Cuento corto
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El calor de la iniciación

El látigo golpeaba el piso con firmeza, una y otra vez, una y otra vez. Lola se agazapaba en la esquina de la gran habitación y asomaba la mirada cada dos segundos a través de los dedos de su mano izquierda.

Humo, el humo cada vez era más insistente y la única ventana del lugar en el que se encontraban anunciaba un cielo gris oscuro pintado por los estragos del fuego.

El edificio ardía, ardía como la fuerza del sol sobre mercurio. Lola sentía el calor en el cuerpo, sentía como el piso y las paredes se convertían en un horno de piedra. Todo estaba en caos a excepción de esa mujer.

Su látigo volvió a golpear el suelo con dureza.

Lola, en una escapada de su visión a través de sus dedos, vio su sonrisa; labios rojos, tan rojos como la sangre, estaban curvados hacia arriba con una mueca de burla y satisfacción. Lola se permitió mirar un poco más y se dio cuenta de como iba vestida aquella mujer. El rojo cubría su curvilíneo cuerpo, el mismo rojo de sus labios, sus zapatos terminaban en punta con un poco de color dorado, al igual que su látigo, de su cuello colgaba una cadena dorada y su cabello era tan negro como la noche. Y sus ojos, esos ojos que revelaban luz y oscuridad juntas, eran negros completamente pero con un dorado brillante en el iris.

Era una belleza arrolladora y mortal.

Lola cerró los ojos y esperó, no sabia en que momento actuaría.

<<Ya es hora de que te levantes del piso, mundana>>

Lola se asombró, esa voz, si es que era una voz, estaba en su mente. Asomó la mirada de nueva cuenta y vio los rojos labios aun más curvados.

<<¿Asustada?>>. —Mostró los dientes —<<tu tiempo se agota y yo no pienso detenerlo>>. —Vio como levantó su mano izquierda y, con el dedo índice, simuló las manecillas de un reloj —<<tic toc...>>

Lola, aun asustada, quitó la mano de su rostro y la miró sin obstáculo alguno. Se armó de valor y movió las piernas para levantarse. Una vez en pie, Lola miró los ojos de aquella mujer, y confirmó lo que ya había visto antes. Seguía siendo aterradora y hermosa.

<<Vaya, al fin te decidiste>> —dijo sarcástica.

Y Lola dijo sus primeras palabras en aquel sitio en el que apenas y se podía respirar.

—Aquí me tienes —con valor, Lola fue al grano. Total, la muerte estaba mucho más cerca que la presencia física de esa mujer.

Dicha mujer sonrió. Sarcástica de nuevo.

<<Adalia>> —y se acercó aun más a Lola, se acercó de forma que tocó su frente con un dedo y su látigo se enroscó en su muñeca derecha. —<<A partir de ahora, la que mantiene el fuego inquebrantable, te nombra seguidora de la deidad del fuego>> —al mencionar esto, Lola tuvo imágenes instantáneas frente a sus ojos, vio lugares adornados con estatuas de lo que parecían ser dioses. —<<Adalia>> —Lola se sintió arder, se estaba quedando sin aire; las llamas las rodearon, altas e imponentes.

Los ojos de la mujer relucían con más fuerza, con intensidad. Sonrió una última vez y desapareció en las llamas que se apagaron enseguida convirtiendo a la mujer hermosa en un conjunto de cenizas. El fuego se había ido.

Frente a Lola estaba un espejo rectangular de cuerpo completo, se acercó sigilosa pues no daba crédito a lo que pasaba. Su ropa, sucia y negra por el humo, había sido sustituida por un conjunto rojo, sus zapatos con la punta dorada y sus labios rojos como el carmín. Un impulso la hizo mirarse la muñeca derecha, el látigo estaba en su posesión y en su cuello una cadena dorada con un símbolo colgando de ella.

<<Adalia>>

Un susurro proveniente del símbolo en su cuello la hizo reaccionar de golpe. Había sido atrapada, después de tanto correr había sido capturada.

Y ahora tenía un nuevo nombre.

<<Adalia>>

Se había convertido en su predecesora.

22 de Noviembre de 2017 a las 23:32 0 Reporte Insertar 0
Fin

Conoce al autor

María Vargas ¿Mi vida? Muy común ¿Mi casa? Las hojas en blanco ¿Mi mundo? El tuyo ¿Mi imaginación? Fuera de sí ¿Mi personalidad? Particular ¿Yo? Diferente

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