Descendiente de la Oscuridad Seguir historia

vbokthersa Valentine Bókthersa

Resumen: Trece años después de renunciar a la luz y a cualquier tipo de salvación, Ciel aún no ha consumado su venganza, sin embargo, ha vivido de manera cómoda siendo el Perro Guardián de la Reina. Ya con veintitrés años, el joven decide experimentar cosas nuevas antes de casarse con su prometida y busca a su fiel mayordomo del infierno para ello. ¿Qué consecuencias traerá esta apresurada unión? Parejas: CielxSebastian/SebastianxCiel, LizzyxCiel y un poco de SebastianxGrell Advertencias: Lemon, mpreg, OC (personajes originales)


Fanfiction Anime/Manga Sólo para mayores de 18.

#SebasCiel #Mpreg #Lemon #Kuroshitsuji
0
6592 VISITAS
En progreso - Nuevo capítulo Cada 30 días
tiempo de lectura
AA Compartir

Por la noche: Ese Mayordomo, Ansioso

Resumen: Trece años después de renunciar a la luz y a cualquier tipo de salvación, Ciel aún no ha consumado su venganza, sin embargo, ha vivido de manera cómoda siendo el Perro Guardián de la Reina. Ya con veintitrés años, el joven decide experimentar cosas nuevas antes de casarse con su prometida y busca a su fiel mayordomo del infierno para ello. ¿Qué consecuencias traerá esta apresurada unión?

 

Parejas: CielxSebastian/SebastianxCiel, LizzyxCiel y un poco de SebastianxGrell

 

Advertencias: Lemon, mpreg, OC (personajes originales)

 

Descendiente de la Oscuridad.

By V. Bokthersa

 

 

Capítulo 1: Por la noche: Ese Mayordomo, Ansioso

 

 

Después de tantos años, preparar la cena para Ciel se había convertido ya en un ritual que sabía de memoria. Sin importar el platillo que hiciera, siempre se metía a la cocina a las cinco treinta de la tarde, tras retirar la vajilla del té.

 

Esa noche cumplía puntualmente con su rutina y esperaba con paciencia a que el pato que había metido al horno estuviera en su punto, cuando escuchó sonar la campana procedente del estudio de su amo. Soltó un largo suspiro, ¿ahora qué quería ese joven caprichoso?, él sabía que el tiempo de preparar la cena debía respetarse, pues no podía dejar la cocina así por así. Observó su reloj de bolsillo y reguló la temperatura del horno. Si Ciel lo estaba llamando en ese instante, seguramente se tardaría al menos unos quince minutos en volver.

 

Dejó el ave en el fuego y se dirigió hasta el despacho de su contratante. Al llegar, tocó respetuosamente la puerta, como lo hacía siempre. Sabía que Ciel se encontraba solo, así que abrió la puerta sin mayores ceremonias. Sorprendió al adulto joven un tanto inquieto, revisando algunos papeles al azar. Pudo notar que únicamente fingía estar trabajando. Se encaminó unos pasos hacia él y por mera cortesía, preguntó:

 

—¿Hay algún nuevo caso interesante, joven amo?

 

—Nada que valga la pena, Sebastian.

 

—Entonces, ¿se le ofrece algo?

 

Ciel se incorporó de su asiento y, mostrándose más seguro de lo que realmente estaba, caminó hasta quedar frente a su mayordomo. Tras pasar la adolescencia había dado un estirón y ahora, con veintitrés años, era tan solo cinco centímetros más bajo que su demonio mascota, es decir, su mayordomo del infierno.

 

—Así es, se me ofrece algo —dijo, mirándolo a los ojos—. Últimamente las noches son muy frías y a mi cama le falta calor —su tono de voz era juguetón e insinuante.

 

—Comprendo —respondió el mayordomo, estoico—. ¿Llamo a la chica de la última vez?

 

—No, realmente estaba pensando en otra persona —comentó el conde, a la vez que tomaba la corbata de Sebastian para jugar con ella. Él alzó una ceja—. Deseo otro tipo de compañía.

 

—Está bien, le he traído fotos de todas las mujeres disponibles de Inglaterra, pero usted sabe que puedo conseguirle a quien desee, incluso si no está dispuesta a rentar su calor —seguía notando el jugueteo de Ciel con su corbata. Si no lo conociera, juraría que estaba coqueteando.

 

—No lo has entendido —el conde se separó de él, dejando finalmente su corbata en paz y se retiró hacia su escritorio—. No deseo a una mujer. Conozco perfectamente la sensación del cuerpo femenino bajo mi peso. Lo que deseo es experimentar con un cuerpo más... similar al propio.

 

El mayordomo negro se sorprendió ligeramente con aquella confesión. Habría jurado que a Ciel le daban escalofríos la sola idea de sostener una relación homosexual. Incluso, en algún momento llegó a pensar que únicamente se acostaba con prostitutas para ganar experiencia o contenerse ante su prometida. Sin embargo, no dio a notar su turbación. En cierta forma, el que Ciel deseara experimentar con hombre le complacía.

 

—Son deseos comunes en jóvenes de su edad. La curiosidad es poderosa —comentó con discreción—. ¿Tiene alguien en mente o quiere que le arme un catálogo como el de las chicas?

 

—Tengo a alguien en mente —se giró hacia Sebastian—. Las prostitutas son útiles para obtener información y diseminar rumores, además es perfectamente aceptable que un joven de mi edad invite a alguna señorita de moral distraída y bolsillos vacíos a su lecho, sin embargo, no pasa lo mismo con los hombres. Eres lo suficientemente conocido en los bajos fondos como para dejar rastro en algún burdel de los que suele frecuentar la nobleza y definitivamente no quiero verme envuelto en un escándalo como el de la calle Cleveland[1] o peor aún, el de Wilde —negó con la cabeza—. Además, no podría confiar en un hombre desconocido.

 

—Me disculpo por haber realizado una sugerencia tan imprudente, pero usted sabe que para mí no sería difícil ocultar todo rastro, ni protegerlo de algún ataque.

 

—No es necesario que me protejas de alguien más —suspiró hondamente. Sebastian notó el creciente nerviosismo en Ciel—. Te quiero a ti en mi cama, esta noche —dijo al fin.

