Sonríe: Una vez más Seguir historia

alebpena Ale Pena

La vida de Angélica nunca ha sido fácil, cuando todas las piezas comienzan a encajar, y cree tener una vida tranquila un nuevo huracán llega a su vida destruyendo todo lo que creía seguro. Mientras que para Tomás todo parece perfecto, el único inconveniente es que la perfección parece ir acompañada de monotonía y aburrimiento. ¿Angie tendrá la suficiente fuerza para continuar adelante? ¿Tom será capaz de encontrar la emoción que necesita?


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#Segundas Oportunidades #Primer amor #Juvenil #romance
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Choque de Miradas

Primera Parte

Tomás Carter llegó al salón de clases, como era costumbre en él, buscó un pupitre que estuviera a mitad del aula. Tom rompía con el estereotipo del típico matadito[i]. Si bien, no intentaba ocultar su alto grado de inteligencia. Odiaba sentarse al frente, decía que solo los idiotas necesitaban ubicarse en los primeros lugares del salón.

Ese día Tom ―como le gustaba que lo llamaran sus amigos― iniciaba, su último año de preparatoria en una nueva escuela. El cambio no lo hacía muy feliz, si por él fuera seguiría en su antigua escuela en la Ciudad de México, pero como todavía le faltaban unos meses para ser mayor de edad dependía por completo de las decisiones de su madre. Ella decidió que era tiempo de cambiar de aires y mudarse a un lugar más tranquilo, por eso cambiaron su residencia al puerto de Veracruz.

Otra de las características que definían a Tomás era la puntualidad. Amaba ser puntual, y odiaba que otros no lo fueran, especialmente si se trataba de los profesores. Acostumbraba decir que la puntualidad era una forma de mostrarle respeto a la otra persona.

Mientras él refunfuñaba por la impuntualidad de su nueva profesora de ciencias, Angélica Meléndez de la que se podía decir que tampoco era una nerd, pero sí muy inteligente, aunque ella ponía todos sus esfuerzos en demostrar lo contrario, llegaba a su salón de clases para encontrarse con la sorpresa de que alguien había tomado su lugar.

Angie caminó hasta el que ella consideraba su lugar, dispuesta a pedirle al extraño que se quitara, pero cuando se fijó en los ojos verdes del usurpador de lugares, lo único que hizo fue quedarse viéndolo embobada, olvidó hasta como se llamaba. Sino fuera porque alguien que pasaba detrás de ella, la empujó al pasar. Se hubiera quedado ahí todo el día.

Tomás estaba en una especie de trance con la mirada fija, en los ojos grises de la chica que le robó la atención. En cuanto la vio acercarse hacía donde se encontraba comenzaron a sudarle las manos y una sensación extraña en la boca del estómago se apoderó de él.

―¡Hola! ―saludó él―. Soy Tomás, pero mis amigos me dicen Tom. ―se presentó. Extendió la mano para saludarla. Ella aún embobada correspondió el gesto, Tom aprovechó para hacer pequeños círculos con su pulgar en la muñeca de ella.

―¡Soy Angie! ―contestó ella con una sonrisa en la cara. Aunque no era la sonrisa particular de Angélica, esa que siempre ofrecía al mundo, una sonrisa falsa con la que pretendía engañar a todos los que se acercaban a ella. No obstante, con Tom no logró su objetivo.

A Angie le costaba demasiado sonreír, hay quienes pueden asegurar que la falta de alegría en ella era una exageración, otros pueden creer que no es así. Como siempre ocurre en estos casos todo depende del cristal con el que se mire la situación en cuestión.

Se quedaron un buen rato sin decir una palabra, ni hacer algún movimiento. Solo se veían, la mirada gris ensimismada en la verde. Ninguno se dio cuenta cuanto tiempo pasó, si es que en realidad lo hizo. Hasta que alguien conocido para ella, quizás demasiado empezó a hablar dando por iniciada la clase y a la vez rompiendo la burbuja en la que se encontraban. Ella se sentó en un espacio que estaba vacío al lado de Tomás.

A simple vista parecía que la chica estaba concentrada tomando notas sobre la explicación de la profesora. En realidad estaba concentrada, pero en algo muy distinto a lo que se podía pensar. Ella estaba dibujando al chico de ojos bonitos que acababa de conocer. No obstante, eso no quitaba que fulminara con la mirada a la profesora.

