Justicia sin venganza Seguir historia

don-godo Amadeu Isanta

Hay otras formas de hacer justicia para reparar agravios y ofensas. Alex sustituye el supuesto placer de la venganza por el de la redención, liberando el dolor propio y ajeno de tiempos pasados.


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#venganza #justicia
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Capítulo 1

El tren de cercanías entró en la estación con quince minutos de retraso. Alex esperaba en el andén que una de las puertas del convoy se detuviera justo enfrente de él. Pensaba que excusas daría en el trabajo por llegar tarde, su jefe no era precisamente una persona muy comprensiva y no encajaba pretextos con facilidad. Se abrió la puerta y subió al tren buscando un asiento libre. Pudo acomodarse en un compartimento de cuatro ya ocupado por tres sujetos variopintos y ataviados con “piercings” hasta las pestañas, procedentes de los suburbios de la ciudad. En el vagón, su entretenimiento era observar las expresiones patéticas ofrecidas por las caras malhumoradas y con rastros de haber albergado unas pesadas legañas de temprana hora. Como ritual, primero observaba furtivamente a los más cercanos de asiento, luego abría el foco hasta otear prácticamente todo el vagón. Esto lo podía llevar a cabo gracias a la estrategia previa de haberse situado en un extremo, para no tener que delatarse girando la cabeza hacia atrás. Su plan de análisis era concienzudo y no dejaba detalles al azar, seguía unas pautas establecidas anotando mentalmente las posibilidades de origen, destino y estado de ánimo de cada persona estudiada. Aquel día no encontraba el objetivo adecuado, se le resistía más de lo habitual. Por fortuna, en la segunda parada subió un tipo con posibilidades. Era un hombrecillo de baja estatura y complexión robusta, de tez morena y con rasgos de alguna etnia latinoamericana. Vestía vaqueros, camisa sin mangas y llevaba recogida la cabellera en una larga cola de pelo negro. El personaje, después de asegurarse de la ausencia de personal de vigilancia, desenfundó la guitarra que llevaba al hombro y empezó a tocar. Parecía que intentaba ganarse la vida de esa forma y además tenía maneras de profesional apartado del gremio por motivos desconocidos. Tocaba muy bien. Tenía estudiado el recorrido del tren y sabía escoger la estación que tenia la próxima a más distancia para permitirle desplegar un repertorio de canciones más extenso. Antes de la parada siguiente tuvo tiempo de tocar dos temas completos de “Led Zeppelin” con el tema “Stairway to Heaven”, y “Entre dos aguas” de “Paco de Lucia”.

Antes de que el tren se detuviera y el guitarrista realizara la ronda por el vagón para recoger los donativos que se adivinaba iba a recibir, la totalidad de viajeros estalló en una apoteósica ovación, digna de un gran concierto, de una ejecución magistral. La recaudación no pasaba de modesta, monedas de varios céntimos, de un euro en los casos más esplendidos. Cuando el indígena llegó a la altura de Alex cambió el paso rápido por uno mucho más lento. Se detuvo enfrente de él mirándole cara a cara, cosa que no había hecho con nadie más. Su expresión era la de esperar algo especial, y no se equivocaba.

- ¡Has estado magnífico! – comentó Alex.

- Muchas gracias señor – contestó.

- No recuerdo haber oído tocar la guitarra de esta forma. Me sorprende que la calidad de tu arte tenga que pasear de tren en tren.

- Pues sí señor, me gano unas monedas de este modo, los tiempos son muy malos para pensar en otros desafíos.

Alex metió la mano en el bolsillo del que extrajo la cartera. Cogió un billete de quinientos y lo introdujo en el bote que el guitarrista sostenía con la mano. Con los ojos casi salidos de las órbitas, el chamaco trastabilló fruto de la impresión o quizá por la brusca parada del tren, o por las dos cosas. Cogido justo a tiempo del brazo por Alex, antes de que diera con sus posaderas en el suelo, dijo:

- ¡Oh! señor, esto es demasiado, no puede ser, no merezco tanto reconocimiento por dos canciones – abrumado por la situación.

- Acéptalo, por favor. Tú seguramente necesitas el dinero y yo necesito que lo aceptes.

Lo cierto es que el guitarrista parecía un tipo honesto consigo mismo y no insistió más. Le agradeció una vez más su generosidad y se despidió de Alex, estrechando su mano mientras sonreía dejando ver una dentadura grandiosa y blanca. Saltó del tren sin enfundar la guitarra. Los espectadores de la escena vieron como se alejaba a toda prisa pero sin llegar a coger el galope, quizá para contar lo que le había sucedido a algún miembro de su clan; hecho un manojo de hombre, guitarra, funda y mochila, desapareció por la escalera norte del andén.

El tren llegó a su destino y Alex enfiló la avenida que en diez minutos de trayecto andando le llevaría hasta su trabajo. Se paró en el portal y presionó el interfono de la oficina. Una voz metálica y resabiada contestó por el aparato.

- Buenos días, soy yo, Alex.

- ¿Otra vez tu?, ¿qué quieres? – preguntó la voz.

- Pues entrar, vengo a trabajar, como cada día.

La voz, con bufido de paciencia condescendiente espetó un “entra” desagradable. Alex subió al ascensor que le llevó a la recepción de la oficina donde aquella voz tomaba forma de secretaria estirada y fiel a su jefe.

- Espera ahí sentado, voy a avisar a Andrés – dijo con desdén.