 

Aquellas palabras descolocaron completamente al mayordomo negro, pero trató de mantener su actitud serena. Buscó la mirada de Ciel. No podía creer lo que el chico le estaba pidiendo.

 

—¿Es acaso una orden? —preguntó, viéndolo directamente a los ojos.

 

—¿Te molestaría si lo fuera? —le devolvió la pregunta.

 

—No, no realmente. Pero, ¿está usted seguro, joven amo?, después de todo, yo soy un simple mayordomo.

 

—Eres mi endemoniado mayordomo, Sebastian. Y sí, es una orden –el sello bajo su parche brilló intensamente, reafirmando sus palabras.

 

Yes, my lord —por instinto, se llevó la mano derecha al pecho e inclinó su cuerpo ligeramente, como hacía siempre que Ciel le daba una orden con tal vehemencia.

 

—Bien, ahora retírate a terminar la cena —le pidió.

 

Volvió a inclinarse, esta vez de manera más suave, únicamente como una formalidad al retirarse de la presencia de Ciel. Salió del estudio y miró su reloj. Habían pasado ya trece minutos desde que dejó su lugar en la cocina y el pato debía estar en su punto. Se dirigió rápidamente hacia el horno, mientras repasaba dentro de su mente lo que acababa de suceder: Ciel había requerido sus servicios sexuales. Ciel. El niño que hizo un trato con él a los diez años, renunciando por completo a la luz en su vida; el mismo que temblaba de miedo las primeras noches que pasaron juntos; ese al que había tenido que consolar la primera vez que pasó la noche con una prostituta, porque el recuerdo de su pasado no lo dejó mantener su erección hasta el final. El mismo al que tantas veces había bañado y arropado para ir a dormir, desde hacía unos trece años.

 

Trece años.

 

Había tardado demasiado tiempo en sucumbir ante sus encantos. Tanto que comenzaba a pensar que nunca lo haría.

 

OoO

 

Finalmente llegó la hora de la cena y en apariencia, esa sería una noche normal para Ciel en su casa de Londres. No había nadie más que él sentado a la mesa y Sebastian esperaba de pie a su lado, como debía hacerlo un buen mayordomo. Pese a ello, había algo inusual. Era algo muy pequeño, que la mayoría de las personas no notarían, pero el conde Phantomhive no era cualquier persona.

 

—¿Hay algo que tengas que hacer luego?  —interrumpió Ciel, rompiendo el mutismo reinante.

 

—¿Por qué la pregunta? –Sebastian sintió esa pregunta como una provocación a jugar.

 

—Has visto tu reloj de bolsillo cinco veces en los últimos quince minutos, Sebastian. Todo un récord —dijo el conde, mostrando una sonrisa ligeramente burlona.

 

Sebastian se reprochó mentalmente por dejar entrever lo ansioso que estaba, aunque nunca esperó que Ciel se tomara la molestia de contar las veces que veía su reloj. Es más, ni siquiera creyó que él supiera que estaba mirando su reloj de forma tan recurrente. De todas formas, no pensaba admitir que estaba ansioso por poder pasar a la cama de su contratante.

 

—No tengo la necesidad de consultar mi reloj, joven amo. Únicamente estoy siguiendo sus órdenes al pie de la letra —dijo de manera muy tranquila, sabía que con eso provocaría a Ciel.

 

—Recuerda que no puedes mentirme —el conde dejó los cubiertos a un lado del plato.

 

—No estoy mintiendo. No tengo necesidad de ver el reloj tan seguido y únicamente debo cumplir sus órdenes, como siempre. No tengo motivos para estar ansioso, ya que es el deber de un mayordomo cumplir los deseos de su amo.

 

—Sí, claro —Ciel desvió su vista hacia el otro extremo de la gran mesa—. Sirve el postre —ordenó sin mirarlo, levemente molesto. No le gustaba que el demonio se negara a admitir sus propios deseos.

 

—Como usted ordene —tras esa frase hizo una delicada reverencia y retiró el servicio del plato fuerte, para traer el postre.

 

Ciel no volvió a hablar. Comió su Victorian Sponge Cake en silencio y con la mayor de las paciencias. Aunque Sebastian tratara de disimular su ansiedad, a los ojos del conde (o bueno, a su ojo sin parche), le parecía imposible no notarlo; de todos los humanos, él era posiblemente el que más conocía a su demonio; había muy pocos detalles de él que se le pasaban por alto. A lo largo de los años aprendió a leer el estado anímico de Sebastian por el más mínimo movimiento facial. Casi podía percibir al momento de verlo cuando se encontraba enojado, triste, ansioso o feliz; cuando odiaba acatar una de sus órdenes y cuando se complacía con ello; cuando fingía sorpresa y cuando su sorpresa era real, tan real como la orden del conde. Sin duda, había aprendido a conocer cada pequeño detalle de su mayordomo, aunque del demonio no sabía prácticamente nada. Sacudió sus pensamientos, no era el momento para meditar sobre la vida pasada de Sebastian, sus contratos anteriores o siquiera su edad. Sabía que no encontraría respuestas a aquellas preguntas y eso, sin duda, lo frustraba.

 

La hora de la cena terminó, y el conde se retiró a sus aposentos. Aunque ya era todo un hombre, su mayordomo seguía preparando su baño, bañándolo y colocándole el pijama todas las noches, sin excepción; eso le gustaba, le encantaba ser mimado y consentido por su mayordomo «sólo por él –se cruzó en su mente–, ¡Que estupidez!, cualquiera podría sustituirlo, realmente no me importaría quien fuera media vez me tratara como es debido». Mientras pensaba llegó a su habitación, se había tomado su tiempo para caminar por los pasillos, así que no le sorprendió ver a Sebastian con su baño ya preparado.

 

—Tan eficiente como siempre. No, espera, ahora todo estuvo especialmente bien hecho. ¿Te estás esforzando para complacer a tu futuro amante? —dijo, pícaro.

 

—Realmente no tengo por qué hacerlo, joven amo. Como dije en la cena, yo sólo cumpliré sus órdenes esta noche

 

Aquel comentario golpeó el orgullo de Ciel. Suspiró, tratándose de un demonio, no pensó que doblegara su orgullo para reconocer que deseaba a un simple humano, pero extrañamente esperaba aquello o, mejor dicho, lo deseaba.

