unísono.

Giordana por momentos trataba de esconderse tras la figura de Madame, aunque lo conseguía sin existo, y más ante los ojos de Pietro.

—Ven Giordana, quiero presentarte a mis ninfas y a mis niños —anunció la mujer.

—Hola a todos —dijo pasando saliva.

—Queridos, ella es Giordana Bacchelli. Saluden.

—Hola Giordana —hablaron enseguida.

Giordana únicamente movió la cabeza en referencia. Pietro se sonrió al verlo, ella parecía ignorarlo, aunque no por completo.

—Giordana será mi asistente, quiero que a partir de ahora todo lo que ella diga sea respetado. Pues serán mis instrucciones, cuando no esté yo, ella manda —comunicó de tal forma que pareció una advertencia.

—Sí, Madame —respondieron una vez más.

—Una cosa más, quiero que se dirijan a ella como señorita Bacchelli, ¿de acuerdo?

—Sí, Madame —dijeron nuevamente.

—Bien, pueden seguir jugando. Les espero en la noche en el salón principal —indicó sin más.

Madame dio vuelta para retirarse, Fabrizio le siguió, mientras Giordana se detenía e inclinaba a recoger el bolígrafo que se había caído en el césped ante los nervios que sentía.

—Creo que tuvimos un mal entendido la primera vez —se escuchó la tentadora voz de Pietro.

Giordana se levantó a mirarlo, guardó el bolígrafo, y sin responderle se dio vuelta para marchar, mas éste enseguida le detuvo del brazo.

—Pero creo que puedo solucionarlo, todo está en que tú quieras —dijo relamiéndose los labios.

Giordana en silencio y con el ceño fruncido, se soltó de la mano del chico, y como negativa se alejó de él regresando junto a Madame y Fabrizio.

Pietro la observó irse, como si ella fuese un delicioso bocado que él muriese por probar.

—No te la comas con la mirada —soltó una joven rubia y encantadora—. Ya ha dicho la vieja que ella le pertenece.

—Eso no me importa en lo más mínimo —dijo el joven con una amplia sonrisa que dejaba a la vista sus relucientes dientes.

Giordana regresó junto a Madame, ella le miró inquisitiva; no era tonta, y era lo suficientemente astuta como para darse cuenta del interés de Pietro en la chica, aunque era algo que poco le importaba.

—A todas ellas las llamo mis ninfas, y ellos son mis niños. ¿Qué te parece? ¿No son hermosos?

—Mucho Madame —acortó nerviosa la chica.

—Ya aprenderás a cuidar de ellos. Para eso estás aquí —pausó examinando por unos segundos a la chica, después siguió caminando y dijo—: Te quiero lista para esta noche, tienes que lucir impecable, pues vendrá gente muy importante a visitarnos.

—Claro Madame, será como usted lo ordene —asintió.

—Fabrizio será tu maestro. Él sabe lo que hay que hacer. ¿Verdad Fabrizio? —cuestiono al hombre que se hallaba a su lado.

—Sí, Madame —dio como respuesta.

—Hazte cargo de Giordana, enséñale las actividades previas a la fiesta, también explícale lo que hará una vez en ella. Quiero que aprenda bien, mientras más pronto mejor será.

—Así será Madame —finalizó el hombre.

La mujer lo miró con aprobación, después se introdujo a la mansión; tras ella no dudó en ingresar Giordana.

7

Aquel vestido dorado caía sobre el cuerpo de Giordana de manera elegante y perfecta, haciéndola brillar más que a un diamante. Su mirada estaba iluminada, mientras sus labios se perfilaban de rojo intenso; no podía verse más hermosa, y claro que ella y el resto lo sabía. Sus hombros estaban al descubierto, mientras sus piernas largas se lucían ante el corte del vestido a cada paso que daba, sus pies se levantaban por unos tacones del mismo color que su ropa; y todos sus accesorios sólo conseguían hacerla ver más reluciente.

Lentamente la joven bajó las escaleras, mientras desde abajo Fabrizio la miraba extasiado.

—Yo no creo que está noche haya mujer más hermosa que usted —soltó el hombre con encanto.

—Gracias, Fabrizio —expresó con una discreta sonrisa la chica; mientras hacía a un lado uno de los rulos que caían junto a su rostro—. Usted también se ve muy apuesto.

Fabrizio rió en bajo ante el cumplido, luego interrogó:

— ¿Lista?

—Estoy nerviosa.

—No hay porque estarlo. Le aseguro que todo saldrá bien.

—Eso espero —externó.

Pronto Madame Dubois le siguió, y no tardó en descender por las escaleras; miró a la chica de arriba hacia abajo, no terminada de dejar de sorprenderse ante la belleza de ésta.

—Yo jamás me equivoco —soltó la mujer con una sonrisa de aprobación.

—Gracias Madame. Se ve usted hermosa.

—Gracias, niña.

Al ver a Madame Dubois, Giordana no podía evitar pensar en Jessica Rabbit, y es que por gracioso que fuese; la mujer no dejaba que los años se viesen marcados en su cuerpo y rostro. Con aquel vestido rojo sólo conseguía verse más seductora que de costumbre.

—Ya sabes todo lo que harás, ¿no es así? —confirmó Madame.

—Sí, Fabrizio me ha explicado ya.

—Perfecto. Quiero que estés junto a la puerta y recibas a los invitamos. Del resto se encarga la servidumbre. Claro, también cerciórate de que se les atienda a los invitados como debe de ser.

—Bien, Madame. Yo estaré al tanto de todo —asintió la chica.

—De acuerdo, entonces vayan a la entrada. Todos están por llegar.

Fabrizio y Giordana acataron la orden, y sin más, caminaron hacia la enorme puerta que recibiría a todos los invitados de la gran fiesta.

Poco a poco se fueron presentando ante los ojos de ambos y de todos los empleados de la mansión, vehículos elegantes que no podían dejar de pasar desapercibidos. Eran de costos tan elevados, que incluso algunos eran exclusivos y formaban parte de diseños únicos.

Los primeros invitados eran una pareja de viejos. El hombre vestía con un traje de corte inglés, mientras en la mujer podía apreciarse un vestido largo y de color blanco escarchado.

El cabello de ambos era blanco, las arrugas se marcaban en sus rostros; eso hacía pensar a Giordana en que no tenían menos de setenta años cada uno.

—Buenas noches —habló la anciana con voz cansada, mientras dejaba su abrigo a Fabrizio.

—Buenas noches Condesa Duvalier —habló el hombre.

—Me parece que será una noche interesante —expresó el anciano, con la mano de la mujer agarrada a su brazo.

—Claro que sí, pásenla bien.

—Buenas noches, mi nombre es Giordana Bacchelli, y estaré para serviles está noche.

Ambos ancianos miraron a la joven con interés, no podían evitarlo. Giordana jamás pasaba desapercibida ante nadie.

—Bien, entonces nos veremos adentro —dijo con aceptación el Conde.

La pareja ingresó a la mansión, Giordana miró de reojo a Fabrizio; quería encontrar los ojos de él y poder ver su apoyo para afrontar sus nervios.

—Tranquila señorita, lo está haciendo muy bien —afirmó el hombre.

—Gracias.

Un Porsche aparcó a un costado de la mansión, de éste bajó Don Bastiano con un clásico esmoquin. Giordana entornó con discreción los ojos, aunque Fabrizio podía sentir el claro desprecio de ella hacia el hombre.

—Buenas noches señorita Giordana. Permítame decirle que esta noche luce bellísima —puntualizó el viejo con cierta malicia.

—Gracias, Don Bastiano. Espero la pase bien hoy, es un gusto tenerlo aquí.

—El gusto es mío señorita —finalizó antes de entrar a la mansión.

Una vez que él se había alejado, Fabrizio se aproximó a Giordana y entre dientes le susurró:

—El sujeto es una patada en las bolas.

Giordana rió ante tal comentario, y de inmediato con una mano cubrió su boca para no hacer tanto escándalo.

—Prepárese, que a continuación vienen la Duquesa Santoro y la Baronesa De Rosa —anunció el hombre a la chica.

