Por tu amor al Arte Seguir historia

hitto- Carla Angelo

Después de la muerte de su madre, Emma se va a vivir con Henry. Tras unos meses en los que consigue adaptarse a su nuevo colegio, llega Matías, quien ha estado los tres últimos años mochileando por Europa. Matías tiene 20 años y parece no hacer nada útil con su vida más que dibujar, tomar fotografías y fumar porros. Aunque ambos son muy diferentes y tienen una convivencia un poco complicada, llegan a un acuerdo que los beneficiará ambos: él le hará los trabajos de artes del colegio a cambio que ella lo reemplace en una clase de la universidad. Esta historia trata de como un lobo se enamoró de un rayo luna, pero sobre todo trata del arte.


Ficción adolescente No para niños menores de 13.

#droga #amor #sexo #amistad #adolescente #arte #romance
15
6933 VISITAS
En progreso - Nuevo capítulo Todos los sábados
tiempo de lectura
AA Compartir

Llevar la fiesta en paz

Podría estar haciendo mil cosas productivas en este momento en lugar de esperar en el aeropuerto. Como dormir. Sí, dormir me parece más productivo que esperar viendo a Henry jugueteando con un cigarrillo que no puede fumar. Balanceándolo nerviosamente en su dedo anular y haciéndolo dar una vuelta entera con ayuda de su dedo índice. Vuelta y vuelta a la inversa, balanceo y vuelta; una y otra vez.

Yo no tengo un cigarrillo para jugar. No fumo y hacerlo es más improductivo que, bueno, esperar en el aeropuerto. Así que tener un cigarro entre los dedos y esperar aquí es jodidamente más improductivo que dormir... o ver crecer el pasto, o ver a un caracol arrastrándose con la ayuda de su propia baba.

De haber sabido que el vuelo tendría tres horas de retraso, habríamos salido con más calma. Miro mi reloj a cada momento y el incesante temblor de mi pierna parece poner nervioso a Henry, quien me mira por momentos y se abstiene de decirme algo. No me importa ponerlo nervioso, él me pone más nerviosa con su cigarro; además me obligó a venir. Si estuviésemos esperando un vuelo para salir de viaje o estuviera por llegar alguien a quien quisiera o al menos conociera, sería diferente; pero quien está por llegar de Francia es su hijo Matías. No lo conozco personalmente, vivo con Henry desde hace ocho meses y Matías estuvo los tres pasados años mochilenado por Europa.

Henry no me habla mucho de su hijo. Las veces que lo hace me recalca que fue un adolescente problema y que esperaba que el dejarlo tomarse tres años sabáticos le hubiesen servido para pensar sobre su futuro y sentar cabeza... o aburrirse de perder el tiempo. Por lo poco que sé de él, lo dudo. De vez en cuando mandaba fotografías de los sitios que visitaba y relataba cortas historias de fiestas a las que había asistido, lugares donde había acampado, y ya fuera porque era un cínico o simplemente quería molestar a su padre, cuánta hierba había fumado y su opinión sobre la calidad de ésta en los diferentes países. A veces también contaba sobre la chica, o las chicas, con quienes había tenido sexo desenfrenado; pero de eso no me enteraba, porque esa era la parte en la que Henry cerraba el correo y me ordenaba hacer otra cosa.

Por fin escuchamos por el megáfono que el vuelo treinta y uno cincuenta y dos ya aterrizó. Nos levantamos con las articulaciones casi anquilosadas y la poca paciencia que nos quedaba termina de consumirse mientras esperamos que Matías atraviese la puerta.

Hay una marea de gente atravesando la puerta y de él, ni señales. Yo creo que él es tan mala hierba como su padre dice. Sabe que estamos aquí desde hace horas y aún así va a salir al último.

