El abismo de la mente (DISPONIBLE EN AMAZON) Seguir historia

oliviaortiz Olivia Ortiz

Marie Odette a sus padres mató, con un hacha las cabezas cortó, en las manos se las dejó, a observarlos ella se sentó… Colin Sandman un reconocido psicólogo y escritor, viaja al Hospital psiquiátrico St. James para entrevistarse con Odette, una chica recluida por haber asesinado a sus padres. Muy pronto desenterrará los secretos más terribles de la perfecta familia Toussaint.



Crimen Todo público. © TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS © SAFE CREATIVE

#gore #homicidio #drama #suspense
31
7564 VISITAS
Completado
tiempo de lectura
AA Compartir

PRIMERA PARTE: El juicio de Odette

1

25 de mayo del año 2008 (16:00 horas)

Corte del estado de Illinois

El fiscal Edward Cassidy, caminaba por todo el recinto, mientras cuestionaba:

—¿Usted sabía que Odette planeaba asesinar a sus padres?

Aquella temerosa anciana, quien había trabajado para la familia Toussaint durante muchos años, respondió:

—No, señor. Ella siempre fue una buena muchacha… yo… yo no sé qué sucedió. Pero no creo que ella… quisiera… —tartajeó.

—Es suficiente —interrumpió el fiscal.

—Limítese a responder, sí o no —terció el juez.

—No —acortó la mujer.

—Prosiga, señor fiscal —habló el juez—. ¿Tiene otra pregunta?

—Sí, su señoría —dijo, luego continuó:—¿Y no es verdad, que la habitación donde usted duerme y donde sucedieron los hechos, se encuentra a unos cuantos metros de distancia? ¿Y qué pudo escuchar los gritos de las víctimas, mientras eran asesinadas brutalmente con un hacha?

—¡Objeción, su señoría! —exclamó la defensa, luego afirmó:— El fiscal está guiando a la testigo.

—Ha lugar —dijo el juez.

—Replanteo la pregunta. ¿Escuchó usted, los gritos de las víctimas?

La mujer nerviosa, permaneció en silencio durante unos minutos, a lo que el fiscal insistió.

—Responda, Agnes. Recuerde que está bajo juramento.

—Conteste a la pregunta —ordenó el juez.

—No —tajó.

—Entonces, ¿pretende usted hacernos pensar, que no escuchó nada?

—No, señor —negó una vez más.

—Vamos, ¿tiene usted problemas de sordera? —dijo con una disimulada sonrisa burlesca.

Por un instante miró por el rabillo del ojo al jurado, pero éstos permanecieron atentos al escenario.

—No, señor. Escuchó perfectamente bien, pero esa noche, no escuché nada. Y no creo que la niña Odette, fuese capaz de hacer algo así —externó convencida de cada una de sus palabras.

—Es obvio que la testigo está protegiendo a la acusada. Usted estaba en el lugar de los hechos, ¿y pretende que creamos que Odette Toussaint apareció con un hacha en las manos, sus padres decapitados, ella bañada en sangre, por arte de magia? ¿Todo eso, mientras usted dormía plácidamente en su habitación?

—¡Objeción! —gritó la defensa—. El fiscal está haciendo conjeturas, pido que se retire la pregunta.

—Ha lugar —externó el juez—. Señor fiscal, le pido moderación en sus preguntas, o tendré que suspender la presentación del testigo.

Los murmullos en la sala se escucharon, mas pronto fueron silenciados por el juez.

—Retiro la pregunta —señaló Cassidy.

—Continúe. ¿Tiene otra pregunta? —inquirió el juez.

—No, su señoría. La fiscalía descansa.

—¿La defensa tiene alguna pregunta?

—No, su señoría —negó.

Mientras realizaba algunas anotaciones en unas hojas que tenía sobre el escritorio.

Odette Toussaint se encontraba junto a su abogado, estaba en silencio, y con el cabello cubriéndole parte del rostro.

—Tendremos un receso de quince minutos, después presentarán sus alegatos.

Tiempo después, la voz del juez Jonas Park se escuchó desde el estrado, mientras anunciaba:

—La fiscalía y la defensa presentarán en este momento sus alegatos al jurado.

—Gracias, su señoría —habló Edward Cassidy, el fiscal de distrito; quien con su elegante traje de corte ingles, se había levantado de su asiento.

