Los amantes insensibles Seguir historia

phoebewilkes Phoebe Wilkes

En pleno apogeo de las fiestas Gamelias se prepara una boda. El afortunado es Epiphanes, hijo de Kleitos; un conocido hombre de leyes megarense cuya familia tiene la dicha de ser una de las más ricas y respetadas en toda la polis. Mientras tanto, Theron -un muchacho que no tuvo la suerte de nacer en buena cuna- descubre un secreto que podría cambiar para siempre la perspectiva que tiene de todos cuantos le rodean. Ésta es la historia de cómo Epiphanes dio la espalda a su familia. Y también de cómo Theron trató de recuperar a la suya. Estamos en el año 431 a.C y la paz entre Atenas y Esparta no parece destinada a perdurar. Los caminos de estas dos personas se encontrarán; para bien o para mal.


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Introducción

Los primeros rayos de sol se hicieron visibles al otro lado de la ladera, consiguiendo que una extensa sombra se proyectase en lo profundo de la llanura. Desde el fondo de esta explanada, la cual recibía el nombre de orchestra —debido a su forma circular y al uso artístico que se le daba—, podía divisarse con imperante majestuosidad el sublime edificio que se levantaba tras la plataforma de madera que conformaba el longeion. Y que servía como una especie de escenario sobre el que poetas de las regiones más alejadas venían a deleitar a los espectadores con sus dramas satíricos. 

¿Sería posible crear algo todavía mejor que un anfiteatro? No, era imposible. Tantas emociones, que sin duda debían haber sido impulsadas por el propio Dioniso, sólo podrían manifestarse en un lugar como aquél. Casi se podría decir, pues, que se trataba de un santuario donde los únicos sacrificios que se llevaban a cabo eran los de los mismos personajes, cuando en su desdicha decidían poner fin a su miserable vida. Por supuesto que jamás morían; del mismo modo que el coro o los bailarines nunca abandonaban sus cánticos y danzas hasta el anochecer. ¿Pero qué era sino el teatro? Aquel sitio donde la realidad y la fantasía se fusionaban en un único ser, en algo etéreo e incomprensible para la mayoría de los mortales. Muchos podían disfrutarlo, pocos eran los que en realidad lo podían sentir con tal pasión.

A grandes rasgos, ésta era la opinión que los espectáculos le profesaban a Epiphanes, un niño de apenas diez años que se levantó al alba para acudir con su familia a una jornada de ocio. A su jornada, nada menos. Ya que era bien sabido por sus allegados que no había cosa que disfrutase más que un día bajo el sol de la primavera, contemplando cómo los antiguos filósofos y autores —¿o acaso habría algún nuevo talento? Epiphanes, en su inocencia, creía que había un límite intelectual que nadie podía traspasar salvo al llegar a cierta edad— hacían gala de su sabiduría. No sólo le gustaba escuchar cómo recitaban cientos de estrofas que, para ser sincero, no entendía en demasía. También le resultaba inspirador cómo interpretaban las piezas aquellos individuos cuyo verdadero rostro ocultaban.

Epiphanes tenía una fascinación imposible de medir por todo esto, tanto era así que contaba los anocheceres que pasaban antes de que Kleitos, su padre, le volviese a anunciar que estaban volviendo a izar las banderas, a colocar de nuevo las tablas y en definitiva a adecentar un poco el anfiteatropara una próxima función. ¿Qué importaba de qué tratase? Epiphanes nunca quería saberlo; no necesitaba saber de antemano lo que iría a ver para saber que le encantaría.

Por otra parte, y descontando el hecho de que los quería muchísimo por ser sus familiares más cercanos, ni sus padres ni sus hermanas pequeñas parecían sentir la misma emoción por las artes. Kleitos, cada vez que se organizaba alguna reunión, en lo único en lo que parecía fijarse era en si los hombres de mayor poder social se hallaban presentes. Si así era, iría a intercambiar unas palabras con ellos. Si no se daba el caso, pasaría la velada decepcionado, como si hubiera sido obligado a acudir a un encuentro con esclavos que se quejaban de no disponer de los derechos básicos que consideraban que tenían: era algo que nada le aportaba.

