Una historia de fantasía Seguir historia

miguel Miguel da Unamenos

Una historia de Fantasía es, por el momento, el título de una narración que, obviamente, girará en torno a un ambiente fantástico medieval. Inacabado aún por ser un proyecto de, espero, cierta envergadura para lo que a mí respecta, irá creciendo según añada nuevos capítulos que, debo advertir, estarán expuestos a constantes cambios toda vez que lo crea necesario. Añadir que el dibujo de portada no es en absoluto definitivo. Desconozco la autoría del mismo. Reciban un cordial saludo y espero lo disfruten al leerlo tanto como yo al escribirlo. Gracias.


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1. Rescate y recompensa.

A principios de un mes de septiembre, rondando el mediodía de un agradable viernes, corría alegre por el monte un chiquillo de once años, bajo, de oronda cintura y piernas cortas, que cubría su cabeza con un viejo cubo de madera sin asa puesto del revés. En la superficie del mismo habían sido practicados varios orificios a través de los cuales podía hablar, oír y ver, que no oler, salvo que se topase con alguna fragancia o pestilencia muy acentuada. En la diestra empuñaba una espada de punta roma, también de madera, con la que continuamente atizaba al aire, al tiempo que profería bravuconas exclamaciones dedicadas a una panda de truhanes creados por su honda imaginación, a los que pretendía ajustar las cuentas tras haberlos sorprendido cometiendo un delito digno de castigo, a su entender. Una vez acabó con ellos, siguió el niño por una estrecha vereda de la que procuraba no salirse y que ascendía por pequeñas elevaciones lo mismo que las bajaba, y que en ocasiones, en trechos muy cortos, discurría entre una abundante fronda.

En un lance del juego, pues jugaba, el pequeño paladín se detuvo junto a un roble al que, tras acusar de ser un ogro de alma oscura y peores intenciones, asestó un fuerte golpe en el tronco con su inofensiva espada, armando tal estrépito que todos los pájaros que anidaban entre sus ramas y en las de los árboles más próximos emprendieron el vuelo atemorizados; debió ser un alivio para ellos ver cómo se alejaba aquel pillastre luego de proclamarse vencedor de tan peculiar duelo. Momentos más tarde, acusando el esfuerzo que le supuso tanta carrera, el inquieto caballero se detuvo y liberó su rostro de la prisión que aquel singular yelmo, otrora cubo, hiciera sobre su cabeza, descubriendo una enmarañada cabellera castaña más corta que larga, bajo la cual había un pálido semblante empapado por el sudor. En un hábil movimiento ya practicado anteriormente, asió con la zurda la correspondiente manga de la camisola de lana que vestía y secó con ella su frente y los alrededores de sus marrones ojos, evitando así que se adentrase en ellos alguna indeseable gota de sudor y le provocase el tan temido escozor. Fue entonces que oyó una voz pidiendo auxilio.

El niño quedó paralizado por la sorpresa, pero antes de que pudiera pensar volvió a escuchar aquella llamada de socorro, que no parecía venir de nadie que estuviera demasiado angustiado, en su opinión. En esta ocasión fue capaz de suponer que el necesitado, a priori un desconocido, debía ser un hombre de cierta edad. Y la dirección de la que le llegaba el sonido le hizo advertir que, quien quiera que fuese, se encontraba en el bosque, para lo que, de querer prestarle ayuda, debía abandonar la vereda en la que se encontraba e internarse en la espesura, rompiendo así la promesa que había dado a sus padres de no desviarse del camino salvo que las circunstancias lo exigieran, excepción que no tenia muy claro cuándo aplicar.

—¡Socorro! —volvió a decir la voz.

Segismundo, que así se llamaba el mozo, concluyó al fin que aquel era un motivo que justificaba sobradamente el que incumpliera la palabra dada a sus padres. Resuelto, se volvió a poner el cubo a modo de yelmo y, esgrimiendo la espada con fuerza, avanzó con determinación entre la foresta.

—¡Ya voy, señor! —exclamó animoso—. ¡No se apure, que ya voy!

—¡Por fin alguien! ¡Aquí! ¡Estoy aquí!

—¿Dónde? —preguntó Segismundo, que no veía más que matorrales y árboles allá donde mirase.