—Ante ustedes, señores del jurado y honorable juez, quiero presentar la postura de la fiscalía con respecto a la acusada Marie Odette Toussaint Castellini —empezó, y continuó hablando mientras caminaba enfrente del jurado—. Esta mujer, quien se encuentra sentada frente a ustedes, podría parecerles una joven inocente con rostro angelical; pero en realidad en ella existe perversidad y maldad, lo que la convierte en una sanguinaria asesina. La noche del 14 de febrero, asesinó con toda crueldad y sin asomo alguno de piedad a sus padres. Una pareja ejemplar, conocida en la sociedad por sus aportaciones benéficas y de gran calidad humana. Eso a Marie Odette no le importó, pues su perversidad no tuvo límites cuando sus padres se encontraban dormidos, y ella con toda premeditación ingresó a la habitación de ellos llevando en sus manos nada menos que un hacha, con la cual les asestó varios golpes hasta quitarles la vida. No conforme con ello, los decapitó, cogió las cabezas entre sus manos y las depositó sobre el vientre de sus padres respectivamente, como si las víctimas sujetaran sus propias cabezas, en un acto bárbaro y violento. Después, con toda tranquilidad, cogió una silla en esa habitación, y se sentó por un largo tiempo a contemplar su obra. Yo sé que los expertos en psiquiatría la han diagnosticado como una persona que no se encuentra en sus cabales, pero la verdad es que… todo el escenario fue planeado con una maligna inteligencia por parte de la acusada. Yo les pido a ustedes, señores del jurado, que a la hora de dar su veredicto piensen en las vidas que fueron arrancadas de forma cruel por la acusada; y que defiendan la ley y no le permitan salirse con la suya. Su veredicto por esta razón debe ser culpable, y pedir la pena máxima que el estado establece. La fiscalía descansa. Gracias, señores del jurado; gracias, su señoría —finalizó el hombre regresando a su lugar.

—Puede sentarse, señor fiscal —señaló el juez.

Odette se encontraba sentada junto a su abogado. Una mano reposaba sobre su regazo, y la otra rascaba la mesa frente a ella; miraba perdidamente sus uñas contactar con la madera. Parecía extraviada, como si no terminara de entender su lugar en esa corte. Había permanecido así, desde que se le había encontrado aquella noche con el hacha en sus manos y el cuerpo completamente desnudo.

Ninguna palabra lógica había salido de su boca desde ese entonces, simplemente repetía una y otra vez frases incongruentes; a veces susurraba cosas, pero ni siquiera George siendo su abogado, había podido entenderla. Era por eso, y por muchas otras investigaciones, que para él, ella era una completa desequilibrada mental.

—Adelante con la defensa —indicó el juez.

—Gracias, su señoría —prosiguió George Sanders.

El hombre caminó en dirección al jurado, y acompañado de ademanes comenzó a hablar.

—Señores del honorable jurado, yo quiero presentar a mi cliente, ella es Marie Odette Toussaint Castellini, una joven de veinte años de edad; excelente estudiante de psicología, y católica de gran devoción. Una joven de buenas costumbres, pero que desafortunadamente hasta donde esta investigación nos ha llevado, y basándonos en las pruebas presentadas por la defensa, ella pudo haber sido manipulada por la presencia de alguna droga que le fuera suministrada sin que ella tuviese conocimiento alguno de eso, después de haber asistido a lo que ella pensó era una reunión sana de amigos, y que culminaría con la visita a una peligrosa secta conocida como La hermandad de Nightwalkers. Allí, influenciada por ideas contrarias a la moral que impera nuestra sociedad, se produjo en su mente un daño terrible, confirmado por los diagnósticos médicos de Marie. Ella se sintió poseída por algún tipo de entidad que le hablaba, y la cual le incitó a cometer el homicidio de sus padres, haciéndola pensar que eran seres perversos. No justificamos el homicidio, pero yo les pido, señores del jurado, que valoren el hecho de que mi cliente no lo hizo en pleno uso de sus facultades mentales. Les pido que obren con justicia y miren en sus corazones si la persona que se encuentra acusada en esta corte, es en realidad una perversa asesina que merece ser castigada, o una joven realmente enferma con serios problemas psicológicos, que debería ser tratada en un hospital. Yo les pido que le den una oportunidad más, y que la declaren inocente. —George se detuvo, humedeció sus labios, y prosiguió—: Gracias, señores del jurado; gracias, su señoría. La defensa descansa.

Los miembros del jurado se mantenían con seriedad en sus rostros; los presentes murmuraban ante tales hechos; y la fiscalía simplemente miraba por momentos el comportamiento de Odette, aunque éste no decía mucho, pues continuaba pareciendo absorta de todo.

—La corte hará un receso para la deliberación del honorable jurado —indicó el juez.

Los abogados se levantaron, y Odette fue sujetada de las esposas y llevada hasta su celda. Eran tan mecánicos sus movimientos que ni siquiera había que decirle que hiciera las cosas, simplemente seguía los pasos de quienes la guiaban.

—Adelante señores, pasen —dijo el juez mientras ingresaba a su oficina.

Seguido de él, accedieron el fiscal y la defensa, quienes aunque parecían no entenderse del todo, solían jugarse unas partidas de póker fuera de la corte.

—Bien… —empezó el juez Jonas, quien tras un suspiro continuó hablando—. Creo que este caso es bastante complicado. Los alegatos que han presentado son válidos; y creo que han dejado en un predicamento al jurado, pues la acusada, según ha demostrado la defensa, no se encuentra bien de sus facultades mentales. La corte debe declararla inimputable. Si el jurado la declara culpable, la recluiré en una prisión psiquiátrica. Si la declaran inocente, tampoco podría dejarla ir libremente, así que les pido que lleguen a un acuerdo y me presenten su postura.