—Todos tienen títulos nobiliarios, ¿no? —averiguó.

—Exactamente, aquí reinan ellos. Y allí afuera también.

—Ya veo… —dijo en bajo.

Ambas mujeres circulaban entre los cincuenta años, eran obesas y sus vestidos las hacían ver como dos enormes bolsas costosas. Giordana las repasó con la mirada, Fabrizio simplemente las recibió con una sonrisa. Ambas señoras de clase, podían resultar algo repulsivas por más título nobiliario que tuviesen.

Dos hombres más llegaron después, un médico de renombre, y otro sujeto que parecía ser el menos millonario de los invitados (si es que así podía designársele al no tener un título como tal).

Fabrizio y Giordana fueron los últimos en entrar a la mansión, poco a poco irían revelándose las sorpresas ante los ojos de la joven.

—Nos mantendremos de pie junto a Madame, la fiesta está por dar inicio —continuó Fabrizio.

Giordana movió la cabeza y le siguió el paso.

Madame Dubois se encontraba en un enorme sillón, con la boquilla donde solía fumar entre sus dedos. Miraba la escena complacida de lo que sucedería; Giordana todavía estaba confundida y ansiosa.

— ¡Adelante! —ordenó Madame con voz ponente.

Los invitamos estaban sentados alrededor del gran salón, junto a cada uno se encontraba una pequeña mesita donde reposaban bebidas y algunos bocadillos de bienvenida.

Pronto las meseras se hicieron presentes, entre ellas estaba Colette (Giordana la pudo reconocer).

Todas iban desnudas, con únicamente un mandil atado alrededor de la cintura; el cabello recogido y maquilladas sutilmente. Sus pechos estaban expuestos, al igual el vello púbico podía notarse a metros de distancia.

Giordana abrió los ojos como platos, pasó saliva y no pudo contener la risa nerviosa.

—Señorita, por favor… —hizo una pausa Fabrizio para intentar controlarla—. Compórtese.

—No llevan ropa —murmuró.

—Conserve la calma, todavía falta más —masculló.

— ¿Más? —interrogó elevando la ceja.

Madame ignoraba la charla, ella simplemente observaba el espectáculo desde su sillón. Por momentos aspiraba de la boquilla, y después despegaba los labios para dejar salir el humo.

A lo lejos de la sala principal, una pequeña orquesta interpretaba La Traviata. Se componía de un pianista, violinista y un chelista espectacular.

Las puertas estaban cerradas, eran siete invitados, todos bebían y reían; festejaban con tal gracia que era imposible creer lo que en sus mentes se albergaba.

No pasó mucho tiempo para que los jóvenes que Giordana ya conocía, hiciesen acto de presencia. Todos al igual que las meseras, estaban completamente desnudos; y Pietro era una vez más uno de ellos.

Giordana lo observó, por más que trataba de evitarlo no conseguía hacerlo; él sabía que ella lo miraba, podía sentirlo y lo disfrutaba.

Pietro sonrió en dirección a la chica, ella de inmediato se ruborizó y apartó la mirada. Ante tal acción Fabrizio se incomodó, pero no pudo hacer más que callar y fingir desentendimiento.

—Deberá ofrecerles algo de beber —comentó Fabrizio.

—Sí, ahora mismo voy.

Madame asintió ante el hecho de lo que haría Giordana, en ese momento los jovenzuelos ya se estaban ubicando frente a los invitados. Ellos parecían realmente gozosos de estar allí, de que los mirasen, de ser el centro de atención.

—Que hermosa chiquilla —soltó la Baronesa una vez que Giordana se aproximaba a ella.

—Es preciosa —habló Don Bastiano quien se encontraba a su lado—. Pero lástima que no esté disponible.

— ¡Oh! No sé preocupe Don Bastiano, eso lo podemos notar —externó la Duquesa.

—Buenas noches, ¿desean algo de beber? —preguntó Giordana con cortesía.

Los ojos de Pietro la devoraban a sus espaldas, Don Bastiano la miraba a cada segundo, y el resto de los invitados parecía estársela comiendo sin tocarla.

—Otra copa de champagne, por favor —señaló Don Bastiano elevando su copa de cristal.

—Claro que sí —dijo Giordana tomando el objeto.

La chica se dio vuelta dispuesta a ir por la bebida, mas Fabrizio le detuvo enseguida.

—Señorita, usted no debe ir por las bebidas ni por los alimentos. Ordene a la servidumbre. Hágalo con firmeza, ellas deben saber que su voz también manda aquí.

— ¿Eh? —balbuceó nerviosa e inquieta.

—Sólo dígalo —indicó el hombre.

—Bien… —se detuvo, mordió sus labios y dijo en alto: —. ¡Colette!

— ¿Sí? Dígame señorita —se acercó la chica.

Giordana apartó un poco los ojos de ella, pues el hecho de que estuviese desnuda le incomodaba.

—Quiero que atiendan a los señores, no debe faltar nada de champagne en sus copas. Y llévate esto, por favor —.Extendió el objeto a la chica.

Colette cogió la copa y se alejó, pronto regresaría con más bebida.

Giordana tomó una bocanada de aire y se acomodó nuevamente a lado de Fabrizio.

—Muy bien. Aprende usted muy rápido —.Sus comisuras se elevaron, Giordana asintió complacida de lo que había hecho, aun cuando no dejaba de temblar.

Madame Dubois se levantó del sillón, hizo a un lado la boquilla de sus labios y habló.

—Bienvenidos todos. Espero disfruten de la fiesta. Ha llegado el momento de jugar, diviértanse que por eso han venido está noche. Hoy tendremos langosta, caviar y algunos deliciosos afrodisiacos.

Giordana frunció el mentón y miró a Fabrizio, aunque en esa ocasión él parecía más concentrado a lo que decía Madame.

—En este momento les pasaré el azafate. Dos de mis muchachos les atenderán, así que… ¡Traigan el gran platillo! —anunció la mujer sin borrar la sonrisa de su rostro.

Fabrizio suspiró, y con seriedad sus manos se entrelazaron por detrás de su espalda. Giordana esperó inquieta del espectáculo. Madame Dubois disfrutaba cada segundo de la escena.

Un par de jóvenes se levantaron de sus asientos y caminaron a la cocina en busca de lo que Madame había señalado. No demoraron mucho en regresar, sobre sus hombros se encontraba un enorme azafate; los labios de Giordana temblaron, mientras Fabrizio continuaba mirando sin expresión alguna.

Sobre aquella charola de metal, se encontraba una hermosa joven de cabellos rubios recostada; era como si durmiese, un ángel sin ropa dispuesta a convertirse en el más perverso y pecaminoso deseo de los invitados.

Sobre sus pechos se hallaban uvas moradas que adornaban cada centímetro de su piel, y encima de sus pezones estaban un par de cerezas rojas y bien jugosas. Por su abdomen recorría un jarabe dulce que empalagaba al contacto con la lengua (aunque eso poco importaría a los invitados).

Sobre su ombligo se hallaban más frutas, entre ellas algunas frambuesas y ciruelas. Y más abajo, justamente sobre el monte de venus; le recorrían varias uvas de color verde y un poco de crema batida. A los costados de la chica descansaban langostas, almejas y más alimentos exquisitos. Ella parecía formar parte del postre, cada parte de su cuerpo lo era.

—Señores míos. ¡A comer y beber se ha dicho! —explayó Madame abriendo los brazos.

Cada invitado dejó su asiento de lado, se dirigieron hacia la chica y comenzaron a devorarla de mil formas.

Las lenguas de cada uno de los presentes recorrió de pies a cabeza a la joven rubia; ella se retorcía de placer, mientras la saliva de diferentes bocas se desplazaba por cada milímetro de su cuerpo. Tanto hombres como mujeres comían de la muchacha. Algunos preferían las uvas, otros las ciruelas, o incluso un poco de cerezas.

