irain1lobo9ira9di5wolf Iraín F. Lobo

En un radiante día, por un camino concurrido de un lejano reino, los transeúntes se apartan del camino y voltean su mirada, asustados, para dejar pasar sin interrupciones a una encapuchada mujer con armadura y espada al cinto.


Fantasía Medieval Todo público.

#acción #medieval
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La cobradora.

… con su espada desenvainada midió la distancia entre ella y sus enemigos. Ella contó quince: incluyendo a los escondidos en la esquina de la plaza pese a la penetrante noche y la poca iluminación que había. Los que estaban más lejos, y que se reían mas desafiantes, tenían aires de ser ex mercenarios. Posiblemente entre ellos estaba el líder. Los otros si tenían la pinta de ser ladrones y esbirros comunes: sonrisas macabras con alguna falta de dientes, ropas desgastadas pero hechas para no pesar demasiado si se debía correr, cuchillos, garrotes y cuerdas bamboleándose de la forma habitual en sus sucias manos.

El cuerpo de la mujer en el centro de estos bandoleros reflejaba la luz menguante por los faroles de vela que aun se aferraban a las llamas que producían en aquella plaza. Ella tenía una armadura equilibrada. Era una caballero de los caminos.

─ Si vuestra realeza permite quitarse todo lo de valor, no habrá sangre derramada… aunque se puede hacer cierta excepción con vuestra merced si solo se quita lo que tenga y… ─ se escuchan risas quedas, algunos siseos de "que den ya la señal", "¿te fijaste en el tono de su piel?", "puedo oler desde aquí su perfume", que eran bastante ansiosos.

─ Perdonadme al declinar rotundamente, señores míos, pero una vez desenvainada mi espada, solo habrá una forma de terminar esta querella ─ Corto el aire con un movimiento. Los que se le acercaban por detrás retrocedieron.

Silbidos. Algunos aplausos. Más risas contenidas. "Tal parece que esta princesa es de las que muerden", "… tienen mejor sabor", se escucho a lo lejos entre barullos. Ella ni se inmutaba, su respiración era controlada, casi parecía ensayado: esa no era la primera ni la última vez que algo semejante le pasaba. Pero en esta ocasión era diferente.

─ Pues que a si esa… ¡Prendedla!

Lo que paso a continuación fue demasiado rápido para ellos, muy rutinario para ella, que ha de ser contado en la medida de lo posible…

Aquellos que estaban a mayor distancia, le arrojaron unos tres cuchillos: esquivo dos que se clavaron en la pierna y la mano del par que se acercaban, el tercero lo tomo al aire y con una pirueta trasera se lo clavo entre las cejas a aquel que tenía la cuerda. Entre la primera conmoción, ella estaba en cuclillas apoyando su espada con el hombro derecho; cuatro arremetieron por delante y detrás con garrotes agitando el aire con alaridos incluidos. Ella se abalanzo hacia los de adelante con un salto, describiendo un giro en descendente impulsado por su espada, cortando parte del cuello y pecho de uno y toda la pierna izquierda de otro, para luego caer con una voltereta y quedar de pie. Los que estaban detrás cayeron en el mismo instante que ella abanico su espada en un perfecto semicírculo al voltear con velocidad.

─ ¡Todos a por la perra! ¿Qué rayos están esperando? ─ dijo la voz de aquel líder que aun no había aparecido. Ya habían caído siete. Uno poseía un arco con flechas impregnadas con poción noqueadora, estaba cerca de los que ella considero los más veteranos, pero mucho antes de que pudiera tensar la cuerda ya una espada se le había clavado en el pecho, tumbándolo con una cara de incrédula sorpresa. Ese líder lo disimulaba bien, pero en su voz se asomaba con paso firme el miedo ─ ¡Mátenla. Maldición!

