Un día dura tres otoños Seguir historia

C
Catalina Quintero


Emily es buena con los números, es seria, trabajadora, inamovible, soberbia, egocéntrica, ambiciosa, con gustos exquisitos y mirada vivaz y acusadora, ¿corazón de piedra? Algo así… Él es todo lo contrario a ella. John es inteligente a su modo, torpe como solo él sabe serlo, optimista, alegre, sensible, legal, don de la palabra, impaciente a mas no poder, pero con una mirada y una sonrisa que podría hacer que lo insoportable, fuera soportable, ¿enamoradizo? Totalmente… Se conocieron en medio de un festival de magia y colores, pero el destino decidió poner a prueba el sentimiento que empezaba a renacer en sus corazones. ¿Qué tantos ires y venires deben soportar dos personas para comprobar la fortaleza de un sentimiento?


Romance No para niños menores de 13. © SafeCreative

#derecho #romance #polos opuestos #pekin #destino #amor
2
8561 VISITAS
En progreso - Nuevo capítulo Todos los domingos
tiempo de lectura
AA Compartir

PRÓLOGO - En algún lugar de Pekín

15 SEPTIEMBRE 

PEKIN, CHINA 

FESTIVAL DE MEDIO OTOÑO

La atmósfera colorida, el ambiente festivo y la alegría de las personas era palpable en medio de aquel día. Una vez más, y como cada año en varias de las principales ciudades del oriente del planeta, los habitantes celebraban a la luna por el éxito de sus cosechas.

—¡Oh,, vamos! Ya eres oficialmente una ingeniera, tienes que celebrarlo a lo grande, Emily —repuso Mei Ling, la joven de cabello lacio color caoba, mientras intentaba convencer a la chica de tomar otro shot. 

—Por Dios, ¿no ves la hora? No es ni medio día y ya me quieres embriagar —respondió ella mientras evadía la copa. 

—Eso sí es cierto —intervino Xia, la chica con el cabello azul cielo que daba la impresión de ser una de aquellas muñecas de videojuegos—. ¡La bebida es para la noche! Mei Ling, recuerda que Emily es niña de casa —agregó en tono burlón. 

—Muchísimas gracias, Xia —respondió Emily sin animo alguno de ocultar el sarcasmo en su voz—. Me da gusto saber que cuento con amigas como ustedes. 

—Tienes razón, Emily, quizás somos malas amigas —respondió Mei Ling—. Pero no importa, así con todo, tenemos un lugar en tu seco corazón —agregó pellizcándole un cachete a la aludida.

—Deja de hacer eso —replicó Emily sobándose la mejilla roja por el pellizco—. Más bien díganme porque me trajeron al festival, saben que no soy mucho de este tipo de cosas. 

—¡Hey, amiga! ¡Es el festival de la luna! ¡Todo Pekín está aquí! —alegó Xia tomando de su copa. 

—Precisamente por eso. Saben que no me gusta la gente ―añadió mirando alrededor la euforia, el bullicio, y las diversas actividades y atracciones propias del carnaval. Exhaló un pesado suspiro. 

"Necesitaba espacio", le gritó su subconsciente. 

Las carcajadas de sus amigas le hicieron volver de su pequeña distracción, para luego de un momento, unirse a sus risas sin razón alguna.


             ***


—¡Ya! ¡Díganme que le pusieron a ese shot! ―reclamó mientras le daba otro ataque de risa. 

—Solo fue un empujoncito señorita odio-la-diversión ―respondió Mei―. Necesitas divertirte. 

—Y mucho ―agregó Xia con una sonrisa pícara―. Necesitas un hombre Emy. 

—¡¿Qué?! Están locas si creen que me acostare con cualquiera. 

—No es necesario que sea con alguien que no conozcas, tus compañeros de grado no estaban tan mal —repuso Xia.