 

—Deja de tanta palabrería y desvísteme antes de que tengas que volver a preparar mi baño.

 

—Como desee.

 

Al igual que todas las noches, Sebastian retiró la ropa que cubría al joven adulto. Pero a excepción de siempre, en esta ocasión Ciel sintió un escalofrío al notar la mirada de lascivia con la que lo veía su mayordomo. Sebastian nunca se había atrevido a mirarlo de esa forma, pues siempre hacía todo con el mayor de los respetos, como debía hacerlo un buen mayordomo. Sin embargo, esa noche era diferente. ¡Por supuesto que lo era!, él le había pedido a un demonio sus servicios sexuales, sin duda un pecado más para sazonar el alma que ese mismo demonio devoraría tras cumplir con su venganza.

 

Cuando estuvo desnudo por completo, una mano enguantada acarició la única marca que mancillaba su cuerpo. Ciel la retiró de inmediato y le proporcionó una mirada cargada de furia a su mayordomo. Él sabía que odiaba esa marca, pues le recordaba los momentos más dolorosos de su pasado. Odiaba que le recordaran que existía, que había sido un esclavo vendido en el mercado negro; que había sido torturado y vejado hasta el hartazgo. Odiaba a las personas que habían arruinado su vida de tal manera. Deseaba ver muertos a los autores intelectuales de aquel acto... no, muertos no. La muerte era algo demasiado piadoso y aquellos que lo humillaron murieron demasiado pronto en el momento en que conoció a Sebastian.

 

Lo que deseaba para los verdaderos causantes de su tormento, los asesinos de sus padres, era verlos retorcerse de dolor, siendo torturados por todos los demonios del infierno. Deseaba que sufrieran el doble o el triple de lo que había sufrido él, que se vieran más humillados que él, que sus cuerpos fueran mancillados de una peor manera, aunque no concebía que hubiera algo peor que el calvario que él había padecido, pero si lo había, deseaba que ellos lo experimentaran. Y si podía ser la mano ejecutora de aquel dolor, sin dudarlo lo haría y eso le daría tanto placer...  

 

Sin notarlo, el conde se quedó perdido en sus macabros pensamientos. Su cuerpo estaba completamente tenso y su expresión se endureció tanto que más que un joven de veintitrés años, parecía un demonio sediento de sangre. Al darse cuenta de ello, Sebastian presionó suavemente su costado, para traerlo de nuevo a la realidad.

 

—Joven amo, si no se apresura, el agua se enfriará.

 

Ciel suavizó su expresión y se introdujo en la bañera. La temperatura del agua estaba perfecta. Se recostó en el borde de la bañera y estiró por completo su cuerpo. Deseaba relajarse un poco, y con el aroma emanado por las sales y aceites del agua no le fue para nada difícil.

 

Extendió su brazo derecho para que su mayordomo lo aseara. Sebastian se había quitado los guantes, cosa que hacía siempre que lo bañaba para no mojarlos. Sus manos de uñas negras recorrían el cuerpo del joven Phantomhive, sólo separando ambas pieles con una esponja de baño, pero su labor fue interrumpida por la voz del chico.

 

—Sebastian, me siento tenso. Dame un masaje.

 

Sin mediar palabra, el mayordomo negro se colocó detrás del conde y comenzó a masajear sus hombros como lo hacía generalmente. Pero esta vez, Ciel no pretendía que las cosas fueran como siempre, y a cada mínimo roce de los dedos de Sebastian comenzó a lanzar pequeños gemidos con el único fin de excitar al mayor, quien entrecerró los ojos y suspiró. Sabía lo que su amo tramaba y vaya que lo estaba logrando.

 

Terminó de masajear al más joven y volvió a su labor de restregarle, sólo para ser nuevamente interrumpido por una voz irresistiblemente excitada.

 

—Sebastian, quiero que te desvistas y te metas a la bañera conmigo.

 

—Pero joven amo, su bañera es muy peque... –trató de protestar, más no pudo terminar la frase.

 

—Es una orden —espetó el menor—, acomódate entre mis piernas.

 

—Como usted desee.

 

El mayordomo negro se encogió de hombros y procedió a cumplir la orden, proporcionando un striptease a su contratante, ya que se le hizo divertida la idea. Lo primero que desapareció fue su corbata, a la cual le siguió el fino frac negro que siempre llevaba puesto, el cual retiró con movimientos insinuantes de los cuales Ciel no perdía detalle alguno. Luego comenzó a quitarse la camisa, con una expresión tan sexy que el menor sintió como la temperatura de su cuerpo aumentaba notoriamente; la dejó tirada en algún lugar del suelo y procedió a quitarse los pantalones. El chico se sorprendió nuevamente, ya que su mayordomo parecía no usar ninguna prenda como ropa interior.

 

Se le quedó viendo con la palabra «lujuria» tatuada en el rostro, ese cuerpo perfecto sin ningún tipo de marca o cicatriz, tan... perfectamente blanco, inmaculado, aunque sonara extraño refiriéndose a un demonio, pero es que no tenía ni siquiera una seña, ni de las balas que lo atravesaron cuando Ciel fue secuestrado, ni siquiera tenía alguna cicatriz de los numerosos cortes que había recibido de las guadañas de la muerte de varios shinigami. Nada.

 

Lo observó por largo rato, hasta que notó que aquel perfecto cuerpo se acercaba a él. Se le acercó tanto en tan poco tiempo, que no supo a la hora que el miembro de Sebastian quedó justo frente a su boca. Él volvió el rostro hacia un lado.

 

—¿Qué estás esperando? ¿Qué te la chupe?, métete de una vez por todas a la bañera —gruñó el conde, con ese tono autoritario tan propio de su poderío.

 

—Un hombre de su posición no debería usar ese vocabulario tan vulgar —dijo con su expresión relajada y falsamente feliz de siempre.

 

—Cállate y limítate a cumplir mis órdenes.