Tomás veía de reojo a Angie, trataba de prestar la debida atención, pero no se podía concentrar. Se sorprendió que cuando la profesora dijo: trabajo en equipo Angie soltó el lápiz dejando que cayera contra su mesabanco, para después tomarlo y golpearlo con fuerza contra el pupitre.

Haciendo un gran esfuerzo por concentrarse en lo que decía Liliana, y olvidar al menos de momento a Angie y sus manías, y así descubrir en qué consistía el trabajo que debería presentar al final del semestre. Con lo mucho que me gusta trabajar en equipo, pensó Tomás sarcástico.

―Al final se entregarán tres trabajos ―continuó la profesora― de donde se obtendrá la mitad de la calificación final. ―añadió. La furia de Angélica aumentó a niveles extraordinarios, mientras que en Tomás lo único que aumentaba era la indiferencia por la materia. ―Para evitarnos de que en los trabajos en conjunto suelen trabajar uno o dos miembros, en este caso serán equipos de dos personas, es decir serán parejas. ―explicó Liliana.

Las últimas palabras llamarón la atención de Angélica. Ella levantó la mirada en dirección de la profesora mientras en su cabeza repetía como si fuera un mantra: No te atrevas, no te atrevas, no te atrevas.

―¿Pueden ser parejas de cinco? ―indagó alguien que estaba sentado atrás de Tomás ganándose el abucheo de todos.

―Silencio ―exigió Liliana― El compañero asignado será él que está sentado al lado derecho de ustedes. ―concluyó. A Tomás la aclaración le cayó como anillo al dedo, a pesar de no conocer a Angie algo dentro de él, le decía que era lo mejor que le podía pasar. No obstante, Angélica no recibió con el mismo agrado la brillante idea de Liliana.

―Parece que a Angie otra vez le quedaron las cosas a su conveniencia. ―murmuró una chica que estaba sentada en la esquina más alejada de la entrada. La aludida tomó sus cosas y salió despavorida del aula.

Tomás no escuchó el ácido comentario lleno de envidia, por eso le sorprendió la salida tan intempestiva de su compañera. Pensó en salir corriendo tras ella, al final decidió no hacerlo. Para su sorpresa la clase continuó con normalidad, fue como si todo lo ocurrido con Angie hubiera sido producto de su imaginación.

****

Angie se dirigió a su lugar favorito, un árbol que siempre le daba sombra y cobijo necesario. Ella no podía creer que Liliana lo hubiera hecho de nuevo, valiéndose de su posición para mover los hilos adecuados y así seguir controlando su vida. Esperaba que el año y medio restante pasara rápido para poder ya tomar las riendas de su vida. Trataba de controlar las lágrimas que amenazaban con salir debido a la furia, siempre le pasaba lo mismo cuando se enojaba, terminaba llorando.

Sacó su cuaderno, tomó su lápiz y dejó que su mano trabajara como siempre lo había hecho, sola. Sin darse cuenta estaba dibujando el rostro de Tomás.

A pesar de lo que muchos se empeñaban en creer, no era una niña mimada o caprichosa. La razón por la que Angie actuaba de la forma en la que lo hacía era porque desde el momento en que sus padres murieron años atrás en un accidente automovilístico, quedó a la deriva. Aunque Liliana su hermana mayor y tutora había hecho todo lo que estaba en sus manos para tratar de que saliera adelante, no lo había logrado. Angie cada día que pasaba, se encerraba más en si misma, al tiempo que creía que ella solo quería manipularla. Continuó dibujando perdida en su mundo de tristeza, que no supo cuánto tiempo corrió hasta que Tom con sus ojos bonitos estaba frente a ella hablándole.

****

Tomás, durante los siguientes tres cambios de clase buscó a Angie, pero no tuvo éxito. Pareciera que se la hubiera tragado la tierra, tomando en cuenta que la escuela era pequeña en comparación a la que iba en la Ciudad de México. Internamente se convencía que la buscaba para ponerse de acuerdo en el trabajo que tenían que presentar en ciencias. No obstante, en el fondo sabía que se estaba engañando.

Fue hasta el receso que tuvo la oportunidad de encontrarla. Angie estaba sentada a la sombra de un árbol mientras su mano se movía con destreza por su cuaderno. Se quedó unos minutos viendo lo que hacía sin saber si dibujaba o escribía, mientras en su interior crecía la necesidad de hacerla sonreír.