Emily hizo una expresión de repulsión. —Jamás me acostaría con ninguno de ellos. No estoy loca. —

Entonces busquemos al hombre adecuado —propuso Mei—, seguro encontraremos a algún turista con quien pasar una buena noche —añadió guiñando un ojo con picardía. 

—Ya les dije que no dormiré con un desconocido —repitió Emily tratando de sonar seria, pero lo que sea que aquellas dos le habían puesto en la bebida no le borraba la sonrisa de su rostro. 

—¿Y si se trata de un americano? —cuestionó Xia—. Nunca has estado con uno, y eso que eres americana... 

Para nadie era un secreto que Emily Zhou Owyang, a pesar de su apellido y de hablar a la perfección mandarín, era americana de nacimiento. Sus 1.70 de estatura, cabello ondulado largo y ojos grandes y verdes siempre sobresaltaron entre sus demás compañeros del colegio, la universidad y en las calles de Pekín en general. Sin embargo y a pesar de su genética, Emily creció como una Pekinesa más en una de las zonas residenciales más importantes de la ciudad y no le costó adaptarse a la cultura y costumbres. 

—Quizá si se trata de un americano —meditó unos segundos. Xia y Mei, vecinas y amigas de toda la vida, lanzaron un chillido y se pararon de golpe de las sillas en las que estaban tomando cada una un brazo de Emily y enganchándola a ellas—. ¡Hey! ¿Qué pasa? 

—¡No hay que perder tiempo! ¡Debemos encontrar a un americano! —exclamó Xia sonriente, y sin perder tiempo ambas arrastraron a Emily hacia el corazón del festival. 

El efecto del polvillo diluido en la bebida de Emily no duró por mucho más luego de que caminaran entre los desfiles del famoso evento. Emily ahora estaba en sus cinco sentidos y aunque había intentado zafarse de ese par de locas a las que llamaba amigas, no lo había logrado y al final se había rendido. Quería ver hasta qué punto eran capaces de llegar en sus locuras. 

—¿Ya se dieron por vencidas? —preguntó con burla al verlas sentadas en un banco y abanicándose después de haber caminado por más de dos horas. Las jóvenes rodaron los ojos. Xia estaba a punto de aceptar la derrota, cuando Mei sonrió victoriosa. 

—Claro que no —exclamó poniéndose de pie—. Tengo un plan. 

—¿Un plan? ¿Qué plan? —preguntó Emily con desgana. 

—Vamos —habló jalándolas a ambas y cruzando una calle atestada de gente hasta una enorme plaza surcada de arcos decora-dos con flores y llena de gente con antifaces. 

—¿Qué es esto? —Emily miró con desconfianza y, aunque le costaba admitirlo, fascinación al mismo tiempo. 

—Seguro que has escuchado de ello —dijo Xia al reconocer el lugar—, es una combinación de un ritual típico del festival con algo tan mágico como lo es Venecia en el carnaval de máscaras. 

—Sí. Eso estoy viendo —dijo con un tono de obviedad que le caracterizaba—, pero ¿qué significa? ¿para qué me trajiste Mei Ling? 

Duh. Para que participes del ritual, por supuesto. Emily enarcó una ceja en dirección a la chica. 

—No participaré —declaró cruzándose de brazos.

—Sí lo harás —contradijo Xia. 

—No. No lo haré. 

—¿Por qué no? —Mei Ling gimoteó con confusión. 

—Primero, porque no me interesa. Y segundo, ¡porque ni siquiera me han explicado de que trata! 

—¡Es simple! —replicó Xia—. Los participantes del ritual se ponen las máscaras cual carnaval de Venecia, por supuesto deben estar solteros... 

—¿Y cómo van a saber si están solteros? —interrumpió. 

—Porque les preguntan. 

—¿Y si mienten? —cuestionó. 

Ambas chicas se miraron. —¿Vas a dejar que termine de contarte? —quiso saber Xia. 

Emily hizo un gesto despectivo con su mano. —Está bien. 