 

El demonio obedeció, y en silencio se introdujo en la bañera junto al conde, asegurándose de que antes de sentarse tuviera tiempo suficiente para contemplar su trasero. Le encantaba jugar con Ciel, era de lo más divertido. Finalmente, se acomodó entre las piernas del chico y se quedó sentado, sin hacer nada, esperando una nueva orden; después de todo, eso era lo que había dicho su «amo» ¿no?, «cállate y limítate a cumplir mis órdenes». Sonrió divertido, sabía lo mucho que Ciel odiaba cuando lo obedecía tan incondicionalmente en esas órdenes específicas.

 

—Estás demasiado rígido. Recuéstate un poco sobre mí —pidió el joven.

 

Sebastian así lo hizo. Sin dejar entrever ningún tipo de emoción se recostó en el pecho de Ciel. Y debía admitirlo, ese era un lugar muy cómodo para estar, hacía que se sintiera relajado. No recordaba la última vez que había estado así con un hombre (si es que alguna vez había hecho tal cosa). Se dio el lujo de recostarse un poco más hasta quedar en una posición cómoda; Ciel le parecía acolchonadito, y ya que él le había pedido eso, le parecía mal desperdiciar tan confortable almohada.

 

—¡Dije recuéstate, no aplástame! ¡Maldito demonio! —protestó el joven Phantomhive.

 

Se separó un poco de ese tibio cuerpo y quedó en la posición más cómoda que pudo encontrar para ambos: sin aplastar a Ciel, pero aún recostado en él. Si su amo no comenzaba a hacer algo pronto, quizá podría quedarse dormido en aquel lugar. Le parecía demasiado relajante.

 

Repentinamente, sintió como los brazos de Ciel se enredaban sobre su piel desnuda y sus manos tocaban sus pectorales. Se rio. Tuvo la intención de decirle «allí no encontrará senos, joven amo», pero se contuvo pues sabía que la única orden que el conde siempre se arrepentía de dar era la de «cállate», porque él la cumplía al pie de la letra y no hay nada que moleste más a un humano que el silencio de un acompañante.

 

El presidente de las compañías Funtom acarició la tersa piel del demonio; pasó sus dedos por el lugar donde debería tener la cicatriz de su primer encuentro con Grell, cuando lo cortó en medio del pecho, pero allí ahora sólo había músculos, unos espectacularmente bien formados músculos. Sus manos comenzaron a bajar hasta encontrar el miembro de Sebastian, el cual tomó para masajear lentamente.

 

Ciel estaba completamente pegado a la espalda de su mayordomo, con su pene presionándole la espalda baja y su oreja demasiado cerca de la boca de este, esperaba oírlo al menos suspirar (si no gemir) de placer, pero a sus oídos no llegó ningún tipo de sonido. Y si pudiera ver el rostro de Sebastian lo habría visto tan estoico como siempre, sin rastros de excitación. Sin duda que su cuerpo estaba reaccionando a las caricias del menor, pero no dejaba traslucir sus emociones para nada. Ciel se molestó por eso. Retiró sus manos del palpitante pene de Sebastian y se recostó nuevamente en la bañera; no era divertido si su «juguete» no demostraba el placer que le estaba brindando.

 

—Eres aburrido, Sebastian. Mejor termina de bañarme y entremos en la cama. Tal vez estar fuera del agua te haga entrar en calor.

 

Aún sin mediar palabra, el mayordomo negro obedeció las órdenes de Ciel. Era divertido ver al muchacho molesto; sabía que estaba enojado con él por no haber mostrado ningún tipo de emoción al ser masturbado, pero eso era lo que se le había ordenado. De hecho, ni siquiera se correría si Ciel no se lo pedía, su rostro frustrado al no lograr su cometido sería algo fenomenal; siempre era un placer ver a su amo «derrotado». Además, debía aprender a pensar mejor sus palabras: «cállate y limítate a cumplir mis órdenes» había dicho, dos mandatos de los cuales, estaba seguro, se arrepentía en ese preciso momento.

 

Sebastian salió de la bañera y fue a recoger sus ropas. Ciel le interrumpió, diciéndole que le convenía más quedarse desnudo y que regresara a terminar con su baño que se le había hecho eterno. El mayordomo obedeció sin poder reprimir algunas caricias indecentes al lavar los genitales de su contratante, a lo cual el joven respondió con varios sonrojos y una creciente erección. El demonio se dio cuenta que Ciel tenía un muy buen tamaño y que, en general, había crecido muchísimo desde el día en que lo conoció.

 

Terminó de asearlo y lo envolvió en una toalla, la cual el menor se quitó al instante.

 

—Sebastian, vamos a mi cama. —ordenó, como siempre lo hacía.

 

«Qué extraña manía la de los humanos por sentirse poderosos —pensó el demonio—, por creerse los amos del universo, siendo que son sólo suspiros en el reloj eterno de la vida. Un humano no vive más que el tiempo que le toma a un demonio desarrollarse y terminar su niñez, aun así, se creen superiores a todas las criaturas de la creación. Incluso se creen superiores a su Dios, son tan patéticos...». Mientras Sebastian estaba tan sumido en sus pensamientos, Ciel aprovechó su distracción para manipularlo a su antojo, y ahora se encontraba recostado sobre él, en la mullida cama del humano. Sebastian soltó un suspiro. Conociendo a su amo, trataría de llevar el control todo el tiempo. «En definitiva, los humanos son los seres más patéticos de la creación», confirmó mentalmente.

 

Ciel comenzó a lamer y morder el pecho de su mayordomo, mientras trataba de observar su rostro tan imperturbable como siempre. Esto enfureció al conde. Él no pretendía ser derrotado por Sebastian en ese juego, haría que su rostro mostrara las sensaciones que experimentaba, sí o sí.