—Señoría, con todo respeto, yo creo que es responsable de sus actos. Y si la declaran culpable solicitaré la pena máxima —comentó Edward Cassidy.

—Bien, señor fiscal, sólo sea un poco condescendiente. Le recuerdo que el juez aquí soy yo, y por lo tanto yo daré el último veredicto.

—Yo creo que debe ser recluida en un hospital psiquiátrico, pero debemos llegar a un acuerdo. ¿Cuántos años le serán otorgados? —cuestionó George.

—No más de cinco años, o hasta su recuperación total. Claramente tendrá responsabilidad médica y custodia.

—Respeto su decisión, señoría, aunque yo no esté del todo acuerdo. Pero creo en cierta forma que podría ser mejor así —comentó dudoso Edward Cassidy.

—¿Está usted de acuerdo, abogado? —interrogó el juez a George, quien simplemente miraba sin decir nada.

—Sí, estaré de acuerdo si así se define.

—Bien, los veo en la sala —concluyó Jonas Park.

—La corte inicia sesión —anunció el secretario del juez.

En ese momento todos se situaron en su lugar, y entonces continuó el secretario.

—De pie todos, por favor. Preside el juez Jonas Park.

—Señores del jurado, ¿tienen su veredicto? —preguntó.

—Sí, su señoría —comentó un hombre de camisa color celeste, quien sería el encargado de hablar por todo el jurado.

—Acusada, póngase de pie —indicó el juez.

Odette se levantó junto con George, los ojos de la chica se dirigieron al suelo, y el abogado por su parte escuchó atento.

—El jurado decide: en los cargos de homicidio en primer grado contra Marie Odette Toussaint Castellini, declaramos a la acusada… inimputable.

Una serie de murmullos se desplazaron por todos los rincones del lugar, algunos parecían aliviados, pero otros se mostraban indignados ante ello.

—¡Orden en la sala! —vociferó de inmediato Jonas golpeando su martillo.

Odette parpadeó varias veces ante el ruido que emitía el objeto, y sus manos se entrelazaron como si con eso esquivara todo tipo de sonido a su alrededor.

—Gracias, señores del jurado. Se sentencia a la acusada Marie Odette Toussaint Castellini, a cumplir cinco años y no menos de tres, en reclusión hasta su total recuperación, en el Hospital Psiquiátrico Saint James en la Villa de Buffalo. Se cierra la sesión, la corte descansa.

El último golpe del martillo sonó y se dio por finalizado todo. George se acercó a Odette, y le susurró:

—Todo estará bien.

Su mano tocó el hombro de la chica, y Odette simplemente pareció mirarlo inexpresiva; era como si no entendiera nada, estaba totalmente perturbada.



2

Año 2011

Springfield, Illinois

—Bien, señor Monroe… —hizo una pausa aquel hombre de cabello oscuro, ojos azules y piel diáfana; quien con un bolígrafo escribía sobre una pequeña libreta con hojas de color crema—. No olvide como le he dicho anotar todos y cada uno de sus pensamientos en el diario. La próxima sesión lo leeremos juntos. Si siente que recae, no dude en llamarme.

—Gra… gracias… doc… doctor, me sien… me siento… me… mejor —tartamudeó un hombre regordete y calvo con anteojos redondos, quien tembloroso apretujaba una libreta entre sus gordas manos.

—Bien, quiero que esté tranquilo. Saldremos juntos adelante, cualquier cosa sólo llame. Mi asistente le dará una cita, así que usted no se preocupe por nada. Las cosas mejorarán. —Sonrió brindándole confianza al sujeto.

—Es… está… está bien… Lo ve… lo veré luego —finalizó con dificultad, se levantó del diván, y caminó hasta el psicólogo.

—Hasta luego, señor Monroe, cuídese mucho —concluyó extendiéndole la mano al hombre.

—Con permi… con permiso —dijo y después salió del consultorio.

Tras cerrarse la puerta, Colin Sandman se acomodó en su silla, miró el interfono, y después lo presionó.

—Janet —habló el psicólogo.

—Dígame, doctor —se escuchó una agradable voz femenina.

—Otorgue una cita al señor Monroe, por favor.

—Claro que sí.

—¿Tengo algún paciente más?

—No, doctor, hasta mañana a las diez de la mañana tiene cita con la señora Keller —informó al momento que hojeaba una agenda.

—Bien, Janet, puede irse a casa.

—Gracias, doctor —pausó, y rápidamente habló—. Una cosa más, le llamó el doctor Washington, ya viene en camino.

—De acuerdo, le esperaré aquí.

—Doctor… —empezó con una risa nerviosa antes de que Colin cortara la comunicación.

—Dígame.

—Pues… yo quería pedirle… bien… —decía entre risas—. ¿Puede firmarme su libro?

Colin sonrió ante tal hecho, y después humedeció sus labios, entonces continuó:

—Claro Janet, tráigalo.

—Ya mismo voy —señaló dejando de lado el interfono.

La joven entusiasmada se levantó de aquella silla que la ubicaba en su escritorio, se arregló su largo y negro cabello con los dedos de las manos; y cogiendo un libro que se encontraba dentro su bolso, caminó hasta el consultorio.