—En el ritual tiene que haber un numero par de personas porque el objetivo es emparejar así que separaran a las mujeres de los hombres, los participantes no se podrán ver antes de que se haga el ritual. A las mujeres les darán unos pañuelos en los que deberán escribir algo único y fácil de distinguir, así su pareja las podrá encontrar —continuó explicando la joven—. A la hora del ritual, las mujeres y los hombres solo estarán separados por un biombo y lo que harán las mujeres es lanzar los pañuelos hacia el lado contrario del biombo donde cada hombre escogerá un pañuelo y buscará a su dueña para que decidan si quieren seguir adelante con una cita, o dejarlo como un simple intento... si la mujer acepta el pañuelo, acepta la cita. Sino, pues no. 

—No lo haré —decidió Emily dando un paso atrás. 

—¡Ay no seas amargada, Emily! ¿Qué pierdes con intentar? 

—Tiempo. Pierdo tiempo. 

—¡Pero si acabas de graduarte!, ya no tienes que estudiar —intervinó Xia. 

—Haré un posgrado y necesito empezar a reunir los requisitos —dijo con seriedad. 

—Esto no se demora, Emily, está a punto de empezar —insistió Mei. 

—¿Y si ya no necesitan a nadie más? —cuestionó. 

—Aún nos falta una mujer —interrumpió una voz. Las tres mujeres se giraron hacia la entrada del primer arco y observaron al hombre con ojos pequeños y de aspecto bonachón—. Solo esperamos a una mujer para poder empezar —repitió. 

—¡Perfecto! —chilló Xia. 

—No lo haré. 

—Por favor Emily, mira que es el destino —habló Mei Ling intentando convencerla. 

—¿Y si me encuentro con un baboso?

—Pues lo dejas y te vienes con nosotras... —respondió Xia encogiéndose de hombros. 

—¿Y cómo las encuentro? 

—Nos escribes. 

—¿Me dejarán de molestar si lo hago? —preguntó dándose por rendida. Las dos chicas afirmaron con energía—. Bien. Pero que conste que creo que esto es una pérdida de tiempo —aceptó siguiendo al hombre y siendo seguida al tiempo por las chicas quienes se felicitaron mutuamente por convencer a su acartonada amiga de hacer algo divertido. 

El hombre que las había guiado hasta el interior de la plaza le extendió a Emily un lindo antifaz color rojo y bordeado de dorado, a juego con el vestido estilo vintage que usaba, y le entregó un pañuelo del mismo tono. Emily se puso su antifaz y luego, con ayuda de sus amigas, empezó a decidir que debería escribir en el dichoso trozo de tela. 

—Seguro eres la única americana aquí, pon eso, americana —propuso Xia. 

—¿Y si hay alguna otra? Todo Asia está lleno de turistas por este festival —habló Mei Ling. 

—Mei Ling tiene razón —apoyó Emily—, tiene que ser más específico. 

—¡Ya se! —exclamó Mei—. ¡Tu cabello! Emily enarcó una ceja y acomodó su cabello hacia un lado observándolo. ¿Qué tenía de especial? Era largo, ondulado y… tenía las puntas coloreadas de verde, el color de sus ojos.

—No es mala idea —repuso. 

—Y ya sé que más —añadió Xia tomando la cartera de Emily y sacando un pequeño frasco de vidrio roció el pañuelo. 

—¿Qué haces? —preguntó Mei Ling. 

—El aroma también es bueno para reconocer —explico, y sin previo aviso roció a Emily de manera exagerada. 

—¡Oye! ¡Ya me había puesto colonia esta mañana! 

—Así será más fácil encontrarte. 


*** 


El joven americano levantó la mirada al cielo en el momento justo que las decenas de pañuelos de colores llegaron desde el otro lado del biombo. Sonrió al observar como los demás hombres se lanzaban a coger uno de los trozos de tela y miró con especial atención al pañuelo que caía justo sobre uno de sus zapatos. 