 

Decidió enfocarse en los puntos que para él eran más excitantes, así que subió a la altura del cuello y lo recorrió con la nariz, apenas rozando los finos vellos de esa zona. Según había comprobado, muy pocas personas se resistían a ese tipo de caricias. ¡Pero vamos! Sebastian era una de esas pocas «personas». No se dio por vencido y mordió el cuello del demonio. Si no lo hacía reaccionar con placer, lo haría con dolor… o eso fue lo que pensó, pero por más que hundió sus dientes en aquella suave carne hasta casi hacerla sangrar, no obtuvo ni un sólo gesto por parte de su mayordomo, ni siquiera un suspiro o un «basta», sólo una sonrisa ladeada, triunfal y burlona, retadora, demoníaca; una sonrisa que sólo entre esos labios podía florecer y que a ese rostro se le veía tan sexy... de no ser porque era dirigida a él, la habría alabado mentalmente. Pero no lo haría. ¿Quién se creía Sebastian para dedicarle esa mueca? Él era el conde Ciel Phantomhive, el único sobreviviente de la tragedia, aquel que había burlado la muerte en numerosas ocasiones. Aquel al cual el mismo infierno había escupido para que pudiera realizar su venganza, «sólo para al final, ser la más suculenta cena de un demonio». Pareció escuchar la voz de Sebastian en su mente; casi se sintió alagado por ese comentario, casi. Porque ese mísero murmullo llevaba impresa la burla al ser pronunciado.

 

—Sebastian, te ordeno que demuestres las sensaciones que experimentes —dijo derrotado.

 

Su frustración fue una pequeña victoria para su mayordomo, en ese pequeño juego de poderes. Siguió sin hablar, la orden de «cállate» no había sido retirada, únicamente se le pidió que demostrara sus sensaciones, y así lo hizo.

 

Ciel retomó la labor de tratar de excitar a Sebastian, bajó nuevamente a su pecho y tomó entre sus labios uno de sus pezones, con el cual comenzó a juguetear. Sebastian colocó su mejor cara de excitación y soltó un leve gemido cuando la mano derecha del conde fue a parar a su entrepierna y comenzó a masturbarlo lentamente, como había hecho en la bañera. El cuerpo de Sebastian permanecía rígido. No porque Ciel se lo hubiera ordenado, sino por el contrario, comportarse así le divertía; hacer que el niño orgulloso le rogara por sus reacciones, eso sí que lo excitaba y le complacía.

 

Él siempre se había empeñado en demostrarle al conde que no era el amo del universo, y pese a ello, Ciel se seguía comportando como si lo fuera. La boca del joven cambió de pezón y el frío de la noche en su húmeda piel le hizo estremecerse. A Ciel pareció agradarle esa reacción, ya que sonrió contra la piel de Sebastian. La mano derecha del chico hacía ya algún tiempo que había acelerado el ritmo con el cual subía y bajaba. El conde deseaba que Sebastian se corriera en su mano, pero no lo hizo.

 

Subió hasta su rostro, a la altura de su oído y susurró un «Sebastian, dame placer», acompañado de un incitante jadeo, el demonio obedeció cambiando sus posiciones. Era ahora él quien se encontraba sobre el humano lamiendo lascivamente su cuerpo, besando cada rincón de su nívea piel, esquivando a propósito el estigma que marcaba el cuerpo de su contratante.

 

Ciel suspiraba. No se atrevía a gemir, sólo suspiraba. Nunca había tenido sexo voluntario con un hombre, era algo que siempre había evitado a causa de aquella traumática experiencia de su pasado, pero ahora que estaba allí con Sebastian tratando de complacerlo, lo sentía igual que hacerlo con cualquiera de las prostitutas que él le llevaba. En ese instante, Sebastian únicamente era las manos expertas recorriendo su cuerpo, una boca diestra jugueteando por todas partes, esquivando la marca... sexo vacío, sin ningún tipo de sentimiento. Sexo obligado.

 

Las prostitutas lo hacían por dinero, Sebastian por el contrato y, quizá, por aburrimiento o la satisfacción de sentirse deseado por él.  Pero él… Ciel Phantomhive, notaba en esos gestos que el otro, al igual que las prostitutas que le llevaba, no lo deseaba. De hecho, hasta dudaba que se estuviera divirtiendo al hacerlo con él. No lo notaba, no se veía ninguna expresión real en su rostro, ninguna además de las muecas burlonas que le dedicaba de tanto en tanto. Se sentía patético. Se preguntó entonces qué se sentiría hacerlo con una persona que lo amara realmente, ¿se sentiría satisfecho? Nunca se había atrevido a tocar a Lizzy. Su prima Elizabeth no se merecía a alguien tan podrido como él, era una chica tan pura, tan... tan normal, sin duda había vivido como una princesita toda su vida, había sido feliz y había soñado con casarse con Ciel desde que tenía uso de razón. Maldito compromiso de nacimiento. Si la chica no estuviera obsesionada con esa boda, su vida habría sido perfecta, habría encontrado a un hombre bueno y se habría casado con él, tendrían hijos y vivirían normalmente por el resto de sus vidas. Felices, perfectos, puros...

 

Dejó de pensar cuando sintió una húmeda lengua recorrer su miembro. Entrecerró los ojos, sus mejillas sonrosadas, sus labios soltando pequeños gemidos… En ese momento, aunque fuera un momento de sexo vacío, no podía pensar en otra cosa que no fuese el placer proporcionado por Sebastian.

 

Sin duda le había tomado cariño a ese demonio, era el único que conocía todos los aspectos de Ciel, y ahora, en realidad, los conocía absolutamente todos: desde la más puramente fingida inocencia, hasta el estallido de emociones que únicamente se permitía cuando estaban a solas. Lo había visto reír y llorar, enamorarse y ser rechazado, odiar... sobre todo lo había visto odiar y endurecer su corazón, ser cruel y despiadado, como a Sebastian le encantaba que fuese. Lo había visto convertirse en el alma más deliciosa para cualquier demonio, completamente podrido por dentro, oscuro, sucio, pecaminoso... Incluso había matado a tanta gente..., tal vez no con sus manos, pero sí con su palabra, con sus órdenes, un simple murmullo que su perro fiel ejecutaría sin dudar. Porque Sebastian nunca dudaba, porque él no era humano, era un demonio. Y los demonios no dudan, no aman, no sienten las inútiles emociones humanas, ellos sólo odian, codician, desean...