—Aquí está —dijo la mujer una vez que abrió la puerta.

—¿Qué le gustaría que diga la dedicatoria? —averiguó Colin, mientras sujetaba el libro.

—No lo sé, lo que usted guste —comentó con una sonrisa de oreja a oreja.

Colin asintió, entonces se dirigió a la primera hoja del texto y comenzó a escribir con aquel bolígrafo de punta fina, con el cual solía hacer la mayoría de veces sus autógrafos.

«Los secretos del inconsciente» podía leerse en la portada con letras blancas, aquella que Colin Sandman había inspeccionado para que mostrase lo que quería proyectar en su primera obra. Una especie de cabeza humana que dejaba traslucir el cerebro, con una serie de perfectos trazos dibujados por un profesional. Todo montado con exactitud sobre un fondo mezclado de diferentes tonos de color azul; desde el más pálido hasta el más oscuro.

—Espero pronto tener su siguiente libro —expresó la mujer con emoción.

—Claro, en cuando lo termine lo tendrá —respondió entregándole el libro a la mujer.

—Gracias, doctor. —Sonrió ella mientras leía la dedicatoria.

—De nada, Janet.

—Debo irme, pasaré por Michael a la guardería —comentó.

—Bien, que tenga bonita tarde.

—Gracias, igual usted —dijo, con cierto rubor en las mejillas que comenzaba a asomársele.

—Hasta luego.

Janet se dio vuelta para marcharse, y exagerando su contoneo se alejó del consultorio. Colin le miró irse con una discreta sonrisa, no podía negarse a la idea de que esa mujer en definitiva era guapa, pero tampoco le gustaba tanto como para salir con ella.

Colin Sandman regresó los ojos a su libreta, después de leer unas cuantas notas la cerró. Se dirigió a su computador, y acto seguido lo apagó.

—Toc, toc —emitió un hombre de rostro afroamericano; imitando el toque de una puerta, dio unos pequeños golpecillos a la pared del consultorio de Colin.

—Kevin, adelante —indicó Colin con una cálida sonrisa.

—Desde que tu libro se ha convertido en Best seller, no me has dado una sola cita —bromeó Kevin Washington, amigo desde el bachiller de Colin Sandman.

—¡Joder! —exclamó estrujándose el rostro—. Apenas he tenido tiempo de respirar. Créeme que llego a casa, duermo unos minutos, y después tengo que salir a seguir resolviendo demás asuntos.

—Entiendo. ¿Qué tal va el día? —continuó mientras se situaba en el diván.

—¿Qué te puedo decir? Lo normal, una que otra persona que viene a verme para contarme sus problemas. En la tarde tengo que ir a una entrevista para la radio de Springfield, ya sabes, quieren que les hable sobre el libro. —Hizo una pausa mientras se dirigía a su estante y cogía dos copas—. Aquí tienes.

Kevin sujetó una, mientras continuaba charlando con Colin.

—Por cierto, ¿ya has terminado el nuevo libro?

—No, aún me falta pulir unos detalles. A veces creo que la gente espera demasiado de mí.

Sandman se dirigió hacia su último cajón, y extrajo una botella de whisky donde podía leerse en la etiqueta: «Jack Daniel’s».

—Bien, pero tu sueño de escribir se está cumpliendo.

—Eso sí —comentó apretando los labios contra los dientes—. De igual forma, ¿cómo te ha ido a ti?

—Bien, yo diría que trabajar con niños en verdad es gratificante. Ellos son tan diferentes, sobre todo los niños que yo veo.

—Sí, es verdad, tus niños son especiales. Siempre te gustó esa área —afirmó mientras bebía un poco de whisky.

—¿Qué te puedo decir? Con ellos todo es distinto, no hay maldad. Es como si en sus ojos pudieses percibir lo transparente y gentil que son sus almas, tan diferentes a cualquier otro individuo.

—Me imagino que sí, a veces escucho tantas cosas que me sorprende darme cuenta de la sociedad en la que vivimos.

—Y eso que no conoces todo lo que hay allí afuera, nosotros sólo vemos una parte del iceberg.

—Eso es tan cierto… —dijo quedándose pensativo por unos minutos.

—Y dime algo Colin, ¿de qué hablará el siguiente libro?

—¿Ah? —balbuceó un poco antes se seguir—. Me interesa conocer la parte oculta y oscura de la mente.

—¿Algo así como el abismo? —indagó enarcando las cejas.

—Sí, así es. Inalcanzable a veces.

—Bien… —se detuvo entrecerrando los ojos, bebió un poco de su copa, y después se aproximó hacia su amigo—. Hay un caso que podría interesarte.

—Dime —externó Colin.

—¿Recuerdas hace tres años aproximadamente? Había una chica de apellido Toussaint.

—¿La que asesinó a sus padres con un hacha?

—Esa misma.

—Creo que la condenaron, ¿no? —comentó sin darle mucha importancia.

—Se encuentra en un hospital psiquiátrico.

—¿En dónde?