La joven rubia se movía mientras luchaba contra sus placeres. La Baronesa y la Duquesa, habían dirigido sus bocas a los pezones de la fémina, cada una tomaba uno para sí misma. Don Bastiano era quien más parecía disfrutar de enredar su lengua con la boca de la rubia, mientras de ella probaba un poco del jarabe que había tomado de su abdomen para embadurnarlo por todas partes.

La pareja de Condes (tan distinguidos), sujetaron el champagne y lo vertieron sobre la vagina de la chica, colocaron sus lenguas entre las piernas de ésta; y de allí comenzaron a beber las gotas que caían embriagándolos en el deseo y pecado.

Otro hombre se había unido, el menos rico y poderoso de todos; estaba comiendo un poco de caviar, mientras a su lado un chico le besaba el cuello, justamente uno de los que había llevado la charola hasta la mesa principal.

Giordana mantuvo los ojos abiertos sin poder creer lo que se manifestaba ante ella; una parte suya sentía asco, pero otra no podía evitar sentir una extraña sensación de excitación. Cosa que la hacía sentir sumamente avergonzada, y más aún porque sin querer estarlo, sus pantaletas estaban humedeciéndose; algo que agradecía no fuese sabido por nadie más que ella.

—Dame champagne, mi ninfa… —susurró el Conde Duvalier, a lo que la rubia abrió más las piernas.

Para ese momento su esposa, la Condesa Duvalier, ya se había deshecho de su vestido; pues la pasión ya la había abrazado poderosamente.

La bella durmiente, con los ojos cerrados y el sabor acaramelado entre los labios; expulsó de su cuerpo el caliente líquido de su orina. La condesa y el Conde bebieron encantados cada gota amarillenta, incluso hacían gárgaras para dejar el sabor en sus lenguas por más tiempo. Sus rostros se bañaban, y de sus pestañas pendían pequeñas gotas brillantes que pronto caerían al suelo mojando las losetas del lugar.

A varios metros, con una copa en la mano; se encontraba sentado el médico sin intervenir en el escenario. Parecía complacido de ver el espectáculo, pero no estaba para nada interesado en participar.

—Mi querido Don Bastiano, ¿no desea beber de ese dorado elixir? —preguntó Madame.

El hombre con una servilleta se había limpiado los labios, pues no había comido más allá de fruta, y besado a la chica.

—No mi querida Madame, yo tengo otros gustos.

—De acuerdo.

—Por cierto —.Se aproximó a la mujer para susurrar—. ¿Cuánto por la chica nueva?

—Mi querido Don Bastiano. Lamento no complacerlo en esta ocasión, ella no está en venta —aseveró.

— ¡Oh! —exclamó con una risa falsa que a Fabrizio irritó—. Mi querida Nicole, todo tiene un precio… hasta usted.

La mirada de la mujer se enserió, presionó los labios y continuó.

—En esta ocasión no.

—Bien, entonces… —.Se dio vuelta y paseó los ojos por todo el salón—. Hoy lo quiero a él —dijo señalando a Pietro.

El chico se levantó de su asiento y avanzó hasta ellos.

—Mi querido niño, Don Bastiano desea conocerte esta noche.

—Estás firme muchacho. Debes tener ese hermoso culito bien apretado… —.Sus rugosas manos pasearon por el abdomen y los musculosos brazos del chico—. Hoy conocerás la fuerza de Don Bastiano —finalizó acariciándole los glúteos a Pietro.

Pietro sonrió para sí mismo, sus ojos se entrecerraron y su mirada se cargó de perversión. La lujuria invadió el ambiente, mientras la música continuaba acariciando la mansión con una melodiosa canción interpretada por aquella orquesta.

Pietro se colocó de rodillas ante Don Bastiano, dirigió sus manos al botón del pantalón del hombre; quien antes de ser siquiera tocado por el joven, ya había comenzado a jadear como un lobo.

Pietro mordió sus labios, complacido de lo que estaba provocando en el sujeto; entonces desabrochó el pantalón, y obtuvo del interior el pene flácido del anciano. Entre sus manos acarició los testículos del hombre, se sentían cálidos y blandos, los pliegues eran algo rasposos (por el vello púbico que comenzaba a emblanquecer ante su vejez).

Pietro miró hacia arriba, Don Bastiano gimoteaba de placer con los ojos cerrados. El joven se introdujo el miembro a la boca, y lentamente comenzó a hacerlo salir y entrar de sí; mientras su lengua realizaba giros alrededor del pene del anciano.

Por momentos el muchacho miraba a Giordana, quien no podía creer lo que veía. Era algo que le erizaba los vellos, que ponía de punta sus nervios; y que le hacía helar la cabeza.

—Que delicia… —expresó Don Bastiano con la voz entrecortada.

Madame desde el sillón aterciopelado, aspiraba por la boquilla que contenía su cigarrillo.

Fabrizio había apartado el rostro de la escena, no podía evitar sentir las ganas de vomitar. Giordana miraba incrédula a Pietro, mientras éste de igual forma la veía sin dejar salir el pene de su boca. Era como si con ello la incitara, como si se metiese a su mente y revolviera todo para hacerse presente.

Pietro sacó el miembro de su boca, pasó la lengua por los testículos del anciano, mientras éste se sostenía con fuerza de una estatua de mármol con forma de querubín.

Pietro saboreó una vez más el órgano sexual del hombre, sin dejar un segundo de mirar a Giordana con una expresión lasciva. Ella con la boca entreabierta, simplemente dejaba escapar el aire de sus pulmones.

— ¿Quieren llevarse la charola? —cuestionó Madame al Conde y a la Condesa.

—Sí, pero nos la llevaremos junto con los cargadores —comentó el Conde.

Madame Dubois aprobó con la cabeza, los chicos que habían llevado a la bella durmiente al salón principal; nuevamente volvieron a levantarla sobre sus hombros; y se dirigieron junto con la vieja pareja de Condes hasta una habitación, a la cual Colette les guio.

A escasos metros de distancia de Madame Dubois, se encontraban la Baronesa y la Duquesa, ambas despojadas de su ropa; mientras un chico de origen inglés y raza negra (que se adornaba de unos preciosos ojos verdes), las agasajaba de caricias a ambas. Justo al momento que su compañero de origen venezolano, llevaba su lengua a las partes menos exploradas de la Duquesa.

—Quiero ver qué tan larga es tu lengua, cariño —soltó la Duquesa con una voz ronca.

Su dentadura postiza estaba fija a sus encías, pero eso no quitaba el asco al percibir su aliento, que poco les importaba a los jóvenes encargados de complacerla.

Santiago, el joven venezolano; que aunque era el más delgado de todos los chicos, no dejaba de ser el favorito de las viejas y de algunos hombres.

—Méteme tu lengua en el culo… —pidió la Duquesa Santoro.

Pues sólo Santiago sabía mover la lengua con una magia envolvente para las mujeres y demás presentes.

El chico de diecinueve años se dirigió a asomar la cabeza entre las nalgas de la mujer, las despegó lentamente, y después pasó su lengua por todo extremo. La Duquesa con una risa carrasposa y escandalosa, dejó escapar una flatulencia que golpeó las narices al chico.

— ¿Acaso no es hermoso el aroma? —externó orgullosa.

—Sí, mi señora —expresó el joven aspirando el pestilente olor.

No era para menos, aquellos chicos eran igual de pervertidos que todos los invitados. Era un festín de pecados, una especie de infierno donde el diablo mandaba, y los demonios jugaban acompañados de aquellas bestias disfrazadas de ángeles.

— ¡Golpéame las nalgas! ¡No te quedes quieto! —gritó muerta de placer la desagradable mujer.

El chico apretó los dientes y estrelló su mano contra la Duquesa, quien ante el tacto cerró los ojos llegando a un clímax después de cuatro nalgadas que dejaron completamente enrojecida su piel, marcando sus estrías de un rojo intenso que parecía apunto de sangrar.

Por otro lado el joven inglés, simplemente sonreía ante lo que su compañero hacía.

No muy lejos de ellos, se encontraba el otro hombre que carecía de título aristocrático. Estaba acostado sobre una mesa larga, mientras una joven de características asiáticas le recorría con los dientes el pene. Por momentos sujetaba de su piel con fuerza, cosa que hacía retorcerse de placer al hombre.

