De cara al mar Seguir historia

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Rafael Solórzano


El mar en el que me encuentro en sueños. Un presentimiento de que será mi última visita. El llamado que viene de la profundidad.


Cuento Todo público.

#sad #Tristeza #fiction #supernatural #shortstory #suspense #thriller
Cuento corto
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De cara al mar


Sal en la brisa. Olor a sal y frío en el rostro, de nueva cuenta. Por más que intento no puedo dejar de encontrarme en ese lugar. Por un segundo, una sensación de familiaridad vaga tenuemente para irse tan rápido como llegó. Mi conciencia no registra completamente en dónde estoy hasta que el sudor frío cae por mi rostro, por instinto de supervivencia. Esta vez será diferente; lo siento desde dentro. Esta vez mis pasos no se detendrán.

El cielo es tenue en su amarillo, con pocas nubes alrededor. Mi cuello se tensa por miedo y puedo girar a ambos lados tan solo un poco para observar el horizonte. Normalmente en este momento es cuando me pregunto el por qué estoy aquí. Cuando se mezcla el miedo con la frustración, que saben a sudor y lágrimas. Llegué a atesorar esa sensación más de lo que pensaba. Me doy cuenta, ahora, de que me parecen ya sensaciones irrelevantes, innecesarias. Tal vez las echaré de menos, con el sonido de las olas huecas detrás de mí, aunque lo más probable es que se vuelvan igualmente irrelevantes, y rápidamente.

Mi peso se aligera, como si en el siguiente instante mi cuerpo fuera a elevarse y perderse en segundos, disipándose en un respiro que no puedo controlar. Escucho mi aliento liberarse y es el temblor de todo mi cuerpo el que me regresa a tierra, o a mar. Cierro los ojos con la fuerza que me queda de la que uso para no doblar las rodillas y caer al agua. Necesito calma.

Mis brazos abrazan mi cuerpo y comienzan a darle un poco de calor. La brisa no es fuerte, pero el frío está. Con los ojos aún cerrados y manteniéndome en pie, siento la bruma comenzar a subir del mar. Los maderos se alimentan de ella y resucitan en un rechinar que rápidamente cambia a aliento perverso, mientras se ensanchan bajo mis pies, exudando humedad que despide olor a brea y almizcle.

Calma, entre la vorágine que comienza. A la que llegué hace ya tanto tiempo. De la que nunca salí, aún cuando me olvidé de ella a ratos. De la que me liberaré, hoy. Solo es cuestión de reunir un poco de calma, dejar de crujir los dientes, dejar de temblar, dejar de llorar. Dejar.

Hago un descomunal esfuerzo mental para recobrar el control cuando una ráfaga de electricidad me invade y con terror siento mi cuerpo caer al piso. Con las manos logro frenar la caída tratando de no poner ni manos ni pies entre los bloques de madera. Rechinar de maderos, el peso de mi cuerpo yendo de izquierda a derecha y de adelante a atrás, y el calor cada vez más espeso emanando del mar debajo de mí es lo único que tengo en mente.

<<Ya has hecho esto antes>> Me convenzo a mí mismo, <<ya sabes lo que viene>>. Es verdad, el mar con vapores a brea y su horizonte amarillo agrio me han visto en innumerables ocasiones. He recorrido el muelle a ras del agua sobre el que estoy casi hasta llegar a su fin. Hoy será el día en el que llegue al último peldaño. Hoy no saldré de aquí a medio camino. Lo siento. Lo sé. Como sé lo que hay al final del camino, al fondo de las aguas, y que no quiere esperar más.

Convenzo a mi cuerpo a resistir un poco más. Mi mente aparta el sonido de las olas chocando contra barreras inexistentes, la humedad cálida que se impregna cada vez más en mis pies y manos, y las visiones de lo que hay más adelante, así como de lo que hubo detrás. Deja a un lado todo eso para enfocarse en mí. Comienzo a sentir mi respiración entrecortada. Mis pulmones inyectando y escupiendo aire de manera inconsistente y casi a contra voluntad. A veces violenta, a veces honda y absorta. Escucho mi llanto. Lamento que hasta ahora había sido enmudecido por mi mente. Comprendo en ese entonces el verdadero terror al que está expuesto mi cuerpo, que me sigue tratando de advertir de algo que mi mente ya asumió como irreversible. Reconozco en mí el dolor que me da forma y guía mis pasos. Lo siento. Lo siento en verdad. Desde fuera puedo ver su forma, textura y densidad. Su vibración es frecuencia inconfundible que me arrastra y construye. Desde dentro puedo llenar mis entrañas de sus sabores y esencias. Sigo el vaivén de tortura y catarsis hasta que mi gemir se confunde con el mar, que está en calma y tempestad a la vez.