—El hospital Saint James en la villa de Buffalo, está a unos treinta minutos de aquí.

—Eso parece interesante, pero ¿por qué importa ahora?

—Creo que podría serte útil para tu nuevo libro. ¿Te gustaría hablar con ella? —preguntó incitante ante tal situación.

De alguna manera Kevin buscaba que Colin accediera, era como si quisiera hacerlo caer del precipicio de una manera demasiado agradable como para parecer cruel incluso.

—Claro que me interesaría, es un caso lo bastante bueno para ser analizado.

—Entonces hablaré con un amigo, él es el director de ese hospital. Cuando tenga noticias te haré saberlas.

—Me parece perfecto —expresó con entusiasmo.

—Bien Colin, debo irme. Tengo unas consultas antes de ir a casa, te veré luego.

—Vale, salúdame a Lily.

—Claro que sí, seguro estará encantada de que nos acompañes a cenar este fin de semana. Con el embarazo se ha vuelto sumamente cariñosa, eso para mí es ganancia.

—Vale, Kevin, gracias por haber venido —soltó acompañando de una risa su voz, pues lo que le había dicho Kevin claramente le había causado gracia.

Kevin Washington abandonó el consultorio, por otro lado Colin apuró su whisky, y después salió de la oficina.



3

Colin Sandman arrojó las llaves sobre la mesa de centro que se hallaba en la sala; el simple choque del metal con el cristal provocó un tintineó un poco molesto. Colin se dejó caer sobre el sofá, y cerró los ojos un par de minutos.

Se había acostumbrado al silencio de su apartamento; tenía años viviendo solo, así había sido desde que sus padres habían muerto. Su única compañía desde ese entonces eran aquellos Goldfish que se encontraban dentro una pecera que él siempre procuraba que estuviese limpia.

A sus treinta y siete años muchos se preguntaban porque no se había casado. Era un hombre exitoso y bien parecido, pero sus respuestas ante aquellas interrogativas siempre resultaban cortantes. Sus motivos de vida iban más allá de formar una familia, siempre había tenido en mente realizarse como persona antes de empezar a criar nuevos individuos, pero a veces era tan ambicioso que siempre que terminaba un logro se imponía mil más. En su vida sólo existían dos cosas importantes: su trabajo y la escritura.

Había tenido novias, pero la mayoría siempre terminaba huyéndole, puesto que ellas exigían tiempo, y él no contaba con ese tipo de tiempo.

Colin abrió los ojos. Lo que para él pareció dos horas de sueño, en realidad habían sido dos minutos.

Se sentó y llevó sus manos hacia el montón de cartas que se encontraban sobre la mesa, habían estado allí desde hacía días. Pero como siempre, las había pospuesto para revisarlas después.

—Veamos, ¿qué tenemos por aquí? —comenzó a hablar mientras leía cada sobre.

La mayoría eran cuentas por pagar, y otras tantas correos de admiradores que deseaban poder contactar con él.

Colin no solía ser la clase de hombre que escribía a sus lectores, prefería incluso que lo hiciera Janet, aunque eso claramente nadie lo sabía.

Su móvil pronto comenzó a vibrar y a emitir un sonido característico, que Colin había olvidado cuando había sido la última vez que lo había cambiado. Cogió el móvil, y abrió la llamada sin esperar más.

—¿Qué crees? —se escuchó la voz de Kevin.

—Dime.

—Ya tengo la cita para que visites a la chica en el hospital.

—Excelente, ¿para cuándo es?

—Dentro de dos días. Podrás verla a eso de las cuatro de la tarde.

—Bien, iré entonces.

—Hablarás con el médico Frank Zimmerman, él ya sabe todo, sólo dile que vas de mi parte.

—Gracias, Kevin, allí estaré.

—Espero ayudar de algo.

—Claro que sí —asintió satisfecho.

La llamada terminó. Colin se acomodó sobre el sofá y acercó su computadora portátil hasta él. Abrió la máquina, y rápidamente se dirigió al buscador, entonces tecleó: «Familia Toussaint».

Ante sus ojos se desplegó una fotografía, en la cual podía verse a un hombre de origen francés que vestía un traje sumamente elegante, a su lado una mujer bellísima con aire italiano; y en medio de ambos una joven de penetrantes ojos verdes, rostro angelical y cabello castaño cenizo.

Colin se detuvo a contemplar la fotografía, como si buscará resolver todas sus dudas con ello; aunque resultaba imposible, era indescifrable para él, saber en ese momento algo acerca de esa familia que a simple vista parecía perfecta.

—¿Por qué lo hiciste?… —susurró el hombre a la pantalla, en aquel apartamento donde todos los sonidos parecían capturarse en la mismísima soledad de su vivienda.



4

Hospital Psiquiátrico St. James

Illinois, Villa de Buffalo

—Cuéntame, Odette, ¿cómo te has sentido hoy? —preguntó, aquel hombre de cabello canoso que vestía una bata blanca y se encontraba tras un escritorio de madera, realizando unas anotaciones en lo que parecía ser un expediente.