—Tú sigue la voz, que ya estás cerca, joven.

—¿Dónde? ¡No le veo!

—Yo tampoco a ti, pero nos oímos, que es algo.

Unas zancadas más allá, el chiquillo se detuvo inquieto y echó un vistazo en derredor.

—¿Me sigue oyendo? —volvió a preguntar.

—¡Desde luego, mozalbete! Incluso puedo verte —contestó el hombre, cuya voz en la cercanía resultaba hipnótica.

Segismundo, sorprendido, trató de localizar al hombre, mas seguía siendo incapaz de ver a nadie pese a que la voz sonaba ya muy cerca.

—¡Pues yo a usted no!

—Lo harías si mirases en la dirección adecuada.

—¿Y que dirección es esa?

—Frente a ti, joven. Pero no des un paso más hacia delante. ¡No ahora!, te lo suplico.

Segismundo, inmóvil, miró al frente desconcertado, pero con el mismo resultado. Hastiado, dejó escapar un pesado suspiro y se encogió de hombros.

—No tan arriba —dijo el hombre.

—Sí que lo han escondido bien a usted —observó el chiquillo un tanto frustrado.

—¿Y por qué no usas la cabeza en lugar de quejarte y miras hacia abajo? Pero recuerda lo de no dar un paso, salvo que sea hacia atrás.

El niño necesitó de un instante para reaccionar adecuadamente. Entonces bajó la mirada y, para asombro suyo, se vio al borde de un profundo hoyo de grandes dimensiones que alguien, probablemente con ayuda, había excavado en la tierra. Sobresaltado, retrocedió de inmediato. Luego, recobrada la tranquilidad, aunque no toda, volvió a centrar su atención en el formidable agujero, donde se encontró con un anciano delgado y de rostro afable al que no había visto nunca que, sentado, le observaba en calma.

—¡Hola! —saludó con timidez Segismundo, que no estaba muy seguro de lo que debía decirse en esos casos—. ¿Está usted bien?

El anciano, que lucía una absoluta calvicie y vestía una desgastada túnica oscura que parecía casi tan vieja como él, le dedicó una amplia sonrisa.

—No estoy bien del todo por estar aquí abajo y no ahí arriba, que es donde quisiera verme, pero no tengo dolores demasiado intensos y nada roto, sólo algún rasguño, si a eso te refieres. En ese sentido sí estoy bien, teniendo en cuenta lo mal que podría haber quedado —dijo el hombre, que alzó y agitó levemente una mano a modo de respuesta al saludo del niño.

Segismundo volvió a requerir de un tiempo, esta vez para comprender del todo lo que le había sido dicho.

—¿Cómo ha llegado ahí abajo? —preguntó ingenuo.

—Digamos que es a causa de cierta manía que tengo de ir a todas partes con la cabeza puesta en lugares muy distintos del que ocupa el resto de mí.

Segismundo, confuso, no supo qué pensar al respecto.

—Me refiero a que siempre voy demasiado pendiente de mis propios asuntos, lo que quizás me vuelve demasiado despistado. ¿Cómo negarlo habiendo caído aquí? —aclaró el hombre.

—¿Y no vio un agujero tan grande?

El hombre arqueó las cejas.

—¡Oh! ¡Claro que lo habría visto de no estar tapado como estaba! Soy distraído, no ciego. Tú en cambio sí habrías caído de no ser por mi advertencia —el hombre miró a su alrededor con desaprobación—. El suelo se abrió de repente bajo mis pies. Es una trampa, supongo que para capturar animales de cierta envergadura, y también a mí. Alguien debería ajustarle las cuentas a estos tramperos, sean quienes sean.

Segismundo reparó entonces en la gran cantidad de hojarasca y pequeñas ramas que colmaban el fondo del agujero, habiendo caído todo ello junto con el anciano. En efecto, tal como dijo éste, aquello tenía todo el aspecto de haber sido ocultado adrede.

—Aguarde. Le ayudaré a salir —dijo, tumbándose en el suelo y estirando la mano todo lo que pudo hacia abajo.

El anciano se puso en pie y se acercó al niño, mas al sujetar la extremidad que le era ofrecida y amagar con hacer fuerza desistió al instante, pues adivinó que el resultado de aquello nada tendría que ver con el deseado.

