mavi-govoy Mavi Govoy

Una serie de desapariciones sin conexión entre ellas... ¿O hay algo que las relacione?


Aventura Todo público.

#interactive #misteriosevanescentes
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La Garceta


El vehículo empezó a petardear a un par de kilómetros del pueblo. Era un coche viejo, casi una reliquia digna de un museo; el primer aviso de fallo fue la nube de humo acre y pestilente, después se produjo el petardeo repentino que concluyó cuando el vehículo se paró del todo a la entrada de una villa costera tan pequeña que apenas merecía el nombre de pedanía.

Nicanor y Paulina, los bienhumorados tíos de Miguela, se lo tomaron con pachorra y aprovecharon la avería para conversar con cuantos se acercaron a ver qué sucedía, meter las narices por las puertas que encontraron abiertas y adquirir productos típicos, además de degustar cafelitos o manzanillas, según la preferencia de cada uno.

Miguela contactó con el seguro para que enviase una grúa y ocupó el tiempo en dar vueltas y sacar fotos pintorescas. La pedanía de La Garceta se extendía entre la costa y la carretera comarcal, más transitada por máquinas agrícolas que por turismos, sus casitas pintadas de alegres colores y elevadas sobre recios pilotes habrían servido de reclamo turístico, salvo porque La Garceta no tenía playa, tenía rocas y una corriente marina muy fría. Pero las fotos quedaron impresionantes, y Miguela tuvo ocasión de hacer muchas, porque la grúa se perdió y no apareció hasta la caída de la tarde.

Para entonces, entre partidas de mus con los vecinos, Nicanor y Paulina habían degustado con tanto entusiasmo la sidra casera del lugar que se sentían capaces de volar. Entre el conductor de la grúa y Miguela los metieron dentro del coche averiado, ellos dos ocuparon la cabina y partieron.

Apenas se perdió de vista la pedanía cuando Paulina llamó con su teléfono al del conductor de la grúa, que estaba en manos libres.

—Tenías razón, Miguela, aquí pasa algo —fueron sus primeras palabras, dichas sin el menor rastro de borrachera.

Miguela controló apenas la sonrisa de entusiasmo. Recién licenciada en criminología, era becaria en el despacho del famoso detective Gris, que no era uno, sino dos, pues Paulina y Nicanor eran las personas reales camufladas tras el inexistente Sr. Gris. El caso es que la becaria estaba para realizar puro trabajo de oficinista: recibía a las visitas, hacía un informe detallado y luego, si el asunto interesaba al Sr. Gris, este era asignado a cualquier otro detective con más experiencia. Para superar el tedio, Miguela dedicó su tiempo libre y parte de las horas de sueño a estudiar casos no resueltos.

Y dio con algo que relacionaba cuatro desapariciones sin conexión entre sí. Se habían producido a lo largo de cinco meses y en diferentes lugares. El primer desaparecido era un funcionario jubilado del ayuntamiento de Zamora, sin problemas sentimentales ni de solvencia; la segunda, una joven universitaria toledana de conducta modélica; la tercera, la dueña de una quesería en Cáceres, de mediana edad, y el último, un opositor de veintimuchos, vecino de Albacete. Nada los relacionaba, ni amigos ni parientes ni empresas ni aficiones, pero Miguela advirtió que todos ellos pasaron por la pedanía de La Garceta días antes de desaparecer.

Sus jefes, lejos de desechar su descubrimiento, decidieron que merecía la pena visitar a La Garceta.

—La gente del pueblo oculta algo —convino Nicanor, también repuesto de su presunto mareo.

—Os he pasado las fotos —dijo Miguela, todavía en lucha consigo misma para controlar la sonrisa cero profesional que trataba de invadir su cara.

—Las estamos viendo. Son buenas… Fíjate en esta, fíjate en las sombras en el agua.

—¿Has averiguado algo interesante en tu periplo por la comarca, Lucas? —preguntó Paulina al chófer, otro detective del Sr. Gris.

—El rumor más persistente es que la gente de La Garceta experimenta una metamorfosis en el agua. Lo siento, es el único dato que he conseguido.

—No, está bien. Eso explica las membranas interdactilares y la sombra de branquias que vi en uno de ellos cuando fui al baño. Apenas fue un atisbo, el menda pensó que no me había percatado —aportó Nicanor.

—El que corta el bacalao es el mesonero bigotudo, todos le lanzaban miraditas en busca de su aprobación —dijo Paulina, que calaba a la gente a la primera.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Lucas.

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16 de Junio de 2023 a las 12:09 0 Reporte Insertar Seguir historia
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