―Hola ―habló quedamente. Angie levantó la mirada, al ver que era Tomás quien le hablaba se apresuró a cerrar el cuaderno y guardar el lápiz en el espiral de este. Lo colocó a su lado izquierdo.

―Hola ―respondió ella. Parece que me tiene miedo, pensó para sí. Entendía que Tomás se apareciera frente a ella con cierto temor, después de cómo se comportó en el salón debería creer lo que todo el mundo, que era una «niña mimada». Angie quería gritarle que aunque lo pareciera, no lo era.

―¿Te molesta si me siento? ―indagó Tom, nervioso. Señaló el espacio libre al lado derecho de ella.

―Adelante. ―contestó. A pesar de que algo dentro de ella le decía que no lo hiciera, que debía salir corriendo porque tarde o temprano se arrepentiría de dicha afirmación.

―No pretendo molestarte ―empezó a hablar Tomás.

―Aunque parezca no muerdo ―defendió Angie.

―No quise insinuar eso… ―agregó apenado.

―Sé que parece que soy extraña, pero no es así.

Normalmente a Angie le daba lo mismo lo que dijeran o pensaran de ella, o al menos era lo que se obligaba a creer. Sin embargo, si le preocupaba que Tomás pensará algo que no era cierto. Una parte de ella quería explicarle las razones de su forma de ser, pero la otra parte, la temerosa le decía que era mala idea hacerlo porque entonces, él, el niño de ojos bonitos creería también que era una niña mimada.

―No pensé que fueras una extraña, aunque confieso que sí me sorprendió mucho la forma en la que saliste. Nunca pensé que te molestara trabajar conmigo. ―Explicó.

―No fue por ti ―contestó titubeante.

―¿Entonces? ―cuestionó curioso. Además había algo en la mirada de ella que le intrigaba.

―Liliana sabe muy bien que no me gusta hacer trabajos en equipo, por eso, siempre termina organizando proyectos. ―contestó.

―Creo que tienes delirio de persecución. ¿Por qué una profesora querría controlarte?

―Me odia y quiere hacerme la vida imposible. ―defendió.

―No porque creas que el mundo gira a tu alrededor es así. ―aclaró. Al menos soy una egocéntrica, y no una niña mimada, pensó ella. ―También odio trabajar en equipo. Y no porque los profesores organicen ese tipo de proyectos pienso que me odian. ¡Deberías de bajarte de tu nube! ¡El mundo no tiene por qué girar a tu alrededor! ―sentenció.

―Yo… ―titubeó con la intención de explicarle.

―Todavía no termino ―interrumpió Tomás―, no pienso hacer el trabajo yo solo, para que una niña mimada se quedé con una calificación que no merece.

Al final resulta que sí eres una niña mimada, ironizó para sí. Por las mejillas de Angie empezaron a fluir lágrimas. Era muy común que se refirieran a ella en esos términos, después de todo su hermana era su profesora. A pesar de que Angie era muy dedicada al estudio aseguraban que siempre sacaba buenas calificaciones, escudados en que Liliana al ser su tutora la ayudaba a tener excelentes notas. La realidad es que cada evaluación era porqué se la merecía, incluso había dejado de trabajar en proyectos, pero el examen lo contestaba y por lo regular siempre salía con 10.

En el momento en que Tomás vio llorar a Angie estiró su mano para atrapar las lágrimas que fluían por sus ojos con su dedo pulgar. Eres un idiota, se recriminó.

―Lo siento, no debí decir eso ―intentó disculparse.

―No pasa nada ―dijo tratando de quitarle importancia. ―Ya debería estar acostumbrada a esos comentarios.

No sé, porqué me duelen tanto sus palabras. Si no es ni el primero, ni el último que las dirá, pensó.

―No tengo ninguna razón para decir que eres una niña mimada.

―Tal vez tengas razón y en verdad lo soy.

―Aunque así fuera no debí decirlo, ya que, por alguna razón esas palabras te lastiman.

―Dejemos el tema por la paz ―pidió ella. A pesar de que en su interior se moría de ganas de decirle que, aunque todo pareciera indicar que era una niña mimada, en realidad, no lo era.