Lysistrate, la madre de Epiphanes, disfrutaba tanto del teatro como de codearse con las esposas de los aristócratas. Después de todo, ella era una de ellas. Y sus dos hijas pequeñas, Rhode y Melitta seguían su mismo ejemplo. Pasaban un buen rato durante aquel día que toda la polis parecía tomarse un respiro de sus quehaceres habituales, pero no parecían sentirse decepcionadas si por lo que fuera el espectáculo se cancelaba o si de súbito Kleitos decidía que no irían.

¡Qué estúpidos…! Menos mal que en Megara solía representarse algo todos los meses y que, sin demasiado esfuerzo, Epiphanes solía convencerles de que le diesen el día libre a su maestro para poder asistir como otro espectador en la multitud.

Cuando amanecía, la familia de Kleitos era de las primeras en atravesar el parodos para coger los mejores sitios posibles. Aunque no siempre esto sucedía, pues por mucho que Epiphanes se esforzase en llegar aprisa, aquello no servía de nada si su padre se detenía para hablar con cada conocido que hallaba. Y con él, por supuesto, se quedaba su mujer. De modo que no resultaba de modo alguno una sorpresa si Epiphanes, como ese día, tenía que coger de la mano a Rhode e insistirle a Melitta que encabezase la marcha a través de las docenas de personas que ya se dirigían hacia el koilon. Melitta tenía ocho años y una personalidad de las que imponían: si alguien elegía algo que ella no deseaba, sin duda protestaría hasta conseguir lo que quería. Por eso su hermano no tuvo intención de perder el tiempo en discusiones absurdas: se alejó de sus progenitores, asegurándoles de que les guardaría el sitio, y se apresuró a avanzar con la esperanza de que el lugar donde se sentaba de forma habitual no estuviese ocupado.

Con lo que no contaba era con que, estando ya a escasos metros de la orchestra, Melitta tropezara y cayera al suelo justo delante de él. No fue una piedra en el camino, ni tampoco su torpeza la que ocasionó que no mirase por dónde pisaba. No, lo que pasó fue que se topó con un obstáculo inesperado: un niño de unos seis o siete años que se encontraba agachado en el suelo, con las manos en sus sandalias —las cuales parecía estar acomodando—. Cuando Melitta cayó, el niño sólo miró a su alrededor como ausente y acto seguido siguió a lo suyo. Como si nada hubiera sucedido.

—¡Al menos podrías disculparte! —le espetó Melitta, tratando de contener las lágrimas, mientras su hermano la ayudaba a ponerse en pie.

El daño había sido leve, sólo se había raspado un poco las rodillas. Pero su orgullo había sido herido y no podía concebir que aquel extraño ni siquiera se hubiera preocupado por su caída. Es más, era como si no la hubiera visto.

—¿Disculparme? —había preguntado el niño, irguiéndose a su vez—. ¿Por qué debería hacerlo?

—¡Lo hiciste a propósito, maldito esclavo!

Melitta escupió estas palabras sin saber si de verdad se dirigía a un esclavo o a otro ciudadano como su padre o su hermano. En todo caso, no existía razón por la que un hijo de ciudadanos se encontrase en el suelo y con una ropa tan sucia. Lo suyo fue una simple deducción.

—¡Yo no hice nada, has sido tú! No has mirado por dónde ibas y yo no he podido esquivarte.

—¿De veras os vais a poner a discutir por esto? —Epiphanes sonó más que aburrido, cortante—. Melitta, tú ibas tan deprisa que aunque le vieras no pudiste frenar. Y tú, el matasiete, —dirigiéndose al niño, que permanecía impasible, quizá por no conocer el significado de la palabra “matasiete”, dijo— es evidente que no pudiste verla venir desde atrás… pero tampoco debías estar en mitad del parodos como un pasmarote, no sé si te darías cuenta, pero eres invisible. Si alguien viene con tanto ímpetu como mi hermana te llevará por delante.