Sí, como sospechaba salió al final, con la multitud ya dispersa. No se me hace difícil reconocerlo pese a que solo lo he visto en fotografías, sus rastras castañas atadas en una coleta no pasan desapercibidas. Henry se acerca a recibirlo y yo lo sigo de mala gana, no porque quiera demostrar que aún sin conocerlo le tengo aversión, sino porque soy una persona muy tímida y no sé exactamente cómo saludarlo. ¿Debo presentarme? ¿O esperar a que Henry lo haga? Aunque ya le ha hablado de mí y le ha enviado algunas fotografías.

—El vuelo fue terrible, te juro que prefiero el barco de carga en el que viajé a Sicilia —le dice Matías a su padre mientras carga su bolso.

Viéndolo en persona, es más alto y más parecido a Henry de lo que pensaba. Su cabello difiere mucho en estilo al de su padre, pero comparten el color, tienen la misma mirada y en cuanto a vestimenta luce como su completo opuesto. Henry siempre anda bien afeitado y con traje; en cambio, Matías lleva un jean roto, una camiseta con el nombre de alguna banda de rock que no conozco y una camisa azul algo desteñida encima. Lo que más me llama la atención es su aroma, a tabaco, debe fumar demasiado para que el olor se mantenga en su ropa aún después de trece horas de viaje. A diferencia de la mayoría de chicos altos quienes andan un poco encorvados disimulando su estatura, él camina muy recto, orgulloso de vernos a todos desde arriba.

—Te esperamos mucho. ¿Por qué se retrasó tanto el vuelo? —pregunta Henry. Yo sigo a su lado pasando desapercibida, decidiendo si saludar o no.

—El clima. No era necesario que vinieras, puedo manejarme solo, lo he hecho por toda Europa sin conocer nada, creo que puedo encontrar el camino del aeropuerto a tu casa —le responde de forma hostil y eso me molesta, podría estar un poco agradecido. Henry no le dice nada, yo creo que Matías siempre es así y él ya está acostumbrado, o evita pelear—. Cierto, ella es Emma. —Por fin me presenta. El chico ni siquiera voltea a mirarme.

—Sí, hola. ¿Dónde está el auto? Quiero llegar a dormir, el cambio de hora va a matarme.

Si yo fuera un poco más valiente y extrovertida lo habría jalado de su horrible colita y lo habría obligado a saludarme correctamente; pero me limito a seguirlos hacia la salida, cruzada de brazos, como si fuera un perro callejero siguiéndolos por comida.

Para ser una familia que no se ha visto en tres años, Henry y Matías se hablan con demasiada indiferencia. Yo imaginaba que él llegaría contando millones de historias sobre todo lo que había visto y que Henry no pararía de hacerle preguntas. En lugar de eso están discutiendo sobre el tráfico. Matías le reclama el haber tomado esta ruta y su padre le responde echándole en cara la cantidad de veces que ha realizado la ruta La Paz- El Alto.

Resoplo y apoyo mi mentón en la mano, aprovechando de disfrutar del paisaje por la ventanilla. Cuando pasemos esta parte del embotellamiento y bajemos por la autopista, la imponente cordillera nevada que rodea ambas ciudades empezará a ocultarse tras los cerros rojizos.

No hay nada para comer en casa de Henry. La empleada está de vacaciones y estos días comemos afuera. Suponiendo que Matías debe estar muerto de hambre, Henry propuso que antes de ir a casa nos detuviéramos en Burger King.

—¿Qué van a pedir? —nos pregunta a ambos.

—Una Whopper doble en combo con todo agrandado, muero de hambre —contesta Matías.

—Una promoción, con refresco —pido cuando me señala.

Henry se va a la fila y nos deja en una mesa. Me siento incómoda, lo único que deseo es que me diga algo, porque yo no me animo a iniciar una conversación.

Matías saca su celular del bolsillo y se pone a escribir, por el sonido sé que se está mensajeando con alguien. Sonríe antes de responder y sigue actuando como si yo no estuviera.