La chica parecía divertida, para ella aquel sitio era una fiesta donde podía desatar sus mayores deseos de provocar dolor al resto; y más cuando ellos lo disfrutaban tanto.

Sus dientes se aferraron a un pedazo de piel del hombre, presionó con fuerza la carne de sus testículos y después la arrancó sin más. El rojo intenso se hizo presente, de la boca de la asiática comenzó a chorrear sangre, el hombre aulló de dolor y placer (dos sensaciones que se abrazaron como si fuesen hermanas).

La chica subió hasta encontrar la boca del hombre, lo besó con pasión y depositó el pedazo de carne dentro la boca de éste. Pronto el sujeto comió de sí mismo, mientras la muchacha se relamía la sangre de sus labios.

—Mi querido doctor, a usted le tengo su pedido especial. Sígame —dijo Madame mientras se acercaba al hombre que había estado presenciando todo sin intervenir.

Rinaldi, un médico de renombre que por las noches acudía a saciar sus bajos instintos, se levantó de su asiento y depositó de lado su copa.

Madame avanzó unos pasos tomando rumbo hacia un pasillo que parecía no tener final, y que para Giordana hasta ese momento resultaba un misterio.

Rinaldi le siguió sin espera alguna, mientras Giordana se incorporaba para caminar tras Nicole Dubois.

—Espera aquí. Atiende a los caballeros, que nos le haga falta nada. También atiende a las damas, por favor —pidió Madame.

Giordana se detuvo con extrañeza, pero no respondió y simplemente obedeció.

Madame continuó su camino acompañada de Rinaldi, pronto se perdieron entre la oscuridad del pasillo.

En una de las habitaciones, se encontraba Pietro y Don Bastiano; ambos enredaban sus lenguas en un acto más vulgar que pasional. Los dos estaban desnudos sobre la cama; uno era prueba de la belleza y juventud, mientras el otro era desagradable y avejentado.

Pietro sujetó con fuerza del cabello a Don Bastiano, éste se colocó de espaldas al chico y elevó el trasero. El joven sin demora introdujo su miembro en la hendidura anal del anciano, entonces comenzó a penetrarlo repetidas veces.

Sus dedos se aferraban cada vez más fuerte al cabello canoso del viejo, quien gimoteaba y suplicaba más fuerza y rapidez en los actos.

La mano de Pietro abrió un camino lento y tortuoso para Bastiano, marcado de caricias y pellizcos hasta llegar al miembro del hombre. Una vez allí, presionó con fuerza y comenzó a mover la mano de arriba abajo, cada vez más rápido sin dejar de penetrarlo analmente.

—Rápido muchacho, más rápido… —pedía entre gemidos el viejo.

El gran miembro de Pietro golpeó las paredes anales de Don Bastiano, el roce era tan maravilloso como doloroso.

Pronto Don Bastiano eyaculó en la mano de Pietro, éste retiró su mano y salió de Don Bastiano. El anciano suplicó que el líquido seminal le fuese llevado a la boca, quería probarlo.

—No lo desperdicies… —dejó salir—. Dame del tuyo.

Pietro se colocó por encima de él, entonces eyaculó en la boca del hombre. Don Bastiano abrió grande y sacó la lengua, luego recibió gustoso aquel elixir blanquecino.

Giordana se encontraba sentada junto a Fabrizio. La chica miraba hacia todos lados, mientras era testigo del silencio; puesto que las habitaciones encerraban bien los sonidos para que no fuesen liberados por ninguna parte.

—Pregúnteme lo que quiera… —habló el hombre mientras volteaba a verla.

—Hay muchas cosas que quisiera preguntar —expresó con tono de enojo.

— ¿Entonces? —.Movió las cejas hacia arriba.

—Ya me di cuenta de lo que es este lugar. Un prostíbulo, ¿no? Creo que pudo mencionármelo cuando llame. Entonces hubiese sabido a lo que venía —protestó.

—No, señorita. Usted no viene a eso. Cada quien tiene un trabajo aquí, y el suyo no es como el de las demás.

—Poco falta, Fabrizio —remarcó.

El hombre resopló, se desató el nudo de la corbata con ambas manos, pues por unos minutos sintió que le cortaba la circulación.

—No es así, y esto tampoco es un prostíbulo.

— ¿Y cómo quieres llamarlo? ¿Un convento?

—No sea tan dura, señorita. Llamémosle un salón de placer para gente rica. Aquí es donde descargan sus más oscuros sentimientos —explicó, aunque más parecía estarse justificando.

— ¿Qué hay tras ese pasillo? —señaló—. ¿Igual Madame da el mismo servicio?

—Muy rara vez.

—Fabrizio… —externó molesta—. No soy estúpida, se fue con el doctor Rinaldi.

—Ya habrá tiempo de que conozca lo que hay del otro lado del pasillo. Por ahora no tenemos autorización de investigar, ni usted ni yo.

—Entiendo, yo no soy de confianza.

—No lo dije yo… lo dijo usted —indicó moviendo las manos.

Giordana suspiró y echó una falsa carcajada al aire. Se llevó las manos a la cara y se restregó la frente haciéndose a un lado el cabello.

— ¡Dios! No puedo creerlo… esto es de no creerse.

—Si me permite decirlo, se ha comportado de manera muy respetable para ser su primer día en esto.

—No quiero escucharlo… ¿Cuándo terminará el bacanal? —averiguó.

—Cuando todos los invitados estén satisfechos. Invitados de los cuales usted no deberá acordarse, más que cuando se los encuentre en este lugar.

—Entiendo, entiendo perfectamente.

—Es una forma de protegerla.

—Seguro… —comentó no muy convencida.

Fabrizio sintió remordimiento por exponerla de esa forma, mas ella no podía sentir otra cosa que no fuese coraje; un coraje que tenía que aguantarse.

8

Giordana se encontraba sentada junto a su madre, en aquella banca de madera en la iglesia cercana a su residencia.

Su madre había ido con la idea de rezar un poco y pedir a Dios por su salud, ella era firme creyente en la religión. Giordana respetaba eso, pues aunque no era muy devota; había crecido en el seno de una familia católica.

La mujer tenía las manos juntas, miraba por momentos al suelo, mientras su hija desviaba los ojos en dirección a la gente que le rodeaba.

—No creas que no lo noto, Giordana —habló su madre en voz baja.

—No te entiendo —negó la chica.

—Eres diferente, cada día más diferente.

— ¿Por qué dices eso? —cuestionó.

—La ropa que usas, el reloj que llevas en la muñeca. Me preocupas —.Levantó la cabeza y miró a la joven.

Giordana entreabrió los labios con la idea de decir algo, pero su madre continuó.

—No quieras mentirme, te conozco perfectamente. Sé que hay algo con respecto a ese trabajo. Hay algo que me ocultas. Ese hombre que siempre te pasa a recoger a la casa, que siempre llega en un vehículo demasiado elegante y costoso. Todo es tan raro.

A una semana de aquella fiesta, Giordana no podía sacar de su cabeza cada escena, no podía borrar los rostros de los invitados; y mucho menos podía eliminar de su memoria a Pietro practicándole una felación a Don Bastiano. Todos esos recuerdos resultaban impropios en la casa de Dios.

—Yo… —balbuceó un poco—. No es así madre, en verdad no te oculto nada… es sólo que... —.Presionó sus labios e inclinó el rostro.

—Yo no puedo decir mucho, eres mayor de edad. Trabajas, me ayudas… no puedo juzgarte, pero te pido que por favor tengas mucho cuidado. Te lo he dicho ya, la gente no siempre es buena.

—Lo sé. Créeme que sé perfectamente todo eso, no temas por mí —aseguró con seriedad.

—Bien —asintió y continuó en silencio.

Giordana suspiró profundamente, después observó detenidamente a uno de los seminaristas que la miraba desde la distancia, parecía muy interesado en ella; pues había estado al tanto desde que ésta había llegado.

La chica se rascó la cabeza desentendiéndose de todo, luego apartó la mirada con incomodidad ante la sonrisa del joven.