—Bien… —respondió en voz baja y asintió con la cabeza una joven de grandes ojos verdes, que llevaba una coleta sujetando su cabello por completo.

—Has estado más tranquila estos días por lo que puedo notar. Me alegra mucho, Odette. ¿Cómo te has integrado con todos? Parece que incluso tienes amigos —quería sonar animoso, aunque la chica se mantenía un poco retraída ante él.

—Son amables conmigo… —continuó mientras llevaba su mirada a los lados, una mueca pareció asomarse por su rostro, pero no terminaba de formar una sonrisa—. He dormido bien estos días.

—Me alegra mucho, eso quiere decir que estamos progresando. Y dime algo, ¿aún escuchas las voces? —averiguó, y por un minuto dejó de lado sus anotaciones para prestar su total atención.

—¿Voces? ¿Cuáles voces? —preguntó confundida mientras sus rosados labios se humedecían.

—Bien… —pausó, entrecruzó sus dedos de ambas manos, y se aproximó a mirar de cerca a la chica—. Verás, la primera vez que ingresaste aquí, tú decías escuchar voces. Parecía ser que alguien hablaba contigo. ¿Lo recuerdas?

—Nadie habla conmigo… no recuerdo —negó.

—¿Conoces a alguien de nombre Markus?

—No… yo no… no recuerdo. —Cabeceó.

—Pues tú me hablaste de él, decías que era el espíritu de un soldado romano que hablaba contigo.

—Lo siento, no recuerdo.

—Bien, entonces dime. ¿Recuerdas haber hecho algo malo siendo influenciada por alguien, o por algo?

—No, no lo recuerdo. No escucho voces, y me he sentido muy bien. Y con respecto a hacer algo malo, en verdad tampoco lo recuerdo… Yo no sé a qué se refiera —comentó con una marcada sinceridad.

—Me alegra que te sientas mejor, Odette. Al parecer hemos avanzado mucho, parece ser que Markus se ha ido. Creo que estás olvidando algunas cosas, pero todavía tenemos que charlar de ello. No olvides decirme todo lo que te pase, ¿vale?

—Claro, doctor —dijo con una gélida sonrisa.

—Bien, Odette, eso sería todo por hoy. Cuídate mucho.

—Nos vemos —finalizó la chica levantándose de la silla.

Una vez de pie, estrechó la mano al médico, y después abandonó el consultorio.

El hombre la miró irse y cerrar la puerta. Sus ojos regresaron a las anotaciones, y cogió el bolígrafo que había rodado en dirección a una placa dorada que se encontraba sobre su escritorio donde podía leerse: «Dr. Foreman». Entonces comenzó a escribir en aquel expediente que claramente dejaba ver el nombre de: «Marie Odette Toussaint Castellini».

Paciente femenino presenta lagunas mentales con relación a los sucesos ocurridos que la tienen recluida en el Hospital Psiquiátrico St. James. La voz de Markus ha desaparecido, entidad que la paciente había referido como responsable de manipularla para cometer tales hechos. En estas últimas terapias, he podido ver el avance que hemos tenido con la paciente; la esquizofrenia paranoide diagnosticada ha sido controlada con el tratamiento que hemos estado llevando desde su ingreso. Poco a poco se han ido disminuyendo dosis, hasta tal punto de remover fármacos del esquema.

No hay presencia de actitud agresiva, las alucinaciones han desaparecido. Recomiendo tres meses más de tratamiento y una valoración para aprobar el alta.

Control de fármacos:

Risperidona 3mg 1 tableta cada 24 horas.

Ácido valproico 250mg 1 tableta cada 8 horas.

Retiro parcialmente de Clonazepam, se mantendrá 1 tableta de 10mg por la noche.

Observación y terapias en grupo.

Firma el Dr. Foreman No. de Cédula 14089657

Tras terminar de anotar todo lo observado, cerró la carpeta, y acto seguido la colocó debajo de los demás expedientes de todos aquellos pacientes que solía tener bajo su cargo.



5

—Una de las armas más poderosas del ser humano es la mente. Es tan compleja y estratégica que es capaz de otorgarnos una personalidad única para cada individuo, imposible de reproducir, e imposible de remplazar.

El doctor Zimmerman, especializado en el área de neuropsiquiatría, caminaba por todo el auditorio mientras hablaba en dirección a aquel público lleno de pasantes de la misma especialidad. La mayoría circulaba entre la edad de veintisiete y treinta años, posiblemente un par de años menos, o un par de años más. No importaba mucho, eran egresados de medicina, y soñaban con llegar a ser por lo menos, la mitad de lo que Zimmerman ya era.

Un hombre sumamente inteligente, reconocido por muchas personas por sus estudios realizados y aportes hechos sobre todo dirigidos a enfermedades mentales. Hablar con él era un banquete de sabiduría. Una eminencia; no había otra palabra para describirlo.