Tenía miedo de pensar cómo sería convivir con Matías. No tengo hermanos y el vendría a ser algo parecido, pero comienzo a sospechar que me tratará como si no existiera. Mejor, porque es a lo que estaba acostumbrada: a ser invisible.

Como está sentado justo al frente me veo obligada a contemplarlo. Sus pestañas son negras y espesas, y apenas me dejan ver sus ojos. Me pregunto si no le resultan incómodas; a mí me lo resultarían, no soporto nada encima o cerca de mis ojos, ni siquiera delineador o rímel.

Henrry aparece por fin con la comida, interrumpiendo mis pensamientos idiotas. Haciéndome dar cuenta de que inconscientemente me rascaba los ojos. Ver pestañas largas para mí es como ver insectos, aunque no se te suban igual empiezas a sentir comezón por el cuerpo. La bandeja no está ni apoyada en la mesa y el chico ya agarra su hamburguesa. Mientras le pone tres sobres de kétchup, me mira por un segundo y se acerca a su padre para hablarle al oído.

— ¿Es autista o algo así?—Lo escucho preguntar.

Ahora sí me molestó.

— ¡No! —respondo sin darme cuenta del volumen de mi voz.

—Es que como no hablas —dice levantando las cejas al tiempo que da un gran mordisco.

—Emma es un poco tímida con la gente que no conoce, ya te va a tomar confianza. A mí casi no me hablaba las primeras semanas, ahora conversamos todo el tiempo ¿no Emma?

Asiento, frunciendo los labios, todavía enojada por la pregunta de Matías. Lo que dice Henry es verdad. Me cuesta hablar con quien no conozco, pero cuando entro en confianza, supongo que me comporto como una persona normal. El problema es que no sé cómo iniciar una conversación, o romper el hielo. A veces me da vergüenza, o tengo miedo de molestar. No me gusta que me molesten, por lo tanto, no quiero ser una molestia para nadie.

—Trátala bien. Para ella que estaba acostumbrada a vivir solo con su madre le va a ser un poco complicado convivir con dos varones.

—Siempre y cuando no te metas con mis cosas vamos a llevar la fiesta en paz. —Por primera vez me habla directamente y me siento extraña, creo que no le caigo bien.

No es que yo haya elegido vivir con ellos, no quiero ser una intrusa en su casa; desafortunadamente es lo que me tocó. Mi madre murió el año pasado, luchó contra el cáncer de mama por cinco años y durante ese tiempo pensamos que superaría la enfermedad y sería de esas mujeres que orgullosas muestran que les falta medio pecho, producto de una operación que salvó su vida; sin embargo, no fue el caso. No teníamos dinero para pagar un seguro privado y en el público debíamos ir a diario a pelear por conseguir una cita con el médico para que le programaran las quimioterapias. Hay tanta gente con esa enfermedad, que a mi madre la ponían siempre en lista de espera y no actuaron a tiempo.

Además de ella yo no tenía nadie. Mis abuelos maternos murieron también y mi padre nos abandonó cuando yo apenas era una recién nacida. Henry era un compañero de la universidad de mi mamá. Él atendía sus asuntos legales y mi madre lo nombró mi tutor en caso de que algo le sucediera. Por eso vivo con él, y ahora con Matías, su único hijo.

Ojalá él se limite a ignórame eternamente, aunque tengo el mal presentimiento de que no vamos a llevar la fiesta en paz.

3 de Marzo de 2018 a las 13:31 1 Reporte Insertar 2
Leer el siguiente capítulo La inutilidad de la clase de arte

Comenta algo

Publica!
Alison Escobar Alison Escobar
29 de Noviembre de 2018 a las 12:09
~

¿Estás disfrutando la lectura?

¡Hey! Todavía hay 2 otros capítulos en esta historia.
Para seguir leyendo, por favor regístrate o inicia sesión. ¡Gratis!

Ingresa con Facebook Ingresa con Twitter

o usa la forma tradicional de iniciar sesión