—Ahora vuelvo —dijo Giordana levantándose de la banca.

— ¿A dónde vas? —averiguó.

—Te espero afuera, necesito tomar aire —externó.

—Bien —continuó no muy convencida.

La chica sin más abandonó la iglesia. A sus espaldas el seminarista continuaba observándola.

Giordana respiró profundamente cuando sus pies pisaron el césped del exterior, tras de ella se levantaba a lo alto la gran construcción de la iglesia.

La chica tomó asiento junto a una pequeña estatua de ángel que adornaba el jardín, colocó sus manos sobre sus rodillas. La tensión estaba matándola; y dentro la casa de Dios, sólo conseguía sentirse peor.

Por un fragmento de minutos miró el reloj que Madame Dubois le había obsequiado, en el fondo comenzaba a sentirse como una más de las prostitutas de ella; detestaba eso. Respiró y miró al cielo, como si éste fuera capaz de dejarle caer encima las respuestas.

El viento sopló y agitó su cabello, el vestido blanco que llevaba la hacía lucir como un ángel, aunque ella se sintiese como un asqueroso gusano sobre el piso santo de la iglesia.

—Me ha dicho su amigo que aquí estaba —se escuchó una voz familiar para la chica—. Es su amigo, ¿no? —preguntó.

— ¿Qué?... —soltó con distracción.

—Su nombre era… —pensó—. ¡Gino! —exclamó chasqueando los dedos.

—Ya, pensé que estaría en el trabajo —dijo Giordana.

—Creo que no —comentó con una sonrisa Fabrizio.

Parecía sólo reír cuando Giordana estaba presente, era a veces tan extraño. La mayor parte del tiempo permanecía con una seriedad que en ocasiones asustaba.

— ¿Madame quiere verme? —preguntó la joven.

—No del todo. Más bien yo he venido antes.

—Ya veo… —pausó, miró sus pies y luego a Fabrizio—. ¿Tienes tiempo?

—Claro —afirmó.

Los ojos de Giordana se aclararon ante la luz del sol que le golpeaba de frente. Fabrizio dejó pasar unos segundos, y después se sentó junto a ella.

—Supongo que quiere decirme algo.

—Sí… hay muchas cosas que quiero decir —comenzó, pasó saliva, tomó valor para hablar; no podía evitar sentir que cometía un error en externar lo que sentía, pero tenía que hacerlo—. Sé que muchas personas querían este trabajo, también sé que hice un compromiso con Madame, contigo… y hasta conmigo misma… pero… ¿Qué pasaría si decidiera no continuar?

Fabrizio llevó los ojos hacia la iglesia, por algún motivo lo había hecho. El lugar les quedaba de frente, casi como si fuese el punto clave del escenario.

El hombre estaba serio, mientras Giordana tenía miedo.

—Es normal sentir lo que usted siente. Pánico, nervios… incluso horror ante lo que vio. Pero le diré una cosa, todo en la vida tiene sacrificios, nada de lo que vale la pena es fácil, ¿acaso pensó que el dinero venía simplemente por atender a la señora?

La chica parpadeó ante las palabras de él, humedeció sus labios y dijo:

—Yo sé que todo tiene un precio, pero… no sé si éste valga la pena.

—Su madre está enferma, no tiene otra opción, ¿o sí?

El silencio amarró a Giordana sin opciones de protestar o decir algo más. Fabrizio continuó hablando.

—Señorita, no quiero parecer rudo o grosero, sin embargo tengo cuarenta años; y por más de veinte llevo sirviéndoles a las personas más poderosas de este mundo. No es fácil, el dinero casi siempre está de la mano con la perversión. Porque así es el mundo. El dinero corrompe a las personas; las cambia, las hace despreciables. Pero eso, una sola buena persona no va a poder cambiarlo. Ellos pueden hacer lo que quieran con nosotros, porque nosotros siempre estaremos al final de esta cadena alimenticia.

— ¿Y qué nos queda?

—Elegir, pero le digo que si no está de este lado; el otro no va a gustarle en lo absoluto.

Un trago amargo recorrió la garganta de Giordana, su saliva estaba más acida y su boca se había secado inmediatamente.

—No hay salida, ¿cierto?

—No tanto así, pero usted ya sabe muchas cosas —comentó.

— ¿Por qué llegaste a esto? —indagó con intriga.

—Es una larga historia. Pero yo realmente le debo mucho a Madame, no puedo traicionarla o dejarla, porque simplemente le debo la vida.

— ¿Por qué?

—Son secretos que algún día quizá le cuente. Mientras tanto, sólo quiero convencerla de que todo estará bien, nadie va a lastimarla. Madame Dubois se encargará de protegerla siempre.

— ¿Qué tan seguro estás de eso?

—Apuesto mi vida a que así será, señorita.

Giordana calló y miró la iglesia al igual de Fabrizio; ambos estaban junto a aquella estatua esperando a que la madre de la chica saliese del lugar, para después llevarla a casa.

9

Otoño del año 2000

Las manos de Fabrizio temblaban al momento que sujetaba aquella botella de whisky para beber un último trago.

Hacía una semana que se encontraba bebiendo y drogándose, recluido en aquella sucia cabaña abandonada en un camino de terracería a las afueras de Génova.

Sus recuerdos volaron una semana antes, cuando depositó por encargo de Don Bastiano, la bomba que acabaría con la vida de Marcelo, un capo de una pandilla mafiosa contraria a la que él pertenecía.

Fabrizio esperaba pacientemente a que el sujeto abordara su automóvil y le diera marcha para que el aparato entrara en acción. Un trabajo más de los que realizaba al servicio de Don Bastiano. Sus ojos se abrieron con sorpresa; cuando por un instante fijó su mirada en la víctima, y vio abordar en aquel vehículo a una mujer y dos niñas que acompañarían al sujeto.

En fragmentos de segundos la bomba explotó; el vehículo se incendió, el hombre murió al momento, mientras la mujer y las niñas quedaban atrapadas entre las llamas. Los gritos de terror taladraron los oídos de Fabrizio, a lo que éste huyó del sitio.

Aquella escena no lo dejaría dormir por noches enteras. No necesitaba otra razón para haber tomado la alternativa de refugiarse en esa sucia cabaña, así había permanecido una semana completa; sin bañarse, bebiendo alcohol e inhalando cocaína.

El whisky quemó su garganta, se puso de pie, su aspecto era lastimoso; la barba crecida de varios días, lo hacía parecer más viejo de lo que en realidad era a sus treinta y dos años. No demoró mucho en salir de la cabaña, abordó un vehículo que se encontraba aparcado cerca de allí, y sin más se dirigió a la mansión de Don Bastiano (quien en esa ocasión, celebraba una de sus tantas fiestas acostumbradas).

El auto se detuvo en la entrada de la casona, dos sujetos salieron al paso de Fabrizio, y uno de ellos externó con enojo:

— ¡Joder! Fabrizio, ¿dónde demonios estabas? A Don Bastiano no le gustará que te hayas desaparecido.

—Llévame con él —pidió el hombre con voz ronca.

Ambos sujetos guiaron a Fabrizio hacia una de las habitaciones, donde Don Bastiano le esperaba.

Aquella oficina era inmensa, los sillones eran de piel, mientras el tapiz se expandía con un color azul intenso; y el aroma a canela impregnaba el sitio.

Don Bastiano se encontraba sentado en una silla presidencial tras un escritorio, con un cigarrillo entre sus dedos. Llevaba puesto el mejor de sus trajes, mientras se mecía lentamente en la silla de cuero de negro.

—Eres un asco —expresó el viejo con desprecio—. ¿Dónde diablos has estado? ¿Has hecho lo que te he pedido?

—Sí, Don Bastiano —afirmó Fabrizio, con el rostro enrojecido por el alcohol.

—Lo sabía, nunca me has fallado —festejó—. Ahora quiero que te des un baño, y saques tu asqueroso cuerpo de mi presencia. Apestas a mierda —soltó con fuerza.

Fabrizio se quedó en silencio, mientras los hombres que se hallaban a sus costados continuaban mirándolo.