—¿Te crees que es fácil venir hasta aquí y…?

—No creo nada —Epiphanes miró de reojo hacia el skené: ¿cuánto tiempo más iban a perder?—, ni te lo digo por mal. Tómalo como un consejo o ignóralo, me da igual —volviéndose hacia Melitta, le pidió—. ¿Podemos continuar como si esto no hubiera pasado? Estoy harto de tanta tontería propia de bebés, ¿qué dirían las nodrizas? No, mejor no me lo digas… y tampoco pongas esa cara. Sólo vámonos.

—¡Le voy a decir a padre lo que ha sucedido y entonces él se encargará de ponerle en su lugar!

Rhode se aferró con mayor fuerza al brazo de su hermano tras escuchar tal exclamación por parte de Melitta. La pequeña de tres años conocía bien el carácter de su hermana y había visto asimismo una chispa de furia cruzar el rostro del desconocido. Si había que entablar una pelea, seguro a éste no le importaría hacerlo. Aunque fuese contra una niña y eso estuviese mal.

—Me estoy entrenando para unirme al ejército; no le tengo miedo a nadie.

El niño miró primero a Melitta —quien estaba dispuesta a lanzarse sobre él si alguien no se lo impedía— y después hacia Epiphanes, que lo único que hizo fue preguntar:

—¿Eres espartano?

—No.

—Entonces mientes, eres demasiado pequeño para soportar un entrenamiento.

—¡Digo la verdad! ¡Eres tú el que miente!

—¿Miento? Oh, venga. Ningún soldado griego aceptaría entrenar a alguien como tú. ¿Por qué no regresas con tu nodriza? No es personal, sólo estoy diciendo lo que dicta la ley —Epiphanes hizo una breve pausa—. Sabes lo que son las leyes, ¿no?

—No soy estúpido —El niño dio un paso adelante; con los puños en alto parecía preparado para golpear a Epiphanes—. Y apuesto a que tú tampoco lo eres. Tu problema es que eres un cobarde, temes enfrentarte porque sabes que perderías. ¿Cómo podrías volver a mirar a tu hermana a la cara si no fueses capaz de defenderla como es debido ante un extraño?

Llegados a este punto, Rhode ya estaba escondida tras Melitta y ésta se estaba debatiendo entre salir corriendo a buscar a Kleitos o quedarse animando a su hermano. Esos dos tenían que pelear; era su deber para salvaguardar el honor de la familia, ¿o acaso no era eso lo que a ambos les habían enseñado? Pero Epiphanes seguía sin mostrar disposición de participar en reyertas; sonrió con suficiencia, como cuando se aprendía su lección antes que Melitta y repitió con tranquilidad:

—No tengo tiempo para esto.

Epiphanes dio un par de pasos hacia la derecha, con intención de pasar de largo y proseguir con su rutina. Creyó, por un instante, que como el salvaje que parecía ser el niño se le echaría encima. Sin embargo, tal cosa no aconteció. No fue porque el desconocido no tuviera ganas; desde luego, se notaba que disponía de la agresividad necesaria, sino porque un hombre adulto se le acercó y poniendo una mano en su hombro murmuró algo que ni Epiphanes ni ninguna de sus hermanas llegaron a oír. Acto seguido, el adulto —sin quitarle la mano del hombro al niño— les saludó con un apenas perceptible gesto. Obligó al maleducado crío a acompañarle, sin necesidad de arrastrarle entre la multitud. Y éste debía conocerle, pues aunque al principio opuso resistencia e intentó volver a entablar diálogo con los que debía considerar sus agresores, al final se dejó guiar.

Epiphanes ignoró las continuas protestas de Melitta, buscó el mejor sitio disponible y se olvidó del incidente en cuanto la música comenzó a sonar.

4 de Marzo de 2018 a las 00:00 0 Reporte Insertar 4
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