 

Sintió su orgasmo llegar dentro de la boca del demonio, su cuerpo tembloroso, su mente en blanco, su mirada en el techo, perdida en algún punto invisible. Sebastian subió hasta entrar de lleno en su campo visual, quería besarlo y compartir el sabor de su semen. «Qué asco», pensó Ciel, apartando su rostro. Si de todas formas lo que estaban haciendo era mero sexo sin emoción, entonces no tenía caso besarse. Después de todo, para Ciel era más íntimo un beso que copular con alguien. Hasta ahora no había besado a nadie porque nadie lo amaba, nadie estaba preparado para ese nivel de intimación con el joven conde. El mayordomo entendió el mensaje y se sintió herido en el fondo de su marchito corazón de demonio. O quizá sólo se lastimó su orgullo, no lo sabía.

 

Bajó nuevamente por el cuerpo de Ciel y le separó las piernas, lamiendo de sus muslos los restos de semen que minutos antes había dejado allí intencionalmente. El último Phantomhive gemía de placer mientras se reprochaba lo estúpido que había sido al creer que con Sebastian iba a experimentar algo diferente, que al menos iba a ser merecedor de un beso, que no iba a sentir el mismo sexo vacío de siempre. Era estúpido y lo sabía, lo reconocía para sí mismo, pero nunca se lo diría a alguien más. Su orgullo se lo impedía.

 

Claro que no amaba a Sebastian, simplemente se había encariñado con él. Era su confidente después de todo, pero no sentía amor verdadero hacia él. Su corazón, su alma y quizá hasta su cuerpo no podían amar, pero necesitaba tanto sentirse deseado... sentirse amado, tal vez (y sólo tal vez) su mayordomo había tenido razón y jamás estuvo ansioso, pero él quería creer que tenía el poder para hacer que un demonio lo deseara. Sus pensamientos fueron interrumpidos nuevamente por la experta lengua de Sebastian que se había desviado de su camino y ahora lamía debajo de sus testículos, entre sus nalgas. Le dio escalofríos pensar que él creía que iba a penetrarlo. Claro que no, jamás permitiría que eso volviera a suceder... era tan humillante, alguien de su nivel no podía dejar que le hicieran eso de nuevo.

 

—Detente —dijo con voz imperiosa.

 

El mayordomo negro dejó su labor y volvió a ver a su amo, una de sus más demoníacas sonrisas se dejó ver en sus labios. El chico parecía realmente afectado ante sus actos, «quizá algún recuerdo de su pasado», pensó, mientras lo inundaba la ola de sentimientos que Ciel estaba experimentando. Se sintió poderoso alimentándose de todo ese odio almacenado dentro de aquel cuerpo.

 

—Sebastian, puedes hablar —retiró su anterior orden, al ver como su sirviente, luego de burlarse interiormente de él, le interrogaba con la mirada.

 

—¿Qué es lo que quiere que haga entonces?, si no me deja penetrarle, no sé qué hacer... —fingía inocencia, como siempre, con ese molestamente encantador gesto.

 

—¿Qué no es obvio?, quiero que te pongas en cuatro, Sebastian —los ojos del aludido se abrieron con fingida sorpresa... o quizá no tan fingida, pensó Ciel. Había algo de genuino en ese gesto.

 

—Lo lamento, joven amo, pero hay algunas cosas que no estoy dispuesto a hacer —protestó—. Recuerde que después de todo sigo siendo un poderoso demonio de alto nivel.

 

—No me importa tu posición en el infierno. Ahora, estás bajo mi poder. Para mí no eres más que otro de mis sirvientes, una pieza en mi interminable juego de ajedrez, y como tú dijiste alguna vez: soy el rey del tablero, las piezas hacen lo que yo les ordeno, hasta que el juego acabe y el rey sea capturado. Así que, ahora, el «rey» le ordena al «caballo» que le obedezca, ¿Aún vas a rehusarte?

El demonio miró a Ciel a los ojos, con una expresión realmente molesta. Odiaba cuando ese chiquillo le ordenaba cosas que iban en contra de su voluntad, y lo peor era que no podía rehusarse, por el contrato. Si no fuera por eso, lo habría abandonado en ese instante, incluso antes de escucharle decir tantas estupideces, pero simplemente no podía negarse a sus caprichos cuando los planteaba en ese tono. Rechinó los dientes, no quería ceder, pero en ese instante no podía hacer otra cosa.

 

—Cumpliré tus órdenes, Ciel Phantomhive —masculló, mientras apretaba los puños sobre la cama—. Y espero que lo disfrutes, porque es la primera y única vez que me tendrás de esta forma, ¿está claro pequeño caprichoso?

 

Una fuerte mano quedó marcada en rojo sobre la mejilla del demonio.

 

Él volvió a apretar los puños mientras sus ojos refulgían en un color magenta, casi rojo. No sabía en qué pensaba cuando comenzó a encariñarse con ese simple humano, ese de quien antes sólo ambicionaba su alma, pero que con el paso del tiempo se fue ganando su respeto, para luego darle paso a un sentimiento que, según él, los demonios no podían experimentar hacia los humanos.

 

—Recuerda quien es el amo aquí, estúpido perro —la expresión de Sebastian se tornó en odio puro—, además, puedes estar tranquilo, hasta aquí todo ha sido muy aburrido, no pensaba repetir esta experiencia.

 

Nuevamente un golpe bajo a su orgullo de demonio. No recordaba ya cuantas veces se había sentido así en los últimos años; la verdad, casi había dejado de importarle el tener que soportar las constantes humillaciones de parte de ese niño caprichoso, pero esta vez lo estaba ofendiendo como nunca antes, ya que sin importar lo enojado que estuviera Ciel o lo mucho que pareciera odiarlo en esos momentos, siempre tenía que reconocer el hecho de que él era perfecto en todo lo que hacía, una perfección inhumana claro está, él era un demonio.

 

Pero ahora... ahora él decía que era un «aburrido» en el sexo, cuando todos sus amantes, hombres o mujeres, siempre terminaban rogando por más, aunque claro, tampoco era que se esperara menos de su preciada alma. Ciel era una persona prepotente y orgullosa, pero si tan solo ese muchachito caprichoso permitiera que le enseñara la forma en que un demonio complace, podría proporcionarle el más sublime placer que cualquier humano experimentara jamás. Su berrinche mental fue cortado por la autoritaria voz de Ciel, ordenándole algo.