—Damiano —habló Bastiano—. Hagan que este imbécil se bañe, después llévenlo ante mi presencia.

Antes de dar tiempo a que Damiano respondiese, Fabrizio dijo:

—No volveré, ya no haré nada más… lo lamento.

— ¿Qué mierda has dicho? —interrogó, como si con eso diese una oportunidad a Fabrizio de arrepentirse.

—No trabajaré más para usted.

— ¿Acaso crees que puedes abandonarme nada más porque sí? Me debes demasiado, no puedes andar por allí contando lo que sabes, maldito alcohólico.

—No trabajaré más para usted, Don Bastiano —repitió casi pausando las palabras.

—Mascalzone figlio di puttana! Yo decido quien me abandona —soltó encolerizado, después se dirigió a Damiano—. Tráiganlo al salón ahora mismo. Le enseñaré a este bastardo quien es Don Bastiano.

Acatando las órdenes, ambos hombres sujetaron a Fabrizio de los brazos y después lo arrastraron al salón principal, donde los mismos invitados de Don Bastiano se encontraban bebiendo y festejando.

Entre ellos estaba Nicole Dubois, quien lucía más hermosa que nunca. Aquel reconocido cirujano, quien para la sociedad era un ángel que sólo pensaba en salvar vidas, el doctor Klaus. La Duquesa Santoro, quien aunque más joven no dejaba de ser obesa y repulsiva. Y el gran Senador Di Stefano, aquel que luchaba por los derechos del pueblo. Unos cuantos más, pero no tan importantes como los anteriores.

Los hombres de Don Bastiano, colocaron de rodillas a Fabrizio ante los presentes. Éste se encontraba con la cabeza apuntando hacia el suelo, sus ojos estaban cristalizados; pero de igual forma vacíos. Él pudo haberse deshecho de esos dos sujetos sin problema alguno, pero parecía un cuerpo sin alma.

La voz de Don Bastiano sonó ante los oídos de los demás.

—Mis queridos invitados, les tengo un juego entretenido esta noche. A este bastardo ustedes le podrán precio, su vida no vale nada.

Acto seguido, el viejo extrajo de sus ropas, un revólver calibre .38 Smith & Wesson; del tambor obtuvo cinco balas y dejó una. La hizo girar e inmediatamente la reacomodó en el revólver.

—Señores, esta arma tiene seis disparos, sólo uno es efectivo. ¿Quién desea efectuar la primera suerte de este gusano?

Todos le miraron con curiosidad, y unas risitas macabras salieron de sus bocas.

— ¡Cinco mil dólares! Haré el primer disparo —anunció el doctor Klaus.

Don Bastiano le depositó el revólver sobre sus manos, Klaus se aproximó a Fabrizio; y sin duda alguna apuntó a la cabeza de éste. Una sonrisa se dibujó en sus labios, cualquiera que lo hubiese visto hubiera puesto en duda que fuese el verdadero Klaus.

Fabrizio apretó los ojos con fuerza, y un chasquido se escuchó cuando el doctor jaló el gatillo. Mas nada ocurrió, esa recámara estaba vacía.

— ¡Bravo! —exclamó Don Bastiano.

Los demás rieron a excepción de Nicole.

—Ahora por diez mil, ¿quién sigue? —interrogó el viejo.

— ¡Yo! —apresuró la Duquesa a responder.

Bastiano con una risa estúpida, exclamó:

— ¡Muy bien! Mi querida duquesa, tenga cuidado de no salpicar sus delicadas manos.

El arma fue tomada por la Duquesa Santoro, la acción se repitió una vez más. Fabrizio cerró los ojos, se escuchó el chasquido, pero el resultado fue el anterior.

El siguiente por quince mil dólares, fue el Senador, el resultado fue nuevamente el mismo. Fabrizio sabía que sólo le quedaban tres oportunidades, pero conociéndolos no tardaría mucho en llegar su hora final.

— ¿Quién sigue? —graznó Bastiano—. Qué tal usted, mi querida Nicole.

— ¿Cuánto? —averiguó la bella mujer.

—Veinte mil es la apuesta.

—No. ¿Cuánto por el hombre?

Don Bastiano arqueó la ceja y externó:

— ¡Vaya! Mi querida Nicole, ¿usted quiere ejecutarlo sola? ¿No nos dará el placer de jugar?

La audiencia rió en bajo, como si todo fuese una comedia.

—No quiero ejecutarlo, quiero que lo dejes vivir. ¿Cuánto vale su vida?

—Mi hermosa Nicole, su vida de él no vale nada, se lo aseguro. Pero tratándose de usted, ofrezca.

—Cien mil. Lo llevaré conmigo —afirmó con seguridad.

La risa de Bastiano se escuchó grotesca y vulgar, mientras la Duquesa escupía carcajadas, el doctor Klaus comía, y el Senador bebía champagne.

—No es suficiente.

— ¡Demonios! —soltó la mujer enojada—. ¿Cuánto quiere, Don Bastiano?

— ¿Cuánto está dispuesta a pagar?

—Dígame usted el precio.

—Bien, si tanto le interesa el sujeto, se lo regalaré. Pero mi precio es usted, siempre me ha gustado, pero no la quiero a la fuerza, aunque podría hacerlo —.Bastiano continuó con risas, y dijo: —Sé que si le obligara, tendría más de cien sujetos detrás de mi cabeza, es usted muy codiciada por mis enemigos también.

—Acepto —dijo Nicole, algo que ni Bastiano creyó—. Haré lo que quiera, pero me dará su palabra, que al terminar lo liberará para que se vaya conmigo.

—Bien, mi hermosa Nicole. Tiene mi palabra, aunque no sé en que pueda servirle este bastardo.

—Entonces… —dejó salir de su boca, después de ello un silencio.

—No tardaremos mucho tiempo.

Don Bastiano se levantó y dirigió hacia una de las habitaciones. Nicole pasó junto a Fabrizio, su mirada se cruzó con la de él. Fabrizio le observó con extrañeza, aquella hermosa diosa pelirroja, se había dignado a concederle una oportunidad. Fabrizio sabía muy bien acosta de que, sólo le quedaba una pregunta: « ¿Quién era esa bella mujer y porqué lo hacía? ».

La puerta de la recámara se cerró de tras de Nicole y el viejo Bastiano.

10

Bajo aquel árbol de la mansión Dubois, se encontraba Giordana sentada leyendo The Pirate. Sobre su regazó descansaba el libro que Madame le había dado, mientras en una de sus manos se encontraba un durazno que había tomado del frigorífico.

—Vaya, hasta que te encuentro sola. Siempre estás acompañada del cancerbero —soltó Pietro mientras se aproximaba a la chica.

Giordana miró hacia arriba para toparse con el chico de pie ante ella, en su boca se movía un trozo de durazno que había mordido.

—Casi no hablas por lo que veo, o al menos no conmigo —bromeó soltando una encantadora carcajada.

Giordana pasó la fruta, mientras el chico metía las manos a los bolsillos de su pantalón.

—Es incómodo hablar con una persona a la cual la mayoría de las veces la veo desnuda —externó la chica fingiendo una sonrisa.

—Ya veo —.Ladeó la cabeza—. ¿En verdad te enoja tanto verme desnudo?

—No puedo creer esto —comentó moviendo la cabeza y sin poder contenerse la risa.

— ¿Qué? —preguntó, disimulando el atrevimiento para decir las cosas.

Giordana se apoyó contra el árbol e impulsó para levantarse, cogió el libro y caminó en dirección a la mansión.

—No entiendo… —negó el chico avanzando tras ella—. La verdad es que no comprendo porque no te agrado, es decir, creo que no te he hecho nada; hasta ahora.

Giordana se dio vuelta para mirarlo, entonces dijo:

—Escuchan, no me interesa hablar con ustedes. Con ninguno de ustedes, yo sólo vengo aquí a trabajar.

—Bien… —alargó—. ¿Y quiénes son «ustedes»? —subrayó.

—Sabes de lo que hablo, sólo aléjate de mí. Mantente al margen —acentuó.