—Debo admitir que jamás estuve de acuerdo con la frase que dice: «Todos somos iguales por dentro». Pero es qué joder, ¿qué coñazo es eso? —bromeó, con su tan caracterizado sentido de humor que enseguida hizo estallar en risas al auditorio—. No creo que todos seamos iguales por dentro, y lo digo en sentido estricto de la frase, no lo somos. Cada ser tiene su propio diseño estructurado específicamente en cuando a la cadena de lo que forma el ADN, cada individuo maneja una personalidad y se rige por ideas propias. Y sobre todo, cada quien tiene su propia locura que puede llevarlo o no a la desgracia. Eso me hace recordar a Juana De Arco, ¿alguien conoce de la historia? —interrogó, y entre todos los estudiantes una joven levantó la mano.

—Claro, doctor. Según algunos datos históricos, se cree la idea de que Juana De Arco haya padecido de esquizofrenia, pues ella creía que hablaba con Dios.

—En términos propios, ¿qué significa para ti esquizofre nia? —cuestionó con amabilidad, mientras sus pies se detenían frente a la chica.

—Es una enfermedad mental, que lleva al paciente a sufrir alucinaciones tanto visuales como auditivas. Tiene varias clasificaciones, entre las cuales el paciente puede presentar delirios visuales y auditivos, o sólo auditivos; de cualquier manera resulta producto de la mente. En algunos casos resulta hereditario, o incluso alguna situación traumática puede llegar a detonarlo —explicó, mientras sus compañeros le miraban atentos, y seguramente más de uno tenía un significado más amplio para otorgar.

—Exactamente, eso mismo es la esquizofrenia. Pero yo creo que en este momento seguramente estarán en sus asientos preguntándose porque he mencionado a la señorita Juana De Arco. Bien, me parece que es un ejemplo de que no todas las alucinaciones son necesariamente macabras como muchos tendrán la idea aquí. Ella escuchaba que Dios le hablaba, y en efecto, por burdo que parezca, esa locura la llevó a salvar una nación. Pero esto no siempre resulta así… —la voz de Zimmerman cambió drásticamente de alegre a seria, tornándose incluso amenazante para algunos—. En el peor de los casos conduce a caos y muerte. Muchos pacientes llegan aquí porque resultan culpables de homicidios, violaciones, y demás cosas aberrantes que no podrían llegar siquiera a imaginar. Quiero pensar que ustedes eligieron hacer sus prácticas en este lugar porque saben que verán mucho que desearán olvidar, pero también verán cosas que les harán amar u odiar esta especialidad. No es fácil tratar con un paciente psiquiátrico, requiere de mucha paciencia, pericia, y extenso manejo de vocabulario. Deben saber que estarán hablando con personas que, aunque hablen su mismo idioma, no podrán entenderlos siempre.

Los jóvenes del auditorio por un minuto guardaron silencio, y borraron todo rastro de sonrisas de sus rostros. Zimmerman les miró una vez más, y entonces continuó:

—No planeo asustarles, pero quiero que sepan que esto no es fácil. Y no menosprecio las demás especialidades, todas tienen su complejidad. Pero psiquiatría… siempre va a llevarlos al límite de sus emociones.

Mientras el médico continuaba su discurso para preparar a los próximos especialistas de la materia, Colin Sandman se coló por el auditorio, se deslizó sin ser visto hasta una de las sillas del fondo, y se sentó a escuchar atentamente mientras miraba su reloj de mano.

—Quiero estar seguro de que ustedes esto quieren. El que no, puede irse, o incluso podrá pedir su cambio a otro hospital; pero les aseguro que a donde quiera que vayan, tarde o temprano tendrán que lidiar con casos bastante fuertes que podrían hacerles quebrantar. Aquí saldrán preparados para las cosas que les esperan allá afuera. Cada uno decidirá qué hacer más adelante, pero este lugar les hará obtener experiencia como ningún otro.

—Doctor, yo creo que si hemos llegado hasta aquí, es porque estamos convencidos de que esta es nuestra vocación —opinó un joven que se encontraba justo al frente.

—Bien, entonces bienvenidos. Pueden dirigirse al área de administración, allí les recibirá el doctor Alexander, él les guiará para que conozcan las instalaciones, él mismo les acomodará en sus respetivas áreas. Sólo me queda desearles éxito —concluyó con una sonrisa.

Los médicos se levantaron de los asientos, y poco a poco fueron abandonando el auditorio.

Zimmerman se acercó a un escritorio donde mantenía el ordenador abierto que se conectaba al proyector para pasar las imágenes en grande de sus diapositivas; y cerró todas las pestañas del computador.

—Doctor… —habló Colin Sandman mientras se aproximaba al sujeto.

—Buenas tardes, ¿ustedes es…? —continuó mientras extendía su mano a Colin, quien enseguida la cogió.

—Mi nombre es Colin Sandman, soy psicólogo —dijo con una amistosa sonrisa.

—Un gusto, ¿y qué lo trae por acá? —indagó con curiosidad mientras cogía su ordenador dispuesto a abandonar el aula.

—Bien. Me ha enviado el doctor Kevin Washington, es amigo mío, él me explicó que yo podría hablar con usted —prosiguió humedeciendo sus labios un poco nervioso.