Despojada de su arma que había arrojado, lo único que la amenazaba eran aquellos seis hombres, claramente fornidos, claramente expertos en el antiguo y consumado arte de la muerte; tres de ellos acompañaron en retirada al líder, quedándose ella con los que poseían ojos de monstruos. Este era el mejor escenario posible para ella, y lo sabía. Sonrió por lo bajo y recordó la forma de cómo acabar con cada usuario con armas dispares: el primero tenía una espada, el segundo una lanza y, el tercero un látigo. Se quita su capa, dejando relucir en la opaca luz de los faroles su armadura y, sin pensarlo dos veces, arremetió contra el que poseía el látigo antes de que ellos dieran el primer paso. Al tratar de dar el segundo golpe con la izquierda en el abdomen del hombre, el de la lanza embiste con la punta de la misma; ella se sostiene en los hombros del sujeto y salta hasta quedar en su espalda. La lanza atraviesa a su compañero, dejándolo en la precaria incomodidad de tratar de sacar su arma del cuerpo. El de la espada le asesta un golpe del lado derecho del rostro. Fue duro. Cualquiera hubiera quedado frio con semejante golpe. Se gira, rueda para atrás, crea distancia, despeja la mente de los gritos e improperios insultantes de los que aun estaban en pie; toma un cuchillo clavado en un cuerpo de las cercanías y vuelve a cargar contra el de la espada.

Con gran velocidad el hombre crea un arco en descendente para rajarla, pero, haciendo una finta, ella se resbala entre sus piernas y arroja el cuchillo que le corta la yugular al de la lanza que hasta esos momentos la había sacado, escuchándose el borboteó de la sangre salpicando todo. Se levanta, corre, rueda de nuevo, sostiene y saca su espada del arquero y bloquea con un giro el abanico con dos manos del hombre. Su cabeza cae con un ruido seco al suelo adoquinado, marchándose ella a la persecución…

La plaza era conocida por sus callejones intrincados que competían entre sí como laberintos, todos tenían salida y, si eras un lugareño, eras capas de saber que callejón llevaba a tal lugar o a tal parte de la ciudad, pero había uno en particular que no poseía salida alguna… y para desgracia de los perseguidos, ellos habían caído en la trampa y se encontraron con los impávidos y penetrantes ojos de la mujer.

De uno en uno, acabo con los tres que faltaban: a uno le clavo su propia arma al estomago, a otro le lanzo su propia daga, y al último le corto ambas manos por su mala postura defensiva…

─ ¡Maldita! ¡Aléjate de mí. Te lo advierto! ─ Ella da un par de pasos ─ ¡Ramera cualquiera! ¡¿No sabes quién soy yo? Estarás en serios problemas si me tocas un solo cabello! ─ En silencio, y con un suelto movimiento, le quita la sangre a su espada. Algunas gotas caen en el rostro del hombre ─ ¡T-t-te pagare lo que sea, tengo mucho dinero! ¡Seamos razonables mi dama! ─ Ella no responde mientras avanza lento. El hombre sigue retrocediendo, tropieza y cae de nalgas ─ ¡Quien sea que te haya contratado para tener mi cabeza, yo doblo su oferta! ─ Al ver que sus improperios y ofertas no funcionan, saca del cinto su estilete con nervioso pero rápido meneo… ella con su espada la manda a volar de su mano.

─ Yo no he recibido ningún pago. ─ Hace un ligero corte en su mano. El chilla un poco al sostener la sangrante herida. ─ Tampoco fui contratada por el noble señor de las tierras vecinas que quiere vuestra cabeza. ─ Otro corte, esta vez en la mejilla izquierda. Esto lo hizo para que dejara de hablar ─ Yo vine aquí… ─ Hace cortes en hombros, brazos, piernas y cerca de la entrepierna. ─ para hacer justicia por una inocente de la cual… ─ Ella respiraba profundo. Contenía toda clase de caóticas emociones. Sus músculos estaban realmente tensos. Daba la impresión de que su sangre herviría en cualquier momento. ─ Vuestra merced mancho su dignidad y le arrebató el alma…

Aquella noche, el inenarrable grito que siguió después, hizo eco en cada uno de los callejones de aquella plaza, tiñendo esa oscuridad en pesadillas para todos aquellos con corazones y mentes retorcidas que… pronto les llegara su turno.

4 de Julio de 2022 a las 22:49 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Iraín F. Lobo Solo quiero escribir... y si les gusta lo que escribo, bienvenidos sean. Pero antes de juzgar lo que hago, son libres de leerme y dejar un comentario.

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