La chica continuó avanzando, Pietro se detuvo unos minutos, mas no tardó en correr tras ella.

—Bien, bien. Dime en verdad, ¿por qué no te agrado? —interrogó colocándose frente a la chica de un solo brinco.

—No tengo nada contra ti —afirmó.

— ¿Entonces? Podemos ser amigos, sólo pienso que nada está peleado con ello.

La chica movió la cabeza hacia ambos lados en negativa, bajó el libro y se aproximó a un basurero para tirar el resto de durazno que le quedaba.

—Aléjate, Pietro.

— ¿Es por el perro guardián? —preguntó en tono despectivo.

—No lo digas así, se llama Fabrizio. Y no, no es por él. Simplemente no quiero nada con nadie de aquí.

— ¿Tanto asco te damos, Giordana? —dijo acercándose a la chica de forma amenazante.

—Yo no dije eso —.Enserió.

— ¿Por qué te resistes a tus deseos? ¿En verdad piensas que no vi como reaccionabas ante todo lo que hacía en la fiesta? No puedes engañarme.

Los pasos del chico se hacían lentos y precisos, mientras la respiración de Giordana se aceleraba al tratar de amarrar sus nervios para que no se notasen en lo más mínimo.

—No sé de qué hablas —prosiguió.

— ¿En serio? —.Miró a ambos lados sin quitarse del frente—. No te creo, es más… pienso que te gusta más de lo que parece.

—Eres un idiota —soltó ofendida.

—Giordana, eres tan inocente. ¡Despierta! Mira a tu alrededor y date cuenta de donde estás parada. Aquí es el hogar de los lobos, no puedes cegarte a todo esto. No creo que quieras ser la caperucita roja de la historia.

Los ojos de Pietro se abrieron en grande, mientras sus pupilas se expandían y sus labios se humedecían.

—Tarde o temprano caerás, y no podrás evitarlo. Pero tú puedes elegir con quien caer —extendió.

Terminó por acercarse a ella, aproximó sus labios a la comisura labial de la chica, y depositó un delicado y pausado beso. Se distanció y la miró, Giordana temblaba mientras sujetaba con fuerza el libro.

—Deja que tus deseos te arrastren, no los reprimas.

Pietro se alejó de ella y avanzó hacia el otro lado del jardín. Justamente en aquella dirección que conducía al laberinto, y que más allá de éste llevaba a los dormitorios de ellos (las hermosas criaturas de Madame).

Giordana tomó una gran bocanada de aire mientras intentaba asirse de la estatua que tenía a unos centímetros de ella. Se restregó la cara, y sin más siguió hasta la mansión.

11

Giordana se dejó caer sobre el sofá donde siempre solía dormir todas las noches. Se detuvo a mirar sus manos, no podía dejar de tocar aquel reloj que parecía convertirse cada día en su condena.

Se llevó las manos hacia la medalla que su padre le había dado cuando niña, sus ojos apuntaron al frente; y pasaron unos minutos antes de que decidiera quitársela.

Sus ojos denotaban tristeza y confusión, algo que no conseguía quitarse de la mente y que siempre estaba presente a cada momento. Miró la cadenilla sobre su palma, se veía tan frágil y le traía tantos recuerdos que por momentos llegaban a dolerle. Pero no se sentía digna de usarla.

Una lágrima rodó por su mejilla, dejó la cadenilla sobre la mesita de centro; y después caminó hacia el balcón. Abrió el ventanal y salió, los vehículos se veían diminutos desde esa altura, los departamentos de enfrente lucían opacos ante la noche, mientras la luna se escondía tras la nubosidad.

—Pareces preocupada… —habló Gino.

Giordana no tuvo que mirarlo, para darse cuenta que era él quien hablaba desde el balcón de junto.

—No puedo mentirte, ¿o sí? —soltó Giordana mientras le sonreía.

—No creo que puedas hacerlo, será difícil —bromeó—. ¿Hay algo que quieras contarme?

—No mucho… —dijo bajando la mirada—. Mejor dime cómo te va en el trabajo. ¿Tiziano sigue molestando?

—Es un gordo frustrado, ¿qué esperabas de él? Siempre amenaza con pagarme menos.

—Ese hombre es detestable. De igual forma no debes preocuparte tanto… estoy segura que pronto tendrás tu restaurante —comentó con toda intención de animarlo.

— ¡Ja! —rió en alto—. Qué así sea.

Ambos se detuvieron a mirar la ciudad, a la lejanía se escuchaban algunas sirenas, nunca faltaban esos accidentes que alteraban un poco el orden de la ciudad.

—Deberías recomendarme en el lugar donde trabajas —externó Gino.

Los brazos de Giordana reposaban sobre el barandal, y Gino se mecía con los pies.

—No creo que sea buena idea.

— ¿Por qué no? —cuestionó con intriga.

—Porque… —pausó pensativa, no sabía que responderle y Gino parecía poder oler las mentiras—. No es muy buen trabajo.

— ¿Cómo? Habías dicho que tenías buena paga —dijo elevando la ceja.

—Lo sé, pero… digamos que… hay ciertas cosas… —tartamudeó.

— ¿Qué cosas?

—Gino… no creo que sea buena idea que trabajes allí.

—Bien, lo acepto pero no lo entiendo. Giordana, no soy tu madre, tampoco voy a juzgarte. Sea lo que sea que hagas debes saber que te apoyo, somos amigos desde hace muchos años. No tienes que mentirme.

—Gracias, Gino —expresó mordiéndose los labios.

—De nada, Giordana.

—Algún día te lo diré, lo prometo —comentó en voz baja, casi como un susurro inaudible.

—Debo irme, sólo recuerda que cuando necesites ayuda, puedes decírmelo. Sólo no te metas en líos.

Sin dar respuesta, Giordana asintió con la cabeza. Gino se dio vuelta y entró a su departamento. Mientras la madre de la chica tomaba entre sus manos la medalla de su esposo, aquella a la que su hija esa misma noche había renunciado a llevar consigo.

12

Las puertas del vehículo donde Fabrizio siempre pasaba por Giordana, se abrieron frente a la mansión Dubois. El hombre extendió su mano para ayudar a la joven a descender, ella la tomó y piso el suelo del lugar.

—Gracias, Fabrizio —dijo la chica con amabilidad.

El sol ardía intensamente aquella tarde, las gotas de sudor perlaban la frente de Fabrizio, mientras que en Giordana simplemente se humedecía su pequeña nariz.

—De nada, señorita. ¿Cómo se encuentra el día de hoy?

—Bien, supongo que algo cansada.

— ¿Por qué? —indagó.

—No dormí bien.

— ¿Y eso? ¿Existe alguna situación responsable de que no duerma?

—Yo creo que hay más de una cosa culpable de eso —continuó intentado sonreír.

El hombre mostró una discreta sonrisa, la chica prefirió ignorar eso.

—Vayamos dentro, Madame Dubois le espera —indicó Fabrizio.

Ambos subieron las escaleras de la entrada, abrieron la puerta e ingresaron al sitio.

—Madame está en su habitación, sería bueno que subiese a hablar con ella.

—Bien —asintió la joven alejándose enseguida del hombre.

Fabrizio caminó rumbo a la cocina, mientras a la distancia Giordana le miró.

La joven subió escalón por escalón, era simplemente enorme cada rincón de la mansión. Cuando Giordana llegó a la planta alta, se aproximó a la gran ventana que daba vista al jardín; a lo lejos podía ver a los jóvenes jugando futbol americano como solían hacerlo, entre ellos estaba Pietro, y le resultaba imposible notarlo.

La chica se alejó del ventanal y continuó su camino a la habitación de Dubois. No pasó mucho para que ante ella se presentase la enorme puerta con acabados perfectamente detallados, era de color rojo vino y parecía dar entrada a la habitación de una reina.

Giordana tocó un par de veces antes de entrar, mas la voz de Nicole Dubois no tardó en escucharse.

—Buenos días, Madame. Fabrizio me ha dicho que quería verme —dijo asomándose.