Había entrado a la plaza con la curiosidad a flor de piel y después de haber escuchado en qué consistía el dichoso ritual decidió quedarse. Quien quitaba y encontraba algo especial en aquella tierra extranjera, se dijo. Lo que no esperaba, era que uno de los pañuelos aterrizara justo a sus pies. 

Eso era cosa del destino, pensó, y él creía ciegamente en ello. 

El biombo que dividía a los hombres de las mujeres fue separado y ambas multitudes se combinaron entre risas y murmullos buscándose entre sí. El hombre se agachó, recogió el pañuelo rojo y lo giró en busca de la señal que debía tener. Sonrió al leer el contenido:


"Mi cabello y mis ojos del color de la oliva son, 

si quieres encontrarme, podrás guiarte por mi olor".


Sin dudarlo dos veces se llevó el trozo de tela a su nariz y el aroma cítrico invadió sus fosas nasales. Levantó sus ojos y empezó a buscar a la dueña de aquella fragancia. 

Caminó entre las parejas que se habían encontrado y entre los que aún buscaban y se detuvo al observar a una mujer de espaldas a él. Su largo cabello caía en una ondulada cascada que remataba en unas puntas de color verde y su blanca piel contrastaba con el color rojo de su vestido. Con cautela se acercó y cuando se encontró a tan solo unos centímetros de ella, sonrió al sentir el aroma cítrico. Había encontrado a la dueña de su pañuelo. 

Carraspeó con su garganta para llamar la atención. —Disculpe, ¿podría usted dejarme ver el color de sus ojos? Quisiera confirmar si es el mismo de su cabello... 

Emily no pudo evitar sonreír al escuchar la voz de un hombre a sus espaldas. Tenía un inglés perfecto, así que dedujo que se trataba de un extranjero; además, no negó el escalofrío que sintió al escuchar el tono y la suavidad con que la voz le acarició. Sin pensarlo dos veces se giró para encontrarse con un hombre de atractivo aspecto, de su misma estatura, contextura delgada pero masculina, ojos avellana y sonrisa perfecta. Nada mal para haber sido simple y llana suerte. 

—Creo que esto le pertenece —dijo el hombre extendiendo el pañuelo. El joven suspiró aliviado para sus adentros cuando la bella chica de ojos color verde y labios llamativos aceptó el pañuelo.

Vaya que tenía suerte, reconoció. 

John aprovechó que Emily le evaluaba con la mirada para él hacer lo mismo. 

La joven llevaba un antifaz rojo con bordes dorados que dejaba entrever sus grandes ojos verdes del mismo color que las puntas de su cabello, pero su nariz y parte de sus pómulos permanecían ocultos. Tenía unos carnosos y delineados labios pintados solo con brillo labial que los hacia resaltar aún más, si eso se podía. El vestido era en un elegante estilo vintage, con un escote decente y nada llamativo, que se adhería a la parte superior de su cuerpo con un delicado bordado que llegaba hasta la falda del vestido, amplia y con vuelo. Los zapatos de tacón le hacían quedar de su misma estatura, así que concluyó que era más al-to que ella solo por pocos centímetros. Portaba unas diminutas joyas de oro en sus orejas, alrededor de la blanca piel de su cuello, de sus muñecas y ninguna alianza prueba de compromiso en sus femeninas manos con una perfecta manicura y uñas largas color rojo también. 

A Emily no le importó pasear sus ojos con interés por el hombre que tenía al frente suyo. Confirmó que se trataba de un extranjero al observar sus ojos, misteriosamente ahora de color miel, detrás del sencillo antifaz negro el cual también cubría el perfil de su nariz. La mandíbula, totalmente afeitada, denotaba firmeza y masculinidad. Y los labios, delgados pero muy apetecibles escondían una sonrisa que le deslumbró a causa de la perfección. Con el cabello color castaño y un poco alborotado, el traje elegante, la corbata, y unas zapatillas deportivas, le daban el aire de alguien serio pero joven al mismo tiempo. Eso le gustó. 