—Es inútil. Te arrastraría aquí conmigo y ambos precisaríamos de un rescate —dijo—. Se me ocurre que podrías buscar algunas ramas de buen tamaño y acercármelas, que ya me las apañaré para ir arrimándolas a un lado e improvisar una suerte de rampa.

—Eso no me parece un rescate heroico —protestó Segismundo.

—¡Por supuesto que lo es! Y además ingenioso.

Segismundo pareció pensarlo.

—De acuerdo —aceptó—. Haré lo que me pide.

Volvió a levantarse y comenzó a escudriñar el suelo.

—Quítate ese cubo de la cabeza y suéltalo en el suelo. Y deja la espada en su interior. Necesitarás los ojos y las manos libres para buscar y acarrear mejor lo que te he pedido.

—No es un cubo. Lo fue, pero ya no lo es. Ahora es un yelmo —aclaró.

—¡Claro! ¡Un yelmo! Estoy más ciego de lo que pensaba.

Pese a todo, Segismundo encontró lógico aquel consejo, así que hizo caso al hombre y pasó a la acción. No tardó en dar con una frondosa rama desprendida que, con esfuerzo, logró arrastrar hasta la trampa, a cuyo interior la arrojó advirtiendo antes de lo que hacía, pues no quería causar mal al viejo a quien quería rescatar.

—Una buena pieza digna de un gran rescatador de viejos idiotas caídos en hoyos. Sigue así y habré salido en poco tiempo, muchacho —le animó jovial el hombre.

Poco a poco, Segismundo fue echando todo lo que viera y pensase que podría servirles, teniendo que ampliar cada vez más su círculo de búsqueda. Al fin, la voz del hombre, que parecía cansado por las energías derrochadas al amontonar todo lo que le iba siendo acercado, le advirtió que podría ser suficiente. Tras tomar aire, éste tomó impulso y empezó a trepar. El montón de ramas crujió protestando por el peso que soportaba, llegando a moverse amenazadoramente bajo sus pies. Tembloroso, el anciano se vio obligado a mantener el equilibrio en dos ocasiones, de las que salió airoso, mientras avanzaba con cautela. Segismundo contemplaba la escena conteniendo el aliento. Justo cuando todo parecía hecho, el montón cedió y comenzó a desmoronarse, haciendo que el hombre fuese cayendo con él. Sin embargo, el niño, rápido como una centella pese a ser grueso, alargó los brazos y logró asirle con fuerza de una de las mangas, de la que tiró tanto como pudo. Aun así, también él se veía arrastrado hacia abajo por faltarle fuerzas. Temiendo los devastadores efectos que aquella caída de más de dos metros dejarían en su cuerpo, Segismundo no pudo evitar que un grito de pánico brotase de su garganta. Pero el anciano, no habiendo jugado su última baza, reaccionó dando un salto, de veras sorprendente en alguien de su edad, en el que empujó hacia afuera al chiquillo con ambas manos, transcurriendo la acción al completo en cuestión de segundos. Las ramas acabaron desparramadas en la profundidad del agujero, mientras que ellos, manteniendo Segismundo su alarido un instante más, quedaron tendidos al borde del mismo, doloridos por el golpe recibido pero satisfechos por haber logrado su propósito.

—Esto, sin duda, ha sido digno de ser contado, muchacho —celebró el viejo, todavía en el suelo, quedando la mitad de sus piernas en el vacío que se originaba con la caída de la trampa.

Segismundo se sintió importante. Nunca antes había ayudado a nadie que estuviese en un verdadero apuro. Su emoción por todo lo sucedido fue tal que el cuerpo le temblaría unos minutos más.

—¿Cómo ha podido saltar así? —preguntó gratamente sorprendido.

—Es una larga historia —respondió el viejo—. Anda, ayúdame a levantarme. Creo que me he hecho más daño ahora que al caer en la dichosa trampa. Ya no soy el de antes.

Segismundo se incorporó con cierta torpeza, aún aturdido, y atendió al hombre, que dejó escapar un lamento en el momento de ponerse en pie apoyándose en el niño. Entonces se sacudió la toga, que siguió prácticamente igual de sucia, y buscó algo en el suelo.