 

—¡Sebastian! ¿Me estás escuchando? ¡Te dije que te dieras prisa en obedecer mi anterior orden! ¡Estoy comenzando a enfriarme!

 

Aún en contra de su voluntad, Sebastian se apoyó sobre sus manos y rodillas, en la posición que su amo le había pedido antes y que a él le parecía humillante adoptar frente a un humano. Sin previo aviso, sintió como de una estocada, Ciel se adentraba en su cuerpo, sin siquiera haberlo preparado antes. Sus dientes rechinaron al contener un grito de sorpresa y dolor, sus puños se volvieron blancos y se enterró las uñas en las palmas de sus manos, mientras su mirada demoniaca se hacía más penetrante y amenazadora. Esa mezcla de odio y cariño que sentía por Ciel se incrementó aún más; lo había tratado de forma muy cruel y esa crueldad le gustaba, pero no cuando iba dirigida a su persona.

 

Phantomhive comenzó a moverse de manera acelerada, usándolo como un simple juguete sexual, como un ordeñador de semen. No trataba de darle placer ni nada que se pareciera, sólo trataba de complacerse egoístamente. Maldijo en su mente al conde, mientras llevaba una de sus manos a su miembro para masturbarse. Estaba realmente furioso con Ciel. El dolor físico que experimentaba en ese momento era lo de menos. Él, como demonio, estaba acostumbrado al dolor y, además, su cuerpo era extremadamente resistente, sin contar que se regeneraba rápido. Lo que le parecía más molesto era el mismo hecho de saber que Ciel lo trataba de esa manera para humillarlo y que estaba saltándose por completo sus sentimientos al respecto e incluso su consentimiento para ese tipo de contacto sexual.

 

«Sexo vacío», esas dos palabras se repetían en la mente de Ciel una y otra vez mientras embestía el cuerpo de su demonio. ¡Claro que era sexo vacío! Ninguno de los dos amaba al otro, simplemente estaban allí para tener sexo, el uno deseando algo más, el otro obligado a estar allí, ninguno realmente complacido. El conde aceleró el ritmo de sus movimientos. Deseaba algo más, algo que sabía que no obtendría del cuerpo de Sebastian, menos después de haberlo tratado así. Pero es que cuando estaba mostrándose complaciente, él ignoró sus caricias; por ello debía enseñarle que en todo juego siempre debían seguirse las reglas del conde Ciel Phantomhive.

 

El único sonido que llenaba la habitación era el que hacían sus cuerpos al chocar en aquella forzosa danza. Ninguno gemía, ninguno hablaba, simplemente se limitaban a interpretar sus papeles en aquella obra barata, producto de otro capricho de Ciel. El ritmo frenético que el joven había mantenido al principio fue bajando su velocidad, a la vez que la explosión de furia en el interior del conde se apagaba. Se pegó a la espalda de su demonio y llevó una de sus manos al miembro de este. Besó su cuello; era su forma de disculparse mudamente por el arrebato de hacía unos momentos, porque estaba claro que sus labios nunca abandonarían un «lo siento», o que él se arrepentiría por sus acciones. No cuando su filosofía de vida era no arrepentirse de nada.

 

Soltó un gemido junto a la oreja de Sebastian, pero no percibió ningún cambio en su actitud, al parecer el demonio seguía furioso. Se detuvo un momento y salió completamente de su mayordomo, sólo para ordenarle que se acostara sobre la cama y abriera las piernas, le apetecía cambiar de posición. Sebastian obedeció, como era su deber, pero nunca le dio la cara a Ciel. En lugar de eso, volteó su rostro hacia la ventana. La luna estaba alta, era ya muy tarde, ¿o muy temprano?, sin duda era media noche, aunque no podía saber la hora exacta, debido a su posición en la cama. Mientras observaba la luna, Ciel lo penetró otra vez, y extrañamente un recuerdo cruzó por su cabeza.

 

Era una noche muy parecida a esa, la noche en que el anillo que portaba el cabeza de la familia Phantomhive había sido destruido, la noche en que Ciel se permitió ser débil[2]..., tenía una hermosa cara de sufrimiento, estaba atormentado por los recuerdos del anillo, los gritos de los muertos..., tras confesar esa noche sus temores fue arropado por su hábil mayordomo quien trató de confortarlo con un tono de voz suave y dulce.

 

—Oh, la luna ya está en lo alto del firmamento, y no es bueno para usted. Por favor, descanse ahora.

 

—Sebastian —musitó el niño desde su cama–, quédate conmigo... hasta que me duerma.

 

El demonio esbozó una pequeña sonrisa, estaba casi conmovido por el muchacho, pero se sentía más divertido. Se veía tan patético e indefenso, un simple niño de doce años acostado en aquella gran cama, tratando de huir de los fantasmas de su pasado.

 

—No importa donde esté, yo siempre estaré a su lado, joven amo —había prometido—. Hasta que usted muera.

 

Esperó a que el pequeño se durmiera, para luego salir de la habitación. Una sonrisa diabólica afloró en sus labios, ese niño jugando a ser adulto; esa alma en pena, era tan débil, tan indefenso, tan... tan tierno tratando de ser lo que no era.

 

Y en ese momento que era todo un adulto seguía siendo, a veces, un simple humano débil e indefenso, pero hacía demasiado que no le pedía que se quedara junto a él velando su sueño. Casi extrañaba a ese pequeño niño… no, ahora, sin duda extrañaba a aquel niño debilucho y lleno de odio, sin duda debió apresurarse y devorar el alma de Ciel cuando aún era pequeño.

 

Los pensamientos quedaron dispersos cuando sintió el caliente semen llenarlo por completo. El conde se había corrido abundantemente, muy dentro de él, pero al parecer a Sebastian le faltaba mucho aún para terminar. Ciel se acomodó sobre su mayordomo y susurró en tono de orden «termina», al oído del demonio, quien se limitó a obedecer, masturbándose rápidamente hasta obtener un orgasmo. El blanquecino líquido chorreó el cuerpo de ambos, mientras estaban el uno sobre el otro, Ciel aún en su interior, sobre su pecho, esperando a que los efectos de su orgasmo pasaran. Sebastian seguía observando la luna, continuaba enojado con el actual Ciel, aunque el recuerdo del antiguo niño le había hecho perder gran parte de la furia que había estado acumulando a lo largo de aquella grotesca escena.