—Mucho gusto —habló extendiendo la mano—, mi nombre es J...

—¡No! —interrumpió Emily—. Sin nombres, por favor —pidió dejando al hombre sorprendido—. No soy fan de darle mi nombre a cualquiera —explicó. 

—Oh, entiendo. —John respiró con alivio. Por un segundo creyó que la joven se había arrepentido de haberle aceptado—. Entonces nos mantendremos en incógnita —Sonrió de medio lado—, ¿cómo nos llamaremos? 

Emily asintió pensativa. —Qué le parece si le llamo... señor americano. Es usted de América, ¿no? 

—Si. Soy de Manhattan. Puedes llamarme así —aceptó con diversión. 

—Perfecto, señor Manhattan —repuso Emily con una sonrisa—. ¿Cómo me va a llamar usted? 

John entrecerró los ojos en un gesto de concentración. —Qué le parece... ¿señorita oliva? El color de sus ojos es precioso —aprovechó para adularla logrando que la joven sonriera de nuevo. 

—Sí, me parece adecuado... y creo que también podríamos hablarnos con confianza —propuso. 

—Más de acuerdo no podría estar. Bueno, entonces señorita oliva, ¿me harías el honor de hacerme compañía? —preguntó mostrando su brazo. Emily asintió y pasó su brazo enganchándose al hombre. Sonriendo, ambos salieron de la plaza cubierta de arcos floreados mientras se sumergían en una burbuja de la cual solo eran participes los dos. 

Entraron a otra de las decoradas plazas, en la que se encontraba una feria a rebosar de gente, y luego de hacer fila para una de las atracciones, siguieron su conversación.

—Por el inglés tan perfecto que tienes, me atrevería a decir que viviste un buen tiempo en América —aventuró el joven cuando se sentaron en una de las sillas de la enorme rueda panorámica que Emily había elegido. 

—En realidad, nací en América —respondió ella. 

—Ahora entiendo porque tus ojos son tan grandes y redondos, ya decía yo que algo no encajaba —dijo John con gracia ganándose una risa por parte de su acompañante—. ¿De dónde eres? 

—Harrisburg, Pennsylvania. 

—Oh, entonces somos vecinos, ¿hace cuánto vives aquí? 

—Desde que tengo memoria... 

John notó que al decir aquello, la joven entró en tensión, así que supuso que aquel era un tema con el que tenía que tener cuidado. —Pekín es como tu ciudad natal —concluyó, y Emily asintió. 

—Y, ¿no te dan miedo las alturas? —preguntó luego de unos minutos de silencio observando la ciudad cuando se encontraron en el punto más alto de la rueda. 

—No. Si sufriera de vértigo nunca hubiera aceptado subirme aquí —respondió la joven. 

—Bueno —John tragó saliva y empalideció al mirar hacia abajo—, pues a mí si —habló a media voz. 

—¿Qué? —Emily creyó que se trataba de una broma, pero al ver el semblante pálido de su compañero supo que era en serio—. ¡¿Entonces por qué te subiste?!

—Porque tu querías subirte —respondió como si nada. Sin embargo, ya había empezado a sudar y sus manos temblaban. 

—¿Y solo porque yo quería lo hiciste? —preguntó con incredulidad. 

—Sí. Para mí fue suficiente con que tú lo quisieras —susurró mirándola con ternura, dejándola sin palabras. Nunca había conocido a alguien que hiciera algo para complacerla, aunque fuera en contra de sí mismo. Eso logró enternecerla. 

—Pues ha sido muy arriesgado de tu parte, señor Manhattan, pero ya no podemos hacer más sino esperar a que la rueda termine el recorrido. Hablemos. Así lograrás olvidarte un poco de donde estamos —propuso, él asintió—. ¿Qué hace un hombre americano en Pekín? —preguntó con interés— ¿Negocios o placer? 