—Vengo de muy lejos —iba diciendo—, aunque no es la primera vez que estoy por estos parajes —de súbito, una recia rama, ya seca,  que antes no viese el chiquillo, llamó su atención. La tomó y fue arrancando las nudosas protuberancias que de ella sobresalían. Una vez la rama quedó a su gusto, se apoyó en ella como si de un bastón se tratase. Comprobaba su eficacia echando el peso encima—. Servirá —murmuró antes de centrar su atención en el niño.

—¿Es usted un vagabundo? —preguntó éste.

El hombre sonrió.

—Siempre voy de acá para allá. Diría que lo soy —concedió. Entonces se inclino y cogió el cubo, en cuyo interior descansaba la espada de madera. Curioso, examinó ambas cosas.

—Dignas armas de un joven paladín —dijo, tendiendo los dos objetos a Segismundo—. ¿Te han nombrado ya caballero?

El niño negó en silencio al tiempo que se disponía a recoger sus propiedades de manos del anciano.

—Pues alguien habrá de hacer algo al respecto. Y los hechos acaecidos hace tan sólo un momento te acreditan merecedor de ello en mí opinión. Tienes bravo corazón, niño. Dime, ¿cómo te llamas?

—Segismundo Hojaparda, señor.

De súbito, el hombre se puso rígido y adoptó una actitud solemne. No habiendo aún tomado el chiquillo de sus manos el viejo cubo y la espada, dejó tan sólo que cogiese lo primero, quedándose él con el arma, la cual asió por la empuñadura, mirando la punta hacia el alto cielo.

—¡De rodillas, Segismundo, con el yelmo a tus pies y la mirada hacia abajo en actitud humilde! —exclamó.

El niño no comprendió qué sucedía.

—Hazme caso, chiquillo, voy a hacerte un nombramiento que se ajuste a tu talla, en estatura y edad. Sé de gente que habría dado un brazo por verse en tu lugar. ¿Dudas acaso?

Confuso, Segismundo se dejó llevar y adoptó la pose que se le pedía. El viejo vagabundo carraspeó, luego, tocó el hombro derecho y la cabeza del niño con la punta de la espada. Entonces dijo:

—Con el poder que yo mismo me confiero, te nombro a ti, joven Segismundo Hojaparda, guardián de los caminos. Protegerás a los viajeros descarriados siempre que lo estimes necesario y sean merecedores de ello, aunque nunca sin el consentimiento de tus mayores —esto último resultaba un tanto desconcertante, pero el chiquillo calló—. Puedes levantarte.

Segismundo se puso en pie, ilusionado por el título recibido. Poco le importaba que le hubiese sido dado por un desconocido que parecía estar loco de atar. El anciano le devolvió la espada y, tras inclinarse, depositó un beso en su frente.

—Recibe además mi bendición. Yo mismo contaré tu hazaña a quien vea, puede que dando comienzo a tu leyenda, quién sabe. Encárgate tú de hacerla veraz. Pero recuerda, son las pequeñas cosas las que te harán sentir grande. Si tratas de hacerlo del revés, corres el grave peligro de verte demasiado pequeño. Y ahora vete a casa. Un crío no debe andar solo demasiado tiempo, ni siquiera cuando parezca que todo esté en paz, podría toparse con gente de lo más rara en circunstancias verdaderamente inusuales y nunca sabrá si fue la mera casualidad lo que propició tal encuentro o si existió alguna otra influencia. Adiós, Segismundo Hojaparda. Gracias por tu ayuda —se despidió el extraño, que, al momento, se volvió y comenzó a alejarse.

—¿Quién es usted? No me ha dicho su nombre —advirtió el chiquillo, maravillado.

—Recuérdame como el viejo despistado que encontraste en un agujero —dijo el anciano sin mirar atrás, que ya se adentraba en la espesura, de donde no volvió a asomar.

Segismundo quedó pensativo. Entonces recordó que debía volver a la vereda y regresar a Casahermosa, que así se llamaba el pueblo donde vivía. Ardía en deseos de contar lo sucedido y decir que, desde aquella mañana, todos habrían de saber que él era el guardián de los caminos, aunque a veces debiera ser con permiso.

3 de Marzo de 2018 a las 17:49 0 Reporte Insertar 3
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