Colin no entendía por qué, pero se sentía intimidado; no sabía si era porque conocería a la protagonista de lo que podría ser su siguiente libro, o por la presencia de un hombre que no inspiraba otra cosa más que respeto como lo era el caso de Zimmerman.

—¡Oh! —exclamó en un chispazo de recuerdo—. Ya. Él ha hablado conmigo. El caso de Odette Toussaint.

—Ese mismo, me intriga un poco. Quisiera ver si existe la posibilidad de conversar con ella. Me he informado un poco sobre eso.

—Un caso bastante complejo, pero vaya que interesante. Hubo tantas cosas alrededor de ese asunto que ni yo termino de entenderlo todo.

—Sí, demasiado extraño.

—Bien, acompáñeme a mi oficina, podemos ir charlando sobre esto —señaló mientras comenzaba a avanzar.

—Claro que sí —asintió.

—Usted es escritor, ¿no? —indagó curioso.

—Sí, hace poco publiqué un libro, y estoy en proceso de otro.

—Déjeme adivinar, ¿la señorita Odette es parte de otro éxito literario? —comentó entrecerrando los ojos.

Colin pensó una respuesta corta y afirmativa, pero no quería escucharse como un tipo ambicioso y egoísta que se estuviese aprovechando de aquel caso que había conmocionado al estado durante un tiempo. Simplemente balbuceó un poco hasta poder responder.

—No precisamente, lo hago más bien confines de investigación.

—Vamos, señor Sandman, no tiene que mentir —dijo entre risas—. En realidad no lo juzgo, de no ser porque yo administro este hospital y no puedo dar a conocer datos personales de los pacientes, escribiría infinidad de libros basados únicamente en las historias de todos aquellos que pisan este lugar. Si las paredes pudiesen hablar, le apuesto a que tendría usted en sus manos sus próximos éxitos sin necesidad de esforzarse un pelo.

—¡Vaya! —expresó con una carcajada silenciosa—. No creo tener el temperamento que se requiere para escuchar todas esas historias, en realidad sólo me interesa una.

—Ya —asintió—. La de Odette. Bien, por tratarse de que usted viene por parte de un buen amigo como lo es Kevin Washington, le daré un pase para que pueda entrar y salir sin problema. Pero le pido una cosa, mucha cautela con la forma en la que desarrolla el libro, no quiero problemas con la prensa o los familiares de la chica. Aquel caso fue algo muy delicado para todos, no quiero que el hospital se manche por algún asunto mal interpretado —advirtió.

—Le aseguro, doctor, que no haré nada que pueda dañar el nombre del hospital.

—Eso espero. La familia Toussaint, todavía tiene un gran poder en nuestra sociedad, creo que usted ha leído acerca de ellos —dijo antes de que su mano abriese la oficina, a la cual habían llegado ya.

—Francamente, he leído poco sobre ellos.

Zimmerman le miró por el rabillo del ojo, y dijo:

—Le recomiendo que lea más sobre ellos.

Colin asintió sin dar respuesta, al momento que apretaba los labios nerviosamente. El médico ingresó al consultorio, y tras de él, entró el psicólogo.

Zimmerman se dirigió a un cajón, y de allí extrajo un papel que después le entregó a Sandman.

—Aquí tiene. Sólo déjeme hablar con el doctor Foreman para que pueda él saber que usted estará entrevistando a su paciente.

—Bien. Gracias, doctor.

Zimmerman levantó la bocina del teléfono, y presionó el número que lo llevaba a la línea de Foreman.

—Jamie, dile por favor al doctor Foreman que necesito que se presente en mi oficina.

—Claro que sí, doctor —afirmó la voz de una mujer que acto seguido terminó la llamada.

—Ya debe venir. Con él arreglará cualquier situación que se presente con Odette Toussaint. Es su médico tratante, la joven ha estado muy tranquila, no creo que tenga problemas con ella.

Parecía seguro, y esa seguridad a Colin le hacía dudar; sin embargo la curiosidad, se acrecentaba cada vez más.

+

21 de Marzo de 2018 a las 02:42 3 Reporte Insertar 7
Leer el siguiente capítulo SEGUNDA PARTE: La fiesta y los Nightwalkers

Comenta algo

Publica!
Daniela Ordoñez Daniela Ordoñez
me encanta
9 de Mayo de 2018 a las 22:21
Montse Rodríguez Montse Rodríguez
La verdad estoy ansiosa por leerlo en electrónico, creo no se que me va a encantar y amaría con toda el ama tenerlo en físico claro después de leerlo por electrónico tengo expectativas muy altas sobre este libro!!!!!
9 de Mayo de 2018 a las 14:34

  • Olivia Ortiz Olivia Ortiz
    Muchas gracias, espero de todo corazón te guste. Y te deseo mucha suerte en el sorteo <3 9 de Mayo de 2018 a las 20:37
~

¿Estás disfrutando la lectura?

¡Hey! Todavía hay 5 otros capítulos en esta historia.
Para seguir leyendo, por favor regístrate o inicia sesión. ¡Gratis!

Ingresa con Facebook Ingresa con Twitter

o usa la forma tradicional de iniciar sesión