―¿Qué vamos a hacer? ―indagó Tomás. Angélica bajó la mirada por un momento, el tiempo suficiente para que él la tomara de la barbilla y fijara su mirada en la de ella. Angie sabía que si aceptaba trabajar con Tom, él sería el más perjudicado. Si ya hasta estaba escuchando a sus compañeros de clase diciendo que la calificación había sido gracias a que su compañera de equipo era la hermana de la maestra a cargo.

―No es buena idea que haga ese trabajo contigo ―contestó con la intención de convencerlo para que desistiera.

―No puedo comprender tu postura, lo he intentado, pero no puedo. ―agregó él―. Para mí no es opción no entregar ese trabajo. No estoy acostumbrado a tener malas notas. ―añadió con arrogancia.

―¿Así qué eres un matadito? ―indagó Angie en un intento por aligerar la situación. De ojos bonitos, agregó para sí.

―Odio las etiquetas ―gruñó― más de lo que odio las malas notas. Y por lo que puedo notar a ti tampoco te gustan, esa debería ser razón suficiente para que no las uses. No obstante, si ser el mejor de la clase me convierte en un matadito, lo soy. ―finalizó arrogante.

Un matadito egocéntrico de ojos bonitos, insistió, Angie en su interior.

―Voy a hacer ese proyecto contigo. ―aceptó finalmente. ¡¿Por qué dije eso?!, se preguntó internamente.

Todo parecía indicar que ese día su lengua no estaba conectando con su cerebro. Tomás quedó sorprendido ante la respuesta de Angie, aunque era la que buscaba, creyó que el proceso para que fuera afirmativa, sería más complicado. Al salir de la clase de Liliana escuchó que alguien se refirió a Angélica como una niña mimada, fue por eso que a mitad de la discusión la llamó de esa forma. No obstante, algo dentro de él le decía que estaba equivocado y que la chica que tenía frente a él no era una niña mimada. Era consiente que Angie ocultaba algo, no sabía lo que era, pero de lo que si estaba seguro es que haría todo lo que estuviera en sus manos para descubrir ese secreto.

Durante unos instantes se quedaron en silencio, Angie comenzó a golpear su pie contra el suelo en señal de nerviosismo, no era un secreto que no le gustaba socializar, pero sobre todo odiaba los silencios incomodos. Bueno, ella creía que no existía silencio cómodo, al menos que estuviera dibujando en su habitación.

Tomás no sabía que decir, por extraño que pareciera tenía la sensación de que ella le estuviera haciendo un favor que a la larga les saldría muy caro a los dos.

―Tengo una condición ―añadió Angie rompiendo el silencio. Sabía que no podía cambiar de opinión al respecto, pero al menos podía dejar las cosas claras desde el inicio.

―¿Cuál? ―cuestionó él, con sorpresa.

―Pase lo que pase y digan lo que digan, no me vas a culpar de nada que no esté relacionado con el trabajo.

―Tú condición es muy extraña, pero la acepto. ¿Podemos decir que tenemos un trato? ―murmuró Tomás con una sonrisa logrando que en el estómago de Angie revolotearan mariposas.

―Tenemos un trato ―confirmó la chica con su mejor intento de sonrisa.

―¿Qué te parece si para cerrar nuestro trato te invito una nieve? ―ofreció él.

Tomás sabía que la invitación a tomar una nieve para cerrar el acuerdo era una excusa muy tonta, pero tenía tantas ganas de pasar tiempo con Angie.

―Gracias, pero no puedo ―negó con algo de nerviosismo en la voz.

―¿Mañana? ―insistió.

―Tampoco ―rebatió ella. Para tranquilidad de Angie sonó el timbre anunciando el final del receso. ―Me tengo que ir, adiós ―se despidió. Rápidamente tomó sus cosas y se fue.

Dejando a Tomás solo y extrañado debido a la urgencia con la que salió corriendo o mejor dicho huyendo. Sin otra cosa que hacer, él se dirigió a su siguiente clase. El resto del día, sus clases no volvieron a coincidir, ni siquiera en los cambios de clase hubo un cruce en los pasillos de la escuela.

Tomás la volvió a ver a la salida cuando ella salió hecha una furia de la dirección. Al verla aumentó la velocidad de su caminar para llegar a donde se encontraba.



[i] Persona bastante estudiosa

28 de Enero de 2018 a las 03:29 0 Reporte Insertar 1
Leer el siguiente capítulo ¿Una nieve a cambio de una sonrisa?

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