Ya no tiemblo, ya no sollozo. La calma, así como la conozco, ha vuelto por ahora. Levanto despacio mis manos del piso, y siguiendo el largo sonido áspero y contundente del aire al salir de mi interior, desenrollo mi cuerpo con los ojos cerrados y cabeza hacia abajo hasta estar erguido, y al abrir los ojos, puedo ver los peldaños que restan hacia la boca del mar. Finalmente, mis dedos del pie derecho se desprenden del suelo, dejando hilos de brea danzando en el aire, y al segundo, me encuentro dando un paso al frente.

Un segundo paso. Un tercero. Otro más. En calma. Mi respiración cambia el peso de mi cuerpo como cambia el movimiento de los peldaños debajo de mí. Danza conocida, pero que nunca se siente cómoda. Cada paso es un hito, un viaje. El cuerpo avanza al ritmo del trance en el que tiene que entrar para no caer. Un paso, que sabe al desprendimiento del alma, para bien y para mal. Otro más, que implica negarse a sí mismo y reconocerse en su forma más básica a la vez. Antes de tocar el siguiente peldaño, mi cuerpo en trance prevé el momento y mi pie retrasa tan sólo en un instante su descenso, y con experta elegancia acaricia el madero a la par que se escucha a la distancia un sonido, que sería difícil de poder describir como sonido, siendo lo más cercano al entendimiento común la palabra ‘vibración’.

Exhalo profundamente, sin poner aún el peso de mi cuerpo en el madero, y me dejo envolver por el cambio que ya he visto anteriormente. Siento la bruma elevarse, sus hilos extendiéndose a la altura de mi rostro, y continuar sin reparar en mi presencia. Siento el mar aumentar en temperatura. Siento los maderos ensancharse, crujiendo levemente en regocijo. Veo el cielo sobre de mí cambiar su amarillo tenue por el color del ámbar. Veo el mar reflejar intempestivamente el color del firmamento. Respiro agitadamente tres veces antes de darme vuelta con los ojos cerrados. Es mi última oportunidad para ver sobre mis pasos, antes del punto final.

El calor aumenta pero el sudor frío hace que mi cuerpo tiemble. Debo permitirme el ver en esta dirección antes de continuar, y debo apresurarme: sólo tengo un par de segundos. Temblando con más intensidad pero con el rostro en calma, abro los ojos. Palidezco. En todas las ocasiones anteriores podía observar el largo camino de maderos que conforman el muelle movedizo sobre el mar, que llevan de regreso a la costa. Los peldaños no están visiblemente conectados por cuerdas ni por metal. Parecen flotar independientemente unos de otros, pero estando unidos por el vaivén del mar, que los aleja y reúne por voluntad de ambas partes. La playa es de granos grandes de arena suave, redondos y dorados. Puedo transportarme por un instante ahí y disfrutarla tomando montoncitos de la arena que ha perdido su brillo entre mis manos. Puedo, en ocasiones, transportarme más lejos aún, hasta el inicio de la playa, donde se encuentra la llanura de hierba, que con la frescura de su rocío aviva el cuerpo del sopor del mar en ebullición. En esta ocasión no hay playa a la vista. No hay arena ni colinas a la distancia, y la frescura de la llanura se antoja más una invención sin forma clara; tratar de invocar sus sensaciones sería solo una pérdida de tiempo. Mis ojos veían solamente una sucesión de peldaños que formando una ligera curva se perdían entre la bruma y el horizonte. El tiempo ha transcurrido, mi cuerpo me lo advierte.

Doy vuelta rápidamente, de regreso a la dirección inicial, justo a tiempo para sentir el golpe de la primera ola sobre el muelle. En mis viajes a este lugar, normalmente decidiría alejarme del muelle, habiéndome adentrado lo suficiente, y regresar a la playa, cubierto de sudor frío y con el cuerpo enjuto. Sin embargo, las pocas veces en las que decidía continuar, mi viaje se veía entrecortado abruptamente en los minutos siguientes. Esta vez sería diferente.