—Placer —respondió John con más calma—. Pero placer del sano —aclaró de inmediato—, solo algo de tiempo libre, cambio de aire... 

—¿Y viajar hasta al otro lado del mundo para ello? —Emily parecía sorprendida. Ella nunca viajaría tanto por puro placer—. Podrías haber tomado un crucero por el mediterráneo, o viajar a Inglaterra que es más cerca, pero ¿Asia, señor Manhattan? 

—Siempre he admirado la cultura asiática señorita oliva, además, era lo más lejano que podía escoger con tal de olvidarme un poco de la carga del bufete. 

—¿Bufete? ¿Eres abogado? 

—Sí. Desde hace ya varios años laboro en uno de los bufetes de más renombre en Nueva York —respondió John con orgullo. Un orgullo que le gustó a Emily ya que admiraba a las personas que creían en sus habilidades. 

La rueda terminó su recorrido, para fortuna de John, y luego de que lograra estabilizarse en tierra firme, conteniendo las nauseas que se le habían formado en el estomago, continuaron su caminata por la feria al tiempo que seguían conociéndose. 

—¿Cuántos años tienes? —preguntó Emily. 

—Treinta. ¿Y tú? 

—Eso no se le pregunta a una dama —esquivó con una enorme sonrisa—. ¿Cuántos crees que tengo? 

John estrechó de nuevo sus ojos, pensativo, y Emily entendió que aquel gesto era propio de él. —Eres muy joven, de eso estoy seguro, pero no soy bueno haciendo suposiciones. 

—Entonces dejemos ese tema allí —propuso la joven. 

—De acuerdo. ¿Trabajas o estudias? 

—Acabo de terminar mis estudios. Es más, justo esta mañana recibí mi diploma como Ingeniera Ambiental —respondió con notable suficiencia. 

—¡Vaya! Entonces permíteme felicitarte —expresó con sinceridad—, ¿y ahora que harás? 

—Empezaré a trabajar en la empresa de mi padre. Aunque tengo pensado seguir estudiando, mi objetivo es llegar a ser doctora en temas de medio ambiente y conservación —explicó con expresión soñadora, lo cual dejo a John encantado.

—Me parece maravilloso que tengas objetivos claros. 

—No soy de las que se arriesgan como si nada señor Manhattan. Siempre tengo un plan —declaró con cierta altivez en su mirada. 

—Eso veo. Pero yo creo que no se puede tener control sobre todo —opinó fijándose en la mirada que la joven le lanzó—, ¿tienes un plan para lo que suceda con nosotros? —preguntó. 

Emily quitó la tensión de sus hombros y sonrió. —¿Por qué la pregunta? 

John iba a responder, pero entonces sus ojos se encontraron con un pequeño quiosco en el que había unas parejas bailando. Sin dudarlo dos veces, tomó a Emily de la mano y la llevó hasta allí. Una vez llegaron, hizo una exagerada venia y extendió su mano hacia la sorprendida joven. 

—¿Me permitiría la siguiente pieza? 

—No —respondió Emily con una sonrisa burlona. 

—¿Por qué no? —preguntó John haciendo un puchero. 

—Porque no me gusta. 

—¿O no sabes hacerlo? —cuestionó desafiante. 

—Claro que sé —replicó la joven cruzándose de brazos y mirándolo con presunción. 

—Entonces bailemos —repuso John extendiéndole de nuevo la mano, y aunque Emily lo dudó, cambió de decisión al escuchar las primeras notas de la canción, el Mambo #5, una de sus favoritas.

—¡Maravilloso! —exclamó jalando a John hacia la pista—. Me encanta esta canción. 

John se mostró atónito el primer segundo, pero el segundo reaccionó y bailó junto a la chica de ojos verdes. 

Emily tenía que reconocer que aquel joven le divertía mucho. Durante toda la canción encontró la manera de que la comodidad en la que la joven parecía mantener permaneciera intacta, y ella agradecía aquello. 