Alex obedeció y se sentó. Mientras esperaba pensaba si le dejarían entrar y ocupar la mesa de trabajo. Lo intentaba cada día. No comprendía por qué no le dejaban y le decían que se fuera a su casa, así sin mediar ningún motivo o explicación. Lo penoso del asunto es que cada día repetía la misma rutina, recorría treinta y tantos kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, sin recordar que el día anterior no le había servido para nada.

Al cabo de media hora sonó el teléfono interno y la secretaria descolgó limitándose a asentir con un par de onomatopeyas lo que el interlocutor le decía. Se dirigió resolutiva hacia él y le transmitió el mensaje:

- Hoy Andrés no puede atenderte, tiene una reunión muy importante y estará ocupado todo el día. No hace falta que esperes más, puedes irte.

La situación provocó en Alex un estado de perplejidad que hizo esbozar un recuerdo de algo que ya le había ocurrido sin saber cuándo. Sin mediar palabra se levantó y se fue. Ya en la calle, pretendía descifrar imágenes y conversaciones borrosas que no conseguía ordenar en formas y tiempos. Anduvo un par de horas sin rumbo fijo hasta que la ansiedad creciente hizo que se detuviera al lado del puente que cruza el río. El día luminoso que amaneció dejó paso a unas nubes amenazadoras que lentamente se fundían con el color gris de las brumas ribereñas, también a juego con la espesura de su mente. Aturdido y recostado en una barandilla del puente adivinó una silueta de alguien que se acercaba por la acera. Entre sombras, no podía distinguir más que una amalgama de cuerpo humano precedido de bultos y protuberancias. El hombre cuando llegó a su altura se detuvo enfrente de él y le miró fijamente a los ojos.

¿Le pasa algo señor, se encuentra bien?

- Sí, sí, no es nada, estaba descansando un poco – contestó Alex. – Estaba aquí sin esperar nada en concreto. Bueno, en realidad sí que esperaba la oportunidad de poder ayudar a alguien que lo necesite. Veo que tienes dificultades para empujar este carro de trastos, debe pesar lo suyo.

El hombre asintió con la cabeza y destapó los fardos para enseñar lo que transportaba. Eran bobinas de cable de cobre para uso industrial. Su aspecto, muy nuevo, era el de haber salido de un almacén más que de haber sido encontrado abandonado en un vertedero. Y no invitaba a pensar que alguien hubiera tropezado con ellas fortuitamente. Aquello había sido robado a alguien que estaría echando en falta su valor. El hombre de rudas facciones, curtidas por la intemperie, tenía aspecto de proceder de algún país del Este de Europa pero no llegaba a aparentar pertenencia a mafias que por allí proliferan. Su aire humilde y haraposo simplemente transmitía voluntad de supervivencia y eso le confería confianza absoluta. Probablemente era un eslabón de último recurso que no admitía culpabilidad por delito alguno, imprescindible en el lucrativo mercado negro del cobre.

- Quiero hacerte una oferta por el cargamento que llevas – propuso Alex. – De hecho, supongo que el final de tu penoso viaje es llegar a destino para venderlo.

- Sí señor, tengo concertada una cita para materializar la transacción. ¿Cuánto me quiere pagar? No sé qué hacer. No sé cómo puede reaccionar mi cliente, es gente peligrosa ¿sabe? Si no cumples los compromisos adquiridos con ellos son capaces de todo, puede que me encuentren en el fondo del río con un bloque de hormigón atado al cuello.

- No temas, pienso pagarte el dinero suficiente para que desaparezcas en un radio de diez mil kilómetros. Así podrás empezar una nueva vida y, si quieres, hasta con una nueva identidad.

Un silencio helado, de tan solo unos segundos, entrecorto la conversación. Como presagio de un acuerdo que ambos deseaban y necesitaban. Fundieron sus miradas y ambos comprendieron que habían inferido un pacto tácito que ya no podían vulnerar. De la chaqueta de Alex emergió un sobre cerrado que fue a parar a manos del hombre del Este, en el cual rezaba: “confía en la cifra, abrir en sitio seguro”, y una cifra anotada de 10.000 euros.

En principio el hombre no daba crédito a lo que allí decía. Inmediatamente sintió que la complicidad establecida con ese señor disipaba cualquier duda. Cogió el sobre y se abalanzó hacia él dándole un fuerte abrazo. Cuando se soltó, y antes de que saliera corriendo, Alex pudo ver un destello de emoción y agradecimiento a través de una lágrima que descendía por su mejilla.

Las bobinas de cable, al ser examinadas a fondo, sorprendieron a Alex. Llevaban estampado el nombre y dirección del fabricante en el interior del cilindro. Sin dudarlo un momento cogió el carro y se dirigió al sitio. Cuando llegó era noche cerrada y no tuvo muchas esperanzas de encontrar el almacén abierto. Observo el mismo nombre de los cilindros en una placa de la entrada y allí dejo la carga. De regreso a la estación, una fina lluvia le acompañó todo el camino mitigando así la excitación, convirtiendo en satisfacción el recuerdo de la reciente experiencia.

Se acostó sin cenar. En la cama estuvo repasando el balance de su misión y evaluando planes para futuros objetivos, hasta que el sueño le venció.

Al siguiente día, el sonido agudo y obstinado del despertador le sacó de la cama a la hora habitual. De un manotazo, Alex hizo que callara. Se aseó e intentó preparar café. Hacía días que tenia abandonadas las tareas domésticas y tuvo que conformarse con filtrar unos posos de café que encontró guardados al lado de una lista de la compra donde decía: “comprar café”. Salió de casa para ir a coger el tren.

30 de Enero de 2018 a las 09:06 0 Reporte Insertar 0
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