 

Definitivamente, después de esto tendría que ir a hacerle una visita a ella, y, quizá llevarla a su recámara esa noche. Realmente necesitaba relajarse y sabía que ella era la única capaz de quitarle el estrés rápidamente.

 

—Sebastian —musitó Ciel, con un tono tranquilo y casi infantil que no había usado desde hacía mucho tiempo—, mañana arréglame una cita con Lizzy, quiero fijar la fecha de nuestra boda.

 

Los ojos del demonio se abrieron de la impresión, pero ese fue el único indicio de sus emociones. Por suerte para él, Ciel aún tenía su cabeza recostada en su pecho, así que le fue imposible notarlo.

 

—Mañana a primera hora llevaré la invitación —contestó, recuperando la compostura—, aunque nunca creí que usted realmente se casaría con ella.

 

—Es lo que me conviene —dijo cortante—. Ahora, limpia todo y retírate, tengo cosas que meditar –ordenó, usando el mismo tono autoritario de siempre.

 

Se incorporó del cuerpo de Sebastian y salió cuidadosamente de su interior. Sabía que si su mayordomo no fuera quien era, seguramente le habría causado un desgarre o algo por el estilo; pero como esperaba de su demonio, cuando salió de la cama y comenzó vestirse para luego arreglar el desastre, no mostró ni una mueca de dolor, ni siquiera caminó de forma extraña, simplemente se limitó a ser tan perfecto como siempre. Aunque algunas manchas rojizas que quedaron entre las sábanas blancas le demostraron a Ciel que por muy demonio que su mayordomo fuera, de igual forma lo había dañado.

 

OoO

 

Tras salir de la habitación de su amo, Sebastian corrió por los pasillos de la mansión hasta salir de ella. Necesitaba verla, sentir su sedoso cabello negro entre sus dedos, su cuerpo flexible, sus ojos de fuerte voluntad que brillaban como el ámbar. Seguramente ya estaría dormida, pero él estaba tan furioso con Ciel que si no se calmaba terminaría cometiendo un asesinato fuera de lugar, lo último que necesitaba; y ella era la única capaz de hacer que su enojo desapareciera.

 

Finalmente llegó a un hermoso jardín de apariencia salvaje. Sabía que ella lo estaría esperando allí, siempre lo hacía, fuera de noche o de día siempre estaba allí para él cuando la necesitaba.

 

Ella despertó al oír sus rápidos pasos, y se expuso completamente a la vista del demonio. Estaba tan preciosa como hacía seis años o más. Sebastian se abalanzó contra ella y la tomó en sus brazos, acariciándola por todos los lugares que le apetecían; ella se restregó contra su mejilla, disfrutando del contacto. Al mayordomo se le veía extasiado. Realmente disfrutaba tocarla, sentirla, se sentía verdaderamente alegre al poder estar con ella. No deseaba que esa visita terminara nunca, sólo con ella se sentía feliz, era lo único que le faltaba a su mundo, y esa noche se sentía tan mal que el visitarla en aquel lugar no lo satisfacería, así que decidió ir contra las reglas de la mansión y llevarla hacia su cuarto. Total, Ciel no tenía por qué darse cuenta.

 

Sebastian tomó a su hermosa gata negra[3] y comenzó a caminar hacia su habitación. Sabía que Ciel nunca le dejaría tener a su mascota dentro de la casa, así que él se conformaba con mantenerla en aquel jardín que nadie usaba, su lugar secreto. Pero esa noche se la llevaría con él, que se jodiera Ciel si se enteraba, que se muriera de la cólera si quería, no le importaba, lo único que deseaba era relajarse un poco.

 

—Eres tan esponjosita —dijo, olvidando todo por unos momentos—, y tus patitas son tan suaves... —restregó a la felina por su cara, no podía soportarlo, ella era tan linda.

 

Llegó a su habitación y se preparó un baño. Dejó a la gatita sobre su cama, donde ella se ovilló entre las sábanas. Una vez sin rastros del semen de Ciel en su cuerpo, se colocó su pijama y con toda la ternura del mundo tomó a su mascota para acomodarse junto a ella y arrullarla hasta que se durmiera.

 

--------------------------------------------------------

¿Y bien? ¿Qué te pareció?, espero tus comentarios ^^


¡Si te gustó lo que leíste puedes pasarte por mi patreon: https://www.patreon.com/VBokthersa o invitarme un café en Ko-fi: https://ko-fi.com/vbokthersa!

 

¡Y no olvides pasar por mi fanpage: https://www.facebook.com/VBokthersa! 


--------------------------------------------------------

[1]Se inició en 1889 cuando un burdel homosexual fue descubierto por la policía en la calle Cleveland, en el barrio de Fitzrovia, en Londres. Las relaciones sexuales entre hombres eran ilegales en Gran Bretaña en la época, y los clientes del burdel se enfrentaban a un posible juicio y a un ostracismo social seguro si eran descubiertos. Tomado de Wikipedia, para que no lo borren: https://es.wikipedia.org/wiki/Escándalo_de_la_calle_Cleveland

[2]     Escena del tomo 1 del manga, capítulo 2, páginas de la 42 a la 45, también aparece en el anime, pero no recuerdo con exactitud el capítulo, o si es exactamente igual que en el manga.

[3]     No pude evitar mencionarlo, la gata de Sebastian aparece en el manga, tomo 2, capítulo 5, páginas 21-24. También en el anime, pero no recuerdo con exactitud. La mayor parte de la descripción la tomé de manera bastante literal del manga...

10 de Marzo de 2018 a las 03:22 0 Reporte Insertar 2
Leer el siguiente capítulo Por la Mañana: Ese Mayordomo, Celoso

Comenta algo

Publica!
No hay comentarios aún. ¡Conviértete en el primero en decir algo!
~

¿Estás disfrutando la lectura?

¡Hey! Todavía hay 4 otros capítulos en esta historia.
Para seguir leyendo, por favor regístrate o inicia sesión. ¡Gratis!

Ingresa con Facebook Ingresa con Twitter

o usa la forma tradicional de iniciar sesión