—¿Tienes novio? —quiso saber John una vez se bajaron del quiosco y siguieron caminando por las calles de la ciudad. 

—No. 

—¿Algún compromiso? 

—Ninguno. 

—¿Quieres tener uno? 

—Depende, ¿por qué? 

—Porque yo estoy disponible —respondió John con galantería. 

Emily, quien no esperaba aquella respuesta, no pudo evitar soltar una carcajada. El señor Manhattan era guapo, pero se estaba dando cuenta de que tenían personalidades algo contrarias y eso no terminaba de convencerle. Aun así, no podía negar que aquel hombre le estaba causando algo muy diferente en su interior. A medida que hablaban se daban cuenta de lo diferentes que eran sus puntos de vista, sus gustos y demás, pero eso no intervino en el enorme sentimiento de complicidad que había surgido entre ellos. 

A media tarde, Emily llevó a John a una de las plazas donde estaban las casetas de comida, y allí pidió dos pasteles de luna para compartir con él lo que era el símbolo más representativo del festival. Caminaron hasta una de las mesas que la plaza disponía y se sentaron allí mientras Emily le contaba la razón del festival. 

—Entonces es algo similar al acción de gracias en América —supuso John luego de que Emily terminara de contarle. 

—Sí. Para esta fecha los cultivos y los frutos están en su mejor punto, por lo que se le agradece a la luna... 

La charla en aquella plaza se extendió durante el resto de la tarde hasta la llegada de la noche. Emily se puso de pie de pronto y caminó hacia fuera de la caseta con la mirada fija en el cielo. John enarcó una ceja, pero en cuanto llegó a su lado lo en-tendió. El cielo estaba despejado, y a pesar de la ciudad iluminada artificialmente, las estrellas también hacían presencia acompañando la enorme luna llena. 

—¡Vaya! —Fue lo único que atinó a decir. 

—Ven —pidió Emily—, aún nos falta algo para hacer —dijo tomándolo de la mano y llevándolo hacia la salida de la plaza. 

Las calles seguían abarrotadas de gente, aún había desfiles con grandes dragones y bailarines, y en las casas colgaban lámparas y linternas de diferentes formas y tamaños. Emily guió a John hasta otra caseta en la que compraron dos linternas, una para cada uno, y caminaron de nuevo por las calles viendo como los niños jugaban y danzaban al ritmo de las sombras de las luces. John sabía que al llegar la noche, la cita con su joven de ojos verdes iba a terminar, lo que provocó que un sentimiento de abandono le sobreviniera y deseara que la mujer estuviera dispuesta a una segunda cita. 

—¿A dónde vamos? —preguntó al ver que se alejaban de los desfiles. 

—Cerca de aquí hay otra plaza —respondió Emily—, el festival termina con muchas personas allí cumpliendo otro ritual. El de las linternas en el cielo, seguramente has oído de ese. 

—Sabes mucho de este festival para ser una mujer a la que no le gusten las festividades... 

—Es algo propio de la cultura señor Manhattan. Así no me guste, hace parte de mi de alguna manera u otra. 

Al llegar a la plaza, que resultó ser enorme y estar llena de personas, un joven les ofreció dos linternas más grandes de las que ellos llevaban, así que las cambiaron por las que les ofrecían y entraron a la plaza. Niños, jóvenes, ancianos, parejas, familias, todos estaban allí con sus linternas a la espera de que se diera la orden de lanzarlas al cielo. 

—¿De qué se trata esto? —preguntó a Emily en medio de un susurro cuando una mujer había empezado a hablar, por supuesto en mandarín. Y por supuesto él no entendía. 