—Adelante, necesito que me ayudes —indicó la hermosa mujer.

Giordana avanzó lentamente y se introdujo a la alcoba, cerró la puerta y se acercó a Madame.

— ¿A dónde iremos hoy? —preguntó con timidez la muchacha.

—Tenemos un almuerzo en unas horas más. Quería que llegaras temprano porque hay algo que quería darte.

— ¿Qué cosa? —preguntó curiosa.

Madame Dubois se dio vuelta para tomar una bolsa de papel color rosada que se hallaba sobre su cama, después se la entregó a Giordana.

—Quiero que lo uses en el almuerzo de hoy.

—Gracias, Madame —continuó con un intento de sonrisa.

Abrió la bolsa y miró el vestido negro que se encontraba dentro.

— ¡Es hermoso! —expresó incrédula—. Gracias, Madame.

—Es lo mínimo que puedo hacer, quiero que mi compañera vista de maravilla.

—Gracias.

—Ahora, deja eso por algún lado —dijo antes de entregar una cepillo dorado a la chica—. Quiero que cepilles mi cabello.

—Claro —asintió.

Tomó el objeto y se colocó tras la mujer, el sedoso cabello de Madame cayó a sus espaldas, Giordana pasó las cerdas del cepillo; mientras sus dedos se sumergían en la suavidad de aquel rojo cabello.

—Madame… —empezó, pero su lengua se trabó.

—Dime —continuó Nicole.

Los ojos de Madame Dubois se cerraban ante las caricias de la joven, Giordana moría por preguntar algo que temía.

— ¿Podría hacerle una pregunta? —averiguó temerosa.

—Adelante.

—Verá… —balbuceó un poco—. He estado conviviendo todo este tiempo con Fabrizio. A veces lo noto triste, pero no me atrevo a preguntarle porque. No sé si él tenga familia, o sólo viva con usted.

Nicole rió en alto antes de proseguir a decir algo, Giordana pareció incomodarse ante ello; incluso dejó de pasar el cepillo por el cabello de la mujer.

—No me digas que te has enamorado de Fabrizio, pequeña —soltó sin más.

La chica enrojeció ante tal comentario, a lo que enseguida desmintió.

—No, Madame, de ninguna manera. Es sólo que le he tomado aprecio, es un buen hombre… pero siempre le noto triste.

—Niña, la vida de Fabrizio no ha sido nada fácil. Yo le tengo mucho cariño, aunque en un principio no fue de tal forma. Sólo me movió un gesto de humanidad.

La joven meditó las palabras de la mujer durante unos segundos, luego dijo:

—Debió ser algo realmente grande, pues él le tiene mucha lealtad, Madame.

Dubois detuvo la mano de Giordana, le retiró el cepillo, y después la sujetó de la muñeca con delicadeza.

—Toma asiento —indicó Madame.

Giordana extrañada obedeció, se dejó caer sobre la enorme cama de la mujer, entonces la miró de frente.

—Lo que he hecho por él, no podrías imaginarlo siquiera.

Giordana sentía intriga, su mirada era la clave de ello.

— ¿Recuerdas a Don Bastiano?

—Sí, Madame. Aunque para serle franca, no me agrada ese hombre —puntualizó.

—A nadie le agrada, es un mal nacido con cara de buitre.

La chica contuvo sus ganas de reír y siguió escuchando con atención.

—Mis negocios con él son exclusivamente por dinero, es el ser más corrupto y con el alma mas negra que puedas imaginarte... —se detuvo, humedeció sus labios y por un momento apartó su mirada de la chica, luego continuó—. Hace tiempo ya, me invitó a una fiesta en su casa, había todo tipo de lujos, el hombre no se mide con los gastos. Aunque eso no lo hace dejar de ser un maldito bastardo. En determinado momento, dos sujetos entraron sujetando a otro hombre, tenía aspecto harapiento; de sólo verlo causaba lástima. Parecía que nada le importaba… ese hombre era Fabrizio.

Giordana la observó, viendo como lentamente ella se apagaba, demostrando que su seguridad estaba flaqueando.

—Aquellos hombres, colocaron a Fabrizio de rodillas. Estaba en el centro de la habitación, había otras personas presentes… gente perversa, a muchos los conoces ya, suelen ser invitados de nuestras fiestas. Tienen tanto dinero, que con eso pagan por sus vicios más asquerosos para complacerse así mismos. Bastiano apostó ese día la vida de Fabrizio, todos ofrecían miles de dólares, como si jugar con eso fuese algo que los divirtiese. Pasaron uno por uno a tirar del gatillo, era jugar a la ruleta rusa con la cabeza de Fabrizio. Sin embargo, cuando fue mi turno, decidí que no podía dejar a ese hombre a merced de Bastiano, ofrecí dinero por la vida de él… pero… —.Madame pasó saliva como si algo le impidiera seguir.

Giordana la miró, lentamente sus ojos fueron cristalizándose.

— ¿Sabes porque no disparé? Pude haberlo hecho.

Giordana sin dar respuesta negó con la cabeza.

—En su mirada vi que no era como el resto, aunque todos caminábamos por el mismo sendero oscuro… en él había algo que me decía que no era malo.

—No lo es —dijo en voz baja la chica.

—Como comprenderás, Bastiano no aceptó mi dinero. Él quería algo diferente, algo que siempre había deseado de mí. Yo nunca había aceptado sus sucias propuestas, pero ese día lo hice por la vida de Fabrizio. El hombre me llevó a la habitación, el muy cerdo rasgó mi ropa, después hizo conmigo todo tipo de vejaciones. Podría narrarte todo lo que sucedió en esa habitación… pero no sería justo ofender tu sensibilidad. Así que sólo te diré lo mínimo.

Giordana estaba muda, su respiración era pesada, y en sus ojos se podían ver las lágrimas acumuladas.

—Mordió mis pechos… mis glúteos, después me penetró con violencia por delante y por detrás. Introdujo en mí todo tipo de objetos, y me golpeó hasta que sangré. Yo soporté hasta el último segundo… no podía gritar, sólo lloraba en silencio.

Los labios de la joven temblaron, mientras las manos de Madame se helaban y quedaban tiesas.

—Él reía como un maldito enfermo. Cuando terminó, me dijo que ahora que había obtenido lo que tanto quería, dejaría libre a Fabrizio… pues no fallaría a su palabra, él se distinguía por ser un hombre respetable. Aquello me dio ganas de vomitar.

— ¿Qué pasó después? —se atrevió a preguntar con la voz llorosa.

—Vi a Fabrizio, le dije que se pusiera de pie y me acompañara. Él caminó como un cachorro indefenso tras de mí. Yo sé que en el fondo no deseaba morir, quería una oportunidad más, y yo se la había dado. Me recordó a mí, cuando a los trece años estuve sola, robando para poder comer… pues mis padres me habían abandonado. Entonces conocí a Julián.

— ¿Quién es Julián?

—El único hombre al que he amado en mi vida. Él me recogió de las calles, me dio alimento y casa. Me convertí en esposa —narró con nostalgia.

— ¿Qué sucedió con él?

—Al igual que Don Bastiano, Julián era un hombre relacionado a la mafia. Muy poderoso, pero con muchos enemigos. Un día sólo llegaron sus hombres a decirme que teníamos que dejar la casa donde vivíamos, pues lo habían asesinado. Su cuerpo quedó irreconocible con tantos disparos que había recibido. Ni siquiera tuve el privilegio de enterrar a mi esposo. La vida que aprendí a su lado no era tan buena, pero eso fue lo que él me dejó para sobrellevar todo. Fabrizio me recordó a mi esposo aquella vez, yo no podía dejarlo morir.

Sin poder contenerlo más, Giordana lloró, sus manos cubrieron parte de sus ojos. Mientras Madame miraba al exterior como si con ello regresara al pasado para recordar a quien había sido Julián.

En aquella historia, Giordana pudo vislumbrar que dentro de todo aquel mundo perverso, la reina de las ninfas tenía un alma que no estaba del todo corrompida.

21 de Marzo de 2018 a las 04:49 0 Reporte Insertar 15
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