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Salvador Contreras


Un destino fatal para un hombre que solo quiso amar. El amor es una rosa que nos puede hacer caer. Leer con empatía. - (A)


Cuento No para niños menores de 13.

#Tragedia #Anarchy #Anarquía #Corto #Suicidio #Depresión #Desamor #Poesía #Tristeza
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Caer

El caso es que ya no podía más. Estaba inmerso en su agobio, ahogado entre sus lágrimas, desesperanzado, decepcionado y desesperado. ¿Qué le quedaba por hacer para aliviar su calvario? Por más que intentaba reflexionar para hallar una salida, su conciencia lo presionaba de los hombros contra el suelo, impidiéndole levantarse. Sencillamente, ya había cruzado la línea. Ya sólo era un bulto, una cosa inerte. Sentía que su respiración era sólo consecuencia del tiempo y el vacío, no producto de la vitalidad de sus pulmones. Ni siquiera sabía cómo era posible que la taza con su café siguiera en su mano pálida y fría. Sus ojos no brillaban, sólo reflejaban un color opaco. No sabía qué hacer. Sin Francisca a su lado, no sólo había descubierto que su vida no tenía propósito, sino que la existencia misma de su propio ser había dejado de latir, de sangrar, de bombear. Sólo quedaban imágenes de su amada dentro de su cabeza atormentada por el abandono y la falta de correspondencia. La taza estaba a la mitad de café.

La taza ya no tiene nada. El alma de él tampoco.

Poco a poco, sentía que sus venas se infestaban de un vacío negro y angustiante. Sentía como si su piel levitara por sobre su cuerpo. Por supuesto, Francisca le hacía falta. Aquella carta recibida de madrugada, esperada con ansias e ilusión, fue el corvo que cortó la última fibra de vida. Ella le contaba que el matrimonio la unía a otro hombre y que, pese a que deseaba lo contrario, no podía separarse de su marido. ¿Qué puede hacerse cuando una mujer ama a quien no debe? ¿O cuando un hombre desea a quien no puede unirse?

Su cabeza era un lío. Caminaba sin sentir sus pies, pensaba sin percibir su cabeza y respiraba sin voluntad de hacerlo. ¿Tanto amor para nada? ¿Tantos sacrificios por ella para, al final, recibir una carta con fatal caligrafía contando que la amada habría tomado un arma para dispararse en el cuello?

Él sabía que no era mentira porque si no, ¿para qué haber enviado ese papel lleno de desesperación y tristeza, sabiendo que era un riesgo para ambos? De haberlo sabido su esposo, la habría castigado y, a él, golpeado hasta morir o entregado a la policía. Después de todo, el esposo de Francisca era un aristócrata, podía hacer lo que le viniese en ganas.

Su amada ya no estaba viva. Él tampoco. Su alma ya no estaba con él. Toda su sangre se había detenido. No se imaginaba la vida sin Francisca, porque ella era la vida de él, era su yugular.

Después de todo, luego de tanta reflexión, resolvió que él mismo no existía, no era nada ni nadie. Ni siquiera era la marioneta del tiempo, ni del cosmos, ni de la vida. Estaba en la Tierra sólo para no estarlo. De otra manera ¿por qué su amada Francisca habría tomado un arma para ponerse fin ella misma? ¿Por qué el amor que ambos se tenían no era suficiente para romper un matrimonio impuesto, arreglado por dos familias adineradas?

Efectivamente, sentía que su existencia no era tal, por lo que no tenía sentido seguir siendo sólo un cuerpo flotando en un mundo sin valor ni propósito, sin importancia.

“Vivir es morir. La vitalidad habrá de encontrarse en la muerte, junto a mi amada Francisca.”

Sin más, arrojó ensimismado y con los ojos desorbitados, la taza que contuvo su último café, enseñando una rabia incontenible demostrada por un grito lanzado con brutal angustia. Sus ojos opacos se llenaron de lluvia, sus manos temblaban mientras yacía de pie en medio de la habitación mirando los trozos de porcelana desparramados en el piso de madera.

Cayeron las primeras gotas. Fueron lágrimas.

Se acercó a su escritorio, casi arrastrando los pies, y tomó el cuchillo del abuelo de Francisca que ella misma le había regalado en expresión de amor y cariño. ¿Quién diría que el símbolo de lo que le hizo permanecer en la ilusión de la vida sería aquello que lo haría despertar en la obscura muerte?

Cayeron las siguientes gotas. Tiñeron el piso. Él gritaba mientras el cuchillo entraba violento en su antebrazo. Con el arma empuñada daba golpes a las paredes en medio de alaridos.

Cayó su cuerpo, con el corazón palpitando apenas. El cuchillo volvió a entrar a su antebrazo. Su rostro estaba pálido, un poco morado. Los gritos no se detenían. No eran por el dolor de que su sangre estuviera escapando de sus venas, sino que nacían de la desesperación de haber intentado vivir una esperanza que siempre fue solo un velo. La vida es un velo, la muerte es la verdadera vida.

Cayó su mano, con el brazo extendido.

Cayeron sus gritos, cayó su cabeza, sus lágrimas nunca dejaron de caer, cayó su vida.

Calló su vida.


8 de Marzo de 2018 a las 00:17 0 Reporte Insertar 0
Fin

Conoce al autor

Salvador Contreras El eje de la vida es el amor. Nada funciona sin él. "Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor", escribió Ernesto Guevara. La ofensa de hoy es pensar y actuar como si el amar no mereciera nuestra vida ni nuestra muerte. Cualquier acción, concecuencia de ideales amados, por violenta que sea, es un acto de amor. Lea con empatía. Viva con empatía. (A)

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