Por instinto y al instante, con la misma agitación en el cuerpo y serenidad en el rostro, avanzo en dos movimientos certeros y elegantes tres peldaños más. Lo suficiente para no sentir la embestida del mar, que lanzó varios maderos una docena de metros a la distancia. Los golpes de mar irían sólo en aumento. Si fuera posible que alguien presenciara el momento, vería a una figura enjuta en su estado de alteración máxima, deslizando sus formas con gracia incómoda, convirtiendo espasmos en danza etérea. Ya girando en distintos ejes, ya usando todas sus terminaciones para ser uno con la cadencia del mar. Apresurando, deteniendo, pero nunca dejando de contorsionar. Prediciendo los movimientos bestiales de las olas, y respondiendo a ellos con inercia exacta, logrando a veces confundir al espectador imaginario y hacerlo pensar que tal vez sea la figura la que dirige los surcos de donde surgen las fauces de agua y que ordena a la bruma reconfigurarse al dictar de sus estiramientos y contracciones. Podría hasta parecer que la figura podía perderse a voluntad en ella y aparecer de nuevo cuando le pareciera indicado compartir fragmentos del momento místico. La realidad, sin embargo, es que mi ser jamás habría estado ni estaría en tortura similar. Cada movimiento era un aullido desesperado por no perderse en el camino sin ser escuchado. Una lucha por llegar al fin, sin saber el motivo del viaje. Un afán ansioso de no dejarse arrastrar, por no ser engullido, por mantenerse en pie, por no desfallecer a medio camino. Mi ser se resiste a ser arrastrado en aquel vaivén sin fin, que proviene de la nada y no conduce a ningún lugar. No seré fibras rancias compactas de almizcle y brea contoneadas en sumisión a la calma violenta.

Las olas gritan ya en afronta clara. Su furia se mezcla con el sonido vibrante que ya se entiende grave, ominoso, perverso. La vibración y las olas forman base y matiz de un cántico atroz que resuena de golpe al interior de mi ser. <<El momento ha llegado>>, dice mi alma. He llegado al último peldaño.

El cántico reverberante que surge debajo de mí, y que se disipa a mi alrededor, la humedad aberrante que me ahoga y los vapores que se impregnan a mi esencia, aprisionándome, sólo para abandonarme por instantes, siguiendo su indolente ascenso, todo esto se vuelve fusión alquímica que me profana e inunda, hasta llenarme de sí. Respiro hondo, aunque no haya aire que respirar, sólo esencia ámbar. No siento mis pulmones expandirse. No siento mi cuerpo en lo absoluto, pero estoy convencido de ser contenedor lleno a su máxima capacidad.

En todos mis viajes jamás llegué a este peldaño. Nunca me hice uno con este ritual voraz. Tampoco pude sentir dentro de mí los sabores claros del todo en el que me encuentro. Todo es nuevo para mí, pero la culminación del todo, de alguna manera, es presagio que se intuía tenuemente desde la primera vez que visité este lugar. La sensación de infinita irrelevancia al ser engullido. La contemplación por un instante de la inmensidad inerme, irrefutable y voraz, siguiendo el llamado primigenio para devorar sin titubear a la endeble futilidad y restaurar la calma. Sin confrontación ni lucha alguna que pueda existir. Tan sólo la sensación del saberse frente a la magnitud indolente que no entiende ni siente, sólo se expande.

El mar en calma, la bruma permite ver el mar parcialmente. Siento esbozar una magra sonrisa en expectativa y terror, pero sin sentirla físicamente. No hay cuerpo ni emociones tangibles. Sólo la fusión de terror con calma al ver aquella masa oscura y gigante bajo el agua acercarse hacia mí. No había fin para su forma, sus movimientos se sentían ondulares pero no podían percibirse. Todo estaba claro sin poder verlo ni describirlo. El vaivén, el recorrido desde el fondo del todo para llevarme, el hambre no así animal, mas primigenio. No tal para subsistir sino solo porque siempre ha sido así, y siempre lo será. El ser engullido y llevado con aquella bestia en formas y sensaciones que no puedo vislumbrar. El cielo ámbar, el mar ya negruzco, el cántico y esencia estallan en mí. Un paso más. El fin.

4 de Marzo de 2018 a las 00:00 0 Reporte Insertar 0
Fin

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