—La mujer está recordando una de las leyendas por las cuales se celebra el festival —respondió Emily en el mismo tono de voz—. Se cree que en la luna vive una dama, que era esposa de Hou Yi, un personaje mitológico que derribó con sus flechas nueve de los diez soles que dañaban los cultivos. La reina de la corte celestial le dio un remedio capaz de hacerlo inmortal como recompensa; pero la dama, que se llamaba Change, lo probó a espaldas de Úl, y como consecuencia, despegó de la Tierra volando hasta la luna y se quedó allí para siempre —relató—. Las linternas tienen muchos significados, pero uno de ellos es más bien mitológico. Se cree que, gracias a las linternas, aquella dama puede descubrir la manera de descender a la tierra para reencontrarse con su amor y este puede ser feliz de nuevo dándole protección a los cultivos venideros —explicó. 

—Maravilloso —aseguró John sin dejar de observar los ojos verdes que centelleaban al relatar la historia. 

—Lo es. Un poco fantástica para mi gusto —repuso ella volviendo a sobresalir su personalidad árida. John sonrió. 

La mujer que hablaba con el micrófono dio la señal, y en unos segundos el cielo se vio cubierto por las centenas de linternas que ascendían. Todas las personas estaban felices observando el espectáculo, incluidos Emily y John, sin embargo, este último aprovechó la distracción y tomó la mano de su acompañante entrelazando sus dedos. La joven se sorprendió y bajó la mirada a sus manos para luego fijarse en su compañero. Los ojos, de nuevo avellana, lograron hipnotizarla y un aleteo se posó en su vientre. 

John pasó su mano con suavidad acariciando su mejilla, como si quisiera pedir permiso, y eso gustó a Emily, quien sonrió a modo de respuesta. Él pareció sentirse aliviado, y sin dudarlo dos veces acortó la distancia besándola con emoción. Ninguno de los dos pudo negar las sensaciones que sintieron con aquel simple roce, sabían que algo había pasado en ese momento, se sentían felices y plenos. John, sin quitar la mano de la mejilla, pasó su otro brazo por la cintura de Emily para llevarla hacia él, y ella en respuesta rodeó su cuello y acarició el sedoso cabello del joven. Sus labios se acoplaron perfectamente, y sus bocas se fundieron en un lento y delicado baile que los embriagó durante el tiempo que duró el contacto. Se separaron lentamente, John sin dejar de mirarla y Emily con las mejillas sonrojadas por la intensidad del beso.

—Creo que debo irme. —Emily fue la primera en hablar luego de recomponerse. 

—¿Tan pronto? —preguntó John con evidente decepción. 

—Sí. Como te expliqué este evento es para pasarlo con la familia, ellos me esperan en casa —respondió. 

—Entiendo. —John creyó que Emily se había arrepentido del beso, y el saber que no se trataba de eso le permitió respirar con tranquilidad—. ¿Puedo volver a verte señorita oliva? 

Emily sonrió y asintió. Sacó el pañuelo rojo, con el que había empezado todo, y escribió allí su número de teléfono para luego pasárselo a John quien lo recibió complacido. 

—Ha sido un placer, señor Manhattan —aseguró con una sonrisa. 

—El placer ha sido mío, señorita oliva —dijo llevándose una de las manos de la joven a los labios y besando sus nudillos—. ¿No me dirás tu nombre? 

—Creo que para la próxima cita lo haré —respondió antes de salir de la concurrida plaza. 

John sonrió y guardó el pañuelo en su bolsillo. Y entonces, como por arte de magia, sintió una emoción esparcirse por su cuerpo. Supo entonces que ya no sería capaz de besar otros labios, ni escuchar otra voz, y mucho menos ver otra sonrisa y otros ojos. Ahora todo se había reducido a la señorita oliva. A ella y a sus ojos verdes. 

A la mañana siguiente la llamaría y la citaría de nuevo, decidió.

Pero, ¿acaso alguien conocía los planes del destino?

24 de Enero de 2018 a las 16:03 0 Reporte Insertar 0
Continuará… Nuevo capítulo Todos los domingos.

Conoce al autor

Comenta algo

Publica!
No hay comentarios aún. ¡Conviértete en el primero en decir algo!
~